Intercambio entre hermanas - completo (cap. 01)
Marta cree tener el control total de la situación, pero Ana no es la víctima inocente que aparenta. Cuando el deseo de venganza se cruza con una fantasía de años, la línea entre el castigo y el placer se desdibuja en la oscuridad de la casa.
EL COMIENZO DE TODO
FRAN
El día en que mi mujer, Marta, me dijo que quería que me follara a su hermana, el corazón se me paró durante varios segundos.
Ya sé que la frase suena bastante grosera, pero es que mi mujer es muy mal hablada cuando se enfada, y solo cito sus palabras de forma literal: «Estoy harta de Ana, es una engreída y una traidora, necesita un correctivo que no olvide en su vida. Tienes que seducirla y follártela hasta que se cuelgue tanto de ti que no pueda vivir sin tenerte. Entonces le diremos que solo era un juego y nos reiremos en su puta cara. Será una lección que no olvidará mientras viva».
Aunque no podía imaginarlo, ese día mi vida estaba dando un vuelco y comenzaba a quedar patas arriba.
«Nuestra» vida, incluida la de Ana, para ser exactos.
*
—Hay que darle un escarmiento —repetía iracunda—, pero no un escarmiento cualquiera. Tiene que ser una humillación que no olvide jamás.
Estábamos tumbados sobre la cama, aunque sobre la colcha y aún vestidos de calle.
—Vale, cariño —le decía yo, intentando calmarla—. Pero no grites, por favor, que Ana está en una de las habitaciones de invitados y puede oírte.
En realidad, la habitación de invitados estaba a tanta distancia de la nuestra en el enorme piso en el que vivíamos, que había que hablar a gritos para que su hermana nos pudiera oír desde ella. No obstante, a medida que Marta se realimentaba con sus propios comentarios, tenía la sensación de que llegaría a gritar histérica si no conseguía apaciguarla. Y que nos oiría no solo Ana, sino toda la vecindad.
—Ya, ¡perfecto! —me echó en cara—. ¿Y quién es el responsable de que esté en la habitación de invitados en lugar de en la residencia de estudiantes? Es por tu culpa, so bobo, que eres el buenazo de la familia. ¿A quién se le ocurre sugerir que podía quedarse en nuestra casa mientras estudia las oposiciones en Madrid? ¡Ja… qué bien! Mi padre soltando la pasta… la nuestra, de las dos, que lo sepas…, y ella viviendo de la sopa boba de su hermanita Marta y del tonto de su cuñado.
Marta tenía las venas del cuello hinchadas y temí que se le fueran a reventar.
—Vale, cielo, de veras que lo siento… ¿Pero por qué no te tomas un calmante? Te va a dar algo ¿Se puede saber qué ha pasado?
—No importa lo que ha pasado, ya te lo contaré más despacio otro día, es una historia muy larga —replicó—. Lo que importa es lo que va a pasar.
—Joder, Marta, relaja…
Se quedó pensando. Podía sentir que la cabeza le bullía como una máquina de relojería. Estaba a punto de soltar una de sus ideas extravagantes y yo temía que me iba a tocar de lleno. No me equivoqué.
—Mira, tengo un plan —me tomó la cara con las dos manos y me miró fijamente—. Y no me digas que estoy loca y que estoy improvisando. Este plan lo he ido madurando durante la Semana Santa. Y en él tú eres una parte fundamental. Te necesito como nunca te he necesitado antes.
—¿Plan…? ¿Qué plan…? —pregunté timorato. Lo que había sospechado se iba revelando por momentos. Y sus siguientes palabras casi me provocan un infarto.
—Quiero que la seduzcas, que te la folles…
Tragué saliva y no dije nada. Lo había temido desde que comenzó a hablar en cuanto llegamos a casa desde la estación del AVE y nos quedamos a solas: mi mujer se había vuelto loca.
—Tienes que follártela, Fran… —repitió—. Pero no un polvo cualquiera. Ni tampoco un par o tres de folleteos. Nada de eso. Tienes que follártela bien, seducirla, hacer que se cuelgue de ti.
Yo abría los ojos alucinado y seguía escuchando sin poder liberar mi cara de entre sus manos.
—Y, cuando esté colgada, la dejarás tirada como a una puta. Le diremos la verdad, que todo era un juego, y nos reiremos de ella en su cara. Le daremos la lección de su vida.
