Xtories

El círculo. Cap.28. Debajo del sol de plomo

Entre el calor de Tepito y el frío de Lomas, las alianzas se rompen y los cuerpos se entregan. ¿Podrá la verdad sobrevivir a la maquinaria del poder?

Ixchel Diaz M1.8K vistas8.3· 6 votos

El calor comenzaba a pegar más allá del mediodía, grueso y seco como una mordida en la lengua. El concreto de la calle hervía bajo los tenis desgastados de los niños que correteaban entre puestos, diablitos oxidados y una música de cumbias que salía desde algún radio atado con cables a un poste eléctrico. Todo era ruido y todo era vida.

Abril apareció doblando una esquina, caminando con los puños relajados, como si no trajera la historia entera sobre los hombros. Su camisa de campaña —blanca, sencilla, con su nombre en letras rojas y limpias— estaba arremangada hasta los codos. Llevaba el cabello recogido en una trenza larga, apretada contra su espalda, y unos aretes dorados muy pequeños que capturaban la luz del sol como si fuesen piezas sagradas.

Tepito la observaba. No con desconfianza, sino con ese tipo de mirada que se reserva para los meteoritos o los eclipses. Ella no tenía guaruras visibles. Solo un par de voluntarios jóvenes que la seguían con la torpeza afectuosa del que admira sin medida. Caminaba como si conociera el barrio desde niña, como si no hubiera cámaras ni asesores detrás de su sonrisa.

Una señora de ojos tristes y delantal morado le acercó una botella de agua. Abril la aceptó con ambas manos, como si le entregaran un relicario.

—¿Cómo se llama, jefa? —preguntó.

—Soledad.

—¿Y qué haríamos sin las soledades que no se rinden? —le dijo, y la besó en la mejilla. La señora se quedó pasmada, los ojos húmedos. “Gracias, hija”, alcanzó a decir, bajito.

Más adelante, unos chavos se reían entre sí, parados al lado de una moto negra con el escape suelto. Uno de ellos traía los brazos tatuados hasta las uñas. Otro, una camiseta con la cara de un rapero muerto.

—¿Qué onda, banda? ¿Me dejan una foto o me la robo?

La risa fue general. Los muchachos se acercaron. Uno de ellos, el más alto, puso su mano rodeando su cintura, con ese descaro que solo se permite con quienes no inspiran miedo. Abril posó, pero luego giró hacia él.

—¿Y tú qué onda, ya sabes por quién vas a votar?

El muchacho recorrió su cuerpo con la mirada. Sonrío pero dudo un poco con la voz.

—Pues, la neta… ni idea.

—Entonces dame chance de darte una idea.

Se quedaron hablando. No fue un monólogo, ni una cátedra. Fue un diálogo vivo, punzante, con humor y calle. Habló de política como quien habla de familia. De feminismo sin caer en consignas, con ejemplos, con referencias a las jefas de hogar que crían solas, a las niñas que ya no quieren tener miedo de andar solas. “Porque el miedo nos quita espacio —dijo—. Y yo vine a abrir espacio, no a pedir permiso”.

Alguien transmitía en vivo desde un celular. Las imágenes comenzaron a circular antes de que ella terminara de hablar. En los comentarios, la gente decía cosas como “esa morra sí se ve chida”, o “yo no soy feminista, pero esta sí me representa”. Las palabras rebotaban por la red como esquirlas.

Abril siguió caminando. Le regalaban guayabas, pulseras tejidas, bolsas con agua de jamaica. Un niño de siete años le dijo que quería ser como ella.

—¿Y eso cómo es?

—Pues chido. Que no se te arrugue el corazón.

Ella se rió tan fuerte que tuvo que agacharse. Lo abrazó. Le susurró algo al oído. Nadie supo qué.

El barrio le pertenecía por ese instante. No por poder, ni por obligación. Le pertenecía como se pertenece a quien no finge. Como se abren las puertas al que llega con verdad, no con fórmulas. No hablaba lento, pero tampoco corría. Sabía dónde poner las pausas. Sabía cuándo mirar al cielo y cuándo mirar a los ojos.

La luz caía oblicua, dorada. Al fondo, alguien gritaba que la carne ya estaba, que el pastor estaba crujiente. El sonido del cuchillo contra la plancha era casi poético.

Un anciano con boina tricolor y dientes desiguales le tomó la mano.

—¿Va a ganar, señorita?

—Depende. ¿Usted qué dice?

—Yo digo que ya hacía falta una como usted.

Esa tarde, mientras subía a la camioneta desgastada que la sacaría de ahí, uno de sus asesores le mostró las cifras. El evento había duplicado los números. Las redes hervían. Pero ella no parecía impresionada. Se quitó la camisa de campaña, quedó en una camiseta de algodón cualquiera. Se limpió la frente.

—Apenas empieza —dijo, mirando por la ventana.

