Xtories

Yo, Baltazar – Capítulo 5🎩⚫

Baltazar sale de un night club con un secreto en el bolsillo y un enemigo en la calle. La noche lo lleva a una pelea callejera donde demuestra sus habilidades, pero el verdadero peligro acecha en las sombras. Ahora, con un nuevo techo y una nueva familia, debe navegar entre la amistad, la atracción y un misterio que lo arrastra cada vez más profundo.

Vespero2.8K vistas9.0· 6 votos

V

“Never back down, never give up”

Salí de la habitación, guardando el papel con el número de Sandra en mi bolsillo. Una pieza más en el tablero, una incógnita que resolvería más tarde. Afuera, en el pasillo tenuemente iluminado del night club, me encontré con Teo. Parecía nervioso, pero también había un brillo de excitación en sus ojos.

—Y, ¿cómo te fue? —me dijo, sacándome de mis pensamientos sobre Sandra, el cristal y la ciudad que se desmoronaba afuera.

—Estupendo, aunque hubo un final inesperado… —respondí, con una media sonrisa.

—¡Eh! —se paró y me agarró del hombro, para luego sonreír—. No me digas que te corriste muy rápido.

Maldito idiota, es sexo y no dura una hora, pensé en mis adentros, contrastando su pueril excitación con la compleja y tensa interacción que acababa de tener.

—Para una primera vez creo que duré lo suficiente, o eso pienso… jajaja —contesté amicalmente, decidiendo seguirle el juego.

—¡Mierda! —maldijo mientras hacía un gesto de recordarse de algo, para luego bajar la voz—. Te diré algo y no se lo digas a nadie. Me corrí cuando me lo chupó, estuvo nice.

—No jodas cabrón, no me digas que también le diste propina —comenté con voz alta e ironía, recordando mi propia "negociación" con Sandra.

—Shhh… —se alarmó mirando a ambos lados, como si las paredes tuvieran oídos, para luego llevar el dedo a la boca para hacerme callar, entonces continuó—. Le hice una oferta, cincuenta dólares si me dejaba besarla, en ese momento la vi tan hermosa y quería probar sus labios. Se negó en un principio, pero la convencí…

—¡Estás pendejo! Besar a una puta no lo haría nunca —le corté raudamente y continué—. No me digas que nunca has besado a una chica y querías experimentar.

En ese instante calló por completo y me di cuenta de que había acertado. No continué insistiendo ya que recordé que tampoco lo había hecho. Una punzada de algo parecido a la empatía, o quizás solo el reconocimiento de una debilidad compartida, me hizo guardar silencio.

—En ese momento me dejé llevar y fue la primera vez que besé a una mujer que no sea mi madre —confesó, casi en un susurro.

—No te pusiste a pensar que con esa boca… —le quise hacer ver el error, para luego cuestionar—. ¿Cuántos penes habrá chupado?

—Si lo pones así da cringe —se calló un momento para luego defenderse—. Pero piénsalo, también tuvo relaciones con muchos hombres y no por eso los hombres la dejarán de buscar.

Me sorprendí viéndolo tratar de razonar y buscar una justificación a su obsceno acto. Es así como a lo largo de la historia la autoconvencimiento de las personas las lleva a cometer actos imperdonables, incluso los genocidios se dieron bajo una bandera claramente pintada. Y este idiota justificaba besar a una prostituta porque "quería algo diferente". Patético.

—Cuando piensas con la cabeza de abajo todo parece bueno. Y me dices que accedió a besarte…

—No quiero hablar más de esto —me cortó algo serio.

—Vamos, no te cierres.

—Está bien, pero esto queda entre nosotros.

Me jaló hacia la salida del night club y luego hacia una calle aledaña, por donde casi no había transeúntes, como queriendo ocultar de miradas ajenas lo que me iba a empezar a decir.

—Ella me dijo que no hacía esos servicios, a lo que procedí a mostrarle más dinero y aceptó, incluso comentó que haría una excepción conmigo y cumplió con un dulce beso, creo que lo recordaré toda la vida. Sé que a esos lugares solo se va a tener sexo pero yo quería algo diferente.

Me reí en mis adentros al escuchar cómo mencionaba con orgullo su extraña hazaña. Ciertamente son trabajadoras sexuales, el dinero es lo que las mueve, pero al pensar en el actuar de mi amigo, claramente fuimos hechos de diferente madera. Sonreí en mis adentros, mi generación acabará enterrando cincuenta años de avance en la humanidad si todos tenían ese pensamiento.

—Un poco más y me cuentas que quieres sacarla de ese lugar… Jajaja.

