Xtories

Confinamiento entre autores (1ª parte)

A casi mil kilómetros de distancia, las palabras se vuelven caricias y los emails, preludios de un encuentro prohibido. Cuando el confinamiento los separa, la imaginación se convierte en el único territorio donde pueden tocarse.

LucasDario2K vistas

Cuando escribo esto, estamos cerca de cumplir 5 años desde que se decretó el estado de alarma ante los contagios por covid y toda la población se vio obligada a recluirse en sus casas. Con el paso del tiempo, podemos relativizar aquello, pero en su momento, fue un auténtico terror y lo cierto es que muchas familias quedaron segadas para siempre.

Sin embargo, y doy gracias a Dios, mi experiencia fue bastante llevadera e incluso dio lugar a muchos episodios que hasta hoy recuerdo vívidamente. Para empezar, quizás el primer punto que me ayudó fue el estilo de vida que llevaba antes de marzo de 2020. Un estilo de vida casi monacal, diría yo; sin pareja, muy concentrado en mi trabajo, con mis padres en buen estado de salud y una vida social bastante comedida. Algo solitario, por tanto, las horas en casa no me pesarían tanto como a otras personas. Una amplia terraza, además, me ayudaba a eliminar la ansiedad.

En segundo lugar, mi empresa fue bastante previsora y ya estábamos en casa una semana antes que el resto de España. Eso me permitió, sospechando lo que venía, hacer algún cambio de decoración y mobiliario, ampliar la zona donde teletrabajaba y donde hacía algo de deporte, definir los menús de las siguientes semanas y comprar para ello, etcétera. La empresa además nos tranquilizó desde un punto de vista salarial y, acompañado de mi propia planificación económica, me dio además la tranquilidad de no tener que sufrir por la viabilidad de mi vida.

Por último, mis padres, ya mayores, se habían trasladado a una pequeña casita que tenemos en el pueblo de nacimiento de mi madre. Saberlos lejos de las grandes urbes me daba cierta tranquilidad.

Así pues, aquel fin de semana de mediados de marzo fue el punto de partida de aquella tragedia de índole mundial. Después de unos días de lógica parálisis por la preocupación y la histeria colectivas, me di cuenta que en casa a salvo, podría esperar que la situación mejorase. A partir de ahí, me tomé aquel encierro como un momento de reseteo interno.

Intenté establecer rutinas que me ayudasen a no dejarme llevar por la ansiedad. Distinguir los días entre semana de los fines de semana, las horas de trabajo de las de ocio… básicamente como si la vida siguiese siendo normal… aunque estuviéramos confinados.

Me despertaba muy pronto y enseguida estaba en la cinta de correr que me había comprado. Unos cuantos kilómetros virtuales después, hacía algo de ejercicio de fuerza y empapado en sudor me metía en la ducha antes de desayunar y ponerme a trabajar. Allí me concentraba toda la mañana (soy corrector de textos para una importante editorial) hasta la hora de comer. Almuerzo y tarde para leer, escuchar música, videollamadas con amigos o familiares, ver series… así día tras día. Desde luego, contado así 5 años después, parecía una vida ideal. Si no fuese por el silencio sepulcral que despedía la calle, por las noticias y los conocidos que caían enfermos, por el miedo… aquello podría sonar maravilloso.

En marzo de 2020 hacía ya varios meses en los que mi último fracaso sentimental había quedado en el olvido. Estaba soltero y, aunque tranquilo, lógicamente había tenido mis deseos y mis anhelos, cosa que ahora quedaban reducidas al 100% a la estimulación individual. Con el paso de los días, el tedio fue abriéndose paso sobre todo en las horas más tardías del día, y confieso que muchas noches me dejaba llevar hasta el sueño de esa manera.

Hacía ya tiempo que había perdido gran parte del interés en la pornografía. Historias repetitivas, machistas, irreales y carentes de toda empatía me cansaban. En su lugar, desde hacía mucho tiempo había cultivado el terreno de los relatos eróticos. Tanto como lector como escritor. Sí, lo confieso, soy corrector de textos en una editorial porque no tengo el talento suficiente para ser escritor y triunfar. Pero eso no estaba reñido con hacer mis pinitos en la creación de historias, y el terreno erótico me permitía poner por escrito mis fantasías, mis imágenes, dotar a las relaciones sexuales de un contexto que, al menos para mí como lector, me ayudaban a disfrutarlo. En aquella época tenía publicados unos cuantos relatos, con ninguna pretensión y un acogimiento en general bueno en la comunidad pero sin alardes. Tampoco era ése el objetivo.

Una noche, andaba con el portátil intentando encontrar historias nuevas y que me estimulasen cuando di con una autora que no conocía. Reconozcámoslo, para un hombre siempre tiene un puntito más de morbo que la autora de algo que nos deleita sea una mujer. Lo primero que me llamó la atención fue su nombre: “Reina Gorgo de Esparta”. La mujer de Leónidas, el rey espartano que murió en la batalla de las Termópilas. Desde luego, era una carta de presentación impecable para un amante de la historia clásica como yo. El caso es que entré en su perfil y tenía apenas tres relatos publicados, y todos recientes, de aquella misma semana. Y lo cierto es que eran realmente buenos…

Publicados todos en la categoría general, eran historias comunes, con las que todos nos podemos sentir representados. No había situaciones inverosímiles, mujeres sometidas y disfrutando de ello, historias flagrantemente ficticias. Esa normalidad me enganchaba.

Y su estilo… su estilo era descomunal. Durante el mismo relato (todos eran largos) te traía desde la ternura a la risa, del placer al romanticismo. Aquello era sumamente bueno. Y cuando llegaba el momento de describir encuentros sexuales, lo hacía trufando metáforas con sustantivos más explícitos, pero siempre con un buen gusto que me volvía loco. Era genial.

Después de devorar los tres relatos, me fijé en que su dirección de correo era pública, así que me decidí a escribirle un email con el simple objetivo de reconocerle la calidad de sus ideas, agradecerle que las hubiera hecho públicas y confesarme enganchado a aquella saga que había iniciado.

