Xtories

Nunca debimos hacer eso

Llevaban diez años juntos y el sexo se había convertido en un ritual vacío. Cuando él sugiere invitar a su mejor amigo a la cama, ella cree que es solo para salvar su relación. Pero la primera mirada, el primer beso y el tamaño de ese hombre cambian todo para siempre.

SpikeEM9718K vistas8.4· 18 votos

Cuando cumplí los 30 años, yo llevaba ya 10 años con mi chico, Raúl, un chico estupendo, dos años mayor que yo y tremendamente guapo y buena persona. Era todo lo que buscaba en una persona con la que pretendía pasar el resto de mi vida.

Sin embargo, y pese a que nosotros éramos optimistas en ese aspecto, nos pasó como a otras tantas parejas: caímos en la monotonía. Y, además, lo nuestro fue, incluso, más preocupante. No teníamos hijos y teníamos vidas relativamente cómodas. Ambos éramos funcionarios de la Administración Pública y teníamos horarios bastante cómodos, lo cual nos permitía dedicar tiempo a nosotros mismos y tener una buena relación, ¿no?

Pues… no aprovechábamos ese tiempo. Caímos en la monotonía. En la desidia absoluta. Y éramos culpables ambos.

Y lo peor no era eso. Lo peor fue que aquella monotonía y desidia se trasladó a todos los aspectos de nuestra relación y nuestra vida. Y, como podréis imaginar, también llegó al sexo.

Las relaciones sexuales entre Raúl y yo eran cada vez menos, pero eso no era lo único preocupante, lo peor es que eran, también, de peor calidad. O quizás no de peor calidad, pero sí, de nuevo, monótonas. Tanto que, quizás, por eso, reducimos la frecuencia de ello. Se nos hacía tan aburrido tener relaciones, debido a la escasa novedad de las mismas, que empezamos a reducirlas descaradamente.

Follábamos, claro está. Éramos dos personas muy jóvenes aún. Sentimos deseo y amor el uno por el otro, pero… todo era tan común.

Un día, mientras cenábamos, fue él mismo el que decidió dar un paso hacía delante para cambiar todo aquello. Lo que no sabíamos, ni él ni yo, es que ese paso que, en principio, era para arreglar nuestra relación, supondría el fin definitivo de la misma.

Me llamó Miriam, tengo actualmente 34 años y esta es la historia del fin de mi relación con, ahora, mi exnovio y como abrí una nueva etapa de mi vida.

Antes de nada, os doy una breve descripción de cómo soy yo físicamente. En realidad, tampoco destacó en demasía en nada. Siempre he sido monilla y coqueta, pero sin pasarse. Tengo una corta melena castaña y unos ojos verdes que, sin duda, son lo más bonito de mi rostro. De cuerpo me encuentro bastante en forma. Si algo bueno tiene trabajar de funcionario es el tiempo libre. Y parte del mismo lo aprovechó para cuidarme a mi misma. No soy una chica absolutamente despampanante como suelen describir por aquí. Tengo un pecho normal y un culito pequeñito, pero muy bien puesto gracias a mi propio esfuerzo.

Siempre he dicho que soy la típica personaje de serie juvenil que no destaca ni por un lado ni por otro. Es decir, nunca he sido la tía buena del grupo, pero tampoco la más fea de todas. Era, más bien, con la que terminaba liándose el personaje secundario masculino de turno. Esa tía que sin ser un sex-symbol, era resultona y tenía su público. Pues eso era yo, más o menos.

Para cuando sucedieron los hechos de esta historia, como comentaba, tenía 30 años. Era igual que ahora, pero un poco más joven simplemente. Y, como ya he dicho, mi relación hacía aguas por todos lados. Ante ello, mi pareja, ahora ex, me propuso una idea que, aunque en un primer momento me pareció una locura, acabé aceptando.

- ¿Y si probamos algo distinto? – me dijo Raúl de sopetón mientras cenábamos.

- ¿A qué te refieres?

- Miriam, es obvio que no estamos bien.

- Supongo…

- Hemos perdido mucha emoción en todo. incluido en la cama. Siempre hemos sido tú y yo, pero… ¿y si incluimos a otra persona?

- ¿Te refieres a hacer un trío?

- ¿Qué te parece?

- No sé, cariño. Sabes que siempre he sido muy clásica para esto.

- No seas tonta, Miriam. ¿Desde cuando no tienes un orgasmo?

- No sé… - dije mintiendo - ¿desde el sábado?

- De nada vale que me mientas, Miriam. Llevamos más de diez años juntos. Sé cuando te corres y cuando no. Llevas meses sin tener uno. Al menos, no conmigo.

- No te he sido infiel – dije medio enfadada.

- Claro que no, boba. Me refiero a que te hayas podido dar placer tú sola.

- Bueno… alguna vez. ¿No te molesta?

- ¿Por qué iba a hacerlo? Miriam que no somos niños. No pasa nada.

- Aun así, hacer un trío…

- Podemos hacerlo con alguien de confianza.

- ¿Cómo quién?

- Antes de nada. ¿Quieres con un chico o una chica?

- Pues… sé que es egoísta, pero… no me veo haciéndolo con otra chica.

- Lo suponía. Pues con un chico.

- ¿No te importa?

- Claro que no.

- ¿Seguro?

- Seguro. La cuestión es salir de la monotonía. Eso sí, no me pidas cosas raras con él – dijo riéndose.