Veamos, pensaba, no es que no me gustara la idea. Ana, mi cuñada, a sus veinticuatro años era un bombón de libro. Algo más alta que MARTA: alrededor del 1,70; melena rubia natural; ojos de un azul oscuro que brillaban cuando estaba excitada o, simplemente, feliz; un tipo a la altura de una modelo de pasarela y, en fin, unas piernas largas y torneadas. Sin embargo, lo que más provocaba en ella era su boca, con unos labios carnosos y sonrosados que se abrían por completo cuando mostraba su sonrisa blanca y abierta. Una sonrisa que podía matar al hombre a quien se la dedicara.
En realidad, las dos hermanas se habían parecido siempre bastante, aunque Marta tenía un pelo más oscuro y le gustaba ondulárselo, mientras que Ana lo llevaba liso la mayor parte del tiempo. Por otro lado, siendo once años más joven que mi mujer, la chica era más que apetecible para cualquier tío que no fuera ciego. Sin querer exagerar, puedo asegurar que hasta las piedras se levantaban cuando mi cuñada pasaba por su lado.
Y, si digo que era apetecible para cualquiera, puedo afirmar que lo era también para mí. Aunque la conocía desde que era una niña y jamás me había permitido a mí mismo mirarla con otros ojos que no fueran los de un hermano.
En su histerismo por el enfado, que a saber cómo y por qué se había producido, Marta decía que el plan estaba maduro. Pero yo veía dos impedimentos principales para creer que aquella locura —la palabra exacta era «gilipollez»— pudiera llevarse a buen término.
La primera era que había que ser muy, pero que muy «macho», para llevarse a aquel bombón a la cama. Y yo, en mis picos altos de autoestima, ni soñaba con llegarle a la sombra de los taconazos que le gustaba vestir a Ana cuando se arreglaba para salir de marcha.
La segunda, y más importante, que Ana tenía novio desde hacía algún tiempo. El novio era un tal Joan, y aunque solo lo había visto en fotos, se le veía grande como un oso y bastante mal encarado. El tipo daba miedo solo con pensar en tener que enfrentarse con él por un ataque de cuernos.
Yo aún no había mencionado ni el primero de los puntos a Marta, y ella ya parecía tener las respuestas preparadas. Y a medida que hablaba, comprendía con terror creciente que se estaba tomando aquello totalmente en serio.
—A ver, Fran, que no digo que ligarse a un pibón como mi hermana, que lo es, vaya a ser fácil —explicaba para convencerme. Sus gestos eran abruptos por la mala leche que traía encima desde la vuelta de su viaje a Barcelona aquella misma mañana—. Lo que pasa es que tú no vas a estar solo en esto.
—¿Ah, no…? —dije con ironía—. Gracias, cariño, ahora me dejas más tranquilo…
—No… —sonrió con malicia—. No estarás solo… Yo voy a trabajar en la sombra para que lo consigas.
—Vaya, eso es una ventaja… —ironicé de nuevo—. Joder, ya te digo… Pero Marta, ¿¡estás loca!? ¡Que si se me ocurre acercarme a menos de un metro de ella, tu cuñado me va a matar a hostias!
Marta sonrió con suficiencia.
—¿Joan? Ni de coña, cielo… Joan no va a darle una hostia a nadie… —me tranquilizó—. No te preocupes, amor, ese tío no le va a durar a Ana ni un trimestre. Mi hermana me ha confesado que está a punto de romper con él. Además, Joan estará en Barcelona mientras ella estudia aquí en Madrid. Solo vendrá a verla un fin de semana de vez en cuando, como mucho.
He de confesar que aquello le quitaba hierro al asunto, pero seguía creyendo que la rayada de Marta era una completa locura, y no sabía cómo convencerla de ello en su estado de excitación. Aun así, pensé que si le seguía la corriente y le daba la razón en todo, al día siguiente se le habría olvidado. Marta no era rencorosa y solía comportarse como la gaseosa ante grandes disgustos familiares. En cuanto el gas se va, la gaseosa es solo agua con azúcar y no es peligrosa. Y así era ella. Apostaba doble contra sencillo a que al día siguiente me diría que era la mejor persona del mundo, enternecida por cualquier bobada que le hubiera regalado su hermana menor.
—Vale, cielo, lo que tú digas… —le dije con una caricia—. Pero ahora es mejor que durmamos, mañana es un lunes de curro, al menos para ti, y te espera una larga semana en el despacho. Ya lo hablaremos con más calma.
