Marcada a fuego - Cap. 5
La carretera se llena de tráfico y miradas boquiabiertas mientras Susannah camina desnuda junto a su caballo. En la ciudad, el polvo y el estiércol no pueden ocultar su belleza, pero la vergüenza la consume. Jared la ata al poste y la obliga a ser admirada por todos, desde el viejo carnicero hasta los niños. En el saloon, la humillación se intensifica: debe servir a cuatro patas y comer del suelo.
Capítulo Cinco
El sol rodaba hacia el oeste en el cielo cobalto, creando profundas sombras a lo largo de la carretera. Sus brillantes rayos se filtraban a través de las hojas verdes. Jared veía a Susannah caminar junto a su caballo por el rabillo del ojo desde su silla. La brisa hacía que su cabello se echara hacia atrás desde su cara manchada de lágrimas. Las muñecas atadas con la cuerda, dando traspiés al paso del caballo. Podía imaginar la visión suculenta que resultaba para los hombres que cabalgaban detrás.
El viaje dio tiempo a Susannah para contemplar su nueva vida. Decidió que la vida como esclava de amor de Jared le sentaba bien. Cuando estaba creciendo se había preguntado por qué sentía de forma tan apasionada algunas cosas y tenía fantasías sexuales tan en el extremo oscuro. Concluyó que era distinta de los otros. Su mente era rápida y decisiva. No le gustaban o disgustaban las cosas, las amaba o las odiaba con pasión. Sus sentimientos eran tan hondos que algunas veces la asustaban. Amaba a Jared, se daba cuenta.
La serpenteante carretera les llevó fuera del bosque a campos abiertos de dorado trigo mecido por el viento y a campos de brezo. La carretera se llenó de tráfico. Granjeros, escolares, y buscadores de oro a pie miraban boquiabiertos a Susannah, estupefactos ante su desnudez. Los escolares corrían delante para decir a los ciudadanos que una banda de forajidos entraba en la ciudad. El carro del correo pasó, reverdeciendo el apetito de Jared por un buen golpe al estilo antiguo.
Delante de ellos escucharon disparos, el golpeteo de las ruedas del carro, y ganado bajando de Camino. Las tiendas se alineaban en la calle principal, sin pavimentar, cada edificio de un solo piso pero con un frontal falso que daba apariencia de altura. Los habitantes se daban prisa en asomarse a puertas y ventanas para ver la procesión de forajidos.
La garganta de Susannah se llenó de palpitaciones. Los habitantes se alineaban en la calle principal. La mayoría de los tíos de Camino reconocieron a Jared como un pistolero, un tirador profesional que en una ocasión les había servido como alguacil para combatir la actividad criminal. Le tenían por un hombre audaz, presuntuoso, con gran confianza en sí mismo.
Pararse delante de la gente le producía pánico a Susannah. Sus brazos se agitaron violentamente intentando soltarse de la cuerda.
"Tranquila, Susannah," dijo Jared con dureza. "¿Ves cómo todos te miran? Admiran tu belleza."
No tenía utilidad luchar contra la cuerda. No podría escapar. Las quemaduras de la cuerda le escocían en las muñecas. Lo mejor que podía hacer era bajar la barbilla de forma que el cabello le ocultara el rostro. El suelo, como el aire, estaba seco y el polvo le llenaba las narices haciendo que se le resecara la garganta. Su tierna piel blanca se había vuelto de un bronceado canela. Los peatones miraban boquiabiertos susurrando desde las aceras de ocho pies (2,40 m) de ancho, hechas de planchas de madera basta. Las madres tapaban los ojos de sus hijos.
El estiércol hasta los tobillos era una amenaza para las señoras de vestidos largos, que barrían el suelo, y Susannah, con las lágrimas corriéndole por la cara, saltaba sobre los pilotes. El hedor a estiércol recalentado se metía por todas partes. El seco día de verano creaba un receptáculo de polvo en la sucia calle. Los caballos al galope levantaban nubes de polvo salpicado con un polvillo fino de estiércol seco que se abatía sobre las caras de la gente, las casas y la comida.
"Comeremos y beberemos algo antes," dijo Jared a sus hombres cuando se aproximaban al poste de enganche.