- Y… ¿quién podría ser? – dije ya curiosa.

- Mmm… se me ocurren varios, pero creo que hay un candidato perfecto. Estoy seguro que coincidimos. Piensa durante diez segundos y lo decimos a la vez.

En ese momento, casi no me hicieron falta los diez segundos. Había un chico que estaba claro que debía ser él. No solo era un chico que siempre me había parecido atractivo y educado, sino que, además, era uno de los mejores amigos de Raúl. Por tanto, el candidato perfecto era…

- ¡LUCAS! – dijimos los dos al unísono.

Lucas era un amigo íntimo de Raúl. De mi misma edad. Era alto, guapo y tremendamente divertido. Sin duda, era, de sus amigos, quien mejor me caía. Me encantaba pasar tiempo con él. Me reía y me hacía pasarlo genial. Y, en alguna que otra ocasión, siempre le he confesado a Raúl que, si lo hubiese conocido antes que a él, sin duda, me hubiese quedado con Lucas. Además, hasta donde sé, yo siempre le he gustado también a Lucas, aunque, como buen chico que es, nunca intentó nada conmigo. Al fin y al cabo, era la chica de su amigo.

- ¿Tú crees que él querría? – le pregunté dudosa.

- Estoy seguro de que sí. Ahí donde lo ves es un ligón. Y tú siempre le has gustado. Quizás lo que más le incomode sea que participe yo, pero no creo que desaproveche la ocasión de estar contigo.

- Lo dices demasiado convencido. Yo no lo tengo tan claro.

- No seas tonta – me dijo rodeándome con sus brazos – si eres un pibón. Cualquiera tendría ganas de hacerlo contigo.

- ¿Tú crees? – dije haciéndome la modosita.

- Claro que sí. Además, no te hagas la remolona, sé que estás deseando hacerlo con él.

- Eso no es verdad – mentí.

- Jajajajaja, mientes fatal.

- ¿Tanto se nota?

- Demasiado. Mañana lo hablo con él. Ya te contaré.

Al día siguiente, durante toda la mañana, mientras trabajaba, no pude dejar de darle vueltas al asunto. Estaba especialmente distraída. Deseosa de finalizar mi jornada laboral e irme a casa para hablar con Lucas y que me desvelase los resultados.

Cuando llegué a casa, no estaba allí aún. Hice de comer y preparé la mesa, casi temblorosa. Cuando estaba a punto de empezar a comer sola, escuché como llegaba Raúl.

- ¿Y bien? – dije acercándome a él rápidamente.

- Bueno, bueno, la que tenia dudas ayer. Se te ve con ganas.

- ¿Se lo has dicho?

- Sí.

- ¿Y?

- ¿Tú que crees? Ha aceptado. No lo ha dudado.

- ¡Bien! Digo… que bien, ¿no? – dije intentando disimular mi entusiasmo.

- Menos mal que no estabas segura ayer.

- Ya, es verdad. Pero no puedo negarte que estoy con unas ganas tremendas. De hecho… ¿sabes qué? Tú y yo vamos a follar ahora mismo.

- Pero… ¿y la comida?

- Nada de comida – dije yo desnudándolo a él ya – a follar. Estoy cachonda.

- Pero…

- ¡Ahora!

Sin ni siquiera haber probado la comida aún, el mero hecho de tener en el pensamiento la posibilidad de hacerlo con otro chico y, no solo un chico, sino con Lucas, había encendido en mí de nuevo la llama.

Aquella tarde, Raúl y yo tuvimos un polvo como llevábamos meses, incluso años, sin hacerlo. Lleno de pasión y lujuria. Sobre todo, por mi parte. Fue un polvo rápido, pero de una intensidad desmedida. Mi pobre chico, casi no pudo aguantarme el ritmo.

Cuando terminamos, él todavía no daba crédito.

- Joder, si lo llego a saber, te ofrezco esta posibilidad antes.

- Ha sido increíble.

- Te has vuelto a correr follando conmigo. No habrás pensado en Lucas, ¿no?

- Prefiero no contestar.

- Al final me pongo celoso.

- Vamos a comer.

Quedamos en que el día señalado sería ese mismo sábado. Intentaríamos que fuese lo más normal posible. No queríamos montar ninguna parafernalia. Por ello, quedamos en vernos en nuestra casa los tres, cenar, charlar y beber algo para ir calentando el ambiente.

Durante el resto de la semana estuve deseosa. Me sentía viva sexualmente hablando. Como no me había sentido en mucho tiempo. De hecho, lo hice varias veces con Raúl aquella semana, lo cual sorprendió enormemente a mi chico.

Ahora que lo pienso, casi me da pena. Él siempre tuvo buena intención. Raúl siempre fue un buen novio. Cariñoso y atento. Comprensivo. Anteponía mi bienestar al suyo. Quizás por eso aceptó de buena gana el que lo hiciese con otro chico. Sin embargo, aquella fue la peor decisión que pudo tomar, por muy buenas intenciones que pudiese haber detrás.

Sé que más de uno o más de una pensará que soy una mala persona por lo que estaba a punto de hacer después de aquel gesto, pero… lo siento, a veces, la carne es demasiado débil.

El caso es que llegó aquel esperado sábado. Lucas vino guapísimo, pese a que no íbamos a salir fuera de casa. Con un chaleco de cuello vuelto gris y unos pantalones marrones que le sentaban como un guante. Era espectacular. Guapo, fuerte y con una personalidad super atrayente.

