Yo, Baltazar – Capítulo 9🎩⚫
En la oscuridad de la noche, el dolor de Sandra se convierte en la llave que abre la puerta de su propia liberación. No hay amor, solo necesidad cruda y el riesgo de ser descubiertos. ¿Hasta dónde puede llegar la desesperación cuando la muerte y la deuda acechan?
IX
“Surprise in the night”
Una vez dentro de mi habitación, cerré la ventana y eché el pestillo. La casa seguía en silencio. Pero ahora, yo sabía que no todos dormían. La imagen del ágil intruso deslizándose en la habitación de Alexandra no me dejaba tranquilo. ¿Quién era? ¿Qué hacían? La necesidad de saber, de tener esa información, era más fuerte que la prudencia o el cansancio.
Esperé unos minutos, aguzando el oído. Solo silencio. Tomé una decisión arriesgada. Tenía que acercarme.
Abrí mi puerta con un cuidado infinito. El pasillo estaba oscuro y silencioso. Avancé agachado, pegado a la pared, hasta la puerta de Alexandra. Estaba cerrada. Contuve la respiración y acerqué mi oreja a la madera fría.
Silencio al principio. Luego... sonidos. No palabras claras, sino murmullos ahogados, el roce de telas, una risita sofocada de Alexandra, seguida por el sonido inconfundible de besos, húmedos y prolongados. Después, un suspiro, un gemido suave y contenido, que erizó el vello de mi nuca.
Así que era eso. Estaban juntos, consumando su encuentro clandestino. Muy osado. Hacerlo aquí, bajo el mismo techo que el Mayor Valverde, con su padre durmiendo a pocos cuartos de distancia... requería una audacia o una estupidez considerable.
Una oleada de algo parecido a la envidia, mezclada con mi habitual cinismo, me recorrió. Ese hombre desconocido, ese visitante ágil, era afortunado. Tenía a Alexandra –joven, hermosa, inteligente, de buena familia, el tipo de mujer que representaba todo lo que mi propio origen me negaba– rendida a él en secreto. Lo que todo hombre siempre quiso, o al menos, lo que la sociedad nos decía que debíamos querer: la chica guapa y de clase alta. Aunque, en este caso, venía con el riesgo añadido de la ira de un padre poderoso si eran descubiertos.
Estaba perdido en estas reflexiones, intentando discernir más sonidos a través de la puerta, cuando un leve crujido de una tabla del suelo detrás de mí, al final del pasillo, me heló la sangre. Me congelé. Mi corazón dio un vuelco. Giré la cabeza lentamente.
Una silueta se recortaba contra la débil luz de la escalera. ¿Patricia? ¿Teo? No podía distinguirlo bien. La figura permaneció inmóvil por un instante, como si también estuviera escuchando o evaluando la situación.
Mi corazón dio un vuelco. Giré la cabeza lentamente, con mis músculos tensos, preparado para una confrontación. La silueta al final del pasillo, recortada contra la luz de emergencia, dio un paso adelante, saliendo ligeramente de la sombra más profunda.
No era Patricia. No era Teo. Era Isabella. La nueva sirvienta.
Estaba descalza, vestida con un camisón sencillo, y se movía con un silencio que me erizó la piel. ¿Qué hacía levantada a estas horas? Nuestros ojos se encontraron en la penumbra. Ella me vio, claramente. Vio mi postura agachada, mi oreja prácticamente pegada a la puerta de Alexandra, de donde aún escapaban murmullos y suspiros ahogados.
Esperé el grito ahogado, la mirada de horror, la carrera para despertar a la señora de la casa. Esperé cualquier reacción normal ante el descubrimiento de un extraño espiando a la hija de sus patrones en mitad de la noche.
Pero Isabella no hizo nada de eso.
Su rostro permaneció impasible. Sus ojos vivaces me recorrieron de arriba abajo, no con sorpresa o miedo, sino con una calma inquietante, casi analítica. Fue una mirada que duró apenas un segundo, pero que se sintió como una eternidad. En ella no había juicio, ni alarma, solo una evaluación fría.
Luego, tan rápido como había aparecido, sucedió algo aún más extraño. Sus labios se curvaron en la sombra de una sonrisa, una sonrisa diminuta, casi imperceptible y absolutamente indescifrable. Llevó un dedo índice a sus propios labios en un gesto universal de silencio, y después, sin hacer el menor ruido, se dio la vuelta y desapareció por el pasillo en la dirección de la que había venido.
Me quedé helado en mi sitio, con mi mente luchando por procesar lo que acababa de ocurrir. No había gritado. No había parecido sorprendida. Me había visto espiando, y su única reacción fue un gesto de silencio y una sonrisa enigmática.
¿Por qué? ¿Sabía ella lo que pasaba en el cuarto de Alexandra? ¿Estaba acostumbrada a los secretos de esa casa? ¿O tenía sus propios secretos que la hacían moverse de noche y preferir el silencio? La recomendación de Alexandra... la actitud de Isabella ahora... nada encajaba con la imagen de una simple sirvienta asustadiza o leal.
Esta chica... era peligrosa. Mucho más de lo que aparentaba.
Ya no tenía sentido seguir escuchando en la puerta. El riesgo era demasiado alto y mi concentración se había roto. Me levanté con el mayor sigilo posible y me escabullí de vuelta a mi habitación, cerrando la puerta con llave y sintiendo que las paredes de la casa Valverde se cerraban un poco más sobre mí.
Regresé a la cama, pero el sueño se negaba a acudir. La imagen de Isabella en el pasillo oscuro, su mirada tranquila y evaluadora, su gesto de silencio... se repetía en mi mente. No era la reacción de una simple sirvienta asustada o leal. Era la reacción de alguien que sabía más de lo que aparentaba, alguien que jugaba su propio juego en esa casa. ¿Trabajaba para el Mayor? ¿Para Alexandra y su visitante nocturno? ¿O para sí misma? Otra variable peligrosa en una ecuación ya de por sí explosiva.
Incapaz de quedarme quieto, me levanté y saqué de nuevo el cristal de su funda de cuero. Necesitaba algo en qué concentrarme, algo tangible, algo que yo pudiera controlar. Lo sostuve en la mano, sintiendo su frío familiar.
Lo llevé a la ventana. La luna ya no incidía directamente, pero el cielo estaba más despejado que antes. ¿Habría sido suficiente la exposición en el tejado? Observé el cristal en la penumbra. Sí. Definitivamente. El pulso luminoso había vuelto. Era débil, muy sutil, pero innegable: un latido de luz fría que emanaba del corazón de la piedra a intervalos lentos y regulares. Se había recargado.
Volví al escritorio. Coloqué el clip metálico sobre la superficie de madera. Puse el cristal en la palma de mi otra mano, asegurando el contacto con la piel. Cerré los ojos por un instante, concentrándome, visualizando el clip elevándose, respondiendo a mi voluntad.
Abrí los ojos y enfoqué mi intención en el pequeño objeto metálico. Sube.
