Yo, Baltazar – Capítulo 2🎩⚫
Baltazar no es un voyeur por gusto, sino por necesidad. Cuando la lujuria de otros se convierte en su moneda de cambio, ¿hasta dónde está dispuesto a caer para abrir la caja que esconde su destino?
II
“My own life”
En el transcurso de mi vida he llegado a creer que estamos unidos para siempre con quienes compartimos sangre y aunque no escojamos a nuestra familia esa unión puede ser nuestra mayor fuerza o el más grande arrepentimiento, esta desafortunada verdad me ha perseguido desde que tengo memoria…y la familia, ese monstruo sagrado, como diría Nietzsche, parecía dispuesta a devorarme.
Mi preocupación escaló el Monte Tai; con premura revisé las cajas y no encontré el objeto que estaba buscando. Esta situación me ofrecía dos opciones, o el objeto todavía permanecía oculto tras esa puerta, o me temía lo peor y es que simplemente ¡Lo encontraron! Sabía que el cambio de chapa lo harán en cualquier momento; tenía que entrar a como dé lugar.
¡No! ¿En serio, vida? ¿Tanto te gusta ponerme a prueba? Por más que busqué y rebusqué la llave del apartamento, no la hallé por ningún lado. Puse la cabeza fría antes que los nervios tomaran el control de mi cuerpo. Después de divagar por un tiempo, concluí que probablemente la extravié mientras jugaba futbol en la cancha de gras. La hora laboral terminó hace unas cuantas horas y, para mi mala suerte, lo más seguro es encontrar todo cerrado. Aun así, ¡No podía rendirme!
Llegué al centro de estudios, tal como había previsto, estaba totalmente cerrado y no se encontraba ningún guardia. Recordé que al lado existía una construcción por donde se podía ingresar a través de una malla, saltando un pequeño muro, y así lo hice.
¡Bingo! La llave reflejó la luz del sol; gracias a esta propiedad la encontré fácilmente. Ahora, con el ánimo más calmado, pensé en desviar el camino y recorrer tranquilamente el gran jardín que estaba al lado del centro de estudios. Las flores se abrían para recibir los rayos del sol, algunas bailaban gracias a una brisa que llegó hasta mí, y con esta también trajo algunas ondas sonoras. Escuché voces que, en un principio, calculé que provenían de la calle, lo cual era extraño. Decidí cerciorarme y me acerqué.
Mis pasos me pesaron y una corriente eléctrica erizó mi piel al distinguir que no eran susurros ni voces, sino gemidos, los que salían del aula. La curiosidad llenó mis sentidos y me dirigí a una ventana lateral; sería un buen lugar para mirar hacia adentro. Pero, como Hamlet ante el espectro de su padre, sentí una punzada de duda. ¿Debía entrometerme en los asuntos de otros? ¿O debía, como el buen voyeur que no soy, seguir mi camino?
No me decepcioné, pude distinguir la silueta de una mujer abriendo las piernas a un hombre cuya espalda solo lograba divisar. Era Miss Roxy, entregándose a los placeres carnales con el profesor de matemáticas. Reconocí su voz, grácil como la dama que conocí hasta este momento, pero que ahora se transformaba en otro tipo de mujer. Y, aunque no podía ver su rostro con claridad, la forma de su cuerpo y el lunar cerca de su busto, ese pequeño detalle que tanto me había llamado la atención el día anterior, no dejaban lugar a dudas. En un momento, el profesor paró y empezó a manosear las ubres de aquella mujer. Decidí retirarme, ya que no me considero un puto voyeur, ni todas esas mierdas que ahora abundan.
En el momento que me alejaba, la mujer volteó el rostro hacia un costado y pude reconocerla perfectamente. Fui un iluso al pensar que debería haber un error, pero se trataba de miss Roxy, aquella tutora preferida por los alumnos, cuya aura emanaba simpatía hacia las demás personas, la musa de muchos hombres debido a su rostro bien perfilado y dotada anatomía ¡No podía creerlo! Ocultaba un lado libidinoso ¿Hacerlo en un aula, donde unas horas antes difundía disciplina? ¿Y quién podría ser aquel hombre? No recuerdo pareja alguna o algún novio que hayan mencionado mis compañeros, que constantemente revisaban sus redes sociales. O es que quizá es el profesor de matemáticas, por eso estaba tan feliz en la mañana.
