Xtories

Jamal de sangre y cuero. Iris

El rugido del motor de su Porsche es solo el preludio de lo que Marina tiene planeado para Jamal en un callejón sin salida. Entre negocios y placeres prohibidos, él acepta ser el juguete de sus caprichos, sabiendo que la próxima parada será una playa donde nadie, excepto él, debería estar mirando.

Eric Salazar4.7K vistas

Iris

Me levanté a las seis y media de la mañana. Hice mi tanda de hipopresivos diaria y me tomé un café. Ya estaba listo para estudiar. Así que abrí mi ordenador y entré en mi área de estudiante. En el temario del libro había citas al contenido en digital de la página y entre los dos documentos, pasé las tres horas de mi primer día de estudio. A las once, recibí un Whassup de Marina:

—Cuando vengas al centro, búscame y cerraremos la agenda de esta semana.

—Ok. Llegaré en media hora. Estoy estudiando.

Me tomé otro café y me fui a la ducha. El estudio me iba muy bien, me quedaba con todo a la primera y llevaba buen ritmo.

Entré al garaje del centro deportivo y aparqué la moto. Había otra moto en el parking. La Augusta de Joan.

Ese día había ido en moto. La verdad. Si yo tuviera esa moto, la usaría a diario. Por lo bonita y por lo que vale. Mire el catálogo de MV y vale casi cuarenta mil euros. Una locura para alguien como yo. Pero algo normal para Joan. Eran clase alta y les gustaba que se notara. Yo no aspiraba a eso. Pero sí que quería mejorar mi situación, haciendo mi vida más cómoda a nivel económico.

Saludé a la recepcionista.

—¿Como te llamas? Es que te veo a diario y no sé cómo te llamas.

—Me llamo Iris.

—Que nombre más bonito, Iris.

—Gracias, Jamal.— Dijo sonriendo.

Entré en la cafetería y no vi a Marina. Fui a la sala de pesas y tampoco estaba. Al final fui al despacho de Joan. Llamé a la puerta y Marina abrió al momento.

—Buenos días, Jamal.

—Buenos días, Marina. Joan.— Joan estaba sentado en su mesa.

—Buenos días, máquina. Me duelen hasta las pestañas, del entrenamiento de ayer.

—Pues hoy más. ¿A las cuatro?

—A las cuatro, pero comeré antes. Mejor con la digestión hecha.

—Sí, claro. Mejor así.

Marina se sentó en la mesa de reuniones y cogió su IPad, que estaba encima de la mesa, junto con su ordenador.

Esta semana tenemos: el miércoles, visita a la fábrica y el almacén. Estaremos con Joaquín. Además, Joaquín quiere hablar contigo. Creo que te va a proponer que lo entrenes este mes. Y después lo lleves online. Quiere cambiar de físico.

—Lo necesita. Por estética y por salud. Todo importa. Ya hablaré con él.

—El jueves tienes que ir con la modista para los patrones de la nueva línea de ropa. Te pasaré la dirección de su estudio. Todo esto es con horario libre. Pero preferiblemente en horario de mañana.

—Por las mañanas voy a estudiar de siete a once y luego estaré disponible el resto del día.

—Mañana iré contigo a la fábrica de suplementos. Pero el jueves a la modista no hace falta que te acompañe.

—El viernes me bajaré a Marbella. Voy a ver a mi familia de sorpresa.

—Muy bien. Llévales algún detalle de tu visita en Barcelona. Aunque de ahora en adelante, creo que nos vas a visitar bastante a menudo.

—Tengo una amiga que quiere montar un gimnasio en su casa. Va a ser una sala de unos setenta metros. Pero la quiere equipar a tope. ¿Donde puedo mirar equipamiento de calidad?

—Te voy a pasar el contacto del distribuidor que nos hace los centros deportivos. Funciona a nivel nacional. Dile que vas de nuestra parte y que eres de casa. Te hará una buena oferta. Se llama Daniel y es el hijo de un amigo de mi padre. También estudió Inef, es muy majo.

