El manitas y la barandilla de Silvia
Ella creía que solo necesitaba una barandilla reparada, pero él tenía otros planes para su estrés. Con cada herramienta que usa, Alberto desmonta no solo la madera, sino también las reservas de la severa enfermera, demostrándole quién manda en la cama con la misma firmeza con la que maneja el hierro.
Bienvenidos a El Manitas, una serie sobre las aventuras de un hombre atractivo y habilidoso con toda clase de herramienta:
1. El manitas – La cocina de mi tía.
2. La inspectora municipal y el manitas.
3. Yolanda tiene problemas con la puerta de atrás.
4. El vecino me desatascó el desagüe.
5. La Barandilla de Silvia.
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Gracias a mi trabajo conozco una gran variedad de personas. Aunque la mayoría de mis clientas son razonables e incluso amables conmigo, de tanto en tanto doy con alguna malavenida que rompe la norma. Y es que en todas partes hay personas felices, pero también las hay deprimidas o que se sienten solas. Por último estaría la que, simplemente, es imbécil, quisquillosa, tacaña, desconfiada, huraña e insoportable.
Silvia era todo eso…
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En cuanto hablé con ella por teléfono, me di cuenta de que tenerla como clienta supondría un desafío. Después de repetirle varias veces que no podía darle un presupuesto para reparar su barandilla sin antes inspeccionarla, finalmente cedió y aceptó concertar una cita; aunque como trabajaba por turnos, fue inflexible en cuanto a la hora. Tendría que estar allí muy temprano, aproximadamente a las siete de la mañana, cuando ella regresara a casa del hospital.
Así lo hice. Madrugué y aparqué en su puerta unos minutos antes de las siete, pero nadie contestó al llamar al timbre. Tras varios intentos sin obtener respuesta, rodeé la casa, abrí la puerta de la cerca y empecé a inspeccionar la terraza y la barandilla. Tomé algunas fotos y estaba tomando medidas cuando una voz estridente me atravesó los tímpanos.
— ¿Qué hace ahí? —chilló—. ¡Salga ahora mismo de mi propiedad!
Me giré y vi a una rubia bajita y furiosa. Tenía las manos en las caderas, estaba despeinada y sus ojos destilaban ira. Visiblemente impaciente, golpeaba el suelo a toda velocidad con el talón derecho, su uniforme sanitario maltrecho tras una noche en vela.
— Buenos días —respondí con una sonrisa, tratando de ser amable—. Soy Alberto. Hablamos sobre las barandillas.
— Que yo recuerde, no le dije que pudiera husmear por mi jardín aunque no estuviera presente —me regañó.
— Bueno, dijiste que podía revisarla a partir de las siete, y son… —miré mi reloj— casi las siete y media. Tengo un día bastante ajetreado, así que pensé ir adelantando. Pero disculpa si te he molestado.
Me quedé de pie esperando su respuesta. Aprendí hace mucho cómo calmar las situaciones tensas y aguardé en silencio. Silvia comprobó su propio reloj y me miró contrariada un instante después. Su rostro se relajó, pero se cruzó de brazos; lo que hizo realzar su hermoso pecho.
— Bueno —resopló—. No esperaba llegar tan tarde.
— Entonces aceptamos nuestras disculpas —dije por los dos con una sonrisa—. En fin, las barandillas están podridas y hay que cambiarlas, pero el resto de la terraza está en buen estado. Aunque le vendría bien una impermeabilización y una mano de barniz.
— ¡No puedo permitirme una terraza nueva! —espetó a la primera oportunidad.
— De acuerdo, sí —asentí—. Sé que quiere un presupuesto ajustado, pero solo son unos tramos de barandilla.
— ¡Quiero que la arregle! ¡Ya se lo dije!
Sujeté la barandilla con la mano, tiré suavemente y una gran sección cayó al suelo con un golpe sordo.
— Me temo que necesita una barandilla nueva.
La señora se quedó boquiabierta, sus fosas nasales se dilataron y sus ojos se abrieron de par en par.