Y sí. Apenas empezaba. Pero algo se había sembrado. Algo que no venía del cálculo. Algo que no podía comprarse. Un tipo de magnetismo que no tenía explicación exacta. Como el de una mujer que camina entre el fuego sin quemarse. Como una líder que, antes que nada, se dejó tocar.

__

El mitin comenzó con gritos coreografiados.

Eran las cinco de la tarde y la explanada de Iztapalapa hervía con cientos —tal vez miles— de banderas plásticas, camisetas iguales, botellas de agua repartidas desde camiones rotulados, sombrillas con el logo del partido, porras bien alimentadas con torta y frutsi. Había toldos, templetes, pantallas LED y un estrado sobreelevado, flanqueado por cinco figuras sentadas en sillas negras, como en un velorio elegante. A un costado, una fila de líderes locales, todos varones, todos con camisa blanca y cara de domingo.

Serrano apareció como aparece el patrón: con retraso y sin prisa. El sol bajaba lento, quemando los techos de lámina y el rostro de los que llevaban más de dos horas de pie. Él se dejó ver entre una marea de acarreados, con una sonrisa fija, gafas oscuras y la mano alzada como si bendijera. Lo flanqueaban tres hombres fornidos, sin logos, sin identificación. Su traje azul marino parecía recién planchado. Saludó sin mirar a nadie directamente. Caminaba como si el suelo le debiera algo.

Cuando subió al templete, el animador lo presentó con voz de feria:

—¡El único! ¡El que sabe! ¡El que no se raja! ¡Nuestro próximo senador! ¡Serranoooo!

Los altavoces temblaron. Alguien soltó un par de cohetes. La música subió de golpe: reguetón patriótico con letras que hablaban de orden, familia, futuro.

Serrano tomó el micrófono sin mirar a la audiencia. Habló primero con frases hechas. Dijo que el país necesitaba firmeza, no ocurrencias. Que no bastaba con discursos bonitos ni con sonrisitas de selfie. Que Iztapalapa era tierra de trabajo, no de “experimentos progres”.

La gente aplaudía. Los operadores del partido, bien distribuidos entre la multitud, marcaban el ritmo del entusiasmo. Cuando Serrano levantaba la voz, ellos agitaban las manos. Cuando hacía una pausa, gritaban su nombre. Todo era perfectamente artificial.

Y entonces, lo hizo. Lanzó el dardo.

—Porque no se nos olvida —dijo, deteniéndose en seco, modulando como actor de radionovela—. No se nos olvida que hace apenas unos años, nuestra querida Abril era funcionaria. Una burócrata más. ¿Ya se les olvidó el desfalco de las becas en 2019? ¿Las transferencias irregulares desde la Dirección de Programas Sociales?

Hizo una pausa.

—Tres millones de pesos “extraviados”.

Otra pausa, más larga. Se quitó los lentes oscuros.

—Y ella tramitó esos cheques.

El rumor recorrió la plaza como un escalofrío. No importaba que el “desfalco” nunca hubiese sido comprobado, que no hubiera juicio, ni denuncia formal. La estructura ya estaba instruida para aplaudir. La gente comenzó a gritar cosas: “¡Ratera!” “¡Con los niños no!” “¡Fuera!” Una señora levantó un cartel improvisado: Abril traicionó al pueblo.

Serrano sonrió.

—Hoy viene aquí, disfrazada de esperanza, vendiendo cuentos con voz suave. Pero nosotros sabemos que este país no necesita cuentos. Necesita pantalones.

El doble sentido no pasó desapercibido. Los hombres rieron. Las mujeres, en su mayoría, bajaron la mirada. Algunas grababan. Otras simplemente comían frituras sentadas en la banqueta, esperando a que terminara el acto para poderse ir.

Serrano siguió hablando. No hizo propuestas. No hizo promesas. Enumeró culpas ajenas, manchas en el pasado de sus rivales, medias verdades infladas hasta parecer monstruos. Y cada frase era ovacionada. Como si el cinismo hubiese dejado de ser un defecto y se convirtiera en una virtud.

Lo que importaba era la mecánica. La maquinaria. Los liderazgos locales. La disciplina de la estructura. Los favores cobrados. Los transportes puestos. Los frentes bien pagados. La plaza llena.

Al final, bajó del estrado rodeado de flashes. Lo esperaban para la entrevista con medios. Su asistente le susurró algo al oído. Él rió. Se acomodó el saco.

—Esto ya está cocinado —dijo, sin mirar atrás.

Mientras tanto, en la orilla de la plaza, una niña de unos nueve años, con el rostro cubierto de sudor y una camiseta con la cara de Serrano mal impresa, preguntaba en voz baja:

—¿Y él va a hacer algo por nosotros?

Su madre no respondió. Solo le pasó una paleta y le dijo que se callara. Porque ahí, en ese rincón del país donde la esperanza parecía un lujo, lo único que se servía caliente era el miedo. Y Serrano sabía cocinarlo a la perfección.

