Xtories

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Llevaba años esperando que alguien la mirara con hambre, no con costumbre. Cuando la rutina de su matrimonio se vuelve un muro invisible, un desconocido en un evento gamer enciende una chispa que pronto se convierte en incendio. Esta noche, la fidelidad es solo una palabra; el deseo, una necesidad urgente.

Diana3.9K vistas8.3· 7 votos

Siempre digo que mi vida es buena. Soy Diana Tengo 28 años, un trabajo que amo como streamer, una comunidad fiel que me acompaña cada noche y una relación estable con Víctor, mi pareja desde hace diez años. Diez años. Una vida compartida. Una rutina cómoda.

Soy morena, de piel canela que brilla fácil con la luz de los focos, ojos oscuros que la cámara suele exagerar pero que fuera de ella saben ser más suaves. Tengo curvas marcadas, caderas anchas, senos firmes. El espejo siempre me devuelve a alguien atractiva, y lo sé, lo disfruto.

La cámara nunca me intimida. Estoy acostumbrada a ella, a los cientos de miradas anónimas que me siguen cada noche. Sé que muchos me ven porque soy mujer, porque soy atractiva, porque esperan un guiño que nunca doy. No soy de esas streamers que enseñan de más para retener a sus seguidores; no me interesa. Me gusta estar arreglada, presentable, sentirme sexy, sí, pero sin caer en lo vulgar ni buscar provocar a desconocidos. Tal vez por eso me llaman un caso raro en este mundo, y aun así mi comunidad es grande y fiel.

La única persona a la que quiero provocar es Víctor. Y eso no pasa frente a una cámara, sino en la intimidad de nuestra cama, cuando apago las luces y me acerco a él buscando encender algo que, poco a poco, ha dejado de responderme.

Y, aunque Víctor me quiere, lo hace frío, con demasiada calma. Esa calma que da paz, pero que también apaga. Y yo, con 28 años y todo mi cuerpo encendido, he empezado a preguntarme si la estabilidad no está matando la parte de mí que más grita por vivir.

Víctor es un buen hombre. Aún conservo grabada la primera vez que me atrajo: su cabello oscuro y espeso, que siempre llevaba peinado hacia un lado como si quisiera domarlo; la mandíbula firme apenas sombreada por la barba incipiente; esos labios carnosos que, cuando sonreía, parecían prometer ternura y peligro al mismo tiempo. Tenía unos ojos oscuros, serenos, que me hicieron sentir protegida más de una vez.

Su cuerpo nunca me fue indiferente: ancho de hombros, fuerte sin ser exagerado, con esa juventud que se alargaba en él como si el tiempo lo tratara con cuidado. Podía ser perfectamente el tipo de hombre que otras mujeres miran de reojo en la calle.

Pero a mí ya no me quemaba por dentro. Su atractivo se había vuelto un paisaje conocido, como un cuadro que cuelga tantos años en la misma pared que uno deja de verlo. Me acariciaba con dulzura, me cuidaba con lealtad, me besaba muy tierno. Esa ternura que alguna vez me dio paz ahora me asfixiaba.

Víctor no había dejado de ser guapo ni de ser bueno conmigo. Simplemente, había dejado de mirarme con hambre. Me quería como quien ya tiene todo seguro, y yo ya no quería seguridad: quería sentirme deseada, arrancada de la rutina, devorada.

Y yo… yo ya no ardía por él.

Una noche lo miré leer en la cama, recostado a mi lado, con el torso desnudo. La luz cálida de la lámpara delineaba su pecho firme, el mismo que tantas veces había besado con devoción. Me invadió un deseo repentino, casi adolescente, como si volviera a recordar lo mucho que lo amaba y lo guapo que siempre me había parecido.

Me acerqué lentamente, rozando su piel con la mía. El calor de su cuerpo me encendió de inmediato: los pezones duros, la respiración acelerada, la humedad creciendo entre mis muslos. Lo deseaba, lo deseaba de verdad.

Tomé su mano y la llevé hasta mis pechos, buscando ese contacto que tantas veces nos había incendiado. Apenas acarició un instante, sin pasión, antes de apartarla.

—Estoy cansado, amor. Mañana madrugo —murmuró, sin mirarme.

No me rendí. Bajé la mano hasta su boxer, busqué su miembro, pero estaba flácido, muerto. Sentí un vacío gélido en el pecho, como si mis ganas chocaran contra un muro invisible.

