Xtories

La sombra de las estrellas (XV)

Con una bala en el hombro y la adrenalina aún presente, Archie no busca descanso, sino venganza. Lana, su amante, ha cruzado la línea del miedo y ahora está dispuesta a todo para limpiar su nombre. Juntos, tienen una sola carta para jugar: la verdad grabada en película, y la voluntad de quemar el poder para salvarse.

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XV

EL DÍA MÁS LARGO

La noche anterior.

En mi cabeza aún restallaban el eco de los tres disparos. Para mí, el fundido a negro en el que me sumió el impacto recibido, había durado una fracción de segundo, pero, cuando conseguí abrir los ojos, ví al cabrón de von Süddlicht inclinado sobre Molly, tumbada en la cama. Por como veía la escena, debía de estar tirado en el suelo. Sentí la culata de mi revolver reposando en mi mano, y sin encomendarme ni a Dios ni al Diablo, la levanté para apuntar a ese desgraciado. En ese momento sentí un agudo dolor en el hombro, y una presencia a mi lado, apretándomelo.

—Despacio, compañero—oí la voz de Kovack, marcando las eses—. No te muevas o terminarás desangrándote.

Con esfuerzo, conseguí mirar a mi izquierda, lado del que procedía la voz. Con su mano libre, el de la CIA, me sujetó del cuello para que pudiera terminar el movimiento que había iniciado.

—Pues dile a ese bastardo que se aleje de ella o no voy a ser el único en quedarme seco.

Pronuncié la frase como si mis cuerdas vocales fueran de papel de lija. Notaba un sabor a acetona en el paladar y la puta herida parecía arder en mi hombro.

—La está estabilizando, Archie—me explicó Kovack—. Ha sufrido…

—Una reacción epiléptica—continuó el alemán—. Pero ya está fuera de peligro.

—¡Joder con el bombero pirómano!—le escupí—. Si encima te voy a tener que dar las gracias, cabrón. ¿Qué te parece un poco de plomo como agradecimiento?

Volví a apuntarle, pero Kovack me bajó la mano armada sin brusquedad pero con firmeza.

—Lo necesitamos vivo. El doctor ha decidido cooperar. Verdad, ¿doctor?

Von Süddlich, blanco como el papel, asintió mientras se limpiaba las manos con un trapo.

—Y, ¿el otro?

—Ese sí que ha muerto de una indigestión de plomo. Le alcanzanste en el cuello antes de que te dispara. Mi bala…bueno, digamos que fue un desperdicio.

—Entonces, ¿ella está bien?

—Sí, Archie. Me he asegurado de que éste no hiciera cosas raras. Tampoco le conviene.

—¿Y «Fettuchi…» Ferruchini?

—Ha salido a llamar a la caballería. Estarán aquí en cualquier momento.

—¿Las otras dos mujeres?

—Está todo controlado, de verdad. No te preocupes. Hemos salido vivos para luchar otro día. ¿No es eso lo que nos decían?

—A mí me decían que mi cuerpo no aguantaba bien las balas, y mírame. Nunca he sido muy de seguir los consejos ajenos.

Reímos los dos. Una risa necesaria para purgar la tensión. La sangre es necesaria en el cuerpo para vivir, pero, el humor, también. Acabé tosiendo, lo cual me recordó que necesitaba un cigarrillo. Estaba visto que tampoco sabía seguir mis propios consejos.

Dejé el hierro a un lado—cerca—y extraje un lucky arrugado. Kovack me dio fuego con un Dupont de oro que no pegaba nada con su anodina apariencia. Kovack interpretó mis pensamientos.

—Se lo he tomado prestado a nuestro prisionero cuando le he cacheado. También encontré esto—dijo, enseñándome una pequeña llave—¿Sabes lo que me ha dicho cuando le he preguntado que abría? Doctor—se dirigió al alemán que permanecía quieto en medio de aquel cuartucho—, ¿quiere repetir a mi amigo lo que me ha dicho?

Cuando von Süddlich, tremendamente arrepentido, acabó de relatar su implicación, la de su difunto extorsionador (pues él fue el primero en reconocerlo e ir con el cuento al arzobispo) y la de Espada en todo aquel embolado, entró Ferruchini. Venía con cara de preocupación, pero al verme despierto, se tranquilizó. Yo estaba que echaba chispas. Había que darse prisa. Había que hacerlo pronto. Y había que hacerlo bien.

—Están en camino—contestó el agente a la mirada interrogativa de Kovack.

—Levantadme.

—No creo que sea prudente—intentó, Kovack, detener mi impulso—. Espera un poco que llegue la asistencia y…

—Ayudadme o apartaros—insití, erre que erre, yo.

