Yo, Baltazar – Capítulo 7🎩⚫
VII “The theft” El sol de la tarde empezaba a descender cuando llegué al café cerca del puerto viejo. El día en la preparatoria había sido largo, una actuación constante para mantener mi fachada ante Teo, ignorar a Milagros y evitar a los…
VII
“The theft”
El sol de la tarde empezaba a descender cuando llegué al café cerca del puerto viejo. El día en la preparatoria había sido largo, una actuación constante para mantener mi fachada ante Teo, ignorar a Milagros y evitar a los matones de Flavio. Ahora, me preparaba para otra actuación, una más compleja, más íntima.
Elegí una mesa al fondo y pedí un café solo. Esperé, observando a los pocos clientes, la mayoría trabajadores del puerto tomando un descanso. Puntual, a las cuatro, Sandra entró. Llevaba ropa sencilla, vaqueros y una blusa discreta, en sus manos se aferraba un bolso algo desgastado. Sus ojos color miel me buscaron, y cuando me encontró, vi duda y una extraña determinación en su mirada.
Se acercó y se sentó frente a mí.
—Gracias por venir, Sandra —dije, rompiendo el silencio.
—Dijiste que querías hablar —respondió, su voz baja.
—Sí. Estuve pensando en... nuestra conversación de hace dos noches. Y en el libro. El Banquete. Pareció... importante para ti.
Ella asintió, con la mirada fija en el bolso que tenía sobre el regazo.
—Lo es.
—La forma en que reaccionaste cuando leí... —continué, observándola con atención—. Me hizo pensar que quizás... te gustaría escuchar un poco más. Si tú quieres, claro.
Sus ojos se levantaron para encontrarse con los míos, y vi un destello de esperanza en ellos.
—¿De verdad harías eso? Yo... —vaciló un instante, y luego abrió su bolso. Sacó con cuidado el viejo volumen de Platón encuadernado en cuero—. Lo traje. Por si acaso.
Así que esa era su esperanza. Que yo le ofreciera precisamente esto. Mi lectura como bálsamo. Interesante.
—Veo que sí te interesaba —dije, tomando el libro que me ofrecía. Su peso familiar, sus páginas gastadas...—. Bien. Busquemos otro pasaje.
Abrí el libro, buscando uno diferente. Comencé a leer en latín, mi voz sonando extrañamente íntima en el murmullo del café.
—"Quisquis amat, videt pulchritudinem..." —leí despacio, y luego traduje—. "Quien ama, ve la belleza... No la belleza superficial, sino la esencia... la idea de la belleza misma que reside en el alma..."
Continué por unos minutos. Sandra escuchaba absorta, con una expresión de paz melancólica suavizando sus rasgos. Era como si las palabras la envolvieran, la protegieran del mundo exterior, conectándola con el recuerdo de su esposo, con un tiempo mejor. El poder de la palabra... o quizás, el poder de la necesidad de creer en algo.
Cuando terminé y cerré el libro, ella suspiró profundamente, como despertando de un sueño.
—Gracias... —murmuró—. Es... es como una medicina.
Comprendí entonces la profundidad de su dependencia emocional de ese libro, de lo que representaba. Y confirmé mi sospecha: era una mujer rota buscando consuelo.
—Baltazar... —dijo, mirándome con una nueva resolución—. Sé que no puedes ayudarme con... lo otro. El dinero para la operación. Y yo no tengo cómo pagarte por esto... por tu tiempo, por leerme.
Hizo una pausa, reuniendo valor.
—Pero... puedo ofrecerte lo único que tengo. Mi cuerpo. Si... si estás dispuesto a seguir leyendo para mí, de vez en cuando... yo... estaré disponible para ti. Cuando quieras.
Me quedé mirándola, genuinamente sorprendido por la crudeza de su oferta. Sexo a cambio de filosofía en latín. Una transacción desesperada, nacida de la necesidad y la soledad. Mi primera reacción fue una oleada de frío cálculo: una oferta fácil y un cuerpo disponible. Pero, casi al instante, otra idea, más refinada, más... maquiavélica, tomó forma en mi mente. El control físico era burdo, efímero. El control psicológico, la dependencia emocional... eso era poder de verdad.
Apoyé los codos en la mesa, juntando las yemas de los dedos, adoptando un aire pensativo.
Evité mirar a su escote que se mostraba bastante provocativo, ese lunar encima de sus senos seguía siendo una particularidad.
—Sandra —dije, con mi voz tranquila, casi suave, desarmando la tensión sexual que su oferta había creado—. Aprecio tu... franqueza. Y entiendo la difícil situación en la que te encuentras.
Ella me miró, sin comprender, con la esperanza y la desconfianza luchando en sus ojos color miel.
—Pero creo —continué— que mezclar... eso —hice un gesto vago— con la lectura del libro, con la paz que parece traerte, sería... un error. Contaminaría la experiencia, ¿no crees? Le quitaría ese valor especial que tiene para ti, ese vínculo con tu esposo.
Vi cómo la confusión se apoderaba de su rostro. Claramente, no esperaba un rechazo, y menos uno envuelto en una aparente preocupación por su bienestar emocional.
—Entonces... ¿no vas a...? —comenzó a decir, sin saber cómo terminar la frase.
—No voy a aceptar esa forma de pago —confirmé—. Pero eso no significa que no esté dispuesto a seguir leyendo para ti. De vez en cuando.
Un destello de alivio, seguido de una profunda perplejidad, cruzó su mirada.
—¿Pero... por qué? ¿Qué quieres a cambio, entonces? No tengo dinero, Baltazar.
—No quiero tu dinero, Sandra —dije, inclinándome un poco más—. Quiero algo diferente. Algo que quizás solo tú puedes darme.
—¿El qué? —preguntó, alerta de nuevo.
—Información. Observaciones. Eres una mujer inteligente, y estás en lugares... interesantes. El restaurante, el club... Ves gente, oyes conversaciones. Quiero que seas mis ojos y mis oídos.
—¿Espiar? ¿Quieres que espíe a mis clientes?
—No exactamente espiar —matice, con una sonrisa tranquilizadora—. Solo... observar. Estar atenta. Si ves algo inusual, si oyes hablar de ciertos... grupos —dejé la palabra "Congregación" flotando implícitamente—, si notas movimientos extraños, gente poderosa actuando de forma sospechosa... quiero que me lo cuentes. Pequeños detalles. Cosas que a otros les parecerían insignificantes. A cambio... yo te ofreceré un poco de esa paz que buscas. Unos minutos de Platón, de vez en cuando.
Sandra me miró fijamente, procesando la propuesta. Era un trato extraño, indefinido, pero jugaba directamente con su necesidad más profunda y no le exigía vender la única mercancía tangible que poseía. Era una deuda más sutil, pero quizás más difícil de saldar.
—¿Solo... observar y contarte? —preguntó, todavía incrédula.
—Solo eso —confirmé—. Piensa en ello como un intercambio justo. Tu perspectiva única por la mía.
Ella asintió lentamente, la tensión abandonando sus hombros. Parecía aliviada, aunque profundamente confundida por mi actitud.
—Está bien, Baltazar —dijo—. Lo haré. Observaré.
—Bien —dije, poniéndome de pie—. Tengo que irme. Te contactaré para la próxima... lectura. Estate atenta.
Le dediqué una última mirada, una mezcla de amabilidad y advertencia implícita, y salí del café, dejándola sola con su taza vacía y un trato mucho más complejo de lo que probablemente imaginaba.
Caminé de regreso hacia la casa de Teo. La oferta de Sandra había sido inesperada, pero mi respuesta había sido, si cabe, aún mejor. Había rechazado el pago fácil y burdo, y a cambio, había establecido una relación de dependencia emocional y potencialmente informativa. Sandra, buscando consuelo en Platón, se había convertido, sin saberlo, en una posible agente en mi red de observación. A veces, la manipulación más efectiva es la que se viste de comprensión.
El sol de la tarde aún bañaba las calles, pero mi plan inmediato cambió al acercarme a la zona residencial de los Valverde. Allí estaba de nuevo, inconfundible: el coche negro con lunas polarizadas, aparcado en una esquina estratégica, observando la casa.