El interés volvió y traté de escuchar, aunque no distinguía todas las palabras; si comprendía algunas de ellas. El sonido de la respiración agitada, el leve olor a perfume mezclado con sudor, la luz mortecina que se filtraba por la ventana... todo contribuía a crear una atmósfera cargada de tensión y secretismo.
— Eres... complaciente, Roxy. Muy complaciente.… ¿Te gusta esto? —decía en tono sarcástico.
—Mmm…mmm.
—Estas buena… Que hermosas tetas tienes… Pero dime... ¿te gusta esto? ¿Te gusta que te traten así?
Ella solo respondía con pequeños gemidos y la respiración agitada.
—Pareces…nueva —dijo mientras magreaba bruscamente los pechos.
—Mmm…mmm.
— Sabes que ese profesorcillo no es rival para mí. Nadie lo es. Yo tengo el poder... y tú... tú tienes lo que yo quiero… Joder… me corro.
Mientras él tensó su cuerpo y giró el rostro, ella ni se inmutaba. Fue entonces cuando distinguí a la persona que se cogía a la tutora. ¡Esto… si lo cuento, nadie me va a creer! ¿Es... el director? Un tipo cincuentón y que solo aparecía de vez en cuando, pero que por su cargo infundía respeto. El poder, como un imán, atrae a los débiles y corrompe a los fuertes. O quizás, simplemente revela lo que siempre estuvo ahí, oculto bajo una máscara de respetabilidad. Contemplé la escena, y no pude evitar pensar en Los demonios de Dostoievski, esa exploración de la moralidad, de cómo las personas de alta estima social ocultan una perversión.
Inmediatamente saqué mi celular y procedí a grabar la escena. Después de todo, Mónica tenía razón cuando dijo: “Un simple profesor no se merece a una mujer como la señorita Roxy”. Al final, ¿el profesor de matemáticas no tenía oportunidad? Pero, aun así, el director no es precisamente un Adonis; su barriga cervecera y su edad avanzada lo delataban. Me pregunté, no sin cierta envidia, si yo haría algo diferente en su posición. Si el poder, una vez alcanzado, justificaba cualquier medio.
El encuentro no duraría mucho tiempo, y mi celular me notificaba que estaba excediendo la capacidad de almacenamiento. ¡Mierda, pero no van ni 30 segundos! En ese momento, envidié a los otros alumnos que constantemente se vanagloriaban de las características de los smartphones que poseían. Me retiré para que no me descubriesen. Tenía que llegar al apartamento a recuperar el objeto que esperaba todavía se encontrase ahí. En el camino, me pregunté en el tipo de relación que tendrían. Incluso pensé en la posibilidad de que el director la estuviese forzando, si bien no vería de la misma manera a la tutora, se me hacía difícil pensar que cometería esos actos impuros. O tal vez tendría ese fetiche, muchas respuestas para una sola pregunta; después de todo, cada persona es un mundo y yo no perdería mi tiempo en cuestionamientos que serían difíciles de resolver. Al final, tenía mis propios problemas.
Por fortuna, aún no había pasado mucho tiempo y entré al cuarto. El objeto que estaba buscando se encontraba en la parte inferior de una pared; a vista de cualquier persona, solo se trataría de un cuarto vacío sin cambios aparentes, pero si uno se acercaba y tocaba en esa zona en específico, podría notar una leve protuberancia. Retiré el material que lo cubría, y debajo, en una esquina, asomaba un extraño paquete de forma rectangular. En él se encontraba mis ahorros de cinco años. Uff… suspiré de alivio.
Hablar con mi padre era primordial, tenía que pedirle una extensión. ¿Hace cuanto tiempo que no me encontraba con él? Tal vez, ¿Seis meses?, si aproximadamente durante ese periodo solo nos comunicábamos por chat o raras veces por llamada… ¿Es en verdad mi padre?
A él le debo mi agradable nombre, Baltazar. Llegué a este mundo con el color de piel morena clara, por lo que mi padre omitiendo los consejos y opiniones de mi madre, decidió registrarme como Baltazar. No sé si le pareció gracioso o simplemente al verme le recordó al personaje ficticio de los reyes magos. Luego me enteré de que en realidad no eran reyes, no eran magos, no eran tres y ni tan siquiera eran de Oriente. Lo más asombroso es que, históricamente, parece que el Rey Baltasar era blanco. Se podría decir incluso, que el Rey Baltasar se volvió negro por una cuestión de "marketing internacional" de la Iglesia Católica.