Deliberadamente fui educado en la redacción. Aunque se trate de un contenido profundamente sexual, creo que el tiempo que un autor dedica a construir sus historias merece un análisis literario y no solo morboso. Le expliqué que trabajo con autores de ficción, y que sus relatos me habían parecido magníficos tanto en contenido, como en estilo como en atracción. La verdad es que le escribí un super email aunque en el fondo imaginaba que aquella era una dirección de correo secundaria como la mía y que quizás no lo vería jamás.

Aquello fue todo, y tras enviarlo, cerré el portátil y me dormí, alejado de contagios, rumores y terror.

Normalmente, no me gusta despertarme y como un loco tirarme a por el móvil, que te inunda con mil y una notificaciones. Así, me fui directo a correr, a hacer ejercicio y a ducharme. No fue por tanto hasta que me preparaba el desayuno que vi que tenía dos emails de la “Reina Gorgo de Esparta”. Por supuesto, aquello concentró toda mi atención.

En el primero de ellos me agradecía con mucha educación el tono de mi email. Por lo que me contaba, en aquellos días había recibido varios correos con tonos bastante más maleducados y explícitos, lo que le había hecho replantearse si seguir publicando o no en todorelatos. Igual que yo, se había explayado en la redacción, algo que me encantó.

En el segundo, ya enviado más allá de la medianoche, me confesaba que gracias a mi firma de correo por curiosidad había entrado a leer algunos de mis relatos y que le habían encantado. Agradeciéndome así una bonita noche “epistolar” entre autores.

La verdad es que me encantaba el tono de aquella chica al escribir. Era sincera, divertida y desde luego sabía expresarse. Aquella mañana tenía un buen puñado de trabajo y, como no quería hacerlo a la ligera, tuve que esperar varias horas para contestarle. Porque desde luego, deseaba hacerlo. Tampoco tenía muchas expectativas, dos personas con pseudónimos, por email… aquello no llegaría lejos, pero me había encantado conectar con aquella autora con quien compartía una visión similar de los relatos y la presencia en todorelatos.

Cerca ya de la hora del almuerzo, con mis tareas terminadas al fin, pude concentrarme en responder a su último mail. Decidí contarle un poco por encima mi experiencia en la página, el por qué de escribir relatos eróticos, mis expectativas y los resultados, lo que lamentaba que le llegara feedback soez… en definitiva un poco sobre mí. Enviado, me fui a comer y a ver por encima las noticias mientras lo hacía.

Una notificación, escasos minutos después, en mi móvil, me mostraba que me había respondido aquella chica. “Muy rápido”, pensé. Efectivamente, en un par de líneas me decía que le encantaba leerme y que muchas gracias por la respuesta. Lamentablemente, tendría que esperar unas cuantas horas para poder responderme “como me merecía”. Guau, aquello me empezaba a encantar.

En cualquier caso, dado que ella misma me reconocía que pasaría un buen rato hasta que tuviera noticias, me eché una siesta, vi una película y a media tarde estuve charlando con mis padres y algunos amigos mientras cocinaba, así que casi (”casi”) no presté atención.

Me había servido una cerveza y estaba al sol de inicios de abril en la terraza, esperando la llegada de la hora del “aplauso” a los sanitarios. Fue justo después cuando mi móvil vibró, era un notificación de correo entrante, su respuesta al email.

De nuevo una respuesta larga. Equiparándose a mi contenido, me contaba un poco más de su vida. Aquella autora era periodista y escribía en una publicación especializada en contenidos de tecnología. Me confesaba que no era lo que más le apasionaba y que, como yo, era una escritora de novela frustrada. Durante mucho tiempo había ido escribiendo aquellos relatos eróticos solo para ella, pero en estas semanas de confinamiento y soledad había sopesado la idea de publicarlos bajo pseudónimo.

Gracias a mi correo, decía, había recuperado la idea de que aquello le reportase alegrías. Me confesaba haber recibido hasta 15 correos de señores proponiéndole todo tipo de ideas aberrantes, lo cual comenzaba a hastiarla.

Y, como un pequeño “regalo” a nuestra recién inaugurada confianza, se despedía con su nombre real. María.

Aquel email dio paso a un intercambio constante durante toda la tarde-noche, al más puro estilo Tom Hanks y Meg Ryan en “Tienes un email”. Así, supe que María había estado casada, que había sido víctima de un divorcio muy conflictivo y que desde entonces no había tenido pareja. Que vivía en una ciudad del Norte de España y que vivía sola en un pequeño apartamento que le generaba mucha ansiedad en este confinamiento. Que se estaba intentando aclimatar con el yoga y haciendo pan, como la mayoría de nuestros compatriotas en aquella época, y que también como ellos, era más probable que acabase alcoholizada cenando cada noche con vino o cerveza.

Los emails se iban sucediendo cada vez con más agilidad, hasta el punto que pareciera que chateábamos por correo electrónico. Sin embargo, no me atrevía a proponerle dar el salto a otras herramientas de mensajerías más cercanas; Whatsapp, Telegram, etc. Afortunadamente, ella se atrevió a proponerlo:

—Oye, a lo mejor te parezco una fresca, jaja. Y eso que me encanta esta relación epistolar, pero quizás te apetezca dar el salto a algo más cercano. Si es así, te dejo mi número, si no, tranquilo porque no tengo problemas en seguir por aquí.

Por supuesto, ni 5 minutos después ya estábamos en Whatsapp. Desafortunadamente, no podía ver su apariencia física, algo que deseaba profundamente, ya que su foto de perfil era la de un flamenco dibujado y sonriente. Ella sí podía verme a mí, y no tardó en hacer referencia a ello.

—Por cierto, eres mucho más guapo de lo que cabría esperar de un escritor con pseudónimo. Gratamente sorprendida, si me permites el exceso.

—¿Ah sí? ¿Cómo se supone que es un escritor con pseudónimo?

—Pues no sé, pero más feo y más gordo y más calvo, en mi imaginación, jaja.

—Pues ya ves que no. Además, a diferencia de ti, no soy un ave palmípeda que se alimenta de pequeños crustáceos.

—Jajajaja, touché. Supongo que es justo, pero no te acostumbres.

Con nervios incluso abrí la foto que me enviaba. En ella, una chica en una terraza al sol miraba al cielo con gafas de sol y el pelo recogido. María era una chica muy atractiva…

—Pues si me permites a mí el exceso, eres mucho más atractiva de lo que cabría pensar en una escritora con pseudónima, jajaja.