No podía arriesgarme a entrar ahora. Pero desaparecer toda la noche levantaría sospechas y preocuparía innecesariamente a Patricia, poniendo en peligro mi precario refugio. Tenía que mantener la fachada del buen invitado, del estudiante responsable.
Me detuve en una cabina telefónica (más segura que mi propio celular para mensajes rápidos y sin importancia) y envié un mensaje conciso a Teo:
"Teo, me quedo un rato más en la biblioteca repasando para el simulacro. Llegaré para la cena o un poco después. No te preocupes."
Eso me compraba unas horas. Decidí caminar por las calles adyacentes, manteniendo una distancia prudencial de la casa de Teo y del coche negro, pero permaneciendo en la zona. Necesitaba observar, entender la atmósfera de la ciudad antes de volver.
El aire olía cada vez más a conflicto. Se escuchaban cánticos, sirenas lejanas. Grupos de personas se reunían en las plazas, discutiendo acaloradamente. Vi patrullas militares tomando posiciones. La tensión era eléctrica. Me moví con cautela, buscando las sombras, convirtiéndome en un observador invisible.
Cerca del parque central del distrito, la situación era más volátil. Un cordón policial bloqueaba el acceso a una de las avenidas principales, y frente a ellos, un grupo numeroso de manifestantes, principalmente jóvenes, gritaba consignas. Vi varias facciones: estudiantes con pancartas improvisadas, grupos sindicales, y otros más... peculiares.
Entre ellos, distinguí un grupo de unas diez o doce mujeres jóvenes, apartadas del núcleo más violento de la protesta, pero observando con intensidad. Llevaban pañuelos o "franelas" cubriéndoles la boca y la nariz, un gesto común en las protestas de Puerto Libre para protegerse del gas y evitar ser identificadas fácilmente. Pero incluso con el rostro parcialmente cubierto, reconocí a una de ellas. Su postura erguida, la elegancia innata de sus movimientos incluso en ese entorno caótico, el brillo oscuro de sus ojos por encima del pañuelo... Era Alexandra. La hija del Mayor, la hermana de Teo.
¿Qué hacía ella aquí? ¿Acaso es una niña rica jugando a la revolucionaria? ¿O había algo más? Me quedé observándola desde la distancia, intrigado.
De repente, el caos estalló. Los manifestantes avanzaron, la policía respondió con una carga. Volaron objetos. Y entonces, lo vi: una granada de gas lacrimógeno, lanzada con torpeza por un agente nervioso, volando directamente hacia el grupo donde estaba Alexandra. Las otras chicas gritaron y se dispersaron, pero Alexandra pareció quedarse paralizada por un instante, mirando el proyectil que giraba en el aire.
Mi mente se aceleró. ¿Intervenir? Era arriesgado. Podía ser visto, identificado, meterme en problemas con la policía, con la familia Valverde... ¿Por qué hacerlo? Ella no era mi responsabilidad. Pero entonces... la imagen de Alexandra, tan diferente a las mujeres que solía frecuentar, tan representativa de ese mundo de clase, belleza y estabilidad al que yo nunca había pertenecido... Un impulso irracional, una fantasía enterrada bajo capas de cinismo, surgió. La idea de ser su salvador, de ganar su gratitud, de acercarme a ese ideal que, en el fondo, todo hombre parecía desear... aunque fuera una ilusión. Ganar puntos, me dije a mí mismo, intentando racionalizar el impulso. Era una oportunidad estratégica.
Tomé la decisión en una fracción de segundo. Me impulsé hacia adelante, esquivando a la gente que huía en pánico, calculando la trayectoria de la granada, mi objetivo era llegar a Alexandra antes de que impactara.
—¡Alexandra, cuidado! —grité, aunque mi voz estaba perdida en el estruendo general.
Estaba a solo un par de metros, a punto de abalanzarme sobre ella para quitarla del camino, cuando una sombra surgió de la multitud a mi izquierda. Se movió con una velocidad y agilidad sorprendentes, casi felinas. Un chico joven, de complexión atlética y rostro atractivo incluso en medio del caos, llegó hasta Alexandra una fracción de segundos antes que yo.
Con un movimiento rápido y seguro, la agarró por el brazo y tiró de ella hacia atrás, apartándola de la trayectoria del proyectil justo cuando este golpeaba el pavimento y liberaba su carga irritante.
Me detuve bruscamente, sintiéndome extrañamente expuesto y... redundante. El gas comenzó a picar en mis ojos y garganta.
A través del humo que empezaba a formarse, vi al recién llegado decir algo a Alexandra, su rostro estaba cerca del de ella, con una expresión de urgencia y preocupación. Ella asintió, tosiendo, y se aferró a su brazo. Él le devolvió una mirada rápida, protectora, y luego, sin siquiera reparar en mi presencia cercana, la guió rápidamente lejos del foco principal de los disturbios, perdiéndose entre la multitud que se dispersaba.
Observé la escena con una mezcla de frustración y fría curiosidad analítica. Mi "heroico" rescate había sido frustrado por un competidor inesperado y más eficiente. ¿Quién era ese chico? Se movía con la confianza de un atleta, y su interacción con Alexandra... no era la de un extraño. La forma en que la agarró, la mirada que intercambiaron, la facilidad con que ella se dejó guiar por él... Se conocían. Bien, probablemente. ¿Amigos? Posiblemente. ¿Algo más? Muy probable. El novio del que hablaba Teo, quizás, el que le caía mal.
Así que la princesa en apuros ya tenía a su caballero andante. Y yo... yo era solo un espectador más en su melodrama. La idea de "ganar puntos" se disolvió, reemplazada por el cálculo frío. Alexandra, acababa de volverse más complicada, protegida por un guardián inesperado.
El gas lacrimógeno se hizo más denso. Mis ojos lloraban, mi garganta ardía. Ya no tenía nada que hacer allí. Di media vuelta y me alejé de la avenida principal, buscando las calles secundarias, dejando atrás el caos de la protesta y mi fallido intento de intervención.
Era hora de volver a la casa de Teo. La fachada del estudiante aplicado y huésped agradecido me esperaba. Y, por lo visto, tendría que ser más sutil y paciente en mis movimientos dentro de esa familia.
Para evitar las patrullas y los posibles remanentes de los disturbios en las avenidas principales, decidí cortar camino por una red de calles más estrechas y antiguas, un laberinto que, esperaba, me llevaría más rápido a la zona residencial. El plenilunio era opacado por las nubes condensadas en lo alto del firmamento, mientras que la bulliciosa (y ahora caótica) ciudad quedó atrás cuando me sumergí por estas calles poco transitadas. Sumergido en pensamientos sobre mi futuro incierto, sobre el cristal, sobre Sandra, sobre Alexandra y su misterioso salvador, me vi obligado a detener mis pasos de manera imprevista.
Me había adentrado en un suburbio que no conocía bien. Las farolas aquí estaban rotas o no funcionaban, y en cada esquina que miraba solo encontraba sombras oscuras que desprendían una inquietud constante. Este es el resultado de intentar ser demasiado listo, de desviarse del camino conocido en una ciudad bajo tensión, pensé.
Inflé el pecho, intentando aparentar una confianza que no sentía, y me aventuré hacia una de las tenebrosas calles. Entonces maldije en mis adentros al percatarme de que una persona de aspecto siniestro salió de uno de los incontables callejones para luego seguir mi ruta, caminando unos metros detrás de mí. La vacilación mató al impala, dice el proverbio africano que leí en alguna parte. No demoré más tiempo en cuestionar sus intenciones. Aceleré el paso, buscando una salida, una calle más iluminada. Pero fue inútil. Por detrás de un muro bajo apareció una segunda persona, también de aspecto ruin, y como un lobo acechando a su presa, me cortó el paso.
Es ahí cuando me vi rodeado. Sin escapatoria. Me temí lo peor. Me tocó vivir en carne propia la sensación apremiante a la que estaban expuestos cientos de personas en Puerto Libre ante la falta de miembros de seguridad en las calles, desviados para contener las protestas o simplemente ausentes. Esto me llenó de pesimismo y rabia contenida.
—Dame todo lo que tengas —me dijo el vago con capucha que me había cortado el paso, a la vez que sacaba una pistola oxidada que llevaba escondida debajo de su polera ancha—. ¡Si no, me veré obligado a llenarte de plomo!
