Xtories

Yo, Baltazar – Capítulo 3🎩⚫

Baltazar no fue a la fiesta por diversión, sino por venganza. Milagros creyó haberlo enterrado bajo el desprecio, pero él ha vuelto con un plan más frío que el hielo. Esta noche, la víctima y el verdugo intercambian roles, y cada mirada es una amenaza silenciosa.

Vespero3.1K vistas8.8· 8 votos

III

“Women”

La vida es cambiante: si se te cierra una puerta, se abre una ventana y si no se abre esa ventana, entonces rompe a patadas esa pared y crea tu ventana. Lo importante está en establecer esa oportunidad…

Mi celular comenzó a vibrar, anunciando una llamada entrante; sin embargo, no aparecía la notificación para contestar. ¡Joder, maldito celular! Quince segundos después, se visualizó la barra de contestar.

—¿Hola? ¿Eres Baltazar?

—Sí, ¿quién habla?

—Soy yo, Teo… No sabes lo que costó conseguir tu número. Tuve que pedírselo a Mónica y no me lo proporcionó muy fácil.

—¿Se puede saber por qué?

—Me pidió algo a cambio por molestarla.

—¿Qué?

—Me dijo que le comprase algunos dulces y de los caros…

—¡Qué cabrona!

Típico de Teo, siempre tan ingenuo. Un peón en el tablero de ajedrez social. Aunque uno caro. Pero, por ahora, un peón útil.

—Pero no te llamo para contarte eso, sino que hoy mi padre recibió la noticia de que le ascendieron y hay una fiesta en un lugar de eventos bastante nice… Lo que no sabía es que hay gente de la preparatoria, como Miss Roxy y mucha gente del salón. Sería bueno que vengas…

—Mmm… yo no pinto nada ahí.

—Aún no reparten el catering, pero fui a revisar qué habría y es algún horneado de pollo, huele de lujo.

¿Cómo intuyó que tenía hambre o es que acaso piensa que soy eso? ¿Un muerto de hambre? No había cenado, ya que había rechazado la comida de mi padre por un tema de orgullo, y mis tripas estaban crujiendo. Apreté los puños, conteniendo la rabia. Paciencia, paciencia. Todo a su tiempo.

—Anímate… No me creerías a quién acabo de ver.

—¿De quién estás hablando?

—Es Milagros.

—¿En serio?

—Sí… ven rápido. No lo creerás hasta que lo veas con tus propios ojos.

—Ok, dejo mis cosas en un hotel —mentí sobre dónde me encontraba—. Me mandas la dirección por chat.

—¿Un hotel?

—Sí, luego te explico.

Milagros... La última vez que la vi, me miró como si fuera basura. Ahora, tal vez me seguiría viendo de la misma manera.

Ella es de esas chicas que llegas a odiar una vez la conoces. El primer día que me uní a la preparatoria, me enviaron al segundo salón, donde se encontraba la gente con peores calificaciones, y así fue en la clasificación general. En una ocasión, coincidimos en la biblioteca. Empezamos a hablar de temas triviales, hasta que se enteró de que era un don nadie y mis calificaciones en ese entonces no eran las más buenas.

—Tú no perteneces aquí —me dijo, con una voz fría y cortante. Recuerdo su mirada de desprecio, la forma en que arqueó una ceja, como si mi sola presencia la ofendiera. Esa mirada se me quedó grabada a fuego.

Se dio la vuelta y se alejó, dejándome ahí, plantado, con la palabra en la boca.

—Algún día, Milagros —murmuré para mis adentros—. Algún día te arrepentirás de haberme tratado así.

Tal vez debido a eso tenía el ego por las nubes. Por algunos comentarios, me enteré de que su familia contrataba a profesores particulares para que le ayudasen. Con el paso del tiempo, escalé posiciones hasta llegar al segundo puesto; pero nunca pude quitarle el mejor orden de mérito. Una espina clavada en mi orgullo. Una espina que, esta noche, quizás podría arrancar.

Tomé un taxi, indicándole la dirección que Teo me había enviado. Durante el trayecto, no pude evitar repasar mentalmente el plan. La fiesta, Milagros, la posible reacción de todos al verme... Era como una partida de ajedrez, y yo estaba a punto de hacer mi jugada.