—Acepto el piropo. Pero creo que mi cuerpo no está a la altura de mi clarividente mente.

—En eso puede incluso que esté de acuerdo…

Y seguimos por Whatsapp charlando con cada vez más confianza. En conversaciones con humor inteligente, ingenio y temas que a ambos nos interesaban. Especialmente, lógicamente, la literatura, que ocupaba mucho tiempo entre nosotros. Después los relatos eróticos y nuestra experiencia previa, y después nuestra vida sentimental hasta la fecha.

No había atisbo de flirteo aún, y yo no quería dar un paso en falso, aunque reconozco que María me gustaba cada vez más. Estábamos confinados, a casi mil kilómetros de distancia, y sin embargo éramos una gran compañía el uno para el otro. No obstante, quería ir con pies de plomo. Además, era ya tardísimo y ambos mañana debíamos trabajar. Se adelantó ella.

—Caballero, disfruto mucho de su conversación, créame, pero creo que debemos emplazarnos a mañana para continuar arreglando el mundo.

—Más que me pese, creo que tiene usted razón.

Y así, me dormí disfrutando la sensación de haber conocido a alguien realmente especial.

Por mucho que me apeteciera, me obligué a no mirar el móvil y hacer mis rutinas matutinas en aquel viernes

Esa mañana de viernes transcurrió con una mezcla de emociones inusuales. Por un lado, el tedio habitual del confinamiento; por otro, una inquietud esperanzadora que me empujaba a terminar rápido mis tareas laborales. Me sentía como un adolescente esperando el recreo para ver a esa chica que acababa de conocer.

A media mañana, un mensaje de María apareció en la pantalla de mi teléfono:

—¡Buenos días! Espero que hayas corrido tus 5 km reglamentarios antes de leer esto, si no, vuelve a la cinta inmediatamente, jajaja. Te dejo una pregunta para pensar mientras trabajas: ¿cuál es el personaje femenino de ficción que más te ha marcado?

Sonreí. Me encantaba que me conociera ya lo suficiente para bromear con mi rutina, y que introdujera preguntas tan personales e interesantes. Le respondí de inmediato:

—Buenos días, Reina de Esparta. Los cinco km corren por mi cuenta. En cuanto a tu pregunta, creo que Elizabeth Bennet. Me parece brillante, valiente y con un sentido del humor irresistible. Ahora te lanzo otra: ¿cuál es tu primera escena erótica literaria favorita?

Y así transcurrió gran parte del viernes, entre emails, mensajes y reflexiones compartidas. Nuestro diálogo comenzaba a tomar un cariz cada vez más cálido, más personal. Se notaba que ambos disfrutábamos del otro, incluso en el juego de tensión que se formaba entre las líneas.

Por la noche, ya con una copa de vino en la mano, le propuse algo distinto:

—Oye, María. Estaba pensando... ¿y si escribiéramos juntos un relato? Un juego literario. Una especie de “responde con el siguiente capítulo”. Sin plan, solo improvisación. Yo empiezo, tú sigues.

Tardó unos minutos en responder. Me empecé a poner nervioso.

—Me encanta la idea. Me da un poco de miedo porque nunca he escrito con nadie, pero contigo creo que podría ser especial. Adelante, abre fuego.

Y esa noche, en lugar de leer o ver una serie, me senté frente al portátil y empecé a escribir la primera escena de nuestro relato compartido. No sabía a dónde llegaría, pero sí sabía que me importaba más que cualquier cosa escrita hasta ahora.

María me había encontrado en medio del encierro, y sin pretenderlo, había encendido una chispa que iluminaba algo más que las pantallas.

Esa noche, tras enviar el primer fragmento del relato compartido, me senté en la terraza con el portátil sobre las piernas, el frescor de abril sobre la piel, y un leve cosquilleo en el pecho. Había algo profundamente excitante en escribir para ella, sabiendo que mis palabras la tocarían, quizá la excitarían. María era, sin duda, una presencia poderosa en mi vida, aunque no la tuviera físicamente cerca.

Minutos después de enviarle el archivo, me llegó su respuesta:

—He leído tu escena tres veces. Estoy acalorada, y no es por el vino. Me ha encantado. Te devuelvo el juego en breve.

Pasaron veinte minutos, luego treinta. La espera era una especie de placer cruel. Cuando por fin recibí su correo, lo abrí con el corazón latiendo fuerte. Su texto no solo continuaba la historia con una tensión exquisita, sino que llevó la escena hacia un terreno claramente más cálido. Una caricia convertida en desliz, un susurro transformado en deseo contenido. No era explícito, pero el fuego estaba latente, a punto de estallar. Su forma de escribir era, una vez más, hipnótica.

Sin pensarlo, le escribí por Whatsapp:

—Quiero saber cómo habría seguido esa escena si la escribieras sin filtros.

La burbuja de "escribiendo..." apareció casi al instante.

—¡Ja! Eso ya es otra liga. Pero si insistes, esta noche podría atreverme.

Le puse un emoji de fuego y otro de reloj de arena. Me gustaba ese juego, esa complicidad. Y también me gustaba imaginar que María, en su apartamento del norte, estaría ahora en camisón o bata, escribiendo con una copa de vino en la mano y una sonrisita en los labios. Esa imagen me encendía.

Cuando el texto llegó, lo abrí como si fuera un regalo prohibido. Su descripción era precisa, sensual y directa. María sabía exactamente dónde acariciar con las palabras, cómo jugar con el ritmo de la escena. No era sólo deseo lo que transmitía, sino algo más profundo: entrega, conexión, vulnerabilidad.

No pude evitar responder:

—Si me escribes esto cada noche, no me quedarán fuerzas para correr por la mañana. O tendré que correr desnudo por casa para refrescarme.

Su respuesta fue un audio corto. Su voz. La primera vez que la oía. Cálida, algo ronca, con ese deje del norte que la hacía aún más atractiva:

—Podría ser interesante eso del jogging desnudo. Pero cuidado con los vecinos.

Reí a carcajadas. Aquella noche no quise dormir. No podía. Estaba lleno de ella.