No fue un buen padre. En mi infancia, mientras los demás niños iban y venían acompañados de sus progenitores, yo estaba solo. Muchas veces me sentí un marginado social, y ya ni hablar de regalos de Navidad, pues nunca los tuve. Recuerdo una vez, tendría unos siete años, vi a un niño con un coche de carreras a control remoto. Le pregunté a mi padre si me compraría uno. Él, sin siquiera mirarme, respondió: 'Los juguetes son para los débiles. Aprende a valerte por ti mismo'. Bueno, tampoco puedo pensar mal porque, en cierta ocasión, me regaló un libro y algunos textos recopilados de la obra de Nicolás Maquiavelo que lo encontró en una tienda a descuento. (Irónico que un hombre que apenas se preocupó por mí me regalara un libro con consejos paternales. Tal vez, en el fondo, él también creía en la hipocresía del mundo). Este texto logré rescatar de las cajas y actualmente me puse a revisarlo mientras me dirijo hacia su domicilio.
La conmovedora carta que dirigió a su hijo Guido en abril de 1527, en la que le aconseja: «Es necesario que tú aprendas, y, puesto que ya no tienes excusa para comportarte mal, que te apliques en el aprendizaje de las letras y la música, que ya ves cuánto me honra a mí esa poca virtud que tengo; de manera que, hijo mío, si tú quieres tenerme a mí contento, y beneficiarte y honrarte tú mismo, estudia, compórtate bien, aprende, que si tú te ayudas, todos te ayudarán» (carta 114).
Estuve esperando cerca de 10 minutos a que me abrieran la puerta. Cuando me recibió mi madrastra, quien me saludó con un frío “Hola”. Esa mujer tenía loco a mi padre, nunca la vi desarreglada. Siempre usaba ropa de marca, de esas que anuncian en revistas con modelos que parecen sacadas de otro planeta, y el maquillaje no se lo quitaba ni estando en casa, como si temiera que su verdadero rostro, sin los filtros y las capas de pintura, espantara a alguien. Se retiró bamboleando su carnoso trasero.
En la sala me encontré con mi hermanastra, quien tenía casi mi misma edad. Por un tiempo, estuvimos en el mismo colegio. Era extraño, nunca nos saludábamos, ni siquiera nuestros compañeros se enteraron de que éramos familia. Al final de cuentas, teníamos diferentes apellidos y, ya ni qué decir, diferente color de piel. Por un momento, paró de tomarse selfies con su celular, un modelo nuevo, de esos que cuestan más que mi alquiler mensual, y, al darse cuenta de mi presencia, me miró como a un bicho raro y continuó tecleando mientras se retiraba a su habitación, probablemente a subir alguna foto a sus redes sociales, acompañada de alguna frase inspiradora sacada de internet. Claramente, nunca fui bienvenido. Incluso pensé que me dejaron a solas para que pueda hablar con mi padre o para que él se deshaga de mí.
—Quedamos en que pagarías el apartamento hasta ayer y tú aplicarías a una beca si es que quieres estudiar en una universidad de prestigio.
—Padre, estoy de acuerdo, pero no es mi culpa que el proceso de admisión haya demorado debido a la situación actual del país, y necesito pagar el apartamento por este mes.
—Entiendo que la situación se complicó, pero quiero que entiendas que tengo una familia que mantener. Sé que, porque eres joven y aún no lo entiendes, en mi posición tengo obligaciones, y tú no eres mi único hijo.
Es cierto que mi padre decidió formar otra familia y tal vez con ellos se siente mejor después del incidente trágico que ocurrió cuando era niño, cuando mamá..., y no quiero recordarlo más, pero yo soy su hijo biológico, mi hermanastra vendría a ser su hija adoptiva.
—Pero hay soluciones, no te dejaré colgado. Puedes venir a vivir aquí por un tiempo, hasta que encuentres un trabajo o algo. Tienes que ser responsable con lo que te propones, y ya cumpliste la mayoría de edad y la ley dice claramente que los progenitores no están obligados a tener a sus hijos bajo su mismo techo.