—Muy bien. Mi amiga subirá el lunes conmigo en el AVE. Así la semana que viene dejaremos todo listo.

—¿Vas a tener compañía la semana que viene?

—¿Quieres que preparemos algo?— La mirada de Marina, cambio. Paso de ser la mujer de negocios que era, a una pantera acechando a su presa.

—Ya os diré, Amanda es muy liberal, pero no sé hasta donde querrá llegar.

—Sí os animáis, os llevaremos a un club de intercambio al que le tenemos mucho cariño. Fue el primer gimnasio que tuvimos en propiedad. Lo vendimos y nos compramos los terrenos para edificar este. Así que conocemos al dueño.

—Estaría muy bien. A Amanda le gustará la idea.

Era la una de la tarde y decidí irme a comer antes. Quería calentar y grabar algo de contenido en la sala, antes de que Joan viniera a entrenar. Así que me despedí de ambos y salí del centro deportivo en busca de algún restaurante nuevo. Me gustaba variar. Cinco minutos más tarde, entraba en un restaurante que tenía muy buena pinta. El menú del día era caro, pero parecía comida de calidad y buena cantidad.

Me pedí una pasta carbonara y un entrecot poco hecho. La comida estaba buena, pero no era nada del otro mundo. Me comí una tajada de sandía de postre y decidí tomarme el café en la cafetería del centro.

Al llegar, vi a Joan estaba en una mesa, acabado de comer. Me hizo un gesto con la cabeza para que me acercara y me senté enfrente suyo.

—¿Mañana vais a la fábrica?

—Sí, mañana.

—Creo que comeréis con Joaquín. Si quieres, mañana podemos descansar de entrenar. Como el nivel de agujetas crezca, no se si podré moverme.

—Mañana descansamos y el jueves seguimos. Yo el viernes me iré por la mañana, en el tren de las seis. Así llegaré justo a comer con mis padres. Aprovecharé para estudiar en el tren. Así será más entretenido.

—Aprovecha el fin de semana para descansar. El lunes volvemos a entrenar.

—No olvides lo del alcohol. No te pases el finde.

—Lo intentaré. Esta vez me lo voy a tomar en serio.

—Mañana te cogeré unos suplementos. Así ya, tendrás todo.

—Muy bien, Trainer. Así da gusto. Me tendrás que decir cuándo y cómo tomarme todo.

—Sí, no te preocupes. Te haré un plan de suplementación y te pasaré otro alimenticio. Si vas a comer todos los días fuera de casa, te orientaré.

—Casi todos los días como aquí. Así no pierdo tiempo yendo a casa. Marina también suele comer aquí. No le gusta cocinar.

—A mi me gusta cocinar. Además como soy muy raro y llevo dietas estrictas, no me gusta comer en cualquier sitio.— Dije a Joan.

Acabamos el café y Joan volvió a la oficina, mientras yo me iba a cambiar y preparaba el trípode y la cámara.

Estuve calentando en la cinta de correr media hora y después de hacer calentamiento articular, llevé el trípode a la banca plana. Hice una serie de aproximación y puse a grabar mi serie pesada. Después pasé a la banca inclinada e hice lo mismo. Otro tanto en la banca declinada, para acabar con unas aperturas en banca plana. Tenía el pecho a punto de estallar cuando apareció Joan.

—Vaya pecho se te ha puesto.

—Creo que mañana voy a tener más agujetas que tú.— Dije, con cara de resignación.

Puse a Joan a calentar en la cinta, mientras recogía el trípode. Estuvimos entrenando casi una hora. Joan se lo tomaba en serio. Tenía buena genética y respondía muy bien a los estímulos. Era normal que Marina se hubiese fijado en él. Era un buen macho alfa, aunque a veces le tocara hacer de sumiso, para el placer de su dómina.

