Fany, la cornuda, capítulo 6
Fany tiene un plan: unir a su novio con la chica virgen que todos desean. Pero cuando la trampa se descubre, la tensión entre ellos cambia de juego sucio a deseo real. ¿Podrá Paulina resistirse a la propuesta de Mario en la oscuridad del jardín?
Era el receso. En la explanada del edificio central, Fany y Mario estaban recargados contra una columna, medio ocultos por la sombra que proyectaba el techo alto. Él jugaba nervioso con un compás, distraído, mientras ella no dejaba de mirar en dirección a las canchas con una mezcla de impaciencia y nerviosismo que apenas podía disimular con su sonrisa floja. Tamborileaba con un pie.
—¿Seguro que sí va a pasar por aquí? —murmuró Mario sin apartar la vista del patio.
Fany asintió, mordiéndose la uña del pulgar. No contestó de inmediato. Seguía con los ojos entrecerrados, como cazando un reflejo, una silueta, algo.
—Sí… siempre sale por aquí cuando viene de la cafetería —dijo en voz baja, como si hablar más fuerte pudiera estropearlo todo.
Esperaban. No como quien mata el tiempo. Esperaban como se espera algo que podría cambiarlo todo. Con expectativa y emoción nerviosa, de esa que se parece al miedo en el estómago, pero da euforia.
Y entonces, la vieron.
Paulina apareció bajando las escaleras del edificio dos, abrazando un libro contra el pecho. Con ese andar rápido que usaba siempre, como queriendo pasar desapercibida deliberadamente. Su cabello castaño suelto hasta los hombros, brillaba con la luz del mediodía, su delicada belleza inocente era clara. Usaba especialmente larga la falda escolar hoy, y aún así, Fany notó la forma de su lindo trasero curveando la falda.
—Ahí está —susurró ella, como si lo dijera para sí misma más que para Mario.
Él enderezó la espalda, se alisó un poco la camisa escolar y sonrió de lado. Esa sonrisa suya que podía parecer confiada o burlona, según el momento.
Fany tomó aire y comenzó a caminar hacia ella, Mario justo a su lado. “¿Cómo carajos terminé aquí?”, pensó, y la pregunta la atravesó con más fuerza de la que esperaba. No era una queja. Era asombro. Curiosidad. Morbo. ¿Ahora “cazaba” presas para su macho? ¿era demasiado estarla acechando como rarita con su furgoneta en el parque espiando niños y regalando dulces? ¿qué tal saldría esta vez? ¿quería realmente lograrlo? ¿o era solo un morboso reto? ¿disfrutaba esa sensación morbosa solamente de estar haciendo algo prohibido o realmente disfrutaba sabiendo que Mario se cogía a otras?
No lo sabía. O no quería saberlo. Solo disfrutarlo.
Solo sabía que no podía parar ahora. Que no quería parar. Y que a diferencia de con Eliza, no sería una actriz pasiva del asunto viendo cómo todo escalaba y “aprobando” solamente. No, ella actuaría, no se dejaría llevar por la corriente, sería la corriente y se llevaría a todos hasta el fondo de ser necesario.
—¡Pau! —llamó Fany con voz brillante, fingida.
Paulina se detuvo en seco al verlos. Su rostro cambió de inmediato. No había terror patético y vergüenza desbordada como en los animes, pero sí una alerta discreta y calma. Como si lo esperara y supiera, pero no precisamente le agradara. Como si algo dentro de ella se hubiera encendido también, pero en forma de alarma.
—Hola… —dijo, midiendo las sílabas, como quien entra a un cuarto sin luz.
Mario sonrió. Fany también. La rodearon con su presencia como si fuera un pequeño juego de caza. Y Paulina, aunque alerta, no huyó. Solo sostuvo el libro más fuerte contra su pecho.
—¿Y luego qué te dijo la maestra? ¿sí te puso falta? No llegaste tan tarde, que no mame —preguntó Fany con tono animado, levantando una ceja.
Paulina se tensó un poco, parpadeó rápido como si necesitara tiempo para aterrizar.
—Eh… no, o sea, sí me la quería poner pero pues le expliqué, y como que ya no me dijo nada —respondió, encogiéndose un poco de hombros.
—Esa mujer necesita relajarse —intervino Mario, sorprendiéndola. Porque le hablaba a ella, le respondía directamente.
Paulina lo miró, y ahí estaba, hablándole directamente. Mirándola con esos ojos oscuros, con esa mandíbula perfecta, con esa voz que no tenía ningún derecho a ser tan profunda.
Ella rio bajito.
—Sí, es medio intensa —dijo Pau.
—Necesita sexo —remató él.
—Quisiera ver al valiente —dijo cruelmente Fany y reían los 3.
—Jajaja ¡qué malos! —dijo Paulina, relajándose, al menos un poco.
Él la sostuvo con la mirada un momento más. Casi como si esperara algo más de ella. Y para su sorpresa, lo obtuvo, Paulina levantó la barbilla apenas, una sonrisa traviesa en los labios.
Y entonces Fany sacó el celular.
—Maldición, es mi mamá —dijo con fastidio exagerado, mostrándoles la pantalla, tan rápidamente que obviamente no iban a poder ver nada en realidad—. Espérenme…
Paulina apenas alcanzó a parpadear.
—Pero…
—No tardo —soltó Fany antes de girarse, y caminar lo justo para dejarles espacio… pero no desaparecer del todo.
Paulina se quedó ahí, tiesa por dentro aunque sonriera por fuera. La conversación con Mario ahora flotaba sola, sin red de seguridad, sin testigo. Él la miraba, con una confianza que se sentía casi insultante.
“¡Puta Fany loca!” pensó Paulina, “¿¡Qué carajos haces!?”.
—Te ves increíble en el video —dijo Mario de pronto, sin suavizarlo.
Las palabras le cayeron como un balde de agua fría. Paulina se quedó helada. Trató de sostenerle la mirada… y no pudo. Se esfumó su poca personalidad y confianza recién adquiridas. Sintió cómo el rubor se le encendía en la cara, el cuello, el pecho. Una risa seca y nerviosa le brotó sin permiso “¡Ja!”, como si quisiera esconderse detrás o ganar al menos unos segundos.
—¿Lo viste…? —preguntó, sin atreverse a articular nada más.
Mario no respondió, no con palabras. Solo sonrió, leve, ladeando apenas la cabeza. Como si supiera que no hacía falta decir nada más. Como si supiera exactamente qué hacer con ella. Y Paulina… joder, Paulina lo sintió. En la piel, en las rodillas. En el nudo tenso que ahora se le formaba entre las piernas. Un calor tan azotador en su linda concha como nunca había sentido.
—Tú también viste el mío —agregó por fin él y ella abrió los ojos de par en par, sintió vértigo.
—¡No-no es cierto!
—Si no lo hubieras visto preguntarías cuál jajaja.
—¡Fany me lo enseño a fuerzas!
—Sí, sí me lo contó, no creo que haya agregado nada, ni mentido —proseguía y ella sentía vértigo recordando todo lo sucedido esa noche, ¿de verdad le habrá contado TODO?—. Me dijo que no querías verlo… —dio espacio.
—¡Sí! ¡exacto! —dijo con fuerza
—Pero también que no parpadeaste una vez empezaste a ver.
