Xtories

Los pecados de mi esposa (extracto 4)

Desde la seguridad de su escondite, el marido contempla cómo la fachada de su matrimonio se desmorona bajo el sol del jardín. No es solo infidelidad lo que ve, sino una sumisión calculada que lo excluye por completo. ¿Hasta dónde está dispuesta a llegar su esposa para mantener este secreto?

Abel Santos12K vistas8.4· 14 votos

La impresión de encontrar al «oso» sin esperarlo hizo que me escurriera sobre la plataforma a la que me hallaba encaramado. Le faltó poco para precipitarme al vacío. Tras sujetarme a la valla con el estómago encogido por el sobresalto, intenté localizar a Cris por el resto del jardín. No encontré ni rastro de ella. Aunque bien pudiera encontrarse bajo la pérgola, en la zona inaccesible para mi vista.

Respiré aliviado al saber que no estaba cerca de Bruno. Era algo momentáneo, y lo sabía, la tarde no había hecho más que empezar en aquel jardín que rodeaba a la piscina, razón por la que mi esposa había necesitado el traje de baño de Zara. Y tenía el dato de que el primero que había comprado no le parecía aceptable por la talla. Lo que no conseguía adivinar era si el cambio lo había hecho por una talla mayor o menor.

Pero lo iba a comprender enseguida.

El ruido de la puerta que comunicaba la casa con el jardín me pilló por sorpresa, igual que la presencia de Bruno unos minutos antes. Cris apareció tras ella como una bella sirena con su recién estrenado bañador. Una prenda mínima, a todas luces insuficiente para cubrir sus virtudes.

Estaba impresionante, aunque a mi parecer se había excedido. La braguita tanga dejaba a la vista sus dos glúteos al completo, a uno y otro lado del fino hilo que se le metía entre las nalgas. Por delante, un pequeño triángulo de tela apenas le cubría la hendidura de la vagina. Si no hubiera tenido la vulva depilada, el vello se le habría asomado por los dos lados.

A continuación elevé la mirada y me fijé en el top. Tan minúsculo igualmente que apenas conseguía cubrir los pezones, dejando el resto de la piel a la vista. Una piel tan bronceada que más tarde la vería resaltar al lado de la blanca epidermis de Bruno, denterosa como la de un lagarto.

Ahora comprobaba los resultados de los rayos UVA que tomaba. Y me mortificó que los tomara para agradar a aquel gordo pervertido. Un tipejo al que juré que mataría en el momento en que silbó a mi esposa entusiasmado, aplaudiendo mientras ella sonreía orgullosa por la admiración que había levantado su presencia.

Cris llegó al lado de Bruno y este se levantó para darle dos besos. Me alegré de que solo hubieran sido dos besos castos, de amigo, aunque me temía que eran solo los primeros de la tarde.

Cuando comenzaron a hablar, comprendí que me iba a ser imposible escuchar su conversación. Desde mi posición, los sonidos provenientes del jardín llegaban apagados y podía saber que hablaban, pero no lo que decían.

Bruno le ofreció a mi esposa una copa y esta aceptó solo un refresco, del que bebió ávida directamente de la lata. Volví a congratularme por Cris, que rechazaba el alcohol para controlar sus cinco sentidos. Luego se sentaron en dos tumbonas, pero no se recostaron, sino que frente a frente comenzaron a charlar.

Bruno parloteaba gesticulando sin parar. Parecía intentar convencerla de algo. Cris, sin embargo, movía la cabeza y le decía que no a lo que fuera que él le propusiera. A pesar de la desagradable situación de ver juntos a aquellos dos, me sentía orgulloso de ella, negarle algo al «oso» después de la escena que había presenciado en el salón de su casa indicaba una gran fortaleza. Y, tal vez, ausencia de sumisión al puñetero gordo.

Qué equivocado estaba.

Cuando pensé que la tarde pasaría en medio de aquella charla inútil, otro actor entró en escena. La sangre se me heló en las venas. El tipo que acababa de salir de la casa no era otro que Félix. Mi corazón comenzó a latir descontrolado. ¿Qué hacía aquel tipo allí? Ahora Cris se encontraba en desventaja, dos contra una, y me temí lo peor.

