Xtories

La nueva compañera de piso 7

Ana no vino a la fiesta por diversión, vino a jugar. Y cuando ella toma las riendas, Martín y Noe olvidan que tienen voluntad propia. Esta noche, la limpieza de la casa será solo el preludio de un castigo que todos desean recibir.

Naira Rose4.8K vistas9.2· 12 votos

Era viernes por la noche, nuestros amigos nos habían invitado a una fiesta pero Ana tenía otros planes para nosotros.

No sabía bien cómo habíamos llegado a eso, pero cuando Ana dijo que quería jugar, no me sorprendí. Con ella, la sorpresa era parte del plan.

Se sentó frente a mí con la calma de quien sabe que tiene el control. Sostenía una copa de vino, cruzó las piernas y le habló a Noe sin levantar la voz.

—Hoy vas a limpiar la casa. Pero desnuda.

La habitación se llenó de un silencio espeso. Noe se quedó quieta unos segundos, como si procesara la orden. Luego, sin decir nada, comenzó a desvestirse. Primero la remera, después el pantalón. Y por último, la ropa interior, que dejó caer sin apuro, como si ya estuviera metida en el juego más que nosotros.

Me mordí el interior del labio. Verla así, tan segura, tan desnuda y a la vez tan entregada, me despertaba un deseo que era difícil disimular.

Noe agarró un trapo húmedo y empezó por la mesada. Cada movimiento suyo era una provocación silenciosa. Cuando se agachaba, cuando estiraba los brazos, cuando giraba el torso. Sabía que la miraba. Y lo hacía a propósito.

—Te gusta —susurró Ana, acercándose por detrás y apoyando las manos en mis hombros—. Verla así.

Tragué saliva, incapaz de apartar los ojos de Noe. Ella pasó a limpiar la mesa. Sus redondos pechos colgaban suaves con el movimiento, y su espalda se arqueaba apenas al alcanzar el borde.

—¿Querés tocarla? —me preguntó Ana en voz baja, casi ronroneando en mi oído.

Asentí sin decir nada.

—No podés. No todavía.

Ana se sentó sobre mis piernas, aún con la copa en la mano, como si el cuerpo de Noe fuera solo un espectáculo diseñado para nosotros. O para ella. O para su propio placer de vernos así: atrapados.

Y lo estaba. Completamente.

Ana se movía despacio sobre mis piernas, balanceando la copa con la gracia de quien disfruta cada segundo. Yo podía sentir el calor de su cuerpo a través de su vestido, esa presión suave pero firme que me mantenía exactamente donde ella quería: quieto, mirando, deseando.

Noe seguía con su tarea, ahora arrodillada frente al mueble del televisor, pasando el trapo con un gesto casi ritual. Sus caderas se movían en un vaivén lento. El silencio en la sala era casi erótico; solo se oía el roce del trapo y el suave chocar del vino en la copa de Ana.

—Mirá cómo se esfuerza —dijo Ana, deslizando una mano por mi pecho—. Pero no por vos. Lo hace por mí.

Sus palabras me sacudieron. Sentí cómo su control se extendía más allá del cuerpo: era mental. Ella mandaba. Yo solo podía mirar.

—¿Sabés por qué me gusta esto? —susurró, rozándome el cuello con los labios—. Porque vos la deseás. Y ella me obedece. Pero en el fondo… los tengo a los dos.

Me estremecí. Era cierto. Lo que más me excitaba no era solo ver a Noe desnuda y entregada, sino el saber que Ana lo había hecho posible. Que todo ocurría porque ella lo deseaba así.

—Quiero que me digas algo —dijo Ana, separándose apenas para mirarme a los ojos—. Decime que Noe es más linda que yo.

Me costó tragar. Era un juego, lo sabía. Pero también sabía que no había una respuesta correcta. Solo había que obedecer.

—Noe es hermosa —dije, midiendo las palabras—. Pero vos… vos sos la que domina todo esto.

Ana sonrió, satisfecha. Se levantó despacio de mis piernas y caminó hacia Noe. Se agachó a su lado y le levantó el mentón con dos dedos.

—Estás haciendo un buen trabajo —le dijo con una dulzura que contrastaba con la tensión del ambiente—. Pero creo que es hora de que te ganes un premio.

Noe la miró sin decir nada, los ojos brillando.

—Quédate en cuatro sobre la alfombra —ordenó Ana, y se volvió hacia mí—. Pero vos… seguís sin tocar.