Era un punto y final. Sabía que en cuanto le mencionara el estrés del trabajo que le esperaba a partir del día siguiente en la consultora multinacional en que trabajaba como abogada, se le pasarían las ganas de discutir. Odiaba aquel trabajo porque la esclavizaba doce horas al día, pero el enorme salario que recibía a cambio le endulzaba las penas y no terminaba de decidirse a cambiarlo por algo más ligero.
—¡Hecho! —sonrió, triunfal.
Me miré la entrepierna y, al ver el bulto y notar que Marta se había apaciguado lo suficiente, me atreví a pedirle guerra.
—¿Quieres que echemos uno rapidito antes de dormir? —le dije con un piquito—. Ya sabes que los líos de familia me ponen a más de cien….
—Uff… Fran… estoy molida —replicó—. El viaje desde Barcelona, los nervios… ya sabes… ¿Te vale con una mamada?
Me quité los pantalones del pijama de un tirón y estiré mi pene para que ella lo cogiera con la mano.
—Vale, amor, tú sí que sabes hacerme feliz...
Sonrió pícara y se agachó atrapando mi miembro con sus labios.
*
Cuando desperté por la mañana, Marta ya había salido hacia su trabajo. Me había dejado una nota explicando que había tenido que madrugar una hora más de lo normal, pero que nos veríamos por la noche y cenaríamos juntos.
Me sentí decepcionado. Había pasado parte de la noche sin dormir a causa de la curiosidad que sentía por saber qué había ocurrido entre las hermanas Ortega, herederas de una fortuna familiar más que notable. Su padre, rico terrateniente catalán dueño de una de las bodegas de cava más importantes del país, había amasado un capital que en algún momento les legaría a ellas, al ser las únicas hijas del ricachón.
Supuse que serían bobadas a las que Marta les estaba otorgando mayor importancia de la que merecían. Tal vez por el sofocón que, por alguna razón, se había llevado durante la Semana Santa en la casa familiar de Barcelona.
Aquella mañana de lunes yo libraba del trabajo. Había realizado la semana anterior una guardia de más en la clínica de fertilidad en la que trabajaba y me debían un día. Después de darme una rápida ducha salí de la habitación y me dirigí a la cocina para desayunar. En el pasillo, que daba una vuelta casi completa a la casa, me encontré con Ana. Mi cuñada se había vestido con ropa juvenil —vaqueros, deportivas y blusa a cuadros bajo una parka ligera— y se dirigía hacia la salida de la casa.
—Hola, Fran —me saludó con su amplia sonrisa.
—Hola, Ana… Te vas muy pronto… —repuse—. ¿Ya empiezas las clases?
—Eh… no… en realidad hoy solo voy a hacer el papeleo de la matrícula. No empezaremos hasta dentro de un par de días o así. No lo tengo claro, a ver qué me dicen…
—Ah, vale… —repliqué—. Pues nada, que te vaya bien… Ya me quedo yo al cuidado de la fortaleza.
—¿Te quedas solo? —se interesó—. ¿Marta ya se ha ido?
—Sí… parece que hoy tenía agobio en la oficina… —respondí—. Y yo tengo día libre. Así que voy a vaguear un poco, que no me vendrá mal.
Mi cuñada sonrió, simpática.
—Pues nada, que pases un buen día… —me deseó y se giró para dirigirse hacia el recibidor. De pronto, se detuvo y se volvió hacia mí—. Por cierto, ya sé que te lo he dicho más veces, pero esta casa me sigue pareciendo una pasada… Es tan grande y tan bonita…
—Eh… Pues sí… sí que lo es…
—Y… gracias, por cierto… Si no hubiera sido por ti, Marta no habría accedido a que me quedara a vivir con vosotros.
—No le hagas caso… —quité hierro al asunto con un manotazo—. Ya sabes cómo es tu querida hermana… pero seguro que ya se le ha pasado el enfado… Marta te quiere como una madre, más que como una hermana.
—Lo sé… Y espero que lleves razón y se le haya pasado el berrinche. Bueno, me voy, hasta la tarde. No creo que coma en casa. Lo digo por si vas a cocinar algo… mejor que no hagas mucha comida o te sobrará.
—No pasa nada —dije—. Sí que pensaba cocinar para mí, pero haré de más y lo cenamos a la noche los tres juntos. Hasta luego… pásatelo bien…
Cuando Ana salió por la puerta, miré hacia el fondo del pasillo y consideré que, en efecto, aquella casa era una pasada. Aunque, cuando estaba solo como en aquel momento, la sensación de vacío se hacía un tanto insoportable. Ese era el lado malo de nuestro hogar, si es que podía decirse algo negativo de la lujosa vivienda.