Fue la primera vez que pensé en gritar. Gritar lo que fuera y de cualquier manera. Quizás de esa forma pudiera cortar la escena que me temía iba a suceder. Afortunadamente me contuve. Mi posición era más la de un asaltante que la de un defensor. Y las probabilidades de acabar en un calabozo eran altas.

Decidí esperar acontecimientos antes de tomar una decisión drástica.

*

Félix vestía una bermuda de baño por encima de la rodilla. Por la parte superior no se encontraba desnudo como el «oso», sino que se cubría con una camiseta oscura de manga corta. No me sorprendió, la piel casi transparente del tipejo podría quemarse si se mantenía al sol más de cinco minutos. Si la epidermis de Bruno daba grima, la del «vampiro» producía una repulsión difícil de soportar si le mirabas por unos segundos.

Cris no se levantó a recibir a Félix, pero Bruno se puso en pie y tiró de ella. Con un empujón brusco la obligó a arrimarse a él y a darle dos besos en las mejillas, castos igualmente. El gesto de desagrado de Cris fue más que notable y Félix compuso una mueca de enfado.

A continuación, los tres se sentaron en las tumbonas frente a frente como antes habían estado Cris y Bruno. El «oso» y Félix en una de ellas, y Cris en la otra.

Y la cháchara de Bruno comenzó de nuevo. Gesticulaba continuamente y parecía dar órdenes a Cris, aunque sin tocarla en ningún momento. Cris bajaba la mirada y seguía negando con la cabeza. De pronto, Bruno tomó la mano de mi esposa y la llevó a una de las rodillas del «vampiro». Y entonces tuve claro lo que pretendía el «oso».

Tuve que reprimir un grito de nuevo, aunque esta vez necesité morderme la lengua fuertemente para evitarlo. Una gota de sangre brotó de uno de mis labios. La siguiente vez que tuviera que contenerme iba a pasarlo realmente mal.

El alivio volvió a invadirme cuando Cris, tras una negación rotunda con las dos manos, se levantó y dejó plantados a los dos amigos. Bordeó la piscina a paso rápido y en segundos se sentaba en una de las tumbonas del otro extremo del jardín. Estos se miraban incrédulos, como si no dieran crédito del atrevimiento de mi esposa.

Bruno calmó los ánimos de Félix con un par de palmaditas en la pierna y salió tras Cris, dejando a Félix a solas a la sombra del muro.

Mi esposa, mientras tanto, se había recostado en la tumbona, los brazos sobre los ojos para cubrirlos del sol, a pesar de las gafas oscuras que le había prestado Bruno minutos antes.

El «oso» llegó, se sentó a su lado y tomó algo que había sobre la mesa. Parecía un tubo de crema solar. Luego se vertió crema en una mano y comenzó a untarla sobre las piernas de Cris.

El tipejo sobaba repetidamente las piernas de mi esposa y ella se dejaba hacer. Mientras la extendía, seguía con lo que debía de tratarse de una retahíla de apareamiento en apoyo al «vampiro». Cris en ese momento se limitaba a escuchar y a mirar hacia el lado contrario al «oso». De su boca y de su expresión corporal no salía gesto alguno. Ni negativo ni positivo.

Hubo un momento en que Bruno intentó esparcirle la crema por dentro de sus muslos, llegando hasta el centro de su entrepierna. Cris le dio un manotazo y le apartó la mano sin contemplaciones. Bruno soltó una carcajada y yo tuve la tentación de aplaudirle el gesto a mi esposa.

La escena se alargó pocos minutos más. Tras ellos, Bruno le hizo una señal al «vampiro» y este se levantó con gesto aburrido, antes de dirigirse hacia el otro extremo del jardín a paso cansino.

Cris, que hasta ese momento parecía dormida, levantó ligeramente la cabeza, se retiró las gafas de sol con una mano y miró venir a Félix con los ojos semicerrados y gesto de enfado.

