La casa del acantilado 4
En la casa del acantilado, cada beso es una cadena y cada susurro, una orden. Leonor sabe que el deseo es la moneda más poderosa, y está dispuesta a gastarlo todo para mantener su control. ¿Hasta dónde llegará Francisco cuando le ofrezcan el placer que siempre soñó?
La casa del acantilado 4
Aquella mañana, Leonor decidió que era momento de recoger sus redes. Los Fernández llevaban dos semanas en la finca, y las piezas de su ajedrez personal estaban colocadas exactamente donde ella quería. David, exhausto por la labor, había pasado los últimos quince días transportando carretillas de estiércol de un lado a otro de la finca. Leonor ordenó replantar todo el jardín, mientras Manuel se aseguraba de que David no descansara en todo el día. Al llegar la noche, David estaba tan agotado que apenas cenaba y solo pensaba en dormir.
Respecto a Isabel, decidió que solo se encargara de la limpieza, reservando a Sara para atender a los señores. Isabel, poco acostumbrada a esas labores, se sentía furiosa. Mientras ella se esforzaba tanto, su suegra pasaba el día apenas trabajando.
Mientras tomaba su café, meditaba sobre la situación. El tiempo se les acababa; en cualquier momento, todo su castillo de naipes se vendría abajo.
—Toni, quiero que te lleves a Francisco hoy al pueblo, vamos a agitar el avispero— le susurró, una sonrisa traviesa jugando en sus labios.
— ¿Estás segura?— Toni la abrazó por la espalda, dejando un suave beso en su cuello, su aliento cálido enviaba escalofríos por su piel.
—si…creo que ha llegado el momento, Olena ha hecho su trabajo, yo exploraré los límites con Isabel. Asegúrate que te vea David. Habla con Manuel, que ponga a David a cortar los setos de la entrada.
—Me doy una ducha y me vendas la mano, o mejor, te vienes.— Toni deslizó la mano por dentro del tanga, acariciándole.
—Umm, ¿acaso no te saciaste lo suficiente con Olena?—preguntó deseando que los dedos por fin se introdujeran en su coño.
— ¿Me viste?—Toni introdujo dos dedos y comenzó a masturbarla— ¿Te gustó? Seguro que también lo pasaste bien.
—Sí, eres un cabrón, mi cabrón. —dijo entre ronroneos, pasó el brazo por detrás de su espalda acariciando a través del slip la verga considerable de Toni.
Ella también quería su parte, se giró y sonriendo se arrodilló descubriendo el miembro de su amante, poco a poco, sin prisas lo saboreó, Toni sujetó su melena en una improvisada coleta, su verga se perdía entre los labios de Leonor, sentía como su lengua jugaba con su escroto llevándolo a la máxima excitación.
Leonor estaba bien al tanto de los gustos de Toni: sabía que era mujeriego y disfrutaba de la vida nocturna. También estaba al corriente de su relación con Olena, una mujer de ascendencia ucraniana y madre soltera de dos hijos. Olena tenía una figura robusta, con caderas amplias y pechos generosos, que siempre fascinaban a Toni. Aunque ella misma se percibía con el pecho pequeño, siempre estaba segura de que su amante y compañero regresaría a su cama.
Francisco se despertó con la mente enredada en pensamientos sobre Olena, la mujer con la que había estado jugando con él, o al menos eso creía. Desde hace una semana, apenas había hablado con Sara. Todo se había desmoronado desde aquella noche en la que intentó volver a ver a Isabel. Justo cuando estaba a punto de salir de la habitación, escuchó la voz de su esposa, clara y helada: "Ni se te ocurra". Aquella frase lo dejó paralizado, sin atreverse a comentar ni preguntar, pero sabía con certeza que su esposa conocía su secreto.
Sara se sentía aliviada; los señores no resultaron tan altivos como inicialmente se había imaginado. A pesar de algunas miradas algo lascivas por parte de él, algo común en el trabajo, todo había transcurrido bien. Por suerte, no tuvo que lidiar con su nuera. Sin embargo, lo único que aún no le gustaba era ver a su hijo trabajando como jardinero. Tanto ella como Francisco se habían esforzado mucho para darle una educación, y verlo en ese oficio no le resultaba agradable.
E Isabel, Isabel, estaba harta: harta de esa situación causada por el ego de su marido, harta de soportar a su suegra, harta del desagradable de su suegro, harta de Leonor, harta de limpiar las quince habitaciones día tras día, de los mil doscientos libros de la biblioteca cada día, que, por alguna razón que desconocía, Leonor sabía perfectamente si se saltaba alguno.
A las once, Toni entró en la casa, una venda cubría su mano derecha. Buscó a Francisco, quien a esa hora solía estar en la cocina tomando su desayuno de media mañana. Lo encontró absorto en el cuerpo de Olena.
—Francisco —lo llamó, sacándolo de su ensimismamiento.
—Hola, Toni. ¿Qué te ha pasado en la mano?
—No es nada, solo un golpe. Pero hoy no puedo conducir. Quería hablar contigo sobre eso. ¿Podrías hacerme un favor?
—Claro, ¿en qué puedo ayudarte?
—Necesito llevar el Bentley al pueblo, específicamente a la gasolinera. Reviso los neumáticos cada quince días, pero con esta mano vendada, me resultará imposible conducir —dijo con una sonrisa, mostrando la mano vendada.
