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Yo, Baltazar – Capítulo 6🎩⚫

Baltazar no es un huésped cualquiera; es un observador que convierte la intimidad ajena en moneda de cambio. Mientras la ciudad arde por disturbios y secretos, él descubre que la verdadera vulnerabilidad no está en las calles, sino en el silencio de una madre y la desesperación de una mujer en el puerto. Esta noche, el juego de poder cambia de reglas.

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VI

“Riddle”

La cena fue... extraña. Sentado a la mesa del comedor, me sentía como un actor interpretando un papel que no entendía del todo. Patricia había preparado una comida casera abundante – pollo asado, arroz, ensalada – y se esforzaba por hacerme sentir bienvenido, preguntándome por mis estudios (mentí vagamente), por mis planes (fui aún más vago), y ofreciéndome repetir plato constantemente.

Su calidez era casi sofocante. Cada gesto amable, cada sonrisa, me recordaba a mi madre, pero era un recuerdo distorsionado, doloroso. Era la madre que quizás pudo haber sido, si las circunstancias hubieran sido diferentes. Luchaba por mantener mi compostura, respondiendo con monosílabos, ofreciendo sonrisas forzadas, mientras mi mente analizaba cada detalle: la forma en que Patricia trataba a Teo con una mezcla de cariño y ligera sobreprotección, la ausencia del padre (el Mayor Valverde, como Teo lo llamaba ahora con orgullo), la silla vacía que, supuse, pertenecía a Alexandra.

Teo, por su parte, parecía feliz de tenerme allí. Comía con entusiasmo y no paraba de hablar sobre videojuegos, sobre lo "épica" que había sido la pelea con Flavio, y sobre sus planes para cuando se mudaran a la nueva casa. Intentó incluirme en la conversación, pero yo me limitaba a asentir y a ofrecer comentarios neutros. Observaba a Patricia. La forma en que sus manos se movían al servir la comida, el brillo en sus ojos color castaño claro cuando reía con alguna tontería de Teo... ¿Qué vería ella en mí? ¿Al amigo de su hijo? ¿Un chico problemático necesitado de ayuda? ¿O algo más? La idea era peligrosa, pero persistente.

Alexandra apareció brevemente a la hora del postre – un flan casero. Entró en el comedor, cogió un trozo sin decir palabra, me dedicó una mirada indiferente y desapareció escaleras arriba. Un fantasma en su propia casa. Interesante.

Después de cenar, Teo insistió en mostrarme su "setup gamer" en su habitación. Rechacé la oferta con la excusa del cansancio. Necesitaba estar solo, procesar el día, planificar.

Me encerré en la habitación de invitados. La impersonalidad del lugar ahora me resultaba casi reconfortante, un lienzo en blanco donde podía proyectar mis propios pensamientos sin distracciones. Saqué el cristal. Bajo la luz artificial de la lámpara de noche, el pulso era más evidente, una intermitencia suave, casi orgánica. Lo sostuve en la mano. Estaba frío al tacto, pero sentí una extraña vibración, o quizás fue solo mi imaginación. La carta en latín seguía siendo un enigma. "Minas de Sombra"... ¿Dónde diablos quedaba eso? Tendría que investigar, usar la conexión a internet de Teo (otra ventaja de mi nueva situación) para buscar mapas antiguos, registros mineros de la Isla Cobreña, cualquier cosa.

Y Sandra... Saqué el papel con su número. ¿Llamar o no llamar? Podía ser una fuente de información valiosa. Una mujer desesperada es una mujer manipulable. Pero también era un riesgo. Su reacción con la navaja demostraba que no era ninguna víctima indefensa. Decidí esperar. Necesitaba más información, más control sobre la situación.

"La fortuna es mujer y es necesario, si se la quiere tener sumisa, castigarla y golpearla", escribió Maquiavelo. Una visión brutal, pero quizás no del todo errónea en ciertos contextos. Aunque, en el caso de Sandra, la sumisión no parecía ser su estado natural.

Me tumbé en la cama, mirando el techo. Estaba a salvo, por ahora. Tenía un techo, comida, acceso a información. Pero estaba en territorio enemigo, o al menos, desconocido. Rodeado por la familia de Teo, figuras conectadas a esa misteriosa Congregación. Cerca de Patricia, un recordatorio constante de mi pasado y mi culpa.

La noche en esa casa silenciosa y acomodada se sentía más opresiva que la oscuridad del sótano. Allá abajo, al menos, estaba solo con mis demonios. Aquí, los demonios ajenos parecían acechar en cada esquina.

Cerré los ojos, intentando dormir, pero sabiendo que sería una noche larga. El cristal, guardado en mi mochila, parecía seguir pulsando en la oscuridad de mi mente.

El sueño, cuando finalmente llegó, fue fragmentado y perturbador. Imágenes confusas se arremolinaban en la oscuridad detrás de mis párpados: el brillo frío de la navaja de Sandra, el neón parpadeante de la "Pink Zone", el rostro asustado de Teo... y luego, mi madre. Su rostro pálido, sus ojos tristes mirándome con una mezcla de amor y desesperación. Veía mi propia mano infantil extendiéndole un pequeño frasco, las pastillas de colores... y luego, solo silencio. Un silencio pesado, opresivo, que me despertó con un sobresalto, el corazón latiendo con fuerza, el sudor frío pegado a mi frente.

Me incorporé en la cama desconocida. La luz del sol se filtraba por la ventana, iluminando la habitación impersonal. Estaba en casa de Teo. A salvo, temporalmente. Pero la pesadilla seguía aferrada a mí, un recordatorio constante de la culpa que cargaba como una segunda piel. "El pasado es un prólogo", escribió Shakespeare. Y mi prólogo estaba escrito con tinta de tragedia y error.

