Yo, Baltazar – Capítulo 8🎩⚫
Bajo la máscara de madera y el peso del cristal contra su pecho, Baltazar no es solo un estudiante; es un jugador en un tablero donde la realidad se dobla a su voluntad. Pero mientras él busca el poder, alguien más ya se mueve en las sombras de la casa Valverde, y la noche guarda secretos que desafían la lógica.
VIII
“Night Masks”
El cañón oscuro de la Luger P08 me apuntaba directamente al pecho. El rostro del Mayor Valverde era una máscara de fría determinación asesina. Mi mente, por una fracción de segundo, se quedó en blanco, paralizada por la incredulidad y la inminencia de la violencia. ¿Era aquí donde terminaba todo? ¿En el estudio de un Mayor corrupto, por razones que ni siquiera alcanzaba a comprender? La adrenalina me inundó, preparándome para una reacción, para una lucha inútil o una súplica desesperada.
Pero entonces, la máscara del Mayor se quebró. La expresión pétrea se disolvió y una carcajada sonora, casi como un estruendo, llenó el estudio. Bajó la pistola con un movimiento rápido, con el metal brillando bajo la luz de la lámpara.
—¡Jajaja! ¡Tranquilo, muchacho, tranquilo! —dijo, mientras se reía—. ¡Tenías que ver tu cara! ¡Casi te cagas del susto!
En ese instante, la puerta del estudio se entreabrió un poco más y la cabeza de Teo apareció por la rendija, con una sonrisa nerviosa y los ojos brillantes de excitación contenida.
—¿Lo viste, papá? ¿Lo viste? —preguntó Teo, sin poder contener una risita nerviosa.
Así que el idiota de Teo era cómplice. La revelación me golpeó casi con la misma fuerza que el miedo inicial. El alivio que sentí al ver bajar el arma se mezcló instantáneamente con una oleada de fría furia. Me habían manipulado, se habían burlado de mí, me habían sometido a una prueba humillante y peligrosa. Y Teo, el supuesto amigo, había participado. Mi percepción de él cambió radicalmente en ese instante; no era solo ingenuo, era también débil, influenciable y partícipe de la crueldad de su padre.
Luché por mantener la compostura. Mi rostro debía estar pálido, mis manos quizás temblaban ligeramente, pero forcé mis músculos a relajarse, mi expresión a volverse neutra, quizás con un ligero toque de ironía.
—Una bienvenida... peculiar, señor Valverde —dije, con mi voz sonando más firme de lo que me sentía por dentro—. Muy... memorable.
—¡Así somos los Valverde, muchacho! —respondió el Mayor, aún sonriendo, claramente disfrutando de mi reacción—. Nos gustan las cosas claras y la gente con agallas. Teo me habló de ti, dijo que eras un tipo listo, diferente. Quería verlo por mí mismo. Y saber si aguantarías la presión de vivir bajo mi techo.
El Mayor se acercó al escritorio y guardó la Luger en un cajón con una naturalidad escalofriante. Luego me hizo un gesto hacia una de las sillas de cuero que había frente a su escritorio.
—Siéntate, Baltazar. Ahora que hemos roto el hielo... hablemos un poco.
Me senté, con mi cuerpo aún tenso y mi mente analizando la situación, recalculando mi estrategia. El Mayor Valverde no era solo un oficial de alto rango o un miembro de la Congregación. Era alguien peligroso, con un sentido del humor retorcido y un gusto por el control absoluto. Y yo estaba en su territorio.
Me senté en la silla de cuero frente al imponente escritorio de caoba, manteniendo la espalda recta y una expresión neutra. El Mayor Valverde se acomodó en su sillón, el episodio de la pistola aparentemente se había olvidado, aunque la tensión residual seguía flotando en el aire viciado por el olor a tabaco caro. Me estudió por un momento con sus ojos penetrantes.
—Así que, Baltazar —comenzó, su voz grave y pausada—. Un nombre con resonancia histórica. ¿Tu familia es de aquí, de la Isla Cobreña?
—Nací aquí, en Puerto Libre, señor —respondí, eligiendo mis palabras con cuidado—. Mi padre también. Mi madre... falleció hace años.
—Lamento oírlo —dijo, aunque su tono carecía de verdadera empatía. Era una formalidad—. ¿Y tu padre? ¿A qué se dedica?
—Trabaja por cuenta propia. Asuntos... variados —respondí con vaguedad. No iba a darle detalles que no fueran estrictamente necesarios.
—Entiendo. Teo me comentó que tuviste... un problema con tu alojamiento anterior.
—Un desacuerdo con el casero sobre el alquiler —simplifiqué—. Los precios están imposibles en la ciudad últimamente. Agradezco mucho que me permitan quedarme aquí temporalmente.
—Esta casa tiene normas, Baltazar —dijo el Mayor, con su tono volviéndose más firme—. Mientras estés bajo mi techo, espero discreción absoluta. Respeto por mi familia y por las reglas de convivencia. Y sobre todo, espero que te centres en tus estudios. Teo dice que eres brillante; no desperdicies esa inteligencia.
—Por supuesto, señor Valverde. Mi intención es únicamente estudiar y prepararme para la universidad. No causaré ninguna molestia.
Él asintió lentamente, tamborileando los dedos sobre el escritorio.
—Bien. Porque eso me lleva a otro asunto. Mi hijo, Teodoro...
Hizo una pausa, suspiró, adoptando un aire de confidencia paternalista que me resultó completamente falso.
—Es un buen chico, no me malinterpretes. Tiene buen corazón. Y parece que te admira, dice que eres muy inteligente —la admiración de Teo, mi moneda de cambio improvisada—. Pero es... blando. Se distrae con facilidad, le falta disciplina. Sus notas no son lo que deberían ser. Y me preocupa que se junte con quien no debe o que pierda el tiempo en... tonterías.
Me miró fijamente.
—Confío en que tú, siendo un joven serio y, según parece, aplicado, puedas ser una buena influencia para él. Una especie de... hermano mayor académico. Que lo ayudes a centrarse, a estudiar, a tomarse las cosas en serio.
Ahí estaba. El encargo. Utilizarme para controlar a su propio hijo. Una jugada clásica de manipulación indirecta.
—Y, por supuesto —añadió, bajando ligeramente la voz—, si notaras algo... preocupante, alguna mala influencia, algún comportamiento extraño... agradecería que me lo hicieras saber. Discretamente, claro. Por el bien de Teo.
Adopté mi expresión más seria y responsable.
—Entiendo perfectamente, señor Valverde. Considero a Teo un amigo y me preocupa su bienestar. Haré todo lo posible por ser una buena influencia y ayudarle en sus estudios. Puede confiar en ello. Y le agradezco enormemente su hospitalidad y la confianza que deposita en mí.
El Mayor me sostuvo la mirada un instante más, como intentando leer más allá de mis palabras. Luego, pareció satisfecho.
—Bien. Eso espero, Baltazar. Puedes retirarte. Y recuerda las normas de la casa.
—Gracias de nuevo, señor.
Me levanté y salí del estudio, cerrando la puerta suavemente tras de mí. Caminé hacia mi habitación sintiendo un torbellino de emociones: la furia residual por la "broma" de la pistola, la tensión del interrogatorio, y una fría satisfacción por haber superado la prueba y haber obtenido, además, una posición estratégica.
La cena de esa noche fue una representación teatral de normalidad familiar, aunque las corrientes subterráneas de tensión eran casi palpables. El Mayor Valverde presidía la cabecera de la mesa, finalmente presente. Su presencia llenaba la estancia con una autoridad pesada e indiscutible.
