Xtories

De Esposa A Puta 1

El lujo y el poder de un desconocido despiertan en ella deseos que su matrimonio ya no puede saciar. Mientras él observa desde la sombra, la rutina se quiebra y la traición se revela bajo el sol de Dubái.

Merovingiox28K vistas8.9· 38 votos

Gloria y Federico habían soñado con este viaje a Dubái durante años, como un bálsamo para las grietas que el tiempo y la rutina habían tallado en su matrimonio. Habían ahorrado cada euro de las nóminas mensuales –él como ejecutivo de seguros en una oficina claustrofóbica de Madrid, lidiando con pólizas y clientes gruñones; ella como profesora de literatura en un instituto público, corrigiendo ensayos sobre García Lorca mientras fantaseaba con escapadas exóticas–. Federico, con sus cuarenta y cinco años bien llevados pero no del todo, tenía esa barriga incipiente que delataba las cervezas post-trabajo en el bar del barrio y un pelo castaño que empezaba a clarear en la coronilla, dándole un aire de profesor distraído más que de amante apasionado. Sus ojos marrones, siempre un poco cansados, miraban el mundo con una resignación que Gloria encontraba cada vez más asfixiante. Caminaba con esa postura rígida, las manos en los bolsillos de sus pantalones chinos, como si cargara el peso invisible de facturas pendientes y sueños postergados.

Gloria, en cambio, a sus cuarenta y dos años, era un volcán dormido esperando erupción. Profesora de literatura, devoraba novelas eróticas en secreto –Anaïs Nin, el Marqués de Sade–, y su cuerpo aún conservaba las curvas voluptuosas de su juventud: pechos grandes y pesados, de esos que llenan las manos de un hombre y desbordan camisas, con areolas oscuras y amplias que se endurecían al menor roce; una cintura marcada que se ensanchaba en caderas anchas y un culo redondo, firme, que se movía con un balanceo hipnótico bajo el vestido veraniego ligero que llevaba ese atardecer en Dubái. El vestido era de algodón blanco, ceñido en la cintura pero suelto en la falda hasta las rodillas, con un escote modesto que, sin embargo, dejaba entrever el encaje negro de su sujetador push-up cuando el sudor del calor agobiante lo pegaba a su piel. Sus muslos carnosos rozaban al caminar, y sus pezones, siempre sensibles al aire acondicionado o a una brisa traicionera, se marcaban ligeramente contra la tela fina, como invitaciones mudas. Su pelo rubio, largo hasta la mitad de la espalda, estaba recogido en un moño deshecho por la humedad, con mechones rebeldes pegados a su cuello sudado. Sus ojos verdes, vivaces, brillaban con una curiosidad que Federico había dejado de alimentar.

Habían llegado hacía dos días al Burj Al Arab, ese hotel icónico que parecía un velero de arena surcando las aguas turquesas del Golfo Pérsico, un derroche de lujo que Federico justificaba como "inversión en nuestra relación". El lobby era un sueño árabe: columnas de mármol veteado de oro, fuentes que susurraban promesas de oasis, techos abovedados con lámparas de cristal que proyectaban arcoíris en el suelo pulido. Pero para Federico, ya era solo otro gasto que mordería su cuenta corriente, un recordatorio de que el romanticismo tenía precio. Habían follado esa primera noche –un polvo rutinario en la suite estándar del piso 15, con vistas parciales al mar–, él encima, dos minutos de embestidas predecibles, corriéndose dentro sin preliminares, ella fingiendo un orgasmo con gemidos ahogados para no herir su ego. "Te quiero, amor", murmuró él después, acurrucándose, pero Gloria se quedó mirando el techo, sintiendo el vacío entre sus piernas, anhelando algo más salvaje, más sucio.