Me fui a la ducha y una vez me hube vestido. Salí para casa y nada más llegar me quedé en bolas como siempre. Llegaba con todo el subidón de las pesas y la polla me latía de ganas de follar. Me senté delante de la televisión y conectando mi móvil al Cromcast, abrí Xvideos y me masturbé muy despacio, mientras las imágenes de lo vivido el domingo en el camping volvían a mi cabeza. Julia, Marina y Ángela. Las tres hembras juntas el mismo día. Era un sueño para cualquier hombre. Habían sido mías la misma tarde, una tras otra. Y no solo eso, sino que me daba la impresión de que podía tenerlas cuando quisiera. Hacían un triángulo sexual de alto nivel y me daba la impresión de que me habían atrapado como su juguete. Pero por otra parte, estaba lo de los negocios. Me querían de imagen para todas sus marcas lo cual me tenía en una nube. Porque aparte del progreso laboral. También me iba a reportar una cantidad de ingresos considerable. Me fui a dormir pensando en el día siguiente, en el estudio y la visita a la fábrica de suplementos. Iba a conocer los entresijos de un negocio al alza. La gente de esta generación, se cuidaba cada vez más y la industria del fitness crecía exponencialmente. Tenía la oportunidad de subirme al carro y no la iba a desaprovechar.

Me desperté a ritmo de despertador. Había dormido muy bien y me notaba lleno de energía.

Me puse a estudiar inmediatamente después de prepararme un café doble. Estuve las tres horas que tenía programadas y al acabar, me fui a la ducha. Me arreglé para ir de visita a la empresa de suplementos y bajé al garaje.

Puse en marcha mi Ducati y la miré orgulloso. Lo que significaba esa moto me ponía cachondo. Me monté y salí a la calle. Arranqué y puse la función Launch Control. Salí a la Ronda Litoral y en el carril de aceleración le di gas a fondo. Se puso a cien por hora en primera. Cambié a segunda y pasé al carril de la izquierda. En dos acelerones iba a más de ciento sesenta. Bajé el ritmo y cogí la salida de Pedralbes, giré a la derecha, pasé dos calles y llegué al Centro Deportivo Pedralbes. Bajé al garaje y dejé la moto en su sitio. Había también una Honda XX. Subí al bar y allí estaba Marina.

—Hola Marina. Ya estoy aquí.

—Hola Jamal. Voy al despacho a despedirme de Joan y a coger el bolso.

Me quedé en el bar y aproveché para tomarme un Nestea, tenía sed y no me apetecía beber agua.

Marina volvió a los cinco minutos y me hizo una seña desde la puerta para que la siguiera. Bajamos las escaleras y en el parking estaban sus dos coches: el Cayenne y el GT3.

—Hoy vas a sentir la potencia de verdad.— Dijo apretando el botón del mando del GT3.

—Mi amiga Amanda tiene un Panamera. Y ya conozco la potencia de Porsche.

—No me hagas reír. ¿Estás comparando un Panamera con esto?

Marina entró dentro del coche y quedó encajada en el asiento. Pulso un botón y el suelo tembló bajo mis pies. Aceleró un poco y me dijo desde dentro.

—Vamos, sube.

—Joder, cómo suena.

—Joan es un adicto a la adrenalina. Le cambió el escape y le hizo una reconfiguración a la centralita. Cuando pasemos por los túneles de la ronda, ya verás como suena. Parece una moto.

Salimos del parking y giramos a la izquierda en dirección a la Ronda Litoral. La fábrica estaba en Cornellá. Marina tomó el carril de aceleración y se incorporó a la ronda. Aceleró e inmediatamente tuve la sensación de que el coche se pegaba al suelo. La mano derecha de Marina, se posó en mi muslo y apretándomelo me dijo:

—Está sensación me pone cachonda.— Pulsó un botón que ponía: Sport Mode.

El coche cambió y la suspensión bajó y se endureció. Se notaba la carretera en el culo. Hasta el más mínimo bache. Pasamos por uno de los túneles y Marina aceleró hasta cortar inyección. El coche rugió como un león y se pegó al asfalto como si tuviera uñas. Al soltar el acelerador, sonaron los típicos petardeos de la falta de combustible. El sonido dentro del túnel era ensordecedor.