Me quedé allí, temblando de deseo no correspondido, mientras él se daba la vuelta y apagaba la luz. El silencio de su cuerpo pesaba más que cualquier palabra. Y entendí que lo que me dolía no era que yo lo deseara… sino que él ya no me deseara a mí.

Esa noche entendí que el deseo también podía morirse en silencio. No era que yo no lo amara; lo amaba, lo admiraba, pero mi cuerpo clamaba por algo que él ya no me daba. Y esa ausencia empezó a convertirse en una herida que se abría más cada día.

No sabía qué buscaba exactamente, solo sabía que necesitaba volver a sentirme viva, deseada, encendida.

Y entonces apareció Rodrigo.

Era un evento gamer en Los Ángeles, uno más en la larga lista que llenaba mi calendario cada año. Luces de neón, música demasiado alta, stands abarrotados, cosplayers buscando la mejor pose, pantallas gigantes repitiendo los mismos trailers una y otra vez. Todo me resultaba familiar, casi automático, como si repitiera una rutina ya ensayada mil veces.

Lo vi apenas unos segundos, intrigada por esa calma suya en medio del ruido del evento. No fue más que una impresión fugaz, pero suficiente para grabarse en mi memoria: alto, de hombros anchos, la barba oscura salpicada de canas que le daba un aire maduro y atractivo, el cabello corto en un corte fade perfectamente cuidado que acentuaba la forma de su rostro. Y sus ojos… firmes, serenos, como si nada a su alrededor pudiera sacarlo de su centro. Llevaba una camiseta sencilla, sin pretensiones, y aun así su presencia se imponía sobre el caos de luces y voces.

Hasta que escuché mi nombre.

—¡Diana! —era un colega de la industria, alguien con quien coincidía en casi todos estos eventos. Me acerqué, y empezamos a charlar de lo habitual: lanzamientos, cifras de audiencia, chismes del circuito.

En la conversación salió el tema del nuevo equipo para transmisiones, una capturadora que todos estaban comentando en la feria. Yo había probado modelos anteriores, pero no dominaba los detalles. Mi colega sonrió y señaló hacia un lado.

—De eso sabe más Rodri, te lo presento.

Giré la cabeza y entonces lo vi otra vez: el mismo hombre sereno que minutos antes había capturado mi atención. La coincidencia me desarmó.

—Diana, él es Rodri.

Nos dimos la mano, y su mirada me detuvo más que el gesto. Oscura, profunda, sin apuro. No buscaba impresionarme ni coquetear; parecía leerme, como si hubiera encontrado algo en mí que ni yo misma me había atrevido a admitir.

El comentario sobre la capturadora derivó en una breve charla entre los tres. Rodri explicó con calma, con esa voz grave que se quedaba flotando, y antes de que me diera cuenta ya estábamos intercambiando números, para pasar referencias del equipo.

Fue apenas un instante, pero suficiente. Ese clic silencioso que separa a un desconocido de todos los demás.

Empezamos a escribirnos después del evento, primero por la capturadora de la que habíamos hablado. Rodri me pasó enlaces, opiniones técnicas, recomendaciones. Pero pronto los mensajes dejaron de ser solo sobre eso: un meme, una anécdota rápida, alguna broma ligera. Y sin darme cuenta, se volvió costumbre.

Con él podía hablar de todo: de lo banal, de lo íntimo, de lo que con Víctor ya se había vuelto silencio. No había coqueteo ni insinuaciones; Rodri era un amigo, alguien con quien me gustaba conversar. Y, sin embargo, cada palabra suya caía distinta en mí, como si pesara más de lo que debería.

Una noche intenté buscar a Víctor. Lo acaricié en la oscuridad, intenté provocar una respuesta. Nada. La frustración me dejó ardiendo sola en la cama. Me toqué, buscando aliviar la tensión, pero sentía que mi deseo se apagaba en el vacío.

Hasta que la pantalla del celular se encendió. Un mensaje de Rodri, una simple respuesta a algo que le había escrito horas antes. Al leerlo, mi cuerpo reaccionó con violencia: el clítoris latiendo, la humedad creciendo entre mis muslos, los pezones endureciéndose como si fueran a rasgar la tela. No era el contenido del mensaje —eran sus palabras, su voz imaginada, su presencia digital.