"Quiero comprarme un sombrero Derby," insistió Frank el Gordo.
"Después de comer compraremos algunas tonterías y nos haremos una foto, ¿qué os parece?" Jared dedicó a sus hombres una sonrisa torva.
Sus hombres estaban muy contentos.
"Lefty, ata a Susannah al poste de enganche a la sombra y dale de beber con los caballos. Deja que los del pueblo la vean pero no la toquen. Te mandaré la comida desde el Mercantile."
Una vez desmontado, Jared apresó la boca de Susannah en un beso. Su mano estrujó sus nalgas doloridas. "Todo el mundo querrá echarte un vistazo, paloma. Sé recatada. Me decepcionaría que toda esta atención hubiera hecho vanidosa a mi Susie."
Pero mientras se retiraba ella se inclinó hacia delante, los labios fruncidos en un beso como si tuviera miedo de dejarle ir.
"Muy bonito," le dijo dándole una palmadita en la mejilla con la mano. Inclinando el sombrero a las boquiabiertas señoras que bajaron rápidamente los ojos, él y sus camaradas entraron al Mercantile.
Lefty ató a Susannah al poste de enganche, con los caballos. Cansada de caminar le temblaban las piernas. Le dio agua, que bebió con ansia. Hizo señas para que la gente se retirase, luego tomó el plato de carne y las galletas de manos de Frank el Gordo y se sentó en la acera a comer.
Susannah escuchó voces que comentaban su estado desgraciado. Levantó los ojos tristes hacia los ceños desaprobadores. Las mujeres hablaban detrás de sus manos, con los ojos entrecerrados. La gente señalaba, algunos se reían. Pero nadie era capaz de retirar la mirada de la bella muchacha.
Cinco hombres elegantes con polainas y levitas la miraron desde lejos. Las mujeres jóvenes y las madres levantaban al pasar los dobladillos de sus vestidos de diario, los cabellos recogidos en un moño con un minúsculo sombrero. Las sirvientas miraban desde las puertas con sus delantales sucios.
Susannah se doblaba hacia delante, las piernas juntas, para protegerse la cara y los pechos con el cabello. Solo su perfecto trasero redondeado quedaba a la vista. Markas salió del Mercantile y le dijo a Lefty que Jared quería que estuviera estirada, de cara a la gente. ¡Jared la observaba mientras comía! ¿No la iban a dejar en paz?
Lefty dejó su plato en el suelo y se sacudió las manos. Se levantó con un gruñido. Con las botas resonando sobre las planchas de la acera, se puso las manos en las caderas. "¿Has oído eso, Susannah? Ponte derecha y cara al público o te azotaré."
Con los carrillos ardiendo, obedeció, mostrando al público sus pechos y pubis. Respiró hondo, intentando permanecer tranquila.
"Nunca había visto una belleza semejante por aquí," dijo un zapatero viejo a un joven que estaba a su lado. "Tiene unas bonitas nalgas, ¿no crees?"
"A juzgar por las marcas rojas de su culo, diría que está bastante molesta," replicó el hombre, frunciendo el ceño. Su pelo rubio rizado ondeando al viento.
"Es una furcia fuera de la ley. Se merece todo lo que le pase," dijo una señora joven de aspecto descarado con un vestido de calle de algodón con rayas. Hacía girar una sombrilla en su hombro.
Susannah bajó la cabeza avergonzada.
"¿Habíais visto en vuestras vidas algo tan magnífico?" rugió Jared, bajándose de la acera con sus secuaces. Hablaba como el maestro de ceremonias de un circo, señalando a Susannah con la mano abierta. "¡Mirad! La mujer mejor parecida de toda California."
"¡Bah!" un viejo hizo el gesto de apartar el comentario con un manotazo.
"¿No estás de acuerdo, amigo mío?"
"Las mujeres orientales que traen a los campamentos son más guapas," vociferó, luego escupió tabaco de mascar al suelo. Llevaba el delantal manchado de sangre de un carnicero. Bajo una gorra andrajosa asomaba pelo gris amarillento. Piernas arqueadas, los brazos cruzados sobre el pecho.
"Siento tener que disentir, amigo. ¿Qué te parecería si te diera permiso para palpar sus encantos femeninos para que cambies de idea?"