—Joder como peta. No me extraña que te pongas cachonda. Me estoy poniendo cachondo hasta yo.— Bajé la ventanilla y Marina supo lo que tenía que hacer.

Volvió a pisarle y el ruido se coló dentro del coche, aumentando la sensación.

Salimos del túnel y Marina quitó el modo deportivo y subió de marcha para que el motor fuera más ligero.

—Vaya pasada. Y como zumba. Madre mía que barbaridad.

—¿Te gusta eh? Algún día lo podrás conducir. Incluso algún día te podrás comprar uno.

—Me gustan más los coches americanos. Como el Mustang o el Camaro. No descarto comprarme uno. Si sale todo bien, me lo plantearé.

—Con lo que vas a ganar, te lo podrás permitir enseguida.—Nunca he follado en un Mustang.— Dijo Marina, con cara de vicio.

—Yo tampoco he follado en un GT3.— Respondí yo, con la misma cara.

—Eso tiene fácil solución. Vamos a follar, me he puesto cachonda y con lo que llevo al lado…

Salimos de la ronda en Cornellá y antes de entrar en la ciudad, tomamos un desvío hacia un polígono. Había una zona llena de camiones y Marina condujo hasta allí. Fue hasta el fondo de una calle y al llegar, vi que no había salida. Le dio la vuelta al Porsche y aparcó.

Se quitó el tanga y me lo dio.— Mira como me tienes.

El tanga estaba empapado. Me lo llevé a la nariz y aspiré el aroma a hembra en celo.

Mi polla cobró vida y se empezó a poner dura. Marina ya había puesto una mano encima y la estaba amasando para facilitar su crecimiento. Cuando la tuvo a tope, me dijo:

—Echa el asiento para atrás y bájate los pantalones.

Bajó y dio la vuelta al coche hasta llegar a mi puerta. La abrió y levantándose el vestido se situó entre mis piernas mirando hacia adelante y sujetando mi polla, se dejó caer todo lo que pudo, quedando empalada en mi miembro. La sujeté de las caderas y acompañé sus movimientos de subida y bajada. Iba ganando recorrido a cada sentón que daba y al poco, ya alojaba casi toda mi verga en su dilatada vagina. En menos de cinco minutos ya se estaba corriendo.

—Joder, que pollón. No me cansaré nunca de que me des polla. Sííí.

—Me encanta tu coñito y me encanta tu coche.

—Ah, ¿sí? Pues lléname de leche.— Dijo en tono imperativo. Ese tono me recordó a mi noche en la Órbita y mi cuerpo reaccionó de la misma manera.

—Me voy a correr.— La sujeté por las caderas y aceleré mis movimientos, hasta que mi cuerpo obedeció las órdenes de Misstres Marina y con unas contracciones de mi musculatura pélvica, envié mi semen todo lo adentro que pude.

Marina se corrió a la vez que yo. Acompañando a su orgasmo con un grito de placer que se oyó en toda la calle.

Los dos quedamos inmóviles por un momento. Después, Marina se levantó, liberando mi miembro, que dejó un agujero dilatado por donde se escapaba mi semen. Marina se tapó la salida de su vagina con la mano y al ponerse de pie, cruzó las piernas y estuvo un momento así. Me pidió el tanga y se lo puso.

—Me has dejado el coño bien abierto. Y lleno. Mmmmmm. Como me gusta esa sensación.

—A mí, me gusta que me cabalgues así y me saques la leche.

Nos miramos y nos dimos un beso cargado de morbo. Salí del coche y me arreglé la ropa. Volví a entrar y arrancamos hasta la fábrica. Estaba en ese mismo polígono. Así que no tardamos ni diez minutos en llegar.

Entramos en el parking de la fábrica y aparcamos en un sitio que ponía: dirección. El coche de Joaquín estaba al lado. Entramos por recepción y subimos a las oficinas. Marina saludó a todos y llamó a la puerta del gerente.

Joaquín abrió la puerta y nos invitó a pasar.

—Hola, chicos.

—Hola, Joaquín.— Dijo Marina, dándole dos besos.