Me apoyé contra el respaldo, sintiendo cómo el deseo se volvía insoportable. Ellas se movían como en una coreografía perfecta.

Ana se arrodilló detrás de Noe, que ya estaba en posición, con la espalda arqueada y las manos apoyadas sobre la alfombra. Desde donde yo estaba, tenía la vista perfecta de su cuerpo: la curva de su espalda, su coño humedo y depilado, la tensión en sus muslos, el leve temblor de su respiración.

Ana apoyó una mano en la base de su espalda y la deslizó lentamente hacia abajo, deteniéndose justo en el límite entre sus glúteos.

—Estás temblando —susurró—. ¿Estás nerviosa o te gusta que te miren?

Noe no respondió. Solo se acomodó un poco más, abriendo levemente las piernas como respuesta muda. Ana la premió con una caricia suave, seguida de un leve azote que hizo que ambas respiraran más fuerte.

—Quiero que la veas, Martín —dijo Ana, sin mirarme—.

Se inclinó hacia adelante, pegando su cuerpo al de Noe, y comenzó a besarla con una lentitud casi cruel. Desde donde estaba, no podía distinguir bien qué hacía con las manos, pero los gemidos bajos de Noe me daban una idea clara.

Yo solo podía mirar. La copa de vino seguía en la mesa. Mis manos, cerradas con fuerza sobre mis piernas para evitar tocarme, aunque la excitación del momento lo estaba volviendo cada vez más difícil.

Y entonces Ana dijo, sin volver la vista:

—Ahora sí… podés acercarte.

Me acerqué a ellas, me arrodillé detrás de Noe y comencé a jugar con su clítoris pero Ana apartó la mano firmeza

—No, solo vas a poder tocar su culo hasta que yo diga lo contrario— me dijo, mirándome directamente a los ojos.

Obedecí. Comencé a acariciarla lentamente, con movimientos circulares sobre su ano rosa, saboreando la tensión que crecía en su cuerpo.

Ana dejó caer unas gotas de lubricante que olía a fresa, dulce e intenso. La sensación era casi hipnótica. Noté cómo Noe se arqueaba más, buscando más contacto, su respiración entrecortada llenando el silencio de la habitación. Poco a poco su culo fue cediendo y mis dedos entraban cada vez con más facilidad.

Ana se colocó detrás de mí, pasó sus manos suavemente por mi abdomen hasta llegar a mi erecto pene, con sus delicadas manos comenzó a rozarlo, haciéndome desear su contacto.

— Chupaselo— dijo Ana

Noe se dio vuelta, se acercó suavemente a mí, comenzó acercando sus labios, lamiendo de abajo hacia arriba mi verga mientras me miraba a los ojos.

Ana se colocó detrás de Noe, comenzó a darle suaves nalgadas que poco a poco aumentaron la intensidad y solo se detuvo cuando la marca de sus dedos quedaron grabadas sobre la suave piel de Noe.

Ana se sacó el vestido, revelando su delgado y bonito cuerpo, decorado con una delicada lencería de encaje rojo. Se acercó y comenzó a besarme, apartó a Noe y ella se volvió la protagonista.

Me llevó hasta el sofá para sentarse sobre mí, metiendo mi verga en su húmedo coño, mientras yo sostenía sus caderas. Su cabello castaño y corto estaba despeinado, sus mejillas con un leve color rosa que resaltaba su bello rostro.

Ella aumentó el ritmo de sus caderas, mientras me besaba intensamente. Podía sentir las manos de Noe sobre mis hombros, sus labios besando mi cuello. En ese momento solo estábamos nosotros en la habitación, sumergidos en un placer intenso.

Mi momento favorito fue cuando las tuve a las dos apoyadas sobre las rodillas en el sofá, con la espalda arqueada y la cadera elevada. No puedo negar que las grandes y firmes nalgas de Noe me atraen, pero en ese momento no podía dejar de ver a Ana en esa posición, sus delgadas nalgas no necesitaban esfuerzo para revelar su apretado coño y su estrecho culo.

Pasé lubricante por el pequeño culo de mi novia y comencé a hacer círculos con la punta de mi pija, hasta entrar lentamente en su apretado ano, que abrazaba con fuerza mi miembro. Ella me miraba mientras gemía y movía sus caderas para meterlo más profundo.

Ella comenzó a aumentar su ritmo, la seguí hasta venirme dentro de ella. Noe nos miraba mientras rozaba con sus dedos su clítoris.

Cuando terminé me senté sobre el sofá, mientras Ana y Noe se besaban y tocaban hasta venirse en sincronía.

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