Los errores que cometemos
Ana no quiere un perdón, quiere la verdad. Y la verdad tiene seis años de antigüedad, un bar oscuro y el recuerdo de una amiga que supo tocar la fibra exacta para romper su mundo. ¿Qué pasa cuando el error más grande te enseña a amar?
Me quedo como cuando te metes en el mar un día con marejada y dos olas consecutivas te pegan tres o cuatro vueltas por debajo de la superficie sin darte opción a sacar la cabeza el tiempo suficiente para respirar. O, como si me enfrentara al jodido Topuria, que antes de que la primera hostia te haya llegado a la cara, ya te ha calzado la segunda en el hígado.
—¿Error?¿Qué error?—pregunto, asustado, cuando logro articular palabra.
Ana se lleva las manos a la boca. Por encima de ellas, sus ojos expresan una mezcla de miedo y arrepentimiento. Estamos tardando en reaccionar, ella se adelanta poniéndome una mano sobre el hombro; está ardiendo. O, soy yo quien se ha quedado helado.
—Perdona, cariño, perdona. No quería…
—No, ahora hablas—dictamino, sin saber muy bien si quiero que lo haga.
Mi cabeza va a mil por hora, intentando buscar en mis archivos cual es el error al que se refiere. Sea cual sea, sé que no me va a gustar.
—Déjalo de verdad, no quiero que esto se convierta en un «y tú más» como hacen los políticos. No quiero que aquello pueda parecer que me sirve ahora de justificación por lo que he hecho, o te lo tomes como una venganza. Porque no, no lo es…olvídalo ¿sí?
—No, Ana, no. Di a que error te refieres. Hoy sacamos todo, no queda otra. Tú lo has decidido así, y así será. Qué remedio y malditas las ganas, pero es lo que hay. Con que, habla. ¿A qué te refieres?
—A lo de Sandra—casi susurra, con la vista baja—. Pero de verdad, Arturo, que no hace falta hablarlo. No es comparable y no quiero que pienses que lo uso para escudarme echándote mierda.
A lo de Sandra. Claro. Eso. Sandra. La madre que me parió y que a gusto se quedó cuando me trajo al mundo. Suspiro y me doy cuenta de que suena más a una excusa para tomar un aire que parece negarse a entrar en mis pulmones. Joder, joder, joder. Éramos pocos y parió la abuela. Bueno, en este caso, Sandra. Me viene todo a la cabeza en forma de torrente. Apartado de mi mente el recuerdo al lugar más recóndito de ella. Ahora, salía del armario con la fuerza de un Boggart que ha adoptado la forma de tu miedo más oculto. Algo que tenía completamente olvidado, me sacude un guantazo tal y como lo haría un caballero sureño desafiándome a duelo. A duelo…Duelo es el que tengo yo ahora mismo por dentro. Forma más tonta tiene la vida de torcerse en un momento, ¿eh? Un parpadeo basta para que todo lo que te afianzaba un segundo antes, se venga abajo en el mismo lapso de tiempo.
Sandra.
Han pasado seis años de aquello, pero, ahora me recuerdo claramente en aquel bar, acodado en la barra y vaciando el enésimo caballito de Jacky junto con el enésimo quinto de Mahou clásica. Pepe «el Gordo»—lo llamábamos así, no porque lo estuviera, que no, todo lo contrario, si no porque a su abuelo le había tocado el primer premio de la navidad, allá por lo tiempos en que Franco era corneta, y sus descendientes se habían quedado con el mote de por vida—estaba encaramado sobre una tía larga como un día sin pan y él, pequeñico como era, más que enrollarse con ella, parecía treparla. Me recordaba a aquellas imágenes de la National Geographic en las que el cangrejo de lo cocoteros se emperra en subirse al delgado tronco de una palmera y enganchar un coco o dos para darse un festín. Por su lado, Fede, mi otro íntimo, hacia rato que había desaparecido, como era común en él, cuando la camarera de turno, le daba las calabazas pertinentes a su desmedida osadía. Lo de ese muchacho era—y es—obsesión por las integrantes del noble oficio.
Habíamos salido aquella noche para animar al «Gordo» que andaba alicaído tras su última ruptura. Viéndolo practicar aquella escalada de documental, nadie lo diría, pero en su caso, la procesión iba por dentro. En fin, sea como fuere, la misión se podía considerar un éxito: animado, se le veía. Al día siguiente supongo que volveríamos a nuestro papel de pañuelo de lágrimas, que para eso estábamos, coño.
Así que, con la sensación del deber cumplido, me finiquité el quinto herido de muerte que tenía entre las manos y me dispuse a recogerme a mis reales. Ya me estaba levantando, poniéndome la chupa sobre los hombros, cuando una voz conocida me sacó de mis pensamientos:
—¿Me vas a dejar aquí, sola?