—¡Ja! —otra vez la risa seca.
—¿Te gustó?
—¡Yaaaa!
Mario rio ante la honesta y avergonzada pataleta de Paulina. Rio tan honesta y melódicamente, que ella se quedó de hielo, mirándole atónita, ¡¿cómo carajos era capaz de hacer todo esto?! Hablar con ella como si nada sobre que la vio desnuda y que sabe que lo vio masturbándose, diciéndoselo a la puta cara, con su novia a un par de metros, hasta podía escucharla hablar en el teléfono, quizá la llamada era real, quién sabe. Pero en serio, ¿¡cómo carajos lo hacía Mario!? Jonathan no era capaz de mirarle a la cara cuando le dijo cuánto disfrutó aquella jalada en su casa, esa específica que ella le hizo con esa costosa, cálida y sedosa crema de su madre. Tampoco era capaz de mirarla a los ojos precisamente cuando se la jalaba ella, ni una de las veces. Una vez le pidió permiso para “por favor poder tocar sus pompis”, dios, ¡pompis!, ¿¡por qué carajos no hablaba como un adolescente cachondo normal!?
Lo extrañaba tanto. Maldito pendejo.
Y ahí estaba Mario diciéndole a la cara que ya sabía que le vio la verga, que él había visto su culo y que se veía “increíble”. Sosteniéndole la mirada y riéndose de su pudor. Riendo con naturalidad, sí que le hacia gracia, porque no parecía de esas risas forzadas de nervios que todos conocemos. Apenas habían cruzado palabra antes cortésmente y ahí estaba siendo tan él con ella con total desparpajo. Era tan potente su personalidad. Tan jodidamente guapo con sus dientes perfectos. La derretía y le bajó la guardia. Rio con él, tapándose la boca y avergonzada.
—¡Eres un malo!
—Y tú estás bien buena —dijo rápidamente Mario.
Y ella negó con la cabeza, mirándole aún sorprendida, de verdad no creía la desfachatez de él, y peor, que le quedara tan bien.
—Ya me voy —dijo mirando a Fany—. Me despides de aquella mensa.
—Oye —dijo antes de que ella empezara a caminar, ella volteó a mirarle sonriendo, como sabiendo que lanzaría otra cosa, pero disfrutándolo—. Yo puedo quitarte lo virgen —dijo Mario.
Paulina se le quedó mirando. Su sonrisa se desdibujó leeeentamente, de una manera melodramática y terminó con sus labios juntos, enseguida sonrió con amargura solo de un lado, pero un segundo después apretó la boca con tristeza, le brotó una lágrima. Mario se puso histérico y abrió la boca para hablar.
—¡Perd-!
Decía, pero Paulina le cruzó la cara con una cachetada firme y sonora. En serio sonó, fuerte y contundente, le volteó la cara y la pequeña muchachita le sorprendió por su fuerza, incluso le aturdió un poco. Él regresó el rostro pasivamente, sin alzar los brazos ni hacer ningún movimiento o gesto brusco, como dispuesto a recibir otra, a no contestar la agresión de ningún modo y a escuchar lo que tuviera que decir.
—Pendejo.
—Sí. Lo merezco, discúlpame —dijo.
Pero ella no escuchó la mitad, ya iba caminando y él se quedó ahí plantado al piso, sobándose la mejilla derecha.
—¿¡Qué carajos pasó!? —dijo Fany acercándose, mirando a Paulina que caminaba a toda velocidad.
—Te dije que no funcionaría —dijo molesto, aún sobándose el cachete.
—Pero iban bien, ¿no? La vi sonriendo primero, como coqueta nerviosa. ¿Qué le dijiste?
—Lo que me dijiste, sobre que iba a quitarle lo virgen y se emputó —dijo también molesto.
—Quizá eso fue demasiado.
—¿Quizá? —preguntó sarcásticamente.
—¿Pero que le dijiste antes que estaba bien? —preguntó, básicamente ignorándole.
—Que había visto el video, que yo sabía que ella también había visto el mío —dijo rápidamente, pero con evidente fastidio.
Quedaba claro no sacaría mucho más de él. Ella sintió que él estaba siendo un hipócrita. Porque esto fue idea de ella, sí, pero él básicamente estaba saltando de gusto cuando aceptó. Es lo que pasa con los planes suicidas, si funcionan, todos te dirán genio, si todos acaban muertos, básicamente te acusarán de poco menos que haberlos matado con tus propias manos.
—Va funcionar, solo dale tiempo, pero no demasiado, se le va pasar y seguro va regresar con el menso de Jonathan —dijo intentando contener la furia.
—¿Cómo estás tan segura?
—¿De cuál?
—De ambas… —pensaba, ella lo notó, esperó—. Si estás segura de que “se le pasará”, la curiosidad o el morbo o lo que sea, y de que volverá con Jonathan… —seguía pensando, pero Fany ya notaba que no le gustaba el tono.
—Es una suposición.
—Ok, igual, lo supones. ¿Entonces por qué quieres esto? Quieres hacerlo rápido porque ella no querrá pronto o volverá con Jonathan, es cruel, es como presionar en la peda a drogarse a alguien que no quiere.
—¡Te encantó el vídeo de ella! ¡no te hagas! Que qué buen culo, y que qué preciosas tet-
—¡Obvio! ¡está linda! Pero dijiste que ella ya quería coger y qué ya ni al caso Jonathan.
—¡Eliza también tiene novio! ¡no seas hipócrita!
—¡Eliza me ROGÓ que le metiera la verga!… Y luego su wey básicamente también —no pudieron evitar reír.
Bajaban la velocidad.
—Solo está confundida, es nueva en esto, eso sí lo sabías —argumentó Fany.
—Exacto, así me pareció, confundida e inexperta. No está bien. No la presionaré.
Y el timbre sonó como si quien lo sonara estuviera observando la conversación y le pareciera gracioso dejarlo así.
—¿De acuerdo? —dijo él firmemente, ese tono que si no das un “sí” rotundo de regreso, significa pelea.
—Sí —dijo ella asintiendo y él sonrió.
Y aunque el tema parecía finalizado en negativa, igual ella sonrió un minuto después pensando en como él dijo claramente que no la presionaría. No que definitivamente no lo haría, ni se negaría si Paulina buscaba algo. Solo necesitaba encausar las cosas. El asunto con manipular, es que si al final acaba bien para todos, a nadie le molestará y estarás a salvo, solo tienes que manipularlos sin que te descubran hasta que suceda y acabe bien, luego incluso podrás decirles en su cara, que igual solo reirán nerviosos por tu astucia.
Definitivamente sonrió.
Fany tenía unas 3 horas para pensar algo. Para HACER algo. Unas 3 horas antes de que salieran de clases, si pasaba un día sin eventos, probablemente pasaría el impacto de esa charla que habían tenido su novio y Paulina, y de los videos. Las mujeres tardan más que nosotros los hombres en tomar decisiones. Pero nosotros podemos cambiar de parecer más fácilmente una vez tomada una decisión, las mujeres aunque tardan más, son mucho más definitivas con lo que deciden.
Además, seguramente Jonathan seguiría por ahí, rogando perdón, era de la clase de tarados que suplicaría de rodillas frente a toda la escuela si fuera necesario. Y Paulina era de la clase de chicas que le perdonaría al menos por lástima, pero habiéndole perdonado sería fiel y buena novia aunque él no lo mereciera.
