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La inquilina del tercero (1): “El tercero A”

Lucas pensaba que mudarse a un piso silencioso sería su refugio, pero pronto descubrió que el silencio del edificio 3A estaba lleno de la voz de la vecina del 3B. Entre notas a mano, playlists compartidas y la tentación de cruzar el pasillo, la línea entre la curiosidad y el deseo se vuelve peligrosamente fina.

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La inquilina del tercero – Capítulo 1: “El tercero A”

*“Algunas puertas no necesitan cerrarse para volverse imposibles de cruzar.”*

Lucas Serrano llegó al edificio con una mezcla de ansiedad y resignación. Llevaba meses buscando un lugar tranquilo donde poner orden a su vida dispersa. El tercero A era pequeño, un piso modesto en un edificio de los años 70 que conservaba cierto encanto gastado, con sus paredes teñidas de un color crema que se despegaba aquí y allá, y un olor permanente a madera envejecida y humedad leve.

Arrastró sus dos cajas por el pasillo que olía a cera antigua y detergente barato. La luz del atardecer entraba por la ventana del rellano, pintando de naranja las escaleras de mármol, algo agrietadas. De fondo, el leve murmullo de una radio y un paso rápido de tacones sobre las baldosas.

Mientras instalaba la cafetera italiana en la pequeña cocina, Lucas pensaba en lo que le había traído hasta aquí: un año complicado, trabajos freelance irregulares, la sensación constante de que algo se le escapaba de las manos. Quería un cambio. Pero no sabía si este piso, con sus techos bajos y ventanas pequeñas, sería el refugio o la nueva jaula.

Pasó la tarde desempacando libros, cables, y su portátil. Se dejó caer en el sofá con un café, mirando hacia la puerta del tercero B, justo al lado. Allí comenzó el juego silencioso.

Esa noche, mientras intentaba terminar, escuchó pasos. No era la clásica molestia de un vecino ruidoso, sino un caminar medido y firme. El sonido de una llave que giraba con destreza en la cerradura. La voz de ella, cálida, pero distante.

—¿Necesitas ayuda con eso? —preguntó la voz desde el pasillo, con un tono casual y un deje de curiosidad.

Lucas se giró, con una caja en brazos, y la vio: una mujer de unos treinta años, pelo oscuro y suelto, ojos que parecían observar con precisión, pero sin prisa. Llevaba una camiseta amplia y vaqueros ajustados, y una sonrisa que no terminaba de decidir si era bienvenida o un juego.

—Creo que ya es lo último —respondió él, con una sonrisa tímida.

—Eso dicen todos los que se mudan. Hasta que recuerdan las plantas —rió ella.

—No tengo plantas.

—Entonces sobrevivirás —dijo, girando el pomo de la puerta sin añadir más, y desapareciendo dentro.

Lucas se quedó un momento en el pasillo, sosteniendo la caja. Se preguntó quién sería, si vivía sola, qué haría allí. Y por primera vez en mucho tiempo, una chispa de curiosidad le atravesó.

Los días siguientes fueron un compás de espera. Lucas escuchaba sus rutinas: los tacones que bajaban con prisa, la voz que hablaba por teléfono en fragmentos, cantos que se escapaban entre las rendijas de la puerta. Empezó a imaginar quién sería, a buscar señales en los detalles mínimos: un aroma a incienso que lo perseguía, la música que se colaba por la noche, las luces que a veces no se apagaban hasta muy tarde.

El jueves, la vio en la escalera. Llevaba una bolsa con comida, respirando con dificultad. Lucas, que venía bajando, se atrevió a hablar.

—¿Qué tal el tercero A? —preguntó ella, sonriendo como si ya conociera su nombre.

—Silencioso. Menos cuando pones música.

—¿Demasiado alta?

—No, justo lo que necesitaba. Tengo una lista nueva gracias a ti.

—Entonces invítame un café un día. Me gusta saber a quién influencio —bromeó, con una chispa en los ojos.

Lucas no supo qué responder. Ella se despidió con un “relájate, vecino”, y se perdió escaleras arriba.

Aquella noche, Lucas preparó dos cafés. Por si acaso.

Poco a poco, los encuentros se hicieron habituales: en la lavandería, en el portal, saludos rápidos, miradas que duraban más de lo necesario. Pero todo sin palabras profundas, sin compromisos, como un baile silencioso que ambos sabían interpretar, aunque ninguno quisiera admitirlo.

Una tarde de sábado, mientras escribía, escuchó golpes suaves en la pared. No eran ruidos molestos, sino sonidos que parecían marcar un ritmo, un latido. Luego, una risa baja, casi un suspiro.