Me giré hacia el lugar donde procedía la voz para encontrarme con mi amiga Sandra. Ella permanecía de pié, con una de sus sonrisas de apagar estrellas. Tan guapa, tan bien vestida, tan…bueno, tan como era ella. El encanto lo llevaba de serie, y, además, lo sabía. Nos conocíamos desde el principio de la carrera, pero, no fue hasta el último año, cuando empezamos a intimar. Y, por intimar, me refiero a encuentros esporádicos, sin compromiso y sin complicaciones. Solo diversión cuando nos apetecía y pintaban copas. Pero la carrera termino, y ya hacía casi un año desde la última vez que «coincidimos» en la cena de graduación. De follamigos, habíamos pasado a ser solo amigos.
—¡Qué caro te haces de ver, rey mío!—avanzo hacia mí con intención de darme un beso—. ¿Cuánto hace que no nos veíamos en persona? ¿Dos, tres meses?
Aprovechando la posición del abrazo que nos dimos, pude ladear ligeramente la cara y su beso terminó muriendo cerca de la comisura de los labios. Ella se separó un poco y me miró, inclinando la cabeza, guasona.
—Sí, hace tiempo—contesté, aun con ella entre los brazos—. He estado muy liado con la pesadilla del MIR.
—Eso será, el MIR—rió—. Creía que te ibas a cambiar a farmacia. Como últimamente te ven tanto por ahí…
—¡Anda! ¿Y eso?¿Tú te has cambiado a la facultad de espías, o qué?
Sandra volvió a reír con su tono musical. De modo unilateral levantó la mano hacia la camarera que había dado boleto a mi amigo Fede, y le pidió dos algo. Antes de que pudiera negarme, se adelantó a mis intenciones y me tapó la boca con su dedo índice.
—De eso nada—negó, tajante—. Tú te vas a comportar como un caballero de esos de tu tabla, y vas a acompañar a la dama en apuros. Que por aquí hay mucho dragón suelto.
Una de sus diversiones era asociar mi nombre a la famosérrima saga, y a la cual es muy aficionada. Pendragon, me llamaba la muy…graciosa, cuando quería tocarme la moral; cosa que era bastante a menudo.
—¿Y cómo quieres que los combata? ¿Echándoles el aliento?
—Siempre puedes utilizar tu Excalibur…
El chascarrillo vino acompañado con una de esas miradas picaronas suyas—mitad flirteo, mitad burla— a mi entrepierna y lo que pareció un intento de contacto que me pilló desprevenido y me hizo apartarme un poco bruscamente.
—Vaya—dijo Sandra, sorprendida—. Entonces, ¿es verdad?
—¿El qué es verdad?
—Vamos, Pendragon, no te hagas el tonto conmigo, que ninguno de los dos lo somos.
—No sé a qué te refieres, Sandra.
—Pues a que va a ser, a que te has enamorado.
El lapso de tiempo de mi silencio fue interrumpido por la camarera que puso en la barra dos vasos de tubo con un brebaje fosforito por las luces negras del local.
—¿Pero que dices?—pregunté, genuinamente desconcertado.
—Ah, ¿no? Pues no es eso lo que dicen por ahí—dijo, mirando fijamente el vaso del que bebía en ese momento.
—No sé que dicen por ahí. Tampoco es que me importe. Pero si no llevo ni un mes viéndome con ella. Ya sabes que no soy de los que se enamoran.
—Sí, eso creía—dijo, sin poder evitar una leve picazón en sus palabras—. Por eso me ha extrañado que te apartaras.
—Eso ha sido porque me has pillado desprevenido. No por…
Sandra no espero a dejar el vaso en la barra y acercó sus labios a los míos, dejándolos en la clásica distancia de los nueve décimos.
De aquellas, Ana y yo aún no habíamos hablado de lo que éramos. Mi relación con ella era muy reciente y la conversación en la que se te acaba la versión beta y tienes que comprar el paquete entero para seguir jugando, todavía no se había dado. No éramos oficialmente nada, no había acuerdo de exclusividad ni nada por el estilo, pero no seré tan hipócrita de negar que algo había, y que aquello que me estaba ofreciendo Sandra, no era la mejor idea.
Aun con todo, la tía sabía jugar sus cartas, sabía donde picarme para que reaccionara.
La besé.
Notaba la sonrisa de Sandra mientras me devolvía un beso que no tardó en convertirse en un morreo en toda regla. Casi podía escuchar el «!mierda!» de los nada disimulados moscones que se habían situado en posición para hacer sus respectivos movimientos de cortejo, si se les daba la oportunidad.
—¿Convencida?—dije, cuando nos separamos.
—uhm…no sé. Siempre se te ha dado bien mentir con los labios. Y, ésta—añadió, pasándome la mano por la entrepierna—, más.
Me volví a alejar un poco de ella, tal vez tardé una décima de segundo más de lo que hubiera sido adecuado para respaldar mis siguientes palabras:
—Creo que será mejor que me vaya, se está haciendo tarde y mañana…
—No me jodas, Pendragon—puso su famosa cara de ofendida—. ¿No pensarás dejarme aquí? Tío, no te conozco. ¿Quién eres tú y que has hecho con mi amigo? Es por ella, ¿no?
