Xtories

Infiel en el Congreso Médico

En el bar del hotel, sus miradas se cruzan con la promesa de una noche sin reglas. Patricia sabe exactamente lo que quiere: usar el cuerpo de un desconocido para olvidar a su novio. Pero cuando suben a la habitación, el juego cambia. Él quiere juzgarla, ella quiere dominarlo. Y el teléfono que no contesta es solo el preludio de lo que viene.

SelenaValente8.6K vistas8.0· 5 votos

Desde la barra del bar del hotel donde estaba tomando una copa, después de un duro día de interminables exposiciones y de tener que escuchar estrategias de venta de comerciales pretenciosos, Diego la vio entrar.

El Congreso Nacional de Visitadores Médicos se celebraba aquel año en Cádiz, y pese a que odiaba el ambiente de aquel evento en concreto, no pudo evitar tener que acudir un año más por imperativo de su empresa.

La mujer se abrió paso con seguridad entre las mesas, lanzando miradas a su alrededor como si buscara a alguien. Por un instante sus miradas se cruzaron y se quedaron prendidas una en la otra. La de Diego la recorrió con lentitud, se detuvo en el vestido rojo escotado hasta el límite de lo correcto, la melena rubia y brillante que le caía sobre la espalda, la figura delgada y aquellas sandalias de tacón alto que realzaban sus piernas largas y delgadas.

Patricia nunca había pensado demasiado en la infidelidad. No como un dilema moral, al menos, no como algo que realmente la preocupara. Más bien, lo veía como un capricho. Algo que pasaba porque sí, porque el cuerpo es un animal hambriento y a veces las reglas no importaban.

Había pasado horas en aquel congreso escuchando ponencias que se habían extendido más de lo necesario. Primero, un desayuno formal con presentaciones aburridas, después un análisis de la situación del sector y después las ponencias. Presentaciones de algunos laboratorios, estrategias de marketing, y la absoluta certeza de que tu interlocutor de turno era el mejor comercial entre los cientos que allí se congregaban. Siempre era así. Sonrisas forzadas, diálogos vacíos. Luego, la cena, y finalmente las copas. Siempre las copas. Y cuando el alcohol comenzaba a hacer de las suyas: la caza. La invitación a la habitación, la oferta de una noche inolvidable. Todos los años la misma película que ya había vivido otras veces, en la que solamente cambiaba la sede del congreso. Claro que ella se había vestido para la ocasión. Quería atraer las miradas. Sabía que con certeza lo hacía. Esa era la intención, y siempre lo conseguía.

Caminó seductora sobre los altos zapatos de tacón hasta el otro extremo de la barra y se sentó en un taburete. Sabía que la observaba. Le gustaba saberse deseada. Pidió vermut rojo con ginebra y se dedicó a beberlo a pequeños sorbos, bien para saborearlo mejor o quizá para alargar el momento, y darle tiempo a decidirse.

Diego se dedicó observarla desde el otro extremo de la barra. Enseguida comprendió que sus miradas se habían entrelazado, y ninguno de los dos soltaría su presa. Ella se sabía observada, y le gustaba. Sus gestos, sus movimientos eran la prueba de que se le insinuaba sin hacerlo. Diego conocía a esa clase de mujeres, y le encantaban.

Cuando ya apenas le quedaban un par de sorbos en la pequeña copa comprendió que, con toda probabilidad, ella se marcharía al terminarla, y él perdería la oportunidad. Ella continuaría su ruta por el bar hasta dar con el afortunado que sí pasaría la noche con ella. De modo que le hizo una seña al camarero para que le sirviera otra en su nombre. Ella aceptó la copa y, mirando hacia él, inclinó la cabeza en un leve gesto de agradecimiento, ocasión que Diego aprovechó para acercarse, con su copa en la mano. Piernas largas, labios gruesos, un escote que prometía más de lo que debía. Su falda era demasiado corta para la ocasión, pero no parecía importarle. Mucho menos a él.

— Buenas noches —saludó.

— Gracias por la copa.

— De nada. Es un placer.

— ¿Estás en el congreso?

Ella se encogió de hombros.

— Sí. Un coñazo.

— Como siempre. Odio este ambiente de velada competencia. Todos estos tíos tratando de demostrar que son mejores que tú.