—¡Vamos!, haz lo que te dice —agregó el otro, el que me seguía, mientras sentí un dolor punzante en mi espalda, probablemente la punta de una navaja presionando contra mi riñón.
En ese instante se sintió tensión en el ambiente. El dolor en mi espalda se hizo más grande cuando vieron que no hacía ningún movimiento inicial, mi mente trabajó a toda velocidad para evaluar la situación.
—Tranquilos, amigos —dije en tono conciliador, levantando lentamente las manos para mostrar que no era una amenaza, mientras, con un movimiento casi imperceptible, deslizaba mi celular desde el bolsillo de la chaqueta hacia el interior de la manga de mi jersey—. Soy solo un estudiante, no tengo mucho.
Mantuve las manos levantadas. El que estaba detrás empezó a rebuscar bruscamente en mis bolsillos. Encontró solo unas pocas monedas sueltas, el cambio del café. Ni siquiera llevaba una billetera encima, mis ahorros estaban bien guardados en la mochila, en casa de Teo. Hizo un gesto de decepción y frustración. Pensé que quizás procederían a retirarse, decepcionados por el escaso botín. En ese instante, sentí un dolor fuerte en el estómago, un golpe seco que me dobló y me dejó sin aire.
—Eso te pasa por pobre —mencionó el de la pistola en un tono de desagrado, a la vez que se alejaba con su compañero, desapareciendo tan rápido como habían aparecido en la oscuridad del callejón.
Me quedé allí, apoyado contra la pared, recuperando el aliento. Creo que me dolió más la impotencia que tuve en ese instante, la vulnerabilidad, que el golpe físico o la pérdida insignificante de las monedas. Ser reducido a eso, a una víctima anónima en una calle oscura... Era inaceptable. Pero, afortunadamente, había logrado despistarlos por un instante, consiguiendo salvar mi celular al meterlo en la manga de mi jersey. Al levantar las manos, evité que buscaran por esa zona. Una pequeña victoria táctica en medio de la derrota.
Me enderecé, adolorido pero entero. La ciudad me había recordado, de la forma más cruda, que los peligros no solo acechaban en las altas esferas del poder o en los misterios de un cristal antiguo. El peligro estaba también en la calle, en la desesperación, en la oscuridad. Tenía que salir de allí. Tenía que llegar a la casa de Teo.
El regreso fue una odisea de sombras y cautela. Evité las avenidas principales, optando por el laberinto de calles secundarias. El coche negro no volvió a aparecer, pero la sensación de ser observado no me abandonó. Finalmente, llegué a la calle de los Valverde. Todo parecía tranquilo.
Decidí usar la puerta trasera de nuevo. Manipulé la cerradura con la mayor delicadeza posible y me deslicé dentro de la casa silenciosa. La oscuridad del interior era casi total, rota solo por una débil luz que provenía de la sala de estar.
Me moví sigilosamente por el pasillo, intentando llegar a las escaleras sin hacer ruido, cuando la vi. Patricia estaba arrodillada en la sala, frente a un pequeño altar improvisado en una esquina, con un par de velas encendidas y una imagen religiosa. Susurraba una oración, con sus manos entrelazadas, su rostro bañado por la luz trémula de las velas mostraba una profunda angustia. Rezaba por su marido, sin duda.
El crujido de una tabla bajo mis pies la sobresaltó. Se giró rápidamente, sus ojos agrandados por el miedo inicial, que se transformó en sorpresa y luego en alivio al reconocerme.
—¡Baltazar! —susurró, levantándose y acercándose a mí—. ¡Me tenías preocupada! Teo me dijo que te quedarías estudiando, pero ya es muy tarde... y con cómo están las cosas en la ciudad... y mi esposo que no llega...
—Lo siento, Patricia —dije, bajando la voz—. Perdí la noción del tiempo en la biblioteca y al volver... tuve un... percance.
—¿Un percance? ¿Estás bien? ¿Te pasó algo? —su preocupación era genuina, maternal.
Dudé por un instante. Revelar la verdad me hacía vulnerable, pero quizás también podía usarlo a mi favor, ganarme su simpatía, reforzar mi papel de "chico bueno" en apuros.
—Me asaltaron —confesé, con un tono neutro—. Cerca de aquí. Un par de tipos... querían dinero.
—¡Dios mío! —exclamó, llevándose una mano a la boca—. ¿Te hicieron daño? ¿Te robaron mucho?
—No, tranquila. Eran aficionados. Les di las pocas monedas que tenía y... bueno, tuve que pensar rápido para que no encontraran el celular —expliqué, omitiendo el golpe—. Todo está bien.
—¡Qué inteligente! —dijo ella, y en sus ojos vi una chispa de admiración mezclada con la preocupación—. Pero... ¿te golpearon? Déjame ver. A veces uno no siente el daño por la adrenalina.
—No es nada, en serio...
—Insisto, Baltazar —dijo, con una autoridad suave pero firme—. Ven a la cocina, hay más luz.
No pude negarme sin parecer sospechoso o desagradecido. La seguí a la cocina. La luz fluorescente me pareció brutal después de la penumbra.
—Levántate la camisa, por favor —pidió.
Dudé, sintiéndome extrañamente expuesto. Pero obedecí, levantando el jersey y la camiseta que llevaba debajo, revelando el hematoma que empezaba a oscurecerse cerca de mi estómago.
—¡Ay, Dios! Te golpearon fuerte —dijo, acercándose. Tomó un paño limpio, lo humedeció y empezó a limpiar suavemente alrededor de la marca—. Esto necesita una crema. Espera aquí.
Desapareció un momento y volvió con un pequeño tubo de pomada antiinflamatoria. Puso una cantidad generosa en sus dedos y, con una delicadeza que me tomó completamente por sorpresa, comenzó a aplicarla sobre mi piel, masajeando suavemente la zona golpeada.
Su tacto era... inesperado. Suave, cálido, tierno. Un contacto físico desprovisto de la tensión sexual del club o de la hostilidad de la pelea. Era un cuidado casi olvidado, un eco lejano de una ternura que apenas recordaba. Cerré los ojos por un instante, invadido por una extraña mezcla de sensaciones: el dolor sordo del golpe, el frescor de la crema y la calidez de sus dedos...
Fue entonces cuando lo sentí. Una reacción involuntaria, primitiva, vergonzosa. Un endurecimiento inconfundible en mi entrepierna, una respuesta física a esa proximidad inesperada, a esa ternura que mi cuerpo no sabía cómo procesar. Abrí los ojos de golpe, pude ver su escote expuesto y su rostro refinado, se me vino a la mente las imágenes de ella viendo a su hijo masturbándose…
Era pánico mezclándose con la confusión y un deseo inapropiado. Ella seguía concentrada en aplicar la crema, su rostro cerca del mío, ajena (o eso esperaba desesperadamente) a la traición de mi cuerpo.
Ella seguía concentrada en aplicar la crema, con su rostro cerca del mío, ajena (o eso esperaba desesperadamente) a la traición de mi cuerpo.
Pero entonces, su mano, al terminar el suave masaje sobre el hematoma, rozó accidentalmente la cinturilla de mi pantalón al retirarse. Sentí cómo sus dedos se detenían por una fracción de segundo, una pausa casi imperceptible.
Su respiración se entrecortó levemente. Sus ojos se apartaron bruscamente de mi estómago y se encontraron con los míos por un instante fugaz, dilatados por la sorpresa y, quizás, la confusión o la incomodidad, antes de desviarse rápidamente hacia el tubo de pomada que sostenía en la otra mano.
Mierda. Lo había notado. El calor subió a mi rostro, una oleada de vergüenza y adrenalina. Mi mente se quedó en blanco, incapaz de formular una excusa, una distracción. El silencio en la cocina se volvió denso, cargado de una electricidad incómoda.
Patricia carraspeó, apartando la mirada definitivamente, su rostro ahora tenía un leve rubor. Abrió la boca, como para decir algo –una pregunta, un reproche, una palabra para romper la tensión, no lo sabía– pero justo en ese instante, el sonido inconfundible de la puerta principal abriéndose y cerrándose resonó desde el recibidor, seguido de pasos rápidos en el pasillo.
—¿Mamá? ¿Sigues despierta? —la voz de Alexandra, clara y un poco agitada, rompió el silencio tenso de la cocina.