- Me alegro de volver a verte, Miriam.

- Y yo a ti, Lucas. Pasa. Estás en tu casa.

- ¿Y Raúl?

- Está en la cocina. Ven, pasa al salón. Está casi todo preparado.

- Voy a saludarlo antes, si no te importa.

- Claro.

Saludó a su querido amigo en la cocina, pero, Raúl, como buen anfitrión, le invitó a tomarse un vino conmigo para ir poniéndose cómodo, mientras él terminaba de cocinar los últimos platos.

- Qué buen cocinero ha sido siempre Raúl. Estarás contenta, ¿no? – me preguntó Lucas, ambos sentados a la mesa ya.

- Mucho. Es un gran hombre.

- ¿Le quieres mucho?

- Claro.

- Miriam… antes de que él venga, quiero preguntártelo a ti. Se lo pregunté a él y dijo no importarle, pero… ¿Estáis seguro de querer hacer esto?

- Bueno, ha sido una decisión complicada, pero creo que puede reavivar nuestra relación.

- ¿Tan mal estabais?

- No es que estuviésemos mal, pero la chispa es difícil de mantener. A veces es necesario echar un poco de leña.

- Si te digo la verdad, me incomoda un poco la situación, pero…

- ¿Pero…?

- Joder, no quiero ser maleducado, pero siempre me has gustado un montón y no podía desaprovechar esta oportunidad. Eres una chica espectacular.

Sentí como me ruboricé un poco. Por un momento, parecía una niña de 15 años a la que su novio le llama guapa por primera vez.

- Eres un poco exagerado, pero gracias…

- ¿Yo a ti te gusto?

Aquella pregunta casi me molestó. Estaba claro que sabía que me gustaba. No éramos tontos. No sabía si intentaba jugar conmigo o si realmente tenía aquella duda. Sea como fuere, decidí seguirle el rollo.

- Claro. Si no, no hubiese aceptado.

- Es lógico. Pero me refiero, ¿te gusto para esto porque soy alguien de vuestra confianza o porque realmente te gusto yo?

- Lucas, sí, me pones cachonda. ¿Es lo que querías oír? – le dije un poco impaciente.

- Me vale – dijo con una sonrisa triunfante.

Durante la velada, no pasó nada del otro mundo. Cenamos y charlamos de nuestras cosas. Lucas y Raúl aprovecharon para revivir, como otras tantas veces, sus “aventuras” de adolescentes. A mí me encantaba escucharlos, pues denotaba una gran química entre ambos y me encantaba verlos reír y pasarlo bien. Además, muchas de esas anécdotas, pese a que las había oído cientos de veces, me hacían bastante gracia.

Terminamos de cenar y empezamos con las copas. Cuando íbamos por la tercera, decidimos darle cierto toque al asunto, para poder ir calentando la situación. Ya estábamos un poco pedos entre el vino y las copas, solo faltaba calentar el ambiente. Decidimos jugar a verdad o reto.

Empezaba Lucas y preguntaba el que tenía a la izquierda, en este caso, yo.

- Verdad o reto.

- Verdad.

- ¿Has sido infiel alguna vez a alguna de tus novias?

- Sí, pero solo una vez, eh.

- Nadie te ha juzgado – dije divertida.

- Por si acaso…

Le tocaba a Raúl, preguntaba Lucas.

- Verdad o reto.

- Reto.

- Vale, pues vamos a ir acelerando la cuestión. Te reto a quedarte en gayumbos.

- ¿Ya? ¿No vamos ni a la cama? – dijo riéndose Raúl, quien empezaba a estar un poco pedo de más.

- Venga, si total, vas a quedarte seguro – le dije yo animándole.

- Muy bien, si os ponéis así.

En dos minutos, Raúl estaba desnudo y, para mi sorpresa, ya tenía una semierección en sus pantalones. Estaba claro que, sin haber pasado nada aún, ya empezaba a estar “contento”.

- Me toca – dije yo ya más animada – elijo verdad.

- Pregunto yo – dijo Raúl - ¿tienes ganas de follar con Lucas?

- Pero bueno… - dije fingiendo indignación.

- Venga, mujer, contesta.

- Bueno… sí, claro que quiero. Si no, no haría esto.

- Qué falsa. Siempre te ha gustado. Siempre has querido hacerlo con él.

- Bueno, a ver, sí. Igual que tú habrás querido follarte a cualquier otra chica – dije yo, ahora sí, un poco enfadada, pues no me estaba gustando su tono.

- Venga, relajaos – interrumpió Lucas – vamos a tomarnos un chupito y seguimos que me toca a mí. Elijo reto. Tú retas, Miriam. Venga, chupito y va.

Nos tomamos el chupito al unísono y seguimos.

- Te reto a besarme.

- Juju, ya lo decía yo… - dijo Raúl extrañamente divertido.

- Hecho – dijo Lucas convencido.

Se acercó, puso su cálida mano sobre mi mejilla y me dio un beso precioso. No era ni lascivo. Era cálido, sincero y… ¿romántico? Sus labios se unieron con los míos y aquello terminó por encenderme. Ni siquiera hubo lengua, solo fue un pico. Eso sí, largo y con un sentimiento increíble.

A mí, tras aquello, casi no me hacía falta nada más, pero decidimos continuar, al menos, un par de rondas más.

- Esto empieza a calentarse – dijo Raúl – te toca, cariño. ¿Verdad o reto?