Me levanté y me vestí rápidamente. Necesitaba mantenerme ocupado, no dejar que los fantasmas del pasado me devoraran. Bajé a la cocina, siguiendo el aroma a café recién hecho.

Patricia ya estaba allí, tarareando una melodía mientras preparaba el desayuno. Me sonrió al verme.

—¡Buenos días, Baltazar! ¿Dormiste bien? —preguntó, con su habitual calidez.

—Sí, gracias, Patricia —mentí—. Muy bien.

—Me alegro. Siéntate, ahora te sirvo. ¿Tostadas, huevos?

—Tostadas está bien, gracias.

Me senté a la mesa de la cocina, observándola moverse con una eficiencia tranquila. Era tan diferente a mi madrastra Verónica, tan... real. Y eso me inquietaba. La bondad genuina era un idioma que apenas entendía, y siempre sospechaba de las intenciones ocultas.

Teo bajó poco después, bostezando.

—Hey, Baltazar. ¿Listo para hoy? —preguntó, sirviéndose un gran vaso de jugo.

—¿Listo para qué? —respondí, tomando un sorbo de café.

—No sé, podemos ir al centro comercial, o te enseño mis juegos... O podríamos investigar esa cosa de la Congregación, si quieres. Mi padre a veces deja papeles en su estudio...

—¡Teodoro! —le reprendió Patricia, aunque con una sonrisa—. Deja tranquilo a Baltazar, acaba de llegar. Y no andes husmeando en los papeles de tu padre.

—Solo decía... —murmuró Teo, encogiéndose de hombros.

Husmear en los papeles del Mayor Valverde... Una idea tentadora. Demasiado arriesgada por ahora, pero la archivé para más adelante.

Alexandra no apareció para el desayuno.

Terminé mis tostadas y mi café rápidamente.

—Si no les importa —dije, levantándome—, necesito usar internet un rato. ¿Tienen wifi?

—¡Claro! —dijo Teo—. La contraseña está pegada en el router, en la sala. Usa la computadora del estudio si quieres, mi padre no está.

—Gracias.

Me dirigí al estudio. Era una habitación sobria, dominada por un gran escritorio de madera oscura y estanterías llenas de libros –muchos de ellos parecían de derecho o política– y algunos objetos decorativos que denotaban el estatus del Mayor. Encendí la computadora, asegurándome de borrar el historial después.

Primero, busqué "Minas de Sombra, Isla Cobreña". Los resultados eran escasos, como esperaba. Algunas referencias en viejos artículos de periódicos locales sobre la minería de cobre en la región montañosa del interior de la isla – la industria que, irónicamente, le dio su nombre a la Isla Cobreña – que había sido abandonada décadas atrás por agotamiento o falta de rentabilidad. Menciones a accidentes, a condiciones de trabajo peligrosas... y un par de artículos sensacionalistas sobre "desapariciones misteriosas" y las leyendas locales de las "Animas de Piedra" relacionadas con las minas, rápidamente desestimados como folclore ignorante por los propios articulistas. Ningún mapa preciso, ninguna indicación clara de su ubicación exacta. Si el cristal provenía de allí, como sugería el libro del museo, llegar sería una empresa en sí misma.

Luego, busqué el cristal. "Cuarzo que pulsa", "cristal luminoso", "Animas de Piedra", "mineralogía Isla Cobreña". Los resultados eran aún más frustrantes. Por más que busqué, no encontré referencia científica alguna a un mineral con las características del mío. Su estructura perfecta, casi artificial, y sobre todo, su inexplicable luminiscencia pulsante... era como si no perteneciera a este planeta, como si la ciencia aún no lo hubiera catalogado. Podría enviar una muestra a analizar, usar espectrometría de masas, difracción de rayos X para averiguar su composición química exacta, pero eso costaría una fortuna que no tenía. Y aun así, dudaba que explicara por qué pulsaba. Me quedé mirando la pantalla, impresionado por la singularidad del objeto que ahora ocultaba en mi mochila.

La única pista seguía siendo el folclore: las "Animas de Piedra" de las Minas de Sombra. Si la leyenda tenía una base real, significaba que este cristal era increíblemente raro, probablemente más difícil de extraer y encontrar que el oro o cualquier otro mineral precioso conocido. Eso explicaría por qué solo existía en historias de mineros supersticiosos y no en los libros de texto. Quienquiera que hubiese escrito la carta en latín, probablemente lo extrajo él mismo de esas minas abandonadas.

Y hablando de minería... Un pensamiento cruzó mi mente: el padre de Milagros. Sabía que era un antiguo empresario minero, uno de los que amasó una fortuna antes de que las principales vetas de cobre se agotaran o el gobierno impusiera nuevas restricciones. Aún conservaba acciones importantes en el sector minero de la isla. ¿Sabría él algo sobre las Minas de Sombra? ¿Habría escuchado las leyendas? ¿O eran simples cuentos para asustar a los niños, incluso para los magnates del cobre? Una conexión inesperada. Otra pieza en el rompecabezas.

Finalmente, busqué "Congregación del Nuevo Amanecer". Aquí sí encontré algo más, aunque igualmente ambiguo. Una página web oficial, muy cuidada, llena de frases inspiradoras sobre el "despertar interior", el "potencial humano" y la "armonía social". Hablaban de seminarios, retiros, actividades comunitarias. Parecía una mezcla de grupo de autoayuda, filosofía oriental y... algo más, algo que no lograba definir. No había nombres de líderes visibles, solo referencias a "guías" y "mentores". Encontré algunos artículos de noticias locales mencionando sus donaciones a causas benéficas y su creciente influencia en círculos empresariales y políticos de Puerto Libre. Pero también encontré, en foros más oscuros y anónimos, rumores inquietantes: control mental, secretismo extremo, desapariciones de miembros disidentes... Información contradictoria, difícil de verificar.