Pero, justo cuando empezaba a saborear la anticipación, mi celular volvió a vibrar. Esta vez, el nombre de Lysandra apareció en la pantalla. Fruncí el ceño. ¿Qué querría ahora?

Deslicé el dedo para contestar.

—¿Hola?

—¡Baltazar! —Su voz, aguda y nerviosa, sonaba al borde del pánico—. ¿Eres idiota o qué? ¿Por qué has robado esa ferretería? ¿Sabes en el lío que me puedes meter?

—Tranquila, Lysandra —dije, con una calma que no sentía—. Todo está bajo control.

—¿Bajo control? —chilló ella—. ¡La policía podría venir a buscarme! ¡Ese chico me vio! ¡Dijo que iba a revisar las cámaras!

—Relájate —repetí, intentando sonar convincente—. No tienen nada. No te preocupes por las cámaras. Me aseguré de seguir los ángulos muertos, me moví por zonas donde no llegaba la visión. Además, la policía está ocupada con los disturbios. No van a perder el tiempo con un robo menor.

—¿Y si te reconocen? —insistió, con la voz temblorosa.

—Llevaba un disfraz, Lysandra —dije, con un tono que pretendía ser tranquilizador—. Barba, bigotes, gorra... Nadie me reconocería. Ni siquiera tú. Y tú no sabes nada de esto, ¿entendido? No me conoces, no sabes quién soy.

—Pero...

—Escúchame bien —la interrumpí, con un tono más severo—. Tú solo querías un pendiente. Y yo solo necesitaba que distrajeses al dependiente. Fin de la historia. No vuelvas a llamarme por esto, ¿está claro?

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Luego, un susurro apenas audible:

—Está bien...

—Bien —dije, y colgué.

Me recosté en el asiento del taxi, sintiendo una mezcla de alivio y preocupación. Alivio porque, al parecer, Lysandra no me delataría. Preocupación porque, a pesar de mis precauciones, siempre existía la posibilidad de que algo saliera mal. La ley de Murphy, pensé con amargura. Siempre presente.

El taxi se detuvo frente a un edificio elegante, iluminado con luces de colores y rodeado de coches caros. Yo al contrario de todos esos presentes tuve que pagar el pasaje con amargura, cada centavo que le entregaba me dolía en el alma mientras la música, alta y vibrante, se escapaba por las ventanas, invitando a la fiesta.

Llegué al lugar, que se encontraba en una zona privilegiada de la ciudad. Dos guardias, corpulentos e impasibles como estatuas de granito, custodiaban la entrada. Necesité que Teo saliera y hablara con ellos para que me dejaran entrar. Un simple intercambio de palabras, un apretón de manos, y las puertas del paraíso (o, al menos, de una fiesta de alta sociedad) se abrieron para mí. El poder del dinero, pensé con sarcasmo.

Adentro, las personas vestían ropa de gala y charlaban amenamente. Pude identificar a algunas personas famosas y personajes de la farándula. Me sentí fuera de lugar. La música, un remix de canciones pop que detestaba, me taladraba los oídos. El aire estaba cargado con el olor a perfume caro y a comida sofisticada, una mezcla empalagosa que me revolvía el estómago. Un ambiente artificial, diseñado para impresionar.

—Llegaste justo a tiempo —me dijo Teo, con su habitual entusiasmo—. Mira, ya empezó el servicio de catering.

Los meseros pasaban ofreciendo comida tipo bufé, pero organizada formando pequeñas estaciones. Nos preguntaron respetuosamente nuestra preferencia. Yo elegí algo de pollo horneado en salsa de ajo. Cualquier cosa para llenar el vacío, pensé.

—No sabía que estabas interesado en Milagros. Incluso viniste rápido.

—No es eso…

—Te entiendo, es imposible para ti tener oportunidad con ella… Uff —suspiró.

—No, simplemente creo que tenía otra expectativa diferente.

Esperaba verla derrotada, humillada. Ver la soberbia borrada de su rostro. Pero, al parecer, la vida le sonríe. Por ahora.