- Reto.

- Te reto a desnudarte por completo ya.

- ¿Por completo?

- Por mí puedes quedarte en ropa interior – dijo Lucas.

- No. Por completo – insistió Raúl.

- Muy bien, muy bien. Lo haré. Total, no iba a hacerlo vestida.

Me encorajó el hecho de que mi chico fuese tan imbécil. ¿Quería que me desnudase delante de su amigo ya? Pues iba a hacerlo. Aunque, pensándolo bien, no creo que solo fuese eso. También tenía ganas de exhibir delante de Lucas. Quería ver cómo reaccionaba. ¿Le gustaría mi cuerpo? ¿Mis pechos? ¿Mi culo? ¿Mi coñito?

Durante todo el tiempo en el que fui quitándome la ropa, solo tenía ojos para su mirada. Casi no me importaba Raúl. Quería ver a Lucas. Quería ver cómo reaccionaba. Y por cada prenda que me quitaba, su cara era mejor. Denotaba excitación. Una excitación que, cuando me quité el sostén y las braguitas, se reflejó en un notable bulto en sus pantalones, los cuales casi no podían contener. Aquello parecía… enorme.

Me senté sin decir nada. Lucas tampoco decía nada y el único que sonreía y terminó por reírse fue Raúl, quien cada vez parecía más perjudicado por el alcoholo.

- Jajajajaja, deberíais veros las caras. Venga, Lucas, quítate tú la ropa ya, no vas a ser el único que quedé vestido.

- Me parece justo, supongo… - dijo Lucas un poco acobardado.

Tras decir aquello, me miró y yo, ante aquella cara de niño bueno acobardado, decidí sonreír, para transmitirle cierta seguridad. Parece que le caló, pues se levantó y empezó a desnudarse. Y cuando se quitó los pantalones, lo hizo también quitándose, a la vez, sus calzones y… ¡búm!

- ¡La madre que me parió! – dijo Raúl sorprendido.

Yo, en cambio, me quedé con la mano en la boca y ahogando un grito de sorpresa absoluta.

Mis sospechas sobre aquel bulto se convirtieron en una absoluta realidad. Lucas no era enorme… ¡era un monstruo! Su polla era tremendamente gigante. Ni siquiera sé cuánto debía medir aquello. ¿23, 24, 25, 26 CM? ¡Madre de Dios!

- Hijo puta, menudo monstruo tienes – siguió diciéndole mi chico – vas a dejarme en ridículo jajajajaja

“Ya lo creo…”, pensé para mí. No es que Raúl tuviese una polla pequeña. Estaba bien. No sé, unos 15 o 16 cm. Pero es que lo de Lucas era una bestia. Y no solo era larga, sino que también era tremendamente gruesa.

Os soy sincera, fue ver aquel miembro y mi coño se inundó en un segundo. No había visto en mi vida una cosa así. Y no solo era eso. Era ver esa enorme verga en ese cuerpo esculpido por los dioses, en un chico con un bello rostro y una personalidad preciosa y… solo tenía ganas de devorarlo por completo.

No podía separar mi mirada de aquel monumento de chico ni de su enorme varita. Solo tenía ojos para él. Para mí, en ese momento, ni siquiera existía Raúl.

- Creo que estamos ya todos lo suficientemente desnudos y calientes para empezar, por lo que veo – dijo Raúl al ver que su amigo ya estaba duro y él también.

- No es justo – dijo Lucas – yo he hecho una ronda más. Mínimo tenéis que hacer una ronda más vosotros.

- ¿Qué pasa? ¿Te da miedo empezar ya? – dijo Raúl.

- No me tientes. Hoy puede que pierdas a tu chica – le dijo con mirada desafiante.

Mi novio, en ese momento, se lo tomó a broma, pero en la mirada de Lucas, aquella mirada que siempre parecía de niño bueno, era la mirada de un depredador. De alguien convencido de lo que estaba haciendo o, más bien, de lo que iba a hacer. De un león que quería dominar la selva por completo, pisoteando a su rival.

Yo, en ese momento, lo único que llegué a pensar es que, si esa era su intención, si lo que quería era “conquistarme” a mí, poco o nada podría hacer para que, aquella noche, no dejase de pertenecer a mi novio.

Raúl decidió seguirle el juego, y animó a Lucas a proponerle un reto más.

- Te reto a que seas capaz de sacar a Miriam un orgasmo con tu boca.

- Bueno, bueno, pero, entonces, ¿ya empezamos? – dijo Raúl.

- No. Solo te reto a eso, después paras. Tienes 5 minutos.

- Hecho. ¿Me permites, cariño?

En ese momento, yo solo seguía teniendo ojos para Lucas. No podía evitar mirar su hermoso cuerpo y su poderosa verga, la cual no hacía nada por ocultar, quedando ante mis ojos, enorme e imponente.

- Miriam – dijo Raúl al ver que no reaccionaba - ¡Miriam!

- ¿Sí?

- Ponte cómoda y ábrete de piernas, tengo que cumplir un reto.

- Cla… claro.

Reposé mi espalda en el sofá y abrí mis piernas. Mi chico se puso entre las mismas y comenzó una leve caricia alrededor de mis labios. Poco a poco, esas caricias fueron centrándose cada vez más y más. Impregnando su dedo corazón de mis jugos, comenzó a penetrarme con el mismo poco a poco.

