Jarras de rica miel
La encuesta era solo una excusa para entrar en su casa, pero fue verla amamantar a su bebé lo que encendió mi deseo. Ahora, cada visita es un pacto secreto: yo disfruto de su cuerpo y su leche, y ella encuentra en mí lo que su marido ya no le ofrece.
Tras terminar los estudios de medicina el único trabajo que he encontrado es el de encuestador para una empresa farmacéutica. Me dedico a ir por las casas a recoger la opinión de los ciudadanos sobre productos de mi empresa y de la competencia, tanto si son farmacéuticos, parafarmacia, herboristería y cosmética.
Esta semana me toca encuestar una zona residencial de clase media que al menos la mayoría saben de qué se trata. Estoy en un edificio de muchas plantas y muchas puertas por rellano por lo que tendré tarea para todo el día. Toco el timbre de la puerta, a lo lejos se oye un: “ya vaaa”, y tras una larga espera se abre la puerta.
Tras la puerta aparece una mujer de unos treinta y tantos, con una enorme sonrisa que es el manifiesto su felicidad. No esta nada arreglada, sin duda no esperaba visita alguna y anda despeinada con ropa cómoda de andar por casa.
—Y bien…¿qué querías? — me pregunta con naturalidad y sin importarle nada en absoluto que la vea de esta guisa.
Le explico el objeto de mi visita con el tono rutinario que me sale al repetir por enésima vez el mismo discurso. Me deja terminar la introducción que he soltado toda seguida. No me parece que esta señora tenga mucho interés por gastar el tiempo con la temática que le propongo. Me sorprende al decir:
—Pasa, pasa…creo que estaremos más cómodo en el salon— me flanquea la entrada y me dirige hacia el interior de la vivienda.
Es una mujer muy simpática y buena conversadora. Antes de empezar con la encuesta tenemos tiempo para que me pregunte sobre los estudios, mis planes próximos y expectativas en la empresa para la que hago el trabajo. Charlamos distendidamente sin importarnos el tiempo. Para mi es parte del trabajo y para ella es como si se estuviese tomando un descanso de sus tareas cotidianas.
Mientras hablamos me cuesta mucho esfuerzo no dirigir la mirada hacia su voluminoso pecho. No pretendo ser un obseso ni aprovecharme de su gentileza al recibirme para que yo pueda desarrollar mi trabajo. A pesar de mis esfuerzos mis ojos vuelven una y otra vez a enfocarse sobre dos estupendos melones que desafían claramente la gravedad. A duras penas los botones mantienen cerrada la bata de casa que lleva puesta. Quizás en otro momento la prenda le fuera con holgura, ahora está prieta y tensa conteniendo con dificultad sus generosas curvas.
Empiezo con la larga lista de preguntas de la encuesta y a la quinta el llanto de un bebe en alguna habitación cercana nos interrumpe. Marinela sale disparada hacia la habitación de donde procede el llanto dejándome con la palabra en la boca…trabajo interrumpido.
—Señora?...señora?— digo en voz alta sin recibir respuesta. Mejor me voy pues no quiero invertir toda la mañana con solo una encuesta.
Cansado de esperar, y viendo que no vuelve me levanto y me encamino hacia donde ella se fue. Voy por el pasillo casi a oscuras hasta la habitación desde donde sale un poco de luz.
La encuentro sentada sobre una especie de sillón, junto a una lámpara de pie y con un bebe en su regazo que mama con muchas ganas… con toda la intensidad que puede para sacar de esa hermosa teta hasta la última gota de leche.
Ante tal descubrimiento me siento incomodo, no sé cómo debo reaccionar. Al principio siento pudor, y apenas me atrevo a mirar. Marinela por su parte, como mucha naturalidad continua dando de mamar a su bebe. Me sonríe satisfecha y con cierto orgullo me deja que la vea mientras amamanta a su pequeño.
—vamos… acércate… es lo más bonito del mundo— me amina dándose cuenta que para mí es una visión desconocida y extraña, imprevista y atractiva.
No puedo dejar escapar esta oportunidad. Tímidamente me pongo a un lado y contemplo la escena. Él bebe se está durmiendo satisfecho por la buena dosis de leche materna que le ha regalado su madre. Ella lo toma en su regazo con sumo cuidado para no despertarlo, luego se limpia el pezón con una gasa que tiene preparada y se recoge el pecho dentro del sujetador.
Cambia al bebe de brazo y se descubre el otro pecho. Esta tan lleno que rezuma gotas de leche. El bebe medio dormido instintivamente se amorra y vuelve a chupar con fuerza. Marinela da un pequeño grito al sentir el fuerte chupetón del crio. Se acomoda con la postura, dejando que le sorba la teta.
A pesar del ansia del bebe, a los pocos instantes deja de chupar rendido y colmado de rica leche. Ella se recoge el pecho, lo toma al niño en sus brazos y lo lleva hasta la cuna, donde lo deja completamente dormido.