La casa —la apodábamos el «casoplón» en clave de broma— era un legado de mi abuela paterna y era el piso más espacioso de una comunidad de renta antigua de doce vecinos que había sido propiedad de su padre, mi bisabuelo. Me sentía agradecido y afortunado a partes iguales porque la vivienda estaba, además, situada en el centro de Madrid, donde cualquier apartamento de cincuenta metros cuadrados costaba una fortuna.
El casoplón, de techos super altos como se construían los pisos cien años atrás, constaba de una cocina inmensa, dos salones de tamaños diferentes y ocho habitaciones, cada una de ellas con baño propio. Aparte de un despacho y un vestidor doble, uno para mi mujer y otro para mí. Era como un pequeño hotel, en realidad, y por ello teníamos que soportar que familiares y amigos de provincias nos pidieran alojamiento de vez en cuando si venían de paso por Madrid.
Era por eso que no entendía que Marta se hubiera molestado porque yo hubiera ofrecido a Ana quedarse en nuestra casa mientras estudiaba las oposiciones para las que se había trasladado desde Barcelona a la capital.
Cierto era que mi mujer le había reservado una habitación con baño propio en un colegio mayor anejo a la Universidad Complutense. Pero yo había visto aquel cuartucho y no tenía nada que ver con la habitación de treinta metros cuadrados que le habíamos cedido gracias a mi insistencia. Y, mientras que en la residencia tenía que compartir aquel cuchitril con otras dos compañeras, en nuestra casa disponía de la habitación para ella sola. Un lugar mucho mejor para dedicarse a estudiar, dónde iba a parar.
*
Tuve que esperar tres días hasta conseguir que Marta se aviniera a explicarme el inconveniente que había provocado su disgusto a la vuelta de las vacaciones de Semana Santa. Y, aunque pensaba que se le había quitado de la cabeza el loco plan para seducir a Ana, comprobé que no solo no era así, sino que lo mantenía sin cambiar una sola coma.
Aquella semana de fiestas, mi mujer había tomado vacaciones en el despacho y se había desplazado a Barcelona para compartir con su familia las celebraciones y, de paso, ayudar a su hermana a preparar el equipaje que necesitaría durante su estancia en Madrid. Ana iba a estudiar unas oposiciones algo complejas y el tiempo medio para aprobar era superior a dos años. Eso convertía el equipaje de Ana en un sinfín de maletas, bolsos y un largo etcétera cuya preparación les había costado «un esfuerzo inimaginable», según sus propias palabras.
Pero no todo había sido un camino de rosas durante aquel viaje. Según Marta, durante su estancia en la casa familiar de uno de los mejores barrios de Barcelona, el tema de la herencia de la fortuna del padre había salido a la palestra. Y, según sus propias palabras, había descubierto que su hermana había estado maniobrando a sus espaldas en connivencia con la mujer de su padre, casado en segundas nupcias tras la muerte de la madre de ambas.
—¿No lo entiendes? —decía Marta—. Su objetivo es que mi padre me saque del testamento. Se ha aliado con esa bruja para dividirse entre las dos mi parte de la herencia. Han estado elucubrando como harpías aprovechando que yo falto de la casa desde que me casé contigo, y mi padre se ha tragado el anzuelo. ¡Estoy casi fuera! Solo un milagro podrá evitar que me quede sin nada…
—Espera… no te embales, por favor… —la detuve—. Pero eso es imposible… En la ley española no se puede desheredar a un hijo de la parte «legítima» de la herencia salvo en casos extremos. Tú eres abogada, debes saberlo…
—No, no es así… —gimoteó—. La ley española no cuenta en Cataluña. Allí existe una ley de herencias autonómica y el legador puede desheredar a quien le dé la gana sin dar explicaciones.
—Vaya, no puedo creerlo… ¿Estás segura?
—Sí… joder…
La abracé y estuvo sollozando bajito sobre mi hombro. Estábamos recostados sobre la cama y, al sentirla tan cerca, mi perenne erección de cuando estaba a su lado pareció renacer. Preferí pensar en otra cosa para reducirla, en aquellas condiciones Marta podría mandarme a la mierda si me insinuaba. Y lo haría con razón.
