Xtories

Sanatorio militar

Las órdenes del Estado Mayor son claras: cuidar al capitán a toda costa. Pero cuando Luise toma el control del baño, la disciplina militar se desmorona ante la realidad de un cuerpo masculino desnudo y vulnerable. No esperaba que el deber la dejara manchada de su propia culpa.

Snaporaz11K vistas9.3· 9 votos

Mi nombre es Luise, tengo 18 años, rubia, ojos verdes, piel blanca, alta para mi sexo, 1,75. Mi figura es estilizada, pues desde muy pequeña mis padres nos educaron a todos los hermanos como si fuéramos a alistarnos en el regimiento de caballería de ulanos en el que mi padre fue coronel y en el que finalmente han militado todos mis hermanos, tres de los cuales se encuentran combatiendo, desde 1914 -un año ya-, en el frente occidental.

El error de la naturaleza es que la más dotada para guerra de todos los hermanos era yo, pero la tenía emprendida contra mi severo padre, lo que finalmente motivó que, en sanedrín con el capellán de la familia y con el preceptor alemán que nos había educado a todos, acordasen enviarme como "voluntaria" al sanatorio militar de Silesia donde esperaban que la disciplina castrense y la contemplación diaria de los horrores de la guerra domasen mi díscolo carácter.

La verdad es que resultó durísimo asistir, a las órdenes de la severa Sor Cunegunda, a las curas de las horribles heridas con las que aquellos jóvenes regresaban del frente. El caso es que, guiada por la monja y ayudada por mi temperamento familiar, forjado en decenas de guerras a lo largo de los siglos, en un par de meses Sor Cunegunda se encerró en su despacho conmigo, lugar que era célebre por los rapapolvos que recibían las monjas y enfermeras llamadas a capítulo en su interior. En cambio ella me soltó:

- Fraulein Luise, debo felicitarla por su desempeño, confieso que me ha sorprendido, esperaba una niñita melindrosa y desobediente y, sin embargo, en 2 meses se ha convertido en una de mis mejores enfermeras y en un ángel para los pacientes.

- Gracias, Sor Cunegunda, celebro ser útil a mi país y a nuestros soldados heridos.

- El caso es que tengo un caso un tanto.. complicado.. y he pensado en usted para atenderlo.

- Sólo ordéneme qué he de hacer, y en qué términos y delo por hecho si está en mis manos.

Sor Cunegunda dejó escapar una sonrisa orgullosa, se aseguró de que la puerta cerrada mantuviese la conversación en privado y me respondió.

- Fraulein Luise Von Bock, es una lástima que Dios nuestro Señor no le hubiese concedido a Marte el capricho de que usted naciese varón, no me cabe duda de que el Káiser Guillermo la hubiera puesto al frente de un regimiento de húsares y no habría desmerecido usted del resto de sus familiares.

- Vaya.. gracias (la monja me tenía sorprendidísima).

- El caso es que nos ha llegado un caballero herido, es un militar de alta graduación, aviador. No desea que se conozca su nombre, está herido de cierta consideración en manos y rostro. Tanto las heridas como el verse incapacitado para seguir combatiendo, las posibles secuelas que le vayan a quedar.. todo el conjunto lo tiene sumido en un estado depresivo que hace temer lo peor, no sé si me entiende..

- Perfectamente.

- El.. capitán (así es como deberá dirigirse a él si no le indica lo contrario) viene recomendado por el círculo más cercano al Káiser, desde el Estado Mayor. Es un as de la aviación y perteneciente a una familia, mejorando a la suya, que lleva siglos derramando su sangre por el Sacro Imperio Germánico.

- Comprendo.

- Sus órdenes serán atenderlo, turnándose con 2 monjas, las 24 horas del día, velando por su recuperación física y emocional. Ni que decir tiene que los permisos quedan suspendidos en esta fase de.. choque, sólo ustedes 3 y los médicos estarán en contacto con él, no quiero rotaciones en el personal, espero que lo comprenda, Fraulein Luise.