Borré meticulosamente el historial de búsqueda y apagué la computadora. Salí del estudio sintiéndome como un ladrón que acababa de profanar un santuario ajeno. La información obtenida era fragmentaria, frustrante, pero al menos tenía algunas piezas más del rompecabezas, por difusas que fueran. Minas de Sombra. El padre de Milagros. La Congregación. Y Sandra...

Al salir al pasillo, me topé con Patricia, que llevaba una cesta de ropa limpia.

—¿Terminaste, Baltazar? —preguntó con una sonrisa—. Espero que hayas encontrado lo que buscabas. Teo dijo que necesitabas investigar algo para un... trabajo.

—Sí, algo así —respondí, esquivando su mirada—. Información preliminar. Gracias por dejarme usar la computadora.

—Cuando quieras, hijo. Siéntete libre. Por cierto, el almuerzo estará listo en una hora más o menos.

—Perfecto, gracias.

Se alejó por el pasillo, y yo me dirigí a mi habitación. Necesitaba organizar mis pensamientos, asegurar mis hallazgos. Guardé la mochila con el cristal, la carta y las herramientas en el fondo del armario, cubriéndola con la poca ropa que tenía. Mis ahorros seguían seguros, cosidos en un compartimento oculto de la propia mochila.

El número de Sandra... Lo miré de nuevo. La deducción sobre su necesidad de escuchar el latín, de aferrarse a ese libro, me daba una ventaja. Era una puerta abierta a su psique, a sus debilidades. Decidí que la llamaría. No hoy, quizás mañana. Necesitaba preparar el terreno, pensar bien mis palabras, mi estrategia. No se trata solo de obtener información, sino de establecer el control desde el primer momento.

Por ahora, necesitaba aire. Necesitaba salir de esa casa que se sentía como una jaula dorada.

—Teo —lon llamé, encontrándolo en la sala, absorto en la televisión—. Voy a dar una vuelta, a conocer un poco el barrio.

—¿Ah, sí? ¿Quieres que te acompañe? —se ofreció, levantándose del sofá.

—No, gracias. Prefiero ir solo por ahora. Necesito despejar la cabeza.

—Vale, como quieras —dijo, volviendo a sentarse—. Pero ten cuidado, con lo del Estado de Emergencia, a veces hay controles raros.

—Lo tendré —aseguré.

Salí de la casa. El sol del mediodía golpeaba con fuerza las calles limpias y arboladas del barrio residencial. Un contraste brutal con las zonas que había recorrido antes. Aquí, los muros eran altos, las ventanas tenían rejas elegantes y algunos jardines incluso tenían guardias privados en la entrada. La riqueza, pensé, es la mejor muralla contra la realidad.

Caminé sin rumbo fijo, observando. Las patrullas militares eran menos frecuentes aquí, pero la tensión subyacente era palpable. Algunas casas exhibían discretamente los mismos símbolos geométricos que había visto en los carteles del centro, quizás una señal de pertenencia a la Congregación, una forma de protección o de estatus en la nueva jerarquía que parecía estarse formando en la Isla Cobreña.

Recordé a Epicteto: "No son las cosas las que perturban a los hombres, sino las opiniones que tienen de las cosas". ¿Era esta ciudad realmente tan opresiva, o era mi propia percepción, mi propia situación, la que teñía todo de gris? Probablemente ambas.

Doblé una esquina y me detuve en seco. Aparcado a unos cincuenta metros, semioculto por la sombra de un flamboyán, estaba un coche negro con lunas polarizadas. Idéntico al que había visto la noche anterior cerca del callejón de la pelea.

No podía ser una coincidencia.

Me quedé inmóvil, observándolo desde la distancia, intentando parecer un simple transeúnte. No había nadie dentro visible, ni nadie cerca. Solo el coche, oscuro y silencioso, como un depredador esperando el momento oportuno.

¿Me estaban siguiendo? ¿A mí? ¿O era por Teo, por su padre el Mayor? ¿Tenía que ver con Flavio y la pelea? ¿O con la Congregación?

Mi mente analítica se puso en marcha, barajando posibilidades, calculando riesgos. Decidí no acercarme. Di media vuelta lentamente, con la mayor naturalidad posible, y empecé a desandar mi camino, tomando una ruta diferente para volver a la casa de Teo.

Sentí una mirada clavada en mi nuca, aunque no volteé para comprobarlo. La sensación de ser observado, que a veces había sentido con Milagros, ahora era diferente. Más fría. Más peligrosa.

Utilicé las calles laterales, doblando esquinas inesperadas, entrando y saliendo rápidamente de un pequeño parque, asegurándome de que no me seguían. Mis años moviéndome por los márgenes de la ciudad, aprendiendo a ser invisible cuando era necesario, sirvieron de algo. Finalmente, tras un rodeo que me dejó sin aliento y con los nervios a flor de piel, llegué de nuevo a la tranquila calle residencial y entré en la casa de Teo, cerrando la puerta tras de mí con un alivio que me negué a admitir.

Apenas había dejado mi mochila en la habitación de invitados cuando Teo apareció de nuevo, con una expresión ligeramente incómoda.

—Oye, Baltazar... sobre quedarte aquí... —comenzó, rascándose la nuca—. Hablé con mis padres y están de acuerdo, pero... bueno, hay una pequeña condición.

—¿Ah, sí? —pregunté, arqueando una ceja.

Nada es gratis en esta vida, ni siquiera la caridad de un amigo ingenuo.

—Sí, bueno... quieren que me ayudes con mis deberes. Ya sabes, mates, física... esas cosas. Como eres bueno...