__

La casa en Lomas de Chapultepec era más que una casa. Era una alegoría en piedra caliza. Fachada blanca, sin mácula, con ventanales que daban al jardín como si todo lo privado tuviera derecho a exhibirse. En el vestíbulo, una escultura de alabastro —una figura femenina sin rostro, de caderas imposibles— daba la bienvenida sin necesidad de palabras. El mármol estaba pulido hasta la arrogancia. Afuera, los coches se alineaban como joyas de museo: tres Suburbans negras, un BMW gris plomo, un Jaguar que olía a testosterona vieja.

Valeria abrió la puerta principal con una sonrisa estudiada. Cada movimiento era exacto, fluido. Como una actriz que ha ensayado tantas veces que ya no distingue entre el gesto y la intención.

Vestía un conjunto que parecía no querer esconder nada. Un vestido de seda roja, ceñido hasta el aire. El escote caía en “V” profunda, sin sostén, con una soltura falsa que obligaba a mirar. La espalda estaba completamente descubierta, apenas cruzada por una tira fina que nacía detrás del cuello. Las piernas, largas y torneadas, se asomaban por una abertura que subía más allá de lo necesario. Sus labios estaban pintados de un rojo idéntico al vestido, y sus uñas brillaban como dagas. El cabello, recogido en un moño alto y deliberadamente desordenado, dejaba ver una nuca impecable.

—Bienvenidos —decía, uno por uno, modulando la voz como quien dice un secreto elegante.

—Lorenzo ya está en el salón. Sirvieron mezcal, pero también hay champaña, por si les duele la conciencia.

Los invitados entraban encantados. Hombres de traje sin corbata, mujeres con ojos rápidos. Todo olía a perfume costoso y a estrategias invisibles.

Valeria no siempre fue así. Un año atrás, usaba blazer de mezclilla y leía a Byung-Chul Han en el transporte público. Soñaba con reformar las políticas de vivienda y hablaba del círculo como “ese cáncer simbólico que hay que extirpar desde adentro”. Ahora, sabía modelar con los brazos cruzados bajo el pecho, sabía caminar como quien flota entre códigos implícitos, sabía cómo inclinarse justo lo suficiente para ser inofensiva y deseada a la vez.

Helena fue de las últimas en llegar. Entró sola, con un vestido negro de terciopelo y mirada detenida. No saludó de beso. Solo asintió.

En el salón, las luces estaban bajas. Una araña de cristal filtraba los reflejos sobre la mesa de ónix. Había bandejas con frutos secos, quesos franceses, cigarros electrónicos. En la pared, una pantalla mostraba sin audio la última nota viral: Abril abrazando a una mujer mayor en una calle empinada de Tepito.

Lorenzo rió con desdén al ver la imagen.

—La amante rebelde —dijo—. Miren qué ternura. Parece que va a fundar una ONG en cada esquina.

Los presentes se rieron. Con gusto. Con hambre.

—Cuidado —añadió uno—, que luego hasta le creen que estudió política en Harvard.

—No. Estudió burocracia en el IMSS —ironizó otro.

Valeria se sentó sobre el brazo del sillón donde Lorenzo descansaba, cruzando una pierna sobre la otra con un cálculo casi quirúrgico. Desde ahí, con la postura de una diosa menor, lideró las carcajadas.

—¿Ya vieron su última entrevista? —dijo—. Está convencida de que con amor y feminismo va a arreglar este país. Es como una mezcla entre Frida y la Madre Teresa... pero en campaña.

—Frida de Coyoacán, pero sin arte —remató Lorenzo.

—Y con más orgasmos. —Valeria lo dijo en voz baja, pero fue suficiente para provocar una nueva ronda de risas.

Helena no dijo nada. Observaba. Bebía despacio, como si su copa escondiera respuestas. En su mirada había algo que no se reía. Algo que registraba cada burla con una claridad incómoda. Quizá un eco de la fe que alguna vez tuvo en la joven que ahora se sentaba al lado de Lorenzo como un trofeo entrenado.

—Hay que dejarla correr —añadió Lorenzo, casi con pereza—. Se va a desfondar sola. Es bonita, sí. Pero eso no alcanza. En este juego, o rompes la cadena... o te la comes.

Valeria rió, pero algo tembló en su mandíbula. Por un instante mínimo, sus ojos se perdieron en la imagen congelada de Abril en la pantalla. La forma en que abrazaba a la gente, la manera en que la miraban... no era actuación. Era algo que ella había tenido. Algo que había dejado atrás como se deja una casa en llamas.

Pero el instante pasó. Se irguió. Se acarició la clavícula.

—No se preocupen. Si ella es la Juana de Arco, yo soy la Santa Inquisición.

Lorenzo la miró de reojo, complacido. Como quien ve su obra avanzar con disciplina.

La reunión siguió. Copas llenas. Chismes actualizados. Estrategias trazadas entre susurros y caviar. Afuera, la noche de Lomas era limpia. Adentro, la política seguía siendo lo que siempre había sido: un salón cerrado donde la verdad era lo único que no se servía en la mesa.