Todo aquello era cuestión de segundos, pues a penas tenía cinco minutos, pero a mí me parecieron eternos, pues estaba deseosa de más y más.

Introdujo un segundo dedo y yo empezaba a sentir un mayor placer. Un placer que se disparó cuando, justo enfrente mía, comencé a ver como Lucas se agarraba su enorme falo y comenzaba una lenta, pero excitante paja.

Mi chico comenzó a trabajar con su lengua en mi clítoris, levemente, mientras continuaba penetrándome con sus dos dedos. Comencé a suspirar.

Pero, no suspiraba por el trabajo de mi novio, sino por el espectáculo que tenía justo delante de mí. Lucas seguía pajeando aquella enorme polla que calzaba. Su mano bajaba y subía suavemente alrededor de aquel poste de acero, cuya piel subía y bajaba a aquel ritmo parsimonioso, pero bien compensado, permitiéndome ver su poderoso y rojizo glande. Era un monumento a la virilidad.

Mi novio, por su parte, sabía perfectamente los puntos que tenía tocar y, gracias a su buen hacer, pero, sobre todo, gracias al espectáculo que Lucas me brindaba, cuando pasaron tan solo cuatro minutos, tuve mi primer orgasmo. Mis piernas comenzaron a temblar y comencé a inundar por completo la boca de Raúl.

- ¡Ajá! – dijo triunfante Raúl – lo he conseguido. ¿Qué te parece, colega?

- No está mal. Aunque no esperaba menos. Lleváis diez años juntos.

- ¡Envidioso! Jajajajaja

- No te digo que no. Lo que daría por haber sido yo… - dijo mirándome a mi inquisitivamente.

- Ya te tocará, para eso estás aquí.

Mi chico, quien ese momento parecía estar orgulloso (y un pelín borracho también), decidió quitarse sus calzoncillos también. No pude evitar una ligera risa, pues enseñó su cosita orgulloso, como si tuviese algo por lo que competir con el monstruo que tenía delante. Me dio cierta ternura, la verdad.

- Voy preparándome. Te toca elegir Miriam. Y terminamos. ¿Verdad o reto?

- Reto.

- Muy bien, pues que mejor que ir empezando ya, ¿no? Te reto a que pruebes ya a Lucas.

- ¿Cómo probar? – dije nerviosa y expectante.

- Te reto a que empieces a saborear ese monstruo que tienes delante.

- ¿Ya? ¿Seguro? – dije, como si no estuviese deseando.

- Dale. Vamos con todo ya. No sé ustedes, pero yo no aguanto más.

- Por mí estupendo – dijo Lucas sentado ofreciéndome su enorme polla.

- Muy bien, pues allá voy – dije acercándome a Lucas con mirada desafiante.

Me acerqué a él, me puse sobre sus piernas y lo besé en los labios con suma pasión. Con unas ganas tremendas. Las mismas con las que me recibió él, quien agarró mi culo con fuerza, como atrayéndome hacía él.

Pero el reto no era ese. Por mí, me hubiese clavado aquella estaca en ese preciso instante, pero no era ese el reto en ese instante. Tenía que cumplir, ¿no?

Bajé por su torso, dándole besos y lametones, saboreando cada centímetro de su piel como una completa perra en celo. Hasta que llegué a su enorme rabo. Pero no fui directo a él. Decidí agarrarlo y pajearlo, primero, con una sola mano. Mi boca, sin embargo, fue buscando alrededor de su ingle. Besaba sus muslos por fuera, su bajo abdomen… hasta llegar a sus, también enormes y cargados, testículos.

Lamí uno y lamí otro. Succioné uno y otro. Y, poco a poco, empecé prácticamente a devorarlos, mientras continuaba masajeando aquel inmenso miembro.

No había palabras. No se oía nada. Solo el ruido de mis besos y succiones alrededor de aquella hermosa maravilla.

Y entonces, decidí que era el momento. Miré a Lucas a los ojos, él me miró sonriendo y llevé mi boca a su glande. De una tacada, metí el mismo dentro de mi boca y empecé a lamerlo como una posesa.

Si os digo la verdad, nunca he sido especial fan de hacer mamadas. No es que me dé asco, pero tampoco me excitaba demasiado. A Raúl se las hacía por compromiso, porque sí me encantaba que me lo comiesen a mí.

Pero, sin embargo, en aquel momento, estaba disfrutando como una cabrona. Sentir aquella enorme polla en mi boca, casi dislocándome la mandíbula me excitaba demasiado. Joder, está feo que lo que diga, pero… sentir aquel pollón en mi boca me ponía igual de cachonda que sentir la polla de mi chico en mi coño. Era desproporcionado. Ni siquiera podía imaginarme lo que sentiría cuando me la clavase.

Y, hablando de clavármela, y sin venir a cuento, mientras continuaba chupando la polla de Lucas, mi novio, sin previo aviso, me agarró de la cintura y comenzó a penetrarme. Aquello me sorprendió. No porque me doliese, pues estaba acostumbrada al tamaño de Raúl, sino porque no me lo esperaba.

- ¿Qué haces? – le dije sacándome la polla de la boca.

- Tú continúa, cariño. Es que no podía aguantar más. Estoy demasiado cachondo.

- Ogg, eres lo que no ahí – dije fingiendo molestia.

En realidad, casi lo agradecía, ya que aquello ayudaba a apaciguar un poco el fuego que sentía en mi entrepierna mientras disfrutaba de la enorme verga de mi querido y nuevo amante.