—¿Pensabas que era una nerd que no salía a eventos? Jaja…

—Algo así…

—Entiendo por dónde vas, pero así es la vida. Ya queda poco para entrar a la universidad; siempre hay tiempo para relajarse…

—Usaste dos veces la palabra “entiendo”, parece que me conoces perfectamente —ironicé.

—Me caes bien…

Y eres útil, por ahora. Pero no te confundas, Teo. La amistad es una ilusión. Solo existen los intereses.

Si bien siempre fui una persona solitaria, en el aula no me relacionaba mucho con los demás ni asistía a las actividades, a menos que fuese por obligación. Pienso que el caso de Teo es diferente; recibió acoso, lo que hizo que no tenga más amigos varones y sea marginado por los demás.

—Nunca conseguí el primer puesto.

—No es tan malo. Ya quisiera estar en tu lugar.

—Supongo que por mucho que te esfuerces, siempre habrá alguien mejor que tú.

Una verdad universal. Pero no me conformo con ser el segundo mejor. Siempre aspiré a la cima. Cueste lo que cueste.

—Y bien… como prometí. Si fijas tu mirada hacia la planta superior, dónde están la mayoría de las jóvenes de nuestra edad, verás a Milagros.

Alcé la vista y casi no logré distinguirla. Generalmente usa el cabello recogido, pero en esta ocasión lo llevaba suelto, con ligeras ondas. El maquillaje también ayudó a que no la reconociera. Hizo que me preguntara: ¿cómo es que existe alguien que es buena en todo, tiene dinero, estudios y belleza? ¡Dios, yo también soy tu siervo!

Ella conversaba con sus compañeros de aula. Debía ser un tema de conversación agradable, por lo que sonreía a ratos, cuando en un instante giró la cabeza y me vio fijamente. ¡Mierda, me pescó! Su expresión cambió a una de sorpresa, luego a una de desentendimiento y, finalmente, a un gesto de: ¡Qué miras, loser! Apreté los puños, sintiendo un nudo en el estómago. Control, dije en mi mente. La rabia, como un perro rabioso, amenazaba con liberarse. Pero la contuve. Aún no era el momento.

¡Joder! Siempre ocurre lo mismo. Es extraño; varias veces, mientras estaba en la preparatoria, sentía una sensación que no puedo explicar a profundidad de que alguien estaba mirándome a mis espaldas, por lo cual volteaba la cabeza y, ¡sorpresa!, era Milagros quien, luego de ser atrapada, fingía que era solo una coincidencia volteando a otro lado. Lo contrario también sucedía, como en estos instantes.

—Hey, al parecer también te vio… No me parece que te vea con ojos enamorados —comentó Teo.

—No busco eso.

Busco algo más. Algo mucho más satisfactorio. Busco verla caer.

—El mundo es difícil y, sobre todo, el amor…

—Déjalo. Mejor vayamos a otro lado.

Por ahora. Pero este juego no ha terminado, Milagros. Esto recién empieza.

Nos alejamos de la zona principal de la fiesta, dirigiéndonos hacia una terraza más tranquila. El aire fresco de la noche fue un alivio después del ambiente cargado del interior.

—Este lugar es increíble —comentó Teo, con admiración en su voz—. Mi padre se ha esforzado mucho para llegar a donde está.

—Se nota —dije, con un tono neutro.

El esfuerzo ajeno no me interesa. Solo el resultado.

—Y tú... ¿cómo has estado? —preguntó Teo, después de un breve silencio—. Después de lo del desalojo...

—Sobreviviendo —respondí, con una sonrisa amarga—. Ya sabes, la vida es una perra, y luego te mueres.

Teo se rio nerviosamente. Hubo un silencio incómodo, y luego, como queriendo desviar la conversación hacia un terreno menos personal, pregunté:

—Oye, por cierto... ¿Cómo está tu madre, Patricia? —pregunté, con un tono casual, pero con una nota de interés que, esperaba, pasara desapercibida—. Y tu hermana... Alexandra, ¿verdad?

Una pregunta inocente, en apariencia. Pero, en el fondo, una pequeña sonda. Un intento de obtener información, de medir reacciones. De confirmar si mi visita dejó alguna huella.

Teo se encogió de hombros.

—Bien, supongo —respondió—. Mi madre siempre está ocupada con el trabajo y esas cosas. Y... Alexandra anda en sus asuntos. No hablamos mucho.

