La noche en que todo se abrió. Parte 2
Detrás del muro, solo existía el aliento y el deseo. Pero cuando la puerta se abrió, la fantasía cobró cuerpo, voz y una dureza que prometía destruir su control. Bella sabía que esa noche no saldría intacta.
Me quedé un instante más, sosteniéndolo en mi mano, lamiendo lento como si pudiera memorizarlo, como si mis labios quisieran aprender cada curva de su forma. No lo hice venirse. No aún. No quería que terminara. Quería que empezara.
Lo miré desde abajo. Como si pudiera ver a través del muro. Sabía que del otro lado había un hombre respirando fuerte, sujetándose contra el borde, sintiendo mi boca como si ya fuera parte suya.
—Sal de ahí —susurré, sin saber si me oía—. Quiero verte completo.
Apenas me aparté un poco, el pene desapareció lentamente detrás del muro, como si volviera a esconderse… pero no por vergüenza. Por expectativa.
Nos quedamos todos quietos, atentos. No sabíamos si saldría, si aceptaría, si me buscaría. Pero lo hizo.
La puerta del extremo se abrió. Él emergió.
No lo reconocí de inmediato. Solo vi su pene: grueso, moreno, largo. Imponente e hipnótico. No supe que era él… hasta que se acercó, y me miró con los mismos ojos que me habían incendiado antes. Entonces lo supe. Era él. El mismo. El de la mirada. El que ya me había tenido, aunque fuera solo con los ojos.
El que me había desnudado con los ojos en la sala de baile, mucho antes de que supiera su nombre. El mismo cuerpo alto, fuerte, piel dorada y tersa, rostro sereno y seguro. El mismo pene… ahora completamente erecto, palpitante, reluciente por mi saliva.
Nos miró a todos, pero a mí me sostuvo la mirada.
—Me llamo Edgar Alfredo —dijo con voz profunda, voz de hombre que sabe lo que causa.
Yo no dije nada. Solo me levanté despacio. Sentí mis piernas temblar un poco. No por debilidad… sino por lo que venía.
—Yo soy Bella —dije, aún sin apartar mis ojos de los suyos—. Mucho gusto... Mucho gusto.
Él asintió.
Y sonrió, como si supiera que estaba a punto de hacerlo.
El moreno no dijo más. No hacía falta.
Su presencia llenaba el espacio sin esfuerzo. Se acercó con pasos lentos, desnudo, erguido, seguro. Tal alto como el negro, pero más acuerpado. Su pene seguía firme, con un pulso propio, como si mi boca lo reclamara todavía. Pero sus ojos… sus ojos estaban puestos en mí, y en todo lo que yo era en ese momento: deseo puro y consciente.
Rafa fue el primero en romper el silencio.
—Mucho gusto, Edgar Alfredo —dijo con una sonrisa cálida, extendiéndole la mano. Un gesto que me erizó aún más.
Él la estrechó sin vacilar, con respeto. Luego asintió hacia Ariam y el Negro.
—Un gusto —dijo simplemente. Su voz tenía el peso exacto: ni arrogante ni tímida. Ariam y en negro en coro dijeron también —Mucho gusto—.
Yo me acerqué. Sentía mis piernas vibrar con cada paso. Me detuve a su lado. Lo miré sin decir palabra. Levanté la mano, toqué su pecho. Su piel era firme, tibia, como piedra al sol. Bajé la mano lentamente, hasta su abdomen, hasta su pelvis… hasta que lo rocé de nuevo. Él se tensó apenas. Un suspiro.
Me giré hacia los demás.
—Vamos a otro lado —murmuré—. Quiero jugar... pero quiero que estén conmigo.
Ninguno preguntó “a dónde”. Todos lo sabían.
Nos movimos con lentitud, con esa cadencia propia de quienes ya han cruzado el umbral del deseo.