No podía permitirlo.
Abrió ambas conversaciones en redes sociales pensando en que decirle a cada uno. Qué pequeño empujón dar aquí y allá para que ambos se encontraran en el medio. Escribía y borraba. Escribía otra vez y leía cuatro veces, reemplazaba palabras, borraba todo, copiaba y pegaba. Y se quedaba viendo otra vez las conversaciones sin enviar nada. Ojalá fuera tan fácil ser un maestro manipulador como en esos animes ridículos, en los que el protagonista dice una frase perfectamente premeditada que desencadena mágicamente una serie de reacciones en los otros personajes y luego eventos que terminan exactamente en lo qué él quería.
Estaba tan absorta que no la escuchó acercarse, vio la sombra frente a ella y alzó los ojos. Reconoció el moño rosado que llevaba Paulina siempre encima del suéter escolar, ese que la hacía ver tan asquerosamente tierna que a veces se preguntaba si lo usaba a propósito pensando en eso.
—Hola —le dijo nerviosa, Paulina la miraba, parecía seria.
—¿Podemos hablar? —le dijo mirando la puerta del salón. El profesor aún no llegaba.
—Claro.
Salieron a la linda jardinera frente a la clase. Fany se sentó esperando que lo hiciera Paulina, pero la miró y ella no lo hizo, se quedó ahí parada frente a ella, sin mirarle directamente, pensaba. Esto pintaba mal.
—N-no sé que le hayas dicho a Mario, pero dile que no, o sea que no… —hablaba muy rápido, ordenaba torpemente sus ideas en su linda cabecita—. Qué lo contrario, ¿ok? —le miró.
—¿Lo contrario a qué? —preguntó sin decidirse si estar asustada o reírse.
—¡No sé! Lo contrario a lo que le hayas dicho, él dijo…
—Mira, guardemos la calm-
—¿¡Qué le dijiste!?
—Y-yo, bueno, es que…
—¿Sabes que creo? —preguntó Paulina, Fany le miró atentamente, la chica miraba a un lado, pensando, recordando, analizando.
“Por favor”, pensó Fany, porque Paulina parecía a punto de ser brutalmente honesta, y quizá podría ser útil, la información es poder. Asintió cuando Pau regresó la mirada.
—Creo que nos estás manipulando a los 2. Y que él ni en cuenta, no sé, parecía culpable o triste cuando lo cacheteé… —pensaba, le miró—. ¿Se ammmm se enojó? A lo mejor me pasé, ¡pero es tu culpa!
Y Fany sonrió por dentro.
—Bueno, perdón, le dije muchas cosas… Y él está, pues no sé, como triste o confundido, no pensó que fueras a reaccionar así. A lo mejor sí fue mi culpa por lo que le dije.
—¿¡Qué le dijiste!? —preguntó furiosa.
—¡Muchas cosas! —se puso de pie igualándole el tono—. Lo mejor es que ustedes dos ya no hablen, yo me arreglo con él —dijo Fany yéndose.
Paulina no la detenía y Fany torcía la boca al darse la vuelta, caminó un poco más despacio, dándole tiempo sin que pareciera obvio.
—Fany —dijo por fin, la morena se dio la vuelta—. Lo-lo siento, ¿ok?, pero sí hablaré con él, sino quieres decirme, lo hablaré con él —dijo sin mirarle, apretaba las manos.
—¡No, Pau! Me vas a meter en problemas con él. Por favor, ¿ok? Yo le aclaro que era mentira, ¿va?
—¿¡Pues que le dijiste!? —la chica miraba dentro de la clase histéricamente, como buscando a Mario—. Di-dime y ya, ¿ok? Yo te creeré —decía nerviosa.
“¡Carajo, no te ablandes ahora!”, pensó Fany.
—No. No te voy a decir nada —dijo firmemente.
Y Paulina le miró confundida. Cómo sino pudiera creer que iba en serio, apretó la boca.
—Ok, entonces hablaré con él —dijo siendo firme, yéndose, ganándole la espalda.
—¡Espérate, Pau! —dijo Fany intentando cogerle el brazo muy débilmente, pero Paulina se soltó.
Y Fany sonrió libremente cuando estaba segura que ya no le vería.
Quedaba una hora más. Y sabía que llegaría el siguiente evento que necesitaba, pensó toda la hora que le diría, estaba a salvó en esa clase. Porque el profesor Ernesto era de esos que no permite que nadie siquiera volteara a comentar nada a comentar con algún compañero, no es porque fuera un gran profesor y quisiera que pusieran atención, era porque ese hombre se tomaba demasiado en serio a sí mismo y no le gustaba que lo interrumpieran. Y por esas 2 razones, que algunos estuvieran en su celular ignorándole no le molestaba, siempre y cuando no hicieran ruido, le importaba una mierda. Y todos lo sabían, él tendría que comunicarse por mensaje forzosamente.
Y lo hizo. Y ella ya sabía exactamente que le diría.
—Fany, ¿Qué le dijiste a Paulina? Quiere hablar conmigo saliendo, me mandó mensaje en insta y claramente está emputada.
—Nada —escribió en un mensaje, Mario escribía más, ella terminó antes—. Nada que fuera mentira.
—¿Qué significa eso?
—Pues que sabes que ella quiere coger y qué tú quieres cogértela. Qué sabes que vio tu vídeo y que le encantó y que te encantaron sus nalgas.
—¿¡Estás loca!?
—Todo es verdad.
—¿Por qué lo hiciste?
—Ah, y que te masturbaste viendo su video un par de veces el fin de semana.
Escribió ella y él no respondió más. Fany le miró despistadamente a través del mar de adolecentes entre ellos. Él miraba la clase atentamente, en un claro afán de dejarle claro que la ignoraba.
Timbró la última clase. Fany esperó en su lugar y Mario pasó por un lado, ignorándole como ella esperaba. Luego Paulina, ella sí le miró en el último instante, Fany le esquivó la mirada, mejor que no se acobardara e intentara arreglar las cosas con ella sin Mario, o peor, que cogiera demasiado valor y quisiera arreglarlo todo con Mario y ella juntos.
Esperó unos minutos hasta que creyó que era seguro. Cuando salió no les vio a ninguno de los 2 por ahí, simplemente le envió un último mensaje a Mario; que pensó sería divertido, y se fue a casa. Ya había empujado la ficha inicial de domino de esa fila, tocaba esperar si llegaba la fila hasta el final.
Quizá sí era posible ser tan manipulador como esos protagonistas de anime.
Paulina y Mario caminaban en silencio por la acera que bordeaba la escuela, dejando atrás el bullicio de la salida. El sol bajaba despacio entre los árboles, tiñendo el pavimento de sombras largas y cálidas. Iban cerca, pero no juntos. Ella con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando al suelo como si las líneas del concreto pudieran darle alguna respuesta. Él, con las manos en los bolsillos, la vista al frente y los labios apretados.
La caminata era incómoda, espesa. No solo por la ausencia de palabras, sino por todo lo que se acumulaba detrás de ellas, la tensión, los “malentendidos”, los secretos disfrazados de lealtad, las “medias verdades” que Fany sembró con precisión quirúrgica entre ambos y que cada vez les quedaban más dolorosamente claros. O eso creían. Ninguno lo decía en voz alta, pero los dos sabían que caminaban porque necesitaban llegar a ese lugar.