—Ya veo —dije, asintiendo—.

Alexandra... Un nombre interesante. Otro peón en el tablero. Y, quizás, una pieza más valiosa de lo que parece.

Teo pareció aliviado de cambiar de tema, o al menos, de no profundizar en la vida de su familia.

En ese momento, una figura familiar apareció en la terraza. Miss Roxy, vestida con un elegante vestido rojo que resaltaba sus curvas, se dirigía hacia nosotros con una sonrisa. Una sonrisa que, ahora lo sabía, ocultaba más de lo que mostraba. Y, detrás de esa sonrisa, un cálculo frío, similar al mío.

—¡Baltazar! —exclamó, con una voz melosa—. ¡Qué sorpresa verte aquí!

—Miss Roxy —dije, con una inclinación de cabeza—. El placer es mío.

—¿Disfrutando de la fiesta? —preguntó, mientras sus ojos recorrían mi cuerpo de arriba abajo. Una mirada que, por un instante, me recordó a la del director en el aula. Pero había algo más en su mirada. Algo que no había visto en el director. ¿Ambición? ¿Desesperación?

—Intentándolo —respondí—. Aunque la música no es de mi agrado.

—Oh, ya veo… —dijo con una sonrisa—. Eres de gustos más… sofisticados.

—Se podría decir que sí —respondí, devolviéndole la sonrisa.

Y tú, Roxy, eres más compleja de lo que aparentas. Eso te hace interesante. Y peligrosa.

Teo, a mi lado, observaba la escena con una mezcla de incomodidad y fascinación.

—Bueno, los dejo solos —dijo, con una sonrisa nerviosa—. Voy a buscar algo de beber.

Y, sin esperar respuesta, se alejó, dejándonos a solas. No entendía su comportamiento, ¿era muy tímido o acaso un cobarde? Huye, pequeño ratón. La verdadera partida se juega entre dos.

—Así que… ¿vienes a menudo a este tipo de fiestas? —preguntó Miss Roxy, acercándose un poco más a mí.

—No suelo frecuentarlas —respondí, con sinceridad—. Pero a veces, la vida te sorprende.

—Ya veo… —dijo ella, con una mirada intrigante—. ¿Y qué te trae por aquí esta noche?

—Digamos que… tenía curiosidad —respondí, con una sonrisa enigmática—. Siempre es interesante observar a la gente en su hábitat natural.

Miss Roxy soltó una risita.

—Eres un chico muy observador, Baltazar. Y muy… interesante.

—Y usted, Miss Roxy, es una mujer muy… sorprendente —dije, haciendo una pausa antes de la última palabra.

Sorprendente, y quizás, lujuriosa, pensé al recordarla con las piernas abiertas mientras recibía las embestidas del director.

Un silencio cargado de tensión se instaló entre nosotros. Podía sentir su mirada fija en mí, escudriñando cada uno de mis movimientos. Era como un juego de depredadores, un baile peligroso en el que ambos intentábamos descifrar al otro. Pero esta vez, yo tenía una ventaja. Yo sabía su secreto.

—¿Te gustaría… bailar? —preguntó ella, rompiendo el silencio.

—No soy muy aficionado al baile —respondí—. Pero… podría hacer una excepción.

Por supuesto que haría una excepción, no siempre tendré la oportunidad de bailar con una mujer atractiva. Pero como es bien conocido la información es poder, y el poder se obtiene de las fuentes más inesperadas.

La tomé de la mano y la conduje hacia la pista de baile. No era una invitación romántica, por supuesto. Era una estrategia. Una forma de acercarme a ella, de obtener información, de averiguar qué papel jugaba en el juego del director. Y, quizás, de utilizarla para mis propios fines.

Mientras bailábamos, Miss Roxy me contó, con una mezcla de coquetería y amargura, sobre su vida, sus ambiciones frustradas, sus decepciones amorosas. Era una historia cliché, la historia de una mujer atrapada en un mundo que no la valoraba. Pero, debajo de la superficie, percibí una astucia, una frialdad, que me resultaba extrañamente familiar. Era como mirarme en un espejo, pero con un reflejo distorsionado por el género y la edad.