—Va, va… —respondió haciendo oídos sordos, finalmente saliendo de su confesión—. Cuéntame cómo fue tu caso.

Estuve a punto de responderle, de inventar alguna historia banal o quizás soltar una verdad a medias que lo dejara aún más confundido, pero un extraño olor interrumpió mis pensamientos. ¡Olor a hierba quemada! Y cada vez se hacía más fuerte.

Mientras caminábamos alejándonos de la "Pink Zone", comencé a notar los carteles.

"El cambio realmente revolucionario deberá lograrse, no en el mundo externo, sino en el interior de los seres humanos…”

Mencionaba uno de los tantos carteles que, a modo de propaganda, se distribuía por las calles de la ciudad. Me percaté de que incluso había algunos pegados a la vereda, parecía como colocado a propósito para que no se me escape de la vista. El ingenio de las personas en la propaganda era extraordinario.

"Los obstáculos de los nuevos tiempos, sugieren nuevos desafíos…”

Estas frases, sin un objetivo ni autoría fijos, aparecían cada vez con más frecuencia, casi de manera fervorosa podría decirlo, aunque si uno lo pensaba, parecería que no tenía sentido alguno. ¿Quién invertiría tanto capital para eso? La atmósfera apestaba a oscuros y ocultos intereses que ya empezaba a asfixiarme. Algo grande se avecinaba y requería la atención de muchas personas, reflexioné. La Congregación del Nuevo Amanecer... ¿Eran ellos los responsables? ¿Qué buscaban realmente?

El olor a marihuana se intensificó, sacándome de mis cavilaciones sobre la Congregación. Definitivamente no estábamos en la Amazonia, por lo que inmediatamente giramos la cabeza hacia el lugar de donde provenía. Lo que vi me sacó de onda.

La curiosidad nos ganó, y nos acercamos, moviendo el cuerpo entre las sombras para cerciorarnos mejor y ver qué es lo que estaba ocurriendo. Lo que vimos fue un cuadro grotesco: divisamos a una mujer con el pelo largo meciéndose en forma de péndulo, sus manos abiertas ancladas a la pared sostenían su cuerpo de una caída inevitable. La sugestiva pose hacía que el cabello de la mujer se desmoronara como cascadas contra las rocas y no permitía que su rostro fuera revelado. En cambio, entre las siluetas de los acompañantes, se podía distinguir al hombre que, empecinado en buscar su satisfacción, había levantado la falda de la fémina para seguir penetrando arduamente. Parecía estar concentrado en su faena, sin importarle el resto del ambiente, como un animal en celo, ajeno a todo lo que no fuera su instinto primario.

—No puedo creerlo —mencionó Teo en voz alta, señalando hacia la escena del acto sexual—. ¡Pero si es Flavio!

¡Mierda!, maldije en mis adentros por la falta de suspicacia de mi amigo. ¿Por qué grita en voz alta?, ¿acaso no sabe lo que podría suceder si nos descubriesen? La estupidez de Teo era un peligro constante. Inevitablemente, las cuatro personas voltearon hacia nuestra posición.

—Retírense de aquí, no es su problema —mencionaron los dos que fumaban, acercándose a nosotros con aire amenazante.

—Nos encontramos de nuevo… nob —dijo Flavio, separándose bruscamente de la mujer y subiéndose los pantalones. Su voz sonaba rasposa, cargada de alcohol y rabia.

Existía cierta tensión en aquel callejón. La joven, al sentirse descubierta, se apartó rápidamente, ajustándose la ropa. Vio que no pintaba nada su presencia en pleitos callejeros. Seguramente, no queriéndose involucrar en líos y salir perjudicada, se retiró pasando de manera fresca por nuestro lado, sin siquiera dirigirnos una mirada. Lo cierto es que nunca la había visto; probablemente se tratase de alguna fulana de las tantas discotecas que se encontraban a unas cuadras.

—¡Joder!... ¡Serán hijos de puta, me malograron el polvo! —maldijo Flavio cuando sus acompañantes hicieron gestos de sacarlo de ahí—. ¡Estoy enojado y no iré atrás a calmarme!

Miré hacia los lados. No había un atisbo de gente, la calle estaba silenciosa, solo el sonido de unos grillos cortaba el aire en la oscuridad de la noche. Un escenario perfecto para una emboscada. Y nosotros éramos las presas.

—Voy a demostrarte cómo se hace. ¡Esta vez no escaparás!… Pedicure.

—Tranquilo Flavio, no puedes abusar de la gente, tú sabes artes marciales —trató de defenderme Teo, con una valentía tan inútil como conmovedora.