*

La escena de las tumbonas al borde de la valla se estaba repitiendo en el extremo opuesto del jardín. Bruno y Félix sentados en una tumbona y Cris en la de enfrente. Esta vez se veía gesticular a mi esposa ante la palabrería del «oso». Este, como unos minutos antes, tomó una de sus manos y la situó sobre la pierna de Félix. Cris la retiró como si le hubiese dado un calambrazo. Pero Bruno era más tozudo que ella, por lo visto, y volvió a colocársela.

Esta vez no hubo rebelión por parte de mi esposa. ¿Había claudicado? No lo parecía, porque Bruno seguía hablando y hablando y ella negando con movimientos de cabeza. Al cabo, el «oso» pasó de las palabras a los hechos. Tomó a Cris de la mandíbula y la obligó a mirarle a los ojos. Le soltó algo con malos modos y mi esposa bajó la mirada.

No pude soportarlo más y salté sobre el alambre de espino dispuesto a lanzarme al jardín. Pero el espino hizo su trabajo y, antes de darme cuenta, la palma de una mano me sangraba como un grifo y el pantalón se me había rasgado por una pernera, mostrando igualmente sangre por debajo.

Blasfemé en todos los idiomas que conozco y me volví a mi puesto de observador. Si quería intervenir en aquella escena no iba a ser entrando por encima de la valla.

Me entretuve unos instantes anudándome un pañuelo a la mano sangrante y cuando levanté la cabeza la escena había cambiado. Félix y Cris caminaban sobre la hierba en dirección a la pérgola. El «vampiro» la llevaba sujeta por un brazo y ella giró la cabeza hacia atrás. Parecía pedir ayuda al puñetero «oso», pero este se volvió de espaldas y sacó un nuevo purito.

¡Iba a follársela! ¡El puñetero «vampiro» se iba a follar a mi esposa bajo la pérgola y yo no podía hacer nada! No entendía como Cris no oponía resistencia. Iluso de mí, había creído que ya no se hallaba sometida al puñetero gordo, pero estaba claro que me equivocaba.

Mientras me lamentaba sin poder hacer nada, la extraña pareja entró bajo la pérgola y desaparecieron de mi ángulo de visión. Me mordí un puño para detener el grito que escapaba de mi garganta. Recé para que aquello no ocurriera. Porque si ocurría, no podría evitar matar a aquellos dos cerdos a la menor ocasión. Y acabaría mis días en la cárcel.

*

No veía a la pareja bajo la pérgola, pero podía escuchar los sonidos de su charla, sin alcanzar a entender las palabras. Me llegaba claro el tono de Cris, que no era precisamente sumiso.

De pronto, el tipejo apareció ante mi vista. Tenía sujeta a mi esposa por los antebrazos. Ella intentaba liberarse de la tenaza pero no lo conseguía. Él parecía querer calmarla. Soltándole de un brazo, señaló el sillón, conciliador. Ella aceptó y se sentaron en el extremo del sillón de cojines. A ella no la veía, pero de Félix podía ver más de la mitad.

Se intuía al «vampiro» forcejear para atraer a Cris e intentar tocarla. Ella palmoteaba para evitarlo. Súbitamente, el muy cerdo la agarró por el cuello y pude ver la cabeza de mi esposa asomando mientras intentaba besarla.

Volvió a zafarse y por un momento consiguió que el «vampiro» dejara de forcejear. Durante un par de minutos parecieron charlar de forma calmada de nuevo. Pero luego Félix volvió a la carga. Tiró de ella y la tumbó sobre el sillón. Luego se puso encima. Desde mi ángulo solo podía ver las pantorrillas de ambos, las de ella por debajo.

Seguía mordiéndome el puño para no gritar. La sangre ya manaba por varios lados de mi mano. Cuando pensé que Cris había claudicado y que el muy cerdo se la follaría sin remedio, mi esposa rodó de debajo del tipejo y se puso en pie.

Alcanzaba a ver ahora la espalda de Cris. Miraba al frente, donde yo suponía que se encontraba el «vampiro», y le decía algo de malos modos señalándole con un dedo. Luego se giró y volvió a paso calmado hacia la tumbona donde había quedado Bruno.

«¡Joder!», casi grité. Si hubiera podido le habría dedicado una ovación. Cris se había negado a dejarse follar y había salido victoriosa. La cara de mala leche de Bruno al verla volver «entera», sin embargo, era todo un poema.