El cuarto oscuro era más amplio de lo que imaginé. Las luces eran apenas una insinuación: tenues, color ámbar, filtradas por cortinas gruesas, no se percibían ni las siluetas al cerrar las cortinas. El espacio olía a cuerpos, a madera, a sexo contenido, pero a limpio. Percibía rincones con cojines, bancos acolchados, pequeñas áreas donde el roce parecía inevitable. Se oían jadeos lejanos. Respiraciones. Algún que otro gemido. Entramos sin decir palabra.
El moreno fue el último en entrar, y cerró la cortina con un gesto suave.
Me rodearon. Cinco figuras. Cinco respiraciones. Cinco cuerpos que ya no se preguntaban si sino cuándo.
El Negro se colocó detrás de mí. Ariam a mi izquierda. El moreno al frente. Rafa a mi derecha. Me sentí... adorada. Expuesta y segura. Llena.
El moreno fue el primero en tocarme. Una mano sobre mi cintura, lenta, firme. Me acercó a su cuerpo. Su erección rozó mi abdomen. Mi piel se encendió. Cerré los ojos.
Ariam me acariciaba la espalda, el hombro, el cuello. El Negro me besó detrás de la oreja. Rafa me rozó la mano y los senos, su índice acariciando mi palma. Todos me tocaban distinto. Todos me hablaban con sus dedos. Me excitaba sentirme rodeada, deseada. El cuarto oscuro tenía su propia atmósfera, como si el deseo se multiplicara al quitarle el rostro a los gestos. Allí, cada roce valía por mil palabras. Todo era intuición. Olor. Calor. Respiración.
Nos movíamos lento. Como si estuviéramos conociéndonos por primera vez, a través de los dedos. El moreno me tocó sin que supiera al principio que era él. Sus manos eran grandes, seguras, pero no bruscas. Me recorrió desde los homóplatos hasta la parte baja de la espalda, luego el contorno de mis glúteos, hasta quedarme sin aliento. El Negro lo imitó, acariciándome la parte interna de los muslos, pero por otro ángulo. Ariam y yo nos buscábamos a tientas, nuestros senos rozándose sin querer o queriendo demasiado. Sentía su aliento cerca, su piel húmeda contra la mía.
Reí bajito cuando una mano —grande y firme— me acarició entre las piernas por detrás. No sabía si era el Negro o el moreno. Solo sentía el grosor de los dedos y el ritmo pausado con que me exploraban. Cerré los ojos aún más, como si pudiera hacerme más ciega. En otro rincón, escuchábamos jadeos. El morbo de no ver pero imaginarlo todo era casi mejor que mirar.
Una mano me tomó por la nuca y me acercó a unos labios desconocidos. El beso fue profundo, con hambre. Rafa?, no lo sentí como él. ¿O el moreno? ¿O el Negro? Las identidades se deshacían en ese rincón oscuro. Y me encantaba. Me sentía liberada. Como si pudiera renacer entre esas manos, esas bocas, esos suspiros entrecortados. Ariam gemía bajito, y yo la busqué con la boca, besándola al azar, hasta que nuestros labios encajaron con una ternura borracha de deseo.
Y entonces lo sentí… un roce grande, grueso, duro, contra mi vientre. Supe que era él. El moreno. El tamaño no dejaba dudas. Más del doble de grueso que el del negro. Estaba erecto, expectante, y mi cuerpo se preparaba mentalmente para lo inevitable. Pero no aún. Solo sentirlo… sin verlo… me hizo mojarme más.
El moreno bajó la cabeza. Me besó. Un beso completo, cálido, con lengua y aliento. Su sabor era distinto. Nuevo. Me abandoné.
—Quiero probarte —le susurré.
—Quiero que me pruebes —respondió.
Pero no allí. No todavía.
—Vamos —dije al fin, separándome con dificultad—. Quiero hacerlo... en una cama. Donde todos puedan verme. Donde me vean abrirme.
Y así, con las piernas temblando, los llevé a la zona de camas.
Donde todo… por fin… se daría.