—¡Tú calla, maricón! —le espetó Flavio, sin siquiera mirarlo.

—¿En serio?

—Yes, cheeky monkey!

Su primer ataque fue un cross o golpe directo. Me llegó por sorpresa; a pesar de su estado de embriaguez, el aprendizaje que tuvo no desapareció por completo. No pude esquivarlo por completo, por lo que utilicé mi brazo para un bloque alto, sintiendo el impacto recorrer mi antebrazo. Adrenalina pura. El miedo inicial se disipó, reemplazado por una fría concentración.

Puse mi cuerpo en estado de alerta. Planeaba golpear mi rostro. Él continuó con voleas por la izquierda y derecha, a lo que respondí esquivando con facilidad y cierta elegancia, moviéndome como una sombra, utilizando la oscuridad a mi favor. Alargué la distancia y así podía esquivar recurrentemente, buscando una apertura, analizando sus movimientos erráticos.

—¡Eh! Lucha, cobarde —dijo Flavio con mucha frustración, jadeando.

—¡Baltazar, cuidado! —avisó Teo.

Uno de los compañeros de Flavio trató de inmovilizarme por la espalda. La alerta de Teo fue suficiente para cambiar la posición de mis pies y, con un rápido enganche al cuerpo del atacante, este se plantó en el suelo de manera escabrosa, golpeándose la cabeza contra el pavimento con un ruido sordo. El otro intentó atacarme por la guardia baja sin éxito, su torpeza era casi cómica. Un simple desvío y un empujón bastaron para que terminara igual que su amigo. Definitivamente, sus estados etílicos hicieron que los derribara fácilmente.

—¡Hijo de puta!

Flavio, enfurecido al ver a sus amigos en el suelo, saltó en el aire intentando una patada giratoria. Un movimiento vistoso, pero predecible. Esquivé moviendo el torso y, cuando llegó al suelo, aproveché que no estaba en posición defensiva para darle un tacle que lo tumbó. Seguidamente, rematé con una patada al estómago que hizo que soltara un grito lastimero, un sonido gutural que rompió el silencio de la noche.

—Vámonos —le dije a Teo, al ver que los gritos habían traído la atención de una señora que, desde su ventana, llamaba por celular a la policía.

No era una victoria, solo una retirada estratégica. Pero, por ahora, era suficiente.

Nos alejamos rápidamente del callejón, dejando atrás los gemidos de Flavio y la promesa de sirenas policiales. Mientras doblábamos una esquina, un auto negro con lunas polarizadas, que no había notado antes, encendió su motor desde el otro extremo de la calle donde había ocurrido la pelea. Sentí la extraña sensación de que había estado allí todo el tiempo, observando la pelea sin hacer ningún movimiento, solo quieto en la oscuridad como una pantera acechando a su presa. Enseguida arrancó y tomó otro rumbo, desapareciendo en la noche. ¿Quiénes eran? ¿Amigos de Flavio? ¿Policía secreta? ¿O algo más? La ciudad, bajo el estado de emergencia, se sentía llena de ojos invisibles.

—Estuviste increíble —dijo Teo, jadeando un poco, pero con los ojos brillantes de excitación—. Ya no solo es vencer a Flavio, que de por sí tiene una reputación en una academia de Karate. ¡Incluso venciste a otros dos! ¡Flipé, tío! No sabía que eras bueno peleando.

—Aprendí desde niño, es una larga historia… —respondí, cortante—. Pero ahora tenemos que retirarnos o vendrá la policía y no quiero líos.

—Destrozaste su karate muy rápido. Me tienes que enseñar… —Teo seguía emocionado mientras nos alejábamos de la escena a paso rápido.

Enseñar... como si fuera tan simple. No le contaría, por supuesto, de mi infancia limpiando tatamis en el centro de entrenamiento de aquel campeón de UFC retirado. Ni de cómo, a falta de matrícula, absorbí técnicas observando a sus discípulos, practicando en secreto. Tampoco le contaría cómo murió ese campeón, acribillado por un marido celoso. Ni cómo el cobarde se suicidó después. El mundo era un lugar violento, y la supervivencia se aprendía en las sombras, no en academias de karate.

—¡Joder! —exclamó Teo, mirando su celular—. Mi madre pregunta dónde estoy. El evento ya terminó.

—Me comentaste que te mudarías… —dije, cambiando de tema, queriendo alejar la conversación de mis habilidades.

—Sí, mi padre buscó una casa por una zona nice… —confirmó Teo—. Y tú estás en un hotel, eso no puede ser. ¿Qué pasó?