Un grito se ahogó en la garganta de Susannah. Miró a Jared implorando. Jared captó que quería hablar. El esfuerzo para controlar su lengua era casi imposible para ella.
El viejo gritó. "Aceptaría tu ofrecimiento."
Los espectadores se rieron cortésmente, muchos deseosos de un ofrecimiento así.
Jared llevó al viejo más cerca. "Por favor, prueba sus tesoros y dime si no son los mejores."
El viejo sonrió a Jared un tanto embarazado. Sacó una mano arrugada con las uñas sucias, vaciló, luego le movió los pechos con rudeza para sentir su peso. Llena de vergüenza se mordió el labio inferior para reprimir un pequeño grito.
La mano del hombre palpó la carne uniforme de su torso y se deslizó entre sus piernas, sus ojos arrugados se abrieron sorprendidos ante su húmedo calor.
El cuerpo de ella se puso rígido. Tenía una expresión de completa repulsión. Jared le levantó la barbilla de manera que la barbilla y la garganta estuvieran perfectamente alineadas con sus pechos temblorosos.
Asintiendo el viejo se echó atrás. "Realmente es magnífica. ¿Cuánto quieres por la muchacha?"
"No está en venta." Jared la desató del poste de enganche, disfrutando de que se acurrucara contra él. "Ahora si nos excusáis, tenemos asuntos que atender."
La multitud retrocedió, permitiendo que los forajidos y la chica se abrieran paso, pero siguieron observando. Los forajidos ataron a Susannah a la entrada de la mercería, donde cada uno compró ropa nueva. Jared le compró a Susannah un sencillo vestido blanco con estampado de flores. Le permitieron usarlo sin ropa interior. No quería que su cuerpo quedara oculto por las capas de ropa necesarias para llevar un vestido de paseo. Con los paquetes bajo el brazo, fueron a la barbería a cortase el pelo y un baño de lujo: veinticinco centavos por baño. Los hombres reservaron una habitación en el hotel, donde Susannah pudo arreglarse y vestirse. Decidieron tomar algo en el bar.
Susannah apenas podía creer lo que veía. Afeitado y con el pelo corto, Jared parecía más joven. Bajo el ardiente atardecer de verano, parecía más suave. Estaba guapo con una camisa blanca, un chaleco colorido y pantalones color ante. Una corbata de seda verde cazador le daba varias vueltas al cuello. Se parecía a los magnates del ferrocarril que había visto retratados en el periódico de su ciudad.
“Si no me obedeces en el saloon, seré despiadado,” advirtió Jared a Susannah mientras atravesaban las puertas batientes.
El saloon estaba lleno de gente cenando. Los borrachos miraron hacia la puerta, fascinados por Susannah. Las prostitutas miraban con lascivia a la hermosa muchacha. No cabía duda de que su belleza era inigualable para los hombres y mujeres presentes.
Jared dedicó una sonrisa cautivadora a los cuatreros que lo miraban boquiabiertos. Los hombres no podían apartar la vista de su muchacha de piernas desnudas. Un puñado de veteranos de la Guerra Civil levantaron la vista de una mesa, observándole con los ojos entornados. Unas manos se acercaron a las fundas. Un mexicano y su amigo, probablemente cazafortunas, miraron a Susannah boquiabiertos como si vieran a una mujer por primera vez. Jared le pasó una mano alrededor de la cintura, la atrajo hacia sí y le acarició la oreja.
“Eres la envidia de todas las mujeres y el deseo de todos los hombres,” le dijo suavemente en el pelo.
El pequeño gusano de miedo la abandonó, en cierto modo, cuando Jared la condujo a un taburete de la barra y le ordenó que se sentara. Levantó una pierna para apoyarse en el taburete y le mortificó que Jared le levantara la falda, dejándola sentada con el trasero al descubierto en el taburete de madera noble. La superficie de la madera raspaba contra la marca a fuego recién hecha. Soltó un pequeño grito, moviéndose para sentarse solo sobre la nalga sana. Una astilla le rozó el muslo. Se mordió el labio inferior, mirando las docenas de ojos masculinos, surcados por una red de arrugas por el sol californiano. Era difícil creer que ella, una chica rebelde, pudiera atraer tanta atención. No era consciente de su propia belleza ni del efecto que tenía en los demás.