— ¿Tú no eres de esos? ¿No me vas a tratar de convencer de que eres el mejor visitador de tu gremio?

— Para nada. No tengo el menor interés en aparentar que soy mejor que nadie. —Diego bebió despacio con sus ojos irremediablemente clavados ya en los de Patricia.

— ¿De dónde vienes…?

— De Madrid. ¿Y tú?

— También. Qué coincidencia. ¿Esperas a alguien?

— No.

— Cuando entraste me pareció que mirabas a tu alrededor buscando a alguien.

— Tal vez lo hacía. Pero a nadie en concreto.

— ¿Lo has encontrado?

— Podría ser...

— No eres muy habladora.

— Hoy no.

— ¿Y qué tiene hoy de especial?

— Que estoy aquí y no quiero hablar demasiado. Odio el parloteo vacío.

— ¿No te interesa?

— ¿Tú qué crees?

— Supongo que es algo inusual que hayas aceptado mi copa. —Diego profundizó en la mirada, y al comprobar que ella se la mantenía firme, supo que lo había logrado.

— No. De hecho, esperaba que lo hicieras.

— ¿Puedo preguntar por qué?

— Porque no has dejado de mirarme desde que he entrado. Y porque me apetecía.

— ¿Qué te apetecía? ¿Tomar otra copa?

— Puedo pagarme otra copa. Me apetecía que te acercaras.

— ¿Sabías que iba a hacerlo?

— Claro… los hombres sois muy predecibles.

— ¿Eres una experta en ligar en hoteles?

— No se me da mal, pero soy lo bastante adulta para haber conocido a unos cuantos y sé cómo os comportáis.

— Ya. Pues, para tu información, yo no soy experto en venta de medicamentos, y tampoco soy experto en ligar en bares.

— ¿Y qué es lo que estamos haciendo, entonces?

— No lo sé; dímelo tú.

— Yo solo estoy tomando una copa.

— ¿Cómo te llamas?

— Patricia.

— Pero no es tu nombre.

— Sí lo es.

Patricia se encogió de hombros. Se fijó que era alto, con el pelo oscuro bien cortado y unos penetrantes ojos oscuros que la habían desnudado al entrar sin ningún disimulo.

— Yo soy Diego.

— De acuerdo, Diego. —dijo ella bebiendo de nuevo.

— ¿Quieres que nos sentemos en una mesa? Estaremos más tranquilos. ¿O tienes prisa?

— Ninguna prisa.

Se levantaron de los taburetes y se sentaron en una mesa algo apartada, en un rincón. El bar del hotel rezumaba un tipo particular de elegancia cansada, El ambiente era artificial. Se presenciaban demasiados brindis forzados y risas de compromiso. Se fijó en el traje azul marino de Diego, corbata desajustada, expresión de quien fingía no estar aburrido.

— ¿Primera vez en este congreso? —preguntó él sin mirarla directamente.

— No. Vengo todos los años. Aunque las primeras veces las pasé huyendo de cenas de trabajo y mesas redondas sobre “la importancia de generar valor en la visita” —respondió ella, girándose apenas hacia él, con una media sonrisa.

Diego soltó una breve risa.

— Entonces ya eres veterana. Yo vine porque mi jefe cree que aquí se forjan alianzas estratégicas. Traducción: cafés tibios y egos inflados.

— Exacto —asintió Patricia—. Todos vendiendo sonrisas como si estuvieran encantados de competir entre sí.

— Por cierto, trabajo para Novartis. Área cardiovascular.

— Patricia. Lilly. Oftalmología. Aunque ahora todos vendemos lo mismo con distintos envoltorios.

— ¿Sabes qué es lo peor? —dijo Diego, bajando la voz como si fuera a confesar un crimen menor—.Como si no supiéramos que nadie lee el dosier entero, ni los médicos, ni nosotros.

— Mira —dijo ella, inclinándose un poco hacia él—. Si me dan un euro por cada vez que oigo “tenemos que diferenciarnos con propuestas de valor”, me jubilo a los cuarenta.

Diego la miró con más atención. Patricia jugaba con la rodaja de naranja en su copa, sin perder su sonrisa. El hielo tintineó como una pausa con intención.

— No pareces de las que se tragan ese cuento —dijo él.

