Xtories

Yo, Baltazar – Capítulo 4🎩⚫

Baltazar no busca placer, busca ventaja. Cuando reconoce a la mesera despreciativa entre las prostitutas del club, decide comprar su cuerpo para comprar su verdad. Pero en una habitación de neón y mentiras, el control puede ser la última ilusión.

Vespero5.7K vistas8.2· 9 votos
Este relato queda fuera de tus preferencias actuales. Lo mostramos porque llegaste por un enlace directo.

IV

“Prostitute”

—Y ahora, ¿a dónde vamos? —pregunté, una vez que estuvimos lo suficientemente lejos del grupo.

—Sabes, mi padre fue ascendido al grado de Mayor. Me dio algo de dinero. Podemos ir al parque de diversiones o a otro lugar cool. No te preocupes, yo invito.

—Lo que no entiendo, ¿qué relación hay entre los compañeros del aula y tu padre? —pregunté, ignorando su oferta.

—¿En qué mundo vives? No sabes nada de la congregación.

—¿Congregación? Nunca escuché hablar de ellos.

—Para ser exactos, es la “Congregación del Nuevo Amanecer”. Mi padre se unió hace poco. Gran parte de la preparatoria también pertenece o están relacionados con la comunidad.

—Al parecer me perdí de algo importante…

—Hay algunas actividades interesantes.

—¡Ey! No es el profesor de matemáticas —Teo señaló en una dirección, interrumpiendo mi línea de pensamiento.

El mundo es pequeño. El profesor llevaba ropa informal y se dirigía hacia una zona bastante conocida.

—¿Lo saludamos?

—No, se dirige a la “Pink Zone”.

—¡Joder! No sabía que era parroquiano.

—¿Él también pertenece a la congregación?

—Vi a muchas personas, pero a él nunca.

—¿Y si lo seguimos?

—Dará cringe si nos encontramos.

—Por lo que veo, la zona es grande.

—¡Qué mujerones! No culpo al profesor por perder la cabeza.

Empezamos a caminar lentamente. Algunas chicas nos miraban insinuantemente, la mayoría portaba su característica cartera, iban bien arregladas y con maquillaje. Otras eran más atrevidas y nos llamaban descaradamente, prometiéndonos innumerables fantasías sexuales. Había mujeres para todos los gustos: morenas, rubias, jóvenes, maduras, flacas, gordas, etc. Algunas de estas mujeres comenzaron a tentarnos con propuestas calientes.

¿Qué, piensas que te voy a coger solo porque tú dices?, pedazo de mojonas, pensé, conteniendo una mueca de desprecio.

Teo, a mi lado, caminaba con las manos en los bolsillos del pantalón, visiblemente nervioso. Se mordía el labio inferior y evitaba el contacto visual con las mujeres que nos rodeaban. Era evidente que se sentía incómodo, fuera de su elemento.

—¿Es malo que nuestra primera experiencia sexual sea con una prostituta? —preguntó de repente, con un hilo de voz.

—Desde mi punto de vista, no existe nada malo en el mundo —respondí, con un tono filosófico que, en realidad, ocultaba mi indiferencia—. ¿Así que si es malo? Pues obvio no. Lo malo es no tener dinero para pagar.

—No te preocupes, como te dije antes, yo pago —dijo Teo.

—Es seguramente más deseable que la primera relación sea espontánea, entre dos personas sin mediar dinero —continué, ignorando su comentario—, pero puede que igualmente sea una puerta válida a la sexualidad y a superar barreras en las relaciones con las mujeres. En los temas de sexualidad, es mejor tener la primera experiencia con una prostituta a no tenerla.

Una mentira piadosa, por supuesto. La experiencia, en sí misma, me importa poco. Lo que me importa está más allá de simples deseos mundanos.

—No estoy seguro —dijo, fingiendo duda—. Lo que sí sé es que no voy a pagar a una pobre mujer para poder abusar sexualmente de ella. Es inmoral. Antes que eso, sigo virgen, aunque nadie se quiera acostar conmigo.

—¿Es en serio? —le miré con una expresión de sorpresa, casi de incredulidad

—Joder, estoy dudando —añadió Teo, mientras observaba a una chica que le sonreía abiertamente, una rubia de ojos azules y curvas peligrosas, que parecía salida de una revista para adultos. La chica, al notar su mirada, le guiñó un ojo y le hizo un gesto con la mano, invitándolo a acercarse.

—Es su trabajo como cualquier otro —dije, con un encogimiento de hombros, como si el tema no tuviera la menor importancia.

—¡Maldición! —exclamó Teo, con una mezcla de excitación y nerviosismo—. No he tenido suerte con las mujeres y quiero saber qué se siente tener relaciones sexuales.