El clip tembló y, esta vez, se despegó del escritorio con más facilidad que en mis experimentos anteriores. Ascendió un par de centímetros, flotando en el aire con una estabilidad notablemente mayor. Lo mantuve allí, suspendido, sintiendo la conexión mental, el flujo de ¿energía? ¿concentración? que lo sostenía. Probé moverlo a la izquierda, a la derecha. Obedeció, con pequeños desplazamientos erráticos pero definidos. Bajó cuando se lo ordené mentalmente.
El control era mayor. Más preciso. La "carga" lunar, fuera lo que fuera, funcionaba. Y el contacto corporal era la clave para dirigirla. Una sonrisa involuntaria se dibujó en mi rostro en la oscuridad. Era un poder real, tangible, y era mío. Un secreto que me separaba de todos los demás, que me daba una ventaja única en este juego sucio.
Guardé el cristal de nuevo en su funda, colgándomelo al cuello. Sentí su frío contra mi piel, pero ahora era un frío reconfortante, el frío de un arma oculta.
La casa seguía en silencio. Los Valverde dormían, ajenos al intruso que habían acogido, ajenos a los secretos que él guardaba y a los que él había descubierto sobre ellos. Afuera, Puerto Libre respiraba una calma tensa bajo el Estado de Emergencia.
Me tumbé de nuevo. El futuro seguía siendo un laberinto, pero ahora sentía que tenía, al menos, una linterna –o quizás, un arma– para navegarlo. El sueño, esta vez, llegó más fácilmente.
La luz del sol inundaba el comedor de los Valverde, pero no lograba disipar la tensión que se había instalado desde la noche anterior. Me senté a la mesa para el desayuno, como un observador silencioso en medio del drama familiar ajeno. Teo comía su cereal con la mirada baja. Patricia intentaba mantener una conversación trivial sobre el clima, con su voz un poco más aguda de lo normal. El Mayor Valverde leía un informe con el ceño fruncido, su presencia imponente dominaba la estancia. Alexandra, no estaba.
Isabella entró desde la cocina, llevando una jarra de jugo recién exprimido. Se movía con una gracia silenciosa y eficiente. Llevaba un uniforme de falda oscura, ligeramente por encima de la rodilla, que dejaba a la vista unas piernas bien torneadas y de piel tersa. Cuando se inclinó para servirle jugo al Mayor, noté cómo los ojos de él se desviaron fugazmente del informe hacia sus piernas, una mirada rápida, casi imperceptible, pero cargada de un interés que no tenía nada de paternal. Vi a Teo tragar saliva y apartar la vista rápidamente. Isabella, por su parte, no dio señales de haber notado nada, su rostro era como una máscara de profesionalismo neutro.
Actuaba como si nuestro encuentro en el pasillo oscuro la noche anterior nunca hubiera sucedido. Como si no me hubiera visto agachado, espiando en la puerta de la hija de sus patrones. Esa calma, esa capacidad para compartimentar o disimular, me resultaba profundamente inquietante. Era evidente que no era una simple sirvienta asustadiza.
—¿Alexandra todavía no baja? —preguntó el Mayor de repente, su voz cortando la falsa tranquilidad. Dirigió la pregunta a Patricia, con un tono cargado de reproche.
—Ya bajará, querido —respondió Patricia, forzando una sonrisa—. Quizás... tuvo una mala noche. Estaba preocupada por ti, por la situación...
—Preocupada o no, esta casa tiene horarios —replicó él, tajante—. La disciplina empieza por uno mismo. Ya hablaremos con ella más tarde.
Se produjo un silencio incómodo. Patricia apretó los labios y asintió, evitando la confrontación directa. Una dinámica de poder clara: él ordenaba, ella acataba, al menos en apariencia.
El Mayor apuró su café y se levantó.
—Tengo que irme. Tengo reuniones importantes desde primera hora. Teo, concéntrate en tus estudios.
Y sin más, salió del comedor.
Nos quedamos Teo, Patricia y yo, junto con Isabella que recogía los platos en silencio. La tensión disminuyó ligeramente con la partida del Mayor, pero la atmósfera seguía siendo extraña.
Después de unos minutos nos despedimos y mientras caminábamos hacia la preparatoria esa mañana, bajo el cielo aún gris de Puerto Libre, Teo parecía haber recuperado parte de su locuacidad habitual.
—Oye, sobre eso de la Congregación que te comenté... —dijo de repente—. La verdad es que no sé mucho. Papá no habla de los detalles conmigo. Solo dice que es importante para el futuro y que cuando nos mudemos a la casa nueva, entenderé mejor.
¿Entender mejor al mudarse? ¿Qué tenía que ver la nueva casa? ¿Estaba en una zona controlada por ellos? ¿O la mudanza coincidía con algún tipo de iniciación o mayor implicación de la familia? Más preguntas sin respuesta.
—Ya veo —respondí, sin mostrar mayor interés—. Supongo que son cosas de adultos.
Llegamos al aula. Dejé que Teo entrara primero mientras yo escaneaba el ambiente. Flavio seguía ausente, pero sus dos secuaces estaban en sus sitios habituales, cuchicheando. Milagros leía, impasible. Mónica mascaba chicle ostentosamente, mirándose las uñas. Todo parecía normal.
Teo se dirigió a su asiento y estaba a punto de sentarse cuando lo detuve con un gesto rápido.
—Espera.
Me incliné sobre su silla. Allí estaba, pegado en el centro del asiento, un amasijo repugnante de chicle rosa, blando y pegajoso. Miré mi propia silla. Lo mismo.
—Hijos de puta —mascullé en voz baja.
Teo miró el chicle con una mezcla de asco e indignación.
—¿Quién...?
Mi mirada se dirigió instintivamente hacia los amigos de Flavio, que ahora fingían una conversación muy animada, evitando mirarnos. Y luego hacia Mónica, que seguía mascando su propio chicle con aire inocente. Recordé que ella siempre estaba mascando esa marca específica de chicle rosa. Demasiada coincidencia. Flavio no estaba, pero sus perros falderos y su posible novia seguían aquí, listos para ejecutar sus pequeñas y patéticas venganzas.
Sentí la funda de cuero con el cristal bajo mi camisa, un peso cálido y secreto contra mi piel. Bien. Si querían jugar sucio, yo podía ser mucho más sutil.
—Limpia eso —le dije a Teo, señalando su silla—. Yo me encargo de la mía.
Mientras quitábamos los restos pegajosos con un pañuelo de papel, mantuve una expresión neutra, pero por dentro, una fría sonrisa se dibujaba. La clase comenzó.
Observé a uno de los amigos de Flavio, el más cercano. Tenía un bolígrafo barato sobre el pupitre. Me concentré, visualizando el bolígrafo rodando. Al principio, nada. Luego, con un esfuerzo mental, sentí esa conexión familiar. El bolígrafo vibró y rodó lentamente hasta caer al suelo con un pequeño golpe seco. El chico lo recogió, extrañado, y lo volvió a poner en su sitio. Repetí la operación dos veces más. A la tercera, lo vi mirar a su alrededor con genuina confusión y molestia, culpando a la inclinación inexistente del pupitre.