Y Helena, en silencio, pensaba. En cómo Abril les sacaba ventaja. No por músculo. No por discurso. Sino porque todavía podía caminar entre la gente sin sentir asco. Algo que en esa sala ya nadie recordaba cómo se hacía.

__

Era sábado, pero todo se movía como entre semana. La ciudad no dormía, al menos no en esas semanas donde cada poste, cada autobús y cada canción de radio estaba invadida por los rostros que prometían futuro. Abril aparecía en spots con voz firme y sonrisa suave; Serrano, en cambio, gritaba en conferencias editadas con urgencia, escoltado por banderas. Las bardas se pintaban y repintaban de madrugada. Las calles eran un ring disfrazado de democracia.

Pero ahí, entre los senderos húmedos del Bosque de Tlalpan, el mundo parecía otro. Aún olía a pino y a tierra fresca. A sudor limpio. A café recién hervido en algún local improvisado con lonas y cajas de madera recicladas. El calor no había llegado, pero se insinuaba.

Míriam traía un top negro ajustado, unos leggings con vivos naranjas y el cabello recogido en una trenza apretada que le colgaba como látigo entre los hombros. Sudaba apenas, con dignidad. Se había quitado la sudadera y la colgaba sobre un hombro. Sus tenis estaban llenos de lodo seco, igual que los de Damián, que se había sentado de espaldas a la barranca, con las piernas abiertas, el torso inclinado hacia adelante y una botella de agua entre las manos.

Pedían licuados en uno de esos changarros que vendían "energéticos naturales" y quesadillas “light”. Una señora gorda, con delantal floreado y los labios pintados de fucsia, tomaba las órdenes con una sonrisa.

—Un licuado de avena, plátano, chocolate, poca azúcar —pidió Míriam.

—Y uno de papaya con amaranto. Pero con leche entera, por favor, nada de chingaderas light —dijo Damián, guiñándole un ojo a la señora—. Y un pan de elote, que ya sé que los tienes escondidos.

—¿Uno nomás? —rió Míriam.

—Uno para los dos. Ya después me robo el tuyo.

Se sentaron en una mesa de madera vieja, medio coja. Compartían el banco. Sus rodillas se tocaban sin incomodidad.

—Tu Abril resultó una joyita, ¿eh? —dijo Míriam, tomando su agua y limpiándose la frente con la manga.

—Alguna vez algo me hizo pensar que era buena —dijo Damián sin levantar la vista.

—Te escuchas como pendejo enamorado.

—No mames —soltó él, y de pronto, rápido, con una puntería que nacía de los años, tomó un popote del servilletero y se lo lanzó directo al canal de escote que se asomaba entre el top de Míriam.

—¡Eres un idiota! —rió ella, sacándose el popote como si le sacara una astilla.

—Diosito te bendiga esas tetas, Mir. Y a mí por conocerlas tan de cerca.

Rieron. Como adolescentes que compartían un chisme sucio bajo la lluvia. Luego vino el silencio. No era incómodo. Era el silencio de los que ya se habían dicho todo, y aún se elegían.

—Te conozco, cabrón —dijo Míriam, más suave, apoyando el codo en la mesa—. Has estado con muchas. Muchas... mujeres. Pero con Abril es distinto. Te veo distinto. Enamorado. Apendejado.

Damián se quedó mirando un punto entre los árboles.

—Es diferente.

—¿Cómo?

—No sé... Abril es un chingo de cosas. Más que todas. Más que besos, más que coger. No sé cómo explicarlo. Es como...

Hizo una pausa. Sus labios se fruncieron. Bajó la vista.

—Disfruto cada momento que tengo con ella, porque... no sé, a veces siento que Abril siempre va a tender a querer más.

—¿Más qué?

—Más de todo. De la vida. De sí misma. De mí.

—No seas tonto —dijo Míriam—. Abril está enamorada de ti. Nadie haría lo que tú haces por ella. Nadie más en el mundo.

Damián suspiró.

—Ella quiere una familia, Míriam. Un hijo.

La frase cayó como piedra en el estanque.

Míriam asintió. Esperó.

—Pues ahí estás tú, ¿no?

—Ya sabes el problema que tengo para tener hijos...

Míriam bajó la mirada.

—¿Es por los abortos de Isabella?

Damián no respondió.

—No fue tu culpa, Damián. Fue de nadie.

—Después del último intento... ya no pude. Le agarré miedo. A esa sensación de incertidumbre. A fracasar. A perder.

—Entiendo, amigo. Pero ya tienes tus hijas.

—Sí. Pero Abril no tiene. Y eso... tarde o temprano va a pesar.

Llegó la comida. Los licuados, fríos, espumosos. El pan de elote envuelto en servilleta de papel. Comieron sin hablar. El bosque seguía su ritmo. Un niño corría cerca, con un gorro de Pikachu. Un perro ladraba a las ardillas.

Míriam terminó primero. Se limpió con los dedos.