—Hola, Joaquín.— Dije, tendiéndole la mano.

Nos sentamos en una mesa para reuniones que había en un lateral del despacho.

Joaquín trajo un muestrario y un catálogo.

—Joan me ha dicho que prepares un pedido para él y otro para ti. De todo lo que tengamos en stock, te puedes llevar hoy. Lo que no tengamos, te lo llevaré al centro deportivo esta misma semana.

—En cuanto Jamal haga el pedido, podemos visitar la planta. Así conocerá todos los procesos y entenderá nuestra filosofía de calidad.

Me puse a ojear el catálogo y apuntar lo que quería. Tanto para mí a título personal, como para Joan y su proceso de afinamiento.

Proteína de suero, proteína isolada, creatina, vitaminas y minerales, omega tres, carnitina y un pre entreno muy potente que tenían. Quería probarlo. La lista, era la misma para los dos. Se la entregué a Joaquín y salimos de la oficina. Entregó la lista a una chica que estaba en una mesa en la que había un cartel que ponía: Agente Comercial.

—Carla, por favor. Que nos preparen este pedido para las cuatro de la tarde. Pasaremos por almacén a por él.

—Sí, claro. Ahora lo paso abajo.— Respondió Carla, con una sonrisa.

Bajamos por unas escaleras y entramos por una puerta lateral. Al cruzar entramos en un pasillo por el cual fuimos pasando, mientras Joaquín me explicaba el proceso de envasado de los diferentes productos. No eran fabricantes. Compraban la materia prima de la mejor calidad y la envasaban con su etiqueta. En ese pasillo había una cristalera desde la cual se veía la planta de envasado. Tenían cinco líneas diferentes, dependiendo de la sustancia y el tipo de envase. Polvo, pastillas o cápsulas. Esa zona era aséptica y para entrar había que ponerse un mono, unas calzas y un gorro. Así estaban todos los trabajadores. Pasaban a la planta por el vestuario directamente. Al otro lado del pasillo, otra cristalera. En esta parte, estaba el almacén. Esa parte tenía mucha actividad. Estaban preparando pedidos y había al menos diez trabajadores sin parar, yendo de estantería en estantería.

—Hemos dado una nueva imagen a la marca. Hemos rediseñado las etiquetas con la ayuda de Ángela y su equipo. Hemos incorporado barritas energéticas y proteicas. Las traen ya para distribuir directamente. Tengo muestras en la oficina. Llévate y si te gustan, el próximo pedido te pongo una caja de las que quieras.

—Sí que voy a querer. Y para Joan también. Así le será más fácil seguir la dieta.

—Luego, cuando bajemos a almacén le decimos al encargado y que las meta en los pedidos.

Marina no había dicho nada desde que empezamos la visita. Ponía igual de atención que yo a las explicaciones de Joaquín. Hasta que dio por finalizada la visita.

—¿Qué os parece si vamos a comer? Esta tarde cuando pasemos a recoger los pedidos, le enseñamos a Jamal el almacén.

—Me parece bien. Podemos ir a comer ya.— Dijo Joaquín.

—Vamos.— Añadí yo.

Salimos a la recepción y después a la calle. Fuimos hasta los coches y Joaquín dijo.

—Vamos en el mío. Que cabemos todos. En el Porsche íbamos a ir muy apretados.

Los tres nos echamos a reír y nos montamos en el Audi A6 de Joaquín. No era un modelo nuevo. Pero sí que estaba equipado con todo. Lo mejor, la piel en color crema. Tenía muy buen tacto. Me recordó a la de mi Jaguar. Echaba de menos mi coche, aunque el viernes lo volvería a conducir para ir a comer a casa de mis padres, a darles una sorpresa.

En menos de diez minutos llegamos a la puerta de un restaurante que había en el mismo polígono.

Entramos y el interior me sorprendió. No era el típico restaurante de polígono. Este era mucho más elegante. No había camioneros ni trabajadores. Solo gente de negocios y todos muy arreglados.

