Xtories

MENSAJE POR ERROR. Enfadado

Cristian creyó que el silencio sería su arma definitiva contra Marta. Pero ella no se rinde; se desnuda con la mirada, se acuesta al otro lado de la pared y espera. Cuando él escucha sus gemidos y toca sus bragas, el castigo se convierte en complicidad.

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Enfadado

Se quedó en el rellano, cavilando. Absorto en sus pensamientos, no sé percató de que Herminia salía de su piso en ese preciso momento. Volvía a vestir de chándal pero estaba tan esbelta y lustrosa como siempre, agarrada a su bolso. Al verla, le ofreció una triste sonrisa.

—Vaya, buenas tardes, Herminia. Cuánto tiempo sin vernos.

—Si, por lo menos 40 minutos.

—Bueno, yo diría que un poco más. Desde esta mañana ya han pasado unas cuantas horas.

Herminia levantó el brazo y mostró un enorme peluco en su muñeca izquierda más grande que una casa. Manipuló el aparato pulsando algunos botones.

—Perdón, tenía la configuración incorrecta. 6 horas y 40 minutos para ser exactos.

A Cristian se le escapó una carcajada.

—Es usted una caja de sorpresas.

—No me has visto desnuda.

— · —

Aquella noche llegó más tarde de lo habitual. Caminó en silencio por el pasillo hasta llegar a su cuarto. Por suerte, estaban todos ya acostados así que no tendría que verse la cara con Marta. Todavía sentía el regusto amargo por lo de esa mañana con ella, y que no había podido quitarse de la cabeza. No eran muchas las veces que una tía le rechazaba a él, y menos una tan mayor.

«Puta vieja de los cojones. Qué se cree».

Había dejado su ego tocado y lo había tachado de pajillero. Y ese odio que sentía por haberlo despreciado iba a tardar en desaparecer. Se juró no volver a hablarle. Decidido: cuando se cruzaran, pasaría de su culo olímpicamente.

Comenzó a desnudarse pero, al quitarse los pantalones, se percató de un bulto en el bolsillo. Eran las bragas de esta mañana. No se acordaba de que las había guardado ahí, llevándolas todo el tiempo consigo. Si las hubiera visto Cristina, habría tenido un problema bien gordo para conseguir explicarlo.

Las observó con renovado interés y sintió una erección. Las bragas de Marta que había llevado en el coño durante esa mañana, ofrecidas por ella misma. Se las llevó a la nariz y sonrió. Se iba a hacer un pajote a su costa.

Sin embargo, apenas unos segundos después, cuando ya tenía la polla dura en su mano, su sonrisa desapareció. Disfrutar de la prenda era como sucumbir a ella, como rebajarse a algo que ella había rechazado de él.

“Sé que te mueres por masturbarte con ellas”, recordó.

Además de perdedor, humillado. Las metió en un cajón y cerró con fuerza.

«Ya te gustaría a ti. Que te jodan».

Le costó coger el sueño imaginando la de cosas que le hubiera deseado decir voz en grito a aquella farisea. Manteniendo conversaciones inventadas que siempre empezaban de la misma manera:

«¿Tú me rechazas a mí, puta?».

— · —

A la mañana siguiente se la encontró frente a la encimera de la cocina, como de costumbre. A diferencia de otros días y, pese al calor, llevaba una blusa amplia hasta los codos y unos pantalones holgados que le tapaban los tobillos ocultando su cuerpo y escondiendo sus curvas entre aquella maraña textil.

«¿Pero de qué vas, pava? ¿Qué te crees, que me voy a echar encima de tí como un perrillo salido? So creída».

No le dirigió la palabra y la ninguneó durante todo el desayuno. Ella le ignoró también, concentrada como estaba en sus tareas.

Cristian buscó refugio en su padre con quien conversó más de lo habitual, mostrando cierto aire cómplice e intentando acapararlo para él. Ella no fue consciente de su treta o, al menos, simuló no darse cuenta continuando en su frenético quehacer entre cacharros.