—¿No te da miedo? —preguntó.

—¿El qué?

—El Círculo. Las represalias.

Damián miró hacia la barranca.

—Mi papá me decía una cosa—. Se acomodó el gorro—. “Estando bien con Dios, que chingue su madre el Diablo.”

Míriam se rió. Se recargó en su hombro.

—Los estás traicionando, cabrón.

Damián no sonrió.

—Ya no sé si traiciono por coraje o por equilibrio.

—Lo sabrás después —dijo ella, tomando su vaso vacío—. Cuando ya sea tarde.

El viento sopló. Las ramas crujieron como si supieran algo. En ese rincón, donde el país parecía una pausa en sí mismo, los dos se quedaron sentados un rato más. Sin prisas. Sin certezas. Como solo pueden quedarse quienes han sido testigos de la verdad del otro.

__

El coche avanzaba por una carretera sin alumbrado, flanqueada por árboles torcidos y anuncios espectaculares semidesgastados por el sol. El cielo estaba negro, sin luna, y la música dentro del coche era un reguetón lento que vibraba por los bajos. Ximena iba en el asiento del copiloto con la cabeza recargada en la ventana, mirando cómo los árboles pasaban como sombras largas.

—I promise que te la vas a pasar chido, neta —dijo Emiliano, volteándola a ver de reojo.

—Ay, si no la paso bien me pagas el Uber de regreso, ¿eh?

—Jalo. Pero no te vas a querer ir.

Emiliano era el típico güey buena onda: flaco, moreno claro, ojos traviesos, siempre en hoodie aunque hiciera calor. Lo había conocido el primer día, en una clase de análisis político donde la mitad estaba más ocupada en sus celulares que en los libros. Él le había prestado un marcador. Luego un cuaderno. Luego un playlist.

Ahora, manejaba rumbo a una fiesta en un pueblo de Morelos, en una casa con alberca prestada por el primo de no sé quién.

Ximena no le había dicho a su papá. Le había pedido permiso a Míriam, con una mentira a medias: que era una reunión pequeña, pura gente de su carrera, que regresarían ese mismo día. Míriam no preguntó mucho. Solo la miró dos segundos más de lo normal y le dijo: “Si tomas, que sea poco. Y si algo se pone raro, me llamas. Lo que sea, yo voy por ti.”

Pero ahora, al entrar a la casa, Ximena supo que no era una “reunión pequeña”. La música estaba altísima, las luces eran de colores y ya había gente en traje de baño, mojada, riendo, brincando en los sillones. Olía a bloqueador solar, cigarro y cerveza derramada. Una bocina gigante escupía a Bad Bunny a todo volumen, y alguien había puesto un inflable de unicornio en la alberca.

—Holy shit —susurró Ximena, incómoda.

—Ya llegamos, bebé universitaria —dijo Emiliano, riendo.

Pasaron entre la gente. Algunos saludaban a Emiliano con abrazos y choques de puño. Ximena solo sonreía leve, tímida. Se sentía fuera de lugar, como alguien que se equivocó de invitación.

—¿Quieres una chela o algo más coquetón? —preguntó Emiliano.

—No sé… algo suave. No quiero vomitar en la primera hora.

—Aguanta, voy por algo rosa para ti.

Regresó con dos vasos de plástico y una sonrisa. El trago sabía a fresas, vodka y medicina. Ximena lo bebió rápido. Luego otro. Y después otro. Pasaron las horas.

El alcohol la fue soltando. La incomodidad se volvió curiosidad, y la curiosidad se volvió euforia. A medianoche, estaba bailando con Emiliano junto a la alberca, rodeados de cuerpos sudados, luces neón y celulares alzados. Le sonreía a todo el mundo. Gritaba canciones que no se sabía bien.

En algún momento, se quitó la falda de mezclilla y quedó en su bikini pastel, lila con verde menta. Se sentía bonita. No como esas niñas de Instagram con curvas imposibles, pero algo en la forma en que Emiliano la miraba la hizo creer que bastaba con estar ahí, mojada, viva, risa suelta, piel caliente.

—¡Vámonos al agua! —gritó alguien.

—¡Simón! —dijo Emiliano, tomándola de la mano.

Se lanzaron al mismo tiempo. El agua estaba fría. Gritó, pero rió. Él se acercó demasiado, la abrazó por la espalda. Ella no se apartó, pero tampoco lo besó. Aun no.

Flotaban en la alberca, rodeados de gritos, celulares, vasos medio vacíos. Una chica les tomó una foto. Ximena posó con los dedos en “peace” y la lengua afuera. Luego subió la imagen a sus historias. Otro video, bailando. Otro más, con Emiliano. Después, uno donde besaba a una chica.

Fue rápido. Apenas un roce de labios con una chavita de cabello azul que la jaló por sorpresa y le dijo:

—Te ves deliciosa, mami.

Y ella, ebria, feliz, contestó:

—Tú también.