—Y tú, Baltazar —dijo ella, interrumpiendo mis pensamientos—. ¿Qué historia oculta esa mirada tan… intensa?

—Solo soy un observador, Miss Roxy —respondí—. Un espectador en el gran teatro de la vida.

—Un espectador muy atento, diría yo —dijo ella, con una sonrisa—. Y muy… selectivo.

Tal vez quiso añadir “Y muy peligroso”. Pero no lo dijo.

En ese momento, una voz interrumpió nuestra conversación.

—¡Roxy! ¡Ahí estás! Te estaba buscando.

Era el director. Su rostro, normalmente severo, estaba enrojecido por el alcohol y la euforia.

—Director —dijo Miss Roxy, con una sonrisa forzada, y un rápido vistazo hacia la multitud, como comprobando que nadie los observaba—. ¿Qué ocurre?

—Ven conmigo —dijo él, tomándola del brazo, con más brusquedad de la necesaria—. Tenemos que hablar.

La miró, con una expresión que mezclaba la posesividad y el desprecio, pero, sobre todo, la preocupación. Luego, me miró a mí, con una chispa de advertencia en sus ojos.

—Y tú, jovencito —dijo, con un tono de voz que intentaba ser autoritario, pero que dejaba traslucir cierta inseguridad—. Deberías estar con los de tu edad. Anda, vete con tus compañeros. No es apropiado que un alumno se mezcle así con el personal docente.

Miss Roxy y el director desaparecieron entre la multitud, dejándome solo en la pista de baile. Interesante. La forma en que se dirigió a mí, como si fuera un niño entrometido... y la forma en que evitó cualquier palabra que pudiera delatar su relación con Roxy. Un movimiento torpe, pero comprensible. Estaba nervioso. La trama se complicaba. Y, en medio de ese caos de música, luces y secretos, el juego se volvía más interesante.

Decidí salir y tomar un poco de aire, necesitaba aclarar mis ideas. Pero apenas salí, la vi. Milagros. Estaba de pie en un rincón, observándome con una expresión indescifrable, con esos ojos que me producían escalofríos. Nuestros ojos se encontraron, y por un instante, el tiempo se detuvo.

El aire fresco de la noche me golpeó el rostro, despejando un poco el torbellino de pensamientos que se agitaba en mi cabeza. El director, Miss Roxy, Lysandra, Teo, Patricia, Alexandra... y ahora, Milagros. Demasiadas piezas en movimiento. Demasiadas incógnitas.

Me apoyé en la baranda de la terraza, observando la ciudad extendiéndose a mis pies. Las luces, como un manto de estrellas caídas, parpadeaban en la distancia. Un escenario perfecto para dramas y comedias, para triunfos y tragedias. Y yo estaba decidido a ser el protagonista de mi propia historia, no un simple extra.

La observé de nuevo. Milagros seguía allí, en el mismo rincón, como si estuviera esperando algo. O a alguien. Su vestido, de un color azul oscuro que contrastaba con la palidez de su piel, se ajustaba a su figura con una elegancia discreta. Su cabello, suelto y ondulado como había notado antes, le caía sobre los hombros, enmarcando un rostro que, a pesar de la distancia, podía adivinar perfecto. Un rostro que, en otro tiempo, había sido el objeto de mi desprecio. Ahora... era un enigma. Un desafío.

Decidí acercarme. No por impulso, sino por cálculo. Era el momento de enfrentarla, de averiguar qué juego estaba jugando. De averiguar si, como yo, ella también llevaba una máscara.

Caminé hacia ella con paso firme, intentando proyectar una seguridad que, en realidad, no sentía del todo. A medida que me acercaba, su expresión cambiaba. La sorpresa inicial dio paso a una cautela fría, casi hostil. Y entonces, lo percibí. Un perfume suave, floral, pero con un toque exótico, casi embriagador. Un perfume que, sin duda, no era barato.

—Milagros —dije, a modo de saludo, cuando estuve lo suficientemente cerca.

—Baltazar —respondió ella, con una voz neutra, sin ninguna inflexión que delatara sus emociones—. Qué sorpresa verte aquí.

—La vida está llena de sorpresas —dije, con una sonrisa que no llegaba a mis ojos—. ¿Disfrutando de la fiesta?