- Se lo hubiera solicitado yo si usted no lo hubiese ordenado, como siempre va usted por delante.

- No esperaba menos de usted, creo que no me he equivocado al asignarle este servicio. Sólo recalcarle que usted está al mando del equipo de enfermeras, espero que sepa estar a la altura de su responsabilidad.

- Me dejaría la vida en ello.

- Bien, Fraulein Luise, en el pasillo tiene usted a sus dos monjas enfermeras, el paciente está en la última habitación del ala oeste de la segunda planta, creo que las vistas al jardín y al bosque, unido a que es una habitación individual, ayudarán a su recuperación.

Nada más, puede retirarse.

Ni que decir tiene que, para hacerme una idea de a qué me enfrentaba me dirigí, junto con las dos monjas, a la habitación del capitán. Lo que nos encontramos allí no me gustó nada: apestaba a cerrado y a humo de cigarro. El enfermo estaba tumbado en la cama, ataviado con un desaseado pijama cuyos lamparones eran visibles hasta en la penumbra de la habitación. Era un hombre bastante alto, atlético, parecía joven, pero el vendaje de cara y manos impedía averiguar nada más.

- Buenos días herr capitán, somos su nuevo equipo de enfermeras, las hermanas Sor Ágnes y Sor María, yo soy Luise Von Bock.

El militar se levantó de la cama, se irguió muy derecho y nos saludó con una inclinación de cabeza, al tiempo que, con voz ronca y sibilante decía:

- Disculpen mi aspecto y el de la habitación, señoras, pero no atravieso por mi mejor momento, agradezco la deferencia del hospital, pero no será necesario que me asignen tres enfermeras, deseo seguir como estaba.

- Herr capitán.. discúlpeme, pero ignoro su nombre: la orden de asignarle un equipo de enfermeras viene directamente del Estado Mayor, no es algo discrecional ni para usted ni para nosotras, pero si insiste en su negativa tendré que elaborar un informe a mis superiores dando cuenta de su insubordinación a las órdenes.

Permaneció unos segundos en silencio, taladrándome con su mirada, un tanto ridículo con aquel pijama militar sucio y ajado, pero no tuvo más remedio que desviar la vista cuando comprobó en la determinación de la mía que sería capaz de dejarme matar antes que desobedecer las órdenes recibidas.

-Bien, entonces creo que tendré que asumir las órdenes.. qué remedio.. Disculpe, no he retenido su nombre, cómo me ha dicho que se apellida?

- Mi nombre es Luise Von Bock.

- ¡¿Es usted familia del coronel Von Bock!?

- Es mi padre.

- Vaya.. ahora lo entiendo todo..

- No comprendo qué quiere decir.

- Su señor padre era el director de la academia militar de caballería en la que fui instruido antes de integrarme como aviador, él fue quien me instruyó en la disciplina militar y ahora entiendo de dónde le viene a usted el carácter castrense, sin duda es usted una Von Bock, diría que aún más que sus hermanos, con dos de los que tuve el honor de instruirme, uno de ellos, Erich, ha volado a menudo conmigo, pero eso fue en otra vida.. (dijo esto último mientras bajaba la cabeza y se miraba las manos vendadas).

Me dejé invadir un instante por el orgullo de lo que acababa de oír sobre los Von Bock, pero enseguida recordé que estábamos allí para cumplir una misión:

- Bien, Sor Ágnes, prepare un buen baño de agua caliente, pero no en demasía, para el capitán. Sor María, usted ventile esta guarida, abra ventanas y contracierres, quite esa ropa de cama y.. envíela a desinfectar con lejía y derívela para vendajes. El pijama de herr capitán quémelo, no creo que pueda salvarse.

Herr capitán, me temo que esa botella de licor no podrá permanecer en la habitación si no es autorizada por el doctor, podría interferir con sus medicamentos. Le ruego que pase al baño y se deje desnudar.

- Espere un momento, no pienso dejarme bañar por una enfermera y dos monjas, ¿dónde están los enfermeros en este maldito hospital? Además, es usted la hija del coronel Von Bock, es absolutamente improcedente que usted..