— ¡Imbécil! —gritó—. ¡La has destrozado!
— Al contrario. Te he ahorrado el coste de desmontarla —repliqué con sorna—. Aunque seas una mujercita delgada y bonita, si te hubieses apoyado, te habrías caído abajo.
Ahora la terca clienta parecía más consternada por que la hubiese piropeado que por la barandilla podrida. De todos modos, me moví un paso y otra sección se desprendió con un ligero tirón.
— ¿Con qué te gustaría reemplazarla, Silvia? —pregunté tuteándola—. ¿Algo parecido? ¿O tienes otra cosa en mente?
— ¡Yo... yo no...! —balbuceó.
— Bueno, te diré una cosa —ofrecí—. Sanearé el resto y lo cargaré en mi camioneta. Mientras lo hago, piensa qué te gustaría poner y luego te doy un presupuesto aproximado, ¿de acuerdo? Te trataré lo mejor posible —comenté mirándola de arriba abajo con buenos ojos—, me has caído bien.
Indignada por mi descaro, se dio la vuelta sin decir palabra y entró en la casa, cerrando de un portazo y dejándome solo en el jardín. Me pregunté dónde demonios guardaría aquel mal genio con lo bajita que era, y no pude dejar de sonreír imaginando la respuesta.
Luego saqué una palanca de mi camioneta y desmonté las barandillas podridas. Las cargué y en su lugar puse varias cintas a franjas blancas y rojas para señalar el peligro de caída. Tomé algunas medidas más e hice algunos cálculos antes de llamar a la puerta. Al cabo, se abrió unos centímetros y Silvia asomó la cabeza.
— Aún no lo he decidido, ya le aviso —dijo antes de cerrar la puerta y echar el cerrojo.
Me había dejado con la boca, pero me encogí de hombros y me despedí alzando la voz.
— ¡Tómate el tiempo que necesites! ¡Ciao!
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Tiempo después, mi teléfono vibró justo cuando estaba saliendo de mi trabajo principal, pues lo de hacer de manitas es una actividad secundaria para ocupar las tardes y fines de semana y sacar algo de dinero extra. Saqué del bolsillo el aparato y contesté.
— Buenos días, dígame.
— Hola, Alberto. Soy Silvia.
Hube de pensar un momento antes de recordar de quién se trataba.
— Ah, hola, Silvia. ¿Cómo estás?
— Bien, gracias —contestó risueña—. He estado dándole vueltas a lo de la barandilla y me gustaría hablar contigo. ¿Puedes pasarte?
¿Acaso no era la misma persona? Esa alegre y emocionada Silvia no se parecía en nada a la gruñona con quien discutí dos semanas atrás.
— Claro, puedo pasarme mañana.
— No, no, me refiero a hoy, ahora.
— Bueno, estoy saliendo de trabajar ahora mismo. Pero puedo pasarme más tarde, sobre las seis.
— Imposible, a esa hora me va fatal, trabajo en el turno de noche y estaré durmiendo. Es ahora cuando tengo tiempo.
— Lo siento, pero ahora mismo no puedo. Puedo pasarme a las seis, o mañana por la mañana si quieres —ofrecí.
— De acuerdo —espetó—. Mañana a las siete —y la conversación terminó tan bruscamente como empezó.
El sábado a las siete de la mañana toqué el timbre y Silvia me abrió enseguida, con los mismos pantalones y la misma camisa gris de la última vez.
— Buenos días —sonreí.
— La quiero igual que estaba antes de que la rompiera —dijo sin más.
— ¿Vieja y podrida? —bromeé.
— Ogh, qué gracioso —dijo con sarcasmo—. Me refiero al mismo estilo, pero a juego con las molduras.
— Bueno, entonces: mismo diseño, misma altura, pero diferente color.
Suspiró poniendo los ojos en blanco.
— Sí, eso he dicho.
— Perfecto —dije—, solo quiero asegurarme de que entendemos lo mismo.
— No creo que sea tan complicado —rezongó—. ¿Cuándo estará listo?
