Xtories

La inquilina del tercero (2): “El eco del pasillo”

Las paredes son finas, pero el silencio entre ellos es ensordecedor. Ella le ha dejado una invitación en el felpudo y una playlist en la mente. Esta noche, Lucas cruza el umbral, pero descubrirá que el deseo más peligroso es aquel que se niega a ser satisfecho de inmediato.

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**La inquilina del tercero (2): “El eco del pasillo”**

*“Hay distancias que no se miden en pasos, sino en lo que decides no decir.”*

Lucas Serrano no había dejado de pensar en la nota, en la playlist, en la puerta del tercero B que se cerraba con un clic suave pero definitivo. Los días posteriores a aquella noche de pasta y vino se deslizaron con una lentitud engañosa, como si el tiempo se burlara de su impaciencia. El edificio, con sus crujidos nocturnos y sus sombras anaranjadas al atardecer, parecía conspirar para mantenerlo en un estado de alerta constante. Cada ruido en el pasillo era una posibilidad; cada silencio, una pregunta.

El viernes, mientras revisaba correos en su portátil, escuchó un golpe seco seguido de una risa breve al otro lado de la pared. Era ella. Siempre era ella. La imaginó inclinada sobre su mesa de trabajo, el pelo oscuro cayendo sobre un cuaderno de bocetos, o tal vez descalza, moviéndose con esa gracia despreocupada que él había empezado a memorizar. Cerró el portátil con más fuerza de la necesaria y se levantó, buscando algo que hacer para no pensar en el “mañana” que había prometido y que aún no había cumplido.

Decidió bajar al sótano, a la lavandería común, con una bolsa de ropa que apenas necesitaba lavar. Era una excusa. Quería cruzarse con ella, aunque fuera por casualidad. El aire en el sótano era húmedo, con un olor a detergente y metal oxidado. Mientras cargaba la lavadora, escuchó pasos en la escalera. Tacones. No los rápidos de siempre, sino un ritmo pausado, como si alguien midiera cada escalón.

—¿Otra vez aquí? —dijo ella, entrando con una cesta de ropa bajo el brazo. Llevaba una camiseta negra ajustada y unos pantalones de yoga que marcaban cada curva con una precisión casi insolente. Su sonrisa era la misma: medio burlona, medio invitadora.

—No confío en que este edificio tenga fantasmas, así que me toca hacer algo útil —respondió Lucas, tratando de sonar relajado.

—Los fantasmas no lavan ropa. Aunque, quién sabe, a lo mejor el del tercero B sí —bromeó ella, mientras separaba su ropa con una rapidez que delataba experiencia.

Se quedaron allí, en un silencio cómodo, acompañados por el zumbido de las máquinas. Lucas la observaba de reojo, notando cómo sus dedos manejaban las prendas con una mezcla de descuido y precisión. Una camiseta cayó al suelo, y cuando ella se agachó para recogerla, él desvió la mirada, sintiendo el calor subirle por el cuello.

—¿Siempre eres tan callado o solo cuando estoy yo? —preguntó ella, sin mirarlo, mientras metía una sábana en la lavadora.

—No soy callado. Solo… observo.

Ella levantó una ceja, divertida.

—¿Y qué ves, vecino?

—Alguien que no necesita preguntar tanto para saberlo todo.

Ella rió, un sonido bajo que resonó en el sótano como un eco.

—Buen intento. Pero no soy tan fácil de leer.

Terminaron de cargar las máquinas y subieron juntos las escaleras. El roce accidental de sus brazos en el estrecho rellano hizo que Lucas sintiera un cosquilleo que no quiso analizar. Al llegar al tercer piso, ella se detuvo frente a su puerta.

—Oye, 3A. Gracias por la playlist. Aunque… —hizo una pausa, mirándolo con un brillo juguetón— te faltó algo más atrevido.

—¿Atrevido como qué? —preguntó él, apoyándose en la pared, más cerca de lo que pretendía.

—Como algo que no puedas escuchar con las luces encendidas —respondió, y antes de que él pudiera replicar, entró en su piso, dejando la puerta entreabierta por un segundo más de lo necesario.

Lucas se quedó en el pasillo, con el corazón latiendo más rápido de lo que quería admitir. Esa noche, revisó la playlist y añadió tres canciones: una de Portishead, otra de Massive Attack y una tercera, más oscura, de una banda que apenas conocía pero que le pareció adecuada. La tituló “3B, medianoche”. No la compartió. Todavía no.

El sábado por la mañana, el edificio estaba inusualmente silencioso. Lucas se levantó temprano, preparó café y se sentó a escribir. Pero las palabras no fluían. Cada frase le parecía vacía, como si intentara describir un fuego que aún no había tocado. Frustrated, decidió salir a caminar. Al cerrar la puerta, encontró una nota en el felpudo:

*“Si la playlist es para medianoche, deberías venir a escucharla conmigo. —C”*

El pulso se le aceleró. Guardó la nota en el bolsillo y bajó las escaleras casi corriendo, como si el aire fresco pudiera aclararle las ideas. Caminó por el barrio, entre cafeterías llenas de estudiantes y ancianos jugando al dominó en las plazas. Pero todo lo que veía le recordaba a ella: el color de un toldo que parecía sacado de su camiseta, una risa en la calle que sonaba como la suya, el aroma de un puesto de flores que le trajo a la mente el incienso que a veces se colaba desde el tercero B.

Cuando volvió, el sol ya se estaba poniendo. El edificio estaba bañado en esa luz dorada que hacía que todo pareciera más vivo. Subió las escaleras con una mezcla de determinación y nervios. Al llegar al tercer piso, dudó. Su puerta estaba cerrada, pero desde el interior se escuchaba una melodía suave, algo electrónico con un bajo profundo. Era una de las canciones que él había añadido.