"Whisky," le dijo Jared a Eugene, el barman arrugado, de pelo blanco y áspero, y bigote. Eugene se secó las manos en el delantal sucio que llevaba sobre la camisa blanca y el vaquero, mirando al forajido y a su pandilla con desagrado. La última vez que los Wild Men los visitaron, causaron daños por valor de más de mil dólares.
Los habitantes del pueblo pegaban la cara a las vidrieras del saloon. Jared decidió darles un espectáculo.
"Mis chicos y yo queremos comer," le dijo Jared a Eugene, y luego señaló a Susannah. "Quiero que mi chica sirva la comida."
Eugene pasó un trapo empapado por la barra con el ceño fruncido. No había otra opción. A la gente que rechazaba a Jared le pasaban cosas malas.
"A cuatro patas, paloma," ordenó Jared, señalando al suelo. "Ve a la cocina y trae nuestros platos."
"Sí, Jared," dijo ella, pero estaba muy angustiada. Con el rostro enrojecido y las manos temblorosas, se dejó caer al suelo, sintiéndose pequeña e indefensa. Se arrastró apresuradamente por las ásperas tablas del suelo hasta la cocina, con las rodillas pisándose la falda, lo que la hizo tropezar para diversión de los espectadores. Se sentía extraña, como si no estuviera en su propio cuerpo; como si fuera otra persona que realizaba tareas demasiado humillantes para que Susannah las soportara. Regresó con los cuencos humeantes de sopa, pero de nuevo salió a gatas a buscar los demás. Los clientes del saloon devoraban su comida, observando.
El forajido y su abandonada asombraron a la gente del pueblo. Jared se sintió como un rey cuando la bella Susannah cumplió sus órdenes públicamente. Ningún otro hombre en el mundo poseía a una mujer tan hermosa y obediente.
Una vez servida la sopa, Susannah se sentó sobre sus talones junto al taburete de Jared. Manchas de tierra del suelo manchaban su vestido. Levantó la vista y lo encontró con la mirada perdida. Su mano aferraba la cuchara con los nudillos blancos, pero no se movió. Algo iba mal. Escrutando con la mirada, vio un trozo de patata derramado del cuenco sobre su muslo, donde el caldo empapó la fina tela del pantalón. Con un chillido de angustia, se levantó para limpiarlo.
Su mano la agarró de la muñeca. "Cómetelo," le ordenó.
Ansiosa, obedeció. “Trae otro cuenco. ¡Rápido!” ordenó, y cuando ella regresó, dijo: “Ponlo en el suelo, arrodíllate con el pelo detrás de un hombro y come. Gira el trasero hacia mí.”
Admiró la curva de su trasero bajo el vestido floreado. Se giró hacia las mesas del salón y el escenario, reclinándose contra la barra. Con un tazón y una cuchara en la mano, apoyó las botas en la parte baja de la espalda de Susannah y las cruzó. Observó cómo su boca carnosa lamía la sopa como un gatito bebe leche. Tenía los ojos suavemente cerrados, las largas pestañas se movían contra su mejilla. La cremosa sopa goteaba de su nariz y barbilla. Se rio.
Cuando terminó de comer, la llamó a su regazo, donde le limpió la sopa de la cara y compartió cerveza de su vaso. La rodeó con fuerza con sus brazos, la atrajo hacia sí y la besó en el cuello. Las comisuras de sus labios se tensaron.
"Deberías estar orgullosa de haberme complacido y de haber captado la admiración de todos."
"Sí, Jared," dijo ella. Le gustaba la atención, pero no la debilidad de espíritu. Estaba perdida en la lucha, sufriendo mortificación y, sin embargo, ansiosa por complacer.
“Cuando tengas miedo, recuerda que, aunque estés indefensa, eres completamente mía. Nunca dejaré que te pase nada malo.”
“Sí, Jared.”
“¿Señor Jared?” Un joven de aspecto endeble se acercó con cautela.