—Quizás, y perdona por esto, pero esa tarea le correspondería a David. Entre nosotros, él tenía la idea de dedicarse a ser chofer.
—Él está liado en el trabajo del jardín, pero si no puedes ocuparte de ello, lo comprenderé. No sé cómo lo tomará Leonor, pero no te preocupes, encontraré una solución —dijo, con expresión de resignación.
—No, te acompaño. Pero ¿y Leonor?
—Tranquilo, está ocupada, ni siquiera se dará cuenta de tu ausencia. En una hora estamos de vuelta, estarás aquí para la comida, y si te llaman los señores, Olena te cubre ¿a qué sí, Olena? —le preguntó a Olena, sonriendo.
—Sí, claro —respondió sin dejar de colocar platos sobre la mesa.
Francisco se sentía emocionado mientras se adentraba en el lujoso Bentley. Jamás había tenido la oportunidad de montarse en un automóvil así; para él, siempre habían sido objetos de admiración desde lejos. Toni le explicó las cuatro cosas principales para manejar el vehículo, y aunque al principio se sintió un poco nervioso, pronto comprendió que, al ser automático, no sería tan difícil de manejar.
Antes de partir de la finca, Francisco divisó a David transportando una carretilla llena de tierra. La expresión de sorpresa en el rostro de David al ver quién conducía no pasó desapercibida para Francisco. Sus miradas se encontraron, y en ese breve instante, Francisco pudo percibir la decepción en la mirada de David. La situación no pasó desapercibida para él, y se sintió un poco incómodo por la reacción de David.
—Gracias por echarme una mano —le dijo Toni una vez tomaron la carretera.
—No es nada, al contrario, gracias a ti por permitirme conducir este coche —respondió Francisco, con una sonrisa que apenas podía contener su emoción mientras mantenía la vista en la carretera. Aún no podía creer que estuviera al volante de aquel lujoso automóvil.
—¿Y cómo van las cosas? —preguntó Toni.
—Bien, sí, muy bien —respondió Francisco, tratando de ocultar cualquier atisbo de preocupación.
—Me alegro, aunque... —Toni titubeó por un momento, lo que hizo que Francisco se sintiera inquieto.
—¿Pasa algo? —Francisco pensó por un momento que aquel viaje podría estar relacionado con malas noticias.
—¿Puedo ser sincero? —preguntó Toni, con una expresión de preocupación en su rostro.
—Claro —respondió Francisco, sintiéndose un tanto incómodo ante la pregunta directa.
—Se nota mucha tirantez entre tú y Sara, ¿estáis bien? —Toni planteó la cuestión con delicadeza.
—Sí, claro —respondió Francisco, balbuceando un poco y tratando de evitar profundizar en el tema. Su respuesta revelaba cierta incomodidad y dejaba entrever que las cosas no estaban tan bien como quería aparentar.
—No tiene que ser fácil, con tu mujer, tu hijo, tu nuera y tu nieto, todos a tus espaldas. Desde luego, no muchos podrían soportarlo —comentó Toni.
—Bueno, se lleva como se puede —respondió Francisco, intentando restar importancia al asunto.
—Ya, pero si quieres un consejo, necesitas echar una cana al aire —dijo Toni entre risas.
—Bueno, no creo que aquí sea fácil hacer eso —respondió Francisco, siguiéndole el juego, aunque sin estar seguro de hacia dónde iba esa conversación.
—Más fácil de lo que crees —Toni dejó la frase en el aire, provocando la curiosidad de Francisco.
— ¿Cómo? —preguntó Francisco, intrigado por la insinuación de Toni.
Toni se rió, disfrutando de haber captado la atención de Francisco.
—Bueno, he visto como miras a Olena…
—Yo…
—Venga, estamos en confianza, vamos, pero si te la estás follando con la mirada, reconócelo.
—Tanto como eso…
— ¿Podrás guardar un secreto?
—Por supuesto— Francisco notó como su verga comenzaba a excitarse, se había follado tantas veces a Olena en su imaginación, que simplemente oír su nombre lo excitaba, por fin había dejado de pensar en Isabel.
—Olena folla que te cagas, eso te lo garantizo yo. A parte, tiene dos hijos en Ucrania ¿Sabes qué significa eso?
—No— la cabeza de francisco daba vueltas, sin saber a donde quería llegar Toni.
— ¡Joder Francisco! Pues que necesita dinero, que con cien euros te la follas cuando quieras ¿lo entiendes?
Los poros de Francisco empezaron a sudar mientras intentaba procesar las palabras de Toni. La perspectiva de una aventura repentina le causaba ansiedad. Aunque estaba tentado por la idea, la preocupación por el dinero lo invadió. Todavía no habían cobrado y la cuenta corriente estaba en manos de Sara. No había forma de tocar ese dinero sin levantar sospechas, y no tenía ninguna excusa convincente para justificar gastos adicionales.
—Me encanta cuando me la come— seguía contando Toni— Esas tetas moviéndose, es una pasada. Pero por favor, guárdame el secreto.
—Sí, no te preocupes— Balbuceo Francisco creando imágenes guarras con Olena, se imaginaba a Olena chupándosela en la cocina, follándosela a cuatro patas, no podía más, solo estaba el problema del dinero.
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