—Supongo —respondió ella, encogiéndose de hombros—. No es mi ambiente, pero mi padre insistió en que viniera.

—Ah, los padres —dije, con un tono sarcástico—. Siempre saben lo que es mejor para nosotros, ¿verdad?

Milagros me miró fijamente, como si intentara descifrar mis intenciones.

—¿Qué quieres, Baltazar? —preguntó, con un tono de voz que denotaba impaciencia.

—Solo hablar —respondí—. Hace mucho que no nos vemos.

—Y por una buena razón —dijo ella, con un dejo de amargura en su voz.

—¿Sigues resentida por lo de la preparatoria? —pregunté, fingiendo sorpresa—. Eso fue hace mucho tiempo, Milagros.

—Algunas cosas no se olvidan, Baltazar —respondió ella, con la mirada fija en la mía—. Algunas heridas tardan en sanar.

—Entiendo —dije, asintiendo—. Pero el pasado es el pasado. ¿No crees?

—Depende del pasado —dijo ella, con un tono enigmático—. Y de lo que uno haga con él.

Una respuesta interesante. ¿Acaso Milagros también estaba jugando un juego? ¿Acaso ella también tenía secretos que ocultar?

—Veo que sigues siendo tan críptica como siempre —dije, con una sonrisa.

—Y tú sigues siendo tan... tú —respondió ella, con una chispa de desafío en sus ojos.

—¿Eso es un cumplido o un insulto?

—Tómalo como quieras —dijo ella, encogiéndose de hombros.

Un silencio incómodo se instaló entre nosotros. Un silencio cargado de tensión, de reproches no dichos, de cuentas pendientes. Pero, debajo de esa tensión, percibí algo más. ¿Curiosidad? ¿Interés? ¿O era solo mi imaginación? O quizás, simplemente, el efecto de ese perfume que, ahora que estaba más cerca, me envolvía por completo.

—¿Por qué me estabas mirando, Milagros? —pregunté, rompiendo el silencio.

Su rostro, por un instante, pareció perder su compostura. Pero se recuperó rápidamente.

—No te estaba mirando —respondió, con una voz que sonaba demasiado forzada.

—Claro que sí —insistí—. Te he visto mirarme varias veces. En la preparatoria, en la calle... Incluso esta noche.

Milagros desvió la mirada, incapaz de sostener la mía.

—Estás imaginando cosas —dijo, con un tono de voz más bajo.

—¿Segura? —pregunté, acercándome un poco más a ella—. Porque yo creo que hay algo que quieres decirme, Milagros. Algo que has estado guardando durante mucho tiempo.

La observé, esperando su reacción, esperando que se derrumbara, que me revelara sus secretos. El aroma de su perfume, ahora más intenso, me hacía difícil concentrarme. Maldición, no te distraigas, dije en mi mente. Pero Milagros no era una presa fácil.

—No sé de qué estás hablando —respondió, con una voz fría y distante—. Y ahora, si me disculpas, tengo que irme.

Se dio la vuelta y se alejó, dejándome solo en la terraza. Pero esta vez, no me sentí derrotado. Sentí... que había ganado una pequeña batalla. Había plantado la semilla de la duda. Y, tarde o temprano, esa semilla daría sus frutos.

Volví a entrar, buscando a Teo. El ruido de la fiesta, que antes me había parecido un simple telón de fondo, ahora me golpeaba con fuerza. Demasiadas caras sonrientes, demasiada felicidad artificial. Un recordatorio constante de que no pertenecía a ese mundo.

Localicé a Teo cerca de la mesa de bebidas, con un vaso en la mano y una expresión de leve embriaguez en el rostro.

—¿Todo bien? —le pregunté, acercándome.

Teo se sobresaltó un poco, como si lo hubiera pillado en medio de algo importante.

—¡Baltazar! —exclamó—. Sí, sí, todo bien. Solo... disfrutando de la fiesta.

—Ya veo —dije, con una sonrisa irónica—. ¿Y qué tal la búsqueda de la bebida perfecta?

—Ah, esto... —dijo Teo, mirando su vaso—. Es solo ponche de frutas. No soy muy fan del alcohol.

Mentira. Lo he visto beber cerveza en más de una ocasión. Pero, bueno, cada uno tiene sus pequeñas falsedades.