Y se besaron. No por deseo, sino por desmadre. Por ser joven. Por tener algo qué contar después.

—¡Güey, qué pedo! —gritó Emiliano, riendo, mientras les tomaba una foto.

—¡Que nadie diga que no vine a vivir, carajo! —gritó Ximena, levantando los brazos.

Pero poco después, se sintió rara. Mareada. Como si la música estuviera más lejos. Como si alguien la empujara desde dentro. Salió de la alberca con dificultad. Se envolvió en una toalla. Caminó hacia una de las habitaciones buscando un baño, tropezando.

Abrió una puerta equivocada. Dos tipos besaban a una chica en una cama. Cerró. Siguió buscando. Encontró una silla. Se sentó. Cerró los ojos. Su celular vibró. Era un mensaje de Míriam: “Todo bien?”

Ximena lo vio. No respondió. Solo miró la pantalla un momento largo, como si esa pregunta cargara más peso del que aparentaba.

Desde el jardín, aún se escuchaban los gritos. Alguien pedía más hielo. Alguien lloraba. Alguien reía muy fuerte. Emiliano la buscaba.

Pero ella se quedó ahí. Sentada. Callada. Sintiendo por primera vez algo parecido al miedo, envuelta en su toalla mojada, como si esa noche —llena de risas, cuerpos y luces— también pudiera esconder una trampa.

La habitación era pequeña, con una lámpara de lava que apenas respiraba luz roja. Ximena estaba sentada en una silla de plástico, con la toalla mal envuelta, el cabello húmedo pegado a los hombros, las piernas frías, las manos temblorosas. Tenía la vista clavada en su celular, donde la pantalla aun mostraba la conversación de Míriam: “Todo bien?”

El cosquilleo en el estómago ya no era emoción. Era algo más ácido. Como un aviso. Como cuando de niña se escondía debajo de la mesa después de romper algo. Iba a contestar. Iba a decir ven por mí, o no sé qué estoy haciendo, cuando la puerta se abrió sin tocar.

—¿Xime? ¡No mames, Xime! ¿Qué pedo? —Emiliano.

Entró con la cara preocupada, el hoodie empapado, la voz más grave de lo usual.

—Güey, te ves fatal. ¿Todo bien?

Ella alzó la vista. Quiso sonreír pero no pudo.

—Me siento de la verga. Siento que la cabeza me da vueltas... y no sé. No sé si tomé de más o si fue otra cosa.

—No tomaste tanto, ¿o sí? ¿Qué más te dieron?

—No sé… el rosa ese que me diste.

—Güey, era vodka con jugo, te lo juro. Nada más. No mames.

—Tengo frío. Y me arden los ojos.

Él se agachó frente a ella, le tocó la frente con el dorso de la mano.

—Estás helada. Vamos por agua. Vamos a sacarte de aquí.

La ayudó a levantarse. Ella temblaba. Caminó lento, como si estuviera saliendo de un mal sueño. Emiliano no la soltó. En la cocina improvisada de la casa, le dio una botella de agua y le prestó su sudadera. Después, la llevó a una de las habitaciones más limpias, cerró la puerta y la ayudó a vestirse. Lo hizo con cuidado. Con respeto. Le pasó sus shorts, luego su camiseta. No la tocó más de lo necesario.

—Tranquila, ¿ok? Ya pasó.

—No quiero estar aquí.

—Ya vamonos.

La sacó por la puerta trasera, donde no había gritos ni luces, solo un pasto húmedo y un portón chirriante. Ximena se dejó llevar. Ya no hablaba. Solo apretaba los dientes.

El camino de regreso fue casi silencioso. El cielo comenzaba a aclararse, con ese gris tenue que anuncia el amanecer sin prometer nada. La carretera estaba desierta. Dentro del coche, Emiliano puso una playlist suave. Algo de Cuco. Algo de Silvana Estrada. Ella cerró los ojos, recargada en la ventana, con las piernas cruzadas, abrazada a sí misma bajo la sudadera de él.

Cuando entraron por Insurgentes Sur, su celular vibró. Un mensaje de Míriam. “Ya estoy en casa. Avísame cuando llegues.”

Ximena no contestó. Solo lo leyó y se lo guardó como quien esconde una carta rota.

—¿Te sientes mejor? —preguntó Emiliano, bajando el volumen.

—Un poco. Gracias.

—Me asustaste un chingo.

—Yo también. Me asusté yo sola.

Llegaron frente a su casa. Las ventanas estaban apagadas. Solo una luz tenue en la entrada. Míriam ya estaba ahí.

—Ya llegamos —dijo Emiliano, deteniendo el coche.

Ximena lo miró.

—Gracias. Por cuidarme. Por todo.

—Gracias a ti por no morirte en mi coche —intentó bromear. No funcionó del todo.

—Lo siento si eché a perder tu noche.

—Xime… —él le tomó la mano—. No arruinaste nada. Solo… la próxima vez, dime si algo te cae mal, ¿va?