Yo alucinaba con sus palabras. Estaba claro que no conseguiría que pagase el apartamento, y quedarme a vivir con ellos sería insoportable. Ya no quiero repetir el mal momento que pasé cuando estaba en el colegio. Si bien tengo dinero guardado, prefiero guardarlo para momentos más críticos. No podía soportarlo más y le dije:
—Entiendo… Pero, ¿harás lo mismo con Lysandra?
—No me gustan las comparaciones entre mis hijos. Ella es mujer y, obviamente, necesita más apoyo. Además, demuestra que se esfuerza, incluso… el otro día me dijo que consiguió trabajo y que ayudaría con los gastos. No puedo estar más orgulloso con Lysandra.
—Y… ¿aceptaste?
—¿Qué?...
—El dinero… de Lysandra.
—Como puedes sugerirlo… obviamente no acepté. Es más, le dije que lo guardase y yo me encargaría de los gastos de la casa. ¡Soy su padre, no puedo hacer eso!
—Yo también soy tu hijo
—Sí, pero no te esfuerzas lo suficiente para hacer una apuesta por ti. Además, prometiste que conseguirías la beca completa en la preparatoria y no lo hiciste.
Esto último fue como un gran puñal que va dirigido a mi corazón, ya que tenía razón. Le prometí que estaría en una de las mejores preparatorias con la condición de que obtendría la beca completa. Si bien conseguí ser el primer puesto del aula, siempre estuve relegado a una segunda posición a nivel general, por lo que solo tuve acceso a una media beca.
—Te quedaste callado…
—No me quedaré aquí.
—No te entiendo. ¿Dónde estarás? El apartamento en el que estabas costaba muy caro y no creo…
—Yo me las arreglaré, no te preocupes —le corté.
—Mira, yo no soy un mal padre —dijo mientras me alcanzaba un fajo de billetes—. Pero no te acostumbres, es lo último que te daré.
No hablamos nada más interesante, preguntas sobre cómo estaba viviendo y algunos chismes más. Me invitó a cenar; como lo suponía, mi madrastra compró algún tipo de comida japonesa, y digo compró porque nunca la vi cocinar. Mi orgullo pudo más y me negué a quedarme por más tiempo. Mientras me alejaba, sentí una mezcla de rabia y alivio. Rabia por la hipocresía de mi padre, alivio por no tener que fingir que me importaba esa familia falsa. El dinero, por supuesto, lo acepté. No era caridad, era una compensación mínima por años de negligencia.
Estaba con un cabreo bastante fuerte. El fajo de billetes que me dio mi padre no era lo suficiente para pagar el alquiler del apartamento; tenía que buscar otro lugar. Agradecí a los cielos que se me ocurrió la tarea de diligentemente ahorrar, acortando gran parte de mis gastos por cinco años, para tener ahora una suma considerable como última carta triunfo…
La ciudad, bajo el manto del estado de emergencia, parecía un animal herido, agazapado y peligroso. Las calles, normalmente bulliciosas, estaban desiertas, salvo por alguna que otra patrulla militar y grupos de jóvenes desafiando el toque de queda, como polillas atraídas por la llama de la rebelión. Recordé las palabras de Hobbes: "El hombre es un lobo para el hombre". Y en esa noche, los lobos aullaban en la oscuridad.
El dinero de mi padre, esa miserable compensación por años de abandono, no alcanzaba para un alquiler decente. Necesitaba un lugar barato, discreto y, sobre todo, temporal. Un lugar donde pudiera lamer mis heridas y trazar mi próximo movimiento. Un lugar donde, como decía Bukowski, pudiera encontrar lo que amaba y dejar que me matara. Aunque, en mi caso, lo que amaba no era el alcohol, sino el control.
Recordé un viejo sótano, debajo de un edificio abandonado cerca del puerto. Un lugar húmedo, oscuro y olvidado por el mundo. Perfecto. Lo había descubierto años atrás, explorando los rincones más sórdidos de la ciudad, esos lugares que la gente decente prefiere ignorar. Un refugio perfecto para alimañas, pensé con una sonrisa torcida.
Llegar hasta allí fue una odisea. Tuve que esquivar patrullas, escabullirme entre callejones y saltar muros. Me sentí como un personaje de Los Miserables, huyendo de la justicia, aunque mi único crimen, por el momento, era existir fuera de las normas.
La entrada al sótano estaba oculta tras una pila de escombros. Una vez dentro, la oscuridad era casi total. El aire, viciado y pesado, olía a humedad, a ratas y a olvido. Encendí la linterna de mi celular (ahorrando batería al máximo, por supuesto) y examiné el lugar.