*

Mientras Félix volvía a las tumbonas con el rabo entre las piernas, María salió al jardín desde la casa. Debía de haber vuelto de donde quiera que hubiera ido. El grupo parecía crecer a cuentagotas. La aparición de la mujer de Bruno consiguió que la calma se instalara entre todos. Se sentaron en las tumbonas y estuvieron charlando largo rato.

La mujer de Bruno había llegado con una jarra de un bebedizo que parecía sangría y varios vasos, y lo repartió antes de proponer un brindis. Tras varios minutos de risas y buen rollo, Bruno se dirigió a María. Le acariciaba el pelo mientras le decía cosas al oído. Ella miraba de reojo a Félix y no había que ser adivino para comprender lo que Bruno le decía.

Súbitamente María y Félix se pusieron en pie y, cogidos de la mano, se dirigieron hacia la pérgola. Parecía un deja vu, con el cambio de una mujer por otra.

Esta vez el «vampiro» no encontró oposición. La parejita se había sentado en el extremo del sillón y podía ver perfectamente como el tipejo magreaba a María mientras le comía la boca.

El asco que sentí al ver a Félix atacando a María y la pasividad de esta era indescriptible. Tanto o más que si se hubiera tratado de Cris. El estómago se me había revuelto y tenía que retirar la mirada para evitar las arcadas. Me lamenté de haber presenciado la escena, a partir de ese momento me iba a ser difícil pensar en María como un objeto de deseo, ya fuera en mis fantasías o en la realidad.

Cuando el tipejo se cansó de llenarle la boca de babas, comenzó a desnudarla. El «vampiro» se desnudó de igual manera y se recostó sobre ella, como había hecho anteriormente con mi esposa. De nuevo solo alcanzaba a ver las piernas de la pareja.

Y la escena de sexo comenzó. Félix se movía sobre ella, embistiéndola en posición del misionero. María arqueaba las piernas y de cuando en cuando se le encogían los dedos de los pies. No podía creer que estuviera gozando con aquel tipo asqueroso, pero era lo que se adivinaba por los espasmos de sus piernas.

Tan absorto estaba en la escena que no vi a Bruno y a Cris acercarse hacia la pérgola. El «oso» fumaba uno de sus puritos y Cris se había detenido junto a él con los brazos cruzados. Hablaban entre ellos como comentando la jugada.

Era un espectáculo vomitivo. Un show de sexo en directo para amantes del cine porno.

Por supuesto, el último acto tenía que seguir las reglas del género. Félix se puso de pie y pude verle de espaldas. María debía de estar frente a él, pero no se la divisaba. El codo del «vampiro» moviéndose atrás y adelante a gran velocidad mostraba a las claras lo que estaba ocurriendo. Bruno reía y le señalaba con un dedo algo a mi esposa. Ella sonreía y se mordía el labio. ¿Se había excitado Cris presenciando semejante basura?

Instantes después Félix descargaba la próstata con pequeñas sacudidas de sus rodillas. Tras un minuto de corrida, se le vio buscar su ropa y recolocársela. Luego se acercó al «oso y a mi esposa y comenzaron a charlar amigablemente. Cris había dado un paso atrás, por razones obvias.

María tardó en reaparecer. Llevaba el bikini colocado a la perfección. La única señal de lo que había pasado segundos antes era la toalla con la que se limpiaba la cara y el pelo con cara sonriente. Estaba claro donde había descargado su próstata el «vampiro».

Mientras observaba limpiarse a María, sacaba mis propias conclusiones de lo que había presenciado bajo aquella pérgola. Por un lado, Cris —mi Cris—, sentía por Félix el mismo asco que nos provocaba a «casi» todos su presencia física, tan asquerosa como la de una lombriz transparente.

Y digo «casi» porque estaba claro que a María no le producía el mismo desagrado. Hasta era probable que se hubiera corrido mientras el tipejo le embadurnaba la cara. Porque María era tan puta como había afirmado su propio marido. Ya no me cabía duda.