Cuando Jared levantó la vista, el granjero de cara alargada tragó saliva y metió las manos en los bolsillos de su cazadora. “Me llamo Paul. No he visto una mujer tan bonita como la tuya en mi vida. Tengo dinero. ¿Puedo pagar para ver su bonito trasero?”
Jared se frotó la barbilla, pensativo. “¿Cuánto tienes?”
Los forajidos se acercaron, asustando al chico.
“Solo tengo esto.” Sacó un par de monedas de su bolsillo. No era mucho, pero suficiente para comprar un trago de whisky.
Jared cerró un ojo. “Pareces un joven respetable. Un joven trabajador.”
El chico se irguió cuan alto era. “Oh, sí, señor.”
“Te diré algo,” dijo Jared tomando las monedas. “Te haré una oferta mejor. ¿Alguna vez has visto a una mujer masturbarse, chico?”
El chico se quedó boquiabierto al mismo tiempo que Susannah. Negó con la cabeza.
“Es algo hermoso, hijo. Algo que todo hombre debería ver al menos una vez en la vida.” Dijo la última frase en voz más alta para atraer a más interesados. Saludó con la mano a sus cómplices. “Chicos, hagan fila delante de nosotros para que Paul tenga un espectáculo privado. No queremos que nadie tenga un espectáculo gratis en su nombre, porque ha pagado con mucho esfuerzo para ver esto.”
“No, no queremos,” asintió Paul. Se frotó las manos con entusiasmo.
Los forajidos formaron un semicírculo alrededor de Jared, Paul y Susannah.
“¡Quiero ver!” gritó un ranchero, abriéndose paso entre el laberinto de mesas. “Aquí está mi pago.”
“Maldito seas, Jared,” gritó Eugene, dejando caer una botella de whisky. “No lo voy a permitir. Les estás quitando negocio a mis putas.”
“Tranquilízate, Franklin. Querrán acostarse con tus putas cuando vean a Susie aquí.”
Los forajidos recogieron el dinero. El corazón de Susannah latía con fuerza en su pecho. Se sentía extrañamente fuera de sí misma, observando, encontrándolo todo irreal. No podía tocarse delante de esos desconocidos. No era posible.
“Sube al taburete y ponte de cara a la gente,” ordenó Jared, dándole un golpecito en el brazo.
Obedeció a regañadientes, alzando la mirada suplicante hacia la decidida mirada de él.
“Recuéstate contra la barra, súbete la falda y abre las piernas. Vamos. Date prisa.”
La pianola detuvo su alegre melodía. Un silencio inusual invadió el lugar. Los hombres que habían estado afuera charlando o dando agua a los caballos entraron ansiosos. Todos contuvieron la respiración, esperando a que la chica se abriera de piernas y revelara sus encantos femeninos.
La lucha por obedecer se reflejaba en el rostro de Susannah. Sus grandes ojos azules escudriñaban los numerosos rostros, algunos con reprobación. Había un reverendo de pie al fondo de la barra, observando la escena con desagrado. No podía obligarse a obedecer. El miedo latía por sus venas. Los ojos de Jared tenían una sombra siniestra. No podía imaginar qué haría si se negaba. Dudó en qué sería menos humillante.
Jared levantó un dedo para que los hombres impacientes esperaran. Con el brazo apoyado en la barra, se inclinó hacia Susannah y dijo en voz baja: “Estos hombres quieren admirar tus hermosas piernas, tu coño y tus pechos. No puedes culparlos, ¿verdad? Yo mismo no puedo dejar de tocarlos. Recuerda esto: incluso el más humilde mendigo puede disfrutar de tus encantos si te ordeno que le sirvas.”
Susannah estaba asustada. Asintió rápidamente, pero seguía sin obedecer.
“Estoy esperando, Susie.” Su voz estaba marcada por la impaciencia. "No puedo," se quejó. "Por favor, no me obligues."
Se le ocurrieron una docena de castigos, pero Jared pensó en algo más entretenido, algo que le enseñara una lección a su amado juguete de una vez por todas.
"Eugene," llamó Jared al final de la barra donde el anciano atendía a un ranchero. Dejó dos fichas de burdel sobre la barra. "Tráeme a tu puta más joven y bonita."
Continúa en
- Relato #234657— title-regex: contiguous parts (4 -> 5)
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