La zona de camas compartidas tenía algo ceremonial. No era una orgía caótica ni un rincón sucio. Era como un templo cálido, suave, rodeado por velos, murmullos y cuerpos entregados. Todo en penumbra, pero visible. Piel brillante, piernas abiertas, bocas húmedas. Una sinfonía lenta y constante de placer.
Elegimos un espacio amplio, al final. No del todo al fondo, pero lo suficiente para sentirnos visibles y privados a la vez. Sábanas limpias, almohadas, la promesa del abandono.
Me acosté en el centro.
Ariam a mi izquierda, Rafa a mis pies, el Negro a mi derecha... y el moreno frente a mí.
Me miró como si aún no creyera que le había dado esa libertad. Como si la desnudez de mi cuerpo fuera un privilegio más que un regalo. Se acercó despacio, se arrodilló entre mis piernas abiertas. Su miembro seguía erecto, reluciente, amenazante, provocativo, me desconcentraba de todo lo demás. El Negro, a mi lado, me acariciaba el abdomen. Ariam me miraba desde el hombro, su mano recorriendo mi muslo izquierdo. Rafa... se sentó cerca, viéndome. Su rostro estaba encendido, igual como suelo enrojecerme cuando estoy molesta o excitada, así debería estar mi rostro, y los ojos fijos en los movimientos del moreno.
Él no me tocó de inmediato. Se agachó. Me olió. Me besó el monte de Venus. Luego bajó lentamente, con la lengua, desde el hueso de mi cadera hasta la entrada de mi vulva. Su aliento me hizo arquear los dedos de los pies.
Cuando me lamió, todo tembló.
Su lengua era gruesa, segura. No jugaba. Probaba. Profunda, precisa, intensa. Me lamía de abajo hacia arriba, separando mis labios con los dedos. Mis labios, depilados, lisos, abiertos para él. Lo sentía mover mi clítoris con la lengua en círculos suaves y luego firmes. Gemí. Hundí la cabeza contra la cadera de Ariam.
—Dios… —susurré, lo hacía como Rafa—. Sí… ahí…
El Negro me acariciaba los senos, jugando con mis pezones erectos. Ariam me besaba el cuello, me susurraba palabras dulces. Rafa me tocaba los tobillos, los muslos, los pies. Su presencia me anclaba. Me contenía.
El moreno no se detuvo. Me llevó al borde. Mi espalda se arqueó. Y cuando mis caderas empezaron a moverse por sí solas, me penetró con dos dedos gruesos, mientras seguía chupando.
No grité.
Pero mi cuerpo lo dijo todo. Me derramé.
Terminé como hacía tiempo no lo hacía, creo que estar a punto de ser penetrada por ese enorme herramienta me tenía más caliente de lo normal. El orgasmo fue lento. Profundo. Con espasmos largos, húmedos, deseados. Mi vulva palpitaba. Mis piernas temblaban. Rafa me sujetó. Ariam me besó. El Negro me acarició el vientre con ternura, esas caricias quemaban, o era yo que estaba muy sensible a cualquier estímulo, mi irrigación sanguínea se sentía, en especial en las zonas erógenas.
—Aún no ha comenzado —dijo el moreno, mirándome con una sonrisa peligrosa.
Y supe… que tenía razón.
El aire en la zona de camas estaba más espeso ahora. Como si la excitación no solo flotara, sino que se condensara en cada respiración. A nuestro alrededor, los cuerpos se movían lento, con el ritmo de quienes saborean cada instante. Algunos nos miraban desde sus rincones. Una mujer de cabellos rizados se acariciaba el pecho mientras observaba. Una pareja madura se detenía de vez en cuando entre sus propios besos para ver cómo me entregaba.
Y yo… me entregaba. Me sentía pequeña rodeada de ellos, pero era una sensación agradable.