Patricia se esforzaba por mantener una conversación ligera, preguntando a Teo por sus clases, comentando alguna noticia trivial. Teo respondía con monosílabos, lanzándome miradas nerviosas de vez en cuando, claramente cohibido por la presencia de su padre. Alexandra estaba allí, sentada frente a mí. Su actitud hosca de la mañana se había suavizado, reemplazada por una calma distante, casi ausente. Comía en silencio, apenas participando. ¿Era el efecto de la reprimenda de su madre, o era la simple presencia de su padre la que imponía esa quietud?
Y luego estaba Isabella, la nueva sirvienta. Se movía con eficiencia silenciosa alrededor de la mesa, sirviendo la comida, rellenando las copas de agua. Era joven, atractiva, y a pesar de su uniforme sencillo, había algo en su porte, una dignidad tranquila.
Fue entonces cuando lo noté. Mientras Isabella se inclinaba para servirle vino al Mayor, los ojos de él siguieron el movimiento por una fracción de segundo más de lo necesario. No fue una mirada lasciva obvia, sino algo más sutil: un rápido escrutinio de su figura, una apreciación casi imperceptible, ocultada inmediatamente cuando ella se enderezó. Lo vi repetirse un par de veces más durante la cena: miradas fugaces, disimuladas, dirigidas a Isabella cuando creía que Patricia, sentada a su lado, no miraba.
Interesante. El respetable Mayor Valverde, pilar de la familia, con un interés furtivo en la joven y atractiva sirvienta. Otra grieta en la fachada. Otra debilidad potencial. ¿Lo sabría Alexandra? ¿Era Isabella consciente de esa mirada? ¿O era solo la lujuria casual de un hombre poderoso acostumbrado a tomar lo que quiere? Archivé la observación.
Intenté mantener un perfil bajo, respondiendo educadamente cuando se dirigían a mí, haciendo algún comentario neutral sobre las clases para cumplir mi papel ante el Mayor.
—Teo me comentó que lo estás ayudando mucho con los estudios, Baltazar —dijo el Mayor en un momento, dirigiéndose a mí directamente—. Me alegro de que esté tomando sus responsabilidades más en serio.
—Teo es inteligente, señor Valverde —respondí, diplomático—. Solo necesita un poco de organización y confianza. Hago lo que puedo para ayudarle.
—Bien, bien —murmuró, asintiendo, antes de volver su atención a su plato.
La cena terminó sin más incidentes. La conversación fue forzada, los silencios, largos. Alexandra se retiró casi de inmediato. Teo murmuró algo sobre estudiar y también desapareció. Patricia empezó a recoger los platos con ayuda de Isabella, evitando cruzar miradas significativas conmigo.
Decidí no perder tiempo. El encargo del Mayor era la excusa perfecta. Después de esperar un rato prudencial tras la cena, me dirigí a la habitación de Teo y llamé suavemente.
—¿Sí? —respondió con su voz algo apagada.
Abrí la puerta. Teo estaba tumbado en su cama, con los auriculares puestos, mirando fijamente la pantalla de su celular donde se desarrollaba alguna batalla virtual colorida. La habitación era un desorden adolescente típico: ropa tirada, pósters de videojuegos, cajas de pizza vacías.
—¿Interrumpo? —pregunté, apoyándome en el marco de la puerta.
Teo se quitó los auriculares de golpe, sobresaltado.
—¡Ah, Baltazar! No, no, pasa. Solo... estaba jugando.
—Solo quería ver si habías entendido lo último de matemáticas que repasamos esta tarde —dije, adoptando mi tono de tutor improvisado—. Y bueno, tu padre me pidió que viera cómo estabas, que te animara a centrarte.
Teo hizo una mueca.
—Sí, ya... estudiar. Justo ahora estaba en medio de una raid...
—Solo un momento —insistí, entrando y sentándome en una silla cercana—. Por cierto, tu padre parecía agotado en la cena. Debe ser complicado ser Mayor ahora mismo, con todo lo que pasa en Puerto Libre.
—Sí, está súper estresado —confirmó Teo, dejando el celular a un lado—. Casi no duerme. Siempre en reuniones, llamadas...
—¿Habla mucho del trabajo? ¿De los disturbios, de... cómo lo están manejando? —pregunté, casualmente.
Teo se encogió de hombros.
—No mucho conmigo. Dice que son cosas de adultos, que no me preocupe. A veces lo oigo hablar por teléfono con otros señores... mencionan mucho a la Congregación.
—Ah, sí, la Congregación del Nuevo Amanecer —repetí, como si apenas lo recordara—. Me la mencionaste. ¿Es muy importante para él?
—¡Uf, sí! Va a reuniones todo el tiempo. Dice que son gente clave para el futuro de la Isla Cobreña, que buscan la armonía y el progreso... A mí me parecen un poco raros, la verdad. Muy serios.
—¿Gente clave? ¿Como quiénes? ¿Va mucha gente que conocemos?
—Pues... no sé muchos nombres. Gente de negocios, políticos... El padre de Milagros también está metido, creo. O al menos, va a los mismos eventos que mi papá.
—Entiendo. Parece un club bastante exclusivo —comenté, manteniendo la indiferencia. Cambié de tema antes de parecer demasiado inquisitivo—. Oye, y la chica nueva, Isabella. ¿Dijiste que Alexandra la recomendó?
—Sí —respondió Teo, su interés desviándose fácilmente—. Raro, ¿no? Ale nunca se preocupa por esas cosas. Dijo que era hija de una amiga de la familia o algo así, que necesitaba trabajo.
—¿Hija de una amiga? —repetí.
Una tapadera conveniente. Demasiado conveniente.
—Sí, eso creo. La verdad, no le presté mucha atención. Pero está buena, ¿eh? —dijo Teo, con una sonrisa pícara.
—Concéntrate en tus estudios, Teo —dije, cortando su desviación con una seriedad fingida, imitando el tono que probablemente usaría su padre—. Es lo que él querría. Repasemos esa integral de nuevo.
Teo suspiró, pero cogió su cuaderno. Mientras le explicaba de nuevo la resolución, mi mente trabajaba febrilmente, procesando la información. El Mayor Valverde, profundamente involucrado en la Congregación. El padre de Milagros, también en ese círculo. Alexandra, recomendando a Isabella. Y yo estaba dentro, con una misión oficial para observar a la pieza más débil: Teo.
Una vez en la relativa seguridad de la habitación de invitados, con la puerta cerrada con pestillo, mi primera acción fue sacar de nuevo el cristal y la carta de su escondite en la mochila. Necesitaba alejarme de las intrigas humanas y centrarme en el verdadero enigma.
Extendí la carta sobre el escritorio, releyendo las ominosas palabras en latín: "Potentia in eo latet... sed cave. Periculum est... devorabit..." Poder... peligro... devorará. Frases crípticas que solo aumentaban mi fascinación y mi cautela.
Luego tomé el cristal. Y bajo la luz de la lámpara del escritorio, el pulso luminoso era apenas perceptible, un latido fantasmal dentro de la piedra perfectamente tallada. Lo giré entre mis dedos. Era frío, liso. Parecía un simple cuarzo citrino de calidad excepcional, si no fuera por esa extraña luz intermitente y la perfección casi antinatural de sus facetas.
Recordé mi investigación fallida. Ninguna referencia científica, solo leyendas sobre "Animas de Piedra". ¿Qué poder podía ocultar una simple piedra, por muy rara que fuera?
Dejé el cristal sobre el escritorio, junto a unas pocas monedas que me quedaban y una pequeña llave metálica de mi mochila. Mientras ordenaba mis pensamientos, noté algo extraño. La llave, que estaba a unos centímetros del cristal, pareció... moverse. Muy ligeramente, un temblor casi imperceptible.
Fruncí el ceño. ¿Una vibración de la casa? ¿Mi propia imaginación? Acerqué la llave al cristal con cuidado. Cuando estaba a un par de centímetros, la llave se deslizó sola sobre la madera pulida, atraída hacia el cristal como por un imán invisible. Me detuve, sorprendido. Probé con una de las monedas. Lo mismo. Se sentía una clara fuerza de atracción.