El trío, por así decirlo, acababa de empezar definitivamente. Lucas sentado en el sofá, recibiendo mi gustosa mamada con sumo placer. Raúl follándome a perrito a un ritmo bastante alto (lo cual ya me daba mala espina). Y yo gozando como una auténtica perra, pero más por lo primero que por lo segundo.

Mis labios recorrían, lo que podían, el falo de Lucas, quien, en todo momento, no paró de mirarme a los ojos. Yo tampoco. Pese a que quien me follaba era Raúl, en aquella habitación parecía que solo existíamos Lucas y yo.

- ¿Te gusta? – me dijo él.

- Mucho. Es enorme… - le dije.

- Es toda tuya.

Volví a introducirla en mi boca y comencé a chuparla todavía con más ansia. Intercalaba el meterla en mi boca, con lametones en su glande y alrededor de su polla, masajeando y, de vez en cuando, succionando sus enormes bolas. Era maravillosa la sensación de sentir aquella enorme y poderosa verga.

Mientras, Raúl seguía penetrándome como un poseso. No sé si por excitación o por envidia de observar que solo tenía ojos para Lucas. Tan ensimismado y llevado por la locura estaba que…

- Joder, ¡me voy a correr!

- ¿Ya? ¿En serio? – dije decepcionada.

- Joder, sí.

- Sácala. Ya sabes que no estoy tomando la píldora.

Gimiendo y casi rebuznando, Raúl se vino en mi culo y su polla comenzó a deshincharse como una colchoneta sin aire. Apenado y decepcionado consigo mismo, cogió papel y eliminó aquel rastro.

- No me lo puedo creer, Raúl. ¿Ya has terminado?

- Lo siento, ¿vale?

- Si queréis podemos dejarlo – dijo Lucas.

- ¿Qué? ¡NO! – dije yo rotundamente. Me negaba a acabar con aquello.

- Pero…

- No, tiene razón, Lucas – dijo Raúl – no quiero que paréis por mi culpa. Podéis seguir. Además, creo que estoy un poco mareado. Creo que voy a dormir.

- ¿Estás seguro, tío?

- Que sí, hombre. Eso sí, más te vale satisfacer a mi chica.

- Está bien. Que descanses.

Lucas y yo nos quedamos solos. Y era la hora. La hora de desatar a la bestia. Es muy probable que alguno de los que estéis leyendo esto penséis: “menuda hija de puta, se va a tirar al amigo de su novio con él en casa. Menuda zorra”. Pues, honestamente, sí.

Pero, entendedme, llevaba meses sin disfrutar del sexo. Años sin sentirme tan sumamente caliente como me sentía en ese momento. Necesitaba volver a disfrutar del sexo de manera plena. Y, ¡qué coño!, me apetecía como una loca clavarme semejante monumento a la lujuria.

Sin la presión de no poder expresarme abiertamente ante mi chico, era la hora de que disfrutase de aquel pedazo de hombre que tenía en frente.

- Por fin – dije.

- ¿Cómo que por fin?

- Lucas, voy a darte el mejor polvo de tu vida. Estaba deseando esto.

- ¿Qué?

- En el momento en que he visto esta enorme polla, he terminado por romper la única barrera que quedaba. Siendo sincera, siempre me has gustado más que Raúl. Mucho más. Pero siempre fui capaz de contenerme. Pero ahora ya no. Y menos viendo esto – dije llevando mi mano a aquel enorme poste – ahora quiero que me folles como nunca él podrá follarme.

- Miriam, creo que te estás dejando llevar demasiado…

- Pues ya sabes lo que tienes que hacer.

- ¿Qué?

- Dejarte llevar tú también.

- Pero…

- Pero nada, Lucas. Tú y yo vamos a echar el mejor polvo de la historia. El que llevamos deseando echar mucho tiempo, ¿o no?

- Joder, eso no puedo negarlo.

- Entonces, ¿a qué esperas?

- Joder, Miriam, se acabó, ya no aguantó más.

En ese momento, me cogió en volandas y, con rudeza, pero, a la vez, con cierta dulzura, me dejó caer en el sofá, abrió mis piernas y, en un principio, llevó su cara a mi chorreante coñito, pero no tenía ganas de más jueguecitos.

- ¿Qué haces?

- Devolverte el favor, ¿no? Para algo me has hecho tú la mamada.

- Déjate de favores. Ya estoy más que preparada con el previo con Raúl. ¡Fóllame! – dije desesperada, casi no reconociéndome.

- Vale, vale. ¿Dónde tienes condones?

- No hay. A pelo.

- ¿Qué? Pero has dicho antes que no tomas la píldora.

- Pues te corres fuera, como Raúl.

- Pero…

- Por el amor de Dios, Lucas, méteme esa polla de una jodida vez.

- Está bien, tú lo has querido.

Despejada toda duda en su mirada. Agarró cuidadosamente su anaconda y la acercó poco a poco hasta mi cueva. Fue introducir un poco la punta de aquel inmenso glande y ya sentía como si fuese un elefante entrando en una cacharrería. Cuando sentí su punta completamente dentro de mí, no pude evitar soltar el primer grito de excitación pura.

- ¡Joder! ¡Qué maravilla!

- Y solo es la punta – me dijo Lucas, ya más juguetón.

- ¿Y a qué esperas para meter más que la punta?

- ¿No te duele?