—Entiendo —le interrumpí—. Una especie de intercambio. Me das techo, yo te doy tutorías. Me parece factible.

—¡Genial! Sabía que entenderías.

—Pero para ser más claro, Teo —añadí, mirándolo fijamente—. Puedo explicarte, puedo ayudarte a entender. Pero no haré tus deberes por ti, ni puedo garantizar milagros. Si tus padres esperan que tus notas suban exponencialmente de la noche a la mañana solo porque yo estoy aquí, se llevarán una gran decepción. Y no será mi culpa.

—No, no, claro... lo entiendo —dijo, aunque su expresión denotaba cierta decepción—. Con que me ayudes a no reprobar, basta.

Se dice que para llegar a triunfar hay que tomar buenas decisiones, elegir el camino correcto aumentará las probabilidades de un futuro más fructífero. En este caso, mi decisión era pragmática. Aceptar la oferta, a pesar de las condiciones, era el movimiento más lógico. Y mientras más supiera de mi entorno, mucho mejor serían mis próximos movimientos.

—¿Y cómo reaccionaron todos? —pregunté, sondeando el terreno.

—Bueno, mi padre, como está de buen humor por lo del ascenso, ni le tomó importancia. Dijo que, si mi madre estaba de acuerdo, él también. Mi madre, como ya te conocía del otro día y parece que le caíste bien, accedió sin problema. Dijo que era bueno que tuviera un amigo estudioso cerca.

—¿Y Alexandra?

—Ah, ella... —Teo hizo una mueca—. Se puso un poco reticente, ya sabes cómo es. Pero le dije que no te diera importancia, que estarías en la habitación de invitados y ya. No te preocupes por ella.

Y era cierto. Ahora tenía otras preocupaciones y nuevas añoranzas. ¿Qué seguiría a continuación? ¿Estudiar? ¿Seguir una carrera, la universidad? ¿Con qué dinero? Lo más seguro es que mi padre no ayudaría más. Ahora tenía que buscar un nuevo camino, uno propio. La oferta de Teo era un respiro, no una solución.

Más tarde, encontré a Patricia en la sala, sentada en un sofá con una libreta y un bolígrafo.

—Señora Patricia, ¿está ocupada? —le pregunté.

—¡Oh, Baltazar! No, solo organizando unas cosas —respondió, levantando la vista—. Tendremos una sirvienta. Mi marido la contrató hace unos días y llegará hoy mismo. Todo esto es nuevo para mí, estoy apuntando los deberes que cumplirá.

—Al parecer no seré el único nuevo por aquí —comenté.

—Así es —respondió con una sonrisa—. Al menos no estaré sola y la casa será más alegre.

—Teo mencionó que se mudarán pronto.

—Sí, en unas semanas. Será cerca del mar; estoy emocionada. Quiero sentir el aire fresco por las mañanas y ver la puesta del sol en el atardecer.

—Me alegro. Como diría E. E. Cummings, “Siempre nos encontraremos a nosotros mismos en el mar”.

—Cierto —sus ojos brillaron con reconocimiento—. Hace poco leí un libro sobre la biografía de María Teresa de Calcuta, en él se menciona: “Pasamos mucho tiempo ganándonos la vida, pero no el suficiente tiempo viviéndola”.

—¿Es usted una mujer religiosa? —pregunté, intrigado por la mención a la monja y la cita anterior.

—Naturalmente. Mi familia siempre fue devota y yo encontré en la fe un camino para la vida. ¿Tú también eres cristiano?

Me detuve a pensar un momento. Los religiosos... repletos de dogmas absurdos, doctrinas irracionales y una alucinante cantidad de prejuicios. Su vida controlada por astutos negociantes vende humos. Esa es la fuente de su "felicidad", prefieren vivir de rodillas con los ojos cerrados a la realidad. Pero también es cierto que tratan de vencer el miedo con su “fe”. Una violación mental desde la niñez con la consecuente atrofia del cerebro. Dejé atrás estos pensamientos y respondí de una forma más coherente con el ambiente.

—Tengo mucho respeto por la fe de los demás, pero nunca la tuve muy arraigada. Sin embargo, siempre trato de hacer el bien al prójimo.

Me alcanzó una biblia que estaba en un pequeño pupitre cercano. La miré, y luego a ella. El castaño de sus ojos me impactó por su sinceridad, y no dije una sola palabra.

—Te lo regalo —dijo, con un extraño gesto, como ofreciendo algo más que el libro, ¿reciprocidad?, ¿consuelo? —. Sé que con esto quizás lo comprenderás mejor y ayudará a ser una mejor persona.

Me fijé en el libro. Era una edición peculiar, de tapa dura, con algunas imágenes a color e incluso un mapa desplegable de Jerusalén en las últimas páginas. Iba a hacer un comentario, quizás algo cínico, pero una presencia repentina me dejó con las palabras en la boca.

Se acercó Alexandra. Pude verla mejor ahora. Sus movimientos refinados proclamaban clase y elegancia; emanaba frescura al caminar, como en un hermoso día de otoño. Me saludó escuetamente con un movimiento de cabeza y se dirigió a su madre.

—Es evidente que las decisiones políticas que se vienen tomando no satisfacen el interés público —mencionó, mostrando un periódico local que llevaba en la mano—. Los poderes públicos afectan la vida de la mayoría de los ciudadanos, y la prensa nunca mostrará a los culpables.

—Es por eso por lo que prefiero noticias extranjeras —afirmó Patricia, queriendo dar apoyo a su hija—. Me llegó esta mañana —señaló otro periódico sobre la mesita.

—Creo que no te diste cuenta de que es más de lo mismo —refutó Alexandra, haciendo gestos de sapiencia—. Quieren convencernos de que la política es un servicio público y no una oportunidad para el interés particular.