La erotización de nuestras palabras había desbordado la frontera. Ya no se trataba solo de escribir, sino de desearnos con las letras, de explorar nuestros cuerpos a través de las frases. Cada texto era un suspiro que nos acercaba más.

Aquella misma noche, tras el intercambio de textos y su audio, recibí un nuevo archivo. María había continuado el relato conjunto, y esta vez no había duda: había cruzado el umbral hacia lo explícito.

Su escena arrancaba con una tensión acumulada, una habitación a media luz, el cruce de dos personajes que, como nosotros, se habían buscado entre palabras. Él entraba en su apartamento, después de semanas de mensajes, cartas, deseos... Y ella lo recibía con una mezcla de nerviosismo e impaciencia que se transmitía en cada línea.

—No digas nada, —escribió ella en voz de su personaje—. Solo toca. Ya nos hemos dicho todo con las letras.

Y entonces, él la rodeaba por la cintura, y los cuerpos se encontraban sin pedir permiso. Las descripciones que usaba María no dejaban lugar a dudas: cada gesto era tangible, cada respiración sentida. Lo que más me impactó fue su forma de escribir lo erótico con honestidad, sin adornos innecesarios, sin palabras vacías. Era explícito, sí, pero profundamente emocional. Una mezcla perfecta entre deseo y ternura.

La escena avanzaba como una sinfonía medida, con toques suaves y crescendos bien calculados. Las manos explorando piel recién descubierta, la boca trazando caminos con hambre contenida, los suspiros ahogados entre roces. El lenguaje era directo pero no vulgar; íntimo sin ser invasivo. María sabía cómo encender, cómo mantener el ritmo, cómo dejarte justo al borde del abismo.

Y terminaba con una frase que me dejó inmóvil frente a la pantalla:

—En tu historia, dime cómo la harías temblar.

Era una invitación, un reto, una entrega.

Mis dedos temblaban cuando abrí un nuevo documento. Tenía que responder, tenía que igualar la intensidad, corresponder a la confianza que me estaba dando. Cerré los ojos, recordé cada palabra suya, y empecé a escribir. Iba a contarle, en mi personaje, cómo recorrería su cuerpo como si cada parte fuera una nueva palabra que descubrir.

Y su historia... la haría temblar letra a letra. Y me puse a escribir:

María,

Voy a contarte cómo la haría temblar. Porque no puedo leer tus palabras sin imaginarte al otro lado, esperando, respirando con anticipación. Porque ya no es solo ficción. Porque en cada frase que compartimos, te siento más cerca.

La escena comienza con ella de espaldas a la ventana, el crepúsculo cayendo tras su silueta. Se gira al sentirme entrar, y no hay palabras, solo un cruce de miradas que lo dice todo. Me acerco sin prisa, como quien se acerca a una llama. Pongo mis manos en sus mejillas, y la beso lento, profundo, como si con la boca pudiera escribirle sobre la lengua todo lo que he callado.

La tomo por la cintura y la acerco a mí. Mis labios bajan por su cuello, besando, rozando apenas. Siento su piel estremecerse. Mi mano sube por debajo de su camiseta, descubriendo su piel centímetro a centímetro. La toco como se toca un poema que uno ha escrito de memoria. Despacio, sabiendo que cada gesto es parte de un ritual que se ha estado preparando durante días, semanas, con letras, con confesiones, con deseo contenido.

Ella se arquea contra mí. Le susurro lo hermosa que está, lo mucho que la he imaginado así. Y cuando sus pechos quedan al descubierto, me tomo mi tiempo para adorarlos, para explorar con labios y lengua, hasta que sus gemidos se convierten en palabras entrecortadas. La coloco sobre la cama, la miro, la respiro.

Desciendo con lentitud, beso su vientre, sus caderas. La miro cuando mis labios alcanzan el centro de su placer. Quiero que me vea, que sepa que todo lo que soy está puesto en hacerla sentir. La saboreo con devoción, como si fuera el único alimento permitido en este encierro de cuerpos. Y cuando ella tiembla bajo mi boca, cuando su espalda se arquea y su voz se quiebra, solo entonces subo a besarla de nuevo, para que se pruebe en mi boca.

Y después, despacio, la penetro. La miro a los ojos mientras lo hago, como si en ese gesto se fundieran todas las cartas, todos los audios, todos los relatos. Nuestros cuerpos se buscan con hambre, con ternura, con urgencia. Hasta que temblamos juntos, sudorosos, satisfechos, exhaustos.

Porque la haría temblar. No por lo que haría con mi cuerpo, sino por todo lo que ya le he hecho sentir con mis palabras.

Dime, María... ¿ahora me escribirías cómo me harías temblar tú?

Durante el tiempo que transcurrió aquella noche, imaginé que María leía su texto en silencio, con las mejillas encendidas y el corazón latiendo como si acabara de correr una maratón. Mis palabras la habrían recorrido como dedos invisibles, dejando estelas de fuego en su piel, en su imaginación, en el centro exacto de su deseo. Que habría querido contestar de inmediato, pero necesitó respirar hondo, cerrar los ojos, y dejarse llevar por lo que empezaba a crecer dentro de ella: una necesidad de devolverle cada una de esas sensaciones con su propia voz.

Y así, minutos después, un nuevo email en su bandeja de entrada.

Imagina que llegas a casa y te encuentras con la puerta entornada. Hay música suave, vino servido en dos copas, y una nota escrita a mano sobre la mesa que dice: "Pasa, te estoy esperando".

Estás ahí, en el umbral, y mis pasos descalzos suenan al otro lado del pasillo. Aparezco envuelta en una bata ligera, que se desliza por mi piel como un susurro. Te sonrío sin decir palabra, tomo tu mano, y te llevo al salón. No hay prisa. Te siento, me siento sobre ti, y dejo que mis labios te busquen con la misma delicadeza con la que me escribes.

Mi boca recorre tu cuello, tu mandíbula, tu oído. Quiero que sientas cómo vibro, cómo mi aliento se acelera solo con tenerte tan cerca. Mi lengua dibuja un camino hasta tu pecho, mis manos exploran bajo tu camisa, y te despojo de ella como quien descubre un secreto. Mis caderas ya se mueven sobre las tuyas, sutiles, lentas, marcando un ritmo que ambos reconocemos.