Pensé en la familia de Marta y en Ana. Conocía a mi mujer desde hacía doce años, y a Ana desde unos diez. Por aquella época, mi mujer ya pasaba de la veintena —ella y yo teníamos casi la misma edad—, mientras que Ana era una renacuaja de catorce.
Debo decir que si me detenía a pensar en mi cuñada a lo largo de los años en que la había tratado, no podía resaltar nada malo de ella. Ana era cariñosa, amable, generosa… Lo había sido de niña y, al llegar a la adolescencia, no había cambiado un ápice. Quizá recordara un par de episodios de rebeldía juvenil, pero habían sido excepciones en una jovencita que en general no había dado grandes quebraderos de cabeza, ni a sus padres, ni a la misma Marta.
De hecho, al morir la madre de ambas cuando Ana contaba cuatro años, Marta había tomado el papel maternal y, más que una hermana, había sido para Ana una madre sustituta.
Su padre se había vuelto a casar con una mujer veinticinco años más joven que él. Carmen era su nombre. Y, en su caso, sí que guardaba recuerdos de una mujer que se comportaba como una «madrastra» de cuento, disputándole a las niñas el amor del padre. Ello, a pesar de que entre ella y yo había existido una aventura un tanto peculiar, aunque eso era otra historia. Que aquella mujer estuviera elucubrando para que el patriarca dejara a mi mujer sin blanca en el testamento, lo podía entender. Pero, que lo estuviera haciendo Ana apoyada en la «bruja», no había por donde cogerlo. Por más que lo pensaba, no llegaba a creerlo del todo.
Apunté en mi agenda mental profundizar en este tema cuando tuviera tiempo. Obtener datos, documentos, lo que fuera. Quizá podría encontrar pruebas que exculparan a Ana y que apuntaran a la mujer de su padre en exclusiva… Y que eso permitiera el retorno de la armonía entre las hermanas.
*
El sábado siguiente me levanté algo tarde, sobre las diez. Me aseé lo justo, me cambié el pijama por la ropa cómoda que utilizo para estar por casa y me dirigí hacia la cocina. Antes de llegar a la puerta, oí las risas de las dos hermanas y me quedé congelado. Aquellas no eran las risas de dos personas que estaban en una guerra como la que supuestamente libraban por aquellos días.
Tal vez ya se han reconciliado, pensé. ¿No era eso lo que deseaba? Quizá debería felicitarme porque mis esfuerzos para convencer a Marta habían dado resultado. Pero, en cuanto recordé los acontecimientos de la madrugada anterior, me dije que aquello era imposible. Pocas horas antes Marta sostenía lo contrario. No, estaba seguro, la guerra no se había acabado, al menos por parte de mi mujer.
Rememoré lo que había ocurrido sobre las seis de la mañana. A esa hora Marta me había despertado, ansiosa. Estaba ardiendo por dentro y me pidió que la hiciera lo que quisiera, pero que la apagara el fuego que sentía. En otras palabras, estaba cachonda como una perra. Mi mujer sabía cómo calentarme, así que, tras magrearme a su estilo, yo me encontraba tan caliente o más que ella.
Dispuesto a darle lo suyo, encendí la lámpara de mi mesilla y me incorporé para coger un preservativo. Marta entendió lo que iba a hacer y me detuvo. Lo que a continuación dijo, era la mejor noticia que me había dado en los últimos meses.
—Tranquilo, no cojas los condones… —suspiró, arqueando el cuello—. Pensaba contártelo y lo olvidé… Mmmm… He vuelto a tomar la píldora… A partir de ahora no necesitarás condón…. Nunca te gustó demasiado usarlo y ahora ya puedes olvidarlo. Que bien… ¿no?
Me extrañó sobremanera la noticia. Aunque solo fuera porque el médico le había dicho no hacía tanto tiempo que las hormonas de la píldora no le convenían por sus antecedentes de cáncer de mama. Pero, caliente como estaba, dejé correr el asunto.
Confirmé con una sonrisa lasciva que la noticia era de mi agrado y apagué la lámpara con un clic. Luego enfoqué todos mis sentidos en hacerla feliz… y de paso hacérmelo a mí mismo.
La follé duro, tal y como le gustaba cuando estaba super cachonda, como en ese momento. En medio de la follada me bajé hacia su coño y se lo lamí hasta que el flujo parecía hacer rizos sobre su vello púbico. Antes de dejar que se corriera, me subí sobre su cuerpo y, con la cabeza apoyada sobre dos almohadas, le follé la boca hasta que me pidió clemencia. Solo entonces volví a penetrarla y la dejé que se corriera, mientras con una mano le tapaba la boca y con la otra le tiraba del pelo para que su orgasmo se prolongara. Durante todo el tiempo no dejé de decirle palabras obscenas al oído.
