Los días vividos 6
Elena no quería a Fernando, pero necesitaba probar que aún podía tenerlo. Lo que no esperaba era que, al acostarse con él, el fantasma de otro hombre se interpusiera entre las sábanas, transformando una noche de compasión en un campo de batalla de celos y humillaciones.
Llegué al restaurante. Lorena ya estaba sentada tomando un vino. La saludé y me fui hacia ella. En mi interior, en ese momento, luchaban dos Elenas. La que quería hacer caso a Alberto y acercarme a quien quería, y otra más mundana y simple. La que, por su culpa, por esa defensa ante Iván y esa charla que habíamos tenido, me había excitado. Me notaba extraña; no era un deseo exacerbado y urgente o de casi imperiosa necesidad. Sino algo más relajado y natural. Me di cuenta de que Alberto tenía algo que ver y que en otras circunstancias podría haberme pensado en irme a la cama con él. Era extraño de explicar. Quería ser consciente de mi estado, pero también debía dominarme.
Estaba decidida a aguantarme, a pensar solo en Lorena y en mí, cuando en ese momento vi entrar a Fernando con una chica. Ellos no me vieron, pero yo les seguí con la mirada mientras Lorena bromeaba conmigo sobre lo que había hecho con Alberto.
—¿Te pasa algo? ¿Te ha dejado noqueada? No me extraña, la verdad. Me parece un cañón de tío.
—¿Quién? —pregunté distraída, todavía con la imagen de Fernando entrando y sonriendo a la chica con la que iba.
—Alberto, ¿quién va a ser? —contestó Lorena casi sorprendida por mi pregunta.
—No… ¿qué dices? —disimulé con una sonrisa un poco más tensa de lo que yo hubiera preferido—. Lorena —me adelanté a ella—, no me apetece hablar de Alberto, ni de Nacho, ni de nadie. Cuéntame tú. ¿Qué tal te va con Andrés?
Mi amiga me refirió su nueva vida. Tenía un novio que estaba buenísimo, como yo misma pude comprobar el día que me lo presentó. Un tipo amable, cercano y que con mi amiga se comportaba muy bien. Me explicó que estaba reformando una casa en la playa y que iba muchos fines de semana a ayudarle. Que se encontraba muy bien con él.
—Te has enamorado —le dije.
—Como una tonta —me confesó.
—Me alegro mucho por ti —le dije con una gran sonrisa.
Lo sentía de veras y envidie a mi amiga. Recordé la escena con Iván y Raúl, las estupideces de Nacho y la gallardía y temple de Alberto. Mis reflexiones en el tren y que yo deseaba algo parecido a lo de mi amiga.
—¿Sabes? —me dijo con la mirada algo distraída—. Me he dado cuenta de que colgar un cuadro o pintar una pared con quien quieres estar, es algo maravilloso. Seguro que habrá gente que piense que soy tonta, pero no me importa. Estoy en mi prime. —Se echó a reír.
—La verdad es que… —resoplé—, te envidio. Quiero cambiar mi vida. Dejar de salir, de ir de cama en cama, de reírle las gracias a un idiota… Estoy harta de mí.
Ella se quedó en silencio, mirándome.
—¿Y Nacho? ¿Qué vas a hacer con él? Perdona, que ya sé que me has dicho que no habláramos de tíos…
—No pasa nada. Al final… —respiré y miré al techo—, era inevitable. Nacho… —suspiré colocándome el pelo detrás de la oreja—. Voy a pasar completamente de lo que me diga o haga.
—¿Estás segura? Eso ya lo he oído antes… Y terminaste con Javier, que tampoco es para tirar cohetes. Eso sí, están bastante buenorros. No tanto como el mío, pero reconozco que bastante bien —sonrió con ironía.
—Me ha pedido que le saque información cuando me vaya a Madrid —le confesé a Lorena.
—¿Nacho? ¿Información? ¿Sobre qué?
—No sé si sabes que Nacho se va del despacho…
—Eso se empieza a rumorear, aunque él lo niega, tajantemente.
—Lleva tres meses compaginando nuestro despacho con el que se va a ir…
—¿Estás segura?