Con una mano sujetaba el teléfono, leyendo y releyendo cada línea suya. Con la otra me hundí en mi sexo, los dedos entrando con facilidad, empapados, como si él mismo estuviera tocándome. Me corrí rápido, demasiado rápido, jadeando con el celular todavía en la mano. Y cuando la ola pasó, me quedé helada.

¿Por qué había pasado eso? ¿Por qué Rodri, sin quererlo, sin buscarlo, había despertado ese monstruo dormido?

Desde esa noche todo cambió. Ya no necesitaba pedirle sexo a Víctor; buscaba excusas para escribirle a Rodri. Cualquier cosa servía: el día, el trabajo, un videojuego. No era la conversación lo que me satisfacía, era lo que ocurría después, cuando cerraba los ojos y me tocaba pensando en él. Y entendí que, si sus palabras podían encenderme así, imaginar su cuerpo en el mío se había vuelto inevitable.

La excusa apareció sola. Rodri comentó que se había mudado hacía poco a la Ciudad de México y que aún no terminaba de ordenar todo.

—¿Y ya te adaptaste al nuevo depa? —le pregunté.

—Más o menos, todavía tengo cajas por todos lados.

—Pues si quieres un día paso a ayudarte, soy experta en organizar caos.

Él rió, sorprendido, y respondió con un tono sincero:

—¿De verdad harías eso? Me vendría genial. ¿Qué día podrías?

Me hice la pensativa unos segundos, aunque ya tenía la respuesta en la punta de la lengua.

—El jueves en la noche —dije al final, fingiendo que era lo primero que se me ocurría.

—Perfecto. Yo pongo la cena para agradecerte.

—Con una pizza o algo así basta, ¿eh? —contesté rápido, como si quisiera quitarle cualquier formalidad al plan.

Él sonrió, agradecido.

—Trato hecho.

Y así quedó.

Llego el día. Me metí a la ducha intentando calmarme, pero el agua caliente sobre mi piel solo encendió más lo que ya llevaba dentro. Soy morena, con curvas que siempre me han dado seguridad. Sé que soy atractiva y lo asumo; tantas veces me han dicho lo bien que luzco en cámara, y sin embargo, hacía tiempo que en mi propia cama ese atractivo parecía invisible.

Deslicé las manos por mi cuerpo enjabonado, recorriendo mis pechos firmes, bajando por mi vientre hasta sentir el cosquilleo entre mis muslos. Cerré los ojos y me imaginé que no eran mis dedos los que me tocaban, sino otras manos, más grandes, más ansiosas, recorriéndome con hambre. Mis pezones se endurecieron bajo mis caricias, mi clítoris palpitaba con cada roce, y un gemido se me escapó entre los labios.

Me toqué con urgencia, con rabia contenida, como si quisiera sacar de mí esa frustración que Matías había dejado crecer. Mi respiración se volvió agitada, mis caderas se movían solas contra mi mano, y cuando el orgasmo me atravesó, me quedé jadeando, apoyada contra la pared húmeda de la ducha.

No era alivio. Era una cuenta regresiva. Porque lo que acababa de sentir con mis dedos era solo un ensayo. En unas horas, quería que fueran las manos de Rodri las que recorrieran cada rincón de mi piel.

Salí de la ducha con el cuerpo aún temblando.

Abrí el clóset todavía con el pulso acelerado. Quería verme casual, como una amiga que va a ayudar a mover cajas… pero en el fondo estaba escogiendo cada prenda para sentirme deseada. Elegí unos jeans ajustados y un top rojo que marcaba mis pechos lo justo, suficiente para sentirme segura sin parecer provocadora. Debajo, un conjunto de encaje negro que había comprado meses atrás y nunca me atreví a usar. Me miré al espejo antes de salir y alisé mi cabello con paciencia, mechón por mechón, hasta dejarlo lacio y brillante. Era un gesto sencillo, pero lo sentía casi como un ritual: domar por fuera lo que por dentro ardía descontrolado. Después lo dejé suelto, cayendo sobre mis hombros como si no me hubiera esmerado demasiado… aunque cada detalle estaba calculado.

Un poco de labial, apenas rubor, lo suficiente para resaltar sin parecer producida.

Lo que el espejo me devolvía no era la Diana cotidiana, sino la otra: la que había esperado demasiado tiempo en silencio.