Luego, fijé mi atención en Mónica. Esperé a que se levantara brevemente para buscar algo en su mochila. Cuando volvió a sentarse, justo en el momento en que su trasero iba a tocar la silla, envié un impulso mental al pequeño resorte metálico del mecanismo de altura de su silla (todas tenían uno). La silla bajó un par de centímetros de golpe bajo su peso, haciéndola soltar un respingo y casi perder el equilibrio. Miró la silla con enfado, la golpeó, pero no encontró nada raro.
Una pequeña sonrisa, esta sí visible, se dibujó en mis labios, oculta tras mi mano mientras fingía toser. Pequeñas molestias. Pequeñas venganzas invisibles. Suficientes para satisfacer mi irritación por el chicle y para recordarles, de forma subliminal, que meterse conmigo tenía consecuencias inesperadas. El poder, incluso uno tan extraño como este, era divertido si se usaba con creatividad.
Las clases continuaron, pero mi mente ya no estaba completamente allí. Observaba las interacciones, las dinámicas de poder, las máscaras que todos llevaban. Especialmente Mónica. Después de su fallido intento de broma con el chicle y mi sutil represalia, parecía observarme con una mezcla de irritación y cautela.
Sonó el timbre final, liberando a la masa estudiantil al caos de los pasillos. Guardé mis cosas con calma, observando cómo Teo recogía sus libros con torpeza. Estábamos a punto de salir del aula cuando Mónica se interpuso en nuestro camino, una sonrisa dulce y completamente falsa en sus labios.
—¡Teo, querido! —dijo, ignorándome por completo—. ¿Podrías hacerme un favor enorme? Mi bolso pesa una tonelada hoy, y tengo que ir a la biblioteca antes de irme a casa... ¿Te importaría llevármelo hasta la salida? Eres tan fuerte...
Teo, por supuesto, se puso rojo como un tomate y asintió vigorosamente, como un perrito feliz de recibir una migaja de atención.
—¡Claro, Mónica! ¡Sin problema! —dijo, tomando el bolso de diseño que ella le ofrecía.
Patético. La manipulación era tan obvia, tan burda. Usando su enamoramiento para convertirlo en su cargador personal delante de todos. Probablemente para luego burlarse de él con sus amigas o con Flavio. No podía resistirme.
—Eres un encanto, Teo —dijo Mónica, dándole una palmadita en el brazo antes de girarse para caminar delante de él, marcando el camino con un contoneo exagerado.
Observé la escena desde unos pasos atrás, sintiendo el cristal bajo mi camisa. Me concentré en Mónica, específicamente en sus pies calzados con unos zapatos de plataforma que parecían algo inestables. Visualicé una pequeña irregularidad en el suelo justo en su trayectoria, un desnivel inexistente. Envié un pulso de energía mental, un ligero "empujón" a su equilibrio justo cuando pasaba junto a Teo, que la seguía como un cordero al matadero.
El efecto fue instantáneo y espectacularmente torpe. Mónica tropezó, sus brazos se agitaron buscando apoyo, y su cuerpo se inclinó hacia adelante, directamente hacia Teo, que no tuvo tiempo de reaccionar. El impulso la llevó a chocar contra él, y en el proceso, sus labios maquillados impactaron de lleno contra los de un Teo absolutamente estupefacto. Fue un beso accidental, ruidoso y completamente carente de romance, que duró apenas una fracción de segundo.
Se separaron bruscamente. Teo estaba paralizado, boquiabierto, con el rostro pasando del rojo al blanco pálido. Mónica tenía una expresión de puro horror y asco.
—¡Agggh! —gritó ella, limpiándose la boca con el dorso de la mano como si hubiera besado a una rata—. ¡Mira por dónde vas, idiota! ¡Qué asco!
Varios estudiantes que pasaban por el pasillo se detuvieron, señalando y riéndose abiertamente de la escena. La humillación de Mónica fue pública e instantánea.
—¡Yo... yo no hice nada! ¡Tú te caíste! —balbuceó Teo, mortificado.
—¡Cállate! ¡No me hables! —le espetó Mónica, arrebatándole el bolso de las manos con furia.
Nos lanzó una mirada asesina a ambos, aunque yo mantuve mi expresión más neutral e inocente y se alejó a grandes zancadas, casi corriendo, seguida por las risas de los demás.
Teo se quedó allí, plantado en medio del pasillo, rojo de vergüenza, era el centro de todas las miradas y burlas.
Yo me acerqué a él, poniendo una mano en su hombro con fingida solidaridad.
—Vaya —dije, mi voz seria—. Qué mala suerte ha tenido Mónica. Y tú... bueno, ya tienes un beso de ella, ¿no? Aunque no fuera como esperabas.
Teo me miró con una expresión de pura miseria.
—Vámonos de aquí —murmuré, y lo guié fuera del pasillo principal.
Un pequeño ajuste del destino. Una demostración de poder invisible. Mónica había recibido su merecido por la broma del chicle y por manipular a Teo. Y Teo... bueno, Teo había tenido su "experiencia", aunque fuera traumática. Todo perfectamente equilibrado, a mi manera.
Me despedí de un Teo todavía aturdido con mi excusa de tener "asuntos personales" y salí de la preparatoria. Mientras caminaba hacia el puerto viejo, sentí de nuevo el contacto del cristal bajo mi camisa. La pequeña venganza contra Mónica y el amigo de Flavio me había dejado una sensación de fría satisfacción. Era increíblemente fácil. Un pensamiento enfocado, una ligera presión de voluntad canalizada a través de la piedra, y la realidad se doblegaba sutilmente a mis deseos. Hacer rodar un bolígrafo, desequilibrar a Mónica... ¿Qué más podría hacer? El potencial era vasto y embriagador. El "Desafío Ilusorio" parecía ahora menos un desafío y más una plataforma de exhibición.
Llegué al café con esta nueva sensación de control flotando a mi alrededor. El dio de ayer no había venido, ¿el día de hoy sería igual? Elegí mi mesa habitual al fondo, pedí un café y esperé a Sandra. Las cuatro. Las cuatro y cuarto. Las cuatro y media. La silla frente a mí permanecía vacía.
Saqué el celular y marqué su número. Sonó, sonó y sonó, hasta que saltó el mismo buzón de voz genérico de la vez anterior. Colgué, con una mueca de fastidio formándose en mis labios.
Así que, después de todo, la puta había decidido no presentarse. Probablemente el miedo, o la vergüenza después del incidente en el baño del café. O quizás la simple e irracional inconsistencia que parecía regir las acciones de tantas mujeres. Nietzsche, o quien fuera, tenía razón en desconfiar de sus promesas. Débil. Incapaz de mantener un acuerdo, incluso uno forjado en la desesperación. Me irritaba haber perdido el tiempo.
Estaba a punto de levantarme e irme, descartándola como una variable fallida, cuando una duda me asaltó. Su desesperación... la mirada en sus ojos cuando hablaba de su marido, cuando escuchaba el latín... parecía demasiado real como para simplemente evaporarse por miedo o vergüenza. Aferrarse a esa lectura parecía su única tabla de salvación. ¿De verdad renunciaría a ella tan fácilmente? No encajaba del todo.