Sentía la mirada de todos, pero la que más me quemaba era la del moreno. De pie frente a mí, su pene aún erecto, brillante, palpitante, apuntándome, desafiándome. Yo me incorporé, aún temblando, y me arrodillé en la cama. Ariam me acariciaba la espalda. Rafa me sujetaba las caderas por detrás, observando.
El moreno se acercó. Yo abrí la boca. Lo tomé con las dos manos. Pesaba. Se sentía caliente, vivo. Mi lengua lo recibió de nuevo. Esta vez con más hambre. Ya no era solo deseo. Era adoración.
Y entonces lo sentí al negro, detrás de mí, me acarició los muslos con fuerza, los gluteos, con deseo.
Sentía su pene también palpitando entre mis gluteos, irradiaba calor. Besó la parte baja de mi espalda. Sus dedos se deslizaron entre mis labios, me acariciaron lento. Yo ya estaba abierta, húmeda, temblando.
—¿Puedo? —me preguntó con voz baja, ronca, solo para mí.
—Hazlo —susurré, con la boca llena del moreno—. Lo deseo!.
Él me sujetó firme de las caderas. Sentí la punta de su pene presionando mi entrada. Estaba lista. Necesitada.
Cuando entró, todo mi cuerpo se arqueó, di como un pequeño salto. Yo estaba ya muy mojada. Fue un solo movimiento, suave pero firme y su grosor me llenó por completo. Me abrió sin dolor. Solo presión. Solo placer profundo.
El contraste me estremeció. Su pene dentro de mí, y el del moreno en mi boca. Cada uno en un extremo. Yo al centro, como un puente de lujuria. El Negro me embestía con ritmo pausado, profundo, abriéndome, preparándome, dilatándome. Mi boca se movía sobre el moreno con lujuria, como si quisiera provocarlo tanto como él me provocaba a mí.
Ariam jadeaba a mi lado. Nos besaba. Nos acariciaba. Su lengua pasaba por mis pezones, por mi cuello, se mordía los labios, somo si estuviese viviendo todo a través de mi cuerpo. Rafa se masturbaba suavemente mientras acariciaba la pierna de Ariam. Todo era conexión. Movimiento. Calor.
Sabía que nos miraban. Podía oír los gemidos ajenos subiendo de tono. La tensión del lugar ya no era ajena. Era colectiva. Y yo… era parte del espectáculo.
Y me encantaba.
Mi cuerpo era un campo abierto de deseo. Me sentía extendida, ofrecida, atravesada por el placer. Otros chicos se acercaban, Rafa los alejaba cortésmente, solo podían ver. Esta noche no hacían falta más chicos.
El Negro me penetraba con ritmo sostenido, profundo, tan hondo que cada embestida me arrancaba un gemido húmedo contra el miembro del moreno. Lo tenía dentro de la boca con avidez, me ahogaba un poco, pero me excitaba más y más, me costaba albergarlo entero, alternando la lengua, la succión y los besos húmedos en su base, en sus testículos hinchados, grandes, depilados, con la piel recogida y erizada. A veces no podía sostener el ritmo, tenía que retirarme a respirar, a gemir, a dejar que mi saliva corriera sin vergüenza. Pero él seguía firme, tan grueso, tan presente.
Sentía cómo el Negro me tomaba fuerte de las caderas. Sus embestidas empezaban a intensificarse. Mi cuerpo se acostumbraba a su tamaño, a su profundidad, me era familiar pero hoy se sentía más agradable. Mis labios se abrían cada vez más por la presión del moreno en mi boca. Era demasiado. Y era perfecto.
Ariam y Rafa se habían retirado unos pasos. No por desconexión. Todo lo contrario. Querían verme. Y yo quería que me vieran. Ella se sentó junto a él, ambos con las piernas cruzadas, mirándome como si contemplaran una obra de arte viva. Rafa tenía una erección firme. Ariam lo acariciaba suavemente, pero su mirada estaba en mí. En cómo me abría. En cómo me entregaba.