—¿Has visto a los demás? —pregunté, cambiando de tema.

—Sí, claro —respondió Teo—. Están por allá, cerca de la pista de baile. Flavio, Mónica, algunos otros... Creo que Milagros también estaba con ellos hace un rato, pero no la veo ahora.

—Ya veo —dije, intentando sonar indiferente.

Así que Milagros se había escabullido. Interesante. ¿De qué? ¿O de quién?

—Deberíamos ir a saludar —dijo Teo, con entusiasmo—. Hace tiempo que no nos reunimos todos. Además, ya sabes... pronto terminaremos la preparatoria.

—¿Y? —pregunté, arqueando una ceja.

—Bueno, ya sabes... —dijo Teo, con un tono de voz más bajo—. Después de esto, cada uno tomará su propio camino. La mayoría irá a la universidad, otros se dedicarán a los negocios familiares... Quién sabe cuándo volveremos a vernos.

—La vida sigue, Teo —dije, con un encogimiento de hombros—. La gente entra y sale de tu vida. Es lo normal.

—Sí, pero... —Teo hizo una pausa, como si estuviera buscando las palabras correctas—. Pero éramos compañeros. Pasamos por muchas cosas juntos.

—¿Cosas como qué? —pregunté, con una sonrisa burlona—. ¿Exámenes de matemáticas? ¿Burlas de Flavio?

Teo se sonrojó.

—Bueno, sí... pero también hubo buenos momentos —dijo, en voz baja.

—Los buenos momentos se olvidan, Teo —dije, con un tono más serio—. Lo que queda son las cicatrices.

—No sé, Baltazar —dijo Teo, con un suspiro—. Creo que eres demasiado pesimista.

—Realista, Teo —corregí—. Simplemente realista.

—Como sea —dijo Teo—. ¿Vienes o no?

—Cierto, por ahí están los alumnos del aula —dije, recordando la sugerencia de Teo—. Vamos.

Pero no te equivoques, Teo. No voy por ti. Ni por los "buenos momentos". Voy por mí. Y por mis propios planes.

—Faltan pocas semanas, tal vez un mes —añadió Teo.

Las demás personas charlaban con sus amistades o círculos cercanos, algunos empezaron a bailar al ritmo de una agrupación que llegó al evento. Lo mío no era el baile, pensé, observando a las parejas contorsionarse en la pista. Demasiado contacto físico, demasiada exposición. Prefiero las sombras.

Nos acercamos al grupo. Hacían chistes con temas futbolísticos.

—"Hoy fui a la peluquería y el peluquero me dijo: '¿Qué corte quieres?'. A lo que respondí: 'El de CR7'. Me respondió: 'Buena elección, siéntate en la banca'."

—"El otro día fui a la Antártida y a lo lejos pude ver la silueta de un pingüino, era Pinguinaldo, en ese momento me congelé."

—"Tengo otra mejor: cuando fui a comprar, me preguntó el heladero: '¿Qué quiere, señor?'. A lo que respondí: 'Me da un helado de CR7'. El heladero replicó: 'Ese está acabado'."

—"Tuve un examen en la escuela. Cuando terminé, levanté la mano y grité: '¡Frionaldo!'. Mi maestra sonrió y tomó mi examen. Ella sabía que estaba acabado."

—Pero miren quién llegó, el más “cold” que conozco —dijo Flavio, refiriéndose a Teo, interrumpiendo la ronda de chistes.

—Debería estar en la banca de la tercera del PSG, jajaja… —comentó otro compañero.

—Es raro verte —añadió Flavio, dirigiéndose a mí, mientras cerraba los puños—. No creas que me he olvidado de ti… maldito maricón.

Así que la tregua había terminado. Bien. Estaba preparado.

—Ya basta. No en este lugar —argumentó Mónica, al ver la escena, interponiéndose entre Flavio y yo.

—Vámonos de aquí… —confirmó Teo, visiblemente nervioso.

Al retirarme del lugar, di un último vistazo. Me encontré con Milagros, que fingía no observarme. Los demás hacían lo mismo. Cobardes. Todos ellos. Pero pronto, muy pronto, las cosas cambiarían.

Continuará…

Continuará...

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