—Sí. Me lo ha dicho Alberto.
Lorena se quedó con los ojos muy abiertos, sorprendida y con un deje de enfado asomándole en la mirada.
—¿Y qué información quiere de Madrid?
—Supongo que de clientes.
—¿Llevárselos?
—Eso creo. O para torpedear operaciones en marcha.
—Le habrás dicho que se vaya a la mierda, ¿no?
—La verdad es que… tajantemente, no le he dicho nada, Lorena —admití.
—No se te ocurra entrar a su juego. Te lo pido por favor, Elena. Pasa de él, de sus chanchullos, de sus líos…
—No le voy a dar nada, tranquila.
—Tienes que hacer más que eso. Tienes que pasar página con él. Es tóxico, no te conviene…
—Lo sé…
—Prométeme que lo harás.
—Te lo prometo. De verdad. —Cerré los ojos hastiada de nuestro compañero de despacho—. No quiero hablar de Nacho… estoy cansada de tíos y todos los problemas que me crean, plis…
—Solo una más… ¿Qué tal con el de Madrid? —me preguntó Lorena.
—Ya no hay nadie en Madrid —le contesté apenada—. Le pregunté si quería tener un futuro conmigo y… —Puse un gesto de desconsuelo.
—Elena, tienes que empezar a pensar en ti. Olvídate de la fiesta y de la vida sin compromisos. No vale la pena. Un tiempo está bien, no te digo que no. Yo misma he salido contigo y nos hemos divertido, conocido chicos y nos hemos ido a la cama con alguno. Pero —compuso un gesto de cansancio—, te juro que no es nada comparado con lo que yo ahora tengo.
—Te creo, Lorena. En serio que te creo. —Suspiré—. Quiero cambiar. Quiero sentir eso que me cuentas que tienes con Andrés.
—Te entiendo… —sonrió
—La verdad es que necesito que me quieran, querer a alguien, tener la sensación de que vida no es un desastre o que la desaprovecho con cretinos de todo a cien…
Y así estuvimos cerca de una hora más. Durante ese tiempo miré varias veces a Fernando. Aquella chica era su nueva novia, porque la cogió un par de veces de la mano. Yo conocía a mi ex y era imposible que lo hiciera con alguien con quien no tuviera esa confianza.
Pero al contrario de con Lorena, lo que vi de Fernando me entristeció. No por él, sino porque si en el caso de mi amiga la envidia era sana, en el de Fernando, no tanto. O al menos, me preguntaba cómo era posible que él hubiera rehecho su vida y yo estuviera aún sin verlas venir.
Salimos del restaurante y nos despedimos, pero justo cuando me disponía a irme a casa, aparecieron por la puerta Fernando y su novia. Seguían sin percatarse de mi presencia, y tampoco se dio cuenta Lorena. Mi ex la cogió otra vez de la mano y me pudo la curiosidad. Los seguí hasta un bar, mientras recordaba mi vida con él, no hacía mucho tiempo atrás. Recordé, como una de las últimas noches en que fuimos novios, quizá dos o tres días antes de que lo dejáramos, posiblemente cometí el mayor error de mi vida…
Aquel día en un arrebato de honradez y madurez, le había dicho a Nacho que no podía follar con él, cuando me vestía y salía de su cama. Nacho no dijo nada y se limitó, como siempre a sonreír chulescamente. Por eso cuando llegué a casa vi a Fernando y me lancé, tonta y estúpidamente.
—Fernando… ¿quieres que… follemos?
Debo reconocer que aquello lo hice por compasión y represalia al recuerdo de la sonrisa despreciativa de Nacho. Intentaba compensar los cuernos recientes que le había puesto con Nacho. Yo había ido al salón con el pijama a medio cerrar y un ritmo de mentiras en mi corazón. También, además del sentimiento de lástima, albergaba una especie de necesidad por satisfacer o compensar a Fernando. Pensaba que si esa noche follábamos podríamos ser capaces los dos de superar los obstáculos que nos poníamos.
Fernando se levantó y se me acercó. Me acarició el cuello y vi una mirada de duda, de interrogación por mi proposición.
—¿Estás segura?