—No te agobies, las crisis vienen y van —respondió la madre, queriendo mantener la calma—. Lo importante es mantenernos juntos —dijo esto ofreciéndole la mano.

—Ya me voy —mencionó Alexandra con cierta indiferencia. Al ver el gesto de sorpresa de Patricia, continuó antes de salir por la puerta—: Te lo mencioné ayer.

Observé cómo se iba. Así que la hija del Mayor tenía conciencia política, o al menos, le gustaba aparentarla.

Socialistas, nacionalistas, anarquistas, liberales... Todos buscan influir sobre la opinión pública y el control de los recursos. Unos nacionalizan, roban las empresas o las crean con el dinero de los contribuyentes, donde colocan a sus amigos y familiares, y con ellos arruinan el país. Entonces votamos a los partidos opositores que privatizan esas empresas y se las regalan a sus amigos, que las explotan al máximo en oligopolios sustentados por leyes en contra del bien común. Entonces empieza la indignación y votan por los primeros. Un ciclo que se ampara en la democracia y en los cambios de poder para que el entorno se "limpie". ¿Cuál sería la solución? ¿La eliminación del estado? No estoy seguro de eso, después de todo, no existe un país libertario funcional.

Patricia suspiró y recogió el periódico extranjero que Alexandra había ignorado. Me lo alcanzó.

—El país donde el crecimiento se está contrayendo, el desempleo está subiendo como no lo teníamos desde hace más de diez años, hay personas que hablan de una recesión, los hospitales y consultorios están llenos —leí en voz alta el titular principal, que describía la situación desde un punto de vista exterior sobre Isla Cobreña.

La crisis era bastante seria, al parecer. Y yo, atrapado en mi propia crisis personal, ahora vivía en el corazón de una familia que, a pesar de su riqueza, no era inmune a las turbulencias del mundo exterior.

Doblé el periódico extranjero y se lo devolví a Patricia.

—Noticias desalentadoras —comenté, con un tono neutro—. Parece que la incertidumbre es el único idioma universal en estos tiempos.

—Lamentablemente —suspiró ella—. Pero no hay que perder la esperanza, Baltazar. La fe nos sostiene en los momentos difíciles.

La fe... un placebo para los débiles, una muleta para los que no pueden caminar solos. Pero discutir eso con ella sería inútil, y contraproducente.

—Gracias por el consejo, Patricia —dije, forzando una sonrisa—. Si me disculpa, creo que iré a mi habitación a descansar un poco antes de... bueno, antes de ayudar a Teo con sus deberes.

—Claro, hijo, claro. Descansa. Estás en tu casa.

Subí a la habitación de invitados, cerrando la puerta tras de mí. Necesitaba espacio, silencio. La interacción constante, la necesidad de mantener la fachada, me agotaba.

Dejé la Biblia que Patricia me había regalado sobre la mesita de noche, sin abrirla. Un gesto amable por su parte, sin duda, pero para mí, era solo otro libro lleno de contradicciones y promesas vacías. Aunque la edición era curiosa, casi lujosa para un texto religioso estándar.

Mi atención se centró de nuevo en los objetos que sí me importaban. Saqué el cristal de la mochila. Bajo la luz artificial, el pulso luminoso parecía más débil, casi inexistente. ¿Respondía a la oscuridad? ¿O era mi imaginación? Lo giré entre mis dedos, sintiendo su superficie increíblemente lisa y fría. Minas de Sombra... El nombre evocaba imágenes oscuras, peligrosas.

Y luego, Sandra. Saqué el papel arrugado con su número. La conversación en el night club, su historia sobre el marido enfermo, su reacción al libro de Platón... Era un personaje complejo, lleno de contradicciones. Y potencialmente útil. Su desesperación era una debilidad, y su aparente necesidad de esa "paz" que le daba la lectura en latín era una palanca.

Decidí llamarla. Ahora. Antes de que la duda o la prudencia me hicieran cambiar de opinión. Usé el teléfono fijo de la habitación de invitados, marcando el número con dedos rápidos. Era mejor no usar mi celular para este tipo de contactos.

El teléfono sonó una, dos, tres veces. Cuando estaba a punto de colgar, una voz respondió. Su voz. Ronca, cansada, pero inconfundible.

—¿Sí?

—Sandra —dije, manteniendo mi voz baja y calmada—. Soy yo. El chico del club. El que te leyó a Platón.

Hubo un silencio al otro lado. Pude imaginar su sorpresa, su desconfianza.

—¿Qué quieres? —preguntó finalmente, con un tono cauteloso.

—Hablar —respondí—. Como dijimos. Me contaste una historia... interesante. Y me gustaría saber más.

—No sé si es buena idea...

—Tú me diste el número, Sandra —la interrumpí, con suavidad pero con firmeza—. Tú querías hablar. O quizás... querías escuchar más. "...Amor non est possessio, sed libertas..." ¿Recuerdas?

Otro silencio. Más largo esta vez.

—¿Dónde? —preguntó finalmente.

—Conozco un café tranquilo, cerca del puerto viejo. Mañana por la tarde. Discreto. Solo hablar.

—No sé...

—Piénsalo, Sandra —insistí—. Solo una conversación. Quizás ambos podamos ayudarnos.

Dejé la oferta flotando en el aire. Una mezcla de curiosidad, necesidad y, quizás, una pizca de peligro.

—Está bien —cedió ella, finalmente—. Mándame la dirección por mensaje... a este número. Mañana a las cuatro. Pero si intentas algo raro...

—No lo haré —la tranquilicé—. Solo hablar. Mañana a las cuatro.

Colgué, sintiendo una descarga de adrenalina. Había dado el siguiente paso. Había establecido el contacto, fijado un encuentro. El juego avanzaba.