Sin haberse abrochado la bata, se pone junto a la cuna a contemplar el sueño de su amado bebe. Sigiloso me acerco y disfruto de la imagen de la madre con su hijo, excitado por compartir estos momentos tan íntimos, y por sentir con fuerza el instinto animal que me inclina a querer chupar yo también de esos cantaros llenos de rica miel. Siento como retrocedo a la infancia y quisiera yo también chupar ese pezón sobresaliente.
Al acercarme para ver mejor al bebe en su cuna, mi cuerpo roza su nalga. Siento un latigazo, como si una carga eléctrica enorme pasara repentinamente de su cuerpo al mío recorriéndome toda la espalda. No sé qué ha pasado…lo que es cierto es que el simple roce me ha puesto el vello de punta
Marinela se inclina sobre la cuna, apoya sus antebrazos sobre la baranda y la barbilla sobre el dorso de la mano, dispuesta a pasar largo rato para velar el dulce sueño del bebe que aparece sonriente y satisfecho.
Sin ser consciente de ello, mueve las caderas a un lado y a otro, distraída mientras contempla orgullosa su bebe plácidamente dormido. Me está dando golpecitos con su costado, debo separarme discretamente para que no parezca que me he puesto ahí para buscar el contacto. A pesar de ello, parece que me busca y cuanto mas me separo más se acerca a mi.
Dejo mi brazo extendido a lo largo del cuerpo, cuando ella vuelve a culear mi antebrazo se coloca suavemente encima de la raja de su culo. Ella se da cuenta, se detiene durante un instante, y luego con un susurro me dice:
—A que es precioso?... es lo que más quiero en el mundo… por él lo daría todo… es mi corazón… mi amor… — dice mirando hacia la cuna
—su padre no lo quiere ni la mitad que yo… dice que el bebe nos ha separado… y que solo estoy para él… y que ya no estoy ni la mitad de atractiva que antes—
Estas confidencias sobre su vida privada enfrían un poco mi calentura, me arrepiento momentáneamente de mi anterior osadía. Sin embargo, mientras habla me busca, quiere sentir el contacto de mi brazo sobre su culo.
Sorprendido y excitado me coloco detrás de ella apoyo el bulto de mi polla sobre su culo que no deja de moverlo.
—Uhmmm…eres como mi bebé…cuando tiene hambre me llama hasta que consigue que le de su ración…¿tú que quieres?...eres muy jovencito…también tienes “hambre”?
—¿qué quieres de mi?— me pregunta poniendo su culo en pompa como si me lo ofreciera para que se lo toque.
—Señora…señora…no se lo que quiero…solo se que estoy super caliente— le digo mientras me pongo a su espalda, termino de desbotonar la bata y levanto la faldilla hasta dejar su culo al descubierto. Me vuelvo a colocar detrás para sentir el contacto de su culo rotundo y apetitoso.
—vaya con el chico…modosito parecía al entrar… ¿encuentras atractiva a una mujer que amamanta a su bebé? ¿no estoy demasiado gorda?
Dejo caer mis pantalones y calzoncillos y me pego bien fuerte. Hago caer sus braguitas hasta los tobillos y nos empezamos a mecer los dos juntos. Llevo mi mano a su entrepierna y encuentro un chochito caliente, suave y tierno.
Pongo mi verga erecta como un mástil entre sus piernas y froto el interior de sus muslos y por la zona de su almejita y entre los cachetes. Aprieto y poco a poco me voy abriendo camino hacia su coñito. Ella sigue culeando suavemente, gimiendo entrecortadamente y disfrutando de la visión de su hermoso bebe dormido mientras yo sigo a lo mío.
Pongo una mano sobre la cadera y la otra busca su pecho. Aparta mi mano con delicadeza pero con determinación, mientras dice:
—esto solo para el…—
Acepto la limitación, al tiempo que empiezo a bombear centre sus piernas cada vez con más fuerza sujetando con firmeza sus caderas. Marinela me acompaña culeando y moviendo sus caderas en circulo hasta que una explosión de placer me sacude todo el cuerpo y lleno su chochito de mi lechecita. Ella aprieta sus piernas y me aprisiona impidiendo que me retire.
—¿te ha gustado? — me pregunta mientras mi leche se desliza por la parte interior de sus muslos.
—Oh, si…muy rico…muy rico.
—Me gusta que mi “niño grande” también quede satisfecho y que sepa aprovechar lo que mi marido desdeña.
En los días siguientes cada vez que pasaba cerca de su casa me acordaba de Marinela las hormonas aceleran el ritmo de mi corazón y siento un cosquilleo debajo del pantalón tan intenso que se me nubla el cerebro.
Hoy dispongo de una hora libre y finalmente he sucumbido a la tentación de volver a casa de Marinela. Me encuentro delante su puerta esperando que alguien me abra. No sé que excusa le puedo dar, ni si está en casa ó si al verme me cerrara la puerta en las narices.