¿Propiedades magnéticas? ¿En un cuarzo? Era absurdo. El cuarzo (dióxido de silicio) no es magnético en el sentido convencional. Podía tener propiedades piezoeléctricas, pero esto era diferente. Era una atracción directa.
Experimenté con más cuidado. Tomé un clip metálico del escritorio de Teo que había en la habitación. Acerqué el cristal por encima del clip. Nada. Lo acerqué más... y entonces ocurrió. El clip se elevó del escritorio. Flotó en el aire, a un milímetro por debajo de la faceta inferior del cristal, temblando ligeramente, suspendido por una fuerza invisible.
No el truco burdo del mago de la feria con su hilo oculto. Esto era real. Una levitación magnética (o algo parecido) generada por el propio cristal, capaz de vencer la gravedad en objetos pequeños y metálicos a corta distancia.
Me recosté en la silla, sintiendo una oleada de excitación que me recorrió por completo. Esto... esto cambiaba todo. Mi investigación online no había encontrado nada porque, sencillamente, no existía nada como esto registrado por la ciencia oficial. Este cristal era único. Realmente único.
Las palabras de la carta adquirieron un nuevo significado. Potentia in eo latet. El poder yace en él. No era una metáfora. Era literal. Un poder físico, inexplicable, concentrado en esa piedra perfectamente tallada.
Mi mente se disparó en mil direcciones. El "Desafío Ilusorio"... ya no era una simple idea loca. Con esto... con esto podía crear ilusiones que desafiarían cualquier explicación, trucos que parecerían magia real. El gran premio... la fama... pero más allá de eso, el poder intrínseco del cristal... ¿Qué más podría hacer? ¿Se limitaba a hacer levitar clips? ¿O era solo la punta del iceberg? ¿Y el peligro? ¿El "devorará"? ¿Qué significaba?
Una nueva perspectiva se abría ante mí. Ya no era solo un juego de supervivencia y manipulación social. Había encontrado algo más. Algo... diferente. Algo que podía darme una ventaja que nadie más poseía. El futuro, tan incierto hacía unas horas, de repente parecía lleno de posibilidades electrizantes y aterradoras.
El cristal palpitó débilmente sobre el escritorio, como si sintiera mi excitación. O quizás, solo era mi imaginación sobrecalentada.
Me quedé observándolo durante un largo rato, con mi mente trabajando a toda velocidad. Levitación. Una fuerza localizada, capaz de afectar metales pequeños. ¿Pero era constante? Recordé el pulso luminoso: a veces casi imperceptible bajo la luz artificial, otras veces más notable en la oscuridad casi total del sótano. ¿Tenía alguna relación con la "potencia" del cristal?
Me levanté y llevé el cristal y el clip metálico hacia la ventana de la habitación. Las nubes que antes opacaban el plenilunio se habían dispersado un poco, y un haz de pálida luz de luna entraba oblicuamente, iluminando un rectángulo en el suelo.
Primero, probé el efecto en la zona de sombra de la habitación. Acerqué el cristal al clip. El clip se elevó, sí, pero con dificultad, temblando visiblemente, apenas despegándose de mi mano. La fuerza era débil, inestable.
Luego, moví ambos objetos, con mi mano sosteniendo el cristal justo encima del clip hacia el haz de luz lunar que entraba por la ventana. En cuanto la luz pálida bañó la superficie perfectamente tallada del cuarzo, sentí un cambio. Una vibración casi imperceptible en mi mano, y el clip metálico debajo... se elevó con más decisión. Flotó con más estabilidad, un milímetro más alto quizás con un temblor casi desaparecido. Aparté el cristal de la luz lunar, volviendo a la sombra, y el clip vaciló y cayó de nuevo sobre mi palma. Repetí el experimento varias veces. El resultado era consistente.
La luz de la luna. De alguna manera, potenciaba, o quizás cargaba, la extraña propiedad del cristal. Era como una pila recargable.
Me senté en el alféizar de la ventana, mirando alternativamente el cristal bañado por la luna y el paisaje nocturno de Puerto Libre. Esta nueva revelación añadía otra capa de complejidad. El poder del cristal no era ilimitado ni constante; dependía de un ciclo natural, de la presencia de la luna. Esto imponía restricciones, pero también... abría nuevas preguntas. ¿Por qué la luna? ¿Qué tipo de energía absorbía? ¿Y cuánto duraba la "carga"?
Esto hacía que la idea del show de talentos fuera más complicada, pero no imposible. Tendría que planificar mis actos cuidadosamente, quizás asegurándome de "cargar" el cristal antes de cada presentación. Y la naturaleza misma del efecto... levitación magnética lunar... era tan extraña que, bien presentada, parecería magia pura e inexplicable.
El misterio se profundizaba. Ya no era solo una piedra con poder, era una piedra con poder condicionado, ligada a la luna de una forma que desafiaba toda lógica científica conocida. Tenía en mis manos algo que iba más allá de la simple manipulación o el ilusionismo. Algo real. Y, como advertía la carta, potencialmente muy peligroso.
Pero mi mente analítica no podía detenerse ahí. Si la luna lo "cargaba", ¿cómo se "descargaba" o se controlaba esa energía? ¿Era solo una atracción pasiva sobre metales cercanos? Volví al escritorio, lejos de la luz de la luna, y retomé mis experimentos con el clip y la llave.
Acerqué el cristal al clip, sostenido entre mis dedos. El clip se elevó débilmente. Lo moví. El clip lo siguió, como atado por un hilo invisible pero muy corto. Una simple atracción. Pero entonces, mientras lo sostenía, apreté el cristal con más fuerza en la palma de mi mano, sintiendo su frío contacto directo contra mi piel. Y me concentré. Imaginé el clip elevándose más alto.
Y lo hizo.
No fue un salto brusco, sino un ascenso lento, controlado, superando la débil atracción inicial hasta flotar un centímetro entero por encima de mi otra mano. Contuve la respiración, incrédulo. Deseé que se moviera ligeramente hacia la izquierda. Y, con una lentitud exasperante, el clip obedeció, desplazándose apenas un milímetro en la dirección que mi mente ordenaba. ¡Podía controlarlo!
Rápidamente, levanté el cristal, rompiendo el contacto con la piel de mi palma. El clip cayó inmediatamente. Volví a poner el cristal en mi palma, concentrándome de nuevo. El clip se elevó otra vez, respondiendo a mi voluntad. Repetí la prueba varias veces, con la llave, con una moneda. El resultado era el mismo: la levitación controlada solo funcionaba cuando el cristal estaba en contacto directo con mi cuerpo. Mi piel. Era como si mi propia energía biológica, o mi concentración mental, actuara como un conductor o un amplificador para el poder del cristal, pero solo a través del contacto físico.
Esto era... revolucionario. Ya no era solo una curiosidad científica o una herramienta para un truco. Era una extensión de mi voluntad. Telequinesis. Limitada, sí, a objetos pequeños y metálicos, dependiente de la luna y del contacto físico, pero telequinesis al fin y al cabo. Una habilidad que nadie más poseía.
Las posibilidades se multiplicaron en mi cabeza. Podría mover objetos sin tocarlos, crear efectos que desafiaran cualquier explicación lógica. Pero más allá del espectáculo... ¿qué otras aplicaciones tenía?
La necesidad de mantener el cristal en contacto conmigo se volvió primordial. Llevarlo en el bolsillo no era suficiente; el contacto era intermitente a través de la ropa. Necesitaba una forma de mantenerlo pegado a mi piel, de forma discreta y constante.