Quizás no era que no quisiera venir, sino que no podía. Una idea inquietante. Decidí hacer una comprobación rápida antes de descartarla por completo. Pagué mi café y salí, dirigiéndome hacia el restaurante donde la había visto trabajar como mesera esa misma mañana... o mejor dicho, la mañana anterior.
El camino me llevó de nuevo por calles que mostraban las cicatrices de los disturbios recientes, aunque el ambiente era diferente al de la noche anterior. Las marchas continuaban en algunas plazas, pero parecían más organizadas, más pacíficas ahora, quizás canalizando la furia inicial en consignas políticas. La presencia policial seguía siendo fuerte, pero observaban a distancia, sin la tensión de una confrontación inminente. Pan y circo por un lado, protestas controladas por el otro. La ciudad seguía su curso esquizofrénico.
Llegué al restaurante. Miré a través del ventanal. Vi a los camareros moverse entre las mesas, atendiendo a los pocos clientes de la tarde. Busqué su rostro familiar, su cabello oscuro, su uniforme... Nada. No estaba allí.
Entré, acercándome a la barra con aire casual.
—Buenas tardes —le dije al camarero—. Buscaba a Sandra, ¿está trabajando hoy?
El camarero, un hombre mayor con cara de cansancio, negó con la cabeza.
—Sandra no ha venido hoy. Ni llamó. Estamos intentando localizarla, su turno empezaba hace horas. ¿Es usted familiar?
—No, solo... un conocido —respondí, mi mente procesando la información—. Gracias.
Salí del restaurante y me quedé parado en la acera, sintiendo una profunda perplejidad. No estaba en el café. No estaba en el trabajo. No contestaba al teléfono. Esto ya no era una simple cita plantada. Algo le había pasado a Sandra. ¿Relacionado con su marido? ¿Con su trabajo nocturno? ¿O algo más?
La variable que creía haber eliminado de la ecuación acababa de convertirse en una incógnita mucho mayor.
Salí del restaurante con la mente hecha un lío. La ausencia de Sandra era una anomalía, una pieza que no encajaba. ¿Miedo? ¿Vergüenza? ¿O algo más? Emprendí el camino de regreso hacia la zona residencial de los Valverde, mi cabeza barajando posibilidades.
Pero al acercarme a la calle de Teo, la vi de nuevo. La misma silueta oscura y amenazante: el coche negro con lunas polarizadas, aparcado en una posición diferente a la de antes, pero indudablemente vigilando.
Mierda. Seguían allí. Volver a la casa ahora era impensable. Era como caminar directo a una trampa o, como mínimo, exponer mi conexión con esa familia a ojos desconocidos y potencialmente hostiles. Necesitaba desaparecer, encontrar otro lugar donde esperar o buscar respuestas.
Y solo había otro lugar donde Sandra podría estar, o donde podrían saber de ella: el night club.
Era arriesgado volver allí, especialmente después del encuentro en el café y mi previa visita con Teo. Podrían relacionarme con ella. Pero la necesidad de entender qué le había pasado, de resolver esa incógnita que me perturbaba más de lo que quería admitir, era más fuerte. Además, si estaba metida en problemas, quizás podría usarla.
Me dirigí de nuevo hacia la "Pink Zone". Era más temprano que la noche anterior, pero el lugar ya empezaba a cobrar vida. Las luces de neón parpadeaban, la música vulgar escapaba de los locales, y las primeras trabajadoras nocturnas ocupaban sus esquinas.
Entré en el mismo night club. El ambiente era menos denso, pero igual de sórdido. Me acerqué a la barra, pidiendo una cerveza barata como excusa para observar y escuchar. Busqué a Sandra entre las chicas que ya estaban "trabajando" o esperando clientes. No estaba.
Me acerqué a una de las camareras que pasaba cerca, una mujer mayor con mirada cansada.
—Disculpa —dije en voz baja—. Busco a... Sandra. ¿La has visto hoy?
La camarera me miró con desconfianza.
—¿Sandra? ¿La caribeña? No ha venido. Y mejor para ella si no aparece por un tiempo.
—¿Por qué? ¿Pasó algo? —pregunté, fingiendo simple curiosidad.
Ella bajó la voz.
—Debe mucho dinero. Al jefe, a gente... peligrosa. Ayer estuvieron preguntando por ella. Si la encuentran antes de que pague... no será bonito.
Así que esa era otra capa. No solo el marido enfermo. También deudas, problemas con la gente que controlaba este negocio. Su desesperación adquiría un nuevo matiz, más oscuro, más peligroso. Y si esa gente la estaba buscando...
Sentí un escalofrío. Estar aquí, preguntando por ella, era estúpido. Podrían pensar que yo estaba relacionado, que sabía dónde estaba. Tenía que largarme.
Pagué la cerveza sin terminarla y me dirigí rápidamente hacia la salida, intentando pasar desapercibido. Justo cuando llegaba a la puerta, sentí un leve roce en mi brazo. Me giré instintivamente. Era otra de las prostitutas, una joven muy maquillada con ojos tristes.
—Buscas a Sandra, ¿verdad? —susurró rápidamente, sin mirarme directamente—. No sé dónde está, pero... oí a las chicas decir que alguien la vio cerca del Hospital San Lázaro esta mañana. Ten cuidado.
Y sin más, se mezcló con la escasa clientela, dejándome parado en la puerta con esa nueva y alarmante información.
Hospital San Lázaro. ¿Por qué? ¿Su marido había empeorado y estaba allí? ¿O le había pasado algo a ella por las deudas? La perplejidad se convirtió en una inquietud genuina. Tenía que averiguarlo.
Salí de la "Pink Zone", dejando atrás las luces de neón y las promesas vacías. Las calles de Puerto Libre por la noche eran un territorio diferente. Más silenciosas en las zonas residenciales, pero aquí, cerca del puerto y del centro, aún vibraban con una energía nerviosa, restos de las protestas del día y la tensión del Estado de Emergencia. Opté por caminar, pegado a las sombras, evitando las avenidas principales y las posibles patrullas. El aire era frío, y el dolor sordo en mi estómago por el golpe del asalto me recordaba mi propia vulnerabilidad.
El Hospital San Lázaro se alzaba al final de una larga calle, un edificio enorme y algo sombrío, de arquitectura funcional y un aire general de abandono a pesar de las luces encendidas en muchas de sus ventanas. La entrada de Urgencias era un hervidero de actividad contenida: ambulancias llegando sin sirena, gente esperando en sillas de plástico con expresiones de dolor o aburrimiento, personal médico moviéndose con rapidez cansada. El olor era una mezcla de antiséptico, enfermedad y desesperación.
Me acerqué al mostrador de admisión de Urgencias. Detrás del cristal protector, una enfermera o administrativa de mediana edad tecleaba furiosamente en una computadora, ignorando a la gente que esperaba. Tenía el rostro cansado y líneas de expresión marcadas.
Esperé mi turno, ensayando mentalmente mi actuación. No podía preguntar por "Sandra, la prostituta". Tampoco sabía su apellido. Necesitaba ser vago pero convincente.
Cuando finalmente levantó la vista hacia mí con un "¿Sí?" impaciente, adopté mi expresión más preocupada y respetuosa.
