Xtories

Un Entrenamiento Real

El gimnasio está vacío, las luces bajan y el silencio solo lo rompe el sonido de las máquinas. Él sabe que ella queda hasta el cierre, y esta noche la tensión ya no cabe en las miradas furtivas. ¿Qué precio está dispuesta a pagar por diez minutos extra?

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Llevaba un par de meses yendo al nuevo gimnasio de mi colonia. Era un lugar grande, con una gran variedad de máquinas, por lo que necesitaba muchos entrenadores para monitorear todo el lugar.

Yo siempre iba después de las nueve de la noche, que es cuando estaba más vacío, ya que era unas horas antes de que el gimnasio cerrase.

El punto es que, desde hacía semanas, notaba algunas miradas de parte del dueño del gimnasio, que además era uno de los entrenadores. El típico que solo ayudaba a chicas jóvenes y con mallones apretados. Alguien en buena forma, brazos grandes, joven. Yo calculaba 1.90 de altura; alguien que claramente imponía.

Los coqueteos empezaron sutiles: una corrección innecesaria en la postura, comentarios casuales sobre mis atuendos, los cuales no eran los más llamativos. Y aunque fingía profesionalidad, sus ojos me decían otra cosa.

Una noche, fui la última en quedarme. Estaba practicando una rutina de glúteo, que era la zona que buscaba mejorar personalmente. Él estaba haciendo inventario en las máquinas expendedoras, aunque yo sabía que estaba vigilándome de reojo.

Cuando las luces de la recepción se apagaron y solo quedó la tenue iluminación de la zona de máquinas, el ambiente se volvió tenso de pronto. Sentía una presencia, una mirada. Algo que en otra situación me aterraría, pero que en ese momento, parecía disfrutar.

—¿Terminaste tu rutina? —me preguntó. De alguna forma, estaba detrás de mí, sin que me diera cuenta.

—Todavía me falta trabajar un poco de glúteos —respondí, sonriendo.

—Lo que pasa es que ya vamos a cerrar, y necesito limpiar las máquinas —dijo, apoyando su brazo sobre una caminadora.

—¿Y no crees que puedas dejarme un poco más? Solo diez minutos —dije, ladeando la cabeza con picardía.

Me miró, acercándose lentamente y acorralándome entre él y una de las máquinas.

—Supongo que podemos hacer una excepción, pero tiene un costo extra... —dijo, poniendo su mano en mi hombro.

—¿Y de cuánto estamos hablando? —dije, pasando mi mano por su abdomen. Podía sentir sus músculos marcados por encima de la camiseta.

—No es sobre dinero —dijo con una voz calmada.

Estaba mirándome a los ojos. Poco a poco se acercó a mí, hasta que me besó: un beso largo, lento, pero cargado de energía.

Desde que entré al gimnasio ya sospechaba de sus intenciones, y una vez confirmadas, decidí hacer las cosas sin rodeos. Me aparté de él y, con toda la seguridad, le pregunté:

—¿Quieres que lo mame primero o pasamos directamente a lo que buscas?

Se quedó en silencio. Su respiración empezó a agitarse y, sin ninguna duda, tomó mi cintura, me levantó y me llevó en brazos hasta el mostrador de la recepción.

Con una fuerza impresionante, rompió mis leggings, dejando al descubierto mi ropa interior, la cual ya estaba húmeda por toda la situación.

—Quiero sentir tu humedad primero —dijo, para después usar sus dedos en mi centro.

Unos dedos tan gruesos que estuvieron a nada de hacerme terminar de lo bien que los usaba.

Él no tardó en desabrochar su pantalón, dejando a la vista su miembro, que, viendo el resto de su cuerpo, no decepcionaba para nada. Era el más grande que había visto en mi vida, lleno de venas, totalmente apetecible.

Por puro instinto, empecé a rodearlo con una de mis manos y comencé a masturbarlo yo también. Era una sensación electrizante; nos mirábamos a los ojos mientras nos generábamos placer mutuamente, dejando escapar gemidos largos y ruidosos.