Ahora, en el atardecer del tercer día, paseaban por el paseo marítimo de Jumeirah Beach, con el rumor de las olas rompiendo suavemente contra la arena blanca y el bullicio distante de la ciudad que nunca duerme: risas de turistas europeos en bikini, el zumbido de yates anclados en la marina, el aroma especiado de kebabs flotando desde un puesto callejero. El sol se hundía en el horizonte, tiñendo el cielo de un naranja ardiente que se reflejaba en las aguas como fuego líquido, y el aire era una mezcla pegajosa de sal marina, jazmín y escape de super deportivos. "Mira qué maravilla, amor", murmuró Gloria, enlazando su brazo con el de Federico, presionando su pecho suave contra su bíceps flácido. Señaló el horizonte donde los rascacielos se erguían como dedos acusadores hacia el cielo, el Burj Khalifa recortado como una lanza plateada. "Es como si estuviéramos en un cuento de Las Mil y Una Noches, pero con aire acondicionado." Él sonrió, pero su mente divagaba en un correo urgente del jefe sobre una auditoría pendiente. "Sí, preciosa. Es... impresionante. Mañana iremos al desierto en quad, como dijiste." La besó en la sien con un gesto mecánico, su mano posándose en su cintura, pero sin el fuego de antaño, solo posesión rutinaria.

De repente, un rugido gutural irrumpió en la serenidad del atardecer, un sonido primitivo que hizo vibrar el aire y erizó la piel de Gloria: el claxon de un Bugatti Chiron, ese depredador mecánico valorado en dos millones de euros, con líneas aerodinámicas que gritaban poder absoluto y exclusividad obscena. El coche, pintado de negro mate como la medianoche del desierto, se detuvo a escasos tres metros de la pareja, con el motor ronroneando como un león satisfecho después de devorar a su presa. El polvo del asfalto se arremolinó ligeramente bajo sus ruedas anchas de 21 pulgadas, y el escape escupió un leve humo azul que olía a gasolina premium, cuero nuevo y arrogancia masculina. Las ventanillas tintadas reflejaban el sol poniente como ojos negros, y el capó largo, curvado, parecía palpitar con vida propia.

De la ventanilla del conductor asomó un rostro que parecía tallado en bronce antiguo por un escultor libidinoso: Ahmed Al-Mansour, un magnate árabe de cincuenta años exactos, con una barba negra perfectamente recortada que enmarcaba una mandíbula cuadrada y fuerte, ojos oscuros y profundos como pozos de petróleo crudo, que brillaban con la astucia depredadora de quien ha amasado una fortuna en refinerías de Abu Dhabi y contratos de diamantes en Sierra Leona. Vestía un thobe blanco inmaculado de lino egipcio, ceñido a su torso fornido y velludo, revelando músculos endurecidos por años de equitación en dunas ardientes, sesiones de gimnasio con entrenadores privados y noches de placer desenfrenado en palacios ocultos. Pero su mirada no era de caballero refinado: era hambrienta, lasciva, y se clavó directamente en Gloria, devorándola centímetro a centímetro –desde los mechones rubios rebeldes que escapaban de su moño, bajando por el cuello sudado, deteniéndose en el escote que dejaba entrever el encaje negro de su sujetador, elevando sus tetas generosas como una ofrenda pecaminosa, hasta las piernas bronceadas que asomaban bajo la falda–. Ignoró por completo a Federico, como si el marido fuera un mueble insignificante, un adorno en el lobby de su imperio.

"Buenas tardes, bellísima dama del desierto", dijo Ahmed en un inglés con acento melódico y arrastrado, las vocales rodando como caricias prohibidas en la piel de Gloria. "Este humilde vehículo –señaló el Bugatti con un gesto lánguido de su mano grande y callosa, adornada con un anillo de oro macizo grabado con caligrafía árabe– podría llevarla a recorrer las dunas como una reina beduina, con el viento del Golfo enredándose en su cabello dorado y el pulso de la bestia vibrando entre sus muslos. ¿Le apetece una vuelta? Solo unos minutos, para que sienta el latido del poder en su sangre. Prometo devolvérsela intacta..." dijo mirando a Federico.