—A este restaurante viene la gente a cerrar negocios y a hacer reuniones. Solo tienen carta y no es nada barata. Por eso no hay currantes.

—Ya me extrañaba a mí.— Pensé, en voz alta.

Nos sentamos donde nos dijo el metre. Una mesa apartada al fondo del salón. Allí empezamos a hablar sobre la marca y las instalaciones. Me había gustado todo en general.

—Me encanta poder formar parte de vuestro proyecto. Es una pasada lo que tenéis montado.

—La idea es expandirnos. Hemos crecido un cien por cien en cinco años y la idea es de crecer más del doble en un solo año. Por eso, necesitamos mucha más visibilidad. Y ahí es donde entras tú.

—Eso es. Nueva marca, nueva imagen. Relanzamiento total del producto.— Completó Marina.

Llegó el metre con un IPad a tomarnos nota.

La carta estaba en un código Qr, impreso en las servilletas. Un detalle muy original. Pedimos la bebida y revisamos el menú, cada uno en su móvil. Cinco minutos más tarde llegó la bebida y tras ella, de nuevo el metre.

—¿Ya saben los señores?

Pedimos una ensalada y carne después. Costillas de ternasco para Marina, un entrecot para mí y un churrasco para Joaquín.

Mientras nos sacaban la comida, Joaquín se giró hacia mí y me dijo:

—Jamal. Quiero cambiar mi imagen. Necesito renovarme, lo mismo que la marca. Quiero que seas tú quien me ayude. Voy a empezar a entrenar y no tengo ni idea. Llevo toda la vida sin hacer nada y no sé ni cómo empezar. Échame una mano, te contrato como entrenador personal. Cuando estés en Barcelona, presencial. Pero si estás en Marbella, online. Tu pones el precio.

—Ahora mismo llevo una vida bastante liada. Pero claro. Cuenta conmigo para dar ese cambio que necesitas. ¿Cuántos años tienes Joaquín?

—Cincuenta recién cumplidos.

—Pues nos vamos a poner manos a la obra. Mañana miércoles, entreno con a Joan a las cuatro. Vente a las cinco por el centro y tráete ropa de deporte. Te vamos a quitar diez años de encima.

—Jamal es de lo mejor que tenemos en el grupo. Por eso es el elegido para ser nuestra imagen.— Aclaró, Marina.

—Prepárate psicológicamente. No va a ser fácil. Pero el resultado será impresionante. Déjate llevar.

—Eso es lo que quiero. No pensar en lo que tengo que hacer. Simplemente llegar a entrenar y hacerlo. Sin excusas.

—Esa es la actitud. Si señor.— Le tendí la mano y cerramos el trato. Otro nuevo cliente a mi cartera. Tenía que pensar una tarifa para mis asesorados. Mitad presencial, mitad programación. Incluso pensar en lanzar asesorías online. Podía ser una buena fuente de ingresos alternativa. Necesitaría una buena página web y difusión en redes. Para eso estaba Ángela.

—Vas a estar muy ocupado, Jamal. ¿A mí no me vas a entrenar?— Dijo Marina, mirándome fijamente a los ojos.

—No lo necesitas. Pero si quieres. También te puedo llevar.

—Yo, ya llevo mi plan de entrenamiento. Además me va muy bien. ¿No crees?

—Te va muy bien, Marina.— Dijo Joaquín, colándose en la conversación.

—¿Y Julia? ¿No se anima?— Pregunté.

—Julia, se apuntará según me vea progresar a mí. Por ahora va a yoga y Pilates. Le va muy bien, pero le falta fuerza.

—Ya iremos hablando. Si quiere, siempre la puedo llevar también, os haré precio de amigos.

Sacaron la carne y se hizo el silencio. Estaba muy buena y la guarnición, muy equilibrada y nutritiva. Buen plato y buena elección. Acabamos de comer y el café nos lo tomamos ahí mismo. Seguimos hablando de la marca y sus productos. Yo preguntaba todo lo que me venía a la cabeza. Cosas sobre procesos de deshidratación del huevo para hacer la proteína de caseína. La de lacto suero, de la leche. Joaquín iba al laboratorio de la compañía que suministraba el producto y estaba al tanto de todo. Se le veía muy eficiente en su trabajo. Era de esas personas que a su lado, aprendes si prestas atención. Me gustaba aprender cosas así de curiosas y Joaquín era muy buen profesor.