— Podría hacerlo este fin de semana.
— Trabajo de noches. No puedes hacer ruido mientras intento descansar.
— En un par de semanas tendré un día libre, ¿te viene bien?
— ¡Y tener eso así hasta entonces! ¡Los idiotas de mis vecinos se quedan mirando como si se me cayera la casa a pedazos! —clamó cada vez más enojada— ¡Si por lo menos no lo hubiese roto…!
Me encogí de hombros.
— Tú decides. Este fin de semana o en dos semanas. A menos que prefieras que lo haga otra persona.
Disgustada, la mujer se cruzó de brazos de ese modo tan sexy en que solía hacerlo, ensalzando su hermoso escote.
— Está bien, venga mañana —cedió al fin con resignación—. Pero más le vale no despertarme. ¡Y no me rompa las plantas!
— No lo haré —le aseguré.
Cerró la puerta y echó el cerrojo tan malhumorada como siempre.
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Al tratarse de un trabajo en el exterior, me organicé y fui a trabajar en la barandilla el viernes por la tarde. Para cuando anocheció, además de haber saneado todo a conciencia, había medido y marcado los nuevos tramos de barandilla.
El sábado por la mañana volví, usando herramientas manuales en lugar de eléctricas para minimizar el ruido. Tardé más tiempo, pero la barandilla estaba instalada y con la imprimación puesta al mediodía. Por supuesto, me aseguré de que las plantas volvieran a estar en el mismo sitio que antes. Estaba limpiando cuando se abrió la puerta del patio y Silvia salió vestida con una bata colorida y llevando una taza de café en la mano.
— ¡Qué demonios haces! —preguntó escandalizada—. ¡La quiero blanca, idiota, no color madera!
Me reí entre dientes y le dediqué una sonrisa.
— ¿Ese café es para mí? —bromeé tomando la taza de sus manos antes de que atinase a reaccionar.
— ¡¿Eh?! —protestó con una mueca de indignación.
— Bonita bata —comenté tras un sorbo de café, contemplando con interés el nacimiento de sus pechos—. Muy colorida. Te sienta bien.
Bajó la mirada, cerró su amplio escote y luego volvió a mirarme.
— ¡La barandilla! —inquirió— ¿Por qué no es blanca?
— Es una imprimación para proteger la madera contra la humedad —expliqué de forma banal, devolviéndole su café con una sonrisa— Una vez que se seque, la pintaré como dijiste, igual que la moldura.
— Ah, vale.
— ¿Has podido dormir? —quise saber.
— Sí, supongo…
— No me digas que te he despertado.
— No, que va —respondió cogiéndome del brazo—. Es que últimamente estoy de los nervios. La aprovechada de mi jefa lleva meses poniéndome en el turno de noches; el imbécil de mi novio se largó porque estoy insoportable, y ahora la barandilla…
La verdad era que, sorbiendo su café con el pelo recogido y aquella bata que dejaba sus piernas a la vista, Silvia se veía increíblemente sexy. Sus piernas firmes, sumadas a la voluptuosidad de sus caderas, causaron efecto en mí. En un santiamén noté la incipiente hinchazón bajo mis pantalones y el deseo comenzó a nublarme el pensamiento.
— Deberías aliviar todo ese estrés —sugerí tomando su mano y llevándola a mi entrepierna—, y casualmente yo puedo ayudarte.
La mujer me miró con estupor, paralizada, muda. De modo que sonreí y la ayudé a recorrer mi recia envergadura mientras la miraba fijamente desde arriba, quieto, expectante, aguardando a a saber si consideraba mi oferta.
— Claro, ¿por qué no? —comentó tras rehacerse, todavía enojada—. Pero que sea un buen polvo.
Le cedí el paso y la seguí adentro, sacándome las botas de mala manera y dejándolas fuera. Mientras dejaba la taza en el fregadero, me coloqué detrás y al tiempo que amasaba sus pechos con ambas manos la besé en el cuello para hacerla jadear de gusto. Por su parte, y a pesar de encontrarse de espaldas, la mujercita logró deslizar una mano bajo la cintura de mis jeans y se apoderó de mi hombría con seguridad y fervor.