Gloria sintió un escalofrío eléctrico que le recorrió la espina dorsal, bajando hasta su entrepierna, donde un calor traicionero comenzó a humedecer el encaje de sus bragas. Sus mejillas se tiñeron de un rubor intenso, subiendo desde el cuello hasta las orejas, y mordió su labio inferior, grueso y rosado, mientras sus ojos verdes se posaban hipnotizados en el interior del coche: asientos de cuero rojo cosidos a mano con hilos de platino, un salpicadero de fibra de carbono pulido con incrustaciones de oro 24 quilates, pantallas táctiles que parpadeaban como ojos seductores, y ese aroma embriagador a nuevo, a riqueza, que se filtraba por la ventanilla entreabierta como un afrodisíaco. Nunca había estado tan cerca de algo así- un coche que costaba siete veces más que su casa en Madrid-, ni de un hombre que exudara tanto poder, una masculinidad dominante que hacía que el brazo de Federico pareciera flácido y su sonrisa, un bostezo. Dudó, el corazón latiéndole con un tamborileo irregular en el pecho, haciendo que sus tetas subieran y bajaran con agitación. "Yo... no sé, Ahmed –dijo, leyendo el nombre grabado en una placa personalizada de plata en el salpicadero, su voz un susurro tembloroso–. Suena tentador, como un sueño prohibido, pero estoy con mi marido dando un paseo... No sería correcto."

Federico se tensó como un resorte oxidado en su espalda, su mano apretando la cintura de Gloria con más fuerza de la necesaria, los nudillos blanqueándose bajo la piel, un gesto posesivo que rayaba en el dolor. "No, gracias, señor", espetó él, su voz saliendo un poco más aguda de lo que pretendía, traicionando el nudo de celos ácidos que se formaba en su estómago como bilis. "Estamos paseando, disfrutando del momento en familia, del atardecer. No necesitamos... tours improvisados ni exhibiciones de lujo,muchas gracias de todas formas por su invitación, muy amable." Intentó sonar firme, autoritario, como el hombre de la casa, pero Ahmed solo soltó una risa profunda, gutural, que vibró en el pecho de Gloria como un ronroneo felino, erizándole los pezones bajo el sujetador. El árabe se inclinó ligeramente hacia adelante en su asiento, su perfume –una mezcla embriagadora de sándalo quemado, ámbar resinoso y algo más primitivo– un perfume que costaba el salario de un mes de Federico invadiendo el espacio personal de la pareja como una niebla seductora.

"Tranquilo, amigo mío, no muerdo... a los maridos", replicó Ahmed, su sonrisa mostrando dientes blancos y perfectos, con un destello sutil de oro en un colmillo que sugería noches de excesos. "Solo es un paseo inocente, un capricho del desierto. Tu esposa es demasiado hermosa para negárselo a un humilde servidor como yo –una diosa rubia en tierras de arena y petróleo–. Imagina: el viento azotando su piel suave, el desierto extendiéndose como una alfombra infinita bajo las estrellas nacientes... Pocas veces se tiene la oportunidad de montar en una bestia como está, seráun bonito recuerdo de su visita a mi país. Sería un pecado mortal desperdiciarlo."

Sus ojos no se apartaban de Gloria, perforándola con una intensidad que la hizo apretar los muslos instintivamente, sintiendo el roce húmedo de sus propios jugos contra la tela. Federico protestó de nuevo, tirando suavemente pero insistentemente de su brazo: "Gloria, no seas tonta. Ese tipo no me da buena espina, con esa mirada de lobo. Vámonos al hotel, cenamos en la terraza como planeamos, con velas y vino. No necesitamos estas tonterías."