Muchos hoteles y night clubs rodeaban el lugar, un laberinto de neón y pecado, donde los deseos más oscuros encontraban su refugio. Un territorio propicio para la caza, pensé. Entre la gente, casi perdí de vista al profesor, hasta que Teo me indicó que entró a un hotel con una chica de aspecto joven. Una chica que, a juzgar por su ropa y su actitud, no era precisamente una estudiante universitaria. Las preferencias del profesor hicieron que mi mente se llenara de preguntas. Muchas veces, las fantasías de un hombre están relacionadas con la vida diaria. ¿Tal vez en su mente lujuriosa se imaginará tener sexo con una de sus alumnas? ¿Con Miss Roxy, quizás? ¿O con alguna otra, más joven, más inocente...? Una sonrisa torcida se dibujó en mis labios.

—Es nuestra oportunidad —dije, señalando el night club que teníamos enfrente.

—Let’s go! Ahí voy —respondió Teo.

Teo, con la valentía que da la desesperación (y quizás, el ponche de frutas), se acercó con pasos lentos y algo tambaleantes a una chica de buenas curvas, de piel clara y cabello bien cepillado, que estaba parada en la esquina, como una flor exótica en medio de un jardín marchito. En el momento en que iba a contratar sus servicios, un hombre se le adelantó y se fue con la espectacular mujer.

—¡Mierda! —exclamó Teo, con frustración—. Algunas tienen más demanda.

—Mejor entramos ahí —le indiqué, señalando con la mirada el night club. Un edificio grande, con luces de neón que parpadeaban como ojos insomnes, y una música que se escapaba por las puertas, prometiendo placeres prohibidos.

Si Teo pagaría, entonces, ¿por qué no entrar a un lugar más cómodo, que aparentaba tener un mejor cartel de mujeres? Si estaría con una prostituta, debería ser de las mejores. Aunque, en realidad, la calidad de la "mercancía" me importaba poco. Lo que me importaba era el ambiente, la información, las posibles conexiones. Un night club era un lugar perfecto para observar, para aprender sobre el comportamiento humano, y tal vez encontrar debilidades.

Al momento de acercarme, unos jóvenes de nuestra edad, que salían por la puerta, conversaban animosamente.

—¿Cuánto duraste? ¿Diez minutos? ¡Un nuevo récord! Jajaja…

—¿Diez minutos? Ni que fuera maratón, jaja.

—¿Diez minutos? Wtf, a mí se me va en 1 minuto.

—Goku, apresúrate, que ya llegaron las cariñosas —dijo otro chico que estaba entrando.

—Es hora de ir a las cariñosas, Majin Buu —ironizó el grupo de jóvenes.

—Jejeje, lo dijiste con la voz de Babidi.

—Antojitos de una noche.

—Párrocos. Pobres niñas y qué feos los comentarios de los hombres… —mencionó una señora que pasaba cerca y, al parecer, se equivocó de lugar.

Su rostro, arrugado y lleno de reprobación, contrastaba con la atmósfera de lujuria y desenfreno que nos rodeaba. Un recordatorio de que, incluso en el infierno, hay ángeles caídos

En la entrada, un guardia fornido y con voz gruesa, más parecido a un armario ropero que a un ser humano, nos indicó que debíamos pagar la entrada. Además, nos advirtió, con un tono que no admitía réplica, que estaba prohibido grabar y tomar fotos a las chicas. "Aquí se viene a disfrutar, no a coleccionar recuerdos", dijo, con una sonrisa torcida que revelaba una hilera de dientes amarillentos. Teo, con un gesto de generosidad que me resultó sospechosamente forzado, se hizo cargo.

En el interior, sonaba algún reggaetón cuyo nombre no sabía, ni me interesaba saber. Una música repetitiva y machacona, diseñada para adormecer el cerebro y estimular los instintos más básicos. Bajo la luz de neón, que teñía la piel de colores artificiales y creaba sombras inquietantes, las curvilíneas formas de las mujeres encendían los instintos de los hombres. Un espectáculo grotesco y fascinante a la vez.

Hay un chisme en el mundo moderno: ¿por qué los antiguos tenían más hijos? Porque no había nada que hacer al anochecer, y cuando se iban a la cama y se quedaban quietos, no podían dormir, así que tenían que se ponían a hacer personas. Parece vulgar, pero describe gráficamente la falta de actividad y el aburrimiento nocturno en el mundo anterior a la invención de la electricidad. Y en este tipo de clubes, las personas buscan salir de trabajos monótonos y aburridos, buscando relajarse con los servicios de mujerzuelas. O, quizás, buscan algo más: una conexión, una validación, una ilusión de control en un mundo que se les escapa de las manos.

—Ya pagué la entrada —dijo Teo, interrumpiendo mis pensamientos—. Ahora solo queda elegir con quién perder la virginidad.

Las habitaciones de las prostitutas tenían un número. Números rojos, brillantes, como heridas abiertas en la pared. Desafortunadamente, había una larga cola de hombres esperando su turno para las mejores mujeres. Hombres de todas las edades y condiciones, unidos por un mismo deseo, una misma necesidad. Un rebaño de ovejas esperando ser esquiladas, pensé con desprecio.

—Yo iré con aquella —dijo Teo, emocionado, señalando a una madura de grandes tetas, que se contoneaba con una mezcla de aburrimiento y profesionalidad.