Pensé rápidamente. Un pequeño bolsillo cosido en el interior de mi ropa... no, demasiado incómodo y poco práctico. Una pulsera... demasiado visible. Entonces se me ocurrió: una pequeña funda o bolsa de cuero suave, del tamaño justo para el cristal, colgada de un cordón resistente alrededor de mi cuello, llevada por debajo de la camisa, directamente sobre mi pecho. Oculta, segura, y en contacto permanente. Sí, eso funcionaría. Tendría que conseguir los materiales y hacerla yo mismo.
Guardé el cristal con sumo cuidado, sintiendo casi un vínculo con él. Esa noche, por primera vez desde que mi vida se había convertido en este caos de desalojos, amenazas y misterios, Dormí tranquilo, profundamente, después de muchas noches en vela. El futuro seguía siendo incierto y peligroso, pero ahora, sentía que tenía una posibilidad real de controlarlo.
Al día siguiente bajé a desayunar temprano. La escena en el comedor era un cuadro de tensa normalidad doméstica. Patricia se movía con eficiencia, sirviendo café y tostadas, con su sonrisa amable firmemente en su lugar, borrando cualquier rastro de la incomodidad nocturna en la cocina. Alexandra estaba sentada en silencio, leyendo un libro con una concentración exagerada, apenas levantando la vista. Teo comía con rapidez, evitando mi mirada.
Y, presidiendo la mesa, estaba el Mayor Valverde. Vestido con su uniforme impecable, su presencia llenaba la estancia de una autoridad silenciosa. Comía rápido, revisando unos papeles que tenía al lado del plato. Me dedicó un asentimiento de cabeza a modo de saludo cuando me senté.
—Buenos días, Baltazar —dijo, con su voz grave resonando en el silencio—. Espero que hayas descansado. Las noches en Puerto Libre están... agitadas.
—Buenos días, señor Valverde. Descansé perfectamente, gracias —respondí, manteniendo el tono respetuoso.
—Bien. Teo —se dirigió a su hijo—, hoy saldré tarde de nuevo. Asegúrate de terminar tus deberes antes de que vuelva. Y tú, Baltazar, confío en tu buena influencia.
—Sí, papá —murmuró Teo.
—Por supuesto, señor —aseguré yo.
El Mayor terminó su café de un trago, se levantó, dio un beso rápido en la frente a Patricia (quien forzó una sonrisa), lanzó una mirada indescifrable a Alexandra (quien no levantó la vista del libro), y se fue con pasos firmes resonando en el pasillo. Un hombre ocupado, importante, con los problemas de la ciudad sobre sus hombros... o quizás, simplemente, un hombre que prefería pasar el menor tiempo posible en su propia casa.
Mientras el Mayor se iba, Isabella entró a recoger los platos sucios. Nuestros ojos se cruzaron por un instante. Los suyos, vivaces pero cautelosos; los míos, analíticos. Recordé la conexión con Alexandra. ¿Qué secretos compartían esas dos?
El resto del desayuno transcurrió en un silencio apenas roto por el tintineo de los cubiertos. En cuanto terminé, me excusé.
—Si me permiten, necesito preparar unas cosas antes de ir a la preparatoria.
Subí a mi habitación y cerré la puerta. Era el momento. Necesitaba una forma de llevar el cristal conmigo, en contacto constante con mi piel, sin que nadie lo notara. Revisé mi mochila. Encontré un pequeño trozo de cuero suave que había pertenecido a una vieja agenda desechada y un cordón resistente que había usado para atar algo tiempo atrás. Con la pequeña navaja que siempre llevaba conmigo y una aguja e hilo que encontré olvidados en un cajón del escritorio de la habitación, me puse a trabajar.
Con paciencia y precisión, corté y cosí el cuero, formando una pequeña bolsa, apenas más grande que el cristal. Hice dos pequeños agujeros en la parte superior y pasé el cordón, ajustándolo para que colgara a la altura de mi pecho. No era una obra de arte, pero era funcional, discreta y resistente.
Saqué el cristal. Su leve pulso parecía casi una bienvenida. Lo introduje en la funda de cuero. El encaje era perfecto. Me colgué el cordón al cuello, sintiendo el peso ligero y el frío inicial del cristal (a través del cuero fino) contra mi piel, justo sobre el esternón.
Allí estaba. Oculto. Pegado a mí. Mi secreto. Mi poder. Una sensación extraña, una mezcla de vulnerabilidad y potencia, me recorrió. Era como llevar un talismán arcano, una llave a un mundo de posibilidades desconocidas.
Respiré hondo. Ahora estaba listo. Listo para la preparatoria, listo para la apuesta con Milagros, listo para la cita con Sandra, listo para seguir jugando en el tablero de la casa Valverde. Listo para lo que fuera que Puerto Libre me tuviera reservado.
Miré el reloj. Era hora de irse.
—¡Teo! —llamé desde la puerta—. ¡Nos vamos!
Salimos de la casa Valverde y emprendimos el camino hacia la preparatoria. El sol matutino empezaba a calentar las calles de Puerto Libre, pero yo apenas lo notaba. Toda mi atención estaba centrada en la ligera presión del cristal contra mi pecho, oculto bajo la camisa. Era una sensación extraña, un peso físico mínimo pero cargado de un potencial inmenso. ¿Podía sentir su pulso a través del cuero y la tela? Probablemente era solo mi imaginación, pero la conciencia de llevarlo conmigo me infundía una calma fría, una seguridad que rozaba la arrogancia.
Teo caminaba a mi lado, hablando de algo relacionado con los exámenes o los videojuegos, no le presté demasiada atención. Mis sentidos parecían agudizados, observando los detalles de la calle, las caras de los transeúntes, las patrullas ocasionales, con una nueva intensidad. Era como si el cristal no solo me diera un poder oculto, sino que también afilara mi percepción del mundo.
Al llegar a la preparatoria, el ambiente era el habitual: una mezcla de aburrimiento, hormonas adolescentes y la tensión subyacente de la crisis de la ciudad. Vi a los amigos de Flavio en un rincón, lanzándome miradas de odio que ahora me resultaban casi cómicas. No tenía tiempo para sus estupideces.
Mis ojos buscaron a Milagros. La encontré sentada sola en un banco del patio, leyendo, o fingiendo leer. Llevaba el pelo recogido de nuevo, la máscara de estudiante perfecta en su sitio. Levantó la vista justo cuando yo pasaba. Nuestras miradas se cruzaron. Sostuve la suya por un instante más de lo necesario, sintiendo el cristal contra mi piel, una fuente secreta de confianza. Vi un levísimo tic en su párpado antes de que ella apartara la vista bruscamente y volviera a su libro. La apuesta flotaba entre nosotros, invisible pero palpable. Sonreí para mis adentros.
Durante las clases, la presencia del cristal fue una constante. Una distracción y un ancla a la vez. Mientras el profesor de historia disertaba sobre las antiguas rutas comerciales de la Isla Cobreña, yo experimentaba mentalmente. Fijé la mirada en el clip metálico del bolígrafo de Teo, apoyado sobre su cuaderno. Me concentré, sintiendo el contacto del cristal bajo mi ropa. Sube. Nada. Muévete. Nada. Quizás la distancia era demasiada, o la concentración requerida mayor, o necesitaba una "carga" lunar más reciente. O quizás, simplemente, no funcionaba a través de la ropa de la misma manera. Necesitaría experimentar más en privado.
Miss Roxy dio su clase con su profesionalismo habitual, aunque noté que evitaba mirarme directamente. El profesor de matemáticas seguía con su entusiasmo fingido. Nada fuera de lo normal en la superficie, pero yo sentía las corrientes subterráneas, los secretos ocultos bajo la rutina.
Teo, ajeno a mis experimentos mentales, me preguntó varias veces sobre el simulacro.
—Tenemos que estudiar juntos, Baltazar. Dicen que este año será más difícil. Si sacamos buena nota...
—Nos concentraremos en eso, Teo —le aseguré, palmeándole el hombro—. Tu padre confía en que te ayudaré a mejorar.