Cuando llegué, Rodri me abrió la puerta con esa calma que lo caracterizaba. Llevaba una camiseta gris ajustada al torso y unos jeans oscuros, ropa simple, casual, pero en él todo parecía quedarle bien. Su barba recortada, el cabello un poco despeinado, los brazos descubiertos: esa naturalidad lo hacía aún más atractivo.

Me sonrió agradecido.

—Qué gusto que vinieras, de verdad.

Acomodamos un par de cajas en la sala, movimos un par de cosas de sitio, pero por la hora era evidente que no podríamos hacer mucho más. Al final, dejamos el desorden a un lado y nos sentamos a hablar de dónde pedir pizza.

La conversación fluyó como siempre: ligera, divertida, como en los chats. Pero a cada tanto me sorprendía a mí misma mirándolo demasiado, recordando el motivo verdadero por el que había aceptado venir. Esa mezcla rara de alegría y paz que me daba su compañía, pero que esa noche se mezclaba con algo más: un calor insistente, un pulso que me ardía bajo la ropa.

El celular vibró en mi bolso. Un mensaje de Víctor: “¿Quieres que te deje algo de cenar para cuando llegues?” seguido de otro: “¿O necesitan ayuda con lo de las cajas?”.

Sonreí con amargura. Cualquier otro hombre habría dudado al saber que su pareja pasaba la noche en casa de otro, pero Víctor confiaba en mí a ciegas. Esa confianza que antes me daba paz ahora me pesaba como una condena. “No amor, estamos bien, gracias”, escribí. Y mientras apretaba enviar, una voz oscura dentro de mí susurraba: “para lo que quiero, tú hace tiempo que no has sido de ayuda.”

Al poco rato, el teléfono de Rodri sonó. Contestó con naturalidad, caminando unos pasos hacia la cocina mientras yo lo miraba desde el sofá. Era su pareja. Escuché su voz grave suavizarse al hablar con ella, el tono íntimo de alguien que comparte la rutina: un par de comentarios sobre el día, promesas rápidas, un “te llamo mañana”. Apenas cinco minutos. Cuando volvió, me pidió disculpas con una sonrisa sencilla y seguimos conversando como si nada.

Pero para mí ya no era nada. Era todo.

Cada gesto suyo, cada pausa, cada silencio pesaba más que las palabras. Yo lo miraba y sentía el remolino en el pecho: la culpa, el miedo, el deseo. Todo al mismo tiempo.

Y, sentada a pocos metros de él, entendí que mi objetivo verdadero no era ayudarlo a ordenar su depa. Era dejar que el monstruo que había despertado en mí se soltara, aunque me destrozara después.

La pizza llegó y cenamos entre risas, hablando de todo y de nada, como dos amigos cualquiera. Pero en mi interior cada minuto era un terremoto. Yo no era así. Siempre había defendido la fidelidad, la transparencia, incluso había juzgado a quienes se dejaban llevar por la tentación. Y ahí estaba, al borde de convertirme en lo que había criticado tantas veces.

Cuando Rodri fue a dejar los platos vacíos en la cocina y regresó al sofá, sentí que mi cuerpo decidió antes que mi cabeza. Quise tocarlo, hacer algo mínimo, cualquier cosa que rompiera la barrera entre nosotros. Mi mano buscó su hombro, apenas rozando su brazo con torpeza, como si quisiera apoyarme en él sin querer.

—Gracias por escuchar mis tonterías… —murmuré, con la voz más temblorosa de lo que esperaba.

Él sonrió con naturalidad, sin leer nada oculto en mis palabras. Su calma me desarmó aún más. Yo estaba ardiendo, nerviosa, a punto de un colapso, y él seguía ahí, tranquilo, sin sospechar la tormenta que yo era por dentro.

Ese contraste me hizo dudar, me hizo sentir todavía más culpable. “¿Qué estoy haciendo? ¿Por qué estoy aquí?” me repetía, pero al mismo tiempo mi cuerpo no podía resistir. Mi corazón golpeaba como si quisiera salirme del pecho.

Apreté los dedos contra su brazo, más fuerte esta vez. Un gesto mínimo, pero que para mí era un salto al vacío.

Me puse de pie con un nudo en la garganta. La risa de hace un momento se había apagado y el remolino en mi pecho se transformó en miedo. Pensé en Víctor, en su confianza ciega, en la vida cómoda que teníamos juntos. No era perfecta, pero era segura. Y por un instante lo vi claro: debía volver a él, resignarme a esa rutina de sexo cada quince días, a la calma sin incendios, a los orgasmos ausentes.