—Bueno, ¿y qué? —preguntó su padre— ¿Qué has aprendido hasta ahora en la universidad?

Para variar, Cristian siguió la corriente bromista a su padre, respondiendo con aire fingidamente cansado y agotados gestos faciales.

—Pues… ya sabes, la puntuación de las cartas y las diferentes señas del mus; a no levantar la mano cuando preguntan en clase para no parecer un listillo; hacerte el interesante con las titis vistiendo de una manera que avergonzaría a tu padres… lo típico.

—Fua, qué nivelón, macho. Vas a ser el mejor abogado de toda la judicatura.

—Estudio ingeniería, papá.

—¡Y además ingeniero! ¿Lo has oído, Marta? Cuando lo cuente en el trabajo van a alucinar.

Marta correspondía las ocurrencias de su pareja con una sonrisa comedida y comentarios escuetos, intentando que no notara la tirantez con su hijo, pero sin conceder demasiado.

—Abogado e ingeniero. Estaría bien —respondía sin entusiasmo ella.

Cristian no se dignaba a continuar su conversación, ni tan siquiera a mirarla. Dejando claro lo que le importaba la mujer de su padre. Algo que, a cada minuto que pasaba, quedaba cada vez más patente.

Fue el principio de unos largos días en los que todo pasaba de la misma manera, como el día de la marmota. Conversaciones anodinas, saludos con desgana y vacíos incómodos. Era un hecho, Marta había dejado de existir para él.

En la otra cara de la moneda estaba Cristina. Ahora ocupaba todo su interés. Con ella pasaba la mayor parte del tiempo. Multitud de tardes, todos los fines de semana, chateos interminables durante la comida en los que no despegaba los ojos del móvil… Siempre en idílica indiferencia.

Y todo hubiera seguido igual de no ser porque Marta empezó a preocuparse por una situación que no terminaba de volver a su cauce. Tanto silencio incómodo, tantas miradas de soslayo y tantos desplantes la tenían saturada.

Había otra cosa más. Para Mario, su hijo era su mundo, el niño de sus ojos por el que bebía los vientos, la puerta de entrada a él… y la de salida. Llevarse mal con Cristian provocaría un replanteamiento de su relación por parte de su prometido… en caso de tener que elegir.

No era buena idea llevarse mal con el hijo de su pareja, y menos sabiendo el origen de su mala relación.

Poco a poco dejó de mostrarse tan a la defensiva e incluso comenzó a mostrar tímidos acercamientos que volvieran a normalizar el estatus quo de ambos. Sin embargo, eso era como gasolina para Cristian que se encerraba más en sí mismo, viendo que su ninguneo provocaba justo lo que él quería: Preocupación y castigo.

—Bajo a comprar. ¿Quieres algo? —preguntaba ella.

Nunca obtenía nada más allá de una mirada de indiferencia.

—¿Te pongo algo de merendar? He comprado esas galletas que te gustan.

Pero el muchacho ni la miraba siquiera, sonriendo por dentro, sabiendo que ella sufría su silencio.

«Tú te lo has buscado. Es lo que querías», se decía.

Incluso aunque estuvieran junto a su padre, al que Marta utilizaba para forzarlo a comunicarse, tampoco se mostraba muy hablador y, a las preguntas sobre su novia, contestaba con monosílabos o, como mucho, escuetas respuestas que no decían nada y solo si se veía obligado al estar su padre presente.

“Sí, sí, estupendamente —decía con desgana después de dejar pasar unos interminables segundos—. Le diré que has preguntado por ella”.

“No, Tomás no es su padre —respondía con el mismo aire cansado—. Su padre es un hippy raro que vive junto al mar en Sales de Kabio. Solo le ve en verano, cuando pasa las vacaciones con él”.

—Ey, Marta, qué casualidad, es el pueblo donde tienes tu casa —dijo de repente Mario levantando la vista del periódico como una suricata. Por primera vez prestaba atención al amago de diálogo que su pareja mantenía con su hijo—. Igual lo conoces.