Quiero hacerte temblar besándote el vientre, bajando sin pausa, lamiendo cada centímetro con devoción. Te tomo en mi boca como si en ello se me fuera el alma, sintiéndote crecer entre mis labios, sintiéndote vibrar contra mi lengua. Cuando tus dedos se enredan en mi pelo, subo a besarte con hambre, con ansias, con una ternura feroz.

Y entonces me dejo caer sobre ti, te guío dentro de mí con un gemido contenido, y empiezo a cabalgarte con lentitud, con firmeza, con el ritmo de todos nuestros relatos. Mis pechos rozan tu pecho, mi frente se apoya en la tuya, y cuando nuestros cuerpos se funden sin espacio para el aire, solo quedan los sonidos de nuestra entrega.

Así te haría temblar. Porque lo que he sentido leyéndote no se puede fingir. Porque ya te deseo desde las palabras. Y porque sí, quiero que lo hagamos realidad.

Aquel texto de María me dejó sin aliento. Lo leí una vez, y luego otra, con los ojos devorando cada palabra y el cuerpo respondiendo como si ella realmente estuviera allí, a un metro de distancia, susurrando sobre mi piel en lugar de sobre la pantalla. Nunca una mujer me había escrito así. Nunca alguien me había hecho sentir tan intensamente desde tan lejos.

Apoyé la cabeza contra el respaldo del sofá, cerré los ojos y dejé que su escena me invadiera por completo. Sentí sus manos, su aliento, su lengua, como si mis nervios estuvieran conectados directamente al texto. Mi imaginación no tenía que hacer esfuerzo alguno: ella lo había escrito todo con una precisión tan íntima que era imposible no rendirse al hechizo.

Cogí el móvil con manos aún temblorosas y le escribí:

—No sé si podré mirarte otra vez sin imaginarte así, encima de mí, rozándome, lamiéndome, cabalgándome como si las palabras se encarnaran en ti.

El mensaje estuvo en la pantalla unos segundos. Dudé. No quería parecer demasiado vulnerable, pero era inútil fingir indiferencia. Pulsé "enviar".

Segundos después añadí:

—Me has hecho temblar, María. Y no solo el cuerpo. Me has tocado desde un lugar al que pocas llegan.

Ella no respondió de inmediato. Imaginé que estaría igual que yo: respirando hondo, sonriendo con deseo, perdida en ese universo de ficciones que ya se parecían demasiado a la realidad. Y en ese momento entendí algo: el encierro nos separaba físicamente, pero jamás había estado tan cerca de alguien como lo estaba ahora de ella.

No sabía cómo seguiría este juego. Pero estaba seguro de algo: no quería que terminara.

—Permíteme que haga trampas, Reina de Esparta. Llévame otra vez a tu cama con palabras.

La respuesta tardó más de lo habitual. Y cuando finalmente llegó, no era un nuevo fragmento de ficción, sino un mensaje profundamente personal. María había dejado a un lado el disfraz de escritora para hablarme desde la piel, desde el corazón, desde el centro mismo de su deseo real.

No puedo escribir otra escena ahora mismo. No porque no quiera, sino porque no podría separar mi cuerpo del tuyo en la imaginación. Me has dejado latiendo entre las piernas, con un deseo que no cabe en la pantalla. Estoy empapada. Y no es una frase literaria. Estoy empapada de verdad, de pensarte, de imaginarte, de querer que estuvieras aquí.

Cuando te leo, me vibra algo muy profundo. Algo que no es solo sexual, aunque lo es con una potencia que me abruma. Es que también me siento mirada, comprendida, deseada por quien soy. Como si mis palabras ya fueran parte de tu cuerpo, como si lo que te escribo volviera a mí transformado en caricia.

Llevo todo el día con tu escena en la cabeza. En el desayuno, en la ducha, incluso mientras escribía un artículo sobre ciberseguridad, pensaba en cómo me mirarías, en cómo sonaría mi nombre en tu boca cuando entrases en mí. Quiero perderme en ti, y no hay red de ficción que me proteja de eso.

Me has hecho temblar. Me has hecho abrirme. Y eso... eso ya es más que sexo. Es una forma de pertenencia que no había sentido en años. Y eso me da miedo. Pero también me hace sentir viva.

Esta noche no te escribiré un nuevo relato. Solo me tocaré pensando en ti. Y quizás, si te atreves, podrías hacer lo mismo. Sin palabras. Solo pensando en mí. Como yo lo haré.

Cuando terminé de leerla, no necesité más estímulo que sus palabras. No imaginé una escena: imaginé su cuerpo. Imaginé sus dedos, su respiración entrecortada, su espalda arqueada sobre las sábanas. Me desnudé despacio, como si ella pudiera verme, como si estuviera ahí, observando cada gesto con los labios entreabiertos. Me toqué con la cadencia de sus frases, con la emoción de su entrega. Y al final, cuando el placer estalló dentro de mí, pronuncié su nombre con un gemido bajo, casi reverente.

No respondí de inmediato. No hacía falta. Sabía que, de alguna manera, esa noche habíamos estado juntos.

La mañana siguiente amaneció distinta. Desperté con una calma extraña, como si la noche anterior hubiera marcado un antes y un después. Fui a correr como siempre, pero mis pensamientos no escapaban al ritmo de mis pies. Estaban con ella. Con su confesión. Con lo que significaba ese cruce de palabras cada vez más reales, más íntimas, más nuestras.

Cuando regresé, en la bandeja de entrada había un nuevo mensaje de María. Esta vez no era erótico, pero sí igual de poderoso. Me hablaba de su café matutino, de un recuerdo infantil que le había venido a la mente al mirarse al espejo. Me hablaba de la melancolía que le provocaba sentirse tan cerca y tan lejos de alguien.

Le respondí hablándole de mis padres, de mis libros preferidos, del olor a pan tostado que llenaba mi cocina. Y así, casi sin darnos cuenta, empezamos a contarnos la vida. Fragmento a fragmento, relato a relato, no de ficción, sino de verdad.

Y ahí, en medio de una pandemia, en la soledad de dos casas separadas por kilómetros, comenzamos a construir algo más que deseo.

Algo parecido al amor.