— No. Y desde luego, no he venido a hablar de trabajo.

— Yo tampoco.

— Por eso me senté aquí.

El ruido del bar se diluía alrededor. Una música suave, el golpeteo sordo de las conversaciones, el ritmo flotante de dos personas que empiezan a intuir que, en medio del congreso, algo auténtico podría suceder. A la segunda copa siguió una tercera. Por eso, cuando terminaron el cuarto vermut, de forma natural él le preguntó con naturalidad:

— Tengo una habitación arriba. ¿Quieres subir?

Patricia negó con la cabeza.

— Ven. Acompáñame.

Se levantó con estudiada sensualidad y se dirigió al baño. Las miradas de muchos hombres se clavaron en su cuerpo y la siguieron con deseo apenas contenido. Atravesaron el bar, Diego caminaba detrás de ella con la respiración acelerada, y antes de que pudiera pensarlo demasiado, ya estaban dentro del baño. La puerta se cerró con un golpe seco.

Diego sintió las manos de Patricia subir por su pecho, hasta aferrarse a su corbata para atraerlo hacia ella. El beso fue húmedo, hambriento. No hubo caricias lentas ni delicadeza. Solo el choque de bocas, los jadeos ahogados en un espacio demasiado estrecho, el sonido de la hebilla de su cinturón chocando contra los azulejos cuando ella la desabrochó con dedos ansiosos.

Las manos de Diego bajaron sin delicadeza por la espalda de Patricia hasta aferrarse a sus nalgas, apretándolas con descaro, sintiendo la carne firme bajo sus dedos. Ella jadeó contra su boca, pero no protestó, al contrario, se pegó más a él, moviéndose como si su cuerpo ya supiera lo que iba a pasar.

El ligero vestido subió con un simple tirón. No había bragas, ni tanga. Su piel ardía bajo sus manos, un contraste brutal con el frío de los azulejos cuando la empujó contra la pared. Patricia echó la cabeza hacia atrás, los labios entreabiertos, las uñas rojas se clavaron en su pecho mientras él la sujetaba con más fuerza, con más hambre.

Patricia no pensó en José Luis. Ni por un segundo.

Su respiración se volvió más profunda cuando él deslizó los dedos por la piel expuesta de sus muslos, sintiendo cómo su cuerpo respondía al contacto. Ella se aferró a su lengua, con los labios entreabiertos, su mirada era oscura y febril. No había ternura en sus caricias, solo urgencia.

Diego deslizó sus manos bajo sus muslos y, con un solo movimiento firme, la levantó contra la pared. Patricia dejó escapar un suspiro ahogado, enredando las piernas alrededor de su cintura, encajando su cuerpo contra el suyo en un roce que le arrancó un gemido.

Sus bocas se buscaron de nuevo, mientras él acomodaba su sexo contra el de ella, sintiendo cómo se estremecía con cada mínima provocación. La tensión, el calor, la prohibición… todo se entremezclaba en una sensación de vértigo y prohibición. La penetró sin delicadeza.

Patricia arqueó la espalda, sus dedos se aferraron con más fuerza a su nuca, sus labios dejaron escapar un gemido. Diego deslizó la boca por su piel caliente. Sus labios recorrieron el contorno de su clavícula, descendiendo con lentitud, saboreando cada estremecimiento, cada jadeo.

Patricia, con la respiración agitada, se llevó las manos a los tirantes del vestido, deslizándolos hacia afuera. El vestido cayó, y permitió a Diego ver sus pechos pequeños con pezones oscuros. La mantenía contra la pared. Diego se excitó al verla así, ofrecida sin pudor, con los pezones endurecidos pidiendo su boca. La escena en el baño lo estaba llevando a su límite. No esperó. Se inclinó y atrapó uno de sus excitados pezones entre los labios y la lengua, succionando y mordiendo con una ferocidad que le arrancó un gemido. Patricia se aferró a su cabello, enterrando las uñas rojas en su cuero cabelludo, empujándolo más contra su piel, como si quisiera que la devorara sin reservas.

No había suavidad en ellos solo hambre. Un hambre desesperada. Y entonces, todo se redujo al sonido de sus cuerpos chocando contra la pared, al jadeo húmedo de sus bocas, al placer sucio de lo prohibido.