—Va.

Se miraron unos segundos. Y se besaron. Sin lengua. Sin urgencia. Solo labios suaves y sinceros, como quien quiere que el otro sepa que no está solo.

—Te van a regañar —dijo él.

—Un chingo.

—¿Quieres que me baje a pedir disculpas?

—No. Déjame esto a mí.

Se bajó del coche. Emiliano no arrancó. Se quedó ahí, viendo su silueta caminar hacia la puerta. Ximena se ajustó la sudadera, respiró hondo.

Míriam abrió antes de que tocara. Tenía un suéter de lana gris, pants, chanclas. El cabello suelto y ojeras de quien duerme con un ojo abierto.

—¿Estás bien? —preguntó.

Ximena asintió. Míriam no pidió más. No hizo preguntas. La dejó entrar. En la cocina, había una taza humeante. Té de manzanilla con miel.

—Tómate esto —dijo Míriam, dejando la taza frente a ella. Se quedó de pie, como si quisiera decir algo pero dudara.

Ximena se sentó. Dio un sorbo. El calor le bajó hasta el estómago.

—Cuídate —dijo entonces Míriam, sin dureza, sin juicio, sin drama—. El deseo no es excusa para perderte.

Ximena no contestó. Solo asintió. Y en ese silencio —más que en el beso, más que en la fiesta— supo que estaba creciendo. No con aplausos, sino con cicatrices suaves. De esas que uno aprende a leer con el tiempo.

__

El sol apenas tocaba las cortinas de su casa cuando Isabella ya estaba en la cocina, de pie, en pantuflas y una bata corta de satín gris perla. Movía una espátula sobre el sartén como si no supiera exactamente qué estaba haciendo, pero igual freía huevos con jitomate picado y preparaba café en la prensa francesa que Valeria le había regalado el año anterior. En el aire flotaba ese olor que mezcla mantequilla con ansiedad.

Se arreglaba más de lo usual. Llevaba el cabello suelto, ligeramente ondulado. Se había puesto rímel —algo que no hacía un jueves cualquiera— y, debajo de la bata, el encaje negro del sostén se asomaba con cada movimiento.

Valeria entró en shorts y una playera sin mangas, el cabello recogido en un chongo apretado y cara de no haber dormido lo suficiente. Se restregó los ojos, se sirvió agua y se dejó caer en la silla frente a la mesa. Olfateó el aire.

—¿Y este lujo matutino? —preguntó, sin mirar a su madre.

—Pues... se me antojó hacer algo rico —dijo Isabella, dándose la vuelta con una sonrisa fugaz.

—Ajá. ¿Y también se te antojó ponerte ese brassier o fue coincidencia gourmet?

Isabella se congeló apenas un segundo. El encaje negro se marcaba bajo la tela satinada de la bata. No era uno cualquiera: era uno de esos con historia, con intención. Ella bajó la vista fingiendo que no entendía.

—¿Cuál brassier?

—Mamá… por favor. Es jueves, son las ocho de la mañana, y traes pestaña rizada. No soy tonta. Bueno, sí, pero no tanto.

Isabella suspiró, dio la vuelta y sirvió los huevos con jitomate como quien cambia de tema con movimientos.

—Tengo comida con unas amigas y luego voy a llevar la camioneta al taller. El mecánico ese de los lentes siempre me hace esperar, así que dije: “voy a estar presentable”.

Valeria sonrió sin levantar la vista del plato. Pinchó un trozo de papaya.

—Sí, claro. Yo también me pongo encaje cuando voy a pelear con el del aceite.

Isabella se sonrojó. No como una adolescente, sino como alguien que no esperaba tener que explicar nada. Se recargó contra la barra de la cocina, cruzando los brazos.

—¿Y tú? ¿Qué planes? —dijo con voz fingidamente casual.

Valeria se encogió de hombros.

—Pilates en una hora. Dentista a la una. Mitin con César en Lindavista a las seis. Y cena con Lorenzo en la noche.

—O sea, día completo.

—Como siempre. No todos tenemos la dicha de andar por ahí en tacones y con lencería bonita pretextando juntas con amigas.

Isabella rodó los ojos y trató de sonreír.

—No inventes cosas.

—Yo no invento. Nomás observo. Y de paso, te recuerdo que si ese encaje termina roto como la vez pasada, no me vengas a llorar. Esa lencería la compramos juntas en Nueva York. Me voy a enojar si la maltratas.

—¡Valeria!

—Nada más dile a tu galán que se serene. Que sea cuidadoso. Eso también es parte del encanto, ¿no?

Isabella la miró, entre escandalizada y divertida.

—No es lo que tú crees.

—¿Ah, no? Entonces... ¿por qué te perfumaste dos veces?

Hubo un silencio corto, cómplice. El tipo de pausa que solo existe entre mujeres que se saben más allá del juicio. Isabella bajó la mirada, medio derrotada, medio feliz. Valeria la observó unos segundos y dio el último trago a su café.