—Buenas noches, disculpe la molestia —empecé, mi voz sonando ansiosa—. Estoy buscando a una amiga... bueno, una conocida. Creo que pudo haber ingresado hoy. Se llama Sandra, es... eh... del Caribe, morena clara, alta... No estoy seguro si tuvo un accidente o... si se sintió mal. Me dijeron que la vieron cerca de aquí en mal estado y estoy preocupado.
La mujer me miró por encima de sus gafas, evaluándome con ojos expertos en detectar mentiras o exageraciones.
—¿Apellido? —preguntó, su voz monótona.
—No... no lo sé con seguridad —mentí, fingiendo confusión—. La conozco del trabajo, no somos tan cercanos, pero me preocupé al oír que estaba mal...
Ella suspiró, un sonido que expresaba el agotamiento de lidiar con dramas ajenos toda la noche.
—Sin apellido es difícil, joven. Tenemos muchas pacientes. ¿Algún otro dato? ¿Edad aproximada?
—Treinta y tantos, quizás cuarenta... No estoy seguro —improvisé.
Volvió a suspirar y tecleó algo en su computadora, sus dedos moviéndose con lentitud deliberada. Escaneó la pantalla.
—Sandra... ¿Dice que ingresó hoy?
—Eso creo, o quizás anoche muy tarde...
Ella negó con la cabeza, sin apartar la vista de la pantalla.
—No tengo ninguna Sandra ingresada hoy en Urgencias con esa descripción general que no tenga apellido registrado. Ni en las últimas 12 horas.
—¿Está segura? Quizás en otra planta... o quizás...
—Joven, esto es Urgencias —me cortó, su paciencia agotándose—. Si no ingresó por aquí recientemente y no sabe el apellido, no puedo ayudarle. Inténtelo mañana en información general, o si sabe el nombre de su esposo, quizás... A menos que esté en la morgue, pero ahí no doy información. Siguiente.
Señaló a la persona que esperaba detrás de mí, dándome por despachado.
¿La morgue? La palabra me golpeó con una frialdad inesperada. Me aparté del mostrador, sintiendo una nueva oleada de inquietud. No estaba registrada en Urgencias. ¿Significaba que la pista era falsa? ¿O que su estado era tan malo que había ido directamente a... otro lugar? ¿O la gente que la buscaba por las deudas la había encontrado primero?
Era una idea descabellada, peligrosa, pero la necesidad de saber, de cerrar ese círculo de incertidumbre, era más fuerte que la razón.
Rodeé el edificio principal del Hospital San Lázaro, buscando una entrada más discreta, quizás un acceso de servicio o la unidad forense. En la parte trasera, encontré una puerta metálica con un pequeño letrero casi borrado: "Departamento de Patología". Estaba cerrada, por supuesto. Pero al lado había una pequeña caseta de seguridad, ahora vacía, con la ventana ligeramente entornada.
Me acerqué sigilosamente. A través del cristal sucio, vi un llavero colgando de un clavo en la pared interior, justo al alcance visual. Contenía varias llaves, una de ellas con una etiqueta que parecía coincidir con la marca de la cerradura de la puerta metálica.
Respiré hondo. Sentí el cristal contra mi pecho. Me concentré, enfocando mi voluntad en la llave específica del llavero. Imaginé la llave desenganchándose, flotando... Era más difícil que con un simple clip; la llave era más pesada, estaba más lejos, y mi concentración se veía afectada por los nervios y la oscuridad. Pero persistí, sintiendo esa conexión tensa. La llave tembló en el clavo. Se elevó torpemente unos centímetros, golpeó contra el marco de la ventana, y luego, con un último esfuerzo mental, logré guiarla a través de la rendija abierta hasta que cayó con un leve tintineo en el suelo exterior, a mis pies.
Rápidamente, recogí la llave, con mi corazón latiendo con fuerza. Abrí la puerta metálica y me deslicé dentro, cerrándola tras de mí.
El interior era frío, estéril. Un pasillo largo y mal iluminado, con el olor penetrante a químicos y a... muerte. El silencio era opresivo. Avancé con cautela, siguiendo las señales hacia la sala de depósito o visualización.
Al doblar un recodo, la vi. Estaba de pie, sola, frente a una puerta de acero inoxidable entreabierta de la que salía una luz aún más fría. Observaba cómo dos celadores vestidos de blanco empujaban una camilla cubierta con una sábana blanca hacia un montacargas al final del pasillo. Sandra. Su espalda estaba encorvada y sus hombros caídos. Parecía increíblemente frágil, demacrada, como si hubiera envejecido diez años en un solo día. No había nadie más con ella. Ni un familiar, ni un amigo. Completamente sola ante la visión de su esposo siendo transportado, presumiblemente, a la funeraria.
Me acerqué lentamente, sin hacer ruido. El sonido de mis pasos sobre el linóleo desgastado debió alertarla. Se giró, con sus ojos encontrando los míos en la penumbra del pasillo.
Su rostro reflejó una incredulidad absoluta. Era como si viera un fantasma. Abrió la boca para decir algo, pero ningún sonido salió. Luego, algo en su interior pareció romperse. La máscara de fortaleza, todo se derrumbó. Con un sollozo ahogado que resonó en el pasillo silencioso, se abalanzó hacia mí.
No con ira, no con miedo. Se abalanzó y me abrazó, aferrándose a mí con la fuerza de la desesperación, hundiendo su rostro en mi pecho y su cuerpo sacudido por profundos sollozos. A continuación, lágrimas calientes mojaron mi camisa.
Me quedé rígido, completamente sorprendido, sin saber cómo reaccionar. El abrazo, la cercanía física, el torrente de dolor crudo y sin filtros dirigido hacia mí... era lo último que esperaba. La mujer que me había amenazado con una navaja, la prostituta calculadora, ahora lloraba desconsoladamente en mis brazos como si yo fuera su único refugio en el mundo.
Mi primer impulso fue apartarla, romper ese contacto físico no deseado, esa invasión de emoción cruda que amenazaba con desbordar mis propias defensas cuidadosamente construidas. Quería analizarla, encontrar la debilidad, planear el siguiente movimiento.
Pero... no pude. Algo en la imagen de su cuerpo menudo aferrándose a mí en la fría desolación de la morgue, algo en el eco de su dolor que resonaba con fantasmas de mi propio pasado –la tristeza de mi madre, su vulnerabilidad, su final solitario– me paralizó. Me quedé quieto, incómodo, torpe, simplemente soportando el peso de su abrazo, de su pena.
Cuando sus sollozos empezaron a disminuir, convirtiéndose en jadeos entrecortados, ella pareció darse cuenta de a quién se aferraba y se apartó bruscamente, limpiándose las lágrimas con la manga, su rostro era una mezcla de vergüenza, dolor y agotamiento. Evitó mi mirada.
El silencio entre nosotros era pesado, denso. Mi mente buscaba una frase cortante, una pregunta estratégica, pero las palabras no acudían. En su lugar, me encontré diciendo, casi a mi pesar, con una voz más rasposa de lo habitual:
—Lo siento mucho, Sandra.
Ella levantó la vista, sorprendida por la simpleza, quizás por la aparente sinceridad de mis palabras. Sus ojos color miel estaban rojos e hinchados, vacíos.