El sudor comenzó a perlar sus frentes. Ambos se lamieron el sudor. Al poco tiempo, Patricia comenzó a gemir cada vez más fuerte. Sus uñas se clavaron en la espalda de Diego, y una descarga la recorrió de abajo arriba. Se estremeció en un orgasmo intenso, seco, frío, pero brutal.

Sin tiempo para recuperarse, se agachó frente a él. Tenía el sexo completamente empapado de sus jugos.

— ¿Esto te gusta? —le escupió directamente en el sexo con lujuria mezclados, viendo cómo le chorreaba hasta la base.

Y después se la tragó entera. Hasta el fondo. Hasta casi tener arcadas. Hasta que le tocó la campanilla y los ojos se le nublaron. Diego no daba crédito a lo que estaba sucediendo en aquel baño. Le había tocado una puta diosa pervertida.

Él se retorció, hecho un trapo, ahogado de placer. El calor del baño era asfixiante, como si le apretara el pecho, como si el aire se le pegara a la piel y no le dejara escapar.

Patricia estaba de rodillas y con la mandíbula medio dormida.

— ¿Alguien te ha hecho esto mejor que yo?

— Nadie. Joder, nadie me lo ha hecho como tú —respondió Diego, con los ojos perdidos y las piernas temblando.

Patricia se echó el pelo a un lado, se limpió la boca con el dorso de la mano sin dejar de mirarlo.

— ¿Sigue en pie lo de la habitación?

Subieron en silencio. El ascensor olía a perfume caro y a desgaste. Diego pulsó el botón del cuarto piso. Patricia no lo miraba, pero sentía su presencia pegada a la suya como un eco de algo que aún no había ocurrido. Se ajustó el vestido y se miró en el espejo. Ella sonreía, pero no de forma complaciente: parecía disfrutar del control tácito que empezaba a tener sobre el momento.

— ¿Seguro que no tienes una ponencia a las ocho? —preguntó ella, sin moverse.

— Tengo una excusa preparada. Algo sobre gastroenteritis viral —respondió él, sin apartarle los ojos.

La puerta del ascensor se abrió con un sonido ahogado. Caminaron por el pasillo alfombrado, con luces cálidas y cuadros impersonales en las paredes. Diego sacó la tarjeta del bolsillo de la chaqueta, la pasó por el lector de la puerta 417, y empujó.

— Adelante —dijo, abriéndola del todo.

Patricia entró primero. La habitación olía a hotel bueno, a limpieza reciente y a algo más sutil: una promesa vaga, flotando en el aire. Sobre la cama, perfectamente hecha, un folleto del hotel y unas chocolatinas. Ella dejó el bolso en la butaca sin pedir permiso, luego se acercó a la ventana y apartó ligeramente la cortina. El puerto de Cádiz se extendía bajo una luna blanca y estática.

— Bonitas vistas —murmuró.

— Son mejores desde aquí —dijo él, apoyado en el marco de la puerta, mirándola de espaldas.

Ella se volvió lentamente. No había prisa. Se quitaron los zapatos casi al mismo tiempo, como si hubieran ensayado esa sincronía. Patricia caminó descalza hasta la cama y se sentó en el borde. Cruzó las piernas.

— ¿Y ahora qué? —preguntó. – He dejado el listón muy alto. ¿No crees?

Diego no respondió de inmediato. Se acercó y se agachó frente a ella, a su altura. Le retiró un mechón de pelo que le caía sobre el rostro.

— Ahora te voy a enseñar lo que es bueno...

Ella no lo detuvo. Sus bocas se encontraron como si hubieran estado llamándose desde que se vieron. El beso fue lento, sin urgencia, como si se probaran, se midieran, se reconocieran. Las manos de Diego subieron por la espalda de Patricia, mientras ella deslizaba los dedos por el cuello de su camisa.

Se tumbó primero ella, luego él. La cama crujió levemente, como si también quisiera guardar el secreto. La ropa empezó a desaparecer con una mezcla de deseo y urgencias. Las respiraciones se volvieron más densas, entrecortadas. Él le acarició la clavícula con los labios. Ella cerró los ojos.