El sótano era más grande de lo que recordaba. Una serie de habitaciones conectadas por pasillos estrechos, con paredes desconchadas y techos agrietados. Un laberinto subterráneo, un reflejo de mi propia mente, pensé. En una de las habitaciones, encontré los restos de una antigua imprenta: una prensa oxidada, estantes llenos de papeles amarillentos y tipos de plomo esparcidos por el suelo. Un lugar donde, en otro tiempo, se creaban palabras, se difundían ideas. Ahora, solo un cementerio de ilusiones.
Pero, en un rincón, algo llamó mi atención. Una caja fuerte empotrada en la pared, oculta tras un panel de madera podrida. La examiné con detenimiento. No era una caja fuerte moderna, sino una antigua, de esas que se abren con una combinación mecánica. La superficie metálica estaba fría y cubierta de óxido. Acaricié los diales, sintiendo la resistencia de los años y el peso de los secretos que guardaba.
Sabía, por lo que había investigado, que estas cajas antiguas a menudo tenían mecanismos de seguridad adicionales. Trampas para ladrones, diseñadas para destruir el contenido si se manipulaban incorrectamente. Un movimiento en falso, y todo lo que había dentro se convertiría en cenizas. Para abrirla, necesitaría herramientas especiales, y una intuición, casi una premonición, me decía que dentro encontraría algo importante. Algo que valía la pena el riesgo.
Así que diseñé un plan. Un plan que requería precisión, audacia y, sobre todo, la colaboración de alguien más. Alguien a quien pudiera manipular fácilmente: mi hermanastra, Lysandra.
Decidí regresar a la casa de mi padre. No por afecto, por supuesto, sino por estrategia. Necesitaba algo de Lysandra, y para conseguirlo, precisaba suavizar el terreno. Compré un regalo para mi madrastra, Verónica. Un perfume caro, de esos que anuncian en revistas con modelos. Un pequeño soborno, una inversión a futuro.
Cuando llegué, Verónica me recibió con su habitual frialdad, apenas disimulada tras una fina capa de cortesía.
—¿Otra vez tú? —dijo, con una ceja arqueada—. ¿Qué se te ofrece?
—Traje un pequeño obsequio —dije, extendiéndole la bolsa con el perfume—. Pensé que te gustaría.
Sus ojos, normalmente fríos y calculadores, brillaron por un instante con algo parecido a la sorpresa. Tomó la bolsa, examinó la marca del perfume y, finalmente, esbozó una sonrisa. Una sonrisa falsa, por supuesto, pero una sonrisa, al fin y al cabo.
—Qué detalle, Baltazar —dijo—. No tenías por qué molestarte.
—No es molestia —respondí—. Solo quería agradecerte por... bueno, por todo.
La conversación, como era de esperar, derivó rápidamente hacia mis planes futuros. O, más bien, hacia la ausencia de ellos.
—¿Y bien? —preguntó Verónica, con un tono que mezclaba la curiosidad y el reproche—. ¿Has pensado en qué vas a hacer con tu vida? ¿Piensas buscar un trabajo?
—Estoy considerando mis opciones —respondí, con la mayor calma que pude reunir—. La universidad es una posibilidad, pero también estoy explorando otras alternativas.
—¿Otras alternativas? —repitió ella, con un tono de voz que dejaba claro que no aprobaba esa respuesta—. Tu padre se preocupa por ti, Baltazar. Quiere que tengas un futuro, que seas alguien en la vida.
—Soy alguien —dije, con una sonrisa fría—. Simplemente, no soy el tipo de "alguien" que ustedes tienen en mente.
La tensión en el ambiente se podía cortar con un cuchillo. Verónica me miraba con una mezcla de desprecio y frustración. Sabía que me veía como un parásito, como una carga. Y, en cierto modo, lo era. Pero no por mucho tiempo.
—Mira, Baltazar —dijo, con un suspiro—. No quiero pelear contigo. Pero tienes que entender que tu padre tiene otras responsabilidades. Tiene una familia que mantener.
—Lo entiendo perfectamente —respondí, con una calma que la descolocó—. Y no pretendo ser una carga para nadie. Solo necesito un poco de tiempo.