El día escolar terminó sin más incidentes notables. La tensión con los amigos de Flavio era manejable, la guerra fría con Milagros estaba en tablas, y yo tenía una cita importante a la que acudir.
Guardé mis cosas mientras Teo parloteaba sobre el simulacro.
—Tenemos que ponernos en serio, Baltazar. Dos semanas...
—Lo sé, Teo —lo interrumpí, colgándome la mochila al hombro—. Escucha, no iré a casa ahora mismo. Tengo un asunto que atender primero.
—¿Ah, sí? ¿Qué asunto? ¿Necesitas ayuda? —preguntó, siempre tan servicial.
—No, es algo personal. Nos vemos más tarde en casa para... repasar física, si quieres —le ofrecí, manteniendo mi coartada de tutor.
—¡Vale! ¡Genial! —dijo, animándose.
Estábamos a punto de separarnos en la puerta principal de la preparatoria cuando una voz nos detuvo.
—¡Teo! ¡Baltazar!
Nos giramos. Era Mónica. Se acercaba a nosotros con una sonrisa amplia y... ¿amigable? Un cambio drástico respecto a sus habituales miradas de desdén o a los susurros venenosos que compartía con sus amigas. Llevaba el uniforme impecable, como siempre, y su maquillaje era perfecto.
—Hola, chicos —dijo, su voz notablemente más dulce de lo normal—. ¡Felicidades por el examen, Baltazar! Y a ti también, Milagros, claro —añadió rápidamente, aunque Milagros ya se había ido por otro lado—. Un empate en el primer puesto, ¡increíble!
Vi a Teo sonrojarse visiblemente ante la atención de Mónica. Tartamudeó un "Ho-hola, Mónica".
—Gracias, pero hubiese sido mejor que me hubieras felicitado ayer —respondí con cautela, estudiando su rostro—. ¿Se te ofrece algo?
¿Qué pretendía? ¿Era una trampa? ¿Una nueva estrategia ahora que Flavio estaba fuera de juego temporalmente? ¿O quizás intentaba usar su encanto para manipular a Teo delante de mí?
—No, nada en particular —respondió ella, jugando con un mechón de su cabello teñido—. Solo pensaba... ya que quedan solo dos semanas, quizás deberíamos... no sé, hacer algo todos juntos antes de que acabe. Una salida, una pequeña fiesta... ¿Qué opinan?
Dirigió la pregunta a ambos, pero su mirada se detuvo un instante más en Teo, quien parecía a punto de levitar de la emoción.
—¡Sí! ¡Sería genial! —se apresuró a decir Teo.
—Tengo que irme —dije, cortando la conversación antes de que pudiera involucrarme en sus planes—. Tengo una cita.
La sonrisa de Mónica vaciló por un instante al oír mi respuesta directa.
—¿Una cita? ¿Con quién?
—Asuntos personales —repetí, con una sonrisa fría que no invitaba a más preguntas—. Nos vemos, Teo. Mónica.
Me di la vuelta y me alejé a paso rápido, dejando a Teo lidiando con la inesperada amabilidad de Mónica. Una situación interesante. ¿Qué buscaba ella realmente? ¿Y cómo encajaba Teo en sus planes? Más preguntas para la lista.
Pero por ahora, tenía mi propia cita. Una mucho más importante, y potencialmente más peligrosa. Me dirigí hacia el puerto viejo, hacia el café discreto donde Sandra me estaría esperando. El juego continuaba en múltiples tableros.
Llegué al café del puerto viejo unos minutos antes de las cuatro. El lugar seguía tranquilo, casi vacío. Elegí la misma mesa del fondo, pedí un café solo y me dispuse a esperar, repasando mentalmente mi estrategia para la conversación con Sandra. Tenía la ventaja, había establecido el control con el truco y la apuesta fallida de ayer; ahora era cuestión de extraer la información o consolidar el peculiar acuerdo de las lecturas.
Las cuatro llegaron y pasaron. Ninguna señal de Sandra. Miré la puerta cada vez que alguien entraba, pero solo eran trabajadores del puerto o algún turista despistado. Las cuatro y cuarto. Las cuatro y veinte. Mi paciencia, nunca muy abundante, empezaba a agotarse. ¿Se habría arrepentido? ¿El miedo la habría paralizado después de mi demostración de poder y la apuesta coercitiva?
Saqué mi celular y marqué el número que me había dado. Sonó varias veces, un tono monótono que resonaba en el silencio del café, pero nadie respondió. Saltó un buzón de voz genérico, sin personalizar. Colgué.
Así que era eso. Se había acobardado. O quizás, después de la humillación después de que me haya chupado el pene, había decidido que el precio de escuchar a Platón era demasiado alto. O, simplemente, había cambiado de opinión, como una veleta girando al capricho del viento.
Recordé algunas de las ideas misóginas de Nietzsche, o quizás de Schopenhauer, sobre la naturaleza supuestamente irracional y voluble de las mujeres, gobernadas por emociones momentáneas más que por la lógica o la palabra dada. En ese momento, me parecieron acertadas. Sandra, con toda su desesperación y su aparente necesidad, no era diferente. Una promesa hecha bajo presión, rota al primer soplo de duda o miedo.
Una fuente de información perdida, quizás. O un peón que se retiraba del tablero antes de tiempo. Irritante, pero no catastrófico. No iba a perder más tiempo esperando a alguien que claramente no tenía intención de aparecer.
Terminé mi café de un trago, dejé el dinero exacto sobre la mesa y salí del local. El sol seguía descendiendo sobre Puerto Libre. Tenía otros asuntos que atender. La apuesta con Milagros, la vigilancia del coche negro, el misterio del cristal, la necesidad de entender a la Congregación y al Mayor Valverde... Sandra, por ahora, era un cabo suelto, una variable eliminada de la ecuación inmediata.
El sol empezaba a ocultarse tras los edificios del puerto, alargando las sombras. Caminé sin rumbo fijo al principio, procesando la cita fallida, el cinismo de mi propia reacción.
Noté un cambio en el ambiente de las calles. La tensión de los disturbios parecía haberse disipado ligeramente, o al menos, estaba enmascarada por una nueva excitación. La gente hablaba en corrillos, no de política o de miedo, sino del "Desafío Ilusorio". Escuché fragmentos de conversaciones sobre magos locales, sobre el increíble premio, sobre las audiciones que empezaban esa semana.
Pan y circo, pensé con desprecio. Mientras la ciudad se caía a pedazos bajo el Estado de Emergencia y la sombra de la Congregación, les daban un espectáculo de magia para mantenerlos distraídos, dóciles. Una táctica tan vieja como el poder mismo. Pero... si el circo estaba montado, ¿por qué no ser uno de los payasos principales? Especialmente si el premio era tan sustancioso como decían. Y yo... yo tenía algo que ningún otro ilusionista en toda la Isla Cobreña podía siquiera soñar. Sentí el ligero peso del cristal en su funda de cuero contra mi pecho. Sí, participaría.
Pero no como Baltazar. Mi nombre ya empezaba a sonar en ciertos círculos (la preparatoria, quizás pronto en la familia Valverde). Necesitaba anonimato, una nueva identidad para el escenario. Necesitaba una máscara.
Me desvié hacia el distrito de los artesanos y las tiendas de antigüedades, un laberinto de calles estrechas cerca del casco viejo. Después de buscar un rato, encontré lo que necesitaba en una tienda polvorienta que vendía máscaras teatrales y objetos de ceremonias olvidadas. Era una máscara tallada en madera oscura, casi negra, pulida hasta obtener un brillo mate. Cubría todo el rostro, sin rasgos definidos, solo dos rendijas afiladas y ligeramente inclinadas para los ojos y pequeñas perforaciones casi invisibles para respirar. Era anónima, inquietante, perfecta. Pagué por ella con parte del dinero que me quedaba del fajo de mi padre.