- Capitán, los enfermeros, como bien debiera saber, están destinados en los hospitales de campaña del frente. La retaguardia está dotada, casi exclusivamente, de personal femenino. Por otra parte le informo que me he criado junto a seis hermanos varones, por lo que no me escandalizará nada de lo que usted esconda bajo ese andrajoso pijama, indigno de un oficial de nuestro ejército, así que le ruego que nos facilite cumplir con nuestro cometido.

Cabizbajo se introdujo en el cuarto de baño y dejó que Sor Ágnes y yo lo desvistiéramos. Primero procedimos, con sumo cuidado, a quitarle la camisa, optando por cortar las mangas del astroso pijama para ni siquiera rozarle las manos. El capitán tenía un bellísimo torso de atleta, un pecho poderoso y un abdomen sin un gramo de grasa,todo surcado por una leve pelusa rubia. Sus hombros y brazos, surcados por finas venas azuladas eran perfectos, sólo afeados por aquel aparatoso vendaje en las manos.

La sorpresa vino cuando lo despojamos del pantalón del pijama, el cual olía como si aquel caballero llevase una semana apostado en una trinchera. Fue bajarle el pantalón y Sor Ágnes no pudo reprimir un "¡Jesús!" al mostrarse ante nuestros ojos un pene de dimensiones y belleza majestuosas, de piel rosada, cubierto por algo de vello rubio, unos veinte centímetros de longitud y con unos testículos perfectos, tersos y.. miré a Sor Ágnes, reconviniéndola con una severa mirada, momento que el capitán aprovechó para girarse rápidamente, quedando de espaldas hacia nosotras, tratando de introducirse él sólo en la bañera.

- Por favor, capitán, le ruego que no trate de hacerlo usted solo, debe permitir que nosotras le bajemos, no puede apoyarse con sus manos y podría sufrir un resbalón.

A regañadientes se dejó hacer como un gigantesco niño de 1,90 y 90 kilos, la verdad es que pesaba como un fardo, a pesar de que trató de aligerar su peso y no descargarlo del todo sobre nosotras. Desviaba la mirada de mí y trataba de no hacer contacto visual conmigo, por lo que opté por dejarle relajarse unos minutos en el baño caliente mientras nosotras ayudábamos a Sor María con la habitación.

Pasados 10 minutos, antes de que el agua se enfriase, volví a entrar y empecé a frotarle con esponja y jabón y con cuidado pecho, espalda, brazos, pies, piernas.. el capitán se dejaba hacer en silencio. La verdad es que era desasosegante para mí frotar aquel cuerpo apolíneo, muy alejado del de mis hermanos en aquellos años en los que ayudaba a madre a asearlos.

- Bien, capitán, ahora le ruego que se apoye en mí y se incorpore con cuidado, debo terminar su aseo.

- Le ruego que lo evitemos, o al menos que sean las monjas, por favor señorita Von Bock.

- Herr capitán, le ruego que deje de ponerme la situación difícil, ni mis hermanos con dos años eran tan tozudos a la hora del baño.

Refunfuñando se apoyó en mí y se incorporó trabajosamente, quedando de espaldas. El agua escurría por su torso y piernas, dándole un aspecto aún más hermoso si cabe a aquel apuesto caballero, al que enérgicamente le froté entre las nalgas para acabar con todo resto de suciedad que pudiera haber quedado alojado allí.

- Desde la vuelta, herr capitán.

Su hermosísimo pene quedó a veinte centímetros de mis ojos. Con profesionalidad le enjaboné las ingles, el escroto, los testículos y toda la longitud de su miembro viril, el cual juraría que estaba cobrando vida ante mis ojos.