El jardín estaba casi vacío a esa hora. Algunos niños más pequeños jugaban con sus mochilas bajo los árboles, pero nadie ocupaba el kiosco en el centro. Estaba justo como lo habían imaginado, habían estado un par de veces ahí con grupos de amigos, bebiendo a escondidas o simplemente grabando tik toks estúpidos, pero no era un lugar de encuentro habitual, por eso él propuso que ahí. Era una especie de santuario no dicho que no sobre utilizaban.
Mario subió los escalones del kiosco con cierta torpeza y se dejó caer en una de las bancas de madera, apoyando los antebrazos sobre las piernas. Paulina dudó un momento, como si sentarse a su lado fuera aceptar algo que aún no terminaba de entender… pero finalmente lo hizo. A una prudente distancia. Ni muy cerca. Ni del todo lejos.
Pasaron unos segundos, largos, donde el viento hacía más ruido que ellos. Mario miraba sus propias manos. Paulina observaba el piso de madera desgastada entre sus pies.
Él pensaba en la bofetada que había recibido esa misma mañana, ¿alguien habrá visto?, de pronto se lo preguntaba y también si eso traería consecuencias, la gente siempre se aburre y chismea. Cachetada que recibió tras un comentario torpe que ni siquiera quería haber hecho, pero qué hizo porque Fany le dijo que era buena idea, en serio insistió en que era buena idea. Fany había metido cizaña, claro. Pero él tampoco había sabido frenarlo. Había algo de culpa que le quemaba bajo la piel, como un cigarro mal apagado.
Paulina, por su parte, se maldecía en silencio. No solo por haberlo abofeteado, sino por haberlo hecho con tanto coraje, con tanta mmmm ¿desilusión?… y después arrepentirse casi al instante. Porque por mucho que le doliera lo que pensaba que Mario había hecho o dicho, había algo en sus ojos; ahora mientras lo miraba de reojo, que le decía que quizá se había pasado, parecía tan noble y arrepentido. Que quizá lo estaban usando a él tanto como a ella. Fany, claro.
Respiró hondo. Tragó saliva.
—Oye… —dijo al fin, con la voz baja, más cerca de un susurro que de una declaración.
Mario no la miró. Pero su cuerpo se tensó apenas. Como si esperara algo importante. U otra cachetada jajaja.
—Perdón —soltó Paulina, sin preámbulos—. Por lo de hoy. Me pasé. Fue demasiado.
Él parpadeó. Alzó la mirada y la sostuvo por fin, con sorpresa.
—Pensé que… —empezó él, pero se detuvo—. No, yo me pasé, discúlpame.
—Yo también pensé muchas cosas —lo interrumpió con sinceridad—. Cosas que creo que Fany se encargó de tergiversar, no sé por qué.
Mario se inclinó un poco hacia adelante, frotándose las manos. La miró más fijamente ahora, como si buscara señales en su rostro.
—¿Tú también sientes que está jugando con nosotros?
Paulina asintió despacio. No lo dijo, pero en sus ojos había un brillo de tristeza mezclado con enojo. Como quien se siente usada, pero también tonta por haberlo permitido.
—No quise hacerte sentir mal —dijo Mario al cabo de un momento—. Nunca quise eso.
—Ni yo —murmuró ella.
Se quedaron ahí, respirando el silencio, mientras alrededor el mundo seguía su ritmo. Tal vez no lo sabían, pero esa tarde, en ese pequeño kiosco, algo en su dinámica cambió para siempre. No hay nada que una más a las personas que un enemigo en común, y Fany supo verlo perfectamente.
—Sí… —empezó nervioso, ella le miró, él pensó que mejor darle prisa al mal paso—. Sí vi tu vídeo… —ella asintió, sosteniéndole la mirada con todas sus fuerzas para no parecer una idiota, avergonzándose y tapándose el rostro como hubiera querido—. Y sí hice eso que te dijo Fany, pero o sea ammmm solo un par veces, dos, ¿ok? Solo me masturbé viéndolo dos veces —dijo riendo torpemente al final, ella asintió como idiota otra vez, ojos bien abiertos—. Perdón, es que ella me dijo que tú no tenías problemas en que me lo mandara, seguro tú ni al caso —dijo sonriendo cálidamente, al final parecía vulnerable, más no nervioso.
—Yo… E-es que, ella lo grabó y, ammm ya sabes, en el desmadre —decía lentamente.
—¡Sí, sí! Nomás de desmadre, no para que me lo mandara, caí en cuenta hasta hace rato. Te entiendo —dijo sonriendo con la misma calidez—. Lo borraré, ¿ok? No te preocupes.
—Bu-bueno, es qué…
—No era para mí, entendido.
—¡Déjame hablar! —dijo desesperada, por su torpeza y por la abrumadora amabilidad de él. Él se echó atrás, ella también.
—Ok, habla… Pero no me pegues otra vez —dijo sonriendo.
Ella le miró fijamente, como asustada, pero él rio y ella rio con él.
—¡Te digo que eres un malo! Jajaja.
—No mames, hasta me aflojaste un empaste.
—¡Jajajaja! Claro que no, estás bien grandote, ¿qué te voy a hacer yo?
—Pues pegas como patada de mula, no mames jajaja.
—¡Pues que bueno! ¡te lo merecías por grosero!
Reían.
—Sí me lo merecía, sí me pasé y estuvo bien que me dieras un estate quieto. Fany… Fany me dijo muchas cosas, pero no debí decirte eso tan personal al putazo.
—Sentí… —pensaba, le miraba. Él hizo un gesto cómico de correr un cierre en su boca para dejarla hablar, se sonreían riendo—. Sentí que me lo dijiste como si fuera una putota y quisiera coger así nomás.
—Lo entiendo.
—Yo ammmm o sea no tiene nada de malo el sexo y quién lo tenga solo porque quiera, pero soy ammm ya sabes, virgen y eso es como muy, no sé…
— Importante.
—Exacto —dijo sonriendo ella, le tocó la muñeca.
—Sí, lo entiendo perfectamente. Es algo importante para ti. No debí menospreciarlo así.
—Así sentí —se relajaba—. El vídeo… —miraba al frente—. O sea sí sabía que era para ti, ella me lo dijo, tampoco quiero meter cizaña a lo wey.
Un pequeño silencio.
—Gracias. Está chingón la neta. Te ves increíble.
—¡Ja! Fany me dijo que hacer, yo estoy bien wey —reían—. Ella en serio quería que quedara bien —reían más fuerte, pero ella pensaba—. Y quería que quedara bien para ti, ¿sabes? Ella mmmm me dirigió. Quería que me vieras bien las nalgas.
—Y seguro también te obligó a ver mi vídeo, sí me dijo que andaban bien pedas, pero tampoco le creo que lo viste como supuestamente lo viste.
—¿Cómo te dijo que lo vi?
—Ammmm bueno, muy atenta… Dijo que no parpadeaste básicamente —reía falsamente, los nervios iban y venían en uno y el otro—. Pero ya me quedó claro que nos dijo muchas pendejadas falsas.
—¿Qué más te dijo? —él le miró una milésima de segundo por el rabillo del ojo—. Dime. No te pegaré —reían.