Salí de la tienda y, en un callejón cercano, me puse la máscara. La sensación era extraña, claustrofóbica al principio, pero también liberadora. Detrás de la madera pulida, yo desaparecía. Solo quedaba la presencia, el enigma.
Ajustándome la máscara, me dirigí hacia la zona donde Sandra había mencionado que se realizarían los castings, cerca del Gran Teatro de Puerto Libre. Caminar por la calle con el rostro cubierto atrajo miradas de inmediato. La gente se apartaba, murmuraba, algunos adolescentes se reían abiertamente. Ignoré la mayoría, concentrado en mi objetivo.
Pero la burla directa fue más difícil de ignorar. Pasé junto a una mujer con un niño pequeño de la mano, que tiraba de un carrito de compras lleno.
—¡Mami, mira! —gritó el niño, señalándome—. ¡Ese señor se equivocó de fiesta! ¡No es Halloween!
El niño soltó una carcajada aguda, y su madre, en lugar de reprenderlo, sonrió con suficiencia y me miró con burla.
—Hay gente muy rara en esta ciudad, hijo —dijo ella, lo suficientemente alto para que yo la oyera—. Seguramente está loco.
Sentí la rabia subirme por la garganta. La ignorancia, la facilidad con la que la gente juzgaba y se burlaba del diferente, del que no encajaba... Me detuve por un instante, oculto tras la impasibilidad de la máscara. Miré a la mujer, luego a su carrito de compras, y finalmente al ligero desnivel del pavimento unos metros más adelante.
Me concentré, sintiendo el cristal contra mi piel. Imaginé una ráfaga de viento caprichosa. Justo cuando la mujer reanudaba la marcha, una "corriente de aire" invisible levantó el borde de su vestido por un instante, revelando sus rodillas y las bragas de color morado que portaba, enseguida ella soltó un respingo de sorpresa y vergüenza. Casi al mismo tiempo, las ruedas de su carrito de compras parecieron cobrar vida propia, girando y empezando a rodar por la pendiente del pavimento, cada vez más rápido, hasta que volcó unos metros más allá, esparciendo algunas frutas y verduras por la acera.
La mujer soltó una exclamación de enfado, corriendo tras su carrito volcado, olvidándose por completo del "loco" de la máscara. El niño se quedó mirándola, confundido.
Yo seguí mi camino, sin una sonrisa, sin una emoción visible tras la madera pulida. Una pequeña lección. Una demostración silenciosa. No se burlarán de mí impunemente. El poder, incluso uno tan extraño como el que emanaba del cristal, ofrecía formas sutiles de restaurar el equilibrio. O al menos, mi versión del equilibrio.
El Gran Teatro estaba cerca. La cola para la inscripción al casting del "Desafío Ilusorio" ya daba la vuelta a la esquina, una serpiente heterogénea de aspirantes a la fama y la fortuna.
Al unirme al final de la fila, las burlas y las miradas curiosas continuaron. Mi máscara de madera oscura, lisa y sin rasgos, atraía la atención como un imán. Escuché risas ahogadas, susurros de "¿quién se cree que es?" y comentarios sobre mi supuesta locura. Dejé que las palabras resbalaran sobre mí. La opinión de la masa ignorante era irrelevante. Su atención, sin embargo, podía ser útil más adelante.
Pero mientras avanzaba lentamente en la cola, observando a mis "rivales", me di cuenta de algo: curiosamente, yo no era el único "raro" allí. Había personajes de todo tipo. Un hombre vestido con una túnica estrellada y un sombrero puntiagudo que parecía sacado de un cuento infantil. Una mujer con un antifaz de plumas y un aire de misterio afectado. Varios jóvenes con capas, capuchas que ocultaban sus rostros, o maquillajes extravagantes. Ilusionistas, mentalistas, escapistas... o simples excéntricos buscando sus quince minutos de fama. Al parecer, el mundo de la magia atraía a los que preferían ocultarse tras una fachada. Al menos mi máscara tenía estilo.
Finalmente, después de una espera considerable bajo el sol que empezaba a ocultarse, llegué a la mesa de inscripción instalada en el vestíbulo del teatro. Una funcionaria con aspecto aburrido y gafas en la punta de la nariz levantó la vista de sus papeles.
—¿Nombre artístico? —preguntó, con voz monótona, sin mostrar sorpresa alguna por mi máscara. Probablemente había visto cosas más extrañas ese día.
Me detuve un instante. Nombre artístico. Necesitaba uno. Algo que encajara con la máscara, con el misterio, algo que tuviera... peso. Recordé mi propio nombre, Baltazar. El nombre que mi padre me dio, quizás como una broma cruel, evocando a uno de aquellos supuestos reyes magos de Oriente que resultaron no ser ni reyes, ni magos, ni tres. El rey que, irónicamente, la tradición posterior pintó de negro.
Una sonrisa fría se formó bajo la máscara.
—Apúnteme como... El Rey Negro —dije, con mi voz sonando ligeramente distorsionada por la madera, adquiriendo un tono más grave, más impersonal.
La funcionaria arqueó una ceja por primera vez, quizás captando la ironía o la audacia del nombre. Lo anotó en su formulario sin comentarios.
—Bien, "Rey Negro". Número de audición: 147. Pase a la sala de espera B. Le llamarán cuando sea su turno. Siguiente.
Tomé el pequeño papel con el número. 147. Estaba dentro. El primer paso estaba dado. Ahora solo quedaba esperar y demostrarles de qué era capaz el verdadero ilusionismo. El ilusionismo que nacía no de trucos baratos, sino del control de una fuerza que nadie más comprendía.
La Sala de Espera B era un caos contenido. Un amplio salón del teatro, probablemente usado para ensayos o recepciones menores, ahora atestado de aspirantes a magos. El aire vibraba con una mezcla de nerviosismo palpable, egos inflados y el olor dulzón de la laca barata para el pelo.
Encontré un rincón relativamente tranquilo y me apoyé contra la pared, observando el espectáculo. Había aprendices torpes practicando juegos de manos con cartas que se les caían, mentalistas de mirada intensa intentando doblar cucharas (sin éxito aparente), escapistas ensayando nudos con cuerdas gastadas, y una plétora de personajes disfrazados que parecían más apropiados para una fiesta de carnaval que para un escenario. Charlaban en voz alta, presumían de sus supuestas habilidades, se medían unos a otros con miradas de suficiencia o envidia.
Yo permanecía en silencio, inmóvil, oculto tras mi máscara de madera oscura. Mi presencia enigmática atraía miradas curiosas, algunos susurros, pero nadie se atrevió a acercarse. Mejor así. No estaba allí para hacer amigos ni para compartir los trucos baratos del gremio. Ellos jugaban con humo y espejos; yo tenía algo real, algo que ellos ni siquiera podían concebir.
Observé a los que parecían más profesionales. Algunos tenían equipos costosos, asistentes nerviosos. Realizaban manipulaciones rápidas, ilusiones ópticas bien ensayadas. Hábiles, sin duda. Pero predecibles. Sus trucos se basaban en principios conocidos, en distracciones, en aparatos ingeniosos. Engañaban a los sentidos. Yo, en cambio, planeaba desafiar la realidad misma.
Pensé en mi audición. ¿Qué haría? No podía revelar el cristal, por supuesto. El secreto era mi mayor baza. Tenía que ser algo sutil, pero imposible. Algo que dejara a los jueces desconcertados, preguntándose cómo. La levitación controlada de un objeto metálico pequeño... sí, eso podría funcionar. Simple, directo, inexplicable si se hacía bien. Solo necesitaba un objeto adecuado que ellos me proporcionaran, y la concentración necesaria.