—Sí. Quiero que hoy estemos juntos.
Mi por entonces novio no dijo nada y se dejó llevar al dormitorio. Lo besé con ganas en cuanto se tumbó en la cama quitándose el pijama. Vi su polla, más pequeña y delgada que la de Nacho, y sin hacerlo aposta, aparté mi vista de ella. Me sentía culpable, porque en realidad quería sentir otro tipo de pene en mí, no podía negarlo. A pesar de ello, me obligué a hacerlo con él. A intentar compensarle por mis salidas nocturnas, infidelidades y escarceos. Aquello, me dije, podía ser el inicio para superarlo.
Besé y lamí su pene. Me lo metí por completo en la boca succionando como si de esa forma lo pudiera hacer más grueso y largo. Me sentí egoísta, ridícula, pero ávida por conseguirlo. Deseaba disfrutar con Fernando, de verdad.
Cuando lo sentí duro, me senté sobre él y me lo introduje con lentitud, dejando que se acomodara. Yo mantenía los ojos cerrados, intentando imaginarme otra escena, otra cama, algo que me transportara a un placer que Fernando también pudiera sentir, pero sin que percibiera la dificultad para satisfacerme plenamente.
Empecé a cabalgarlo con suavidad, bastante despacio. Moviéndome muy poco, intentando que lo que él pudiera darme, fuera también lo que necesitaba. Continuaba con los ojos entornados, casi cerrados, recreándome en alguna escena creada para esa situación. Compuse un puzle de imágenes de Nacho en aquella cama, para excitarme al máximo.
Intenté también acelerar el ritmo para ver si me llegaba algo más que un ligero gusto y una sensación que se quedaba solo en agradable. Quería arañar un placer que yo sospechaba complicado de conseguir.
Fernando me hizo girar me tumbó y él se colocó encima de mí, en la postura del misionero. Creo que intuyó que me faltaba algo y empezó a apretar con sus caderas lo más profundo que podía. Intentando que su modesto empeño comparado con el poderoso de Nacho, me hicieran alcanzar algo que yo ya no sentía en estos momentos en que me excitaba de esa manera. Le vi acelerar las embestidas, casi con rabia por sentirse fuera de mi zona de placer. Lo vio en mi cara, en mis suaves gemidos, en mis suspiros entrecortados.
Se corrió con rabia, salpicándome el vientre con una par de disparos que alcanzaron un poco más que mi pubis. Lo noté enfadado, lleno de rabia y de algo cercano al dolor. Sin decirme palabra fue al armario, sacó un consolador que usábamos para excitarnos cuando mi vida discurría por placeres conjuntos con él. Quise decirle que no, que lo mejor era dejarlo tal y como estaba que me lo hiciera con la boca o con el dedo y que con eso bastaría. Pero también supe que eso mataría su autoestima y le aumentaría las sospechas de imposibilidad que ya tenía conmigo.
Dejé que me penetrara y entonces, sí. Me invadió a través de ese tamaño una sensación de plenitud, de ensanchamiento de placer extenso y real. Gemí al ritmo que me lo metía, con cada centímetro de aquel artilugio y cerré los ojos dejando de luchar contra mí. Intentando abandonarme a una escena inventada, imaginándome que quien estaba encima de mí no era Fernando, sino alguien que me llevaba en volandas a un orgasmo real, no a base de plástico y recreación de situaciones.
Lo noté embestirme con saña, casi con fuerza excesiva. Tuve que detenerlo poniendo las manos en su pecho e intentar que volviera a acompasarse. Llegó a hacerme un poco de daño.
—Cuidado… —susurré.
—¿No te gusta así? ¿Duro? —noté un tono de reproche en su voz.
—No… quiero hacerlo… normal —intenté ser sincera, pero no le miré. Continuaba con los ojos cerrados, intentando recrear algo además del tamaño de aquel pene artificial, ahora que había decrecido en sus acometidas.
—¿Te gusta que te den fuerte, verdad…? No como yo…
Hice como que no le escuchaba y tragué saliva. Sus palabras me dañaban, pero eran verdad. No podía negarlo ni disimularlo. Intenté gemir más profundo, más acompasada a unos movimientos que, aunque eran firmes y en cierta medida potentes, no me terminaban de llenar. Aguanté un par de minutos más. Pero no alcancé el orgasmo.
