La zorra astuta
Alfonso siempre supo que Liliana era irresistible, pero nunca imaginó que su propia debilidad sería verla entregarse a otro. Cuando el jefe de Alfonso, don Alberto, pone sus ojos en la esposa del funcionario, la línea entre el matrimonio y la traición se desdibuja. Lo que comienza como una fantasía secreta se convierte en una realidad que Alfonso no solo acepta, sino que exige.
Serie “Un jefe diligente”:
1. La zorra astuta.
2. El viejo zorro.
3. Un jefe diligente.
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Parte 1: Alfonso.
Mi esposa se llama Liliana, tiene treinta y ocho años y es una mujer guapísima. Llevamos diez años casados y tenemos un hijo. Somos una pareja normal en todos los sentidos, salvo por una cosa. Siendo joven, mi esposa mantuvo una turbulenta relación con un hombre mucho mayor, trauma que marcó su carácter y le dejó un resentimiento tan profundo como duradero. De hecho, me atrevería a afirmar que Lili no se ha olvidado de él ni nunca lo hará.
Por otro lado, yo no tengo problema en aceptar que no soy un tipo especialmente atractivo, sino un tipo normal, funcionario y lo bastante tranquilo como para sobrellevar las manías, caprichos y enfados de mi despampanante esposa. Aunque Liliana nunca lo haya referido, yo sé que añora ciertas cosas de aquella tormentosa relación, especialmente en lo tocante al sexo.
Durante una calurosa velada acompañada de vino blanco, me dio por pensar en Liliana junto aquel antiguo novio de quien yo solo conocía lo que había leído en internet. Para mi sorpresa descubrí que, lejos de molestarme, la idea de que mi esposa hubiese flirteado con un hombre tan notable me excitaba de una forma retorcida e insidiosa.
Algo achispado, se lo acabé comentando a ella que, siendo una hembra maliciosa y de sangre caliente, se regocijó con mi retorcida fantasía y se puso tan cachonda como yo. Igual que una gatita, Lili terminó subiéndose a mi regazo para deleitarme con una de sus formidables cabalgadas en tanto susurraba imaginativas y explícitas perversidades en las que se comportaba como una buscona.
Tiempo después, durante nuestras vacaciones, conocimos a un chico en la playa que se alojaba en nuestro hotel y la animé a que intentara seducirlo. Lo consiguió, qué duda cabe, si bien dijo que no fue nada del otro mundo, demasiado joven y rápido para una madura como ella. Sin embargo, para mí fue algo francamente estimulante. Disfruté enormemente escuchando los pormenores de su aventura al día siguiente, aunque lo mejor aún estaba por llegar.
Hace poco estuvimos en la boda de uno de mis compañeros de trabajo, una de esas grandes celebraciones en un hotel. Gracias a su herencia indígena, Liliana era con diferencia la mujer más atractiva y exótica de la fiesta. Apenas conocíamos a unos pocos invitados, de modo que durante el baile de fin de fiesta opté por quedarme sentado para ver qué ocurría.
Desde la distancia observé a un grupo de hombres jóvenes haciendo cola para sacarla a bailar. Lo estaba pasando genial viéndola encandilarlos para luego poner freno a sus intentos de propasarse, hasta que ocurrió algo del todo inesperado.
Uno de nuestros conocidos allí era don Alberto, mi jefe, un mulato con un carácter rotundo, arrollador, algo mayor, pero que a pesar de los años seguía causando estragos entre las señoras. Encontré desconcertante que, estando casado como todos sabíamos, devorara a Liliana con la mirada sin ningún disimulo. Bailaron apasionadamente dos canciones seguidas y sus manos no pararon quietas, tanto las de él como las de ella, dejando claro cuanto se deseaban.
Por desgracia les perdí de vista en un descuido. Caminé por el salón buscándoles, pero no hallé ni rastro de ellos. Sin embargo, diez minutos después les vi regresar del exterior bromeando con inusitada cordialidad y, visiblemente más relajados, se acercaron al novio y le dieron un sobre que él guardó en su bolsillo con un guiño.
Un minuto más tarde mi esposa se acercó y me dijo que tenía que hablar conmigo. Me contó que don Alberto se había excitado mucho mientras bailaban y que, impetuoso y campechano como era, le había confesado que la encontraba irresistible y le había sugerido salir a tomar el aire. En vez de morderse la lengua, Liliana confesó que una vez en privado no había podido aguantar la tentación. Le había tocado sin disimulo por encima del pantalón y, desconcertada, aseguró que mi jefe le había recordado a su primer amante en todo.