Lucas sintió una mezcla de intriga y celos que no esperaba. Se preguntó si ella estaría con alguien más, si esas risas eran para otro. Cerró el portátil y se quedó en silencio, dejando que el eco de aquella risa le recorriera la piel.

El lunes siguiente, encontró en su felpudo una nota escrita a mano:

*“Te debo un café. O una lista de reproducción, tú eliges. —C”*

Lucas la guardó sin leerla varias veces, sin poder decidir si era una invitación o un desafío.

Desde entonces, el tercero A dejó de ser solo un piso. Era el inicio de algo que no sabía definir, un misterio que quería resolver.

Lucas decidió no responder la nota. No por falta de interés, sino porque le gustaba ese pequeño poder de espera, esa anticipación. En cambio, preparó una lista de reproducción en Spotify con temas que iban desde el jazz suave hasta el trip hop nocturno, y la tituló simplemente: “3B”.

La compartió por debajo de su puerta con un pos-it:

*“Creo que esta te define más que el café. —3A”*

La mañana siguiente, no hubo respuesta. Ni nota, ni mensaje, ni sonrisa en el pasillo. Y esa ausencia fue más ruidosa que cualquier conversación.

Esa noche, Lucas escribía. Un artículo más sobre nada, mal pagado y sin pasión. La lluvia golpeaba las ventanas con fuerza, como si quisiera limpiar las paredes de algo más que polvo. Y entonces escuchó el timbre.

Al abrir la puerta, allí estaba ella. Pelo algo mojado, chaqueta de cuero abierta, una expresión que mezclaba hastío y diversión.

—He venido por la playlist. Y porque se ha ido la luz en mi horno.

—¿Quieres que te prepare algo?

—Solo si no es pizza congelada. —Se rió.

Prepararon una cena rápida. Pasta con ajo y aceite, un vino barato. Comieron en el sofá, sin televisión, sin música, solo ellos y los sonidos del edificio durmiéndose.

Ella le habló de su trabajo: diseñadora gráfica, freelance, harta de clientes exigentes que no pagaban. Él le contó que escribía cosas que nadie leía. Rieron.

—¿Y por qué viniste aquí? —preguntó ella, mirando el techo.

—Buscaba algo tranquilo. O alguien que no me conociera. No estoy seguro.

—Pues encontraste a alguien que tampoco quiere que la conozcan mucho.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue denso, como una sábana caliente sobre los dos.

Antes de irse, ella le tocó el brazo y dijo:

—La próxima vez elijo yo la música.

Lucas la vio entrar en su piso. Tardó en cerrar la puerta. Y esa noche, mientras se acostaba, pensó en lo fácil que es desear lo que está a tres pasos de distancia.

Los días que siguieron se llenaron de señales: pasos sincronizados en la escalera, puertas que se abrían y cerraban con segundos de diferencia, miradas fugaces en el portal. Lucas sentía que vivía una historia a punto de escribirse.

Una noche, al volver del supermercado, la encontró en el pasillo, en bata y zapatillas, con una copa de vino en la mano.

—No tenía sueño —dijo ella, como si eso bastara.

—Yo tampoco.

—Entonces, ven.

No fue una invitación explícita. Ni siquiera lo dijo con deseo. Fue más bien una constatación: hay cosas que no se preguntan, solo se siguen.

Pero Lucas no fue. Se quedó parado unos segundos y luego dijo:

—Mañana. Estoy muy cansado.

Ella no insistió. Solo levantó la copa en señal de saludo y se metió a su casa. La puerta cerró despacio, sin ruido.

Esa noche, Lucas no durmió. No por arrepentimiento. Sino porque por primera vez en años, algo —o alguien— le interesaba lo suficiente como para querer hacerlo bien.

Al día siguiente, no la vio. Ni pasado. Solo la playlist con dos canciones nuevas añadidas: “Fade into you” y “Too much”. Un mensaje sutil. Como ella.

Lucas empezó a escribir de nuevo. Pero esta vez, no para su editor. Empezó a contar la historia de una mujer que vivía al otro lado del pasillo, con pasos suaves y misterios en la voz. Una historia que, por primera vez en mucho tiempo, le importaba.

Y mientras las palabras llenaban su pantalla, al otro lado de la pared, ella tarareaba una canción que él había puesto dos noches atrás.

Y así comenzó todo.

Gracias por sumergirte en esta historia. A veces, el deseo no entra por la puerta… sino por la pared de al lado.

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—Rubbix