—Déjalo ya Fernando…
—No, joder, quiero que te corras.
En sus palabras había acidez. Un reproche mutuo, dirigido a ambos. A mí porque sabía que en ese momento no era quien necesitaba y a él por no hacer que alcanzara el placer que buscaba.
Dejo de empujar al ver que yo ya no gemía ni me movía. Giré la vista hacia él. Lo vi tumbado a mi lado, con el consolador en la mano, que ahora me parecía grotesco, apuntando al techo. No pude evitar sentir un atisbo de rechazo por él. O más bien por nosotros. Por esa falta de sintonía en los momentos en que un deseo de sexo potente me invadía, y que notaba cada vez más cercanos en el tiempo. Entre la primera vez que estuve con Nacho y hoy, apenas habían pasado cinco meses y ya me era muy difícil disfrutar con el que era mi novio
Me quede quieta, pensativa, con reflexiones que se sucedían dolorosas. Con un rumor constante en mi cabeza, quizá buscando una solución que en ese momento era inexistente. Estaba angustiada, bloqueada por ese tipo de pensamientos.
—Has vuelto a estar con él, ¿verdad? —pregunto refiriéndose a Nacho.
—Fernando, por favor… —negué lo evidente con la cabeza con un mohín de hastío.
—Lo sé… te conozco muy bien. Hoy querrías que hubiera sido otro quien te follara.
Su tono había cambiado algo. No era tan de reproche, sino más bien de queja. Quería hacerme saber que lo había entendido, que no podía engañarlo.
—Tengamos la fiesta en paz, Fernando…
—¿Para qué quieres tenerla en paz? No te digo otra cosa que la verdad. Vienes, me pides follar, lo hacemos y te quedas con las ganas.
—Déjame tranquila… por favor —le dije esta vez ya con el cabreo ascendiéndome desde muy adentro.
—¿Dime en qué me he equivocado…? No buscabas reconciliarnos. Querías follar… Follar con alguien que no fuera yo.
—No seas idiota…
—Me da igual que me insultes. Se que tengo razón. Hoy quieres sexo, no a mí. No te alcanzo para lo que necesitas. Es evidente…
—Me estás cabreando mucho, Fernando.
—¿Sí…? No me jodas, Elena. Al menos podías ser sincera contigo misma. Y de paso conmigo.
Me decía mientras dejaba el consolador a los pies de la cama. La visión de su cuerpo, comparado con el de Nacho, no sé por qué, pero me pareció ridícula, cercana al desdeño. Sabía que no debía permitir esos pensamientos, pero en ese momento de mezcla de enfado, molestia, excitación y frustración, no era capaz de detenerlos.
—Si quieres nos vamos a ver si pillas a alguien que te aplaque esa excitación —me dijo con un cabreo alto, lleno de rencor y acusación explícita.
—Vete a la mierda Fernando…
—No, vete tú. Es lo que quieres —me espetó con una rabia contenida que yo no recordaba en él.
—Pues sí, mira. Hoy me apetece —le solté.
—Te apetece todos los días que sales por ahí hasta las tantas. ¡Sé que te has follado a quien te ha apetecido!
—Fernando, te comportas como un gilipollas.
—Me da igual que me insultes. Sabes que tengo razón. Ya no me importa que folles con quien quieras. Para mí eres, eres… —Vi la rabia en su mirada mientras dudaba en pronunciar
—¿Una puta?, joder dilo. Ahora sí me dan ganas de hacerte caso e irme a ver si me follo a alguien con tal de no oírte.
—Ten cojones y vete. Venga, no te quedes con las ganas de que follen.
—Ten cojones y ven conmigo para que lo veas —le fulminé con mi respuesta.
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Fragmento de "Los días por vivir", novela publicado por Lola Barnon en Amazon. Cualquier intento de copia, plagio o uso diferente al expresamente dado por la autora o la editorial dueña de los derechos de publicación, será denunciado y perseguido en los tribunales.
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