—No conseguí para el alquiler —admití, con una verdad parcial—. Ahora estoy buscando una zona más cómoda.

—¡Ey! Yo lo soluciono.

—¿Cómo así?

—Tú solo confía. Hablaré con mi padre, tenemos habitaciones libres en mi casa, al menos hasta que nos mudemos a la nueva.

Una oferta inesperada. Conveniente, sin duda. Pero peligrosa. Vivir bajo el mismo techo que Teo y su familia... Demasiado cerca. Y, al mismo tiempo, una solución temporal a mi problema más inmediato.

—Pero está tu familia, no quiero ser una molestia.

—No te preocupes, aparte de mi hermana, los demás son buena onda…

—Aun así, tendré que pagarte. No quiero estar de arrimado.

Nunca depender de nadie. Esa era la regla de oro.

—Va, va, ya llegaremos a un acuerdo. Considéralo como un favor. En mi vida siempre quise ver a Flavio lloriqueando en el suelo como a un perro quejica. Creo que lo disfruté mucho más que cuando me lo chupó Rihanna.

—¿Rihanna?

—Así se llama la chica del night club.

Rihanna... Un nombre artístico tan falso como su sonrisa. Y Teo, pagando por un beso, creyendo que era especial. Pobre iluso.

—Bueno, me retiro —dije, llegando a una esquina donde nuestros caminos se separaban.

—Adiós, cuídate. Y hablamos mañana sobre lo de la casa, ¿vale?

Asentí sin comprometerme y observé cómo se alejaba. No sé si Teo lo conseguiría, pero si así fuese, me quitaría un dolor de cabeza buscando sitio. Para mi mala suerte, los alquileres en Puerto Libre subieron bastante últimamente. No sé qué mierda sucede en la Isla Cobreña; entre el prolongado Estado de Emergencia, las estrictas restricciones económicas que ahogan el comercio y la creciente influencia de grupos como la Congregación, encontrar un techo decente a un precio razonable era casi una utopía.

Me dirigí de nuevo hacia mi refugio en el sótano, con el eco de la pelea, la imagen del cristal palpitante y el número de Sandra en el bolsillo. La noche había sido larga, llena de giros inesperados. Y sentía que esto era solo el principio.

La oscuridad en el sótano era total, absoluta. No era la simple ausencia de luz, sino una presencia densa, casi tangible, que me envolvía y presionaba mis sentidos. El aire olía a tierra húmeda, a moho y a tiempo detenido. El silencio era tan profundo que podía escuchar el latido de mi propio corazón, un tambor sordo en medio de la nada. Y luego, estaba la luz.

El cristal, posado en el suelo polvoriento frente a mí, era la única fuente de iluminación. Su pulso era débil, irregular, una luz fría y pálida que apenas lograba rasgar el velo de la oscuridad. No iluminaba realmente, más bien... respiraba luz, creando un juego hipnótico de sombras danzantes en las paredes desconchadas. Me quedé inmóvil, observándolo, sintiendo una mezcla de fascinación y una inquietud primordial. ¿Qué era esa cosa? ¿Un simple mineral con una propiedad extraña, o algo más? La advertencia en latín – Periculum est... devorabit... – flotaba en mi mente como un espectro.

¿Poder? ¿Peligro? ¿Y si la carta no era una simple advertencia, sino una profecía?

Intenté apartar la mirada, concentrarme en mi situación. El teléfono muerto era un problema grave. Sin él, estaba desconectado, aislado. No podía contactar a Teo para confirmar lo de la habitación. No podía investigar nada sobre el cristal, sobre la Congregación, sobre nada. Estaba ciego y mudo en un mundo que ya era bastante hostil.

El sótano, que antes me había parecido un refugio aceptable, ahora se sentía como una trampa. Frío, inseguro, lleno de ratas, reales y metafóricas. Necesitaba salir de allí. Necesitaba un techo de verdad, aunque fuera temporal.

La oferta de Teo volvió a mi mente. Vivir en su casa... La idea me repugnaba y me atraía a partes iguales. La cercanía con Patricia, esa mujer que me recordaba dolorosamente a mi madre en su versión idealizada, era un campo minado emocional. Alexandra, su hermana, una incógnita, quizás otra distracción o una herramienta. Y Teo... su ingenua admiración sería una carga constante. Pero la alternativa era la calle, o gastar mis ahorros, mi última línea de defensa en un alquiler exorbitante en esta ciudad enferma.

Cuando las primeras luces del alba se filtraron tímidamente por las rendijas del sótano, tomé una decisión. Necesitaba cargar el teléfono. Necesitaba hablar con Teo. Necesitaba salir de ese agujero.