La propuesta llegó poco antes del mediodía, con un tono tan juguetón como tentador:

—Esta noche, quiero proponerte algo distinto. Tengo un relato guardado que nunca publiqué. Demasiado íntimo. Quiero leértelo. Pero no quiero hacerlo sola. Quiero que lo leamos juntos. En videollamada. Un fragmento tú, uno yo. No me digas que no.

Le contesté que no solo no le diría que no, sino que contaba las horas para que fuera de noche. Desde ese instante, la idea se instaló en mi mente como una vibración constante. La imagen de María al otro lado de la pantalla, su voz leyéndome un texto que nunca había compartido con nadie, me provocaba una mezcla de nervios, deseo y ternura que apenas podía disimular.

Durante el día apenas hablamos. Una especie de pacto no verbal había dejado en suspenso nuestras conversaciones habituales. Había algo sagrado en la espera, algo que no quería desgastar con palabras previas. Me dediqué a trabajar, a ordenar la casa, a elegir bien mi ropa, como si realmente ella fuera a cruzar el umbral de mi puerta.

A las diez en punto, el portátil estaba listo sobre la mesa, con una luz cálida iluminando solo parte de mi rostro. Había colocado una vela, un detalle que no sabía si era cursi o sensual, pero que me había nacido espontáneamente. Cuando la notificación de videollamada entró, sentí el corazón en la garganta. Respiré hondo. Acepté.

La imagen tardó unos segundos en estabilizarse. Y allí estaba ella.

María apareció con el cabello suelto, ligeramente ondulado. Llevaba una bata negra de satén, suelta, que dejaba entrever el inicio de sus clavículas y una insinuación de escote. Sus labios brillaban apenas, y sus ojos estaban delineados con suavidad. Se había maquillado con discreción, pero el efecto era demoledor. Parecía salida de un sueño.

—Buenas noches, lector valiente,—dijo con una sonrisa ladeada, la voz cálida, un poco más grave que de costumbre.

—Buenas noches, Reina Gorgo. Estás... espectacular.

—Me vestí para ti. Aunque solo me veas de cintura para arriba, hay historia debajo, ¿sabes?

Reí, con la garganta seca. Ella también. Y entonces, tras unos segundos en silencio, tomó una hoja entre sus manos, carraspeó suavemente y comenzó a leer el primer fragmento de su relato.

Su voz era como un hilo de seda que se deslizaba por mis oídos, provocando un cosquilleo cálido en todo mi cuerpo. Cada palabra que pronunciaba tenía peso, ritmo, intención. El texto hablaba de un encuentro furtivo en un ascensor, del deseo contenido en miradas, del calor que se acumula cuando dos cuerpos se acercan sin poder tocarse aún.

Cuando me tocó continuar, tardé unos segundos en reaccionar. Tenía la boca seca, el pulso acelerado, y un nudo en el estómago. Pero leí. Y mientras lo hacía, vi cómo ella cerraba los ojos, como si mis palabras fueran un roce sobre su piel.

Mi voz sonaba grave, serena, pero con una cadencia que ella parecía saborear con deleite. María se quedó quieta, con el mentón apoyado en una mano, los ojos entrecerrados como si cada frase que salía de mi boca la tocara de una manera que iba mucho más allá de lo literario.

Mientras leía un párrafo particularmente cargado de tensión erótica, mis ojos volvieron a la pantalla, casi con disimulo. Entonces lo noté. Juraría que su bata se había abierto un poco más. Solo un par de milímetros, pero suficientes para sugerir un destello de piel que antes no estaba allí. Tragué saliva sin dejar de leer, mis ojos atrapados en ese nuevo horizonte, preguntándome si era una casualidad... o una invitación.

Ella seguía escuchándome en absoluto silencio, pero sus labios se entreabrían apenas, y su respiración se había vuelto más perceptible. Tenía esa mirada de quien está lejos, perdida en una sensación que crece lentamente desde el centro del cuerpo hacia la piel. Notaba que cada vez que mis palabras se volvían más intensas, más sensuales, ella se acomodaba un poco en su asiento, cruzaba y descruzaba las manos, como si intentara contener algo que quería salir a flote.

¿Me estaba provocando? ¿Era mi imaginación? ¿O era María, jugadora silenciosa, la que había decidido traspasar el umbral de las palabras y convertir la lectura en una danza de insinuaciones?

Cuando terminé mi fragmento, hubo un breve silencio. María no habló de inmediato. Solo me miró, con una sonrisa ladeada y ojos que brillaban como si contuvieran un secreto.

—Te escucho y... me recorren escalofríos —dijo al fin, con voz baja.

Y sin moverse demasiado, sin hacer alarde alguno, dejó que la bata cediera un poco más, como si fuera el tejido el que se rendía al deseo acumulado en la habitación.

—Ahora me toca a mí —murmuró, y tomó la hoja entre sus dedos.

Sonreí, pero dentro de mí, una corriente ardiente se había encendido. Porque en esa videollamada, donde no había contacto alguno, nos estábamos tocando más profundamente que si estuviéramos piel con piel.

María bajó la mirada al papel y comenzó a leer con voz baja, casi un susurro cargado de intenciones. Cada palabra que pronunciaba tenía la cadencia de una caricia, y cada pausa parecía medida para que mi imaginación llenara los vacíos. Hablaba de un roce casual que se convertía en intención, de un encuentro contenido durante semanas que por fin estallaba. Su descripción era precisa, sugerente, y dejaba entrever mucho más de lo que decía.

A medida que avanzaba, mi cuerpo respondía. Me acomodé en la silla, descrucé las piernas con lentitud, consciente de que ella me veía. Mi mano derecha se deslizó por el brazo del sillón, como si buscara apoyo, pero en realidad era una forma de canalizar la tensión que creía entre nosotros.

Ella lo notó. Lo supe porque su voz bajó un tono, y su sonrisa se hizo más oscura. Seguía leyendo, pero ahora cada palabra era también un gesto: una mirada directa, un leve deslizamiento de su mano por su propio muslo, un cruce de piernas deliberado que dejaba ver más de esa piel que su bata no alcanzaba a cubrir del todo.