Guardé el teléfono y me senté en el borde de la cama, repasando mentalmente la conversación, analizando sus posibles reacciones, planificando mis siguientes movimientos. Estaba tan absorto que apenas oí los pasos que se acercaban por el pasillo y los golpes en la puerta.

—¿Baltazar? ¿Estás ahí? —era la voz de Teo, pero sonaba diferente. Menos entusiasta, más... preocupada.

Abrí la puerta. Teo estaba allí, con el rostro pálido.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

—Es mi padre... —dijo Teo, en voz baja—. Acaba de llamar. No vendrá a casa esta noche.

—¿Por qué? ¿Pasó algo?

—Dice que la situación en la ciudad se ha complicado. Ha habido más disturbios en el centro, parece que relacionados con las restricciones o... no sé bien. Como es Mayor, tiene que quedarse en el cuartel o coordinando... No entendí todo, pero sonaba serio.

Así que el Estado de Emergencia no era solo un telón de fondo. La tensión en Puerto Libre era real, y estaba escalando. Y el padre de Teo estaba en medio de todo ello. Interesante... y peligroso.

—Mi madre está preocupada —continuó Teo, mirando hacia las escaleras—. Estaba hablando con él por teléfono y ahora... creo que está rezando en la sala.

Asentí lentamente. La fe de Patricia, su refugio ante la incertidumbre. Tan predecible. Tan... humano. Por un lado, la ausencia del Mayor me daba un respiro, retrasaba un encuentro potencialmente incómodo. Por otro, la creciente inestabilidad en la ciudad añadía una nueva capa de complejidad a mi ya precaria situación. Si las cosas se ponían feas, ¿sería esta casa realmente un refugio seguro?

—Entiendo —dije—. Dile a tu madre que... bueno, que espero que todo esté bien.

—Sí, gracias —respondió Teo, aunque parecía perdido en sus propios temores—. Bueno, solo quería avisarte.

Se dio la vuelta y bajó las escaleras. Cerré la puerta de nuevo, quedándome solo con el silencio de la habitación y el eco de las noticias inquietantes. La ciudad estaba en vilo, la Congregación movía sus hilos en las sombras, el cristal palpitaba débilmente en mi mochila, y yo tenía una cita con una prostituta que guardaba secretos.

—¿Listo para las mates, Baltazar? —preguntó, asomándose por la puerta con una pila de libros.

Nos instalamos en el estudio del Mayor Valverde. Mientras intentaba explicarle a Teo los misterios de las derivadas con una paciencia que me costaba horrores fingir, Patricia entró discretamente. Se quedó un rato observando desde el umbral, con una taza de té en las manos y una sonrisa aprobatoria.

—Es bueno verte estudiar, Teodoro —comentó—. Y qué suerte tienes de tener a Baltazar para ayudarte. Parece que tienes un don para enseñar, muchacho.

—Solo intento simplificarlo, señora Patricia —respondí, ofreciéndole una sonrisa modesta.

Ella asintió y se retiró, dejándome con la tarea Sísifo de meter algo de conocimiento en la cabeza de Teo. Logramos avanzar algo, o al menos, él copió suficientes soluciones como para fingir que había trabajado.

La cena fue el verdadero escenario. El Mayor Valverde seguía ausente. Patricia intentaba disimular su preocupación, pero sus miradas furtivas al reloj y su escaso apetito la delataban. La tensión en Puerto Libre, los disturbios, mantenían a su esposo lejos, y la incertidumbre flotaba en el aire del comedor.

Para mi sorpresa, Alexandra se unió a nosotros. Ya no era el fantasma indiferente de la tarde; parecía dispuesta a participar, quizás por aburrimiento, quizás por evaluar al nuevo inquilino. La conversación derivó, inevitablemente, hacia la situación de la ciudad y las noticias que habíamos visto.

—Es el ciclo de siempre —comentó Alexandra, con un aire de superioridad intelectual—. Promesas vacías, intereses ocultos, y la gente común pagando los platos rotos. Da igual quién gobierne, la estructura está podrida.

—Alexandra, por favor, no seas tan negativa —intervino Patricia—. Hay que tener esperanza.

—La esperanza es el último recurso de los desesperados, mamá —replicó Alexandra—. Lo que necesitamos es análisis crítico.

Era mi oportunidad. Decidí entrar en la conversación, no como un simple huésped agradecido, sino como un igual intelectual.

—Es interesante lo que dices, Alexandra —intervine, con calma—. Me recuerda a la dialéctica del amo y el esclavo de Hegel, pero aplicada a la política moderna. El poder necesita una oposición para definirse, y ambos se alimentan mutuamente en un ciclo que perpetúa la ilusión de cambio sin alterar realmente las estructuras de dominación. ¿No crees que la verdadera revolución, como sugieren esos carteles anónimos, debería ser interna?

Lancé la pregunta con una estudiada mezcla de profundidad filosófica y humildad. Observé sus reacciones. Alexandra me miró con genuina sorpresa, con sus ojos oscuros analizando mi rostro como si me viera por primera vez. Patricia pareció impresionada, aunque quizás no entendió del todo la referencia a Hegel. Incluso Teo dejó de engullir su comida por un momento para escuchar.

Continué, hilando comentarios sobre economía, historia local de la Isla Cobreña, y algunas observaciones agudas sobre la naturaleza humana, citando mentalmente a expertos en la materia, pero atribuyéndome las ideas con sutileza. Usé mi oratoria, modulando la voz, empleando pausas estratégicas, creando una imagen de inteligencia y cultura que sabía que impresionaría a Patricia y, sobre todo, descolocaría a Alexandra.

—Vaya, Baltazar —dijo Patricia cuando terminé una de mis intervenciones—. No sabía que eras tan... leído. Teo tiene mucho que aprender de ti.