—Ya encontré a la adecuada —respondí, con una sonrisa, al ver a una antigua conocida.

Una pieza inesperada en el tablero. Una pieza que podría ser muy útil.

—Let’s go…

Aquella mujer, a la que reconocí por su tono de voz, claramente era extranjera, tal vez de algún país del Caribe. Aún tenía mis dudas de si se trataba de esa persona; la baja luminosidad de la zona impedía reconocerla completamente. La primera vez que la vi, vestía un uniforme bien entallado en su trabajo como mesera en el restaurante de la mañana. Ahora, portaba ropa de sexoservidora que resaltaba sus buenos atributos. Un cambio radical, una transformación que hablaba de desesperación, de necesidad, o quizás, simplemente, de una pragmática adaptación a las circunstancias. Su apariencia exótica no pasó desapercibida para un cliente que, cuando la vio, se puso primero en la cola. Ella, como buena profesional, le devolvió una mirada seductora.

Me dispuse a esperar a que llegara mi turno, con muchas disertaciones. ¿La situación del país está tan mala que una mesera tiene que cumplir horarios extra para vivir? ¿O es la manera de ganar dinero rápido lo que la motiva a estar en este empleo de dudosa reputación? O quizás, hay algo más. Algo que se oculta detrás de esa mirada seductora, detrás de esa sonrisa profesional. Algo que, tal vez, solo yo pueda ver.

Aquella mujer a la que reconocí por su tono de voz claramente era extranjera, tal vez de algún país del caribe. Aún tenía mis dudas de si se trataba de esa persona, la baja luminosidad de la zona impedía reconocerla completamente. La primera vez que la vi, vestía un uniforme bien entallado en su trabajo como mesera en el restaurante de la mañana, ahora portaba ropa de sexoservidora que resaltaba sus buenos atributos. Su apariencia exótica no pasó desapercibida para un cliente que cuando la vio se puso primero en la cola, ella como buena profesional le devolvió una mirada seductora. Me dispuse a esperar a que llegara mi turno con muchas disertaciones ¿La situación del país está tan mala que una mesera tiene que cumplir horarios extra para vivir? ¿O es la manera de ganar dinero rápido lo que la motiva a estar en este empleo de dudosa reputación?

Una zona de barras se encontraba a unos pasos de mi posición, donde se exhibía una gran variedad de licores y un barman que, con movimientos mecánicos, preparaba cócteles de colores chillones. Un cúmulo de personas conversaba amenamente, o más bien, pontificaba sobre la vida, el amor y el dinero, con la sabiduría que solo da el alcohol. Me pareció interesante y, mientras esperaba mi turno, agudicé el oído, captando fragmentos de la conversación.

—Un hombre con dinero cambia la vida de una mujer pobre, pero una mujer con dinero jamás voltearía a ver a un hombre pobre.

—Cierto, un hombre cuando logra tener más dinero lo que piensa es en invertirlo para un mejor futuro con su mujer, pero cuando una mujer logra tener más dinero, lo que hace es pensar que no necesita ese hombre.

—Un hombre con dinero cambia la vida de una mujer pobre, pero falta agregar que no es cualquier mujer pobre. La mujer debe ser hermosa, con curvas y demás… —replicó una camarera que escuchaba la conversación, limpiando un vaso con un trapo que había visto mejores días.

—Yo le agregaría que un hombre, aunque con pocos recursos, jamás se fija en los recursos o la educación de la mujer; en cambio, la mujer sí. Ahí la gran diferencia.

—Toma tus cervezas bien heladas, toda la razón.

—Es instinto, solo lo hará para sus hijos o para ella, me parece extraño que nadie sepa eso tan básico…

—Es que los hombres nos fijamos más en lo físico, y las mujeres en los recursos. Aunque, depende de la edad de cada uno también…

—Obvio, porque tus hijos van a necesitar crecer en un hogar con una economía estable y la mayoría de los hombres piensan que con solo tener refrigeradora y TV en casa es suficiente…

—Si el dinero es lo único que puedes ofrecerle a alguien, pues debes mejorar tu personalidad —comentó la camarera.

—Jaja..jaja…De seguro con personalidad vas a comer todos los días, con personalidad vas a pagar tus gastos…Jaja.

—Las mujeres optan por la comodidad a la belleza, así de simple.

—Se ve la personalidad cuando lo económico no te falla, va a disculpar señor, pero actualmente las mujeres ganan su propio dinero y no se tienen que aguantar patanes…

—Uy… gana dinero de formas curiosas… no crees.

—Trabajo es trabajo.

—Sabias palabras.

—Jejeje… tengo un amigo que aparenta… les da como a máquina de coser y luego las deja. Al fin de cuentas, el coito se realizó con éxito.

— En mi caso no fue así, pregúntenle a mi esposa que se fijó en mí cuando estaba más pobre que la familia Ingalls… Jaja.

— Cuida a tu mujer… el otro día la vi conversando con el plomero confianzudamente, jajaja.