Encontré un pequeño café internet, oscuro y con olor a cigarrillo rancio, en una calle lateral. Pagué por media hora, lo justo para darle algo de vida a la batería del celular. Mientras esperaba, observé a los otros clientes: jóvenes jugando en línea, hombres de mediana edad revisando correos con aire furtivo... Un microcosmos de la humanidad escapando de su propia realidad.

Una vez con suficiente carga, llamé a Teo.

—¿Baltazar? ¡Qué bien que llamas! —Su voz sonaba genuinamente aliviada—. Hablé con mi padre. Dice que no hay problema, que puedes venir hoy mismo. Mi madre ya está preparando la habitación de invitados.

—Gracias, Teo —dije, manteniendo mi voz neutra—. Te lo agradezco. Iré por la tarde, ¿te parece?

—¡Claro! Cuando quieras. Oye, ¿estás bien? Parecías raro anoche...

—Estoy bien —le corté—. Solo cansado. Nos vemos luego.

Colgué antes de que pudiera hacer más preguntas. La solución habitacional estaba en marcha, temporalmente. Ahora, mi atención podía volver al verdadero misterio: el cristal.

La carta en latín, la advertencia, el pulso luminoso... Necesitaba respuestas. Recordé que en Puerto Libre había un viejo Museo de Geología y Mineralogía. Un lugar polvoriento y olvidado, probablemente, pero quizás allí encontraría alguna pista, algún experto, o al menos, algún libro que pudiera arrojar luz sobre la naturaleza de mi hallazgo. Como decía Maquiavelo, “quien desee éxito constante debe cambiar su conducta con los tiempos”, y mis tiempos, ahora, exigían conocimiento.

El museo se encontraba en la parte antigua de la ciudad, un edificio de arquitectura colonial que había visto días mejores, con la pintura descascarada y ventanas sucias. Tal como esperaba, estaba casi vacío. El eco de mis pasos resonaba en el vestíbulo silencioso y mal iluminado.

Detrás de un mostrador de caoba rayado, estaba la recepcionista. Y era, innegablemente, hermosa. Cabello oscuro recogido en un moño elegante, ojos grandes y expresivos, una piel pálida que contrastaba con sus labios pintados de rojo intenso. Pero su belleza estaba empañada por una expresión de aburrimiento y un claro desdén al verme. Me escaneó de arriba abajo, mi ropa arrugada de la noche anterior, mi aspecto probablemente desaliñado, y su boca formó una línea fina.

—¿Sí? —preguntó, con un tono frío que dejaba claro que me consideraba una molestia.

El juicio instantáneo. El desprecio basado en la apariencia. Tan predecible. Tan humano. Pero como bien enseñan los maestros de la persuasión, y quizás incluso los filósofos que reflexionaron sobre la vanidad humana, a veces es necesario simular lo contrario de lo que se siente para ganar ventaja. La hostilidad se combate con la sorpresa, no con la confrontación directa.

En lugar de responder a su frialdad con la mía, le ofrecí mi mejor sonrisa, una estudiada mezcla de amabilidad y ligero despiste.

—Buenos días —dije, con un tono suave y respetuoso—. Disculpe la molestia. Soy estudiante y estoy fascinado por la cristalografía. Me preguntaba si podrían indicarme dónde se encuentra la sección de cuarzos y silicatos. He oído que tienen una colección notable.

La miré directamente a los ojos, manteniendo la sonrisa, proyectando un aire de genuino interés académico que contrastaba con mi aspecto.

Su expresión vaciló. La línea dura de sus labios se suavizó ligeramente, y una chispa de confusión, o quizás interés, apareció en sus ojos. Estaba claramente descolocada por mi amabilidad inesperada y mi mención a la cristalografía.

—Eh... sí, claro —tartamudeó, recomponiéndose—. La entrada son... diez dólares. La sección de silicatos está en la segunda planta, ala oeste. Siga las indicaciones.

—Muchísimas gracias —dije, pagando la entrada—. Es usted muy amable. Que tenga un buen día.

Le dediqué una última sonrisa antes de girarme y dirigirme hacia las escaleras, dejándola atrás con su sorpresa y, quizás, con una mínima duda sobre sus propios prejuicios. Un pequeño juego ganado. Una demostración de que la inteligencia, bien aplicada, puede doblegar incluso al desprecio más arraigado.

Subí las escaleras, sintiendo su mirada en mi espalda. El verdadero desafío, sin embargo, me esperaba arriba: encontrar alguna respuesta sobre el cristal palpitante que llevaba oculto en mi mochila.