Entonces dejó de tocarme y empezó a besar mi cuello, poco a poco bajando hasta mis pechos, lamiendo por encima de mi top, el cual decidí levantar, liberando mis pezones. Los besó con dedicación y lujuria, para después deslizarse hacia abajo. Yo estaba totalmente a su merced, así que abrí las piernas sin pensar, lista para recibirlo. Noté su cara de deseo. Entonces comenzó a devorarme con su lengua firme y mojada, saboreándome a fondo, hasta que un primer orgasmo llegó, dejando escapar mis fluidos en su boca.

Totalmente controlada por el placer, y con actitud decidida, me bajé del mostrador para arrodillarme. Tomé su miembro entre mis manos y lo metí en mi boca. Lo succionaba lento y profundo, con gemidos que vibraban en mi garganta, haciendo que él se aferrara al mostrador para no correrse de inmediato.

Estaba completamente entregada. Lo sentía temblar entre mis labios, con la respiración agitada, marcando el ritmo, dejándome hacerlo mío con la boca.

Pero no quería que terminara así. Quería sentirlo dentro de mí.

Solté su miembro con un último beso húmedo en la punta y lo miré con descaro mientras me incorporaba lentamente. Él me sostuvo de los brazos y, sin decir nada, me besó con una mezcla de deseo y ternura inesperada. Me tomó de la cintura, me alzó con facilidad, y nos sentamos sobre una banca cercana sin dejar de besarnos.

Nuestras bocas seguían chocando con hambre, nuestras lenguas se buscaban como si lleváramos años deseándonos. Sus manos acariciaban mis muslos, subían por mi espalda y apretaban mis glúteos. Mis piernas rodearon su cuerpo casi por instinto, y noté su erección rozando mi entrepierna.

—Quiero sentirte dentro de mí —le dije, susurrando en su oído.

Me giró con decisión. Me colocó de espaldas, apoyando mi pecho en la banca. Sentí cómo me abría las piernas, y en un solo movimiento me penetró.

Solté un grito ahogado que retumbó entre los aparatos. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba el lugar, mientras él me sujetaba fuerte de las caderas, penetrándome sin descanso. Cada estocada era intensa, profunda, llena de esa mezcla deliciosa entre lujuria y deseo contenido.

Se inclinó sobre mí, besándome el cuello, jadeando contra mi piel. Me tomó del rostro, me giró hacia él y me besó con fuerza, como si necesitara tener mi boca también. Entonces me cargó de nuevo y caminó conmigo hasta el tapete acolchonado del área de abdominales.

Me recostó boca arriba con cuidado y se metió entre mis piernas, volviendo a penetrarme en misionero. Nos mirábamos a los ojos, completamente conectados, con mi cuerpo temblando mientras él entraba y salía de mí con ritmo firme y decidido. Yo lo envolvía con mis piernas, apretándolo contra mí, deseando que no terminara nunca.

Luego se sentó, llevándome con él, y quedamos entrelazados en flor de loto. Mi cuerpo montado sobre el suyo, moviéndome despacio al principio, sintiéndolo dentro de mí, tan profundo y delicioso. Estábamos cubiertos en sudor, jadeando y gimiendo sin filtro. Lo besaba, lo abrazaba, me aferraba a él mientras el placer crecía en oleadas.

Cuando sentí que estaba a punto de estallar, me tomó de la cintura, salió de mi interior y me tumbó suavemente en el piso. Se puso frente a mí, masturbándose con fuerza mientras me miraba a los ojos, y segundos después, terminó sobre mi abdomen, dejándolo empapado.

Yo sonreí, acariciando mis pechos, todavía agitada, con el corazón desbocado. Nuestros jadeos bajaban poco a poco.

Entonces, en voz baja, rompí el silencio:

—Y pensar que venía al gym solo para sacar estrés…

Él soltó una risa y se tumbó a mi lado, agotado.

Al día siguiente, él no se había presentado a trabajar, pero cuando llegué al gimnasio, uno de los trabajadores me dijo que tenía un paquete, de parte del jefe. Dentro venían unos leggings nuevos, un perfume, y una tarjeta con su número personal.

Nuestros encuentros se volvieron recurrentes, siempre el mismo día, después de las nueve de la noche.

Siempre había oído ese estereotipo de que las personas de gimnasio se sienten atraídas a chicas rellenitas. Algo que no me hacía sentido… menos mal que estaba equivocada.