Su mano se deslizó con naturalidad hacia su entrepierna, encontrándolo duro bajo la tela del pantalón. Lo acarició con firmeza, sintiendo cómo su erección crecía bajo su palma, provocando un leve jadeo en él. Sí, definitivamente estaba acostumbrado a la atención femenina. Con ese cuerpo y esa actitud confiada, seguramente era el visitador perfecto, el que hacía suspirar a todas las mujeres que lo veían.

Pero a Patricia no le importaba. No buscaba adorarlo ni impresionarlo. Solo lo usaría. Y él tampoco tenía problema con eso. Era parte del juego que había preparado para esa noche.

Con una mano, desabrochó su pantalón, antes de bajarlo junto con la ropa interior. Su erección saltó libre, gruesa y palpitante, y ella la recorrió con la mirada lujuriosa antes de envolverla con los dedos, sintiendo su calidez, su peso.

Con la otra mano, recogió su propio cabello en una coleta improvisada, sujetándolo con fuerza, asegurándose de que ningún mechón cayera sobre su rostro. No era un gesto coqueto ni sumiso, era práctico, casi profesional. Lo haría bien. Lo haría disfrutar. Pero, sobre todo, lo haría suyo, al menos por esa noche.

Diego gruñó cuando ella sacó la lengua y pasó la punta por toda la extensión de su miembro, humedeciéndolo, provocándolo. Sus músculos se tensaron, su abdomen vibró bajo su toque, y Patricia sintió una punzada de placer en su vientre al notar el poder que tenía sobre él.

— Mierda, joder… —murmuró él, inclinando la cabeza hacia atrás.

Ella sonrió antes de abrir más la boca y tomarlo, hundiéndose lentamente, sintiéndolo invadir su boca, rozar el fondo de su garganta. No hubo torpeza, no hubo vacilación. Sabía exactamente lo que hacía, y lo hizo con la precisión de alguien que conoce su propio cuerpo y el de los hombres.

La mano de Diego se deslizó por instinto hacia uno de sus pechos. Su pezón endurecido bajo sus dedos fue un estímulo más, una tentación que habría seguido explorando de no ser por la mirada que ella le lanzó.

Patricia se incorporó con calma, revelando su cuerpo desnudo, la curva perfecta de sus senos, su vientre liso, sus caderas estrechas. Su mirada desprendía deseo, lascivia.

Sin previo aviso, lo empujó con firmeza sobre la cama. Él cayó de espaldas, sorprendido, y luego sonrió partícipe de lo que se avecinaba.

lla sonrió, pero no era una sonrisa dulce. Era afilada, perversa, la sonrisa de alguien que ha decidido abrazar la oscuridad.

Se inclinó sobre él, dejando que sus pechos rozaran su rostro, que sus pezones endurecidos le acariciaran la piel como un desafío. Sintió el temblor sutil en su respiración, la forma en que su boca se abría apenas, queriendo atraparla, saborearla.

— ¿Te gusta? —susurró, moviendo las caderas lentamente sobre su pelvis, sintiendo la dureza de su pene atrapada entre las capas de ropa que aún los separaban.

Diego gruñó bajo ella, sus manos recorriendo sus muslos, apretando la carne firme. Pero Patricia se lo impidió. Agarró sus muñecas y las empujó sobre la cama, manteniéndolo ahí, inmóvil, mientras se restregaba contra él con la cadencia precisa de una mujer que sabía exactamente lo que hacía.

El teléfono vibró en la mesilla con un zumbido insistente, casi fuera de lugar en medio de aquellas respiraciones aceleradas.

Patricia giró el rostro y estiró el brazo para ver la pantalla. JOSE LUIS, decía, con una foto pequeña en la esquina: un hombre de gesto sonriente, en una terraza al sol.

— ¿Quién es? —preguntó Diego, sin levantarse del todo, pero deteniendo el movimiento de su cuerpo sobre el de ella.

Ella pulsó silencio sin contestar. El brillo del teléfono desapareció. Luego lo giró, dejándolo boca abajo.

— Nadie importante. No ahora.

Diego la miró con una ceja apenas levantada.

— ¿Tu novio?

— ¿Y si lo fuera? —replicó ella, sin molestarse en fingir sorpresa.