Subí las escaleras de mármol desgastado, sintiendo el frío de la piedra bajo mis pies. El aire en la segunda planta era aún más pesado, cargado de polvo y del silencio propio de los lugares olvidados. Las vitrinas, muchas de ellas con el cristal empañado, mostraban rocas y minerales clasificados con etiquetas amarillentas escritas a máquina. La iluminación era escasa, creando largas sombras que se proyectaban en las paredes desconchadas. Un mausoleo de la geología, pensé. Y yo, buscando respuestas sobre una piedra que parecía tener vida propia.

Seguí las indicaciones hacia el ala oeste. La sección de silicatos era una sucesión de vitrinas dedicadas a la inmensa familia del cuarzo: amatistas, ágatas, jaspes... y, finalmente, el citrino y el cuarzo transparente. Me detuve frente a ellas, comparando los especímenes expuestos con la imagen mental del cristal que llevaba en la mochila. Había cuarzos de gran pureza, algunos con inclusiones interesantes, pero ninguno se parecía realmente al mío. Ninguno tenía esa perfección geométrica casi artificial, y, por supuesto, ninguno mostraba signos de emitir luz propia.

Era como buscar una aguja en un pajar, o peor, buscar algo que ni siquiera sabía si existía fuera de mi propia y extraña experiencia. Recorrí los paneles informativos, leyendo descripciones sobre estructuras cristalinas, piezoelectricidad, variedades... Conocimiento estándar, obsoleto en su mayoría. Nada sobre pulsaciones luminosas, nada sobre advertencias en latín.

"El conocimiento es poder", repetían siempre. Pero, ¿qué poder hay en el conocimiento fragmentado, en las verdades a medias? Como advertía Bacon, “un poco de filosofía inclina la mente del hombre al ateísmo; pero la profundidad en la filosofía lleva las mentes de los hombres a la religión”. Quizás, en mi caso, un poco de conocimiento solo me estaba llevando a la confusión.

Estaba a punto de darme por vencido, de asumir que mi visita había sido una pérdida de tiempo y de los diez dólares que tanto necesitaba, cuando algo en una vitrina apartada llamó mi atención. No era un cristal, sino un libro antiguo, abierto por una página específica, junto a unos fragmentos de roca oscura. El libro estaba protegido por un cristal grueso, y una pequeña etiqueta indicaba: "Folclore y Mineralogía de la Isla Cobreña - Mitos de las 'Piedras Vivas'".

Me acerqué, aguzando la vista. La página abierta mostraba un dibujo tosco, casi infantil, de un cristal similar al mío, aunque con menos detalle. Y debajo, un texto manuscrito, difícil de leer.

"...en las profundidades de las Minas de Sombra [un nombre local, supuse], los antiguos mineros hablaban de las 'Animas de Piedra'. Cristales que guardaban la luz de las estrellas caídas y que, según la leyenda, latían con un poder antiguo. Se decía que otorgaban gran fortuna o gran desgracia a quien los poseyera, dependiendo del corazón del portador. Algunos afirmaban que las piedras susurraban en sueños, otros que podían 'devorar' la luz y el alma de los débiles... Supersticiones, por supuesto, fruto de la ignorancia y el aislamiento..."

¿Animas de Piedra? ¿Minas de Sombra? ¿Susurros? ¿Devorar almas? Supersticiones, sí, probablemente. Pero la descripción del cristal que "latía" con luz... era demasiado parecida a mi experiencia. Y la palabra "devorar"... me recordó inquietantemente a la última palabra legible de la carta en latín: devorabit.

Una pista. Débil, ambigua, envuelta en folclore y leyendas, pero una pista al fin y al cabo. Minas de Sombra... Tendría que investigar dónde quedaban.

Mi búsqueda en el mausoleo no había sido del todo inútil. El conocimiento fragmentado, a veces, es mejor que la ignorancia absoluta.

Guardé esa información en mi memoria: Minas de Sombra. El museo, con sus leyendas y cristales muertos, ya no tenía nada más que ofrecerme por ahora. El folclore era una pista, sí, pero necesitaba algo más tangible, algo científico. Quizás la cristalografía, la ciencia que estudiaba la perfección geométrica que tanto me había llamado la atención en mi propio espécimen, podría darme alguna respuesta.

Decidí dirigirme a la Biblioteca Central de Puerto Libre. Un edificio imponente, aunque con el mismo aire de leve decadencia que impregnaba toda la ciudad. Si había algún texto técnico sobre mineralogía avanzada o cristalografía inusual en esta isla, estaría allí.