Algo muy especial me impulsa a intentarlo y a vencer este nerviosismo que me atenaza. Se abre la puerta y aparece ella. Radiante, maravillosa, esta vez está.... seria y distante.
—ya era hora... llevo dos días llamando a la compañía, y aquí no viene nadie!!!... vaya sinvergüenzas que son Udes...Venga pase...pase...y no se quede ahí como un pasmarote... que yo tengo que salir más tarde— me increpa disgustada.
Al cerrar la puerta tras de mi... se lleva la mano a la boca para contener la risa.
—Es que tengo una vecina muy cotilla, ¿sabes?... y luego todo se sabe en la vecindad— me explica con una picara sonrisa.
—¿qué te trae por aquí?...¿quieres ver como duerme mi bebe?.... ó ¿querías otra cosa?— dice con un retintín malévolo.
—Bueno...yo... no se..., bueno si que lo se!— me arranco y se lo suelto tal y como me viene:
—Lo que pasó el otro día me impresionó tanto que me excito cada vez que lo recuerdo y cuando paso cerca de allí siento la tentación enorme de venir a verte... y eso he hecho hoy—.
—Vaya...vaya... a ti no te disgusta que yo este algo “gordita”, y que mis pechos parezcan dos cántaros, como le pasa a otro que yo conozco— dice pensando en su marido
—o sea... que todavía estoy lo suficientemente atractiva para seducir a un mozo de veintitantos años, guapote y musculoso como tu... eso me halaga, me gusta y me estimulaaaa.... Uhmmm que bien me sienta... gracias por venir... y por decírmelo—
—En compensación... veras lo que vamos a hacer... tú te sientas cómodamente en el sillón de mi marido y yo te enseño esto que tanto te ha gustado— dice mientras se pone las manos por debajo de los pechos para resaltarlos aún más.
Sorprendido por la acogida recibida resoplo, me acomodo en el sillón y espero a ver que delicioso manjar me prepara. Con mucha parsimonia se desabrocha los botones de la bata. Primero lo dos de arriba, luego los dos más bajos. Se contonea un poco y se pasa las manos a ras de cuerpo marcando con mucha intención sus curvas.
Se pone la mano sobre el vientre y la va deslizando hacia abajo hasta que se pierde en su entrepierna. Ella hace un mohín de placer con los labios. Mi verga no ha tardado en responder, ya está a punto de reventar y deseosa de salir.
Marinela se desprende de la bata y se presenta con un aparatoso sostén que pugna por mantener erguidas las dos generosas tetas que le encomiendan. Estas son como la cabeza de dos obuses, de punta redondeada y agresivamente alargadas hacia delante.
Viste unas bragas grandes, de algodón blanco, que se caen al suelo en cuanto pone los dedos entre la piel y la cinturilla de la prenda.
Cruza las piernas en un forzado gesto de pudor y solo me enseña un pequeño triangulito de pelos muy recortadito. Luego me da la espalda y me enseña el culo, que ha perdido momentáneamente su firmeza al ser utilizado por la naturaleza como despensa que asegure una lactancia suficiente para el bebe.
—¿lo reconoces?... ¿te gusta mi culote...gordote?— me pregunta mientras lo agita a un lado y otro.
—No está nada mal....¿eh?... es muy travieso y le gusta jugar.... y jugar....y que le pellizquen— dice insinuante mientras me pone prácticamente el culo delante de la cara.
Solo tengo que levantar las manos para alcanzar sus nalgas y acercar la cabeza para poder darle unos besos y tratar de mordisquearlo. Ella se retira hacia delante y se pone enfrente con las manos recogiéndose los pechos.
—Ahora viene lo mejor... el plato fuerte...mi >nene< va a tener su lechecita... que sale calentita de aquí... — dice mientras se soba las tetas.
Guiña un ojo y me dice:
—Sácate la polla antes de que explote... si quieres te haces una paja mientras me miras... a mi no me molesta,... así lo pasaremos mejor—
Sin pensarlo un instante, me bajo los pantalones y me masajeo violentamente tratando de aligerar la tensión.
—No seas tan impulsivo.... tenemos para un buen rato.... y quizás me guste a mi darle un meneito también...—dice la tía mientras me deshago dando manotazos al cipote para retrasar mi corrida.
Ella se quita el sujetador, y cruza los brazos por debajo de las tetas para mantenerlas levantadas. Los pezones rezuman el exceso de leche que acumulan. Sus dedos los acarician dando vueltas alrededor de la aureola o presionan la punta misma.
Se acerca hacia mi. Se sienta a horcajadas de frente sobre mi, haciendo que mi polla se clave en su chochito, sus pechos queden justo a la altura de mi cara y sus piernas apoyadas parcialmente sobre los apoyabrazos rodeando el sillón.
Yo empiezo a lamer la miel que sale de sus pezones enloquecido por la postura.
Ella, inicia un sube y baja que culmina en una corrida espectacular para ella, y tremendamente placentera para mí. Me ha encantado lamer sus pechos mientras ella cabalgaba sobre mi pubis.
Deverano.
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