No pude por menos que recordar las admoniciones de mi madre a mis hermanos pequeños: "Caballeretes, deben ustedes retraer la piel de sus cositas y asearlas a conciencia, bajo esa piel se acumula suciedad y podrían ustedes enfermar". Con delicadeza pero sin titubeos retraje la piel de su glande y, dejando caer agua espumosa de la esponja, con mi propia mano aseé su prepucio, el cual se hinchó y enrojeció vertiginosamente, al tiempo que su miembro se puso en erección ante mi atónita mirada. Decidí no apartarme ni un ápice, empeñada en cumplir con mi tarea hasta el final, seguí aplicándole agua tibia y jabonosa a aquel espléndido miembro que apuntaba desafiante hacia el techo, surcado por venas que salían desde sus redondos testículos y llegaban hasta el cada vez más amoratado prepucio. Introduje la esponja en el agua tibia de la bañera y, mientras con una mano la exprimía sobre sus genitales, con la otra daba pasadas a su escroto, hinchadísimos testículos.. aclarando el jabón que aún le quedaba Su pene palpitaba y se ponía aún más erecto de lo que ya estaba. Con toda la naturalidad de la que fui capaz traté de aclarar el jabón que quedaba en el enhiesto miembro, pasando mi mano desde la punta hasta la base. Mi cara ardía de vergüenza y excitación, pero trataba de concentrarme en la tarea y acabar cuanto antes con el aseo del capitán, pero no me dió tiempo: sentí palpitar su miembro en contacto con mi mano, lo tenía ardiendo, igual que mi cara. Súbitamente el pene del capitán comenzó a eyacular copiosamente, soltando un chorro de leche sobre la pechera de mi uniforme, varios sobre el agua de la bañera y una nada despreciable cantidad sobre mi mano. Su semen estaba tan caliente como su miembro, pero el saber que aquello había sido provocado por mí hacía que ardiera sobre mi piel, pues mi mano no había perdido contacto, es más, seguía haciendo mecánicamente, como por un reflejo nervioso, el movimiento de aclararle el agua de su pene, lo que no hacía sino prolongar la eyaculación de aquel joven semental, que suspiraba ahogadamente mientras seguía derramándose sobre mi mano, completamente llena de aquella sustancia viscosísima e hirviente.

- ¡¡Jesús, María y José!!

La exclamación venía de Sor Ágnes, que contemplaba la escena boquiabierta y con los ojos como platos desde el umbral de la habitación.

- Sor.. Sor Ágnes, rápido, la toalla, el capitán se va a enfriar.

- Ahora mismo.

En silencio las dos procedimos a secar al apolíneo capitán, dejando para el final su aún casi erecto y pringoso miembro viril, que parecía aún con ganas de guerra. Nos dirigimos una mirada de inteligencia, optando Sor Ágnes por dejarme a mí la tarea de secar aquella zona tan comprometida de la anatomía, que parecía querer revivir con mis nuevas manipulaciones, que esta vez, ya advertida, abrevié al máximo para no dar lugar a prolongar una situación tan embarazosa.

Vestimos con un pijama limpio al capitán y lo dejamos descansar sobre su cama vestida con sábanas limpias. Permanecía mudo y cabizbajo, incapaz de dirigirnos la palabra o siquiera mirarnos.

- Sor María, váyase a descansar, usted hará la noche. Sor Ágnes, usted descanse un poco, almuerce y venga a relevarme para la tarde, yo haré la mañana para coincidir con el médico y supervisar las curas.

Sor Ágnes, venga al pasillo, por favor.

Lo que ha sucedido en el cuarto de baño no ha ocurrido, me entiende, Sor Ágnes? El capitán no está bien mentalmente, no lo abrumaremos con más cargas emocionales por un reflejo nervioso que haya tenido.

Sor Ágnes no podía apartar la vista del lamparón de semen de la pechera de mi uniforme, hipnotizada por aquel manchón viscoso que resbalaba sobre mi delantera, empapando la tela y llegando a mis senos, lo cual me turbaba enormemente y me tenía excitadísima, con un calor evidente en mis mejillas y en mi vientre, que notaba húmedo y revuelto.

En ese momento llegó el médico a realizar su ronda, por lo que me despedí de las dos monjas y entré a la habitación a seguir con el tratamiento del capitán, a ver por qué derroteros me llevaría.