Una vez relajados, nos separamos y aún respirábamos agitados cuando ella me susurró:
—Tengo una estrategia para que comiences mi plan de seducción de Ana.
—¿Una estrategia…? —musité con un suspiro—. Por dios, Marta, ¿tú te estás oyendo? ¿Aún no has olvidado el tema?
—¿Olvidarlo? —respondió airada—. Ni de coña. Esa puta niña me va a hacer perder un par de millones de euros, por lo menos. Era el futuro de nuestra familia, no lo olvides. El tuyo, el mío y el de los pequeñajos que vengan… Esto que vas a ayudarme a hacer es lo menos que se merece. De hecho, es una puta mierda para lo que deberíamos hacerle.
La conversación había durado unos minutos más, pero yo estaba reventado por la semana de trabajo y me había quedado dormido mientras ella seguía argumentando y destilando odio hacia su hermana.
*
EXTRACTO DEL DIARIO DE ANA
Hola, querido diario. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que te conté algo sobre mí, lo sé. Y sé que seguramente estarás enfadado conmigo. Muy enfadado. Y lo siento. Pero quiero aprovechar que tengo que darte una buena noticia para volver a contarte mis secretos, mis ilusiones, mis tristezas, como hacía cuando aún era una adolescente con la cara cubierta por el acné.
La buena noticia de la que hablo tiene que ver con Fran, el marido de mi hermana. ¿Lo recuerdas? Bueno, la última vez que te conté algo sobre él, Marta y Fran solo eran novios. Luego se casaron. Fue una boda muy bonita. Y, ya te lo comenté, la noche de la boda me la pasé sin dormir, llorando como una magdalena porque Fran ya no podría ser mío. A partir de ese día, él le pertenecería a ella, a mi querida hermana.
Y no me importaba que fuera así, no creas otra cosa. Porque siempre he querido a Marta (y siempre la querré) como a nadie he querido en el mundo. Ella es más que una hermana. Siempre ha sido mi mejor amiga y, desde que murió mamá, Marta tomó su lugar. Ella es mi nueva madre desde entonces y es por eso que hago todo lo que me pide.
Y la he obedecido cuando me ha pedido que deje Barcelona y que venga a Madrid para estudiar esa estúpida oposición, que en realidad me importa menos que un comino. O, al menos, que vaya a esa aburrida academia y que luego decida si quiero estudiar o no. Me moría por salir de allí, es verdad. Por ir a cualquier sitio donde pudiera cambiar de aires. Pero, ahora que llega el momento, siento un terrible vértigo. ¿Cómo será vivir en esa ciudad extraña, sin conocer a nadie, aunque Marta me anima diciéndome que en poco tiempo tendré una cohorte de chicos y chicas a mi alrededor?
Y la buena noticia de la que te hablaba tiene que ver con ese traslado. Es, de hecho, la mejor parte del plan de Marta. Porque voy a vivir en casa de Fran. En casa de los dos, Marta y Fran, en realidad. Y me pregunto qué sentiré al dormir en una habitación sabiendo que él duerme, respira, hace el amor en otro cuarto cercano al mío.
Esta mañana hemos llegado mi hermana y yo en el Ave a la estación de Atocha y Fran estaba allí, esperándonos. Las piernas me temblaban cuando me daba dos besos de bienvenida. ¿Yo timorata por besar a un hombre… puedes creerlo? Aunque si estaba asustada es porque ese hombre no era otro, sino Fran, mi Fran, la fantasía de mis sueños desde que era una niña.
En fin, después de los abrazos de rigor, yo me he hecho la despistada y he dejado a Marta para que hablase a solas con su marido. Parece que los planes de Marta siguen su curso. Y, como ella me pide, yo no me voy a preocupar de nada, solo seguiré sus instrucciones y todo irá bien.
Pero quien me preocupa más es Fran. El pobre no sabe el lío en que está metido.
En fin, que pases una buena noche, querido diario, mañana volveré a contarte las cosas que se me pasan por la cabeza.
Hasta pronto.
Continuará...
Esta novela será publicada completamente en todorelatos.com, a razón de 1 capítulo semanal. También podréis leerlo de un tirón en Amazon, donde se publicó con el título HERMANA INTERCAMBIADA.
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...
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