A esta mujer —casi una chavala— a la que creía haber amado a mi manera, ahora la veía como una zorra con tragaderas sin límite. Me decía que me quería constantemente. Pero seguramente eso se lo decía a cualquiera que la follara a su satisfacción. Tanto Félix como yo le valíamos lo mismo. Y pensar en compararme con Félix consiguió que la bilis se me removiera.

No obstante, ¿me la hubiera follado allí mismo si hubiera estado a mi alcance?, me pregunté. Increíblemente, mi respuesta fue un categórico: «sí, sin ninguna duda, por muy zorra que fuera. O quizá por ello».

*

Me encontraba aturdido. Las escenas en el jardín se solapaban sin descanso. Ahora María y Cris se habían puesto de acuerdo y se habían lanzado a la piscina. Tras lavarse María la cara y el pelo bajo el agua, las dos mujeres habían chapoteado un rato y ahora charlaban animadamente sujetas a uno de los bordes.

Bruno no parecía tener intención de dejarlas en paz, sin embargo. Tras la escena de sexo de su mujer con Félix se había sentado con él en las tumbonas más cercanas a la pérgola. Y ahora se había levantado y dirigido hacia la piscina.

Habló un momento con las dos chicas y, por fin, Cris salió de ella. El «oso» se movió hacia la pérgola y Cris le siguió. Cuando estuvieron juntos, ambos se movieron hacia el interior, aunque sin llegar a desaparecer de mi ángulo de visión.

De nuevo el estómago se me encogió. Había pensado que todo había terminado, pero no contaba con los deseos del puñetero gordo. Y estaba claro que la visión de María debajo de su amigo le había despertado las ganas.

Cuando vi a Bruno bajarse el bañador dándome la espalda, de nuevo hice intención de saltar sobre el jardín para impedirlo. Y de nuevo tuve que lamentar los desgarros en la piel de las manos y las piernas. Esta vez no iba a poder evitarlo, casi lloré. Porque ahora Cris iba a acatar las órdenes de su amo.

Bruno tiró de Cris y ambos desaparecieron bajo la pérgola. Pasaban los segundos y yo me tapaba los ojos para no verlo. Si de pronto se me mostraban en alguna situación obscena, iba a vomitar la comida.

Casi lloraba cuando sucedió algo que volvió a cambiar el curso de los acontecimientos. Mis ruegos habían sido escuchados. Un nuevo actor entraba en escena dando voces y saludando con la mano en alto.

«¡Joder! —me dije—. ¿No es ese Joan, el «sargento» Ripoll?»

Me había quedado de piedra. Pero mi ira se redujo cuando vi aparecer a mi esposa aún vestida de debajo de la pérgola. Tras ella apareció Bruno, que se había recolocado el bañador. María y Félix se unieron a la comitiva y todos le recibieron como si fuera un líder.

De nuevo el frío se apoderó de mi estómago cuando vi que la que se le echaba al cuello y le besaba largamente era Cris. En la mejilla, afortunadamente. La miré alucinado. ¿Pero de qué coño conocía mi esposa a aquel tipejo? No podía creerlo, yo acababa de saber de su existencia pocas semanas atrás y ella le recibía como si fueran amigos de la infancia.

El «dandi» no iba en traje de baño, por lo que intuí que estaba de paso y que no se quedaría. Lamenté el momento en que se fuera, porque suponía que Bruno volvería a las andadas con Cris. Y que tarde o temprano acabaría follándola.

Pero mis sorpresas no habían acabado aquella tarde. Tras cinco minutos de charla animada, Joan se despidió, se giró hacia la casa y echó a andar. El resto de los habitantes del jardín le observaban partir. El resto… menos una. Porque Cris se agarró de su brazo y se fue con él.

..........

Extracto de mi nueva novela "LOS PECADOS DE MI ESPOSA (CORNUDO A MI PESAR)", publicada en Amazon el 25-jun-24, y GRATIS para los Kindle Unlimited. No te la pierdas!!!

La segunda parte y final de la historia, "LOS PECADOS DE MI ESPOSA 2 (CORNUDO SIN VOCACION)" ha sido publicada esta semana (16-jul-24). Feliz lectura!!!

.