Ambos nos sobresaltamos. Patricia retiró la mano como si mi piel quemara y dio un paso atrás, alisándose instintivamente el delantal. Yo bajé mi camisa a toda velocidad, sintiendo un alivio inmenso y culpable por la interrupción.
—¡En la cocina, Ale! —respondió Patricia, con su voz esforzándose por sonar normal, aunque un ligero temblor la delataba—. ¿Todo bien? ¿De dónde vienes a estas horas?
Los pasos de Alexandra se detuvieron en el umbral de la cocina. Nos miró a ambos –a mí, todavía ajustándome la ropa con torpeza, a su madre, con una compostura ligeramente forzada– con una expresión curiosa, inquisitiva. Sus ojos oscuros pasaron de uno a otro, evaluando la escena nocturna.
—Estaba... dando una vuelta —respondió Alexandra, con evasivas. Su ropa estaba ligeramente desaliñada y olía débilmente a humo, quizás de los disturbios—. ¿Qué hacían ustedes?
La pregunta de Alexandra "¿Qué hacían ustedes?" quedó flotando en el aire viciado de la cocina, cargada de una sospecha implícita que hizo que la tensión subiera varios grados. Vi cómo Patricia se enderezaba, su breve momento de confusión o incomodidad por lo ocurrido conmigo se evaporó instantáneamente, reemplazado por la autoridad materna. Ignoró por completo la pregunta de su hija sobre nosotros.
—Eso no es lo importante ahora, Alexandra —dijo Patricia, con su voz firme, aunque teñida de preocupación—. ¿Se puede saber dónde estabas tú? ¡Mira la hora que es! Con la ciudad como está, los disturbios... ¡Estaba muerta de miedo! ¿Te ha pasado algo? ¿Estás bien?
El foco cambió bruscamente. Alexandra, que esperaba una respuesta a su inquisitiva pregunta, se encontró de repente a la defensiva.
—Estoy bien, mamá —respondió, cruzándose de brazos, aunque su mirada seguía siendo desafiante—. Solo salí con unos amigos.
—¿Amigos? ¿A estas horas? ¿Y con este toque de queda? Alexandra, no eres una niña —la voz de Patricia subía de tono—. Ven conmigo a la sala ahora mismo. Tenemos que hablar seriamente.
Patricia tomó a Alexandra del brazo, no con brusquedad, pero sí con una firmeza que no admitía discusión, y la condujo fuera de la cocina. Alexandra me lanzó una última mirada rápida, ilegible, antes de dejarse llevar por su madre hacia la sala de estar, de donde pronto comenzaron a llegar los ecos de una conversación tensa, aunque en voz baja.
Perfecto. La tormenta se había desviado. Aproveché la oportunidad, el momento de distracción familiar. Me deslicé fuera de la cocina como una sombra y subí las escaleras hacia la habitación de invitados tan rápido y silenciosamente como pude.
Cerré la puerta detrás de mí, echando el pestillo de nuevo. Me apoyé contra la madera, respirando agitadamente, no por el esfuerzo físico, sino por el alivio. Había estado cerca. Demasiado cerca. La reacción de mi cuerpo ante la cercanía de Patricia había sido una estupidez, una debilidad peligrosa. Y la interrupción de Alexandra... una suerte inesperada.
Escuché las voces apagadas de Patricia y Alexandra discutiendo en la planta baja. Otra noche, otro drama familiar en la casa Valverde.
Me quité la ropa definitivamente y me metí en la cama. El hematoma en mi estómago palpitaba levemente. Cerré los ojos, pero sabía que el sueño no vendría fácil. Demasiadas cosas habían pasado. Demasiados riesgos. Demasiadas oportunidades. Mañana sería otro día. Otro acto en este teatro absurdo.
Desperté con la luz del sol filtrándose por la ventana y una sensación de irrealidad. La noche anterior parecía un sueño febril: el encuentro con Sandra, el coche negro, los disturbios, el asalto, la tensión en la cocina con Patricia, mi propia reacción vergonzosa... Demasiado para un solo día. Pero la molestia en mi estómago al moverme me recordó que todo había sido muy real.
Bajé a desayunar con cautela, preparándome mentalmente para cualquier residuo de la tensión nocturna. Encontré a Patricia y a Teo ya en la mesa.
—Buenos días, Baltazar —me saludó Patricia con una sonrisa amable, quizás un poco más forzada que de costumbre, pero sin ningún indicio de incomodidad en su mirada—. ¿Descansaste? Tuve que decirle a mi esposo que no te molestara, llegó de madrugada y está recuperando horas de sueño. El trabajo lo tiene agotado con todo lo que está pasando en la ciudad.
—Buenos días. Sí, descansé bien, gracias —respondí, sintiendo un ligero alivio al saber que el encuentro con el Mayor se posponía—. Espero que la situación mejore pronto.
Así que el padre había vuelto, pero dormía. Conveniente. Y Patricia actuaba como si nada hubiera pasado entre nosotros en la cocina. O era una excelente actriz, o había decidido enterrar el incidente bajo una capa de normalidad doméstica.
Alexandra se unió a nosotros poco después. A diferencia de la noche anterior, donde había mostrado una chispa de debate político, hoy estaba notablemente seria y callada. Comió su desayuno rápidamente, respondiendo a los intentos de conversación de su madre con monosílabos, y apenas me miró. La reprimenda nocturna, supuse, había surtido efecto. O quizás había algo más detrás de su actitud sombría.
Estábamos terminando el desayuno cuando sonó el timbre. Patricia se levantó, alisándose el vestido.
—Debe ser ella —murmuró, y fue a abrir.
Unos instantes después, regresó acompañada de una joven. Tenía que admitir que era bastante atractiva: cabello oscuro y liso, piel canela, ojos vivaces y una figura esbelta que un sencillo vestido no lograba ocultar del todo. Parecía un poco nerviosa, quizás intimidada por el entorno.
—Familia, ella es... Isabella —la presentó Patricia—. Es la nueva chica que nos ayudará en casa. Isabella, ellos son mis hijos, Teodoro y Alexandra... y él es Baltazar, un amigo de Teo que se queda con nosotros unos días.
Isabella nos dedicó una sonrisa tímida y un "Buenos días" casi inaudible. Alexandra levantó la vista de su plato, miró a Isabella por un instante con una expresión neutra, y luego volvió a su comida sin decir nada. Teo, en cambio, la miró con un interés más evidente.
—Bienvenida, Isabella —dijo Patricia, con amabilidad—. Ven, te mostraré la casa y te explicaré tus tareas.
Mientras Patricia se llevaba a la nueva sirvienta, Teo se inclinó hacia mí por encima de la mesa.
—Oye —susurró, con una sonrisa cómplice—. ¿A que es guapa?
—Supongo —respondí, indiferente.
—Pues, que no te extrañe —continuó Teo, bajando aún más la voz—. Fue Alexandra quien la recomendó a mis padres. Al parecer, la conoce de algún sitio.
¿Alexandra? ¿Recomendando a la atractiva y joven sirvienta? Eso sí era inesperado. Miré de reojo la espalda de Isabella mientras desaparecía con Patricia por el pasillo. Una recomendación de Alexandra... ¿De dónde se conocían? ¿Una amiga en apuros? ¿O algo más? La dinámica de esta casa se volvía más intrigante a cada momento. Otra pieza más, otra conexión oculta que investigar.
Terminé mi café. Otro día en la preparatoria me esperaba. Y por la tarde, la cita con Sandra. Y en algún momento, tendría que averiguar más sobre unas minas abandonadas y un cristal imposible. Definitivamente, la vida en casa de los Valverde no iba a ser aburrida.
Volví a la preparatoria acompañando a un Teo inusualmente callado. El aire en los pasillos seguía cargado de rumores sobre los disturbios y la presencia policial en Puerto Libre, pero hoy había una capa adicional de expectación: Miss Roxy volvía a clase.
Al entrar al aula, mi mirada barrió el espacio. Localicé a Milagros, ya sentada, absorta (o fingiendo estarlo) en un libro. Luego, mi vista se posó en Flavio. Había vuelto. Tenía un aspecto terrible: un ojo ligeramente hinchado con un tono violáceo y un corte en el labio que intentaba disimular sin éxito. Me dedicó una mirada cargada de odio puro antes de apartar la vista. Sus dos secuaces, sentados cerca, parecían incómodos. Bien. El mensaje había sido recibido.