—Que conste jajaja. Bueno, me dijo que ya querías coger, dejar de ser virgen.
—¿¡Contigo!? —preguntó aterrada.
—¡No, no! —pensó—. No, en realidad no dijo que conmigo, solo que ya querías.
Silencio.
—¿E-es verdad?
—No sé… Me llama la atención, pero Jonathan… Yo, no sé…
—Sí, claro.
Más silencio.
—¿En serio tú ammm eso con mi vídeo? —preguntó Pau mirando con todas sus fuerzas la banca de cemento del centro del quiosco.
—Yo… no quiero faltarte al respeto.
—No, o sea, está bien, yo estoy preguntando.
Él se tomó 2 segundos. Las lindas piernas pálidas de Paulina saliendo de su falda escolar eran un lindo panorama.
—Sí. Dos veces.
Y más silencio.
—Yo también vi tu video el fin de semana… —soltó, estaba aterrada, pero de algún modo se sentía increíble, ¡todo era taaan emocionante!—. Pero no hice eso que tú —recompuso rápidamente—. Solo lo vi.
Él carcajeó con honestidad y ella le siguió avergonzada. Cuando bajaron la velocidad, él habló primero.
—Ok —dijo seriamente—. Solo para aclarar, lamento lo que te dije más temprano. No es cualquier cosa y tú eres una chica que vales mucho —tomó su mano—. Quien sea tu gran elegido para ese enorme honor, es muy afortunado, porque vales un chingo y porque eres hermosa —dijo apretando su mano, mostrando su destructora sonrisa y con un tono de voz profundo y agradable.
—¡S-sí, gracias! —dijo sonrojada.
Soltó su mano. Se puso de pie, miró a lo lejos y ella respiró aliviada.
—¿Se te antoja algo?
Paulina parpadeó, sorprendida por la propuesta tan casual. Estuvo a punto de decir que no, que estaba bien, que quizá otro día. O nunca, como seguramente hubiera sido si no aceptaba en ese instante, de algún modo lo sabía. Sobre todo, que tenía que irse, que quería irse más bien. Huir, poner tierra de por medio entre ella y la intoxicante presencia de Mario.
Pero no fue capaz.
Asintió torpemente, aún con la mente embotada por todo lo dicho y lo no dicho.
Y así, sin planearlo, sin saber realmente a dónde, comenzaron a caminar. Bueno, sin ella saber a dónde, él parecía tenerlo claro, iba a lado de ella, pero era evidente que sabía exactamente a dónde se dirigía y lideraba la caminata sin decirlo. Ella lo seguía a paso corto, sin hacer preguntas. A esas alturas, Paulina ya no se sentía lista para irse. Había algo en la forma tan firme en la que Mario caminaba, en la forma relajada en la que se metía las manos en los bolsillos y giraba en las esquinas con una seguridad tranquila, que la hacía querer seguirlo. Como si confiar en él fuera más fácil que pensar demasiado.
Llegaron a un pequeño local pintado de colores pastel, con letras cursivas sobre la marquesina:
“Nieves Artesanales Don Chente”.
Mario saludó al señor del mostrador como si ya hubiera ido antes mil veces.
—Deme uno de lúcuma para mí… y otro igual para ella.
Paulina iba a protestar. No sabía qué era “lúcuma”. Pero él la miró con una media sonrisa.
—Confía en mí. Es raro, pero está buenísima.
La nieve era color mostaza pálido, con textura densa y cremosa. Se sentaron en una banca junto al puesto, entre arbustos floreados. Paulina le dio una primera lamida dubitativa, y su rostro se iluminó en una mezcla de asombro y delicia.
—¡Wow! ¿qué es esto?
—Te dije —rio Mario, viendo su expresión con satisfacción—. Es una fruta peruana. No tiene sentido lo rica que está, ¿verdad?
—Sabe como a maple… y a nuez… pero frutal… ¡no sé! ¡wow!
—Ajá, como a galleta también. Es adictiva.
Comieron en silencio un rato. Ella sentía la brisa fresca de la tarde moviéndole el cabello, el dulzor cremoso derritiéndose en su boca, el sabor completamente nuevo expandiéndose por su paladar y la extraña compañía inquietantemente cómoda. El helado se terminó rápido, pero no parecía que la cita improvisada fuera a acabar igual de rápido. Se quedaron charlando largo rato, de cualquier cosa primero, como poniéndose al día, compartiendo todo eso que habían vivido en todo ese tiempo y no lo sabían uno del otro, porque aunque cercanos por sus relaciones personales, nunca habían cruzado palabra realmente. Se sentía como una conversación con un viejo amigo al que no habían visto en toda la preparatoria y le contaban todo de golpe y torpemente, sin un orden ni sentido, solo hablando, solo pasando el rato uno con el otro. Paulina sentía que todo era un poco irreal. Como si la tarde se hubiera transformado en algo más suave, más espontáneo, más libre.
Más emocionante.
La charla no solo fluía, crecía y se hacía más interesante, más divertida, más fácil y real. Y cuando menos se dieron cuenta, llegaron al tema de dónde salió todo.
—Pues que pendejo la neta —dijo él con desparpajo.
—Sí. La verdad es que sí —decía Paulina con melancolía calma, de esa que te da cuando te sacaste de tanto llorar—. Yo… Él era todo para mí, ¿sabes? Nunca ni siquiera pensaba en otro wey, ni siquiera me lo planteaba, como si no fuera ni siquiera una posibilidad.
—Sí, te entiendo por completo.
—Se sentía como algo mmmm real, importante, nuestra relación.
—Y ahora él lo arruinó.
—Exacto.
—Y encima con esa vieja —dijo haciendo cara de asco. Reían, ella le golpeaba el hombro.
—¡Malo! Jajajajaja.
—No mames, tenerte a ti, y ponerte los cuernos con ELLA.
—Ay, no seas exagerado, no es fea… —pensaba—. Nah, no es fea. Solo equis.
—Eso mismo, y engañó a una chica linda, sexi, buena y súper valiosa, con una morra súper equis.
—¡Ya! —dijo sonrojada—. No tienes que ser así de amable, ya no te voy a pegar. Hoy.
Reían.
—Lo digo en serio. No gano nada con halagarte de manera soflamera gratuitamente —le tomó la mano, ella casi la retira por instinto, por pudor, pero se obligó a no hacerlo.
Se miraron, de esas miradas poderosas y cargadas, que no se soportan tan directamente porque abruman. Esquivas un poco, miras a un lado, asientes y despistas, pero no quieres dejar de mirar ni que te dejen de mirar tampoco.
—Tú eres muy buena niña. No, muy buena mujer. Y él es un pendejo por no saberlo ver —dijo mirándole como ya te dije.
—Gracias, Mario —dijo con una lágrima a punto de salirle.
—Y estás buenísima —dijo arriesgándose, ella espabiló violentamente, parpadeó y abrió la boca sorprendida—. ¿Muy pronto? Jajaja perdón, no me pegues jajajaja.
—¡Te voy a patear esta vez!
Reían, mientras ella jugaba a darle pataditas, luego él tomaba su pie y se burlaba de lo diminuto que era. Reían cómo locos.
—¡Pues soy niña! —decía jaloneando su pie del agarre del chico mientras reía.