— Entonces está llamando justo mientras tú te estás entregando a otro —dijo él, sin dureza, pero con algo frío en la voz—. Me pregunto si sabe la clase de novia que tiene.

Patricia se incorporó un poco, con el cabello cayéndole sobre un hombro, la sábana aún sin cubrirles del todo. Lo miró con una mezcla de incredulidad y fastidio.

— ¿De verdad vas a hacer eso ahora?

— Solo pregunto —dijo él, apoyando un codo en la almohada—. Por él, más que por mí. El pobre José Luis. Sonará cursi, pero hay algo en su cara de foto de WhatsApp que me ha dado pena.

Ella resopló con una sonrisa ladeada, como quien empieza a cansarse de un juego que prometía más.

— Te advierto algo, Diego de Novartis —dijo, subiendo la voz apenas medio tono—. Si sigues con el numerito del juez moral, me levanto, me visto y me voy a mi habitación. Y te vas a quedar con las chocolatinas y las ganas.

Él no se movió. Solo la miró, como si estuviera evaluando hasta dónde podía tensar la cuerda. Como si se debatiera entre el deseo y una curiosidad amarga.

— ¿Te molesta que te pregunte?

— No. Me molesta que quieras convertir esto en algo que no es. Esto no es una confesión. No estamos aquí para hablar de fidelidades, ni de culpas.

— ¿Entonces qué es esto?

— Esto —dijo ella, tomando su cara entre las manos— es lo que pasa cuando dos personas adultas deciden que esta noche no van a dormir solas. Y punto.

Los ojos de él siguieron buscando algo más en ella. Patricia no bajó la mirada. Durante unos segundos, el aire se volvió más denso. La tensión ya no era solo sexual. El teléfono volvió a vibrar por segunda vez en un par de minutos. Esta vez no lo miró.

— No pienso contestar —dijo ella.

Diego asintió, No era su problema. Su mano subió por el muslo de Patricia, como si quisiera retomar el hilo de antes. Pero algo se había movido, algo más profundo, más ambiguo. Y aunque sus cuerpos volvían a acercarse, la conversación no había terminado realmente...

Patricia no esperó a que él retomara la iniciativa. Se subió sobre él con la seguridad de quien no pide permiso ni da explicaciones. Guio su pene dentro de su interior y comenzó a moverse. Sus caderas se movieron lentamente al principio, como una advertencia silenciosa.

Diego la miró desde abajo, con la mano en la curva de su cintura.

— ¿Y él te llama así de seguido? ¿Siempre que te vas de congreso? Seguro que sospecha que su novia es un poco zorrita…

Ella rio, seca, sin detenerse.

— José Luis cree que me aburro en estas cosas. Que echo de menos casa, sofá, vino tinto. Pobrecito.

— Debe de quererte mucho.

— ¿Tú crees? —inclinó el cuerpo sobre él, hasta que sus labios rozaron su oreja—. Yo creo que no me conoce en absoluto.

Los movimientos se aceleraron. Él le sujetó la nuca con una mano, con fuerza contenida, como si intentara mantener el control de algo que ya no lo obedecía.

— ¿Y tú te aprovechas de eso?

— Me aprovecho de muchas cosas, Diego —dijo ella, bajando la voz como una amenaza sensual—. De la libertad que me dan los congresos. De hombres de traje. De hoteles con camas grandes y bombones en la almohada.

— Eres más fría de lo que pensaba.

— ¿Y tú más sensible? —le mordió suavemente el cuello—. No me digas que eres de los que buscan conexión espiritual en medio de una penetración.

Diego la giró sin previo aviso, colocándose sobre ella. Ahora sus cuerpos se encontraron más rápido, más brutales. Él hablaba entre jadeos.

— José Luis debe estar en casa ahora. Tal vez preparando la cena. Esperando tu llamada. Y tú aquí follando con un desconocido...

Patricia arqueó las cejas, con una sonrisa entrecortada por el placer.

— Quizá esté con otra. A lo mejor no es tan idiota como tú crees.

— Y tú mientras te follas a un tipo que conociste hace tres horas en un bar.

— No es tan raro. Estoy bastante segura de que no soy la primera que traes aquí.

Él se detuvo un segundo, apenas un latido, y luego continuó, más profundo.

— No. Pero eres la más jodidamente honesta.