Pero Gloria no se movió, anclada al asfalto por una curiosidad voraz que le mordisqueaba el vientre. Sus ojos se clavaron en el Bugatti como si fuera un amante prohibido, el cuero rojo llamándola como labios entreabiertos, y una vocecita rebelde en su cabeza –esa que Federico había acallado con años de sexo rutinario y predecible, siempre en la oscuridad del dormitorio conyugal, misionero apagado y eyaculaciones apresuradas– susurró con malicia: ¿Por qué no? Solo una vueltita. ¿Cuándo volverás a sentir algo así, a ser vista como una reina en lugar de una esposa? Recordó un flashback fugaz: su luna de miel en Mallorca, cuando Federico la follaba con pasión en la playa, pero ahora, diez años después, sus polvos eran como deberes escolares, sin fuego, sin riesgo. "Federico, amor", dijo ella, girándose hacia él con una sonrisa nerviosa pero teñida de excitación, sus pechos subiendo y bajando con la respiración acelerada, los pezones ahora duros y visibles bajo la tela fina. "¿Sabes lo que cuesta ese coche? Es una oportunidad única en la vida.

Solo una vuelta rápida, ¿vale? Media hora como mucho, y nos vemos en el hotel para esa cena romántica. Te lo prometo, con beso incluido. Te quiero, no seas celoso tonto."

"¡Gloria, joder! No insistas, esto es una locura", gruñó él, el rostro enrojeciendo, los ojos entrecerrados en una mezcla de ira y miedo. Pero ella ya estaba coqueteando con la idea, inclinándose ligeramente hacia el coche, su escote profundizándose, y Ahmed, percibiendo la grieta en la armadura del marido como un tiburón oliendo sangre fresca en el agua, aceleró el motor ligeramente, haciendo que el Bugatti rugiera en una amenaza juguetona, un bramido que vibró en los huesos de Gloria y le envió una oleada de calor directo al clítoris. "No seas aguafiestas, cariño", suplicó ella, su voz bajando a un ronroneo seductor que Federico no había oído en años, un tono reservado para las novelas que leía a escondidas. "Es Dubái, por Dios, la ciudad del pecado y el lujo. Déjame vivir un poco, sentir el viento en la piel. Mañana seré toda tuya, te follaré como en los viejos tiempos." Le plantó un beso rápido en la mejilla, pero sus labios temblaban de anticipación, y Federico captó el brillo febril en sus ojos verdes, un destello de lujuria que lo heló.

Antes de que él pudiera articular otra protesta coherente –"¡Pero Gloria, ese tío te mira como si fueras un pedazo de carne!"–, ella se deslizó en el asiento del pasajero con una gracia felina inesperada, el vestido subiéndose por sus muslos carnosos y revelando la piel suave, bronceada por el sol español y ahora salpicada de arena fina del paseo. El cuero rojo del asiento se pegó a sus piernas desnudas como una segunda piel, y Ahmed le dedicó una mirada lasciva, prolongada, su mano rozando "accidentalmente" su rodilla al ajustar el cinturón de seguridad con dedos expertos. "Excelente elección, mi reina del desierto. Nos vemos pronto, corn... amigo. Disfruta el paseo solo, yo llevo a su mujer hasta su hotel, se la devolveré sana y salva." El Bugatti aceleró con un bramido ensordecedor que hizo vibrar el paseo marítimo entero, levantando una nube de polvo y arena que cegó temporalmente a Federico, las luces traseras rojas perdiéndose en la avenida costera como colas de cometa malignas, serpenteando entre yates relucientes y limusinas negras.