Y al frente, Miss Roxy. Impecable como siempre, con un traje de chaqueta profesional y una sonrisa amable que parecía ensayada. No había rastro de la mujer coqueta y algo desesperada de la fiesta, ni de la amante clandestina del director. Una máscara perfecta. Evitó mi mirada cuando entré.
Nos sentamos. Teo parecía aliviado de que Flavio no intentara nada de inmediato. La clase comenzó, y tras unos comentarios generales sobre la importancia del esfuerzo final, Miss Roxy sacó una pila de papeles.
—Tengo aquí los resultados y los diplomas del último examen de práctica general que hicieron —anunció, con su voz clara y profesional resonando en el silencio—. Hubo muy buenas notas en general, lo cual es alentador, pero también algunas áreas que necesitan mejorar antes del simulacro oficial.
Comenzó a llamar nombres, entregando los papeles con comentarios breves. La tensión crecía. Finalmente, llegó a los primeros puestos.
—...y en primer lugar, con un puntaje sobresaliente... tenemos un empate —hizo una pausa, mirando alternativamente en dirección a Milagros y luego a mí—. ¡Un fuerte aplauso para Milagros y para Baltazar! ¡Felicidades a ambos por su excelente desempeño!
Un aplauso disperso y algo forzado recorrió el aula. Vi a Flavio apretar los puños, con su rostro enrojecido de rabia. Mónica le susurró algo al oído, probablemente veneno. Teo me dio un codazo discreto, sonriendo con admiración.
Milagros se levantó con su habitual elegancia contenida para recoger su diploma, ofreciendo una sonrisa educada a Miss Roxy. Cuando me levanté yo, nuestros caminos se cruzaron brevemente. Sus ojos oscuros se encontraron con los míos por un instante; no había desprecio, tampoco felicitación. Solo una expresión neutra, quizás algo tensa, antes de volver a su asiento. Compartir el primer puesto con ella... era una ironía que me irritaba y, extrañamente, me satisfacía.
Miss Roxy me entregó mi diploma con una sonrisa profesional, pero sus ojos contuvieron un brillo fugaz, casi imperceptible. ¿Un recuerdo de la fiesta? ¿Una advertencia? Imposible saberlo.
—Felicidades, Baltazar —dijo en voz baja—. Sigue así.
Volví a mi sitio.
—Ahora, chicos —continuó Miss Roxy, dirigiéndose a toda la clase—. Estas felicitaciones son importantes, pero no podemos dormirnos en los laureles. Como saben, el simulacro oficial de admisión a la universidad está a la vuelta de la esquina. Y lo que es más importante, apenas nos quedan... —consultó un calendario— sí, apenas dos semanas de clases aquí en la preparatoria. Dos semanas para el último empujón, para despedirse, para prepararse para la siguiente etapa. Aprovechen este tiempo.
Dos semanas. El plazo era corto. La universidad, la independencia... o el fracaso. Y mientras tanto, tenía que lidiar con un cristal misterioso, una ciudad al borde del caos, una familia ajena llena de secretos, una prostituta con una oferta extraña y una rival académica que compartía conmigo el primer puesto.
Durante la siguiente hora de clase –una soporífera lección de historia de la Isla Cobreña que apenas escuché–, noté algo más. Las miradas de Milagros. No eran constantes, pero sí recurrentes. Un vistazo rápido cuando creía que yo no miraba, una mirada que se desviaba bruscamente si nuestros ojos amenazaban con encontrarse. ¿Curiosidad? ¿Hostilidad? ¿O el simple nerviosismo después de nuestro empate y el incidente en la biblioteca?
Cuando sonó el timbre para el recreo, decidí averiguarlo. La vi dirigirse hacia un rincón más tranquilo del patio, lejos del bullicio de Flavio y su grupo menguante. Me acerqué a ella con paso deliberado.
—¿Disfrutando de las mieles del... primer puesto compartido, Milagros? —dije, deteniéndome frente a ella, con mi voz cargada de una ironía apenas disimulada—. O quizás, ¿necesitas ayuda con alguna otra proyección estereográfica?
Levantó la vista de un libro que fingía leer. Sus mejillas se tiñeron de un leve rubor, un detalle que registré con satisfacción. Pero su mirada, tras la sorpresa inicial, se endureció.
—No digas estupideces, Baltazar —replicó, cerrando el libro de golpe—. ¿A qué viene esa arrogancia repentina? Un golpe de suerte en un examen no te convierte en un genio.
—¿Suerte? —repetí, fingiendo ofensa—. Creí que habíamos demostrado estar al mismo nivel. O quizás... ¿te molesta compartir la cima?
—Lo que me molesta es tu actitud —contraatacó, poniéndose de pie, enfrentándome—. Te crees superior ahora, ¿verdad? Solo porque resolviste un problema y sacaste una buena nota.
—La confianza se basa en resultados, Milagros —dije, encogiéndome de hombros—. Y los resultados dicen que estamos empatados.
—Eso lo veremos —dijo ella, sus ojos oscuros brillando con un fuego competitivo—. Queda el simulacro oficial. La prueba de verdad.
—Ah, ¿un desafío? —sonreí—. Me gustan los desafíos.
—Pues te propongo algo más que un simple desafío académico —dijo ella, y su voz, aunque firme, tenía un ligero temblor que delataba su nerviosismo o la audacia de su propuesta—. Hagamos una apuesta.
—¿Una apuesta? ¿Sobre el simulacro? —pregunté, arqueando una ceja, genuinamente intrigado—. ¿Y qué apostamos? ¿Dinero? ¿Libros?
—Algo mucho más... interesante —respondió, y una extraña sonrisa tiró de sus labios—. Quien saque la nota más baja en el simulacro... tendrá que declararse.
—¿Declararse?
—Sí —confirmó, mirándome directamente a los ojos, con el rubor intensificándose ligeramente—. Una declaración de amor. Sincera. Delante de toda la clase, el último día. El perdedor... se declara al ganador.
Me quedé en silencio por un instante, procesando la propuesta. ¿Una declaración de amor? ¿Pública? ¿Ella, Milagros, proponiendo algo tan... absurdamente melodramático y potencialmente humillante? Era una locura. ¿Estaba tan segura de ganar que disfrutaba por adelantado con mi humillación? ¿O era una forma retorcida de lidiar con... otra cosa? ¿Una forma de forzar una conclusión, una catarsis, a nuestra extraña relación de rivalidad y tensión?
La idea era ridícula. Peligrosa. Exponerme de esa manera... iba contra todos mis instintos. Pero la posibilidad de verla a ella, a la perfecta y altiva Milagros, obligada a declarárseme en público... era una tentación irresistible. El desafío definitivo.
—Una apuesta... arriesgada —dije, lentamente, saboreando la situación—. Y muy poco lógica. ¿Estás segura, Milagros?
—Completamente —respondió ella, aunque su lenguaje corporal la traicionaba—. A menos que tengas miedo de perder... y de tener que admitir tus... sentimientos.
¿Sentimientos? Qué estupidez. Pero su provocación funcionó.
—Hecho —acepté, con una sonrisa fría—. Prepárate para escribir tu discurso, Milagros.
—Lo mismo digo, Baltazar —replicó ella.
Nos sostuvimos la mirada por un instante más. Luego, ella se dio la vuelta y se alejó, dejándome solo en el patio, con el eco de una apuesta absurda resonando en mi cabeza.
Vaya giro. Esto sí que no lo esperaba.
Volví a clase para la siguiente hora, sentándome junto a Teo, pero mi mente estaba a kilómetros de distancia, diseccionando la escena que acababa de ocurrir. Una declaración de amor pública. Era una estupidez monumental, un melodrama adolescente de la peor calaña. ¿Qué pretendía Milagros? La explicación más obvia era la arrogancia: estaba tan convencida de su superioridad académica que quería asegurarse no solo la victoria en el simulacro, sino también mi humillación final y absoluta. Ver al "don nadie" que se atrevió a empatar con ella arrastrándose y declarándole su "amor" delante de todos... Sí, encajaba con su carácter competitivo y su orgullo herido.