Mi respuesta, calculada y medida, pareció calmarla. La tensión en sus hombros se relajó, y su expresión se suavizó un poco. Había logrado mi objetivo: ganar tiempo y desviar su atención.
—Necesito hablar con Lysandra —dije, cambiando de tema—. ¿Está en su habitación?
—Sí, como siempre, pegada al teléfono —respondió Verónica, con un gesto de fastidio—. ¿Para qué la necesitas?
—Asuntos de jóvenes —dije, con una sonrisa enigmática—. Nada de qué preocuparse.
Verónica me miró con desconfianza, pero finalmente asintió.
Subí las escaleras y llamé a la puerta de la habitación de Lysandra.
—¿Quién es? —gritó ella, desde adentro.
—Soy yo, Baltazar.
La puerta se abrió, revelando a Lysandra en todo su esplendor: maquillaje perfecto, ropa de marca y, por supuesto, el teléfono en la mano.
—¿Qué quieres? —preguntó, con su habitual tono de desprecio.
—Necesito un favor —dije, yendo directo al grano.
—¿Un favor? —repitió ella, con una sonrisa burlona—. ¿Y qué me das a cambio?
—Dinero —respondí, sacando un billete de mi bolsillo—. Y no poco.
Sus ojos, delineados con esmero, se abrieron con sorpresa.
—¿De qué se trata? —preguntó, con un interés repentino.
—Necesito que distraigas a un dependiente de una ferretería —le expliqué, omitiendo, el verdadero propósito—. Es un chico joven, seguro que estará encantado de conocer a una chica guapa como tú. Tú solo sonríe, coquetea un poco, y mantenlo ocupado el tiempo suficiente.
Lysandra aceptó, no sin antes negociar una suma considerable.
En la noche, todo salió según lo planeado. O casi. Lysandra, con su vestido más ajustado y una sonrisa ensayada, entró en la ferretería, captando inmediatamente la atención del joven dependiente. Mientras él, embobado, le mostraba los diferentes tipos de esmalte de uñas (una petición absurda, lo sé, pero efectiva), yo me escabullí por la parte trasera.
Este lugar pertenecía a un judío que practicaba la usura de forma desmedida, recuerdo cuando pateó a una anciana después de desalojarla de su vivienda.
La ferretería era pequeña, con estantes repletos de herramientas y materiales de construcción. El olor a metal y a madera impregnaba el aire. Localicé rápidamente lo que necesitaba: un taladro potente, brocas especiales para metal, guantes, una linterna y una pequeña palanca. Todo lo necesario para forzar una caja fuerte antigua.
Mientras trabajaba, sentí una extraña mezcla de adrenalina y calma. La adrenalina del riesgo, la calma de la concentración. Cada movimiento era preciso, calculado. No había lugar para errores.
Pero, justo cuando estaba a punto de salir, escuché un ruido. Unos pasos que se acercaban. Me escondí detrás de un estante, conteniendo la respiración. El joven dependiente, con Lysandra pisándole los talones, se dirigía hacia la parte trasera de la tienda. Tenía otro plan en caso me descubriesen, pero sería muy arriesgado y tal vez me trajera más problemas de los necesarios.
—¿Estás seguro de que no tienes ese color? —insistía Lysandra, con una voz melosa que, incluso en esa situación, me resultó irritante—. Es que es súper importante...
El dependiente, confundido, se detuvo a unos metros de donde yo estaba escondido. Estaba a punto de ser descubierto. Mi corazón latía con fuerza, un tambor frenético en mi pecho. Pero entonces, en un acto de desesperación, Lysandra hizo algo inesperado.
—¡Ay, no! —exclamó, con una voz exageradamente aguda—. ¡Creo que se me ha caído un pendiente! Es súper importante, me lo regaló mi... mi abuelita.
La mentira, tan burda como efectiva, desvió la atención del dependiente. Sonreí en ese momento, aquel dependiente siempre tenía la osadía de tratar mal a los clientes y ahora se mostraba como un perrito faldero. Se agachó, buscando el supuesto pendiente, mientras Lysandra, con una mirada de complicidad hacia el lugar donde yo me ocultaba (una mirada que, por un instante, me hizo dudar de su estupidez), se arrodillaba a su lado, fingiendo buscar también.
Aproveché la oportunidad. Con la mayor rapidez y sigilo que pude, salí de mi escondite y me dirigí a la puerta trasera. Abrí el cerrojo, salí y cerré con cuidado, rezando para que el ruido no los alertara.