Saqué el mismo pañuelo de papel que le había ofrecido antes en el café –irónico– y se lo tendí de nuevo. Esta vez lo aceptó, secándose las mejillas con manos temblorosas.
—Este no es lugar para estar… —añadí, con mi voz recuperando algo de su tono práctico habitual, señalando con la cabeza hacia el pasillo—. No deberías estar aquí sola. Vámonos.
Ella asintió sin fuerzas, como si la decisión fuera demasiado para ella en ese momento. Di un paso hacia el pasillo y, al verla vacilar, extendí una mano, no para tocarla, sino como un gesto de guía. Ella pareció entender y comenzó a caminar a mi lado con pasos inseguros sobre el linóleo frío.
Salimos del área de patología y volvimos a los pasillos ligeramente más iluminados y transitados del hospital nocturno. Caminamos en silencio, ella con la mirada perdida, yo con la mente llena de un torbellino de pensamientos contradictorios. La había encontrado. Sabía que su esposo había muerto. Pero la situación era infinitamente más compleja y... humana... de lo que había anticipado. La manipuladora se encontraba desarmada ante el dolor genuino, y eso me dejaba en un territorio desconocido y extrañamente incómodo.
—Tengo... tengo que ir a mi apartamento —murmuró Sandra, secándose las lágrimas y apartándose de mí, aunque todavía temblaba—. Necesito... recoger algunas cosas. Ver si...
—¿Es seguro? —la interrumpí, recordando lo que había oído en el club sobre sus deudas—. Dijeron que te estaban buscando.
—No tengo otro sitio a dónde ir ahora mismo —respondió, con una resignación sombría—. Solo será un momento.
No me gustó la idea, pero dejarla sola en ese estado era, quizás, aún más peligroso. Y una parte de mí necesitaba ver dónde vivía, entender mejor su contexto.
—Está bien —cedí—. Te acompañaré. Pero iremos con cuidado.
Salimos del hospital a la noche avanzada de Puerto Libre. Las calles estaban más tranquilas ahora, el eco de los disturbios apagado, pero la sensación de peligro persistía. Tomamos calles secundarias, moviéndonos rápido y en silencio. El apartamento de Sandra estaba en un edificio modesto, en un barrio trabajador no muy lejos del puerto.
Al acercarnos a su portal, me detuve, haciendo una seña a Sandra para que esperara en la esquina. Agudicé la vista. Apoyados contra la pared, bajo la luz amarillenta de una farola, había dos hombres de aspecto rudo, fumando lánguidamente. No parecían simples vecinos. Tenían esa mirada alerta y expectante de quienes esperan a alguien. Los cobradores. O peor.
—Mierda —susurré—. No podemos entrar. Están esperando.
Sandra ahogó un grito al verlos.
—¿Qué hacemos?
—Vámonos. Ahora —dije, tirando de ella para dar la vuelta discretamente.
Pero era demasiado tarde. Nuestra vacilación nos había delatado. Un tercer hombre, que debía haber estado oculto en el portal oscuro de enfrente, salió a nuestro encuentro, bloqueándonos el paso. Era corpulento, con una cicatriz que le cruzaba la ceja.
—Vaya, vaya... miren a quién tenemos aquí —dijo, con una sonrisa desagradable—. La pequeña Sandra. Pensábamos que no vendrías a casa. Y con compañía...
—Déjanos en paz —dije, interponiéndome ligeramente entre él y Sandra, evaluando la amenaza. Solo uno, por ahora. Los otros dos aún no se habían percatado o estaban demasiado lejos.
—¿Y tú quién eres, bonito? ¿El nuevo cliente? ¿O el que le presta dinero ahora? —se burló el hombre, acercándose. Vi el brillo de una navaja en su mano.
No había tiempo para hablar. En cuanto hizo el primer movimiento hacia nosotros, reaccioné. Esquivé su torpe navajazo inicial y le lancé un golpe rápido y preciso al plexo solar. Soltó un quejido, doblándose, pero se recuperó rápido, lanzando otro corte que rasgó la manga de mi chaqueta y sentí un ardor superficial en el brazo. Un corte ligero. Pude esquivarlo mejor.
Aproveché su desequilibrio para golpearle la muñeca que sostenía la navaja con el canto de mi mano, haciendo que el arma cayera al suelo con un tintineo. Un rodillazo al estómago lo dejó sin aire y lo rematé con un codazo en la sien que lo hizo desplomarse en la acera, inconsciente o aturdido.
—¡Eh! ¡Ahí! —gritaron los otros dos desde el portal, que ahora corrían hacia nosotros.
El ruido había alertado a todo el mundo. No podíamos quedarnos.
—¡Corre! —le grité a Sandra.
Echamos a correr calle abajo. Escuchaba sus pasos persiguiéndonos. Sandra no aguantaría mucho. Necesitábamos desaparecer, esconderla. ¿Pero dónde? El sótano era demasiado obvio si alguien nos había seguido desde el hospital o el club. Su apartamento era una zona caliente. La única opción segura, la única que yo controlaba mínimamente... era la casa Valverde. Una locura, sí. Pero era eso o dejarla a merced de esos matones.
—¡Taxi! —grité, al ver uno acercarse por una calle transversal.
Nos metimos dentro justo a tiempo, indicándole al conductor una dirección vaga hacia la zona residencial. Miré por la ventanilla trasera. Un coche oscuro, diferente al coche negro de antes, arrancaba y empezaba a seguirnos.
—¡Nos siguen! —dije al taxista—. ¡Rápido, pierda a ese coche! ¡Le pagaré el doble!
El taxista, un hombre mayor con pinta de haber visto de todo en Puerto Libre, asintió y pisó el acelerador, metiéndose en un laberinto de calles, girando bruscamente, ignorando semáforos. Tras varios minutos de persecución tensa, logramos despistar al coche perseguidor en una zona industrial mal iluminada.
—Déjenos aquí —le indiqué.
Pagamos, nos bajamos y nos perdimos rápidamente entre los almacenes abandonados. Esperamos un rato, asegurándonos de que no nos habían seguido.
Ahora venía la parte más difícil. Volvimos a la zona residencial de los Valverde a pie, con extrema cautela. Exploré los alrededores de la casa. Ni rastro del coche negro con lunas polarizadas. Parecía seguro, por el momento.
—Escucha —le dije a Sandra, que temblaba de frío y miedo—. No puedes quedarte en la calle. Y tu casa no es segura. Te esconderé en mi habitación por ahora. Nadie puede saber que estás aquí. Nadie. ¿Entendido?
Ella asintió, demasiado asustada para discutir.
La llevé a la parte trasera de la casa. Le señalé el tejado bajo y mi ventana.
—Tendrás que subir por ahí. Yo te ayudaré. Muévete en silencio absoluto.
Con dificultad, aprovechando la oscuridad y mi ayuda, Sandra logró trepar al tejado y deslizarse por la ventana de mi habitación. Le indiqué que no encendiera la luz y se escondiera.
Yo rodeé la casa y me dirigí a la puerta principal.