Pero... ¿era solo eso? Recordé sus miradas furtivas en clase, no solo hoy, sino también en el pasado. Recordé el rubor que tiñó sus mejillas cuando la confronté, incluso cuando me desafiaba con la mirada. Recordé la forma en que apartó la vista en la biblioteca después de que corregí su error. ¿Era solo vergüenza, solo rabia contenida?
Consideré, por un instante, la absurda posibilidad de que hubiera algo más. Algo que ni ella misma entendiera o quisiera admitir. Esa línea tan fina que, según los poetas y los novelistas baratos, separa al odio del... ¿interés? ¿Una fascinación retorcida? Una dinámica de amor-odio... la clase de estupidez que solo funcionaba en la ficción barata. Era ridículo siquiera pensarlo. Milagros me despreciaba, eso era evidente. Su apuesta era un acto de guerra académica y social, nada más.
Sin embargo... observé su nuca desde mi asiento durante la clase de literatura. Estaba perfectamente quieta, con su atención aparentemente fija en el profesor que disertaba sobre algún poeta olvidado de la Isla Cobreña. Pero noté la tensión en sus hombros, la forma casi imperceptible en que apretaba el bolígrafo. ¿Estaba pensando en la apuesta? ¿Nerviosa? ¿O era solo mi propia mente proyectando significados donde no los había? Aparté la idea. Era una distracción inútil. Fuera cual fuera su motivación, mi objetivo era simple: ganar el simulacro y disfrutar de su humillación.
El resto de la jornada escolar pasó en una neblina de cálculo y anticipación. Mi foco principal volvió a la cita de las cuatro. Sandra. Su historia, su desesperación, su extraña oferta y mi contraoferta. Necesitaba estar preparado. Necesitaba extraer la máxima información posible de ese encuentro, sin comprometerme demasiado, manteniendo el control.
Rechacé la compañía de Teo al finalizar las clases, repitiendo mi excusa de la biblioteca, y me dirigí solo hacia el puerto viejo, sintiendo el peso de la tarde caer sobre Puerto Libre y el peso de mis propios secretos acumulándose sobre mis hombros.
Sandra acudió a la cita, visiblemente nerviosa. Entonces cumplí mi parte del trato y le di lectura a otro breve pasaje de Platón. Ella se relajó momentáneamente, pero cuando le empecé a preguntar por "observaciones inusuales", ella me dijo que no había notado nada relevante.
Sandra suspiró, removiendo su café frío con una cucharilla.
—Baltazar, yo... no sé nada de esas cosas que preguntas. ¿Gente poderosa? Solo oigo rumores, como todos. Mi vida es... más simple. Trabajo en el restaurante, y voy al club por las noches... Intento que nadie se fije demasiado en mí. No presto atención a los asuntos de los ricos o los políticos. Bastante tengo con lo mío.
Su respuesta sonaba sincera. Frustrante, pero sincera. Mi plan de usarla como fuente de inteligencia sobre la élite de Puerto Libre se desmoronaba. Era, como sospechaba, solo una mujer intentando sobrevivir.
—Entiendo —dije, sintiendo una punzada de decepción estratégica—. Entonces, ¿de qué habla la gente? Si no es de política o conspiraciones... ¿qué ocupa las conversaciones en el restaurante, en el club?
Sandra pareció animarse un poco, aliviada quizás por el cambio de tema hacia algo más mundano.
—¡Ah! Pues ahora mismo, todo el mundo habla de lo mismo —dijo, inclinándose un poco sobre la mesa—. Del "Desafío Ilusorio". ¿No has oído?
Negué con la cabeza. Mi aislamiento autoimpuesto y la falta de acceso a medios me mantenían ajeno a las frivolidades populares.
—Es un show de talentos nuevo que van a hacer. ¡A nivel nacional, de toda la Isla Cobreña! —explicó, con sus ojos brillando con un interés genuino—. Solo para magos e ilusionistas. Dicen que el premio es enorme, muchísimo dinero. Y la fama, claro. Los castings empiezan esta misma semana, aquí en Puerto Libre. Está en boca de todos, en el restaurante no se habla de otra cosa.
Magos. Ilusionistas. La palabra resonó en mi cabeza. Recordé al charlatán de la feria, su truco barato de levitación con el hilo invisible. Mi primera decepción, mi primera lección sobre la naturaleza del engaño. La "magia" no existía, solo la habilidad para manipular la percepción. Pero un show de talentos... un escenario... un gran premio...
Una idea loca, inesperada, empezó a tomar forma. ¿Y si...? El mundo del ilusionismo... era un mundo que yo entendía. La manipulación, la distracción, el control de la atención del público... eran mis herramientas naturales. Y el dinero... resolvería muchos de mis problemas.
—¿Un show de talentos de magia? —repetí, intentando parecer casual.
—¡Sí! Con los mejores de la isla. Será un gran evento —confirmó Sandra.
—Interesante —dije, una sonrisa formándose en mis labios—. Creo que voy a participar.
Sandra parpadeó, y luego soltó una carcajada.
—¿Tú? ¿Un mago? ¡Vamos, Baltazar! ¿Qué clase de truco harías? ¿Leerle Platón en latín al jurado?
—Algo más visual, quizás —respondí, mi sonrisa ampliándose—. Permíteme el libro un momento más.
Ella me lo pasó, mirándome con una mezcla de burla y curiosidad. Lo tomé con reverencia fingida.
—Ábrelo por cualquier página, Sandra —le indiqué—. Una que te guste, o simplemente al azar. Ahora, mira esa página y elige mentalmente una palabra corta, una que veas claramente cerca de la parte superior. No me la digas, solo concéntrate en ella. ¿Ya la tienes?
Asintió, con sus ojos fijos en una de las páginas amarillentas.
—Bien. Ahora, extiende tu mano derecha, con la palma hacia arriba, sobre la mesa. —Obedeció, aunque con vacilación—. Concéntrate en la palabra. Visualízala.
Coloqué mi mano izquierda abierta a unos centímetros por encima de la página que ella miraba, como si intentara absorber algo de ella. Murmuré unas sílabas sin sentido, algo que sonara vagamente a latín o a un conjuro improvisado, mientras mantenía mi mirada fija en sus ojos. Era pura distracción. Mi mano derecha, mientras tanto, realizaba un movimiento sutil, casi invisible bajo el borde de la mesa.
—Mira la página ahora, Sandra —dije, retirando mi mano izquierda.
Ella bajó la vista hacia el libro. Su respiración se detuvo. La palabra en la que probablemente se había concentrado (o una muy cercana, no importaba cuál fuera exactamente) parecía borrosa, desvaída, como si la tinta antigua se hubiera corrido o evaporado parcialmente.
—¿Qué...? ¿Cómo...? —balbuceó, tocando la página con la punta del dedo.
—La esencia de las palabras es volátil —dije, con voz enigmática—. A veces, pueden... transferirse. Mira tu mano.
Sus ojos se dirigieron a su propia palma extendida. Sobre su piel pálida, apareció una mancha oscura y tenue, la forma apenas discernible de unas letras borrosas, como un eco de la palabra que se había desvanecido del libro.
Sandra ahogó un grito, retirando la mano bruscamente, mirándola como si le hubiera salido una marca del diablo.
—Pero no duran mucho —añadí, y con un chasquido de mis dedos (otro gesto para desviar la atención), la mancha en su palma desapareció por completo. Le señalé el libro de nuevo—. Y siempre vuelven a su origen.
Ella miró la página. La palabra antes borrosa ahora estaba nítida de nuevo, la tinta tan clara y definida como el resto del texto.
Se quedó mirándome, completamente boquiabierta. El color había desaparecido de su rostro, reemplazado por una palidez de puro shock. Ya no había rastro de burla ni de escepticismo. Solo asombro y, quizás, una pizca de miedo.
—¿Ahora me crees capaz de participar en el "Desafío Ilusorio"? —pregunté, con una calma triunfal, recuperando mi café.
Ella solo pudo asentir, incapaz de articular palabra.
Disfruté de su desconcierto, de la forma en que su fachada de profesionalismo se había resquebrajado por completo. La había sorprendido, la había descolocado. Ahora era vulnerable. Y la vulnerabilidad, en mi experiencia, era una invitación. Ella me había subestimado, así que necesitaba ejercer un dominio mayor para que no lo vuela a hacer.