—Sí, sí, todo el mundo conoce al hippy de la playa —respondió Marta satisfecha por ver iniciada una conversación a tres bandas en la que también estuviera su cónyuge—. Se llama Andrés. Es un hombre muy peculiar que vende abalorios en un puesto en la parte vieja. Peculiar e interesante. —Entornó ligeramente los ojos hacia Cristian—. Así que Cristina es su hija.

Aguardó con la esperanza de haber roto la barrera que le impedía interactuar con él. Ambos se miraban fijamente, con su padre a la expectativa de lo que fuera a decir. Cristian, en su papel de adolescente rebelde, la esquivó de la peor manera.

—Psee, será.

Fin de la conversación.

Y todo cada vez iba a peor, con ella más insistente, más pesada. Para lo que quería, Marta era como un pitbull que no suelta una presa: incansable, constante…

Y manipuladora.

Un día empezó a vestir con prendas más ajustadas. Finas camisetas de tirantes y pantaloncitos cortos que remarcaban con demasiada exactitud sus redondeces. En poco tiempo dejó de llevar sujetador, haciendo que sus pezones resaltaran tanto que hacían imposible que los ojos de alguien que no fuera ciego no aterrizaran en ellos, aunque fuera de paso.

No era el caso de Cristian que había adivinado su juego y continuaba condenándola al ostracismo. Riendo por dentro por su inútil intento de volver a tener su atención… y su amistad.

Una tarde que se encontraba junto a su padre, sentados en el sofá, ella entró al salón y se sentó junto a él como si no estuvieran enfadados, como si fuera la amiga de siempre que venía con una primicia.

Le pasó el brazo por el hombro y, dirigiéndose a su pareja, que estaba sentado en frente, soltó con alegría:

—Este verano lo pasamos en mi casa de la playa. Me acaban de llamar. Ya han acabado las reformas y la tenemos totalmente disponible, mucho antes de la boda de mi hermana.

—¡Cojonudo! —soltó Mario—. Sol, playa y piscinismo. Te apuntas, ¿no, hijo?

Cristian se quedó con la boca abierta por la encerrona. Intentando buscar una excusa para negarse al ofrecimiento sin que se percibiera como la pataleta de un chiquillo frente a una buena novia de su progenitor que, para mayor escarnio, le achuchaba contra su pecho como una “buena madre”.

—Así podrás estar cerca de tu novia durante todo el verano —apostilló Marta con una sonrisa tan amplia como falsa—. Y podrás ver a tus colegas de allá.

Apretó el abrazo atrayéndolo hacia sí hasta besar su mejilla y, posteriormente, lo zarandeó con dulzura. Cristian la miró con un semblante entre la rabia y la sonrisa ladina de quien sabe encajar un buen golpe de un adversario.

—Claro —dijo por fin—. Si lo pides así, no puedo negarme.

Lo decía en sentido literal que ella captó con una sonrisa de resignación esperando que, poco a poco, su reticencia con ella cediera hasta volver a tener la misma relación que tenían antes del vídeo.

Volvió a besar su mejilla intentando enviar otro mensaje de acercamiento. Insistiendo en su intención de amistad. Él apartó la cara simulando mirar la hora y haciendo que el beso quedara en el aire.

Dolida, apoyó la punta de sus yemas sobre la rodilla de él con delicadeza.

—Lo vas a pasar bien, ya verás —dijo apretando suavemente los dedos—. Y puedes invitar a tus amigos a bañarse en la piscina.

No hubo respuesta. Cristian había vuelto a su móvil y tanto el ofrecimiento como el gesto quedaron perdidos en el aire.

Los siguientes días, el adolescente continuó igual de esquivo, lo que evitó que Marta dispusiera de otra ocasión para provocar un nuevo acercamiento.

Él se recluía a las tarde-noches en su dormitorio. Había dejado de juntarse con sus padres en el salón para ver la televisión antes de irse a acostar y aprovechaba para chatear con Cristina.

Una de esas noches un ruidito parecido a un gemido rompió el silencio de su habitación. Se puso alerta y escuchó con atención. Nuevos gemidos apenas audibles volvieron a oírse. Parecían provenir del otro lado de la pared. De la habitación de su padre.