Respiré hondo, recompuse mi expresión hasta lograr una máscara de cansancio estudiantil y toqué el timbre de la puerta principal de la casa Valverde. Esperaba que fuera Teo quien abriera, pero después de unos segundos, fue Patricia quien descorrió el cerrojo, con su rostro iluminado por la luz del porche. La preocupación seguía marcada en sus facciones.
—¡Baltazar! —exclamó, su voz era una mezcla de alivio y reproche—. ¡Por fin llegas! Estaba a punto de llamar a Teo para que fuera a buscarte a la biblioteca. Es tardísimo. ¿Estuvo todo bien?
—Buenas noches, Patricia. Disculpe la hora —dije, adoptando un tono de disculpa—. Sí, todo bien. La biblioteca estaba llena, mucho ambiente de estudio por el simulacro, y perdí la noción del tiempo. Ya sabe cómo es.
Hice ademán de entrar, intentando pasar rápidamente hacia las escaleras.
—Entiendo, pero aun así... —comenzó a decir ella, pero se detuvo en seco al verme pasar bajo la luz más intensa del recibidor—. Baltazar... ¿qué te ha pasado en el brazo? ¡Tienes la chaqueta rota! ¿Y eso es...? ¿Sangre?
Maldije internamente. Con la adrenalina de la pelea, la persecución y la infiltración de Sandra, me había olvidado por completo del corte superficial que me hizo la navaja del matón. Era pequeño, pero el desgarro en la tela y la mancha oscura eran evidentes.
—¿Esto? —dije, mirando mi brazo como si acabara de notarlo, forzando una expresión de sorpresa—. No es nada, de verdad.
—¿Cómo que no es nada? ¡Estás herido! ¿Qué ocurrió? ¿Te caíste?
—Sí, algo así —improvisé rápidamente—. Al volver, para evitar una calle que estaba bloqueada por la policía por los disturbios de antes, tomé un atajo cerca de unas obras. Estaba oscuro, tropecé con unos escombros y me raspé contra una valla metálica oxidada. Una estupidez, de verdad. Solo un rasguño.
Patricia me miró fijamente, con sus ojos castaños entrecerrados, evaluando mi historia. ¿Era convincente? Era difícil saberlo. Su expresión era una mezcla de preocupación y una incipiente sospecha.
—Déjame verlo. Ven a la cocina, tengo el botiquín...
—¡No! —la interrumpí, quizás con demasiada brusquedad. Me recompuse—. Quiero decir, no hace falta, Patricia, de verdad. Es superficial. Subo, me doy una ducha y me pongo una tirita yo mismo. Estoy muy cansado.
—Pero Baltazar...
—Por favor —insistí, con una sonrisa que esperaba pareciera tranquilizadora y no culpable—. Estoy bien. Solo necesito descansar. Mañana estaré como nuevo. Gracias por preocuparse.
Me escabullí escaleras arriba antes de que pudiera insistir más, sintiendo su mirada clavada en mi espalda.
Demasiado cerca. Otra vez. Primero la escena en la cocina, ahora esto. Patricia no era tonta. ¿Cuánto tiempo podría mantener esta fachada antes de que sus sospechas se convirtieran en certezas?
Cerré la puerta de la habitación de invitados con el pestillo, aislando nuestro precario y clandestino refugio del resto de la silenciosa casa Valverde. El sonido del cerrojo pareció resonar en la quietud. Sandra, que se había escondido en el estrecho armario empotrado mientras yo entraba y subía, salió de él, sus movimientos rígidos por el miedo y la tensión acumulada. Sus ojos, rojos e hinchados por el llanto en la morgue y el terror del asalto, vagaron por la habitación impersonal como si buscara una salida inexistente. Estaba pálida y temblaba ligeramente.
—Tranquila —susurré, aunque la palabra sonó hueca incluso para mí—. Aquí estarás segura. Por ahora.
Mi propia adrenalina empezaba a bajar, reemplazada por el agotamiento y el dolor punzante en mi brazo. Miré el desgarro en la manga de mi chaqueta. Debajo, la camisa también estaba rasgada y manchada de sangre. El corte en sí no era profundo, un tajo superficial pero lo suficientemente largo como para haber sangrado y necesitar atención.
Fui al pequeño baño adjunto a la habitación. Abrí el botiquín del espejo; contenía lo básico: algodón, alcohol, unas tiritas, nada muy útil para limpiar una herida de navaja correctamente. Empecé a limpiar torpemente el corte con un trozo de algodón humedecido en agua, sintiendo el escozor.
Escuché un movimiento detrás de mí. Sandra se había acercado a la puerta del baño y me observaba en silencio.
—Déjame... déjame ayudarte —dijo en voz baja, casi inaudible.
Me giré, sorprendido. Su rostro seguía mostrando las marcas del duelo y el miedo, pero había también una extraña determinación en su mirada, quizás un vestigio de su instinto profesional o simplemente la necesidad de hacer algo, de sentirse útil en medio del caos. Rechacé la ayuda de Patricia, pero esto era diferente.
—¿Sabes lo que haces? —pregunté, escéptico.
Ella asintió.
—He visto... he curado cosas peores. En el club... a veces pasan cosas.
No pregunté más. Me aparté ligeramente del lavabo y le dejé espacio. Ella entró en el pequeño baño. La cercanía era inevitable, incómoda. Tomó el algodón y el frasco de alcohol con manos que, aunque temblaban ligeramente, se movían con una eficiencia sorprendente.
Limpió la herida con cuidado, con sus dedos rozando mi piel. Su toque era diferente al de Patricia; no era maternal, era... práctico, casi clínico, pero aun así, extrañamente íntimo en ese espacio reducido y bajo esas circunstancias. Podía oler su perfume mezclado con el olor metálico de mi propia sangre y el antiséptico.
Ninguno de los dos habló. El silencio solo era roto por nuestra respiración contenida y el leve sonido del algodón sobre la herida. Observé su rostro concentrado, las pestañas húmedas, la línea tensa de su mandíbula. Recordé la escena en el café, la apuesta, el baño... la felación que me hizo en ese lugar y ahora estábamos aquí, ella curando una herida que me habían hecho mientras intentaba protegerla (o al menos, mientras estaba con ella). La ironía era casi palpable.
Sentí la tensión en mis propios músculos, la incomodidad ante esa cercanía forzada, ante esa vulnerabilidad física que odiaba admitir. Mi erección había surgido de nuevo y ella debía sentir mi rigidez.
Cuando terminó de limpiar y aplicó una tirita grande (lo único que había), sus dedos se detuvieron un instante sobre mi piel. Levantó la vista y sus ojos color miel se encontraron con los míos. Había agotamiento en ellos, miedo, dolor... pero también algo más, una conexión extraña forjada en el peligro y los secretos compartidos en las últimas horas.
—Gracias —murmuré, con mi voz sonando más ronca de lo normal.
Ella solo asintió, apartando la mirada y retrocediendo un paso, rompiendo el contacto.
El aire entre nosotros seguía cargado, la herida física cerrada, pero la situación general más abierta y peligrosa que nunca. Estábamos atrapados juntos en esa habitación, en esa casa, con peligros acechando fuera y secretos guardados dentro.