La mujer sola de antes, la de rostro dulce y curvas generosas, también nos miraba desde el rincón, y sobre todo a Rafa y su erección. No se tocaba. Solo observaba, con la boca entreabierta. Otra pareja intercambiaba caricias más intensas, como si nuestro ritmo guiara el suyo.
El Negro jadeaba tras de mí. Sentía cómo cada movimiento lo acercaba más a un borde invisible. Su cuerpo contra el mío. Su pelvis golpeando mis glúteos con firmeza. Mi clítoris frotándose contra la base de su pene a cada movimiento. Y en mi boca… el moreno. Que me miraba sin moverse. Dejándome hacer. Dejándome disfrutar.
Era yo, al centro. Yo, deseada. Yo, extendida como un altar a los sentidos.
Y aún no había terminado.
El ritmo del Negro cambió.
Ya no era solo hondo. Era más firme. Más urgente. Sus caderas golpeaban mi cuerpo con ese sonido húmedo y rotundo que electrizaba el aire. Me sujetaba por la cintura, con los dedos marcándome la piel, guiando cada embestida como quien domina una sinfonía de carne y deseo.
Yo gemía. Pero no con la boca vacía.
El moreno seguía ahí. Su pene en mi boca, pesado, grueso, cálido, venoso, rosado oscuro en su glande. Lo tomaba entre mis labios, me detenía a veces a lamerlo lentamente, a besarle la punta, a lamer su meato urinario, su frenillo, a empujarlo dentro de nuevo hasta donde mi garganta me lo permitía. El contraste de ser penetrada por detrás mientras mi boca se llenaba al frente era abrumador… y perfecto. No era solo ello, sino sus tamaños, lo grueso que eran. Y entonces el moreno me tocó.
Primero fue una caricia sobre la mejilla, como quien agradece mi boca. Luego, mientras aún lo tenía entre los labios, su otra mano bajó por mi abdomen. Me acarició el clítoris con dos dedos suaves, con precisión, sin prisa. Sentí cómo se deslizaban entre mis pliegues húmedos, cómo encontraba ese punto ya palpitante y lo hacía suyo.
Yo me deshacía.
Un primer espasmo me sacudió. Intenté contenerlo, pero no pude. El Negro gruñó detrás de mí, como si sintiera cómo me apretaba por dentro. El moreno me acariciaba con más presión. Mis piernas temblaban.
No podía sostenerme. Me apoyé sobre un codo. Aún con la boca llena. Aún gimiendo.
Y exploté.
Tuve un orgasmo. Esta vez más intenso, de esos que se sienten cuando la excitación sexual se ha acumulado. Un orgasmo más largo. Sentí mi vagina pulsar, mi clítoris contraerse, mi cuerpo vibrar de pies a cabeza, como si me electrocutaran. El negro seguía bombeando y el moreno, tocándome como un pianista y cuando pensé que no podía más, vino otro orgasmo. Como una ola que no se va, que regresa. Mis muslos se estremecían. Mi abdomen se contraía.
Un gemido me escapó contra el pene del moreno. Vibré contra él.
Los que observaban ya no eran pasivos. Se tocaban. Jadeaban. Se entregaban al ritmo que yo marcaba. Yo era su musa. Su espejo.
Y apenas habíamos empezado.
Cuando el Negro salió lentamente de mi cuerpo, lo sentí como una despedida parcial. Una pausa necesaria… porque algo aún más grande me esperaba.
Mi cuerpo temblaba, abierto, húmedo, aún palpitante de los orgasmos que acababa de tener. Pero mi mente… mi mente estaba enfocada solo en una cosa: él. El moreno. Su figura erguida, su mirada fija, su erección firme como una promesa antigua. Lo veía acercarse y, aunque ya lo había sentido en mi boca, la idea de tenerlo dentro… completamente dentro… me agitaba el pecho como una tormenta.
Me acomodé de lado, recostada sobre un brazo, con la pierna superior flexionada hacia delante, abriéndome para él sin vergüenza. Estaba completamente ofrecida. Abierta. Lista. Mi vulva, depilada, rosada, inflamada por el placer, brillaba con cada respiración.