La cabecera de su cama estaba pegada al tabique que separaba ambos dormitorios. Pegó la oreja y comprobó que efectivamente alguien gemía al otro lado.

Marta y su padre estaban follando.

Sintió un calambrazo de excitación al imaginar la escena. Casi podía verla abierta de piernas con su negro coño recibiendo centímetros de polla. Los huevos de su padre golpearían una y otra vez en su ano. Cada vez más fuerte, cada vez más rápido. “Clop-clop-clop”. Por acto reflejo comenzó a masajear la polla por encima del calzoncillo.

Recordó dónde guardaba sus bragas y las sacó del cajón. Extendidas frente a su cara, fantaseó sabiendo que habían estado en contacto directo con su coño. Un coño que ahora su padre lo perforaba sin cesar.

Se preguntó si Marta sabría cuánto estaba babeando por ella. Si intuiría que, en ese momento, a la vez que ella disfrutaba de una buena follada, él fantaseaba con meneársela con unas miserables bragas suyas.

El volumen de los gemidos aumentó ligeramente, como si estuviera recibiendo más placer o como si no le importara que la oyeran recibirlo.

Arrugó la prenda en su puño y blasfemó por dentro, enfadado con esa intrigante que lo manejaba como a un títere.

«Que te jodan».

Las devolvió al cajón y se dio media vuelta. Cerró los ojos, respiró hondo y soltó el aire con lentitud. Decidió que esa noche, se dormiría plácidamente concentrado en sus propios pensamientos.

Minutos más tarde, seguía con los ojos abiertos. Los gemidos de Marta retumbaban en su cabeza como el violín de una película de terror. Ya no era necesario estar atento para escucharla. Se tapó los oídos con la almohada en un vano intento por evadirse de la follada, pero le resultaba imposible no imaginarla abierta de piernas con su padre entrando y saliendo, a sabiendas de que podía escucharla. Y lo peor era la imagen de su coño húmedo.

Negro y lascivo coño húmedo.

—A tomar por el culo.

Se desnudó, recuperó las bragas y, con la polla completamente tiesa, empezó a masturbarse. Si no existiera el tabique de separación, podría verlos follar. Seguramente sus tetazas se bambolearían con cada arremetida como dos melones maduros.

Cerró los ojos y se concentró en la escena mientras se la meneaba con brío. Ella gemía con más fuerza. Acompasó la cadencia de su masturbación a sus jadeos como si follaran juntos y la mantuvo hasta que se corrieron a la vez. Marta lo hizo a gritos, en un orgasmo de campeonato. Él lo hizo en silencio, poniendo todo el cuidado en no hacer ni pizca de ruido, respirando a bocanadas por el esfuerzo de la gran paja.

Algo después, al recuperar el resuello, vio que las bragas que hasta hoy se habían mantenido impolutas tenían una ligera mancha blancuzca. No había podido evitar que recibiera uno de los muchos lefazos que su polla manó como una fuente. Ya se lo dijo ella, su nabo era como un volcán en erupción. Se lamentó e intentó limpiarlas como pudo. Después, las devolvió a su cajón y se dejó caer en la cama, agotado y arrepentido de haber sucumbido a ella y odiándose a sí mismo por pusilánime.

—Zorra —pensó—. Lo has hecho a posta.

A la mañana se la encontró en la cocina. Ya no vestía prendas amplias que tapaban todo. Al contrario, llevaba la misma ropa que el día que le regaló sus bragas: camiseta de tirantes y pantaloncito corto que dejaba al descubierto las piernas en todo su esplendor, lo que provocó que tensara la mandíbula. Para Cristian el mensaje era bien claro.

«Calientapollas», pensó.

Marta lo vio con el rabillo del ojo, pero continuó limpiando cacharros sin inmutarse, tenía la fregadera llena.