—Bueno, ya me voy. No quiero llegar tarde a que me griten “actitud” en Pilates mientras me sacan el aire.

—Te veo mañana, entonces.

—Ajá.

Valeria ya estaba en la puerta cuando se detuvo, como si recordara algo a medias. Se dio vuelta, alzó una ceja.

—Y cuídate tú también... porque la que te van a arreglar no es la camioneta, mamá.

Isabella se cubrió la cara con ambas manos, murmurando algo entre risas y vergüenza. Valeria soltó una carcajada de esas limpias, de esas que no traen veneno. Después salió del departamento, con pasos seguros y un aire travieso. Isabella se quedó sola un momento, mirando su taza de café, aún caliente.

Suspiró. Y sonrió.

La casa de Darío quedaba al fondo de una calle cerrada en San Ángel, donde los árboles eran altos y viejos, y las sombras se alargaban sobre los adoquines como presagios. No era una mansión, pero sí una casa con historia: techos altos, paredes gruesas, cuadros discretos, y una colección de libros que trepaba sin pudor por las estanterías. Todo olía a madera, a café tostado y a una soledad ordenada.

Isabella llegó con una bolsa de tela colgada del hombro, el cabello suelto y esa blusa blanca que a Darío le gustaba porque se abría apenas al inclinarse. Llevaba vino tinto, albahaca fresca, y una receta que no cocinaba desde hacía años: pasta con ajo y camarones al limón.

—¿De verdad vas a cocinar? —preguntó él, apoyado en el marco de la puerta, con una sonrisa ladeada.

—¿Por qué te sorprende tanto?

—Porque siempre dices que “una mujer inteligente delega lo que no domina”.

—Hoy quiero ser una mujer normal. De las que pican cebolla y lloran.

—Si lloras, que sea por lo rico que besas.

Se acercó y la abrazó por la cintura, pero Isabella puso la palma en su pecho y se deslizó hacia la cocina.

—Primero cena. Luego lo otro. No todo se trata de meter las manos, Darío.

Él rió y se dejó caer en uno de los taburetes junto a la barra. La observó mientras se movía entre los sartenes, buscando dónde estaba la sal, oliendo las especias, probando con la punta del dedo. Isabella cocinaba como quien improvisa un poema: sin receta, pero con ritmo. El vapor le enrojecía las mejillas, y sus movimientos eran lentos, sensuales, casi como si estuviera bailando con el fuego.

—¿Sabes qué es lo más sexy que he visto en meses?

—¿Qué?

—Esa forma en que cortas el perejil.

—Cállate.

—Juro que quiero casarme con esa tabla de picar.

La cena fue sencilla. Un plato hondo con pasta tibia, camarones dorados, pan rústico. Se sirvieron vino. Hablaron poco. Había algo en el ambiente que volvía innecesarias las palabras. Una especie de tregua entre el mundo y ellos.

Después, sin decir nada, Darío tomó el plato de Isabella y lo dejó en el fregadero. Volvió, la tomó de la mano, y la llevó hasta el sillón amplio del estudio. Ella se dejó llevar.

Allí, entre cojines oscuros y luz tenue, se besaron. No fue un beso de cortesía. Fue un reconocimiento. Un reclamo. Un permiso. Las manos de Darío le recorrían la espalda como si buscaran memorias escondidas. Isabella respondía con hambre, con precisión. Se reían entre besos, se decían cosas al oído que no necesitaban interpretación.

Se desvistieron lento, como si ya no tuvieran prisa. Como si por primera vez todo estuviera permitido.

Darío se recostó en el sofá, ella lo acarició primero y luego se montó en él. Sin prisa, disfrutándolo, abrazándolo con sus entrañas, gimiendo y moviéndose lento. El calor en sus mejillas la hizo sonreir. Isabella no dejaba de moverse encima de él.

Darío acariciaba sus senos, su vientre, le embriagaba el taco su piel tersa, delicada. La veía ahí, arriba de el, sudando y con el gesto alterado. El solo sonreía, la besaba. Cuando llegó ella al orgasmo, el apretó más fuerte su seno izquierdo y clavó sus dedos de la otra mano en su caderas.

Después, el cuerpo de ella quedó semi recostado entre los muslos de él, su cabeza en su pecho, el encaje negro desordenado sobre el suelo. La piel de ambos brillaba apenas, y las piernas se enredaban sin pudor.

El vino se había enfriado. La música seguía sonando, lejana, como si la casa misma supiera guardar silencio.

Y ahí, justo antes de dormirse, Darío acarició el cabello de Isabella con los dedos abiertos. La besó en la frente y murmuró, sin saber que ella aún estaba despierta:

—Mi mujer…

Isabella no abrió los ojos. No se movió. Solo sonrió para sí misma, como quien escucha una promesa en voz baja. No dijo nada. No hacía falta.

Esa noche, lo que se cocinó no fue la cena. Fue la posibilidad de empezar otra vez. Pero con hambre verdadera.