Llamó. Una vez. Dos. El corazón le golpeaba el pecho. La puerta se abrió, y allí estaba ella, con una camiseta holgada que dejaba un hombro al descubierto y el pelo recogido en un moño desordenado. En la mano, una taza de té humeante.

—Vaya, el vecino escritor se atreve —dijo, apoyándose en el marco de la puerta.

—Solo vengo a comprobar si mi playlist está a la altura —respondió él, con una sonrisa que intentaba ocultar su nerviosismo.

Ella lo dejó pasar. El piso del tercero B era un reflejo invertido del suyo, pero con un alma distinta. Había plantas en las esquinas, lienzos a medio terminar apilados contra una pared, y un escritorio lleno de lápices, pinceles y un ordenador encendido con un diseño a medio hacer. Olía a jazmín y a algo dulce, como galletas recién horneadas.

—Bonito caos —dijo Lucas, señalando el escritorio.

—Caos controlado —respondió ella, mientras ponía la playlist desde un altavoz pequeño—. Siéntate. No muerdo. Bueno, no siempre.

Se sentaron en un sofá lleno de cojines de colores. La música llenaba el espacio, un ritmo lento y envolvente que parecía acompasar sus respiraciones. Ella se recostó, cerrando los ojos, dejando que la melodía la envolviera. Lucas la miraba, fascinado por la forma en que sus dedos tamborileaban al ritmo, como si estuviera dibujando en el aire.

—¿Por qué escribes? —preguntó de repente, sin abrir los ojos.

—Porque es lo único que sé hacer sin sentir que me miento —respondió él, sorprendido por su propia sinceridad.

Ella abrió los ojos y lo miró, como si quisiera descifrar algo más.

—Y yo dibujo porque es lo único que me hace sentir que controlo algo. Aunque sea una línea.

La conversación fluyó, entre risas y pausas llenas de miradas. Hablaron de películas malas que ambos adoraban, de canciones que los habían marcado, de las pequeñas manías que los hacían humanos. Ella le confesó que a veces cantaba en la ducha solo para molestar a los vecinos. Él admitió que dejaba las tazas de café en el fregadero hasta que no quedaban limpias.

La noche avanzó, y el aire se cargó de una tensión dulce, como si cada palabra, cada movimiento, estuviera tejiendo un hilo invisible entre ellos. Ella se levantó para rellenar su taza, y al volver, se sentó más cerca. Sus rodillas se rozaron, un contacto breve pero eléctrico. Ninguno se apartó.

—¿Sabes qué es lo peor de vivir aquí? —dijo ella, inclinándose ligeramente hacia él, su voz más baja, casi un murmullo—. Que las paredes son tan finas que no puedes esconder nada.

—¿Y qué escondes tú? —preguntó Lucas, sintiendo cómo el espacio entre ellos se reducía con cada palabra.

Ella no respondió de inmediato. En cambio, se acercó más, hasta que él pudo sentir el calor de su cuerpo, el aroma de jazmín mezclado con algo más personal, más íntimo. Sus labios estaban a centímetros, pero no se tocaron. Sus ojos se encontraron, y en ellos había una promesa, un desafío. Ella inclinó la cabeza, dejando que un mechón de pelo le rozara la mejilla, y sus dedos, casi sin querer, acariciaron el borde de la manga de Lucas.

—No estoy escondiendo nada —susurró, con una sonrisa que era más un arma que una invitación—. Pero no estoy segura de que estés listo para saberlo todo.

Lucas sintió el pulso en la garganta, el deseo apretándole el pecho como una cuerda tensa. Quiso alargar la mano, tocarla, borrar esa distancia que parecía burlarse de él. Pero algo en su mirada lo detuvo, no por miedo, sino por la certeza de que esto era un juego que aún no había aprendido a jugar.

—Tal vez no —admitió, con la voz ronca, inclinándose apenas, lo suficiente para que sus alientos se mezclaran—. Pero me gusta aprender.

Ella rió, un sonido suave que vibró en el aire como una nota sostenida. Se apartó lentamente, levantándose del sofá con una gracia que parecía calculada para dejarlo desarmado. Caminó hacia el escritorio, dejando la taza de té sobre una pila de papeles, y se giró hacia él.

—Entonces, 3A, vuelve cuando estés listo para la lección completa —dijo, con un guiño que era tanto una despedida como una promesa.

Lucas se levantó, sintiendo el peso de cada paso hacia la puerta. No quería irse, pero sabía que quedarse ahora sería apresurar algo que merecía tiempo. Ella lo acompañó hasta la salida, deteniéndose en el umbral. La luz del pasillo iluminaba su silueta, y por un instante, Lucas pensó en lo fácil que sería dar un paso más, cerrar la puerta tras de sí y dejar que la noche decidiera por ellos.

—Buenas noches, vecino —dijo ella, y cerró la puerta con ese clic suave que ya era parte de su rutina.

Lucas se quedó en el pasillo, con el eco de su risa en la cabeza y el calor de su cercanía aún en la piel. Subió a su piso, se sirvió un vaso de agua y se sentó en el sofá, mirando la pared que los separaba. La playlist seguía sonando en su mente, cada nota un recordatorio de lo que había dejado en el aire.

Esa noche, no escribió. No pudo. En cambio, añadió una canción más a la playlist: “Teardrop” de Massive Attack. Y mientras las primeras notas llenaban su cabeza, supo que el tercero B no era solo un piso al otro lado del pasillo. Era un umbral que aún no se atrevía a cruzar.

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Gracias por seguir esta historia. El deseo no siempre llega de golpe, a veces se cuela por las rendijas, como la música de un vecino.

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—Rubbix