—Ya es tarde, mejor me voy —dije, buscando la salida como quien busca aire.

Rodri no discutió. Asintió con tranquilidad, como si fuera lo más natural del mundo, y me acompañó hacia la puerta. Ese gesto suyo me alivió un poco. Quizás todavía podía salvarme de mí misma.

Me detuve para darle un beso de despedida en la mejilla, un gesto inocente, casi automático. Pero al rozar su piel sentí algo que no había sentido en años: paz. Una paz que no era quietud, sino un estremecimiento dulce que bajó directo a mi vientre.

Me quedé pegada a él un segundo más de lo debido. Y en ese segundo lo entendí: no quería volver a los brazos de Víctor, no quería resignarme a la costumbre. Quería sentirme viva. Quería devorar y ser devorada.

Mi pasajero oscuro se apoderó de mí. Lo miré a los ojos, y antes de que la cordura regresara, busqué su boca. El beso que empezó como despedida se abrió paso como un incendio, borrando toda fidelidad, toda moral, todo miedo.

Rodri se quedó quieto al principio, sorprendido por la fuerza de mi beso. Lo sentí tenso bajo mis labios y por un segundo pensé que me apartaría. Dudé, me congelé, el corazón latiendo como un tambor en el pecho.

Pero entonces su mano subió con calma a mi espalda y me atrajo hacia él, respondiendo con suavidad primero y después con la misma urgencia que me devoraba. Esa respuesta me tranquilizó. Lo que había empezado como un arrebato mío ahora era de los dos.

Nuestras bocas se buscaron con desesperación, la lengua enredándose en la suya, mis manos acariciando su barba áspera mientras me dejaba consumir por el calor. Sentí cómo bajaba a mi cuello, sus labios y dientes recorriéndolo hasta arrancarme un gemido bajo.

Sus manos fueron a mis senos por encima del top, estrujándolos, disfrutando su peso, su firmeza. Yo arqueé la espalda, rogando más. Con un movimiento torpe pero decidido, me levanté el top, liberándolos. Rodri no dudó: me quitó el brasier con una facilidad casi insultante y enseguida se hundió en mis pechos, besándolos, lamiendo mis pezones, succionándolos con una avidez que me hizo perder el aire.

Lo sentía recorrerme con la boca: el valle entre mis senos, el vientre, el ombligo. Bajaba despacio, como si quisiera grabar cada centímetro de mi piel. Llegó a mis jeans, abrió el botón y, mientras los bajaba, apretó con fuerza mis nalgas, haciéndome soltar un jadeo entre placer y sorpresa.

Me quedé solo en la tanga, el encaje negro que había elegido esa noche como un secreto. Rodri la rozó con los dedos antes de bajarla lentamente, dejándome desnuda frente a él. Yo lo miré, temblando, y entonces noté que el ya solo estaba en bóxer. El bulto se marcaba enorme, palpitante, y me quedé paralizada por un segundo: jamás había sentido algo así cerca de mí.

Mi mano se adelantó antes que mis pensamientos. Con torpeza, casi con desesperación, le bajé el bóxer. Y cuando lo tuve entre mis dedos, lo miré incrédula: grueso, pesado, caliente, como algo imposible que sin embargo estaba ahí, para mí. Un ardor intenso me recorrió entera, y el deseo se volvió insoportable.

Rodri me tomó de la mano. No hubo palabras, solo esa seguridad tranquila suya que me guiaba. Me llevó hasta su habitación y me tumbó boca arriba en la cama. Sentí el peso de su cuerpo encima del mío, sus labios devorando los míos con una avidez que me hizo olvidar todo lo que había fuera de esa habitación.

Volvió a mis senos, a morderlos, a lamer mis pezones con la misma hambre con la que yo lo deseaba. Bajó por mi vientre con besos húmedos, cada vez más lentos, más peligrosos, hasta que lo sentí apartar mis piernas.

Cuando su boca llegó a mi sexo, un escalofrío me recorrió entera. Su lengua me abrazó el clítoris con una precisión que me arrancó un jadeo involuntario. Se hundió en mí, una y otra vez, lento primero, luego más rápido, como si supiera exactamente qué ritmo pedía mi cuerpo.