—¡Jajajajaja! —reía,en serio divertido—. ¡Míralo! ¡mira, mira! —ponía su palma en toda su planta del pie, incluso sobresalían las puntas de sus dedos—. ¡Son diminutos, mi mano es más grande que tus pies! ¡Jajajajaja dios!
—¡Ya suéltame! Jajajaja.
La soltaba. Recuperaban la respiración, les dolía el estómago. Se miraban y sonreían.
—Yo también te voy acosar, ¡eh! También te vi encuerado —decía sonriéndole nerviosa.
—Por cierto, mi verga también es más grande que tu piecillo de minión —y reían otra vez.
Ella miraba su pie.
—Sí, de hecho sí.
Él le sonrió por el retorcido cumplido. Y enseguida así como así, se levantó, tomó su mano sin extenderla pidiendo permiso, ni mirándole a los ojos avisándole que lo haría, solo lo hizo. Ella lo permitió y él caminó hacia otra dirección. No preguntó, no explicó. Paulina dudó un segundo, pero simplemente lo siguió.
Ya era tarde, anochecía y caminaron unas cuantas calles más, hasta llegar a un restaurante con fachada de madera, faroles amarillos colgando de las ventanas y un cartel pintado a mano que decía:
“Tinku – Cocina Peruana Contemporánea”.
No parecía un lugar común para chicos de prepa. Y sin embargo, ahí estaba él, abriendo la puerta como si fuera su lugar favorito.
—¿Aquí? —preguntó Paulina, sorprendida.
—Sí. Ya verás.
Entraron. El lugar tenía una atmósfera cálida, íntima, con mesas de madera oscura, plantas colgantes, música suave de fondo. Olía a ají, a maíz tostado, a limón recién exprimido. Una mesera joven los guio hasta una mesa junto a la ventana.
—¿Qué quiere la bonita pareja? —preguntó la chica sonriendo y ambos sintieron una linda punzada que decidieron disfrutar en vez de corregirle.
—¿Quieres pedir tú? —preguntó Mario, pero fue más una cortesía que una pregunta real. Sostenía el menú cerrado entre sus manos.
—No… tú elige —respondió Paulina, soltando el aire.
No lo dijo en voz alta, pero se sintió bien. Dejar que alguien decidiera. Apagar su cerebro e ir en piloto automático a ver qué, era divertido. No tener que elegir entre mil opciones como si de eso dependiera algo realmente importante.
Mario pidió sin titubear, causa limeña para empezar, luego lomo saltado para él y ají de gallina para ella, y una chicha morada para compartir. Mientras esperaban, él le contó un poco sobre la comida peruana, sobre la mezcla de influencias, sobre un canal de YouTube donde había visto recetas. Paulina lo escuchaba, relajada, algo embobada. No solo por lo guapo que era, que sí que lo era, ya sabemos, mucho más cuando hablaba de cosas que le gustaban, muchos más a cada minuto. Pero no solo era eso, sino por lo seguro de sí mismo, lo natural que se sentía estar ahí, compartiendo una comida sin complicaciones, haciéndose chistes sexuales y simplemente pasándola bien.
Recordó entonces las veces con Jonathan. El eterno indeciso. El que tardaba media hora en elegir entre hamburguesa o pizza. El que la miraba como si necesitara su aprobación antes de hacer cualquier cosa. El que nunca sabía cómo podía ayudarle con la tarea, si era mejor con la portada o con el texto y dejarle a ella el diseño, terminaba haciéndolo todo ella como quiera. A veces incluso la tarea de él también, porque el muy tarado tampoco se decidía que tema elegir para su ensayo. El que no se decidía a besarla sin antes preguntarle si quería. Él que no pidió ni una sola vez una jalada como un novio adolescente normal, ella tuvo que sacar eso de los pantalones del chico todas las veces, mientras él le preguntaba mil veces si estaba segura. ¡Ni siquiera terminaba en su mano, por dios! A veces le daba risa pensar que su madre no les dejara cerrar la puerta, no estaba más a salvo con nadie más en todo el mundo de no explorar su sexualidad, que con Jonathan ahí dentro. A veces incluso la hizo dudar de su belleza, si él no quería quitarle la ropa sería porque no tenía interés de ver lo que había debajo, ¿correcto? Y eso sería porque no había nada interesante en efecto.
A veces eso era tierno, lo amaba por eso. Otras, era agotador.
Mario era diferente. Había algo en su seguridad que era intoxicante. Algo que la desarmaba.
La comida llegó. El ají de gallina estaba cremoso, con un toque picante que ardía lo justo en la lengua. El arroz blanco, perfectamente cocido. La causa, suave y fresca. La chicha morada, dulce y especiada. Paulina comía y reía entre bocados. No sabía si era el hambre, el sabor, la conversación o simplemente la calma de haber dejado que todo fluyera. Pero se sentía ligera. Como si flotara.
—¿Está bueno? —preguntó Mario, mirándola con una ceja levantada.
—Está increíble —respondió ella—. Gracias por… todo esto.
Él sonrió con una expresión difícil de leer. Casi como si no entendiera por qué le agradecía.
—No fue nada. Esta ha sido una gran cita.
Paulina bajó la mirada, sonriendo, con las mejillas ardiendo. No dijo nada más.
Y así, entre sabores nuevos, palabras sinceras y silencios cómodos, la incipiente noche y la deliciosa comida-cena les fue envolviendo poco a poco.
Salieron del restaurante como si acabaran de despertar de un sueño largo y cálido. La tarde ya había caído por completo con una suavidad negruzca y azul marino, dibujando estrellas a montones. Los sonidos de la ciudad eran bajos, amortiguados, como si el mundo alrededor se hubiera puesto en pausa para no interrumpir el momento que Paulina y Mario estaban viviendo.
Ya no eran los dos chicos tensos de antes, arrastrando palabras entre sospechas y malentendidos. Tampoco eran los adolescentes desbordados de risas nerviosas, ni los compañeros que apenas entendían por qué la presencia del otro se sentía tan punzante y urgente. No. Ahora caminaban en silencio, juntos, sin tener que explicar nada.
Se sentían… tranquilos.
Cómodos.
Paulina caminaba ligeramente a lado de Mario, en silencio con absoluta comodidad, no sentía la muralla de mala vibra entre ellos ya. La mano de Mario se deslizó hacia la suya como si lo hubiera hecho mil veces antes, y sus dedos entrelazados encajaron tan naturalmente que ninguno se sorprendió. Paulina solo sonrió, sin mirarlo directamente, pero sintiendo cómo su cuerpo respondía con un calor silencioso, un cosquilleo que le recorría los brazos.
—¿A dónde vamos? —preguntó ella con voz suave, sin verdadera urgencia por saber.
—Ya verás —respondió él, con esa media sonrisa que parecía prometer cosas sin decir nada.
Caminaron así por calles arboladas, bordeando casas viejas con enredaderas, negocios cerrando lentamente, faroles ya encendidos. Hasta que llegaron a un jardín escondido, uno de esos jardines grandes que nadie nota a menos que lo busque. Con árboles altos, pasto grueso y esponjoso, más grande de lo que pensarías que habría en medio de una zona residencial. Con bancas de hierro envejecido y faroles cálidos. Una glorieta al fondo, y senderos torcidos como de cuento.