La espera se alargó. Los números iban siendo llamados por un altavoz con una voz metálica y aburrida. 120... 135... 140... El nerviosismo en la sala aumentaba. Algunos salían de la sala de audiciones con aire triunfal, otros con el rostro desencajado.
Finalmente, la voz metálica anunció:
—Número 147. El Rey Negro. A la sala de audiciones 3.
Me enderecé, apartándome de la pared. Todas las miradas se volvieron hacia mí mientras cruzaba la sala con paso tranquilo y deliberado. Sentí su curiosidad, su especulación. ¿Quién era el hombre tras la máscara? ¿Qué clase de "magia" haría El Rey Negro?
Llegué a la puerta indicada: Sala 3. Respiré hondo, no por nervios, sino para centrar mi mente. Empujé la puerta y entré.
La sala era más pequeña de lo que esperaba. No un escenario, sino una habitación amplia y desnuda, con una mesa larga al fondo. Detrás de la mesa, sentadas bajo una luz intensa que dejaba sus rostros en una semi-penumbra pero iluminaba perfectamente el espacio frente a ellas, había tres figuras. No podía distinguir sus rasgos con claridad, solo sus siluetas. Los jueces.
—Número 147 —dijo una voz femenina, suave pero con un filo de autoridad, proveniente de la figura central—. Se presenta como... "El Rey Negro". ¿Correcto?
—Correcto —respondí, con mi voz sonando extraña, amortiguada por la máscara de madera.
—Bien, Rey Negro —continuó la misma voz, con un deje de escepticismo—. El escenario es suyo. ¿Qué nos va a mostrar? ¿Cartas, pañuelos, alguna gran ilusión?
—Una pequeña demostración —dije, mi voz deliberadamente neutra—. Algo... fundamental. Para ello, necesitaré un objeto. Algo simple, metálico. Una llave, quizás. ¿Alguno de ustedes tiene una a mano que pueda prestarme?
Hubo un murmullo entre los jueces. La figura de la derecha, un hombre corpulento por su silueta, rebuscó en sus bolsillos y colocó una llave de aspecto común sobre la mesa.
—Aquí tiene —dijo, su voz grave y resonante—. Úsela. Pero que quede claro, no hay hilos, ni imanes bajo la mesa. Este suelo es de madera maciza.
—Lo sé —respondí. No necesitaba sus artilugios—. Por favor, coloque la llave en el centro de la habitación. Lejos de mí, y lejos de la mesa.
El juez corpulento pareció dudar, pero la jueza central hizo un gesto de asentimiento. Él se levantó, tomó la llave y la depositó con cuidado en el suelo de madera desnuda, a unos tres metros frente a mí y a varios metros de la mesa de los jueces. Luego volvió a su asiento.
Todos los ojos, visibles e invisibles, estaban sobre mí. Respiré hondo, calmando mi pulso, sintiendo el contacto frío y constante del cristal bajo mi camisa. Me concentré en la llave que brillaba débilmente bajo la luz.
Visualicé la fuerza invisible, mi voluntad extendiéndose, conectando con el metal a través del poder canalizado por el cristal. Al principio, no pasó nada. La llave permaneció inmóvil. Escuché un suspiro impaciente de uno de los jueces. Ignoré el sonido, intensificando mi concentración.
Entonces, la llave tembló. Muy levemente al principio, apenas una vibración. Luego, con una lentitud agónica, uno de sus extremos comenzó a elevarse del suelo. Se despegó un milímetro, dos, un centímetro... hasta quedar flotando horizontalmente a unos pocos centímetros por encima de la madera, girando sobre sí misma con una lentitud hipnótica.
El silencio en la sala era ahora absoluto, denso, cargado de incredulidad. Vi cómo las siluetas de los jueces se inclinaban hacia adelante.
Mantuve la levitación por unos diez segundos, sintiendo el esfuerzo mental que requería, la conexión tensa entre mi mente, el cristal y el objeto. Luego, relajé mi concentración gradualmente. La llave descendió con la misma lentitud controlada hasta posarse de nuevo en el suelo sin hacer ruido.
Levanté la cabeza y miré hacia la mesa de los jueces. Seguían en silencio, inmóviles.
—¿Eso es todo? —preguntó finalmente la jueza central, su voz ahora estaba desprovista de escepticismo, teñida por una nota de puro asombro.
—Por ahora —respondí simplemente—. Una demostración.
Los jueces intercambiaron miradas en la penumbra. Escuché susurros rápidos e inaudibles.
—Interesante... Muy interesante, Rey Negro —dijo la jueza—. Inusual. No usamos hilos, usted tampoco, aparentemente. Y dudo que haya manipulado el suelo o la llave. Necesitaremos deliberar. Puede retirarse. Le notificaremos nuestra decisión.
Hice una leve inclinación de cabeza, sin decir nada más. Me di la vuelta y salí de la Sala 3, cerrando la puerta tras de mí, volviendo al bullicio y la ansiedad de la sala de espera.
Había hecho mi movimiento. Había mostrado una fracción de lo imposible. ¿Sería suficiente? ¿Habrían visto más allá del truco, vislumbrando el poder real? O quizás, simplemente me tomarían por un ilusionista excepcionalmente hábil con una técnica desconocida. Daba igual. Había plantado la semilla.
Ahora, solo quedaba esperar. Y prepararme para la siguiente partida.
Salí del teatro, quitándome la máscara en un lugar discreto. Enseguida volví a la casa de Teo. El sol estaba a punto de ocultarse y todo parecía estar en la normalidad.
Después de una cena donde la presencia del Mayor Valverde mantuvo las conversaciones en un nivel superficial y cortés, la familia se congregó en la sala de estar. Patricia leía una revista con aparente tranquilidad, aunque sus ojos se desviaban a menudo hacia el reloj. Alexandra tecleaba en su laptop, distante. Teo convenció a su madre para poner el canal local de televisión.
—¡Dicen que hoy anuncian a los clasificados del "Desafío Ilusorio"! —exclamó Teo con entusiasmo—. ¡El casting de magos! Quiero ver a los que pasaron.
Yo asentí, adoptando una expresión de leve interés, aunque por dentro sentía una fría expectación. El Mayor, sentado en su sillón preferido con un vaso de licor en la mano, bufó.
—Magos... Ilusionistas... Pan y circo para mantener al pueblo contento mientras la isla se deshace —murmuró, más para sí mismo que para los demás.
Vaya, coincidíamos en algo. Aunque nuestros motivos para despreciar el espectáculo eran, sin duda, muy diferentes.
Justo entonces, comenzó el segmento especial en las noticias. Una fanfarria exagerada dio paso a un presentador sonriente que hablaba con hipérboles sobre el "evento cultural del año" en la Isla Cobreña.
—¡Después de días de intensas audiciones aquí en Puerto Libre, tenemos la lista definitiva! —anunció el presentador—. ¡Treinta y dos extraordinarios talentos que competirán por la gloria y un premio que cambiará sus vidas! ¡Veremos actos increíbles, misterios insondables! La competencia se organizará en ocho grupos de cuatro, ¡solo los dos mejores de cada grupo pasarán a la siguiente ronda de dieciséis! Y recuerden, a partir de esa ronda, ¡su voto por internet será crucial junto al de nuestro prestigioso jurado!
La pantalla empezó a mostrar imágenes rápidas o nombres de los clasificados. Magos con chistera, mentalistas con miradas penetrantes, escapistas sonrientes... un desfile de clichés y esperanzas.
—¡Mira, ese el de la túnica! —comentó Teo, señalando a la pantalla.
Yo esperaba, con mi rostro impasible. Y entonces, apareció. Una imagen fija, probablemente capturada por alguna cámara de seguridad de la sala de audiciones. Mi figura enmascarada, oscura, estática. Y el nombre debajo: EL REY NEGRO.
—¡Ala! ¡Ese! ¡El de la máscara rara! —exclamó Teo, girándose hacia mí con los ojos muy abiertos—. ¡Pasó! ¿Te imaginas qué hará?