Sin embargo, cuando quise echar mano a su sexo, Silvia se revolvió. Se mordía la comisura de la boca mientras meneaba arriba y abajo el grueso cilindro que sus deditos apenas si alcanzaban a envolver. Luego la seguía al dormitorio. Allí se sentó en el borde de la cama y tiró de mí hasta tenerme entre sus piernas.
— Veamos qué tienes aquí —dijo apresurándose a desabrochar mi cinturón.
Me quité la camiseta en tanto ella desabotonaba uno a uno los botones de mis jeans. Entusiasmado, observé como sus gráciles dedos se desenvolvían a las mil maravillas con mi ropa. Así que solo la retuve un segundo para quitarme los vaqueros antes de ponerme de pie con la polla delante de sus narices, más tiesa que nunca.
Alarmada, sobrecogida, impresionada, Silvia me contempló como si fuese su Dios.
— ¡Mierda! ¡Menudo pollón!
— Pues es justo lo que necesitas, encanto —dije tomándola por la barbilla antes de inclinarme para besarla ardientemente.
Intentando contener mi ímpetu, me subí a la cama, me acosté boca arriba y puse una pierna a cada lado mientras ella se giraba para mirarme; sin soltar nunca mi miembro, bombeando pausadamente como si quisiera que se hinchase más todavía.
— Sube —la invité.
Se puso a gatas y se sentó a horcajadas sobre mí, sin apartar la vista ni la mano de mi miembro erecto. Su bata se abrió al separar las piernas, revelando unos pechos bonitos, apetecibles, de tamaño mediano; amén del vello rubio sobre los inflamados labios de su sexo. Agarró mi pollón, como ella misma lo había llamado y, mientras se agachaba, lo frotó sobre su ávido y húmedo coño antes de guiarlo hacia dentro, soltando un gemido desgarrador a medida que mi glande se abría paso entre sus pliegues.
— ¡Joder, qué gorda es! —siseó haciendo una pausa, visiblemente apurada.
— Demasiado para tu coñito, ¿eh, pequeñaja? —repliqué con malicia—. Se nota que no te han follado últimamente. Menos mal que estás chorreando…
— ¡Cabrón! —comentó apretando los dientes, escurriéndose más.
En respuesta, empujé las caderas hacia arriba sin previo aviso y la alcé en vilo.
— ¡¡¡JODER!!!
— Justo lo que necesitas —afirmé entre dientes, con sorna—. Por eso no te van las cosas fáciles, ni por las buenas. Por eso eres así, tan borde con todo el mundo, porque hace demasiado tiempo que nadie te jode bien —y arremetí con fuerza una vez más—. Pero estás de suerte, Silvia. Se me da genial. Ya estás viendo…
— ¡Ogh! —jadeó a horcajadas sobre mí con el siguiente envite, y toda mi polla dentro de ella.
Me deslicé hacia afuera, empeorando aún más su consternación, y la mantuve así, pendiente de mi nuevo arreón. Sin embargo, lo que hice fue obligarla a sentarse, a contonearse conmigo dentro, atestada de polla hasta las orejas.
— Cabrón…—repitió a punto de alcanzar el orgasmo con solo tres penetraciones.
— Eso es. Córrete, perrita —dije mientras ahuecaba las palmas de las manos bajo sus pechos—. Libera el estrés. Deja escapar la furia que llevas dentro.
Sus pezones se sentían firmes y duros entre las yemas de mis dedos. Mientras le acariciaba las tetas, Silvia comenzó a sacudir las caderas. Se inclinó hacia adelante y puso las manos sobre mi pecho, meciéndose adelante y atrás. Su apretado coñito se acostumbró muy pronto al grosor y la longitud de mi verga, y Silvia se conmovió hasta las entrañas. Levanté la cabeza para chupar uno de sus pezones, sucionándolos mientras la oía jadear y temblar de gusto.