Mario la guio hasta el rincón más apartado del jardín, un pequeño lugar rodeado de arbustos y árboles altos. Había una banca ahí, algo vieja, con la pintura desconchada. Se sentó con naturalidad, como si lo hiciera a diario. Paulina lo miró un segundo, dudando. Luego se sentó a su lado.
Ella consultó el reloj de su celular. La hora ya la ponía un poco nerviosa.
—Es tarde… ya debería irme —dijo, aunque su voz no tenía firmeza.
Mario asintió con calma, sin moverse.
—Sí, sí. Yo te llevo. Pedimos taxi aquí afuerita, no te preocupes… pero antes tienes que ver algo.
Paulina arqueó una ceja, curiosa. Mario abrió su mochila con parsimonia, hurgó entre sus cosas y sacó una bolsita con nueces partidas a mano.
—¿Traes… nueces?
—Siempre traigo —dijo con una sonrisa traviesa.
Ella iba a preguntarle para qué, pero se detuvo cuando lo vio hacer algo extraño. Tomó una nuez entre los dedos, la acercó a sus labios, y empezó a hacer un sonido muy particular, una combinación de pequeños chasquidos con la lengua, dientes y labios. No era fuerte, pero sí insistente. Luego, caminó unos pasos hasta un árbol cercano, se agachó y dejó la nuez en el pasto, justo al pie del tronco.
—¿Qué haces? —preguntó Paulina, aún sentada, divertida.
—Shhh…
Volvió a sentarse a su lado, sin dejar de mirar el árbol. Pasaron unos segundos. Nada. Ella estaba por reírse, decirle que estaba loco, cuando escucharon un crujido muy leve entre las hojas. Una ramita se movió. Y entonces, bajando lentamente por el tronco, apareció una ardilla. Pequeña, de pelaje castaño claro y vientre blanco, con una cola larga como pincel y ojos grandes y oscuros que parpadeaban con cautela.
Paulina abrió los ojos, sorprendida.
—¡No inventes!
—La vi hace como dos semanas. La llamé un día y bajó. Desde entonces, le dejo nueces si paso por aquí.
La ardilla se acercó con pasos diminutos, nerviosa pero determinada. Olfateó la nuez, la tomó entre sus patitas delanteras y la mordió con una rapidez mecánica, casi voraz. Sus ojos brillaban, su cuerpo se tensaba como si en cualquier momento fuera a huir.
—Está preciosa… —susurró Paulina, embobada.
—¿Verdad? A veces viene con otra más chiquita. Creo que son hermanas. O mamá e hija, no sé.
—Parece un peluche.
La ardilla terminó la nuez en segundos, se limpió el hocico con las patitas y, con un saltito elegante, subió de nuevo por el árbol. En un instante, desapareció entre las ramas.
Paulina se quedó mirando el tronco vacío, sonriendo como si algo en su interior se hubiera ablandado un poco más.
—¿Ves? Te dije que tenías que verla —dijo Mario.
—Valió totalmente la pena.
El silencio volvió, pero ya no era incómodo. Era ese tipo de silencio que solo se da entre dos personas que, por un rato, ya no tienen nada que decir. Todo estaba dicho en los gestos, en el aire cálido, en la cercanía de sus piernas en la banca, en el eco del crujido de las hojas donde la ardilla se había perdido.
Paulina apoyó la espalda en el banco, cerca de él, respirando hondo, mirando al cielo, sintiéndose cómoda con él pegado a ella. Algo dentro de Paulina; el juicio, la culpa, los miedos, se iban por completo, o al menos ella los ignoraba. Ya no pensaba tanto. Ya no comparaba. Ya no huía.
Sintió como una punzada eléctrica la caricia de Mario en su muslo. Nada “sucio”, pero definitivamente firme y despreocupada, yendo de su rodilla hasta un poquito adentro de su falda. Bajó la mirada y el chico miraba su cuerpo y sus piernas, con calma, pero atención, una mirada que no parecía la de un asqueroso depravado de cuarenta años, pero tampoco desinteresada. Se encontraron sus miradas profundas. Y él se acercó lentamente, lo suficiente para dejarle claro lo que haría y ella cerró los ojos aceptando el beso.
Simplemente electrizante. Maravilloso y poderoso. La mano de Mario se sentía más cálida en su muslo y ella le rodeaba el cuello con ambas manos. Paulina se cachondeaba al sentir la lengua del chico jugando con la de ella, él salía de ahí y le besaba el cuello, la chica se retorcía y disfrutaba pasándole la mano delicadamente por el pecho, aún con la camisa escolar, su cuerpo se sentía firme y agradable.
Ella tomó un poco de espacio, él esperó, porque claramente no había sido un movimiento para guardar distancia. Paulina subió la pierna, nerviosa e histérica hizo el movimiento más audaz que había hecho nunca, o así lo sintió ella. Puso su pie sobre su bragueta, lo movió un poco, se vieron y sonrieron, entendiendo la referencia.
Él solo miró a los lados una vez. Ella hiperventiló cuando el chico tomó su bragueta y sacó su verga con seguridad. Semi-erecta, la puso sobre su pie por un lado a lo largo, y en efecto, era más grande que el diminuto piecito de Paulina. Reían con risitas.
—Te dije —dijo él sonriendo. Eso se ponía más duro.
—Yo ya sabía, ya la había visto, muchacho exhibicionista.
—Mira —le dijo tomando la mano de ella.
Paulina alzó la vista al cielo, riendo nerviosa, pero no le detuvo. Dejó que él pusiera su mano en su falo, y miró cuando lo sintió entre sus dedos. Apretó de inmediato instintivamente. Eso era enorme, largo y gordo, sus dedos apenas podían rodearlo, duro como piedra, pero suave y cálido de algún modo también. Sonreía como imbécil involuntariamente.
—No inventes —murmuraba recorriendo de arriba abajo eso.
ESO era una verga, señores, podía sostenerlo usando toda su mano, y de hecho cabía perfectamente la otra arriba de esa. Podía recorrerlo de arriba abajo tomándose su tiempo, no era como sostener la verga de Jonathan, que cabía en su mano básicamente entera. Era una mole cilíndrica de carne caliente y dura.
—Ya guárdate eso —dijo soltándosela, sonreía como idiota aún.
Él sonrió de regreso, pero era absolutamente diferente. Una sonrisa poderosa y embriagante, segura y contundente. Se puso de pie sin guardarse la riata, la tomó de la mano y la llevó contra el árbol.
—¡Estás loco! —dijo genuinamente aterrada, pero aún sin detenerlo ni resistirse.
—Aquí nadie viene nunca a esta hora no te preocupes.
Se dio la vuelta, se apoyó contra el árbol. La atrajo a él con fuerza, la besó profundamente y ella le sostuvo la verga de inmediato.
Se besaban apasionadamente y ella le jalaba la verga con violencia, con crueldad, con ansias y con la panocha escurriendo. Le dejaba de besar solo para disfrutar el espectáculo que era esa enorme cosa en su pequeña mano, era hipnóticamente morboso, su delicada mano sosteniendo eso y lo jalaba con fuerza, casi como queriendo ver si él se quejaba. Pero no lo hacía, se retorcía ante sus jalones y reían juntos entre besitos y la puñeta furiosa y descuidada que le hacía ella.
—Quie… —balbuceó, paró, reía nerviosa.