Me arqueé contra sus labios, con las manos hundidas en su cabello, empujándolo más hacia mí, incapaz de contenerme. No podía verle la cara: estaba perdida entre mis muslos, entregado por completo a mi placer.

El calor creció en espiral, cada lamida me incendiaba un poco más, cada succión me dejaba sin aire. Mi respiración se volvió irregular, rota, como si mi propio cuerpo me sorprendiera. Hasta que lo sentí: una oleada brutal me atravesó, un orgasmo que me dejó sin fuerzas, jadeando, el cuerpo tembloroso, como si todo el mundo se hubiera detenido por unos segundos.

Me quedé ahí, sin aliento, con los ojos cerrados, intentando recordar cómo se respiraba. Y su lengua aún estaba en mí, como si quisiera alargar el éxtasis un poco más, arrancarme hasta la última gota de placer.

La pasión me devoraba. Todavía estaba temblando por el orgasmo que Rodri me había arrancado con su boca, pero no quería que él fuera el único en entregarse. Yo también necesitaba saborearlo, sentirlo, hacerlo mío.

Me incorporé despacio y lo empujé con suavidad hasta que quedó sentado al borde de la cama. Mis manos recorrieron su torso desnudo, bajando por su abdomen firme, hasta rodear con los dedos su miembro. Estaba duro, palpitante, grueso, tan grande que aún me costaba creerlo real.

Me quedé unos segundos mirándolo, incrédula, con la boca entreabierta. El calor y el peso en mi mano me estremecieron. Mi torpeza se mezclaba con una urgencia animal. Acerqué mis labios, primero rozándolo con la lengua, probando su sabor, y después dejándolo entrar en mi boca.

No había técnica, no había cálculo: solo mi hambre y el sonido de su respiración cada vez más pesada mientras lo tomaba más profundo. Sentía cómo se tensaba bajo cada movimiento mío, cómo se endurecía aún más contra mi lengua.

Él apoyó una mano en mi cabeza, no para guiarme, sino como si buscara sostenerse. Yo gemía ahogada, excitada, mientras me dejaba llevar, devorándolo como si al hacerlo pudiera también devorar el deseo que me consumía.

Rodri me detuvo con suavidad antes de que lo llevara demasiado lejos. Me levantó con firmeza y me tumbó otra vez boca arriba en la cama. Sus labios volvieron a los míos, profundos, ardientes, y mientras me besaba con urgencia sentí su miembro rozar mi sexo húmedo, caliente, reclamando el siguiente paso.

El calor entre nosotros era insoportable, pero en medio de ese torbellino de deseo hubo un instante de calma, como si todo lo que estaba a punto de pasar mereciera detener al mundo por un segundo.

Lo rodeé con mi mano que temblaba, no de miedo, sino del espasmo del deseo que me atravesaba, y lo llevé hasta la entrada húmeda de mi sexo. Sentí la punta rozarme, hinchada, caliente, y un escalofrío me recorrió entera.

Nuestras miradas se encontraron. No aparté los ojos de los suyos mientras lo acercaba más, buscando en esa conexión muda el valor que ya no necesitaba. El me sostuvo la mirada, intenso, firme, y comenzó a hundirse poco a poco en mí.

El estiramiento fue lento, delicioso, un fuego que me abría de dentro hacia afuera. Me aferré a sus hombros sin apartar la vista. Y justo en ese instante, cuando lo sentí llenándome, una lágrima rodó por mi mejilla. No era de placer. Era la certeza brutal de que lo que sentía por él no era solo deseo. Había algo más, algo que me desarmaba y me aterraba al mismo tiempo.

Rodri lo notó. Rozó mi rostro con el pulgar, como si quisiera borrar la lágrima, y me besó con suavidad. Tierno, dulce, el contraste perfecto con el fuego que nos consumía. Ese gesto me quebró aún más, porque entendí que eso era lo que había buscado durante años: alguien que me deseara y me cuidara en el mismo instante.

El mundo entero se desvaneció en esa mirada fija, en ese beso suave, mientras su cuerpo terminaba de unirse al mío.

Mis piernas rodearon su espalda, mis brazos lo aferraban con desesperación, como si temiera que se deshiciera entre mis manos. Lo sentía entrar y salir de mí en un vaivén rítmico, cada embestida más profunda, más certera. La fricción me arrancaba jadeos ahogados, mi cuerpo se arqueaba buscando más. Piel contra piel, sudor contra sudor. Estaba pegada a él como un koala, mi sexo apretándolo con fuerza, y cada golpe de sus caderas me hacía estremecerme más.