Yo también jugaba. Inclinado hacia la cámara, la miraba fijo mientras ella hablaba, sin ocultar el deseo que me provocaba. Me pasé la lengua por los labios, bebí un sorbo lento de vino, y me mordí el labio inferior, disfrutando de la tensión, de esa electricidad silenciosa que nos unía a través de la pantalla.

En un momento, se detuvo. Dejó el papel a un lado y me miró con los ojos entrecerrados. Su respiración ya era evidente. Su escote, ahora completamente visible, subía y bajaba con cada inhalación. Se llevó un mechón de pelo tras la oreja, como si necesitara apartar cualquier distracción que no fuera mi rostro.

—Te toca, lector valiente,—susurró, y sus palabras se clavaron en mí como dedos invisibles.

Estaba encendido. Mi cuerpo pedía más, mis manos temblaban. Pero antes de responder, me tomé un segundo. Cerré los ojos, respiré hondo y me acerqué más a la pantalla.

—María,—le dije con voz ronca—, cada palabra tuya me atraviesa. Estás jugando conmigo y me encanta. Pero cuidado, porque cuando me toque a mí, no pienso dejarte escapar de lo que voy a decirte.

Ella no dijo nada. Solo se mordó el labio y asintió con lentitud. Ya no era solo una lectura compartida. Era una danza de deseo. Y apenas habíamos comenzado.

Tomé mis papeles, el fragmento que ella me había enviado para que continuara. Aquello ya no era un juego literario, ni siquiera una seducción virtual. Era un cuerpo a cuerpo con las palabras. Una entrega a la fantasía compartida que había dejado de ser sólo imaginación.

La miré fijamente y comencé a leer con voz firme, grave, dejando que cada palabra saliera acompañada por la tensión que sentía entre el pecho y el bajo vientre:

—La imagino de espaldas a la pared, con las manos apoyadas tras ella, la respiración entrecortada. Me acerco sin decir nada, dejando que mi cuerpo hable por mí. Mis labios rozan su cuello mientras mis manos rodean su cintura, lentas, seguras. La beso justo detrás de la oreja y ella se estremece. Sabe lo que viene, pero no puede predecir el ritmo. Ni el calor. Ni la intención.

María parpadeaba menos. Estaba inmóvil, pero su respiración hablaba por ella. El escote abierto, su clavícula temblando apenas, sus labios apretados. Me daba cuenta de que cada palabra mía se le colaba bajo la piel.

—La gire con fuerza pero sin brusquedad, y sus labios se encuentran con los míos. No es un beso suave. Es un beso urgente, hambriento, como si quisiéramos tragarnos el uno al otro. Mis manos ya están en su espalda, bajando por el contorno de su cuerpo. Ella gime. No lo dice, pero lo pide todo.

Mientras leía, me desabotoné la camisa. No fue teatral, fue necesario. Sentía calor. Quise que me viera, que sintiera que no solo la imaginaba, sino que mi cuerpo reaccionaba a ella, con ella.

—La levanto en brazos y la llevo al borde de la cama. No hay prisa, pero tampoco dudas. La tumbo con delicadeza y mis dedos empiezan a explorar, a leer su piel como si fuera un libro escrito solo para mí. Cada gemido es una frase. Cada suspiro, un capítulo. Y yo quiero leerlo todo, sin saltarme una página.

Hice una pausa. La miré. Sus mejillas estaban encendidas. Se había inclinado hacia adelante, la bata casi suelta. Tenía los dedos en el cuello, como si necesitaran anclarse a algo para no perder el control.

—Sigo bajando. Mis labios rozan su vientre, su cadera, hasta llegar al centro mismo de su deseo. No hay palabras ahí. Solo lengua. Solo ritmo. Solo un vaivén acompasado que la hace temblar, que la lleva al borde y la devuelve solo para hacerlo otra vez. Hasta que no pueda contenerse. Hasta que grite mi nombre. Hasta que me clave las manos en el pelo y se rinda.

Cerré el cuaderno. El silencio era espeso. El deseo, tangible. La miré directamente.

—Eso es solo el principio, María. Pero necesito que me digas tú... qué harías si ahora mismo pudiera cruzar esa pantalla.

María no respondió enseguida. Permaneció en silencio, su pecho subiendo y bajando con rapidez, los labios entreabiertos. Notaba su pulso en la piel, incluso a través de la pantalla. Tenía la vista fija en mí, en mi pecho desnudo, en mis labios, como si buscara en ellos una puerta, una excusa para rendirse.

Se inclinó hacia adelante, y su bata se deslizó sin resistencia por uno de sus hombros, dejando ver el nacimiento de su pecho. No hizo ademán de cubrirse. No podía saber si era consciente o deliberado, pero me quedé sin aliento. Su voz, cuando llegó, era apenas un hilo:

—Si pudieras cruzar esa pantalla, te llevaría de la mano a mi cama. No te dejaría hablar. Solo sentir. Solo hacer. Pero como no puedes, voy a contarte. Para que te duela. Para que lo desees tanto como yo.

Tomó una hoja, pero no leyó. Improvisaba. Y era incluso más poderosa así.

—Me tumbo boca arriba. Dejo que me mires. Que recorras cada parte de mí con tus ojos antes de que tus manos me toquen. Me abro la bata por completo. ¡Así!

Y lo hizo. Lentamente, abrió los pliegues de satén. Aún cubierta en parte por sombras, pero ya no había barreras. Mis pupilas se dilataron, y sentí que mi respiración se desacompasaba.

—Deslizo mis dedos por mi vientre, como si fueran los tuyos. Me toco lentamente, mientras te miro. Me acaricio los pechos con la yema de los dedos, y los pellizco suave, justo como dijiste que lo harías.

Su mano bajó, y aunque la cámara solo mostraba desde el vientre hacia arriba, su expresión hablaba por ella. Sus mejillas encendidas, los labios entreabiertos, un gemido contenido.

—Y cuando siento que no puedo más, que me ardo por dentro, susurro tu nombre. Lo muerdo. Lo gimo. Porque quiero que se me quede en la boca para cuando por fin estés dentro de mí.

Me quedé inmóvil. Apenas podía pensar. Me había dejado completamente expuesto. Deseándola. Imaginándome ya no con ella, sino dentro de ella. No sabía si tocarme o llorar del deseo.