Alexandra no dijo nada, pero su silencio y la forma en que evitaba mi mirada eran más elocuentes que cualquier palabra. Había conseguido mi objetivo: establecer mi presencia, demostrar mi valía (o al menos, una versión cuidadosamente construida de ella), y ganarme un espacio en esa casa que no fuera solo el del "amigo necesitado".

Esa noche, en la habitación de invitados, me permití una pequeña sonrisa. La máscara funcionaba.

Estaba a punto de intentar dormir cuando recordé que mi cargador de celular, uno genérico y de mala calidad, a veces fallaba. Quizás Teo tenía uno compatible que pudiera prestarme, solo por si acaso. Una excusa trivial, pero suficiente para justificar una visita a su cuarto a esas horas.

Salí al pasillo silencioso. La casa estaba a oscuras, solo una pequeña luz de emergencia iluminaba débilmente el corredor. Me acerqué a la habitación de Teo, al final del pasillo. Su puerta estaba ligeramente entreabierta, y un débil resplandor –probablemente de su teléfono o computadora– se filtraba por la rendija, acompañado de un sonido rítmico y ahogado.

La curiosidad, esa vieja consejera, me impulsó a mirar. Pegué el ojo a la rendija. La imagen me tomó por sorpresa, aunque quizás no debería haberlo hecho. Teo estaba tumbado en su cama, iluminado solo por la pantalla de su teléfono que mostraba imágenes borrosas y sugerentes, mujeres siendo penetradas en distintas posiciones, mostrando caras llenas de éxtasis, como si el hedonismo fuese el propósito de sus vidas. Teo estaba conmovido con esas escenas mientras mantenía los pantalones bajados y la mano moviéndose con una urgencia torpe y adolescente.

Masturbación. El más solitario de los vicios. Tan primitivo, tan... humano. Observé la escena con una fría distancia clínica, casi antropológica. La tensión acumulada del día, la frustración, la soledad... todo canalizado en ese acto mecánico y desesperado. Patético, sí, pero comprensible.

Me aparté antes de que pudiera verme, retrocediendo en silencio por el pasillo. No tenía sentido interrumpirlo, ni me interesaba hacerlo partícipe de mi descubrimiento. Era solo otra pieza de información sobre él, otra muestra de su vulnerabilidad.

Estaba a punto de volver a mi habitación cuando vi otra figura moverse en la penumbra al otro extremo del pasillo, cerca de las escaleras. Era Patricia. Llevaba un vaso en la mano – ¿leche caliente? ¿un té relajante?– y caminaba de puntillas en dirección a la habitación de Teo. Su rostro, apenas visible, mostraba una expresión de tierna preocupación maternal. Probablemente iba a darle las buenas noches a su "niño", a asegurarse de que estaba bien después de la noticia sobre su padre.

Me detuve en seco, ocultándome en el hueco de una puerta cercana. Era un observador invisible en mi propio teatro. Patricia no sabía lo que encontraría. Teo, absorto en su placer solitario, no sabía que su madre se acercaba. Una colisión inminente entre la inocencia maternal y la cruda realidad adolescente.

La situación era perversamente interesante. ¿Qué haría Patricia? ¿Entraría sin llamar? ¿Se daría cuenta? ¿Cómo reaccionaría? La curiosidad me quemaba.

Contuve la respiración, oculto en las sombras del pasillo, mientras Patricia giraba suavemente el pomo de la puerta de Teo. No la abrió de golpe. En lugar de eso, la empujó apenas unos centímetros, lo suficiente para que su voz pudiera colarse en la habitación.

—¿Teo? ¿Hijo, estás despierto? —llamó en un susurro, con esa inflexión de ternura maternal.

Dentro de la habitación, el sonido rítmico cesó abruptamente. Hubo un segundo de silencio tenso, seguido por el rápido susurro de sábanas y un golpe ahogado, tal vez el teléfono cayendo al suelo.

Patricia esperó un instante en el umbral. Vi cómo sus ojos se adaptaban a la penumbra de la habitación, con su mirada barriendo rápidamente el espacio visible. Hubo una pausa casi imperceptible, un endurecimiento fugaz de su mandíbula, un micro-parpadeo. Lo vio. O al menos, vio lo suficiente –la postura de Teo, el teléfono en el suelo, el rubor en su rostro– como para comprender la situación al instante. Pero su expresión apenas cambió, salvo por esa tensión momentánea que desapareció tan rápido como llegó. Una maestra del disimulo.

—¿Mamá? —la voz de Teo sonó estrangulada, aguda por la sorpresa y el pánico mal disimulado—. Sí, sí, estoy despierto. ¿Pasa algo?

—No, cariño —respondió Patricia, con su voz notablemente calmada, quizás demasiado calmada. Siguió sin abrir más la puerta—. Solo quería ver cómo estabas. Te traje un vaso de leche caliente, por si no podías dormir con todo esto... lo de tu padre.

Vi cómo extendía el brazo con el vaso a través de la rendija. Teo debió cogerlo desde dentro.

—Ah... gracias, mamá —dijo Teo. Su voz seguía sonando tensa—. No te hubieras molestado.

—Nunca es molestia, mi vida. ¿Estás seguro de que estás bien? Te noto... agitado.

Una pregunta cargada de significado no expresado. Ella sabía por qué estaba agitado, pero le ofrecía una salida fácil.

—Sí, sí, estoy bien. Solo... pensaba en cosas. Lo de papá, la escuela... ya sabes —respondió Teo, aferrándose a la excusa.

—Bueno, intenta descansar —dijo Patricia. Su tono era suave, pero había perdido parte de su calidez anterior, reemplazada por una especie de... distancia protectora—. Si necesitas algo, llámame. Buenas noches, hijo.

—Buenas noches, mamá.