El ritmo subió, su respiración caliente en mi oído, sus gruñidos graves mezclándose con mis gemidos. Yo mordía su hombro, arañaba su espalda, perdida en un frenesí que no sabía que existía.

De pronto me giró con firmeza, tumbándome boca abajo. Me levantó las caderas y se hundió en mí desde atrás. Un grito roto se me escapó: la sensación era brutal, su miembro llenándome de un modo distinto, más profundo, más salvaje.

Mi cavidad se estremecía con espasmos, vulnerable y al mismo tiempo voraz, intentando adaptarse a su tamaño. El ardor me desgarraba y me encendía en la misma medida. Cada embestida me arrancaba gemidos ahogados, y yo me empinaba más, ofreciéndome, buscando que entrara aún más hondo, que me partiera en dos si era necesario.

Sus manos apretaban mis caderas, me jalaban hacia él con fuerza, dominando el ritmo sin piedad. Era puro instinto, puro sexo animal, una furia compartida que no tenía freno.

Me tomó de la cintura y, jadeando, se dejó caer sobre la cama, quedando boca arriba. Sus ojos me buscaron, oscuros, expectantes. Yo lo monté con decisión, abriendo las piernas a cada lado de su cuerpo, sintiendo cómo su miembro se acomodaba de nuevo dentro de mí, llenándome por completo.

Me quedé quieta un instante, mirándolo desde arriba, con el cabello pegado a mi rostro por el sudor. Sentí su calor dentro de mí y la presión contra mi clítoris al rozar su pubis. Solté un gemido bajo y empecé a moverme, primero despacio, probando el vaivén, como si estuviera aprendiendo mi propio ritmo.

Él me sostuvo los pechos, los estrujó entre sus manos, chupó mis pezones cuando me incliné hacia adelante para besarlo. Yo lo cabalgaba cada vez más rápido, mis caderas golpeando contra él, la fricción creciendo hasta volverse insoportable.

Lo miré a los ojos mientras me montaba sobre su verga, y me descubrí perdida en esa mirada, salvaje y vulnerable al mismo tiempo. Sentía mi interior apretarlo con fuerza, cada espasmo empujándome más cerca del borde. Mis manos se aferraron a su pecho, mis uñas lo arañaron, y mis movimientos se volvieron frenéticos, sin control.

El orgasmo me atravesó como un relámpago. Mis caderas se sacudieron solas contra él, frenéticas, mientras me venía una y otra vez sobre su miembro. Sentía mi interior apretarlo con cada espasmo, un torbellino imposible de contener. El gimió grave, su cuerpo se tensó bajo el mío, y en el mismo instante su semen estalló dentro de mí, llenándome por completo.

Me dejé caer sobre su pecho, exhausta, la piel húmeda pegándose a la suya. Mi respiración era irregular, rota, como si me costara recordar cómo se hacía. Sentía su corazón golpear contra mi mejilla, tan acelerado como el mío, y por un momento todo quedó en silencio, salvo el eco de nuestros jadeos en la habitación.

Él me rodeó con los brazos, todavía temblando, y yo cerré los ojos. Había sudor, había culpa escondida en algún rincón de mi mente, pero nada de eso importaba en ese instante. Lo único real era el calor de su cuerpo fundido con el mío, la sensación de haber sobrevivido a un incendio que nos consumió y nos dejó abrazados en las cenizas.

Me quedé ahí, inmóvil, deseando que el tiempo se detuviera, aunque supiera que no podía. Y sin embargo, no había espacio para la culpa. Nada que se sintiera tan rico, tan intenso, tan tierno, podía ser malo. Rodri era, en ese momento, la respuesta a todas mis preguntas, el alivio de años de hambre, el consuelo que nunca me atreví a pedir.

Lo abracé con más fuerza, como si temiera que se deshiciera entre mis brazos. Sentí que, por primera vez en mucho tiempo, estaba exactamente donde quería estar. No pensaba en lo que vendría después, ni en lo que había dejado atrás. Solo quería disfrutar ese instante, tan perfecto, tan mío, como si fuera eterno.