— Eso ocurre porque hay mujeres que se creen libres por tener dinero y solo se dedican a acostarse con cualquier hombre, luego terminan viejas y sin una familia, creando estilos de vidas inmaduros. Lo mejor es salir con una mujer que te apoye emocionalmente y que esté bien de la cabeza.

— Por eso algunas tienen valor y otras no.

— Hay mujeres que se fijan en hombres hermosos de escasos recursos… ejemplo yo… Es broma.

—En fin, si un hombre no quiere conquistar con dinero a la mujer, es un tacaño.

—Si una mujer no quiere conquistar con dinero al hombre, es empoderada. Jajaja.

—Triste, pero cierto…

—Nadie obliga a los hombres a estar con una mujer pobre…

— Todo por esos hermosos agujeros…

—No puedo decir lo mismo, porque yo encontré un ángel de mujer que hace todo lo contrario, fue y es mi impulso para salir adelante, no puedo explicarlo, es como una bendición de Dios.

— ¿Y qué haces acá?

—Jaja…jaja…

Un coro de risas, brindis y bravuconadas. Un espectáculo deprimente y, a la vez, revelador. Todos ellos, atrapados en sus propias jaulas, buscando desesperadamente una llave que, probablemente, no existe. Y yo, observando desde la barrera, tomando nota de sus debilidades, miedos e ilusiones

Después de aproximadamente media hora, una espera que se me hizo eterna, amenizada solo por las conversaciones vacías y las risas huecas de los clientes del bar, la puerta se abrió y la caribeña me invitó a entrar. Sus grandes tacones la hacían más alta que yo, acentuando su ya imponente presencia. Una reina en su pequeño reino de neón y lujuria, pensé. Calculé que debía tener la edad de la mamá de Teo, aunque con distinta fisonomía. Patricia era la imagen de la madre abnegada, la esposa fiel, la vecina amable. Esta mujer, en cambio, exudaba una energía diferente, una mezcla de desafío y cansancio, de sensualidad y resignación.

—Pasa, guapo —dijo, con una voz ronca que delataba su acento caribeño—. ¿Qué te apetece?

Su voz... La había escuchado antes, en un contexto muy diferente. Un restaurante, un uniforme, una bandeja con sándwiches... La vida da muchas vueltas, pensé.

Entré en la habitación, un espacio pequeño y sofocante, decorado con luces rojas y espejos estratégicamente colocados para multiplicar la sensación de intimidad. Un olor a perfume barato y a sudor flotaba en el aire. Un escenario deprimente desde mi punto de vista.

—Depende —respondí, con una sonrisa que no llegaba a mis ojos—. ¿Qué ofreces?

La mujer me miró de arriba abajo, con una expresión que mezclaba el profesionalismo y el desdén, como evaluando el valor de la mercancía antes de hacer una oferta.

—De todo —respondió, con un encogimiento de hombros—. Lo que quieras. Lo que puedas pagar.

—Ya veo… —dije, fingiendo interés—. ¿Y qué me recomiendas?

—Eso depende de ti, guapo —dijo ella, acercándose un poco más a mí—. ¿Qué te gusta? ¿Qué te excita?

Su mirada, directa y desafiante, no revelaba ningún signo de reconocimiento. Para ella, yo era solo otro cliente, otra cara en la multitud, otro billete en su cartera. Mejor así, pensé.

—Me gusta la sinceridad —respondí, con un tono de voz que intentaba ser seductor—. Y me gustan las mujeres que saben lo que quieren.

Ella soltó una risita.

—La sinceridad es un lujo que no todos pueden permitirse, guapo —dijo—. Y en cuanto a lo que quiero... bueno, eso lo descubrirás pronto.

Se acercó aún más, invadiendo mi espacio personal. Podía sentir el calor de su cuerpo, el olor de su perfume, una mezcla de flores exóticas y algo más, algo indescifrable. Un olor que, por alguna razón, me inquietaba.

—No te he visto antes por aquí — dijo, rompiendo el silencio y mirándome a los ojos.

Su mirada, ahora más directa, parecía buscar algo más que una simple transacción comercial. ¿Sospechaba algo? ¿O era solo mi paranoia?

—Primera vez —respondí, con una voz que intentaba sonar casual—. Me recomendaron el lugar.

—Ya veo… —dijo ella, con una sonrisa que no revelaba sus pensamientos—. Pues bienvenido. Espero que disfrutes de la experiencia.

—Seguro que sí —dije, devolviéndole la sonrisa.

Siempre y cuando mantengas la boca cerrada, pensé.

—Sácate la ropa, papi —me dijo con una seductora voz, cambiando repentinamente de tono.

Una profesional, sin duda. Capaz de pasar de la cortesía al descaro en un abrir y cerrar de ojos.

Se puso en cuatro, moviendo el trasero. Una invitación explícita, una oferta que, en otras circunstancias, me habría resultado tentadora. Pero ahora, solo veía una herramienta. Una herramienta que podía usar para mis propios fines. Pero ¡Uff…! Con esas bragas de color rojo, qué rico trasero expone, pensé.