En el salón, su padre volvía a jugar de manera histriónica con el mando de la tele. Sopesó la idea de pegarse por detrás y darle a esa arpía lo que estaba pidiendo a gritos, clavándole la polla entre sus glúteos y cogiéndole las tetas a dos manos por debajo de la ropa. Seguro que así dejaba de tocar los cojones con tanta tontería.

Sin embargo, pasó de largo, ninguneándola, llegando hasta la mesa donde ya tenía servido el desayuno. Marta giró la cabeza cuando lo vio tomar asiento.

—Ah, Cristian. Ya te has levantado. ¿Te tuesto un par de rebanadas?

Él se hizo el orejas y comenzó a hundir una madalena en la leche caliente. Ella se acercó a su lado y se agachó doblando en exceso la cintura. Puso una mano en su hombro y habló conciliadora. Parte de su escote quedaba sobreexpuesto, demasiado cerca de él y perfectamente visible.

—Venga, Cristian, dime y te las preparo en un momento.

Él tardó en reaccionar como el que oye llover. Cuando lo hizo, depositó la vista en sus ojos a la velocidad de un oso perezoso, obviando la panorámica que, a buen seguro, ella le mostraba de manera consciente.

Mantuvo su mirada unos segundos antes de volver a su taza. Sin decir nada y sin hacer amago de que existiera.

—Cristian, por favor. ¿Podemos hacer las paces? No quiero que sigamos sin hablarnos.

Se había sentado a su lado. El brazo seguía sobre su hombro haciendo que el escote continuara parcialmente abierto. A esa distancia, si Cristian bajara la vista, podría ver con claridad que no llevaba sujetador. Ella acarició su mejilla con el dorso de los dedos y tiró de su barbilla con suavidad para que lo encarara.

—Por favor.

Él cedió, pero solo para girar su cuerpo al compás de su cabeza mientras se levantaba de la silla y la dejaba sola en la cocina con dos palmos de narices.

Pasó el resto del día aburriéndose entre el salón y sus estudios hasta que se recluyó en su cuarto para hacerse una paja. No quería volver a rebajarse a utilizar las bragas, pero aun así decidió echar un vistazo y abrió el cajón. Al hacerlo vio algo extraño que le hizo torcer el gesto. No estaban tal y cómo las dejó. Dedujo que Marta las había visto y, a buen seguro, se habría fijado en la mancha reseca.

«Mierda».

Tumbado bocarriba y desnudo desde la cintura comenzó a pajearse con los ojos cerrados. El recuerdo de la noche junto con todo el catálogo de imágenes mentales que tenía de ella hicieron que en pocos minutos su polla barbotara cantidades de semen. Sin ser consciente, se había llevado la prenda a la nariz mientras todo eso ocurría y volvió a odiarla por ello, y a sí mismo también. Al menos, se consoló, esta vez no las había manchado.

Se duchó y se dispuso a acudir al encuentro de su novia. Antes de salir de casa, al pasar por delante del salón, cruzó la mirada con Marta y le invadió la sensación de que ella sabía lo que acababa de hacer con ayuda de la prenda… otra vez.

Apartó la mirada con rapidez y salió.

— · —

En el portal, justo antes de alcanzar las puertas acristaladas que daban a la calle, se encontró con Herminia que llegaba ataviada con su chándal nuevo. Verla, hizo que se relajara y una sonrisa acudiera a su cara.

—Caramba, ¿va a ser éste su nuevo atuendo de temporada primavera-verano? —preguntó con aire maledicente. Ella clavó sus ojos en él, acusando su burla.

—Vengo de nadar —aclaró.

—¿En el agua?

—No, en la abundancia —bufó.

Le soltó una colleja antes de comenzar a ascender hacia su piso. Una carcajada de Cristian fue todo lo que quedó mientras ella desaparecía escaleras arriba con ademán adusto.

«Cabrona de vieja», pensó mientras se frotaba la nuca.

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Fin capítulo VII

Y como digo siempre: Cualquier comentario, aclaración sobre algún aspeco, dudas, análisis, exégesis, aclaración intermedia... serán bien recibidas.

Gracias por leerme.