Una vez fuera, corrí. Corrí como si mi vida dependiera de ello, con las herramientas apretadas contra mi pecho, sintiendo el frío metal contra mi piel. La adrenalina corría por mis venas, una mezcla embriagadora de miedo y euforia.
No me detuve hasta llegar al edificio abandonado. Jadeando, me deslicé entre los escombros y entré en el sótano. La oscuridad me recibió como un viejo amigo, un refugio seguro después de la tormenta.
Me quité el disfraz que tenía puesto, una barba y algunas cicatrices falsas para ocultar mi identidad. Dejé las herramientas en el suelo y me senté, apoyando la espalda contra la pared fría y húmeda. Respiré hondo, intentando calmar los latidos de mi corazón. Lo había logrado. Había conseguido las herramientas, había burlado la seguridad, había manipulado a Lysandra... y todo había salido según lo planeado. O casi.
La imagen de Lysandra, arrodillada en el suelo de la ferretería, fingiendo buscar un pendiente, volvió a mi mente. Esa mirada de complicidad que me dirigió... ¿había sido real? ¿O solo una proyección de mis propios deseos? ¿Era posible que Lysandra, la superficial y vanidosa Lysandra, fuera más de lo que aparentaba?
Sacudí la cabeza, intentando despejar mis pensamientos. No era momento para distracciones. Tenía un trabajo que hacer. Una caja fuerte que abrir.
Me levanté, encendí la linterna y me dirigí hacia la caja fuerte. La luz reveló de nuevo su superficie oxidada, los diales fríos y resistentes. Coloqué las herramientas en el suelo, me puse los guantes y, con un nudo en el estómago, comencé a trabajar.
El taladro zumbó, rompiendo el silencio sepulcral del sótano. La broca, especialmente diseñada para metal endurecido, mordió la superficie de la caja fuerte, arrancando chispas y un chirrido metálico. El olor a metal quemado se mezcló con el olor a humedad y a encierro.
Trabajé con precisión, siguiendo los pasos que había memorizado de los tutoriales. Cada movimiento era calculado, cada giro del dial era crucial. Sabía que un error podía activar el mecanismo de autodestrucción, reduciendo a cenizas el contenido de la caja fuerte, y con él, mis esperanzas.
Después de lo que pareció una eternidad, el taladro se detuvo. Había logrado perforar un pequeño agujero, lo suficientemente grande para introducir la palanca. Con cuidado, inserté la palanca y, haciendo fuerza, intenté abrir la puerta.
La puerta no cedió. Lo intenté de nuevo, con más fuerza. Un crujido metálico, un clic... y, finalmente, la pesada puerta se abrió, revelando su interior.
Dentro, no había dinero. Ni joyas. Ni documentos importantes. Solo un cristal, parecido al citrino de cuarzo, pero con una perfección inquietante. Sus caras eran tan lisas, tan geométricas, que parecían haber sido talladas por una mano experta, no por la naturaleza. Parecía diseñado para ser estudiado en un curso avanzado de cristalografía.
A su lado, había una carta doblada, amarillenta por el tiempo. Con cuidado, la tomé y la desplegué. Estaba escrita en latín, una lengua que, para mi sorpresa, podía entender gracias a mis lecturas autodidactas. La letra era elegante, pero temblorosa, como si quien la escribió estuviera enfermo o asustado.
Traduje con dificultad, palabra por palabra:
"Lapidem hunc inveni... mirabilem et terribilem. Potentia in eo latet... sed cave. Periculum est... non intellego... obscurus... devorabit..."
Una traducción aproximada sería: "Encontré esta piedra... maravillosa y terrible. El poder yace en ella... pero ten cuidado. Es peligroso... no entiendo... oscuro... devorará...". El resto de la carta era ilegible, manchada por la humedad y el tiempo.
Me quedé mirando el cristal, fascinado y perturbado al mismo tiempo. ¿Qué poder se ocultaba en esa gema? ¿Qué peligro? ¿Qué era lo que el autor de la carta no entendía?
En ese instante, mi teléfono comenzó a sonar, vibrando en mi bolsillo como una criatura viva. El sonido, en el silencio del sótano, me sobresaltó. Lo saqué, con el corazón latiendo con fuerza. Un número desconocido.
¿Quién sería? ¿Y cómo habían conseguido mi número?
Continuará...
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