—¿Cuál es tu nombre?

—Sandra, yogurín.

Debe ser su nombre de puta, el nombre real probablemente nunca lo dirá y solo lo conocen sus familiares. ¿Qué pasaría si alguno de ellos llega a este lugar? ¿Si su padre, su hermano, su novio la vieran aquí, ofreciendo su cuerpo al mejor postor? Una imagen cruel, pero que, por alguna razón, me resultaba estimulante.

—¡No te saques el sujetador! —la frené—. Lo hago yo.

Accedió a mi propuesta. Se dice popularmente que, si es la primera vez con una prostituta, te tratará de mejor manera para que vuelvas en otra ocasión; pero después, sus servicios no serán lo mismo, ya que estarás en sus garras. Una teoría interesante, pensé.

Me puse a su espalda. Mientras la desataba, me fijé en un pequeño lunar entre la clavícula y su pecho derecho, un detalle mínimo, una imperfección en medio de tanta perfección artificial. Ese lunar la delató por completo. ¡Sí, se trataba de la camarera!

Una cosa es hacerlo con una desconocida y otra con alguien a quien conoces, aunque sea de vista. El morbo, la transgresión, la sensación de poder... todo se multiplicaba exponencialmente. El olor de su perfume llenó mis sentidos y me dieron ganas de tocar a este pedazo de mujer que estaba a mi lado.

—Estás hermosa —disimulé, mientras le quitaba el calzón.

Una mentira piadosa. Una forma de mantener la farsa. De mantenerla a ella en la oscuridad.

No resistí la tentación y le toqué los senos con ambas manos. Los sentí suaves. Toqué sus pezones, que se endurecían rápidamente. Tuve un impulso a chuparlos y saborear esas mamas, pero tuve que calmarme al recordar que era una puta.

—Despacio, la vas a pasar bien… —respondió ella, mientras me tiraba con el culo hacia atrás.

Su voz, ahora más suave, más íntima, contrastaba con la frialdad de mis pensamientos.

Me pidió que me echara para después ponerme un condón, un gesto mecánico, rutinario, que rompía cualquier atisbo de romanticismo o pasión al ver mi pene erecto. Pero una acción me sobresaltó: con sus manos, empezó a masajear mis pectorales; seguidamente, los deltoides, bajando luego a la zona de los abdominales. Si bien no presento el cuerpo de un luchador de la UFC, mantengo en forma gracias a la rutina de ejercicios que establecí desde hace unos dos años.

—Pocas veces tengo la oportunidad de estar con chicos como tú… —dijo, con un tono de voz que, por primera vez, sonaba sincero.

Una pausa. Un momento de vulnerabilidad, o quizás, de manipulación. ¿Quién era el cazador y quién la presa en este juego?

Estaba claro que no me reconoció, seguramente para ella soy un tipo random, esto también porque pocas veces fui al restaurante. Lo más probable es que la mayor parte de sus clientes son padres de familia con barriga cervecera. O también lo dice para engatusarme y repetir con ella. Procedió tocar con besos picosos la zona del Core, para luego bajar a darme una mamada, me chupa la cabeza con cierta técnica.

—Glup, glup…

Después de unos minutos, ella quiso subirse encima, pero la corté. Me mostró una mirada extraña

—¿Qué posición mi rey? —preguntó finalmente.

—Misionero —le contesté a secas.

Tuve la oportunidad de ver su panocha, era la primera que veía de una mujer, qué linda, pensé, sintiendo una mezcla de excitación y curiosidad, de deseo y repulsión. Un tabú roto, un límite cruzado. Incluso me vi tentado a meterle lengua. Ella procedió a ponerse lubricante y comencé a penetrarla. Sentí cierto ajuste, una resistencia inicial que pronto dio paso a una suavidad húmeda y cálida. Comencé a embestirla, moviendo las caderas y haciendo formas circulares, comencé sentir un ligero apretón.

Aceleré, empujándola contra la cama haciendo que rebote consecutivamente. El choque de cuerpos aumentó y me agarró de la cintura para intentar controlarme. Pero el control, ahora, era mío. Yo marcaba el ritmo, yo imponía mi voluntad, y no la dejé.

En ese instante, la escuché gemir. Con seguridad, debe ser fingido, pensé. Otra capa de artificio, otra máscara en este teatro de la lujuria. Pero no me importó en ese momento. Solo buscaba mi placer, o más bien, una distracción, una forma de escapar de la realidad, aunque fuera por unos minutos.

—Sí, papi, córrete dentro mío… —dijo en un momento.

Palabras vacías, palabras diseñadas para inflamar el ego masculino, para acelerar el clímax. Pero yo, no era un hombre fácil de engañar. Y, en ese instante, decidí que no le daría esa satisfacción.

Disminuí el ritmo, y luego me detuve por completo, a pesar de que ella intentaba mantener el movimiento. La miré a los ojos, desafiándola a romper el silencio, a revelar su frustración.