— Eso es, pequeña —supliqué—. Córrete para mí…, disfruta de mi polla.
Al alcanzar el orgasmo, la rubia empezó a convulsionar y agitarse sin control, clavándome en el torso unas uñas como alfileres; jadeando y respirando hondo al atravesar la oleada culminante; quedando exhausta, agotada y sin fuerzas después; jadeante con la frente sudorosa sobre mi pecho y relajándose poco a poco.
— Tampoco era para tanto —rezongó con suficiencia instantes después.
Rencoroso, la empujé hacia un lado y la eché boca abajo. Caí sobre ella como un asesino, por la espalda, a traición, hundiendo en ella sin miramientos mi grueso miembro viril. La pobre se sobresaltó y abrió los ojos de par en par, jadeando cuando la punta se estrelló de nuevo contra su cérvix.
— ¡¡¡OGH!!!
— Te vas a enterar tú ahora —gruñí al tiempo que la agarraba y tiraba del cabello.
Inmovilizaba bajo el peso de mi cuerpo, la sometí a mi voluntad; balanceé las caderas para penetrarla a conciencia, enérgicamente, abriéndome paso en sus entrañas y colmándola por completo hasta que, finalmente, logre que la arpía permaneciese quieta, dócil, absorbiendo la devastadora cantidad de placer que la estremecía de pies a cabeza.
La atraje hacia atrás para que quedara a cuatro patas, pero hube de sujetarla pues apenas se sostenía. Con mi miembro hinchado al máximo, seguí arremetiendo severamente, sin asomo de compasión. Deslicé la mano por su espalda, hacia abajo. Luego rodeé su cintura en pos de su clítoris, que hallé y froté con brío.
Otro gemido fuerte salió de sus labios cuando empezó a vibrar de nuevo, temblando violentamente al sentir como la acometía otro tremendo orgasmo. Poco a poco se fue deslizando hacia adelante hasta que se desplomó sobre el colchón, jadeando mientras la desolación cedía y parte de mi miembro se deslizaba hacia afuera.
Continué más lentamente, entrando y saliendo a placer, disfrutando de la sensación caliente y pringosa mientras aquella leona yacía despatarrada y ronroneante bajo mi cuerpo, conteniendo las ganas y el instinto de embestir con contundencia para hacerlo suavemente y con mimo. Aunque una vez que su respiración se calmó, empujé más profundo, rodeé su cintura con mi brazo y la coloqué.
— ¡Dios mío! —sollozó.
Le sujeté de la mandíbula, le dije al oído lo bien que me lo estaba pasando y la besé con pasión. Entonces la muñeca rubia se revolvió, envolvió mi cuello con sus brazos y se abrazó a mí como si le fuese la vida en ello. Lenguas y sexos nos conectaban de forma simultánea y, tras otro furioso delirio de la pequeña campeona, puse sus piernas sobre mis hombros con mi polla clavada en ella hasta la raíz.
— ¡Joder —clamó—, se siente enorme!
Manteniéndola flexionada, embestí y embestí hasta que explotó en un clímax fluido, a chorros, con los ojos en blanco y la boca abierta mientras temblaba violentamente, recorrida por una nueva sucesión de orgasmos que no parecía tener fin.
— Eso es, preciosa —la animé mientras luchaba por contener el semen en mis testículos.
Pero la mujer de repente se quedó floja, aturdida, con la cabeza apoyada en la cama y los ojos cerrados. Me incliné y la miré más de cerca, dándome cuenta de que se había desmayado. Le di unos golpecitos suaves en la cara.
— Silvia... ¿Estás bien? ¿Silvia?
Hasta que por fin respiró hondo, abrió los ojos e intentó comprender qué había ocurrido.
— ¿Qué demonios ha sido eso? —preguntó mientras volvía en sí. Me reí y le limpié la saliva de la comisura de la boca.
— Lo que necesitabas —respondí.
— ¡Oh, Dios! Nunca me había pasado esto —admitió después de todo.