Federico se quedó plantado allí, desconcertado, el corazón latiéndole con un nudo de celos y preocupación que le oprimía el pecho como una garra de hierro, el sudor frío bajándole por la espalda pese al calor. "Maldita sea, Gloria, ¿qué coño haces?", murmuró para sí, la voz quebrada por la incredulidad. Comenzó a andar hacia el hotel a paso rápido, casi corriendo, el sol poniente alargando su sombra como la de un verdugo avanzando hacia el patíbulo. El calor se volvía pegajoso, el aire cargado de humedad salina que le pegaba la camisa polo arrugada a la piel, pero su mente bullía con imágenes tortuosas, un carrusel de pesadillas eróticas: ¿qué querría ese árabe de su mujer? ¿Le pondría la mano en el muslo? ¿La intentaria besar? Gloria era fiel, siempre lo había sido –o eso se repetía como un mantra–, pero en los últimos años, su matrimonio se había convertido en una rutina asfixiante: cenas frías delante de la tele, sexo los sábados por la noche con las luces apagadas, él corriéndose en dos minutos dentro de ella sin preliminares ni juegos, ella fingiendo orgasmos con gemidos ahogados para no herir su ego menguante, quedándose después con un vacío en el coño que ningún vibrador secreto llenaba del todo. No pasará nada, es solo un paseo, se dijo Federico, pero el estómago le dolía como si hubiera tragado vidrio molido, y cada paso crujía con el eco de su propia inseguridad, la cara de ese pretencioso no le había gustado un pelo y menos todavía la forma que tenía de mirar a su mujer.

Caminó diez minutos eternos, el paseo marítimo ahora iluminado por farolas de hierro forjado que proyectaban sombras danzantes en la arena, como fantasmas de amantes traicionados. Los turistas pasaban a su lado, riendo en francés y alemán, ajenos a su tormento, y el rumor de las olas parecía burlarse de él, un susurro constante de... "Como se te ocurre dejarla ir con ese tipo, tu la paseas por vuestro barrio en un Kia y dejas que ese tipo la de una vuelta en su coche de varios millones".

Algo le llamó la atención a lo lejos –en una zona apartada del paseo, semioculta por una hilera de palmeras datileras y un muro bajo de piedra caliza–, el pulso de Federico se aceleró hasta un trote desbocado, latiéndole en las sienes como un tambor de guerra. El Bugatti estaba aparcado allí, con las luces intermitentes parpadeando como un ojo culpable en la penumbra creciente, el motor apagado pero aún caliente, emanando vapor. Se acercó sigilosamente, el corazón martilleándole en los oídos como un pistón, las palmas sudadas resbalando en la barandilla que usó para ocultarse, conteniendo la respiración entrecortada. Se agachó detrás de un banco de piedra blanca, el aliento rasposo, y entonces lo vio, a través de la ventanilla tintada del lado del pasajero, que estaba entreabierta unos centímetros para dejar entrar el aire nocturno fresco.

Gloria bajaba y subía la cabeza en el regazo de Ahmed con un ritmo hipnótico, obsceno, deliberado, como una puta experimentada en un callejón oscuro. El movimiento era fluido, rítmico, su moño deshecho ahora cayendo en cascada rubia sobre las piernas de él, ocultando parcialmente la escena pero no el sonido: un chupeteo húmedo, un slurp gutural y constante, gemidos ahogados de ella que se escapaban como suspiros de éxtasis, y gruñidos bajos, animales, de él que resonaban en el interior del coche. Federico sintió que el mundo se inclinaba sobre su eje, un vértigo de náuseas y rabia que le subió por la garganta. El corazón estallando en 100 pedazos...Su mujer, su Gloria, la que juro amor eterno en su boda católica, la que le había dado un hijo que ahora estudiaba en la universidad en su primer año, estaba comiéndole la polla al árabe como una profesional de la felación, succionando con avidez esa polla que Ahmed había liberado del thobe, la vestimenta tradicional.

La polla era monstruosa, circuncidada a la perfección, de al menos veinte centímetros de largo y gruesa como la muñeca de un hombre, con venas azuladas pulsantes que serpenteaban por el tronco moreno y velludo como ríos furiosos, un glande morado e hinchado que brillaba con la saliva abundante de Gloria, el ojo del prepucio goteando precum salado que ella lamía con la lengua como si fuera miel. Ella la succionaba con hambre primitiva, la garganta contrayéndose en arcadas controladas al intentar tragarla entera, las mejillas hundidas por la succión, los labios carnosos estirados alrededor de la base mientras lamía las bolas peludas y pesadas que colgaban como frutos maduros, llenos de semen acumulado. "¡Joder, qué puta española tan buena en la mamada!", gruñía Ahmed en un árabe mezclado con inglés crudo, su mano grande y callosa acariciándole el pelo rubio con ternura falsa, enredando los dedos y empujando su cabeza hacia abajo con fuerza creciente. "Trágatela toda, zorra infiel. Muéstrame cómo chupas polla de verdad, cómo ordeñas a un jeque como yo. Tu boca es un coño caliente, ¡toma, hasta las anginas!"