Cuando llegamos a la empresa. Joaquín aparco al lado del Porsche de Marina. Bajamos directos al almacén por la parte de atrás. Entramos y fuimos a la garita que hacía de oficina del responsable.

—Buenas tardes, José Luis.

Un hombre de la edad de Joaquín más o menos se levantó de la mesa y saludó a Joaquín, dándole la mano.

—¿Te acuerdas de Marina?

—Sí, claro.— Dijo, mientras se acercaba para darle dos besos.

—¿Qué tal, José Luis? Este es Jamal. Nueva imagen de la marca y del grupo en general.

—Hola, Jamal. Encantado.— Me tendió la mano. Gesto que acepté sin pensarlo.

—Buenas tardes. José Luis.

—Tengo vuestro pedido preparado. Pero como no me has puesto sabor en la proteína ni en la creatina. Vamos y los eliges tú directamente.

—Perfecto. Vamos.

Los cuatro nos internamos por un pasillo lleno de estanterías, llegamos al fondo, donde estaban los botes grandes.

—Aquí tienes la creatina. Con sabores de: piruleta, caramelo, chicle, frutas del bosque y arándanos. Tienes también sin sabor. ¿Cuál quieres probar?

—Ponme las dos de piruleta.

—Ahora la proteína: de caramelo, Cookies, vainilla, fresa, chocolate, Nutella, pistacho y dulce de leche.

Ponme dos para mí: una de Nutella y otra de dulce de leche. Y para Joan….¿Cuál le gustará más, Marina?

—A mi marido…, de caramelo. Así la probaré yo también. Y ponle otro de chocolate. Así acertamos seguro. Y unas barritas que habíamos dicho antes.

—Es verdad. De las protéicas.

El sabor da igual. Pero que lleven chocolate.— Con esas cosas, completábamos el pedido.

Marina se fue a por el coche y yo me quedé con Joaquín, ya que José Luis volvió a su trabajo.

Mañana, toma de contacto. Ya te diré que suplementos debes de tomar para acelerar el proceso.

El GT3 asomó el morro dentro del almacén y todos los trabajadores se volvieron a mirar. Marina abrió el capó y metió como pudo todo lo que habíamos encargado. El maletero de ese coche era muy pequeño y los botes grandes ocupaban bastante. Aunque la habilidad de Marina pudo con ese contratiempo sin problema. Estábamos despidiéndonos de Joaquín, cuando José Luis, salió de su oficina, con dos Shakers en la mano. Tomad, es de regalo. Nos llagaron anteayer y en pedidos superiores a cien euros metemos uno, como obsequio.

—Gracias, José Luis. Son muy chulos, de verdad.— Eran blancos con el logo de la marca en azul marino. Muy bonitos y un buen detalle.

Marina y yo nos montamos en el coche y salimos del polígono de Cornellá, camino de casa. Eran las cinco de la tarde y no tenía ganas de hacer nada. Llevaba todo el día sin parar y necesitaba despejarme. Pasamos por mi piso antes de ir al centro deportivo. Tenía que dejar las cosas, ya que en la moto no podía llevar nada.

Hacía muy buen día y al dejarme Marina en el parking, se me ocurrió la idea de coger la moto e irme a alguna playa nudista. Entré en Google y busqué una playa nudista en Barcelona.

Había una a menos de media hora de Pedralbes. Decidí irme para allá, con la idea de darme un paseo y airearme. Quería hacerlo desnudo y en contacto con la naturaleza.

Cogí la moto y puse el navegador por el Bluetooth. Iba muy bien. Llegué sin problemas. La moto era una pasada, ahora que ya le había cogido confianza y la empezaba a disfrutar. Era un instrumento de goce máximo. La adrenalina que generaba al ponerla en marcha y tumbando en las curvas cerradas, era otro nivel. La bici me daba sensaciones fuertes. Pero la potencia de una máquina así, era salvaje.