Ella me atrajo con sus piernas, intentando recuperar el control, intentando volver a encender el fuego que yo había apagado deliberadamente. Nuestras miradas se encontraron. Sus ojos claros, color miel, resaltaban con las sombras que les daba profundidad y dimensión. Fue como ver a una tigresa y me acobardó un poco. Una tigresa hermosa, pero peligrosa. Una tigresa que, por un instante, me hizo olvidar quién era y qué estaba haciendo. Una tigresa que, ahora, me observaba con una mezcla de confusión y rabia. Ella, gracias a su experiencia con muchos hombres, lo notó. Y, como buena depredadora, supo aprovechar la oportunidad... o al menos, lo intentó.

—¿Qué pasa? —preguntó, con una voz que intentaba sonar seductora, pero que no podía ocultar del todo su irritación—. ¿No te gusta?

—Me gusta —respondí, con una sonrisa fría—. Pero me gusta más tener el control.

—Deberías recompensarme por hacerte sentir bien… —dijo, ignorando mi comentario, y pasando directamente a la negociación.

Ingenuamente, di los 70 dólares que Teo me había regalado, a lo que respondió guiñándome un ojo. Un gesto que, en otro contexto, podría haber sido interpretado como coquetería. Aquí, era solo una transacción comercial. Una transacción que, por cierto, estaba a punto de ser interrumpida. Lo guardó en su cartera y procedió a vestirse.

—Aún no acaba el tiempo… —dije, antes de que pudiera terminar de abrocharse el sujetador.

—¿Sí? —se hizo la desentendida, con una sonrisa que no ocultaba su astucia.

—Quedan cinco minutos.

—No podemos hacer mucho, pero podemos hacer otra cosa —ofreció, con una voz que intentaba sonar suave, pero que no lograba ocultar del todo la impaciencia.

—¿Cómo qué? —pregunté, sintiendo una mezcla de curiosidad y recelo. El juego continuaba, y Baltazar no estaba seguro de querer seguir jugando. Pero la curiosidad, ese motor que impulsa tantas de mis acciones, era más fuerte que la prudencia.

—Te la puedo chupar de nuevo o podemos hablar —respondió ella, con una sonrisa profesional—. La próxima vez que vuelvas, intentaremos otras posturas, mi rey.

Una oferta tentadora, sin duda. Pero, en ese momento, tenía otras prioridades. Recordé el día que me hizo una cara de desagrado cuando no quise pagar por el sándwich y cómo le mostró el escote al señor que le dio la propina. Una humillación que, aunque pequeña, había dejado una marca.

—Pues bien, hablemos —dije, con una voz tranquila que contrastaba con la tensión que empezaba a acumularse en mi interior—. ¿Por qué subió el precio del sándwich?

—¿De qué… hablas? —tardó un momento en procesar, su sonrisa profesional desvaneciéndose lentamente, reemplazada por una expresión de confusión.

—¿Es que no trabajas también como mesera? —pregunté, fingiendo inocencia.

Se quedó fría por un instante, como si hubiera recibido un golpe en el estómago. Y me cambió su rostro a uno más sombrío.

—Me… conoces —dijo, no como una pregunta, sino como una afirmación.

—No mucho —respondí, con una sonrisa—. Pero hoy te vi en la mañana.

Me miró fijamente, como intentando recordar… Sus ojos, ahora despojados de cualquier atisbo de seducción, se movían rápidamente, escaneando mi rostro, buscando alguna pista, algún indicio. Abrió más los ojos.

—¡Eres el chico que pidió el sándwich!

—Encantado —le respondí, con una sonrisa, una sonrisa que, ahora, mostraba todos mis dientes.

—¡Sal de aquí! —sacó una pequeña navaja, que brillaba peligrosamente bajo la luz roja de la habitación—. ¡Al parecer me seguiste! ¡Debes saber que aquí la seguridad te vetará!

Quedé sorprendido con su reacción. No esperaba esto. Había subestimado su miedo, su desesperación. Tal vez tuvo algunos problemas similares con alguien o simplemente se sintió amenazada porque pensó que alguien que pagó con dificultad un maldito sándwich tuvo dinero para pagar sus servicios, por ende, creyó que era un acosador. Yo no quería problemas, simplemente jugar un poco con ella. Pero el juego, al parecer, había cambiado de rumbo. Asimismo, había una cosa de lo que estaba seguro y es que yo no era de los que se rendían fácilmente.

—Tranquila —dije, levantando las manos en señal de paz, intentando calmar la situación—. No soy un acosador. Solo quería hablar contigo.

Ella, sin embargo, no bajó la guardia. La navaja seguía apuntando hacia mí, temblorosa pero firme.

—¿Hablar? —dijo, con una voz cargada de sarcasmo—. ¿De qué quieres hablar? ¿De cómo me viste en el restaurante? ¿De cómo te traté mal?

—De eso... y de otras cosas —respondí, con una calma que contrastaba con la tensión del momento—. Por ejemplo... —mi mirada se desvió, por un instante, hacia una pequeña mesita que había junto a la cama. Sobre ella, junto a un cenicero lleno de colillas y un vaso medio vacío, había un libro. Un libro viejo, con las tapas de cuero desgastadas y el lomo dorado. Un libro que, a pesar de la penumbra, reconocí al instante—...de ese libro.