Gloria obedecía con devoción lasciva, los ojos lagrimeando por el esfuerzo pero brillando con una lujuria que Federico nunca había visto en ella, excitada hasta el delirio por el riesgo, la humillación pública implícita, el sabor salado y almizclado del precum que le goteaba por la comisura de la boca y manchaba su escote. Sus caderas se retorcían en el asiento de cuero, frotándose contra el salpicadero, su coño depilado empapando las bragas de encaje hasta hacerlas transparentes, el clítoris hinchado rogando atención mientras se masturbaba disimuladamente con una mano bajo la falda. Federico quiso gritar, un alarido primitivo que le rasgara la garganta, correr hacia ellos, romper la ventanilla con los puños desnudos y arrastrar a su mujer de los pelos rubios hasta la arena, escupiéndole en la cara y partirle la cabeza a aquel bastardo. Pero sus pies estaban clavados al suelo como raíces en la duna, paralizados por una mezcla tóxica de rabia ciega, incredulidad paralizante y –en el fondo más oscuro de su alma, una sima que lo avergonzaba–.

No puede ser real, es una pesadilla, pensó, pero lo era: el bulto de la cabeza de Gloria moviéndose arriba y abajo con precisión experta, el sonido húmedo de su lengua lamiendo el frenillo sensible, los gemidos guturales de Ahmed acelerando el ritmo, "¡Sí, perra, lame las bolas, chúpame hasta el alma!", y ella respondiendo con un "Mmm, deliciosa" ahogado.

Justo cuando Federico decidió avanzar, reuniendo valor con un rugido interno que le quemaba el pecho –"¡Gloria, pedazo de hija de puta!"–, el motor del Bugatti rugió de nuevo, un bramido ensordecedor que lo congeló en el sitio como un ciervo ante los faros. Ahmed eyaculó en ese momento preciso –Federico lo supo por el gemido animal, prolongado, del árabe, un "¡Allah, toma mi leche!" que vibró en el aire, y por el modo en que Gloria tosió, atragantándose, tragando el chorro espeso, caliente y abundante que le llenaba la boca hasta desbordar, goteando por su barbilla en hilos blancos y viscosos que salpicaban el cuero rojo del asiento–. Luego el coche aceleró como un rayo vengador, las ruedas chirriando contra el asfalto caliente, desapareciendo en el horizonte hacia el centro de Dubái iluminado, dejando solo una estela de humo acre y el eco ensordecedor de la traición en los oídos de Federico.

Se quedó allí, jadeante, con lágrimas de rabia y humillación quemándole los ojos, rodando calientes por sus mejillas mientras se ponía en pie tambaleante, las piernas como gelatina. "¿Qué coño ha pasado, Gloria? ¿Cómo has podido?", se preguntó en voz alta, la voz quebrada por sollozos ahogados, mientras se limpiaba la cara con la manga de la camisa. Pero en el fondo lo sabía, con una certeza nauseabunda: su mujer había sido seducida en cuestión de minutos por ese millonario depredador, esa polla árabe gruesa y dominante había despertado algo salvaje, primitivo, en ella que él, con su polla modesta y sus embestidas rutinarias, nunca había tocado.

Su vida destrozada en los pocos minutos que habían pasado desde el paseo apacible con su mujer y la interrupción de aquel tipo...

Corrió al hotel, pero el trayecto se le hizo eterno, cada paso un recordatorio punzante de su impotencia, el sudor pegándole la ropa al cuerpo, el corazón latiéndole como el de un prisionero a la fuga...