Me incliné sobre la mesa, acortando la distancia entre nosotros, mi voz era un susurro bajo y cómplice en el relativo silencio del café.
—Veo que te he impresionado, Sandra —dije, con mi sonrisa ahora desprovista de cualquier calidez—. Quizás ahora entiendas que no soy como los demás. Que veo cosas que otros no ven. Que sé cómo funcionan las cosas... y las personas.
Ella tragó saliva, sin apartar la mirada, atrapada entre el miedo y la fascinación.
—Por ejemplo —continué, haciendo un gesto discreto con la cabeza hacia un camarero joven y algo torpe que se acercaba con una bandeja cargada desde la cocina—. Ese chico. Apuesto contigo a que, antes de que llegue a esa mesa del fondo, tropezará y dejará caer al menos un vaso.
Sandra frunció el ceño, confundida por el cambio abrupto de tema y la trivialidad aparente de la apuesta.
—¿Qué...? ¿Por qué...?
—Solo una demostración más —la interrumpí—. Una pequeña prueba de percepción. Y como toda apuesta, tiene un premio.
—¿Un premio? —repitió ella, la desconfianza volviendo a sus ojos.
—Si yo gano, si el camarero tropieza como digo —expliqué, con mi voz bajando aún más, volviéndose insinuante y dura a la vez—, tú vienes conmigo al baño de este local... y me haces una felación. Ahora mismo.
El shock en su rostro fue aún mayor que con el truco de magia. Palideció visiblemente, sus labios se separaron en una "o" silenciosa de incredulidad y horror. Retrocedió instintivamente en su silla.
—¿Qué...? ¡No! ¡Estás loco! —susurró, con la voz temblorosa.
—¿Loco? ¿O simplemente observador? —repliqué, sin dejar de sonreír, disfrutando de su reacción—. Es una apuesta simple, Sandra. Si él no tropieza, si yo me equivoco... olvidamos todo esto. Me voy y no vuelves a saber de mí. Ni de Platón. Pero si tengo razón... cumples tu parte.
Mis ojos se clavaron en los suyos, sin dejarle escapatoria. Podía ver el pánico creciendo en ellos, la humillación, la sensación de estar atrapada. Había venido buscando consuelo, una tabla de salvación, y se encontraba con esto. Era cruel, sí. Pero el mundo era cruel. Y yo era un producto de él. Además, la idea de doblegarla así, de tomar lo que ella misma había ofrecido, pero bajo mis términos, en mis condiciones, ejercía una atracción oscura.
—No... no puedo... —balbuceó ella.
—Puedes elegir no apostar, por supuesto —dije, encogiéndome de hombros—. Y entonces me iré. Y tu esposo... bueno, seguirá esperando su operación. Y tú seguirás buscando consuelo en un libro que no puedes leer. La elección es tuya.
La dejé con eso, mi mirada seguía alternando entre ella y el camarero que avanzaba, ajeno a todo, con su bandeja oscilante. El tiempo pareció detenerse. La tensión era insoportable. Solo quedaba esperar el resultado del torpe caminar del camarero y la decisión de Sandra.
Podía ver la lucha en el rostro de Sandra: el horror ante mi propuesta, la humillación, el miedo... pero también la desesperación. La imagen de su esposo enfermo, la necesidad de aferrarse a cualquier cosa que le ofreciera un mínimo alivio, aunque fuera tan retorcido como escuchar a un extraño leerle filosofía antigua a cambio de favores degradantes.
Sus manos temblaban sobre la mesa. Sus ojos color miel, antes llenos de asombro o tristeza, ahora reflejaban una resignación profunda, amarga. Bajó la mirada hacia sus manos entrelazadas.
—Si... si tú te equivocas... —susurró, su voz apenas un hilo—. Si él no tropieza... ¿te irás? ¿Me dejarás en paz?
—Como dije —confirmé, con mi voz fría, sin emoción—. Olvidamos todo esto. Desaparezco.
Ella respiró hondo, una respiración entrecortada que sonó casi como un sollozo ahogado. Levantó la vista, pero no me miró a mí, sino al camarero que ya estaba a mitad de camino hacia la mesa del fondo.
—Acepto —dijo, con la palabra saliendo con dificultad, como si le costara físicamente pronunciarla—. Acepto la apuesta.
Una sonrisa imperceptible tiró de mis labios. Había cedido. La desesperación había ganado la batalla contra la dignidad. Predecible. Y, sin embargo, verla rendirse así me produjo una extraña mezcla de triunfo y... ¿asco? Aparté esa última sensación. Era irrelevante.
—Bien —dije, mi voz recuperando un tono casual, casi divertido—. Ahora observemos.
Ambos giramos la cabeza, nuestros ojos ahora fijos en la figura del joven camarero que avanzaba con su bandeja cargada de vasos y tazas. Cada paso que daba parecía torpe, inseguro. La bandeja oscilaba ligeramente. Estaba a solo unos metros de la mesa de destino. ¿Tropezaría? ¿Se le resbalaría un vaso? La tensión en el aire era palpable, aunque solo nosotros dos fuéramos conscientes de lo que realmente estaba en juego en ese instante trivial.
Vi a Sandra contener la respiración a mi lado, sus nudillos estaban blancos por apretar el borde de la mesa.
El camarero dio los últimos dos pasos hacia la mesa de destino. Parecía que lo lograría. Pero justo cuando empezaba a inclinarse para depositar la bandeja, su pie tropezó con una irregularidad casi invisible del suelo de baldosas gastadas. Perdió el equilibrio por un instante. La bandeja se inclinó bruscamente. Una taza de café se deslizó, golpeó el borde y cayó al suelo con un ruido seco y un pequeño splash de líquido oscuro que manchó las baldosas.
El camarero soltó una maldición ahogada, intentando recuperar la compostura y salvar el resto del pedido. Algunos clientes cercanos se giraron brevemente ante el ruido, pero perdieron el interés rápidamente.
Pero para nosotros, ese pequeño accidente lo era todo.
Escuché un sonido junto a mí, un quejido ahogado, casi un sollozo. Giré la cabeza lentamente hacia Sandra. Había palidecido hasta adquirir un tono enfermizo, sus ojos color miel estaban fijos en el pequeño desastre del suelo, desorbitados por el horror y la desesperación. La chispa de desafío que había visto antes se había extinguido por completo, reemplazada por una vulnerabilidad absoluta. Levantó la vista hacia mí, y en su mirada solo había pánico y una súplica silenciosa que no pensaba atender.
Una sonrisa lenta, fría y llena de satisfacción se dibujó en mis labios. La suerte, o mi aguda percepción de la ineptitud ajena, me había dado la razón. Había ganado.
—Parece que tenías motivos para estar nerviosa, Sandra —dije, con mi voz suave, casi un susurro, pero cargada de un triunfo cruel—. Una apuesta es una apuesta.
No esperé respuesta. Simplemente me levanté de la silla, dejando el dinero para el café sobre la mesa. Le hice un gesto con la cabeza hacia el fondo del local, donde un cartel apenas visible indicaba los servicios.
—Ahora —ordené, con una calma que hacía la amenaza aún más potente.
Vi cómo parecía contener unas lágrimas mientras se quedaba paralizada en la silla, temblando.
Pero mis ojos no ofrecían piedad, solo una fría expectativa. La apuesta estaba hecha, y yo había ganado.
Lentamente, como una autómata, se puso en pie. Evitó mi mirada, manteniendo los ojos fijos en el suelo sucio del café. Caminó hacia el fondo del local, hacia el discreto cartel de los servicios. Yo la seguí a un par de pasos de distancia, observando su espalda rígida, la tensión en cada uno de sus músculos. Nadie en el café pareció notar nada; estaban demasiado absortos en sus propias conversaciones, en sus propias vidas. La indiferencia del mundo ante el drama ajeno.
Llegamos a la puerta del pequeño baño unisex. Ella la abrió y entró sin mirar atrás. Entré detrás de ella y cerré la puerta, girando el pestillo. El espacio era minúsculo, olía a humedad y a desinfectante barato. La única luz provenía de una bombilla desnuda que parpadeaba débilmente en el techo.
Sandra se apoyó contra la pared del fondo, de espaldas a mí, sus hombros parecían sacudidos por sollozos silenciosos.