Después de aquel primer clímax seguimos buscándonos como animales. Yo no podía dejar de sentirlo dentro de mí, y él me giraba, me levantaba, me tomaba de distintas formas, hasta que el sudor nos empapó enteros. Me cabalgó contra la pared, me tomó de pie sujetándome de las nalgas, volvimos a revolcarnos en la cama una y otra vez. Cada embestida arrancaba nuevos jadeos, cada beso era más desesperado que el anterior.

Perdí la cuenta de cuántas veces me corrí esa noche, de cuántas veces me llenó. El tiempo se volvió un borrón de gemidos y carne chocando.

Cuando por fin alcancé a mirar el reloj, me di cuenta de que ya pasaban de las dos de la madrugada. El cuerpo me ardía, temblaba, pero la urgencia de volver a casa me atravesó: no quería que nadie sospechara.

Nos duchamos juntos, entre risas y besos húmedos que se transformaron en otra ronda de sexo bajo el agua, más breve pero igual de intensa. Cuando terminé de vestirme, revisé minuciosamente mi ropa y mi cuerpo frente al espejo, buscando alguna marca, un chupetón, un moretón. Nada. En silencio agradecí que, entre lo salvaje y lo tierno, Rodri hubiera sabido devorarme sin dejar huellas.

Nos despedimos en la puerta con un beso largo y un abrazo tierno. Antes de irme, quedamos en vernos al día siguiente en una cafetería para hablar de lo que había pasado.

Llegue a casa hecha un manojo de nervios, con la sensación de llevar escrito en la piel lo que había hecho. Temía que Víctor lo notara con solo mirarme. Subí a la habitación en silencio, ahí estaba estaba dormido, respirando tranquilo, ajeno a todo. Me metí al baño, me duché otra vez, intentando borrar el rastro invisible de Carlos, y después me puse el pijama antes de meterme en la cama como si nada hubiera ocurrido.

Al amanecer me levanté temprano. Preparé el desayuno para los dos, como siempre. Cuando Víctor salió de la habitación, me saludó con normalidad, como si el mundo no hubiera cambiado. Y sin embargo, yo todavía ardía por dentro, recordando la noche anterior.

Lo escuché entrar en la ducha y algo en mí quiso intentarlo. Todavía lo amaba, lo encontraba guapo, mi pareja de tantos años. Entre al baño me desnudé y entré detrás de él, el vapor llenando el baño como un velo cómplice.

Me acerqué por la espalda, recorrí con las manos su torso húmedo y bajé lentamente hasta tomar su miembro. Estaba flácido, tibio, familiar… aunque en el fondo no pude evitar comparar. No era como Rodri, no era ese peso palpitante que me había hecho arder. Aun así, verlo endurecerse poco a poco bajo mis caricias me excitó, me devolvió por un instante la ilusión de que aún podíamos encendernos juntos.

Me pegué a él, mis pechos contra su espalda mojada, lista para provocarlo más. Pero Matías me apartó suavemente, sin enojo, sin deseo, como si no entendiera lo que pedía.

—Amor, tengo prisa… prometo que el fin de semana lo hacemos con calma.

Me quedé helada. Tragué saliva, escondí la decepción bajo una sonrisa.

—Está bien, no pasa nada.

Él se giró, me besó con ternura en los labios y me rodeó con un abrazo breve, como si quisiera disculparse sin palabras. Yo asentí, le acaricié la espalda húmeda y salí de la ducha para que terminara rápido.

Me sequé despacio, con la toalla envuelta al cuerpo, y me senté en la orilla de la cama. Lo escuchaba moverse en el baño, cerrar el agua, vestirse con la rutina de cada mañana. Minutos después salió, me dio otro beso suave y un “te amo” automático antes de marcharse.

La puerta se cerró y quedó el silencio. Un silencio que pesaba, que me atravesó como un cuchillo. Lo amaba, lo sabía, pero ya no podía seguir así: esperando migajas de deseo, reprimiendo la parte de mí que gritaba por sentirse viva.

Me quedé un rato sentada en la cama, con la toalla aún apretada contra mi cuerpo y el silencio de la casa rodeándome. La puerta se había cerrado hacía minutos, pero el vacío que dejaba Matías todavía pesaba en el aire.

Tomé el celular. Mis dedos se movieron solos y le mandé un mensaje a Rodri:

“¿Y si mejor tomamos el café en tu depa?”