Mientras masajeaba los lugares adecuados, moví las caderas y la penetré de nuevo, provocando en ella una inquietud instantánea. Sollozó con desasosiego y levantó ambas manos.
— No... No puedo más —suplicó—. Un momento, por favor.
Me incorporé ligeramente y mi polla saltó fuera de ella, dejándola tranquila. Lo malo era que tenía la polla para reventar y me dolían las pelotas por la necesidad de vaciarme.
— ¿Te corriste dentro? —musitó.
— No. Mira —aseguré poniendo su mano sobre mi miembro para que se cerciorase de lo duro y palpitante que estaba todavía.
— ¡Madre mía! —suspiró.
— De todas formas, quédate tranquila. Me operaron hace tiempo —la informé—. No vas a quedarte embarazada.
— Oh.
Me arrodillé cerca de su hombro, con mi resplandeciente polla rozando sus labios al acomodarme a su lado. Mientras su mano bombeaba lentamente mi miembro, su lengua se deslizó fuera de la boca y lamió una gotita que se había formado en la punta.
— Ummm —musitó con deleite.
— ¡¡¡OOOGH!!! —clamé yo al instante.
Bramé como un oso malherido antes de explotar y regar de semen su rostro, y es que aunque su boca abierta anhelaba atraparlo, los primeros chorros salieron con tanta presión que salpicaron su mejilla y más allá. Sin embargo, su mano continuó sacudiendo mi miembro y los siguientes lanzamientos fueron a parar uno tras otro entre los ansiosos labios de la rubia.
Silvia sonrió de una forma increíblemente sexy mientras lamía arriba y abajo. Era meticulosa, y cuando acabó conmigo volvía estar limpio de cualquier rastro.
— Me tiemblan las piernas y dentro de un rato tengo que volver al hospital —anunció con desolación.
— Pues llama a esa jefa insoportable y tómate el día libre —sugerí—. Así podría completar tú tratamiento y terminar mañana la barandilla.
Silvia se rio al limpiarse el semen de la cara.
— Joder, me has puesto perdida.
— Lo siento —me excusé—. La siguiente la pondré aquí —dije deslizando la mano sobre su vientre, provocándole una risita nerviosa.
— Un momento, campeón —sonrió—. Antes haré esa llamada.
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Al final no pinté la dichosa barandilla hasta el domingo por la tarde, pero una vez terminada, llamé a Silvia y le pedí que saliese a la terraza a inspeccionar el resultado.
— ¿Qué te parece?
— ¡Me encanta! Es justo lo que quería —me elogió—. Se ve mucho mejor.
— Y más fuerte —añadí—. Empújala.
Puso las manos en la barandilla y se inclinó a sujetarla con ambas manos mientras yo me colocaba detrás de ella.
— ¡Firme, sí!
Metí una mano bajo su camiseta para ahuecar su pecho desnudo, mientras deslizaba la otra bajo la parte delantera de sus pantalones cortos.
— Veamos qué tan fuerte es realmente —le susurré al oído—. Mantén las manos en la barandilla.
Inclinada hacia adelante, le bajé los pantalones a medio muslo, atraje su trasero hacia mí y, un segundo después, mi polla se deslizaba dentro de su sexo. Empecé a follarla a la vez que metía una mano por delante y frotaba su clítoris. No obstante, en vez de empujar la barandilla, Silvia se echó hacia atrás, contra mí. Su sexo estrujó mi verga una vez más, contrarrestando mis embestidas y arrastrándome al clímax sin remedio, llevándome al límite y haciendo que me vaciase dentro de ella, arremetiendo profundamente y poniendo a prueba su propia entereza y la de la barandilla.
— ¡Joder! —clamó por enésima vez— ¡Follas de maravilla!
— Me alegra que digas eso —respondí—. Las clientas exigentes lográis que sea cada vez mejor en mi trabajo.
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Gracias por leer este relato. Sus valoraciones y comentarios me animan a seguir escribiendo.
Referencias:
— Side Jobs - Sylvia’s Railing, de 1meanjean, en Lushstories.
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