Llegué a la playa y me quité toda la ropa. La metí dentro del casco y lo llevé colgado del brazo. Solo quería darme un paseo y no llevaba toalla ni nada. No quería volver tarde. De todas maneras, el casco no me molestaba. Fui andando hasta el final de la playa. Había bastante gente y no era completamente nudista, también había gente vestida o en topless. No me importaba. Yo iba a lo mío, camuflado bajo las lentes oscuras de mis gafas de sol. Aún así podía ver las miradas de la gente. Algunas disimuladas y otras sin ningún tipo de vergüenza. A mí me daba igual, ni siquiera me iba a tumbar. Iba directo a la zona de rocas del fondo. A sentarme y pensar un rato, oliendo a Mediterráneo. Llegué al final y dejé el casco en el suelo, junto a una roca más o menos plana, donde vi que me podía sentar o incluso tumbar.

Me quedé mirando al horizonte y respirando aire puro. Estuve ordenando mis pensamientos y mis prioridades. Pasé así media hora. Me metí en el agua para refrescarme, ya que estaba acalorado por el sol.

Al salir, vi una pareja que se acercaba. Volví a la roca donde estaba y me senté de nuevo. Esa pareja pasó a mi lado y se metió por detrás de las piedras. No habían transcurrido ni diez minutos, cuando empecé a oír gemidos, muy cerca de mí.

Levanté la cabeza, me asomé al otro lado de la piedra donde estaba sentado y allí estaban. La pareja que había pasado. Estaban follando. Ella de pie y apoyada en una roca y él detrás de ella empujándola, arrancándole gemidos de placer. Ella estaba con los ojos cerrados. Mientras que él, al verme, me sonrió con cara de vicio. Al verlos, mi polla reaccionó y se puso a media asta. Me gustaban esos juegos. Pero no iba a intervenir. Estaba muy bien follado y no tenía ganas. Pero no me importaba hacer de voyeur improvisado. Si a ellos les gustaba. Miraría. De repente la chica abrió los ojos y se me quedó mirando. Abrió la boca y se relamió. El chico aceleró sus movimientos y la chica tuvo un orgasmo que hizo que le temblaran las piernas. El chico la sujetó y no paró de empujar. La chica enlazó ese orgasmo con el siguiente y al final cayó de rodillas en la arena. El chico se arrodilló tras ella y continuó empujando sin descanso.

Otro orgasmo y otra vez fijó su mirada en mí. Empecé a masturbarme sin ánimo de acabar, sino simplemente haciendo que la chica se motivara. De repente el chico gritó y sacando la verga de su alojamiento, se corrió en la espalda de su compañera. Extendió el semen con la mano y se levantó. Ayudó a la chica a ponerse de pie y cogidos de la mano, pasaron por delante de mi piedra. La chica no pudo evitar mirar mi verga, que descansaba a medio hinchar, encima de mi muslo.

Cogí mi móvil, me hice un selfi y se lo mandé a Amanda.

—La semana que viene estaremos en una playa así, desnudos y muy bien follados.

No tardé ni dos minutos en recibir respuesta. Una foto de Amanda desnuda en una de sus hamacas.

—Lo estoy deseando. Semental. El viernes nos vemos.

—El viernes nos vemos, rubia.

Metí mi móvil en el casco, con mi ropa y emprendí el camino de regreso hasta mi moto. A mitad de playa, vi a la parejita. Les hice un gesto con la cabeza a modo de saludo. El correspondió con el mismo gesto, mientras ella me lanzaba un beso.

Seguí hasta la moto, me vestí y en menos de media hora, estaba entrando por la puerta de mi ático. Me fui directo a la ducha, pensando en el día siguiente. Otro día intenso y sin parar, pero iba a ser solamente un mes y luego a estructurar mi vida de nuevo.

SIte ha gustado, tienes toda mi obra disponible en mi página de autor en Amazon: Eric salazar.