—No…bueno, puede. No sé…
—Eso es que hay algo más que no me has contado. ¿No es tu follamiga de ahora?
—Que sí, coño. Que no hay nada más.
—De momento.
—Bueno, puede... Aún es pronto.
—¿Entonces? Que qué problema tienes para irnos a follar.
—Pues que…
—Ah, ya veo—dijo, apurando media copa de un trago y recogiendo su chaqueta de la barra—. Hay amigas con derecho a roce de primera y de segunda categoría.
Sandra, mosqueada, se puso la chaqueta e intentó darse la vuelta. La retuve de un brazo.
—¿Qué quieres decir con eso, exactamente?
—Mira, Arturo—que me llamara por mi nombre, contra pronóstico, me sentó muy mal—. Está claro que para ti, pese a lo que predicas, no somos todas iguales. Estando conmigo, no tenías problemas en irte con otras cuando se terciaba. No me malinterpretes, sabía lo que había y lo aceptaba por que aparte de follar, también éramos amigos.
—Lo somos, Sandra. ¡Claro que lo somos!
—¿Entonces, por qué me mientes?
—No te miento, joder.
—Pues explícamelo, ¿por qué cuando estabas conmigo sí te puedes ir con otras y cuando estás con ella, no? Es porque a mí nunca me has querido, ¿no?
La expresión de sus ojos cambió de enfado a tristeza. Joder, nunca he sabido manejar eso. Bueno, miento, he mejorado mucho estos últimos años, pero, de aquellas, me costaba horrores. Claro que la quería, de una forma u otra. Pese a lo que parezca, nunca he sido de los que se han ido a la cama con alguien solo por el sexo. Y más, tratándose de Sandra.
—Eh, eh—intenté calmarla atrayéndola hacia mi—. Sabes que eso no es cierto. Me conoces un poquito para saber que no lo es.
Ella se refugió entre mis brazos, como tantas otras veces había hecho.
—Vámonos, Pendragon—murmuró, con una voz que reclamaba cariño—. Recordémonos una última vez. Por lo que fuimos. Por que no supimos estar juntos. Vámonos.
Salimos de aquel bar abrazados y ya no nos separamos hasta la mañana siguiente.
Ese es el error, mi error al que hacía referencia Ana. Aquella noche que me despedí de «esa» Sandra, para siempre.
Ahora, que a toro pasado, todos podemos ser toreros, podría decir que si volviera a pasar, la cosa hubiera sido diferente. Que ahora tengo las cosas claras. Pero, esa noche no. El cariño que nos teníamos y que terminó convirtiéndose en lujuria por una noche más, ni sabía ni quería evitarla.
Ya sé que no es excusa, pero es lo que había. Lo sorprendente—para mí— de todo aquello, fue que, si bien le fui infiel a Ana con el cuerpo, con la mente a quien le fui infiel, fue a Sandra. Una joya de tío, vamos; el Arturito de los cojones que me llamaba mi abuelo cuando liaba alguna gorda. Y digo esto, porque aquella noche, Ana ocupaba mi pensamiento. La charla previa había calado hondo, haciendo a mi subconsciente trabajar horas extras. No empezó de inmediato, no soy tan cabrón. Fue más como un rumor que se empezaba a instalar en mi cabeza mientras compartía cuerpo con Sandra. Algo indefinible de ruido blanco que poco a poco, conforme iba avanzando la noche, terminó tomando la forma de Ana. Para cuando salí de casa de Sandra, me había terminado de enamorar perdidamente de Ana. Irónico, ¿no? Solo tuve claro que quería pasar el resto de mi vida con esa persona con la que estaba empezando a salir, cuando me acosté con otra.
Después de aquello, vinieron las 24 horas de Le Mans al mismo pensamiento: ¿debería contárselo? El Gabinete de Crisis con mis dos íntimos, rodeados de botellines de Mahou Clásica en el bar de siempre, concluyó que no. Que había pasado, sí. Pero, que si recién empezada la relación (ahora ya estaba seguro de poder llamarla así), le salía con esas, poco íbamos a durar. Que si de verdad me había enamorado de ella, aunque mandara cojones la forma de descubrirlo, lo mejor sería enterrar el recuerdo y no volver a repetir una situación así.
Salí de aquel bar con dos certezas. Una que me callaría. La otra que era que estaba perdidamente enamorado de esa mujer. Era el momento de tener «la conversación» con Ana y definirnos. Pese a esto, la idea de que empezar una relación estable con alguien, partiendo de una mentira, o bueno, de una omisión de aquel calibre, no era ni más elegante ni la más adecuada. El pragmatismo de la misma, me martirizaba. Me juré aquel día que si ella estaba en el mismo punto que yo, y los dos decidíamos comenzar nuestra andadura juntos, nunca tendría motivo para arrepentirse por algo que yo hiciera. Desde aquel momento, le juré fidelidad mucho antes de saber si ella querría aceptar compartir la vida conmigo.
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