Ella sonrió. Me había visto. Me había sentido. Y sin perder esa expresión de lujuria compartida, se acercó un poco más a la cámara.

—Y ahora dime... ¿qué harías si pudiera empujar mi cadera contra ti ahora mismo?

Me quedé mirándola en silencio, los labios apenas separados, la respiración cada vez más irregular. Sentía un calor ascendente, un temblor que comenzaba en la base de la espalda y me recorría el cuerpo como un escalofrío invertido. Acaricié mi abdomen, descendiendo lentamente, mientras hablaba. Sabía que ella me veía, que interpretaba cada gesto, cada pausa, cada sombra.

—Si pudieras empujar tu cadera contra mí... —dije con la voz grave, algo ronca—...te sujetaría por las caderas y me quedaría quieto unos segundos, sintiendo cómo me rodeas, cómo me acoges... como si nuestras pieles se reconocieran.

Desabroché el último botón del pantalón. No con teatralidad. Con urgencia contenida. Mis dedos bajaban ligeramente la cremallera, y la tensión al hacerlo me hacía jadear apenas. Ella lo notó. Sonrió, pero estaba también inmersa en lo suyo. Lo intuía en sus ojos entrecerrados, en ese leve balanceo de hombros, en los suspiros que ya no disimula.

—Te miraría mientras entro en ti —continué, bajando la voz casi a un susurro—. Despacio. Muy despacio. Para ver cómo tu cuerpo reacciona, para escucharte respirar más fuerte, para sentir ese gemido que apenas se escapa de tus labios y que sólo yo puedo provocarte.

Mi mano ya estaba dentro del pantalón. Me acariciaba con lentitud, acompasando el movimiento con las palabras. María gemía. Ya no disimulaba. Se echó hacia atrás y dejó que su cuello se estirase, su boca entreabierta como si mis palabras la tocaran desde dentro. Sus dedos desaparecían bajo el marco de la pantalla. No necesitaba verla. La imaginaba. La sentía. Estaba sincronizada conmigo.

—Y cuando estés completamente abierta para mí, cuando ya no haya espacio para palabras, solo para jadeos... te tomaré como si fuera la última vez. Como si la historia que escribimos tuviera su clímax entre tus piernas.

Mi voz se entrecortó. No podía evitarlo. Estaba al borde. Y lo estaba con ella, por ella, dentro de ella, aunque la distancia nos separase. Cerré los ojos por un instante, imaginando su olor, su sabor, su cuerpo aferrado al mío.

—María...—susurré, con un nudo en la garganta y la tensión a punto de estallar—, te quiero aquí... ahora... escribiendo esta escena sobre mi piel, sobre mi lengua, sobre mi sexo.

Cuando abrí los ojos, ella estaba mirando fijamente la pantalla. La bata había caído por completo. Su cuerpo brillaba por el sudor, por la excitación. Me sonrió. Pero es una sonrisa temblorosa, vulnerable, hermosa.

—Entonces escríbeme, —dijo en voz muy baja—. Pero esta vez, no con palabras. Escríbeme con tu cuerpo.

María dejó caer la cabeza hacia atrás y soltó un gemido que no intentó disimular. Era un sonido puro, crudo, de entrega. Volvió a incorporarse, su mirada me atravesó con un deseo sin filtros. Su mano, invisible a la cámara, se movía con un ritmo que yo sentía en mi propio cuerpo. Estábamos conectados, como si cada palabra dicha y cada silencio compartido fuera un lazo que nos ataba sin remedio.

Me quedé mirándola en silencio, los labios apenas separados, la respiración cada vez más irregular. Sentía un calor ascendente, un temblor que comenzaba en la base de la espalda y me recorría el cuerpo como un escalofrío invertido. Acaricié mi abdomen, descendiendo lentamente, mientras hablaba. Sabía que ella me veía, que interpretaba cada gesto, cada pausa, cada sombra.

Cerré los ojos por un instante, y me dejé llevar. Imaginé su olor, su sabor, su cuerpo aferrado al mío. Mi cuerpo vibraba con cada respiración de ella. Me dejé llevar, los movimientos de mi mano acompasados a los suyos, imaginando que era su piel la que rozaba, su calor el que me envolvía.

Entonces ella se arqueó hacia la pantalla, su cuerpo tenso, sus ojos cerrados. La escuché jadear mi nombre, y luego otro gemido, más profundo, como una ola que la cruzaba entera. Yo no pude aguantar más. Cerré los ojos y me dejé caer también, pronunciando su nombre en un suspiro ronco, sintiendo el estallido placentero que me recorrió el cuerpo entero.

La respiración de ambos se fue calmando poco a poco. María no habló durante un rato, y yo tampoco quise romper ese silencio cargado de significado. Seguíamos mirándonos, vulnerables, saciados, pero también más cerca que nunca.

Finalmente, ella sonrió. Una sonrisa amplia, dulce, con un toque de sorpresa.

—Esto ha sido una locura preciosa —murmuró, abrazándose a sí misma—. No me imaginaba que esta noche acabaría escribiéndonos así.

—Yo tampoco. Pero no cambiaría ni una sola palabra.

Apagamos las luces poco después, tras un beso lanzado a través de la pantalla y un "buenas noches" que se sintió como una caricia.

La mañana siguiente amaneció clara. Me desperté con una sensación de paz que hacía mucho no conocía. Tras mi rutina de correr y ducharme, abrí el móvil y ahí estaba su mensaje:

—Buenos días, lector valiente. Me he despertado sonriendo, con agujetas en sitios insospechados y el recuerdo de tu voz enredada entre mis piernas. Creo que te debo un café cuando esto acabe. O varios.

Me reí, en voz alta. Le respondí enseguida:

—Buenos días, Reina Gorgo. Yo también he amanecido con una sonrisa. Y con la certeza de que nuestra historia merece más capítulos. Escritos. Vividos. Como quieras.

Ella mandó un emoji de fuego, uno de libro, y otro de labios. Y después:

—Prometido. Cuando se levante el encierro, no vamos a necesitar palabras.

Y supe, con una claridad deliciosa, que lo que habíamos empezado entre letras, no se quedaría en la pantalla. Que ese relato tenía cuerpo, voz, piel. Y que apenas habíamos escrito el prólogo.