—Dilo.
—Quiero hacerte venirte.
—Pues hazme venirme —le dijo sonriendo.
Ella se puso a su labor. Se la jalaba con fuerza mirando atentamente esa cosa en su mano que jaloneaba como si odiara, Mario comenzó a besarle el cuello, metió su mano debajo de su falda, la tomó del culo y la otra la metió debajo de su camisa escolar, sosteniéndole una teta, haciéndola retorcerse.
Paulina disfrutaba demasiado, la triple estimulación en su trasero, en sus tetas y en el cuello, sentía que sus bragas escurrían literalmente. Gemía un poco, y cuando lo escuchó a él gemir en su oído, junto con su agradable aliento, enloqueció.
Lo hizo en su oído. Tan viril y profundo, más parecido a un gruñido gutural y animal, placer viril puro. Sintió una oleada de calor, se desesperaba, la lengua de Mario le daba toques en el cuello, sus manos se sentían invasoras.
—No te vienes, córrele —dijo jaloneando su verga.
—Ponte de rodillas —le dijo él y ella le miró nerviosa, sonriendo como imbécil, sonrojada—. Chúpamela y haré que te tragues mis mecos.
Ella se puso de rodillas de inmediato ante las fuertes y deliciosas palabras. Él tomó su cabeza con una mano, Paulina le miraba desde abajo y sentía que se desmayaría, no solo era guapo, era un cabrón, un hombre que la dominaba y no podía creer lo maravillosa que la hacía sentir eso. Mario le puso la verga en la cara con la otra mano y ella se metió eso a la boca de inmediato.
Sabía fuerte, mal, olía más fuerte aún, estaba algo aceitosa y amarga la punta y aún así le encantaba. Le gustaba con los ojos abiertos, ver el lindo ombligo del chico, sus enormes bolas y su gruesa verga entrando en su boca era un absoluto manjar que le hacía escurrir la panocha. La lamía, le pasaba la lengua por las pelotas desesperadamente y luego lamía todo el falo a todo lo largo morbosamente. No pensaba en Jonathan, en Fany, en donde estaba ni en lo que estaba haciendo. Solo en cuanto le encantaba esa verga, en cuánto le encantaba Mario.
Intentaba meter eso en su boca, pero era sencillamente imposible, ni siquiera sabía hacerlo realmente, pero restregarse la verga de él en la cara, lamerle los huevos, la verga, oler sus olores de hombre y escucharlo gemir, era más que suficiente.
Él tomó su frente con una mano, alzándole el rostro, poniéndole las pelotas en la boca y comenzó a jalársela. Incluso para la inexperta Paulina quedó claro y empezó a chuparle los huevos, mientras él se masturbaba con fuerza. Quién sabe, hay cosas que uno hace en el sexo “en automático”, que se siente natural y bien, correcto. Cómo ahí, Paulina lamiéndole las pelotas, ayudándole a Mario a llegar.
La vista para él era de vicio absoluto, la linda Paulina lucia preciosa con su verga en toda la cara y sus pelotas en la boca, verla tan devota chupándole los testículos era casi tan satisfactorio como las lamidas en sí mismas.
Y cuando él la soltó, ella también lo supo en automático, aunque de verdad no solía ver porno y menos había estado en esa situación. Supo que era el momento.
Mario le metió la verga en la boca, apenas la cabeza y un poco más, pero era suficiente. Ella le miró porque quería hacerlo, porque la mirada de lujuria y placer en él le enviciaba. Sintió como ese cilindro de carne saltó violentamente en su boca y sus mecos caían en su lengua. La sensación era vomitiva, definitivamente desagradable. Espesos, calientes y amargos, el sabor no era nada para lo que estuviera lista y menos la textura mocosa. Apretó los ojos instintivamente del asco, dio una arcada honesta, le lagrimeaba un ojo, pero al abrir los ojos de nuevo y ver la cara lujuriosa de él, valía por completo la pena.
Se miraron todo el orgasmo de Mario. Él le empujó un poco más la verga y su falo saltó dentro de su boca un par de veces más. Le sacó la verga despacio, disfrutando todo el recorrido hacia afuera, acariciándole la cabeza un poco al final, sonriéndose uno al otro. Ella agachó la cara, hizo un esfuerzo sobrehumano para tragar y la flema espesa y caliente bajándole por la garganta le daba escalofríos.
Y aún así, nunca había estado más cachonda en su vida.
Mario la levantó del piso, se miraron con lujuria absoluta y él la besó profundamente, metiendo las manos debajo de su falda, tomando bien su culo con ambas manos.
Salieron del jardín tomados de la mano, reían y comentaban. Ella le decía que estaba loco por “encuerarse” ahí, Mario le decía que ella estaba más por estarle chupando la verga ahí precisamente.
Paró el taxi, le dio la dirección al hombre y cuando iban a medio viaje, les dio una extraña melancolía, como si la cita hubiera salido mal y supieran que era la última. Porque aunque salió demasiado bien al final, sabían que probablemente aún así sería la última. No dijeron mucho, ella solo se recargó sobre él y disfrutaron el cálido cuerpo del otro.
Mario le abrió la puerta, ella bajó y se detuvieron en la puerta de ella. Se sonreían tímidamente.
—Bueno, ya vete, muchacho exhibicionista.
Reían.
—No borraré tu vídeo —le dijo él, ella sintió un agradable escalofrío.
—Entonces yo tampoco borraré el tuyo.
—Trato.
Se sonreían. Mario se acercó y la besó profundamente. Un buen beso, uno para dejar marca, pero no como para iniciar otra cosa.
—Buena noche —dijo él yéndose.
—Bye —respondió mirándole ya de espaldas.
Entró, ignoró la cantaleta de su madre, estaba de demasiado buen humor para que le afectara. Cuando subió a su cuarto y revisó su celular, tenía 2 mensajes nuevos, uno de Fany y otro de Mario.
“Te lavas los dientes antes de dormir, ¡eh!”, decía el de Mario y ella carcajeó honestamente, aunque no contestó.
—Mario todavía no llega a su casa, ¿dónde andan? ¿qué andan haciendo? —decía el de Fany.
—Pregúntale a él. Pero tengo algo que contestarte —dijo en un mensaje, Fany se hizo al frente leyendo con terror—. Definitivamente no soy lesbiana jajaja —dijo. Bloqueó la pantalla del aparato y se tiró en la cama, sonriendo y mirando el techo.
Fany leía del otro lado sintiendo una punzada en el coño. Decidió no contestar, no antes de que Mario le dijera algo; igual Paulina no le hubiera dicho nada. Presionaba a Mario en la otra conversación.
—¿Entonces?
—Jajaja llegando a la casa te cuento, espera que estoy pidiendo el Uber, ¿ok? No desesperes.
—¿Te la cogiste o no? —preguntó desesperada.
—¿Sabes? No sé si debería contarte nada. Sé lo que hiciste, ¡eh! Lo entendí hasta hace un par de horas, pero lo entendí.
—¿De que hablas?
—Jajaja hazte mensa, nos manipulaste muy cabrón. Ni siquiera le habías dicho todo lo que me dijiste y me hiciste decírselo jajaja pero está bien, te perdono por esta vez. Y tu último mensaje funcionó, sí le gustó mamármela en un lugar público.
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