- ¿Tengo cara de que me importe? Te he dicho que me folles, Lucas, no que me trates como una niña – le dije con lanzándole una mirada salvaje.

- Joder, Miriam, nunca te hubiese imaginado así.

- Y lo que te queda por ver. Y ahora, fóllame bien.

Lucas se tomó aquello como una orden. Empezó a introducir su miembro casi más de la mitad. Pese a no estar completamente dentro de mí, la sensación de lleno y plenitud era absoluta. Su polla era casi el doble o el triple que la de mi novio y era casi como si estuviese perdiendo la virginidad de nuevo.

Reconozco que me dolió bastante al principio. No en vano, llevaba diez años follando con la misma persona, quien tenía un tamaño correcto, pero, lo que estaba penetrándome en ese momento era un monstruo, una bestia, un semental.

Aun con ello, intenté disimular lo máximo posible. Pronto, el dolor fue desapareciendo, dando lugar a un placer inhóspito. Algo que nunca, jamás, había sentido. Y aquel placer desbordante, comenzó a dar lugar a una verborrea de gemidos de autentico y verdadero placer.

- Sí, Lucas, sigue dándome.

- ¿Te gusta?

- Me encanta. Eres increíble.

- Eres preciosa, Miriam.

- No me digas esas cosas, concéntrate en follarme.

Las palabras dejaron lugar a los besos. Lucas seguía encima de mí, penetrándome con aquella maravillosa verga, mientras juntaba sus labios con los míos y me permitía, al menos por aquel instante, convertirme en la mujer más plena y satisfecha del universo.

El primer orgasmo, no tardó.

- Me voy a correr, Lucas. No pares.

- Jamás pararía. Voy a darte la mejor noche de tu vida.

- Sí, ¡SI! ¡SIIIIIIIIIIII!

En ese momento, las piernas me comenzaron a fallar. Notaba un calor inmenso en todo mi cuerpo. Lucas bajó el ritmo y, por unos segundos, sentí que perdía todas mis fuerzas. Era, probablemente, el mayor orgasmo que había tenido en mucho tiempo.

- Joder… - dije suspirante.

- Espero que no hayamos terminado aún.

- Ni de coña, vas a seguir metiéndome eso y dándome orgasmos durante toda la noche. Ahora me toca a mí. Siéntate.

- A sus órdenes, mi reina.

Sonriente y excitado, Lucas se quitó de encima de mí y fue él ahora el que se dejó caer en el sofá. Su polla apuntaba al techo poderosa y cubierta de mis flujos. Me levanté y, sin cuidado alguno, me introduje más de la mitad de aquel miembro dentro de mí.

- ¡Joder! – grité.

- ¿Qué pasa?

- Por un segundo había olvidado que eres un jodido monstruo.

- ¿Te ha dolido?

- Deja de preocuparte y relájate. Voy a empezar a cabalgarte de verdad.

Comencé a moverme. Arriba y abajo. El sentir como entraba y salía aquel pollón era delicioso. Era una sensación increíble. Me sentía poderosa, pues ahora era yo quien lo dominaba a él.

Veía en sus ojos el placer puro. La lujuria en un espejo.

- Eres una diosa, Miriam.

- ¿Te gusto?

- Muchísimo.

- ¿Entonces a qué esperas para demostrarlo?

En ese momento, envalentonado, Lucas me agarró de ambas nalgas y, desde abajo, y con una fuerza inesperada, empezó a follarme como una auténtica bestia.

No pude evitar gritar y gemir como una loca, por lo sorpresivo, pero, sobre todo, por lo placentero de aquella acción. Me follaba como un loco. Su polla me estaba destrozando. Debería estar sufriendo con semejante mandoble atravesándome, pero era al revés, disfrutaba como una auténtica demente.

- ¡Dios, sí! ¡SI! ¡Fóllame!

- Toma, zorra, esto es lo que querías, ¿no?

- Joder, sí. Dame duro. ¡Reviéntame!

- Nunca me hubiese imaginado que fueses así, pero si es lo que quieres, voy a follarte como una puta.

- ¡Sí, joder! A la mierda todo, ¡dame duro!

Las embestidas de Lucas eran tremendas y yo empezaba casi a desvariar. Creo que, por primera vez en mi vida, sentí lo que era un orgasmo múltiple. Pensé que era un mito, pero no. Y Lucas me lo estaba dando como nunca hubiese soñado.

Sentí como las cuencas de los ojos se me iban a tomar por culo, como perdía todas mis fuerzas, como mi coño se contraía una y otra vez, un orgasmo tras otro. El placer me desbordó y Lucas no paraba de darme con su enorme pollón como si le fuese la vida en ello.

Tenía que parar. Y señal de ello fue que me dejé caer en su pecho derrotada. Él captó la señal y se detuvo, pero no del todo, pues comenzó a besarme por donde podía, en señal de su deseo, su placer y… ¿su amor? El caso es que no pude rechazarle. Casi anestesiada, levanté mi mirada, lo miré a los ojos y lo besé con pasión.

Cuando nos separamos, me entró la risa floja.

- ¿Qué te pasa?

- No he tenido un orgasmo múltiple como esté en mi vida. Ni si quiera sé cuantas veces me he corrido.

- Jajajaja, me alegro que disfrutes tanto.

- Lucas…

- ¿Qué?

- Eres maravilloso.

- Tú sí que eres maravillosa, Miriam.

Nos volvimos a besar durante un par de minutos.

- ¿Todavía no te corres?