El silencio de la sala de lectura principal era casi religioso, un marcado contraste con el ruido de la fiesta de la noche anterior o el bullicio de las calles. Busqué la sección de ciencias y comencé a hojear algunos volúmenes sobre geología y mineralogía local, pero eran manuales básicos, introductorios. Necesitaba algo más específico.

Me dirigí al mostrador para pedir ayuda con el catálogo, cuando la vi. Sentada en una mesa apartada, rodeada de libros y papeles, con el ceño fruncido y mordisqueando la punta de un lápiz, estaba Milagros.

Nuestras miradas se cruzaron por una fracción de segundo. Ella apartó la vista inmediatamente, girando el rostro hacia la ventana, fingiendo una súbita fascinación por el grisáceo paisaje urbano. Como si yo fuera invisible. Como si el encuentro en la terraza nunca hubiera ocurrido. Predecible.

Decidí acercarme. El juego no había terminado.

—¿Problemas con la proyección estereográfica? —pregunté en voz baja pero clara, deteniéndome junto a su mesa.

Milagros levantó la vista, sorprendida por mi cercanía. Su rostro mostró una rápida sucesión de emociones: sorpresa, fastidio, y finalmente, una máscara de fría indiferencia.

—No te vi —mintió, volviendo la vista a sus papeles.

—Ya. Suele pasar —respondí, con ironía—. Veo que estás con la red de Wulff. ¿Intentando determinar la simetría de un cristal tetragonal?

Observé los diagramas y cálculos esparcidos sobre su mesa. Era evidente que estaba atascada.

—No necesito tu ayuda, Baltazar —replicó, sin mirarme.

—No dije que la necesitaras —contesté, inclinándome ligeramente para ver mejor el problema—. Pero estás colocando mal los polos de las caras {101}. La proyección desde el polo norte invierte la coordenada Y en el plano ecuatorial para esas caras específicas en este grupo puntual.

Tomé su lápiz, casi sin pedir permiso, y con un par de trazos rápidos corregí la proyección en su diagrama. Le mostré cómo los puntos de simetría se alineaban correctamente ahora.

Milagros observó mi corrección, primero con incredulidad, luego con una comprensión que iluminó brevemente su rostro, y finalmente... con un sonrojo que se extendió desde su cuello hasta sus mejillas. Apartó la mirada de nuevo, visiblemente avergonzada. El rubor de la alumna estrella al ser corregida por el "don nadie". Delicioso.

—Yo... no me había dado cuenta —murmuró, con la voz apenas audible.

—Es un error común —dije, devolviéndole el lápiz con una sonrisa que sabía que la irritaría—. La cristalografía requiere precisión. Y, a veces, una perspectiva diferente.

Me miró de nuevo, y en sus ojos ya no había solo desprecio o indiferencia. Había confusión, sorpresa, y quizás... solo quizás... una pizca de respeto a regañadientes.

—Gracias —dijo, entre dientes.

—De nada, Milagros —respondí—. Siempre es un placer ayudar a una compañera... estudiosa.

Me alejé de su mesa, dejándola con sus papeles corregidos y su orgullo herido. Otro pequeño punto anotado en nuestro particular marcador. Ya no necesitaba buscar más libros por hoy. Tenía una pista sobre las minas y había conseguido desestabilizar a Milagros. Era suficiente.

Era hora de volver a la realidad, al juego de la supervivencia. Era hora de poner en marcha la siguiente fase de mi plan: la mudanza temporal a la casa de Teo.

Salí de la Biblioteca Central de Puerto Libre con una ligera, casi imperceptible, sensación de triunfo. Ver el rostro de Milagros, normalmente tan compuesto y seguro, teñirse de rojo había sido... satisfactorio. Una pequeña victoria en una guerra silenciosa que solo existía entre nosotros. O quizás, solo en mi cabeza. Daba igual. Había demostrado mi punto.

El camino hacia la casa de Teo me llevó por barrios que contrastaban con la decadencia del centro antiguo y la sordidez de la "Pink Zone". Aquí, las calles eran más limpias, los edificios más cuidados, aunque la presencia militar y los ocasionales controles seguían recordando el Estado de Emergencia que atenazaba a la Isla Cobreña. Los rostros de los transeúntes aquí eran diferentes también: menos preocupación visible, más indiferencia estudiada. El dinero, como siempre, compraba una ilusión de normalidad. Vi menos carteles anónimos, pero en su lugar, aparecían otros, más discretos, pero igualmente presentes, con símbolos geométricos que ahora asociaba, aunque sin certeza, a la Congregación del Nuevo Amanecer. Una red invisible extendiéndose por la ciudad.