Con la excusa de fumar, habían salido a tomar el aire a los jardines del cigarral que los novios habían reservado para la ocasión, pero en cuanto estuvieron a resguardo de miradas indiscretas, empezaron a besarse y acariciarse apasionadamente. Mientras que don Alberto se comportó en todo momento como un caballero, ella no tardó en buscar con ansia su preciado miembro viril pues, si había algo que la ofuscaba sobremanera, eso era la posibilidad de llevarse una buena erección a la boca.
Arrodillada, mi esposa le bajó la cremallera y ovacionó el porte de su miembro abriendo la boca. Conmovida, sacudió arriba y abajo el enorme falo de un señor que fácilmente le sacaría quince años o más e, incapaz de aguantarse las ganas, comenzó a chuparlo con veneración.
— Temía que te pareciera demasiado grande —le zahirió éste—, pero veo que no.
Liliana continuó a lo suyo, haciendo caso omiso de su pulla y centrándose en su polla, chupando aquel manjar tal que si estuviese muerta de hambre.
— ¡Wow, qué maravilla! —la elogió mi jefe efusivamente— ¡Lo haces genial! Alfonso debería estar orgulloso.
— Descuida, lo estará en cuanto se lo cuente —afirmó ella de forma sibilina para seguir sorbiendo como una cerda inmediatamente después— A mi esposo no le molesta que me divierta por mi cuenta, a condición de que se lo cuente todo después.
Al parecer mi jefe rio socarronamente al escucharla confesar nuestro secreto, la naturaleza mundana y liberal de nuestro matrimonio en lo tocante al sexo. Por supuesto, don Alberto no tardó en acusar la infalibilidad de la lengua de mi esposa, eyaculando generosamente en su boca. No obstante, cuando ella le pidió que la follara, el viejo zorro respondió que ese no era el lugar ni el momento para, seguidamente, explicar que su insufrible esposa se había marchado unos días a casa de sus padres y que, por consiguiente, disponía del lugar ideal para follar, la cama que compartía con esa rancia noche tras noche.
— ¿Te importa que me vaya con él después de la fiesta? —me preguntó, dejándome un significativo regusto a semen después de darme un beso ligero.
En un principio dudé que fuese buena idea, pero ante los ruegos de mi adorada esposa no me quedó más remedio que consentirle el capricho. Además, sólo con escuchar el fervor con que Lili había descrito su verga, la más gorda que hubiera chupado, había logrado turbarme de una manera insana.
Liliana se marchó contoneándose sin remilgos al caminar, exultante, caminando hacia su amo meneando la cola como una perra feliz, alborozada, deseando comunicarle a su nuevo amo que le habían dado permiso para que la sacasen a pasear. Inclinado sobre ella, don Alberto la sujetaba de la cintura y me miraba fijamente mientras escuchaba, puede que a sabiendas de que también yo estaba impaciente por escuchar a Lili cuando regresara a casa.
Al finalizar la siguiente canción, don Alberto se acercó llevando a Liliana de la mano. Ufano, afirmó que mi esposa tenía interés por probar un colchón de noséqué material que había adquirido para su dormitorio; que no hacía falta que la esperase despierto; que él la acompañaría hasta la puerta de casa porque cuando acabaran posiblemente ella no podría caminar. Y por último se marcharon juntos, igual que cualquier pareja, con Liliana sujeta dignamente al brazo del hombre que la iba a follar.
Como era debido, me lo contó todo a la mañana siguiente. Nada más llegar a casa de don Alberto, se desnudaron y se sumergieron en el agua cálida y burbujeante del jacuzzi. Según mi esposa, además de poseer un miembro poderoso, don Alberto tenía un cuerpo cuyas proporciones la volvían loca, incluido ese magnífico miembro viril que se erguía apuntando al techo.
En esa ocasión fue él quien la devoró en el jacuzzi antes de llevarla a la habitación. Mi esposa no recordaba haber disfrutado tanto con la lengua de un hombre, tanto que creyó morir para despertar luego en el paraíso. Lo que no llegó a explicarme fue la razón por la que apagó su teléfono o lo puso en modo avión.
Me había desvelado y no podía dormir. Preocupado, miraba cada tres por dos si su celular se había conectado y, de hecho, todavía daba vueltas en la cama cuando éste sonó inesperadamente.