El moreno se colocó detrás de mí, arrodillado. Sus manos grandes me recorrieron con una suavidad que contrastaba con su tamaño. Me acarició el muslo, luego la cadera. Su otra mano descansó sobre mi vientre. Me sentí pequeña, vulnerable… y deseada como nunca.
—¿Estás lista? —me preguntó al oído, su voz baja, casi grave.
—No —le dije, sin pensarlo—. Pero quiero saber cómo se siente.
No había morbo en mi tono. Era devoción. Era hambre. Era entrega.
Él se inclinó sobre mí, se puso un preservativo y se aproximó guiando su miembro con una mano. Lo sentí rozar mis labios inferiores, besar mi entrada. No empujó de inmediato. Me acariciaba con la punta, dejando que mi cuerpo lo sintiera, que mi mente se preparara.
Y yo… lo deseaba tanto que dolía.
Su grosor era como un sello. Una presencia tangible. Mi cuerpo sabía que estaba por abrirse más de lo habitual, que iba a ser estirado, llenado, llevado al límite.
Cerré los ojos. Respiré hondo.
Y entonces, muy lentamente… comenzó a entrar.
La presión fue inmediata. Un estiramiento profundo. Mi vulva se abría con lentitud, separándose como pétalos bajo sus embestidas lentas, cuidadosas, como quien abre un espéculo en mi vagina y la abre totalmente. Sentía cómo mi cuerpo lo recibía centímetro a centímetro. Ardía, pero no dolía, solo un poco al inicio. Era intenso, exigente, lento como un río de lava. Todo mi vientre se expandía, mi vagina se dilataba, lubricaba y lo apretaba.
Grité bajo. Una mezcla de sorpresa, de plenitud, de rendición absoluta.
Y aún no estaba completamente dentro y yo gemía extasiada ante cada milímetro que se deslizaba.
Él se detuvo. Me sostuvo con ambas manos. Esperó.
Y yo… le rogué.
—Más. Por favor. Pero suave.
Empujó un poco más. Mi entrada vibró. Lo sentía en lo más profundo, como si tocara zonas que nadie antes había alcanzado, sentí cosquillas cuando pasó rozando el cuello del útero y siguió entrando, era más grueso que cualquiera que hubiese visto, más que el de Santiago, y lo tenía dentro de mi. Nunca había tenido uno así dentro. Mis piernas se tensaban. Mi espalda se arqueaba. Mi cuerpo temblaba.
En ese instante, sentí al Negro moverse frente a mí. Se arrodilló, me acarició el rostro con ternura… y me ofreció su erección. Sin palabras.
Lo tomé con las dos manos. Lo besé primero. Luego abrí la boca. Y así quedé.
Penetrada por el moreno desde abajo, mis muslos sobre los suyos, lenta, extendida… y con la boca llena del Negro, saboreando mis jugos, su sabor era agradable, o era mi excitación que me había disfrutar todo tipo de estímulo, él me acariciaba la cabeza con esa mezcla de cariño y deseo que solo él tenía. Sentí que no solo estaba ahí para poseerme, para recibir placer de mi boca, para acompañarme, sino también para cuidarme. Miraba detalladamente mi rostro y las reacciones ante los movimientos del moreno. Rafa y Ariam también miraban sin pestañear, me sentía cuidada, protegida, complacida, consentida..
Estaba al centro del universo.
Mi cuerpo se expandía en todas las direcciones. Sentía al moreno dentro de mí como una columna de fuego. Sentía el peso del Negro en mi lengua. Mis pezones parecían de acero. Las respiraciones se volvían gemidos. Las miradas… fuego. Rafa y Ariam nos observaban desde un costado, tomados de la mano, excitados, serenos, acompañándome con sus ojos llenos de ternura.
Y yo… no era solo Bella.
Era deseo hecho carne.
Y apenas había terminado de entrar.
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