Sandra siguió mi mirada, y su expresión cambió. La furia dio paso a la sorpresa, y luego a una especie de... ¿culpa?

—¿Qué... qué pasa con ese libro? —preguntó, con la voz entrecortada.

—Está en latín —dije, con un tono casual, como si estuviera comentando el clima—. Convivium, de Platón. Una obra sobre el amor. Interesante elección para una... profesional como tú.

Ella bajó la navaja, pero no la guardó.

—Tú... tú no sabes leer latín —dijo, con una voz que intentaba sonar desafiante, pero que delataba su nerviosismo.

—No mucho, lo admito —dije, con una sonrisa—. Pero lo suficiente para entender el título. Y para reconocer una obra maestra cuando la veo.

—¿Por qué... por qué tienes ese libro? —continué, ignorando su comentario—. Si no puedes leerlo... ¿Es un adorno? ¿Un recuerdo?

Sandra se quedó en silencio, mirando el libro como si fuera una bomba a punto de explotar. Y entonces, lo entendí. Ese libro no era suyo. Se lo había regalado alguien. Alguien importante. Alguien que, probablemente, no sabía nada de su doble vida. Un amante, quizás. O... un marido.

—Es... de mi esposo —dijo ella, finalmente, con un hilo de voz. Una confesión. Una grieta en su armadura.

—Un hombre culto, al parecer —dije, con un tono de voz que intentaba sonar neutral, pero que, en el fondo, ocultaba una profunda satisfacción.

—Él... él amaba ese libro —dijo ella, con una voz cargada de nostalgia—. Decía que era la obra más hermosa jamás escrita sobre el amor.

—Eros, el amor, el deseo —dije, recordando algunos pasajes que había leído—. Un tema complejo. Un tema que, al parecer, nos afecta a todos, de una forma u otra.

Ella me miró, sorprendida.

—¿Sabes de qué trata? —preguntó, con un tono de voz que denotaba incredulidad.

—Algo —respondí, con modestia—. Lo suficiente para saber que Platón no aprobaba la prostitución.

Sandra se sonrojó, pero no dijo nada.

—Si quieres… —dije, después de una pausa—, puedo leerte un fragmento. En latín, por supuesto. Y luego… te lo traduzco.

Sandra dudó por un momento, mirándome con una mezcla de desconfianza y curiosidad. Era como si estuviera sopesando los riesgos, calculando las posibilidades. Una actitud que, en cierto modo, me resultaba familiar. Finalmente, asintió con la cabeza.

—Está bien —dijo, con una voz que apenas era un susurro—. Lee.

Había aceptado el desafío. Había abierto una puerta.

Me acerqué a la mesita, tomé el libro con cuidado, sintiendo el peso de los años y de las historias que guardaba entre sus páginas. Lo abrí por una página al azar, o al menos, eso le hice creer a ella. En realidad, había marcado previamente un pasaje que me parecía especialmente relevante para la situación.

—"Amor est vitae essentia..." —comencé a leer, con una voz clara y pausada, intentando pronunciar correctamente las palabras en latín—. "…affectus qui nos homines facit. Sine amore, nihil sumus..."

Hice una pausa, mirando a Sandra. Su rostro, iluminado por la tenue luz roja de la habitación, mostraba una expresión de sorpresa y... ¿emoción?

—¿Qué... qué significa? —preguntó, con un hilo de voz.

—"El amor es la esencia de la vida..." —traduje, lentamente—. "...el afecto que nos hace humanos. Sin amor, no somos nada..."

Una ironía cruel, pensé. Pronunciar esas palabras en ese lugar, en esa situación. Pero, al mismo tiempo, una verdad innegable. Incluso en el fango, la gente busca el amor. O algo que se le parezca.

Continué leyendo, traduciendo cada frase, cada palabra, con una precisión que incluso a mí me sorprendió. El latín, una lengua muerta, cobraba vida en mis labios, llenando la habitación con su sonoridad y su misterio.

—"…Amor non est possessio, sed libertas…" —leí—. "...El amor no es posesión, sino libertad..."

Sandra me miraba fijamente, con los ojos humedecidos. Era como si las palabras de Platón, pronunciadas por mí, hubieran abierto una brecha en su coraza, revelando la vulnerabilidad que ocultaba bajo su fachada de prostituta.

—"…Amor vincit omnia…" —terminé, cerrando el libro—. "...El amor todo lo vence..."

Un silencio profundo se instaló en la habitación, roto solo por el lejano rumor de la música del night club. Un silencio cargado de significado, de emociones no expresadas, de preguntas sin respuesta.

—¿Por qué…? —comenzó a decir Sandra, pero se interrumpió a sí misma.

—¿Por qué hago esto? —completé la pregunta, con una sonrisa—. Digamos que… me gusta leer. Y me gusta compartir mis lecturas con personas… interesantes.