— ¿Hola? —pregunté confundido, pero del otro lado de la línea sólo llegaron gemidos de placer.
Al teléfono, oí gritar a Liliana de forma más vulgar, obscena y desinhibida que nunca. Exclamando ¡Sí! ¡Joder, dame esa polla! ¡Así! ¡Más! ¡Más…! En medio del elocuente ¡TOC! ¡TOC! ¡TOC! del cabecero contra la pared, aún más insoportable y machacón que sus gemidos de placer; aunque no tanto como los lujuriosos bramidos e insultos de don Alberto llamándola zorra, golfa, perra y cosas peores, en tanto embestía con vigor y, a intervalos regulares, el súbito ¡¡¡PLASH!!! de una severa nalgada y del correspondiente chillido de mi mujer.
— ¡Oh, sí, pégueme, señor! ¡Me lo merezco, me porto mal! ¡Soy una zorra, señor! ¡La peor de todas! —gritó mi mujercita perdiendo los papeles, sin importar que sus exclamaciones me llegaran a través del teléfono con insoportable nitidez y… ¡¡¡PLASH!!!, un nuevo azote la hacía rugir como una pantera.
— ¡Dios mío, cómo me gusta tu polla! ¡Sigue, por Dios, sigue! ¡Mátame de gusto!
Sin embargo, la gota que colmó el vaso fue escuchar a don Alberto ordenar que abriera la boca, asegurando que en tanto fuesen amantes habría de tragar cada gota de semen. Aquella definitiva vuelta de tuerca venció mi reticencia a masturbarme y, mientras ella murmuraba con deleite, yo no pude evitar pajearme.
A la mañana siguiente, Liliana me escribió diciendo que se quedaría a almorzar. Intenté llamarla tras leer el mensaje, pero de nuevo había apagado su celular. De todas formas, más tarde Lili me narró como había rehusado dejar de chupar el miembro de don Alberto cuando éste hubo acabado de eyacular, manteniéndole duro para cabalgar sobre él.
Habían pasado todo el día follando, parando solamente para ducharse, cocinar y reponer fuerzas. Abrumada, declaró que había perdido la cuenta de las veces que había tragado su esperma. Pero lo más irónico era que, según ella, debía considerarme orgulloso de que no se hubiese dejado follar por el culo.
En resumen, al final Lili no regresó hasta la medianoche del domingo. Estaba en el salón cuando oí llegar el coche de don Alberto. A mí pesar, éste salió a abrirle la puerta y la acompañó a casa e, intentando disimular, le pregunté a mi esposa si le había gustado el colchón de don Alberto.
— No digas sandeces —me recriminó mi jefe—. Lo que le ha gustado a sido otra cosa, ¿verdad, cariño?
— Ajá —admitió ella, divertida.
— De ahora en adelante, te ayudaré a hacerla feliz y tenerla satisfecha —sentenció—. ¿Algún problema?
— Para nada —respondí.
Don Alberto se despidió de Liliana a la antigua usanza, besándole el dorso de la mano antes de marcharse. Extasiada, mi esposa me mostró el bolso de lujo que él le había regalado y me dio las gracias por ser tan comprensivo y, acto seguido, me llevó a la cama para contarme todo lo que habían hecho y ponerme cachondo.
Aún cansada, mi abnegada esposa se afanó a describir cada caricia y beso que aquel señor le había prodigado, en un sinfín de secuencias eróticas y arrebatos de pasión que me arrastró al orgasmo pues, al mismo tiempo que alababa el pollón de don Alberto, Lili no había dejado de masturbarme.
Ahora él viene a casa cuando sabe que no estaré. Sin embargo, siempre descubro que se ha pasado por allí porque mi señora está súper excitada, deseando que le pregunte qué le ha regalado y lo que le han hecho después. Últimamente, también viene algunas noches si tiene un calentón y una buena excusa que proporcionarle a su mujer. Esas veces se lleva a Liliana a la cama nada más llegar y después suele quedarse a cenar.
Esté o no en casa, siempre les espío. Ver a mi mujer atestada de polla compensa sobradamente cada euro que gasté en las micro-cámaras que instalé en casa.
CONTINUARÁ…
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Gracias por leer este relato. Sus valoraciones y comentarios me animan a seguir escribiendo.
Referencias:
— Sedulous Boss, por Liliana0585, en LushStories.
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