— Y tú el más hipócrita. Estás dentro de mí y te preocupas por la moral de un tipo que no conoces.

Diego apretó los dientes. No sabía si quería besarla o callarla. Tal vez ambas cosas. Se inclinó, mordió su labio inferior, le sujetó las muñecas contra la cama.

— ¿Esto te excita? —susurró—. ¿Saber que hay alguien que te espera mientras haces esto?

Ella jadeó, sin negar ni confirmar. Le devolvió la mirada sin temblar.

— Lo que me excita es esto —dijo, rozando su cadera contra él—. Que me hables así. Que me mires como si quisieras despreciarme... y no pudieras.

La habitación entera parecía latir con ellos. No había suavidad, no había ternura. Sólo una corriente densa de deseo mezclado con juicio, con cinismo, con algo que quizás se parecía al odio, o al hambre.

Los cuerpos chocaban con una urgencia que negaba todo lo que decían, pero también lo afirmaba. Patricia levantó la cabeza para morderle el hombro. Diego cerró los ojos con fuerza.

El teléfono vibró una vez más. Ninguno de los dos lo miró.

La vibración del teléfono se apagó con un zumbido seco. Lo único que quedaba era el sonido de sus cuerpos chocando, el gemido apenas contenido de Patricia y la respiración rota de Diego, clavada en el hueco de su cuello.

— ¿Seguirá llamando? —preguntó él sin mirar.

— Tal vez. O tal vez ya se ha resignado —respondió ella, echando la cabeza hacia atrás—. A veces lo hace. Lo deja estar. Como si supiera que no contestaré hasta que me dé la gana.

Diego bajó por su pecho, besándola sin delicadeza. Mordiendo sus pezones duros como piedras. Había en sus gestos una furia contenida, algo que iba más allá del placer. Sus dedos se aferraron a sus caderas como si quisiera dejarle marcas que dijeran yo estuve aquí, yo te hice esto.

— ¿Le mientes cuando vuelves? —preguntó de pronto, entre embestidas—. ¿Te duchas, le das un beso y le preguntas cómo estuvo el día?

— No siempre me ducho.

— ¡No me jodas!

Ella soltó una risa ahogada, que se le escapó entre los dientes.

— Le pregunto si cenó. Si durmió bien. A veces me invento una anécdota divertida sobre una ponencia. Y si me apetece, me lo follo sin ducharme antes.

— Y mientras lo haces aún tienes el sabor de otro en tu cuerpo —murmuró Diego, empujando más fuerte, clavando su sexo con violencia.

— A veces sí —respondió ella, sin pudor—. A veces pienso en otra cosa mientras le hablo. O en nada. Me pongo en piloto automático.

Diego la alzó de la cama, sentándola sobre él con un golpe seco, como si necesitara tratarla peor… para castigarla. Ella encajó el ritmo con una perfección irritante, como si supiera que cada movimiento provocaba más rabia que placer.

— Eres cruel.

— No más que tú —le dijo al oído—. Tú también estás aquí. Tú también tienes alguien, ¿o me vas a decir que no?

— Tengo un “casi algo”. Nada serio.

— Entonces no cuenta, ¿no?

— No como lo vuestro —escupió él.

Patricia se detuvo apenas un segundo, mirándolo desde arriba, con el pelo cayéndole alrededor de la cara como una cortina de sombras. Sudorosa y plena de placer.

— Eso dilo más fuerte —dijo, rozándole los labios con los suyos—. A ver si convences a tu cuerpo. Porque tus manos no opinan lo mismo.

Diego gruñó, un sonido primitivo, e invirtió otra vez el peso, empujándola contra la cama, sujetándole las muñecas con violencia medida. Estaban sudados, entrelazados, deshechos. Pero ninguno cedía.

— Dime que no te importa —le exigió, jadeando, con la voz rota—. Dímelo mientras me corro dentro.

— No es que no me importe. Es que me gusta —dijo ella, mirándolo fijo, sin parpadear—. Solo eres el nombre de una habitación en Cádiz. Mañana estaré con él en su casa, y tú sólo serás otra historia en otro congreso.

Él cerró los ojos, apretó los dientes. Y en ese instante, todo se volvió más intenso, más feroz, más real.

Ninguno de los dos se detuvo.

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