—No... por favor... —murmuró, con su voz rota.
—Un trato es un trato, Sandra —dije, con mi voz desprovista de emoción. Me acerqué, invadiendo el poco espacio que quedaba—. Cumple tu parte.
Esperé. El silencio solo era roto por sus sollozos ahogados. Finalmente, con una lentitud infinita, se dio la vuelta y se arrodilló frente a mí sobre las baldosas frías y sucias. Mantuvo la cabeza gacha, con su cabello oscuro ocultando parcialmente su rostro humillado.
Entonces sus suaves labios se separaron. Puede ver la anticipación en su expresión.
—No pensé que algo así iba pasar —dijo, su voz era baja y algo sensual.
Ella comenzó a desabrochar mi cinturón, sus dedos parecían temblar de expectación.
Vi sus movimientos mientras ella me bajaba los pantalones, revelando mi polla dura. Mis ojos se llenaron de lujuria.
—Nunca hiciste nada parecido en un baño público —le pregunté sabiendo la respuesta.
En respuesta ella movió la cabeza, incapaz de hablar. Solo pensar en su boca en mi polla es suficiente para marearme. Pero quería que lo diga.
—Contesta —dije dándole una cachetada en la mejilla.
Sandra se llevó la mano a la cara mientras se acariciaba lentamente.
—No —dije al fin.
Entonces empezó, puso su pulgar frotando en círculos alrededor de la punta de mi polla. Dejé escapar un gemido a la vez que ella se inclina hacia adelante y lo metía a su boca. Al principio, se portó tímida, con movimientos lentos. Sus movimientos parecían mecánicos, torpes al principio, impulsados por el miedo y la resignación más que por cualquier otra cosa.
Pero no le llevó mucho tiempo encontrar su ritmo. Comenzó a chupar más fuerte, su boca se movió más rápido hacia arriba y hacia abajo de mi eje. Podía sentir su lengua girando alrededor.
—Joder, Sandra —dije en voz baja mientras extendía mis manos para agarrar el borde del fregadero.
Ella tarareó algo en respuesta, y la vibración envió escalofríos por mi columna vertebral. Empezó a moverse aún más rápido, con su cabeza balanceándose arriba y abajo en mi regazo.
Cerré los ojos por un instante, no por placer, sino para concentrarme en la sensación de poder, de dominio absoluto sobre ella en ese momento. Era el control en su forma más cruda, más básica.
Podía sentir que cada vez estaba más cerca del clímax. No le advertí, ni ella se detuvo. Siguió chupándome, con su boca trabajando más duro y rápido. Estaba empezando a perder el control, mis caderas se revolvieron involuntariamente. Y luego, con un empuje final, la cogí de la cabeza, haciendo que mi pene llegue hasta su garganta, el calor de su respiración rozó mis bellos púbicos y me corrí disparando directamente a la boca de Sandra.
Abrí los ojos y la observé: sus lágrimas de ahogo silenciosas, la forma en que evitaba mi mirada, la tensión en su mandíbula... Era un espectáculo de degradación. Y una parte oscura de mí lo encontraba... fascinante.
Ella se apartó bruscamente, tosiendo, limpiándose la boca con el dorso de la mano con un gesto de profunda repulsión.
Saqué un pañuelo de papel del dispensador de la pared y se lo ofrecí con frialdad. Ella lo rechazó con un movimiento de cabeza, poniéndose de pie con dificultad, sin mirarme.
—Hemos terminado aquí —dije, con mi voz recuperando su tono neutro—. Puedes irte.
Abrí el pestillo de la puerta. Sandra salió disparada, sin decir una palabra, sin mirar atrás, desapareciendo rápidamente del café.
Me quedé solo en el baño por un momento. Me miré en el espejo agrietado que colgaba sobre el lavabo. Mi rostro no mostraba nada, una máscara de impasibilidad. Me lavé las manos meticulosamente, frotando con fuerza, como si intentara limpiar algo más que la suciedad física.
Salí del baño y volví a mi mesa. El café estaba casi vacío ahora. Pagué la cuenta y salí a la calle. El sol seguía descendiendo, pero el aire parecía más frío. Había ganado la apuesta, había ejercido mi poder. Pero la sensación de triunfo era hueca, contaminada por un regusto amargo que no lograba identificar del todo. Quizás, después de todo, la victoria tenía un precio inesperado.
Y había sido necesario. Después del truco de magia, vi la duda en sus ojos, la posibilidad de que me viera solo como otro charlatán. Este acto, esta sumisión forzada, reafirmaba sin lugar a dudas quién tenía el control, quién dictaba los términos. Era fundamental establecer el dominio desde el principio, dejar claras las reglas de mi juego.
Además, ella había elegido. Conocía perfectamente las condiciones de la apuesta. Podría haberse negado, podría haberse ido. Pero eligió aceptar, eligió someterse antes que perder el acceso a ese consuelo efímero que le ofrecía mi lectura de Platón. Su desesperación era su responsabilidad, no la mía. Yo simplemente le había presentado una opción, una prueba. Una prueba de su propia debilidad.
No había regusto amargo, solo la fría satisfacción de una estrategia ejecutada, de una posición de poder consolidada. Sandra ahora entendía, de la forma más visceral, con quién estaba tratando. Y eso... eso sería útil.
Necesitaba volver a la casa de Teo. Necesitaba una ducha.
Entré en la casa de forma silenciosa usando la puerta trasera. La adrenalina aún me vibraba bajo la piel, mezclada con la fría satisfacción del encuentro en el café. Subí las escaleras de puntillas, deseando llegar a la seguridad anónima de la habitación de invitados sin encontrar a nadie.
Pero mi suerte, al parecer, se había agotado por esa noche. Cuando llegué al rellano del segundo piso, la puerta de la habitación de Teo se abrió y él asomó la cabeza, haciéndome una seña urgente.
—¡Baltazar! ¡Psst! —susurró, con una mezcla de nerviosismo y algo más que no pude identificar—. Qué bueno que llegas.
—¿Qué pasa? —pregunté en voz baja, acercándome.
—Mi padre... está aquí —dijo Teo, tragando saliva—. Y... quiere verte. Ahora mismo. En su estudio.
Mierda. Justo lo que quería evitar. El encuentro con el patriarca, el hombre fuerte de la casa, el pez gordo de la Congregación. Y quería verme ahora. No era buena señal. ¿Se habría enterado de la pelea con Flavio? ¿De mi presencia "irregular" en su casa? ¿O era algo peor?
—¿Dijo para qué? —pregunté, manteniendo la voz neutra, evaluando la reacción de Teo. Parecía más nervioso que cómplice, pero era difícil estar seguro.
—No... solo dijo que te llevara en cuanto llegaras. Parece... serio. Anda, vamos.
No tenía opción. Negarme levantaría más sospechas. Asentí y seguí a Teo por el pasillo hasta la puerta del estudio. Él llamó suavemente.
—¿Papá? Ya está aquí Baltazar.
—Que pase —respondió una voz grave y autoritaria desde el interior.
Teo me abrió la puerta y se retiró rápidamente, como si quemara. Respiré hondo y entré.
El estudio estaba iluminado solo por la lámpara del escritorio. El Mayor Valverde estaba de pie, de espaldas a mí, observando algo por la ventana que daba al jardín oscuro. Era un hombre corpulento, imponente incluso de espaldas. El aire olía a cuero, a tabaco caro y a... poder.
—¿Quería verme, señor Valverde? —pregunté, manteniendo un tono respetuoso pero firme.
Se giró lentamente. Su rostro, que solo había visto brevemente en alguna foto familiar, era duro, con líneas marcadas y una mirada penetrante. Pero lo que me heló la sangre no fue su expresión, sino lo que sostenía en su mano derecha, apuntando directamente a mi pecho: una pistola. No una cualquiera, reconocí de inmediato el diseño elegante y letal de una Luger P08 alemana.
Su rostro no mostraba ira, ni sorpresa. Solo una calma aterradora, una fijeza depredadora. Parecía la de una persona completamente dispuesta a cometer un asesinato a sangre fría.
Me quedé inmóvil, con mi mente corriendo a mil por hora, analizando la situación, buscando una salida, una explicación. ¿Era esto? ¿El final de todo? ¿Tan pronto?
Continuará...
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