Se lo pregunté verdaderamente sorprendida. Llevamos varios minutos follando como auténticos descocidos. No es que llevásemos horas, pero el ritmo que llevábamos era bestial y podía entender perfectamente que se hubiese corrido ya. Raúl ya lo hubiese hecho hace siglos…

- Puedo aguantar un poco más.

- ¿Es que eres actor porno ahora o qué? Jajajaja

- Jajaja, no, pero suelo aguantar bien. Pero si quieres paramos.

- Mientras esa polla siga dura, más te vale seguir follándome.

- Está bien, pero vamos a probar algo distinto.

- ¿Cómo qué?

- Tú túmbate bocabajo y déjame hacer a mí.

- Lo que tú mandes, semental.

Me dejé caer en el sofá tal y como él dijo. Se puso detrás de mí, me agarró suavemente de la cadera y me sacó las rodillas al suelo, dejándome arrodillada con el torso en el sofá, mis piernas en el suelo y mi culo y mi coño a su plena disposición.

Él se arrodilló, me dio un tierno beso en el trasero y apuntó de nuevo su enorme polla hasta mi coñito.

- ¿Lista?

- Dámelo todo.

- Lo que usted mandé, mi diosa.

La introdujo, pero, esta vez, de manera delicada. Aquello no significó menos placer. Se notaba que Lucas era un chico experimentado. Mi vagina estaba sensible. Una nueva follada bestial probablemente me habría destruido. Sin embargo, se adaptó. Su penetración era suave, pero profunda. Llena de pasión y placer, igualmente.

Sentir su miembro recorriendo mi cavidad lenta, pero deliciosamente era un auténtico placer. Se apoyó levemente en mi espalda, apoyando su pecho. Comenzó a besar mi cuello y mi espalda, mientras no dejaba de darme por detrás.

- No sé si podré acostumbrarme a no tener esto todos los días – me dijo al oído.

- No me digas eso, Lucas.

- Sentir tu maravilloso cuerpo junto al mío. Sentir tu apretado coñito alrededor de mi polla. Sentir que soy tuyo y tú eres mía.

- Para… - dije poco convencida, mientras mi cuerpo se estremecía.

- Quiero hacerte mía, Miriam.

- No…

- Quiero que seas mía. Mi mujer.

- Lucas…

- La madre de mis hijos.

- Oh, Lucas…

- Me voy a correr.

- Córrete dentro.

- Pero…

- Córrete dentro, hazme tuya.

- Te amo, Miriam.

- Y yo a ti, Lucas.

Y en ese momento, nos fundimos en uno. Nos besamos como dos verdaderos enamorados. Como dos amantes lujuriosos. Sentí chorros y chorros de espeso y caliente semen dentro de mí.

Sabía que la posibilidad de quedar embarazada era inmensa. No solo por no tomar la píldora, sino porque estaba en la época ideal para ello.

No hacía ni una hora había obligado a mi novio a que se corriese fuera por precaución. Y ahora estaba recibiendo una carga inmensa dentro de mí, la cual era imposible que no diese lugar a un bebé. Pero no me importaba.

Por una vez en mucho tiempo, me sentía satisfecha. Feliz. Libre.

Aquella noche, como imagináis, lo cambió todo. Lucas se fue, y en el minuto uno en que traspasó la puerta de casa, ya le estaba echando de menos. Me di una ducha y me acosté al lado del que, por poco tiempo, sería mi novio.

- Por lo que he oído, lo has pasado bien – dijo Raúl.

- No ha estado mal – dije disimulando.

La habitación estaba a oscuras, no nos veíamos, pero la tensión se cortaba con un cuchillo. No pegamos ojo en toda la noche. Al día siguiente, por la mañana, ni siquiera cruzamos palabra.

Ambos sabíamos que, lo que en un principio era para arreglar nuestra relación, había sido su tumba. Raúl era consciente, sin tener que decirle nada, de que mi corazón y mi deseo pertenecían ya a otro hombre. Yo, por mi parte, lo tenía clarísimo. Solo necesitaba ser valiente.

Durante las semanas siguientes, seguí hablando con Lucas, pero nunca, jamás, volví a tener sexo con él, hasta que lo dejé con Raúl.

Y puede que haya clasificado esta historia como de infidelidad, pero siento que no lo fue. Infidelidad es traicionar la confianza. Y todo lo que pasó aquella noche fue porque Raúl lo permitió. Y lo permitió en un gesto, también, de amor. Y el amor sin confianza no es amor, es obsesión.

Ese amor lo volvió a mostrar cuando me dejó ir con Lucas. Por eso, siempre tendrá un lugar importante en mi corazón y porque, no en vano, fue mi primer gran amor.

A día de hoy, Raúl está felizmente casado con otra chica, Silvia, una chica estupenda y de la que está locamente enamorado y que es la madre de su hijo.

Yo, por mi parte, estoy pasando los mejores años de mi vida. Con Lucas. Y con nuestros dos niños. El primero de ellos, fruto de la pasión y el amor desatado en aquella maravillosa noche.

Aquella noche, cuando “dormíamos juntos”, Raúl y yo pudimos pensar en algún momento, “nunca debimos hacer esto…”, pero, la vida son etapas, y la de ambos juntos estaba más que terminada. Aquella noche dio lugar a una nueva vida para ambos.

Y, en mi caso, ha sido una vida feliz, plena y, sobre todo, llena de sexo y un deseo tremendo…

FIN.