Patricia retiró la mano y cerró suavemente la puerta. Se quedó un instante inmóvil en el pasillo, de espaldas a mí, y vi cómo sus hombros se hundían ligeramente antes de enderezarse y caminar de regreso hacia su habitación con paso firme.

Así que la devota y maternal Patricia no era ciega. Había visto, había entendido, y había elegido la negación, la evasión. Proteger la inocencia –o la vergüenza– de su hijo (y quizás la suya propia) por encima de la confrontación. Una estrategia interesante. Más compleja de lo que había supuesto inicialmente.

Esperé a que desapareciera y volví sigilosamente a mi habitación. Cerré la puerta sin hacer ruido y me apoyé en ella, una sonrisa genuinamente divertida, aunque cínica se dibujó en mi rostro.

La familia Valverde. Un microcosmos de secretos, apariencias y negaciones. El padre ausente lidiando con la crisis de la ciudad, la madre fingiendo ignorancia ante la sexualidad de su hijo, el hijo consumido por la culpa y el deseo adolescente, la hija distante envuelta en sus propios asuntos... Y yo, el intruso, el observador silencioso, tomando nota de cada grieta en la fachada.

Quizás vivir allí no sería tan aburrido después de todo. Cerré los ojos, esta vez con una extraña sensación de poder.

La mañana siguiente amaneció gris, un reflejo del ánimo general que parecía flotar sobre Puerto Libre. Me preparé para ir a la preparatoria con una sensación extraña. Volver a ese nido de víboras, a ese escenario de rivalidades adolescentes.

El desayuno fue tenso. Patricia se movía con una eficiencia casi robótica, con su sonrisa amable de ayer reemplazada por una máscara de preocupación cortés. Preguntó por su marido; aún no había noticias claras, solo que seguía ocupado con "asuntos urgentes" relacionados con el Estado de Emergencia. Teo comía en silencio, lanzándome miradas furtivas, probablemente recordando el incidente de la noche anterior y preguntándose si yo sabía algo. Alexandra, como era de esperar, desayunó rápido y se fue sin apenas despedirse.

—¿Vamos juntos? —me preguntó Teo cuando terminamos, su voz un poco más baja de lo habitual.

—Claro —respondí, cogiendo mi mochila y asegurándome de que el cristal y la carta seguían bien ocultos.

Caminamos hacia la preparatoria. Teo intentaba mantener una conversación trivial, pero su nerviosismo era evidente. Yo me limitaba a escuchar y observar. La ciudad parecía más militarizada que el día anterior: más patrullas, controles aleatorios en algunas esquinas, miradas de desconfianza entre los ciudadanos. La "armonía" de la que hablaba la Congregación parecía una broma de mal gusto.

Al llegar a la preparatoria, la atmósfera era similar. Menos risas en los pasillos, más susurros. Algunos alumnos faltaban. Me pregunté cuántos estarían relacionados con los disturbios, o cuántos simplemente preferían quedarse en casa ante la incertidumbre.

En el aula, las miradas se dirigieron hacia nosotros cuando entramos. Especialmente hacia mí. La noticia de la pelea con Flavio debía haberse extendido como la pólvora. Vi a Mónica susurrar algo a sus amigas, lanzándome una mirada cargada de veneno. Flavio no estaba. Mejor para él, pensé. No tenía ganas de repetir la escena, aunque una parte de mí disfrutó viéndolo retorcerse en el suelo. Sus dos secuaces sí estaban, sentados al fondo, con miradas resentidas y algún que otro moratón visible. Evitaron mi mirada.

Y luego estaba Milagros. Sentada en su sitio habitual, cerca de la ventana, con un libro abierto frente a ella. Levantó la vista cuando entré, nuestros ojos se encontraron por un instante. No hubo desprecio esta vez, ni sorpresa. Solo una mirada fría, indescifrable, antes de volver a concentrarse en su libro. Como si yo fuera una variable irrelevante en su ecuación personal. Eso me irritó más que su desdén anterior.

Me senté en mi sitio habitual, al lado de Teo, quien parecía encogerse en su asiento al sentir las miradas hostiles de los amigos de Flavio.

Las clases transcurrieron con una monotonía exasperante. El profesor de matemáticas, el mismo que había visto dirigirse a la "Pink Zone", explicaba funciones logarítmicas con un entusiasmo tan fingido que resultaba cómico. Miss Roxy no apareció; otra profesora la sustituyó en la hora de tutoría. ¿Estaría con el Director? ¿O quizás indispuesta después de un percance lujurioso?

Durante el almuerzo, me mantuve al margen, observando. Escuché fragmentos de conversaciones: quejas sobre las restricciones, rumores sobre la Congregación, especulaciones sobre los disturbios. Nadie parecía saber nada con certeza, solo repetían lo que oían, añadiendo sus propios miedos y prejuicios. La ignorancia colectiva, pensé, es el mejor caldo de cultivo para el control.

Al final de la jornada, Teo se acercó.

—Oye, ¿vamos a casa? Podemos repasar lo de ayer...

—Tengo algo que hacer ahora, Teo —respondí, guardando mis cosas—. Quizás más tarde.

—Ah, vale... —dijo, con un deje de decepción—. ¿Todo bien?

—Todo perfecto —aseguré—. Nos vemos en casa.

Salí de la preparatoria, dejando atrás el murmullo de los estudiantes y las miradas curiosas. El sol de la tarde empezaba a descender, alargando las sombras. Tenía una cita en el puerto viejo. Una cita con Sandra. Una cita con lo desconocido.

Caminé a paso rápido hacia el café, sintiendo de nuevo esa mezcla de anticipación y cautela. ¿Qué descubriría? ¿Qué riesgos correría? Solo había una forma de saberlo.

Continuará…

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