Ella me sostuvo la mirada, ya sin rastro de hostilidad, solo con una profunda tristeza.

—No eres como los demás clientes —dijo, finalmente.

—No soy como nadie, Sandra —respondí, con una sinceridad que me sorprendió a mí mismo.

Una declaración de identidad. Una afirmación de mi individualidad. Pero, al mismo tiempo, una mentira.

—¿Y qué quieres, Baltazar? —preguntó ella, con una voz que denotaba cansancio.

—Por ahora… solo hablar —respondí—. Quiero entender. Quiero saber por qué una mujer como tú… termina en un lugar como este.

Una pregunta que, en realidad, era una trampa. Una forma de obtener información, de descubrir sus debilidades, de encontrar la manera de utilizarla para mis propios fines. Pero, al mismo tiempo, una pregunta que, quizás, escondía un atisbo de genuina curiosidad.

Sandra suspiró, y por un instante, pareció a punto de derrumbarse. Pero se recompuso rápidamente.

—Es una larga historia —dijo, con una sonrisa amarga.

—Tengo tiempo —respondí—. Y, además, creo que ya pagué por él.

Una frase cruel, lo sé. Pero necesaria. Necesaria para recordarle a ella, y a mí mismo, cuál era la verdadera naturaleza de nuestra relación. Y, sin embargo, una parte de mí, una pequeña parte que intentaba enterrar bajo capas de cinismo, sentía una punzada de culpa.

Sandra me miró, con una expresión que mezclaba la tristeza y el desafío.

—¿De verdad quieres saber? —preguntó—. ¿O solo estás jugando conmigo, como hiciste con lo del libro?

—Quiero saber —respondí, con una sinceridad que me sorprendió incluso a mí—. La verdad, siempre la verdad. Aunque duela.

Ella suspiró, y apartó la mirada.

—No es una historia bonita —dijo—. No es una historia de hadas.

—Nunca esperé que lo fuera —respondí—. La vida no es un cuento de hadas.

—Mi esposo… —comenzó a decir, con la voz entrecortada—. Él… él está enfermo. Muy enfermo.

Una revelación inesperada. Un giro en la trama. Y, de repente, la imagen de la tigresa se desvaneció, reemplazada por la de una mujer vulnerable, desesperada.

—¿Qué tiene? —pregunté, con un tono de voz más suave.

—Un tumor —respondió ella, sin rodeos—. Un tumor cerebral. Necesita una operación. Una operación muy cara.

—Y tú… —comencé a decir, pero me interrumpió.

—Y yo hago lo que sea necesario —dijo, con una firmeza que contrastaba con la fragilidad de su voz—. Lo que sea. Por él.

Una respuesta noble, sin duda. Pero, ¿era toda la verdad? ¿O había algo más detrás de esa historia? Baltazar no era de los que se tragaban los cuentos de hadas.

—¿Y el trabajo en el restaurante? —pregunté, recordando la escena de la mañana—. ¿No es suficiente?

—No —respondió ella, con una sonrisa amarga—. Apenas alcanza para pagar el alquiler y la comida. Y los medicamentos… son muy caros.

—Entiendo —dije, asintiendo.

Entiendo la desesperación. Entiendo la necesidad. Pero también entiendo que la gente, a menudo, miente. O, al menos, oculta parte de la verdad.

—Así que aquí estoy —dijo ella, con un gesto que abarcaba la habitación, el night club, su propia persona—. Vendiendo lo único que tengo.

—Tu cuerpo —dije, completando la frase.

—Mi tiempo —corrigió ella—. Mi tiempo, mi dignidad, mi… todo.

Un silencio incómodo se instaló entre nosotros. Un silencio en el que las palabras sobraban, en el que las miradas lo decían todo.

—¿Y él… lo sabe? —pregunté, finalmente.

Sandra negó con la cabeza.

—No —dijo—. Él cree que trabajo en una… empresa de marketing. Que hago horas extras. Que viajo por trabajo.

Una mentira elaborada. Una red de engaños. Y yo, el experto en mentiras, me sentí extrañamente conmovido por esa historia.

—¿Y por qué me lo cuentas? —pregunté, con una curiosidad genuina—. A mí, un extraño. Un cliente.

—Porque… —dijo ella, mirándome fijamente a los ojos—. Porque tú no eres como los demás. Porque tú… me viste. De verdad.

Estaba a punto de responder cuando un sonido metálico interrumpió.

— Disculpe señorita Sandra, la solicitan en la habitación 7.

—Ya voy… —respondió a regañadientes Sandra.

—Parece que llegó tu siguiente cliente, ahora si debo retirarme…

—Espera… —me dijo

Me entregó un papel con un número telefónico, y me guiñó un ojo.

—Llámame…

Una invitación. Una propuesta. O quizás, una trampa. El juego, definitivamente, continuaba. Y yo, el eterno jugador, no podía resistirse a la tentación de seguir jugando.

Salí de la habitación y me dirigí a la salida, no pensaba en el profesor, tampoco en la fiesta de Teo. Mi mente solo procesaba información.

Continuará…

Continúa en