Le lancé una mirada rápida y severa, un aviso silencioso para que se callara. Él captó el mensaje y cerró la boca, aunque la excitación seguía brillando en sus ojos. Patricia levantó la vista de su revista con curiosidad. Alexandra dejó de teclear por un instante, observando la imagen en la pantalla con una expresión indescifrable. El Mayor sorbió su licor, sin mostrar reacción.
—Y para evaluar a estos maestros de lo imposible —continuó el presentador—, ¡contaremos con un jurado de excepción! Productores, artistas y, como presidente del jurado, ¡el regreso más esperado a la televisión de la Isla Cobreña! ¡El hombre cuyos trucos desafiaron la lógica y cuya mente es tan aguda como sus ilusiones! ¡El inimitable... Magnus!
La pantalla mostró la imagen de un hombre de mediana edad, cabello canoso peinado hacia atrás, vestido con un traje impecable. Tenía una mirada intensa, inteligente, y una sonrisa apenas esbozada que sugería saber mucho más de lo que mostraba. Reconocí el rostro al instante; su programa de televisión había sido muy popular años atrás, antes de que desapareciera misteriosamente del ojo público. Se decía que era brillante, calculador, y absolutamente despiadado con los ilusionistas mediocres.
Magnus... Así que el gran maestro volvía a escena. Esto complicaba las cosas. Engañar a un público crédulo o a unos jueces de medio pelo era una cosa. Engañar a alguien como Magnus, un verdadero conocedor de los secretos del oficio, y quizás de otros secretos, sería un desafío mucho mayor. Pero también... una victoria más dulce.
El segmento terminó con más fanfarria y promesas de un espectáculo inolvidable. Teo empezó a hablar sobre lo "genial" que sería el show. Patricia suspiró, quizás pensando en problemas más reales. Alexandra volvió a su laptop. El Mayor apuró su bebida en silencio.
Y yo... yo estaba dentro. El Rey Negro había superado la primera puerta. El juego del "Desafío Ilusorio" había comenzado oficialmente. Y tenía un nuevo y formidable adversario en el horizonte: Magnus.
Mientras Teo seguía comentando emocionado sobre los clasificados y especulando sobre los posibles trucos de "El Rey Negro", sentí que era el momento de retirarme. Necesitaba estar solo, pensar, planificar. Y, sobre todo, comprobar algo.
—Bueno, creo que me iré a descansar —anuncié, levantándome del sofá—. Fue un día largo con lo de la preparatoria y... el estudio.
—Claro, Baltazar, descansa —dijo Patricia amablemente—. Mañana será otro día.
—Buenas noches —murmuré, y me dirigí a mi habitación, ignorando la mirada interrogante de Teo.
Una vez dentro, con la puerta cerrada y el pestillo echado, saqué la funda de cuero de debajo de mi camisa. Extraje el cristal. Bajo la luz artificial de la lámpara, parecía... apagado. El débil pulso luminoso que había notado la noche anterior había desaparecido por completo. Era solo una piedra hermosa y extrañamente perfecta, pero inerte.
Con una creciente inquietud, busqué el clip que había usado para mis experimentos. Coloqué el cristal en la palma de mi mano, asegurándome del contacto directo con la piel, y me concentré en el clip que había dejado sobre el escritorio. Levita.
Nada.
Me concentré más, visualizando la fuerza, recordando la sensación de control mental. Sube.
El clip permaneció inmóvil. Probé con la pequeña llave metálica. Tampoco hubo reacción. La fuerza, la "potencia" que había sentido tan vívidamente, se había esfumado.
Mi teoría... la conexión con la luna... tenía que ser eso. El cristal había estado oculto todo el día bajo mi ropa. Se había descargado, como una vulgar batería.
Sentí una mezcla de alivio y pánico. Alivio por entender (o creer entender) el mecanismo, por tener una explicación. Pánico al darme cuenta de la dependencia, de la limitación de este poder. Si necesitaba la luna para "recargarlo", ¿qué pasaría en noches nubladas, o durante el día? ¿Cuánto duraba la carga? ¿Cuánto tardaba en recargarse? Demasiadas incógnitas.
Pero una cosa era segura: necesitaba exponerlo a la luna. Ahora. Antes de que las nubes volvieran a cubrirla, antes de que amaneciera. Esperar a la noche siguiente era arriesgado.
Fui a la ventana de mi habitación. Daba a una parte trasera del jardín y, justo debajo, había un tejado inclinado que cubría una extensión de la planta baja, quizás un porche o un garaje. No parecía una escalada demasiado complicada, y me ofrecería una visión clara del cielo nocturno, lejos de las miradas indiscretas de la casa.
Era arriesgado salir así, con el toque de queda aún vigente en Puerto Libre, pero la necesidad de entender y controlar el cristal era más fuerte. Tomé la funda con el cristal, me aseguré de que estuviera bien sujeta a mi cuello y oculta. Con cuidado, abrí la ventana sin hacer ruido. El aire nocturno, fresco y húmedo, entró en la habitación.
Miré hacia abajo, calculando la distancia, buscando los puntos de apoyo. Era hora de una pequeña excursión nocturna.
Con cuidado, abrí la ventana sin hacer ruido. El aire nocturno, fresco y húmedo, entró en la habitación. Miré hacia abajo, calculando la distancia, buscando los puntos de apoyo. Salí al tejado inclinado con la agilidad silenciosa que había cultivado moviéndome por los márgenes de la ciudad.
Me senté en una zona plana cerca de la cumbrera, oculto por la sombra de una chimenea. Saqué el cristal de su funda y lo coloqué sobre una teja, donde el pálido resplandor de la luna le daba de lleno. Esperé, observando cómo la piedra parecía absorber la luz, aunque el pulso luminoso aún no regresaba o era demasiado débil para verlo a simple vista. ¿Cuánto tiempo necesitaría?
El silencio de la noche era casi absoluto, roto solo por el lejano rumor del tráfico y el canto de algún grillo solitario. Estaba concentrado en el cristal, en mis pensamientos sobre el poder, la apuesta con Milagros, la cita fallida con Sandra... cuando un movimiento periférico llamó mi atención.
Agudicé la vista, escudriñando la fachada lateral de la casa, la que daba al jardín vecino. Una sombra. Una figura oscura que se movía con una agilidad increíble, casi inhumana. No estaba usando una escalera; estaba trepando por la pared, aprovechando salientes, tuberías, el marco de las ventanas, con la fluidez y la velocidad de alguien que practicara parkour de forma experta.
Mi primer instinto fue de alarma. ¿Un ladrón? ¿Alguien que venía por mí? ¿Por el Mayor? Pero la figura no se dirigía a mi ventana ni a la del estudio del padre de Teo. Se dirigía, sin dudarlo, hacia una ventana específica en el segundo piso: la ventana que, por la distribución de la casa que había observado, correspondía a la habitación de Alexandra.
Observé, fascinado y tenso. La figura llegó a la ventana, forzó o abrió algo (no pude verlo con claridad desde mi ángulo) y se deslizó hacia el interior con una rapidez silenciosa. Luego, la ventana se cerró desde dentro. Todo en cuestión de segundos.
Me quedé inmóvil en el tejado, procesando lo que acababa de ver. No era un ladrón común. Era alguien que sabía exactamente a dónde iba, alguien con una habilidad física extraordinaria, y alguien que entraba en la habitación de Alexandra en mitad de la noche como si tuviera derecho a hacerlo. El novio. Tenía que ser él. El misterioso salvador de la protesta.
Así que la hija del Mayor, la crítica del sistema, recibía visitas clandestinas de un acróbata nocturno. ¿Sabrían sus padres? Probablemente no. ¿Qué hacían allí dentro? ¿Era una simple visita romántica, o algo más?
Continuará…
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