—Necesitamos... necesitamos pensar qué hacer —comencé a susurrar, volviendo al modo práctico—. No puedes quedarte aquí. Al amanecer...
Pero Sandra apenas parecía escucharme. El shock, el duelo, el miedo y ahora la tensión de estar escondida aquí... todo parecía haberla vaciado por completo. Se tambaleó ligeramente, apoyándose en el lavabo del pequeño baño. Estaba pálida, con sus ojos vidriosos por el agotamiento y las lágrimas contenidas.
—Necesitas descansar —dije, más como una constatación que como una orden. Señalé la cama—. Túmbate ahí. Yo me quedaré en la silla.
Ella negó con la cabeza, mirándome con una vulnerabilidad que me desarmó momentáneamente.
—No... no quiero estar sola. Por favor. La cama... no es muy grande, pero cabemos. Solo... no me dejes sola ahora.
Dudé. La idea de compartir esa cama estrecha con ella, en su estado, con mis propios impulsos confusos... era jugar con fuego. Pero verla tan destrozada, tan asustada... Quizás fue un error de cálculo, una debilidad momentánea, o la simple lógica de mantenerla calmada y en silencio, pero asentí.
—Está bien —susurré—. Pero sin...
No terminé la frase. Ambos nos acercamos a la cama. Me quité la chaqueta y los zapatos, pero me quedé vestido. Me tumbé de espaldas a ella, en el borde mismo, dejando el mayor espacio posible entre nosotros. La cama era, efectivamente, pequeña. Sentía su presencia detrás de mí, su respiración irregular.
El silencio se alargó, lleno de tensión. Pensé que se había dormido, o que simplemente estaba sumida en su dolor. Pero entonces, sentí un leve movimiento. Se giró hacia mí.
—Baltazar... —su voz era un susurro apenas audible en la oscuridad—. Abrázame. Por favor... solo... abrázame.
Sentí cómo abría los brazos en el espacio entre nosotros. Me quedé rígido. Mi mente gritaba que era una locura, una trampa emocional, un riesgo innecesario. Pero mi cuerpo... mi cuerpo reaccionó antes que mi cerebro. Me giré lentamente hacia ella. En la penumbra, apenas distinguía sus rasgos, solo la forma de su cuerpo acurrucado y la humedad de las lágrimas en sus mejillas.
Extendí mis brazos y la rodeé torpemente. Ella se aferró a mí con una fuerza sorprendente, hundiendo su rostro en mi pecho de nuevo, como había hecho en la morgue. Su cuerpo temblaba. Sentí la calidez de su piel, el olor de su perfume mezclado con algo más salado, el olor de las lágrimas.
Y entonces, la traición de mi propio cuerpo volvió con fuerza. La cercanía, la vulnerabilidad de ella, la extraña intimidad de ese abrazo en la oscuridad... sentí cómo mi miembro despertaba de nuevo, presionando contra ella. Contuve la respiración, esperando que se apartara horrorizada o asqueada.
Pero no lo hizo. Al contrario. Sentí cómo su cuerpo se relajaba ligeramente contra el mío, cómo se pegaba aún más, buscando quizás el simple calor humano, o quizás algo más en su confusión y dolor. No dijo nada sobre mi reacción física. Levantó la cabeza lentamente y, en la oscuridad, sus labios encontraron los míos.
Fue un beso inesperado, desesperado, hambriento. Sabía a sal, a lágrimas, a perfume barato y a una pena insondable. Al principio me quedé paralizado, pero luego... algo dentro de mí cedió. La tensión del día, el peligro, la soledad, la extraña conexión con esa mujer rota... todo confluyó. Le devolví el beso, con mis manos recorriendo su espalda, atrayéndola más cerca.
Su piel brillaba bajo la luz tenue de la lámpara, y su cabello negro, recogido en un descuidado moño, dejaba escapar algunos mechones que se pegaban a su rostro sudoroso. Sus ojos, profundos y llenos de una intensidad que me intimidaba, me observaban con una mezcla de desafío y vulnerabilidad. Sabía que era mayor que yo, que tenía una vida llena de experiencias que yo apenas podía imaginar, pero en ese momento, en esa casa cargada de sombras, éramos solo dos personas buscando algo que no podíamos nombrar.
La ropa empezó a sobrar. Los movimientos se volvieron urgentes, torpes, una búsqueda frenética de olvido, de conexión, de simple descarga física en medio del desastre. No hubo palabras, solo jadeos, el roce de la piel, el calor de nuestros cuerpos. Mi corazón latía con fuerza, como si estuviera a punto de estallar, y mis manos temblaban al desabrochar los botones de su blusa. Ella no se quedó atrás, con sus dedos ágiles deshaciéndose de mi ropa con una rapidez que me dejó aturdido.
Su cuerpo estaba caliente, ardiente, como si llevara un fuego interno que no podía apagar. Busqué su cuello con los labios, besándolo, saboreando la sal de su piel, y luego pasé a sus pechos, prominentes y firmes bajo mis manos. Sus aureolas eran más oscuras, y sus pezones, puntiagudos y duros, se erguían pidiendo atención. Los chupé con avidez, sintiendo cómo su cuerpo se arqueaba contra el mío, cómo sus gemidos se volvían más intensos.
Sandra no se quedó quieta. Sus manos bajaron por mi espalda, llegando a mis pantalones con una rapidez que me sorprendió. En un movimiento fluido, se deshizo de sus bragas y, antes de que pudiera reaccionar, guió mi glande hacia su cavidad vaginal. Estaba húmeda, increíblemente húmeda, y cuando la penetré, un gemido escapó de su boca, un sonido que me enloqueció.
La giré, teniendo sus nalgas a mi merced, y con una mano le tapé la boca para silenciar sus gemidos. La penetré con fuerza, sintiendo cómo su cuerpo se ajustaba al mío, cómo nos movíamos al unísono en la cama estrecha.
El sonido de nuestros cuerpos chocando y de su respiración entrecortada, llenaba la habitación, ajenos por un momento al peligro que acechaba fuera, a los secretos que guardaba esa casa.
Fue una noche de pasión cruda, desesperada, nacida de la tragedia y la oportunidad. No había amor, ni siquiera cariño. Solo dos personas buscando algo de calor en medio del frío, algo de luz en medio de la oscuridad. Y cuando finalmente me detuve, llenando su vagina por completo con mi descendencia, exhausto y sudoroso, la realidad me alcanzó de nuevo.
Sandra se recostó a mi lado, con su respiración volviendo poco a poco a la normalidad. Me miró, y en sus ojos vi algo que no pude descifrar. ¿Arrepentimiento? ¿Satisfacción? ¿Algo más profundo que no quería admitir?
—¿Qué fue esto? —pregunté, con mi voz ronca por el esfuerzo.
Ella sonrió, una sonrisa triste.
—No lo sé, Baltazar. Pero creo que es algo que no podemos ignorar.
Y allí nos quedamos, en esa cama estrecha, rodeados por el silencio de la casa. El futuro era incierto. Pero en ese instante, en esa habitación iluminada solo por la luz de una lámpara, éramos solo dos cuerpos buscando algo de calor en medio del frío.
Continuará…
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