La casa de Teo estaba en una de estas zonas residenciales acomodadas. No era una mansión ostentosa, pero sí una vivienda amplia, de dos plantas, con un jardín cuidado y un aire de sólida respetabilidad burguesa. Un mundo completamente ajeno al mío, al sótano húmedo del que acababa de salir.

Toqué el timbre, sintiendo una oleada de incomodidad. Odiaba depender de otros, odiaba aceptar favores. Era una debilidad, una grieta en mi autosuficiencia. Pero la necesidad, por ahora, era más fuerte que el orgullo.

Fue Teo quien abrió la puerta, con una sonrisa radiante.

—¡Baltazar! ¡Llegaste! Pasa.

Me condujo al interior. El recibidor era espacioso, decorado con muebles clásicos y algunos cuadros que parecían caros. Se oían voces apagadas desde otra habitación.

—Mi madre está en la cocina, preparando algo. Y Alexandra... bueno, está en su mundo —dijo Teo, encogiéndose de hombros—. Mi padre no está, tuvo una reunión importante... cosas de Mayor.

Mejor así. No tenía ganas de encontrarme con el padre de Teo todavía. Menos si estaba involucrado con la Congregación.

—Ven, te enseño la habitación —dijo Teo, guiándome por un pasillo.

La habitación de invitados era... impersonal. Cama hecha, armario vacío, un pequeño escritorio. Limpia, ordenada, pero sin alma. Como una habitación de hotel decente, pero sin el anonimato reconfortante. Me sentí como un intruso, un parásito infiltrado en un organismo sano.

—Espero que estés cómodo —dijo Teo—. No es mucho, pero...

—Está perfecto, Teo —le interrumpí—. Te lo agradezco de verdad.

—No es nada. Para eso están los amigos, ¿no? —dijo, con una sinceridad que me resultó casi dolorosa—. Además, después de lo de Flavio... te lo debía.

Siempre una transacción. Incluso la amistad, para Teo, parecía basarse en deudas y favores. Quizás no éramos tan diferentes, después de todo.

—Hablando de pagar... —comencé a decir.

—¡No, no! —me cortó Teo—. Ya te dije, es un favor. Cuando nos mudemos, ya veremos. Ahora descansa, o acomódate. Estás en tu casa.

Justo en ese momento, Patricia apareció en el umbral de la puerta. Llevaba un delantal y tenía una mancha de harina en la mejilla. Su sonrisa era cálida, genuina.

—¡Baltazar, querido! Qué bueno que llegaste —dijo, acercándose para darme un beso en la mejilla que esquivé sutilmente retrocediendo un paso—. Teo me dijo que te quedarías unos días. ¡Estupendo! Así le haces compañía.

Su parecido con mi madre... era inquietante. La misma calidez en la mirada, la misma suavidad en la voz. Pero Patricia estaba viva, sonriente, real. Y eso lo hacía aún más difícil. Una mezcla de atracción y repulsión, de nostalgia y resentimiento, se agitó en mi interior.

—Gracias por recibirme, Patricia —dije, forzando una sonrisa—. Espero no ser mucha molestia.

—¡Qué tontería! Eres amigo de Teo, eres bienvenido —respondió ella—. Estaba preparando unas empanadas. ¿Tienes hambre?

—Un poco —admití, dándome cuenta de que no había comido nada decente desde el sándwich de la mañana anterior.

—¡Perfecto! Teo, ayúdalo a instalarse. Yo vuelvo a la cocina. ¡Siéntete como en casa, Baltazar!

Se fue, dejándome con Teo y con una sensación de extrañeza que me oprimía el pecho. Estar allí, en esa casa, bajo la mirada amable de Patricia, se sentía... incorrecto. Peligroso.

—Bueno, te dejo para que te instales —dijo Teo—. Si necesitas algo, solo avisa. Mi habitación está al final del pasillo.

Asentí, y Teo salió, cerrando la puerta tras de sí. Me quedé solo en la habitación impersonal, escuchando los sonidos apagados de la casa. Deshice mi mochila, colocando mis pocas pertenencias en el armario vacío. Saqué el cristal y la carta, ocultándolos bajo una pila de ropa.

Estaba dentro. Había conseguido un techo, comida caliente, un respiro temporal. Pero a un costo. El costo de la dependencia, de la mentira, de la proximidad a aquello que más temía y, quizás, deseaba. Miré por la ventana. El sol empezaba a descender, tiñendo el cielo de Puerto Libre con tonos anaranjados. La partida continuaba, en un nuevo tablero, con nuevas reglas.

Continuará…

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