El policía y el de la CIA cambiaron una mirada y me cogieron cada uno por un lado. Una vez recuperada la verticalidad, comprobé que podía sostenerme por mi propio pie. Me alegré, para que voy a decir otra cosa.

—Tú—llamé al Muertes Júnior—, llévanos a esa sala. Deprisa.

Von Süddlich no se hizo repetir la orden, precediéndonos en la salida, y continuamente en el punto de mira del revólver de Ferruchini—que se fiaba tan poco de él como yo—, no condujo a una falsa pared de la sauna. Allí seguían los dos gerifaltes acojonados, reducidos a la mínima expresión, en una esquina, y las dos muchachas, ahora convenientemente tapadas y dormidas.

El alemán accionó una especie de resorte y un hueco se abrió ante nosotros. Entramos en una suerte de laboratorio de revelado con su luz roja correspondiente. Una pequeña cámara, de marca AGFA, permanecía en su trípode apuntando al interior de la sauna contigua. En la pared no se veía ninguna abertura, pero, cuando me situé de frente, un cuadrado transparente era completamente visible.

—Ingenioso—no pude por menos que hacerlo notar—. Si tuviérais la misma inventiva para cosas buenas, el mundo sería un lugar maravilloso. ¿Dónde están las películas?

El médico señaló un pequeño armario con cajoneras, de esos que se usan para guardar planos. Kovack, que seguía aprentando las vendas contra mi herida, le dio la llave a Ferruchini para que lo abriera. De él empezó a extraer latas que fue depositando encima de una mesa. Nos acercamos también. La tapa de los envases metálicos tenían un esparadrapo, y sobre él, un nombre. Algunos se repetían, otros no. Pero casi todos me eran conocidos. Parecía la lista de una cena de esas benéficas, donde se juntan todos lo peces gordos del país para hacer negocios tras una máscara de altruismo y por un motivo que desconocen por completo. Una idea empezaba a fraguarse en mi cabeza al ver todos aquellos nombres. Sería una pena que aquellas películas no cumplieran con la función para las que habían sido rodadas. Sólo, que esta vez, sería para algo decente. Los renglones torcidos de Dios que decía no se qué escolástico.

Del exterior empezamos a oír unos ruidos. A través del cristal mágico ví entrar en la sauna a cuatro tipos vestidos de la misma forma anodina que Kovack. Tuve mi pensamiento ridículo de turno: el sastre de aquellos tipos, se tenía que estar haciendo de oro.

—¿Quiénes son?—pregunté a Kovack.

—Son de los nuestros.

—Querrás decir, de lo tuyos.

—Bueno, eso, ya lo veremos.

***

Amanecía en la ciudad de los Ángles cuando aquellos matasanos, herederos de las artes oscuras y puteadoras de Torquemada, me dejaron salir del hospital donde nos habían trasladado los hombres de Kovack. Pese a que en el frontal del edificio donde nos llevaron un carterl informaba a los desinteresados viandantes que allí tenía la sede el Instituto de estudios Quechan, lo cierto es que en los bajos, la Agencia tenía montado un tinglado de aúpa para sus mierdas; hospital totalmente equipado, incluído. A Molly y a sus compañeras las ingresaron en una de las alas del complejo, mientras que conmigo, se divertieron de lo lindo hurgando, metiendo, sacando, desinfectando y vendando el estropicio que me había hecho el jodido calvorota.

Mientras aquella gente con mascarillas hacía sus trapacerías, Kovack y yo discutimos a todo trapo. Mi cabreo era monumental. Yo ya no sabía si es que era más estúpido de lo que ponía en mi cartilla de servicio o las drogas que me chutaron los aprendices de inquisidores para, eufemísticamente, rebajarme el dolor del procedimiento, me estaban dejando idiota. El caso es que no era capaz de entender cómo, teniendo un equipo operativo en la ciudad, habíamos tenido que ser nosotros quien jugara esa noche al duelo de O.K. Corral y, mucho menos, que no fueran a intervenir en detener al hijo de Satanas de Espada. Él, en jerga de leguleyo, se acogía a que la Agencia no tiene jurisdicción en territorio nacional. ¡Óle sus cojones! Será para lo que no les interesa, porque, para lo otro, bien que metían las narices hasta en la caja de galletas. A punto estuvimos de liarnos a hostias. En fin, que entre la morfina y la cerrazón a ultranza de Kovack, no me quedó más opción que calmarme y acercar posiciones para seguir con la fiesta en paz, al menos, hasta que Lana estuviera a salvo.

Como en toda negociación, yo tuve que ceder terreno a cambio de unas contrapartidas que me garantizó. En aquel decorado de película porno, había estado cavilando un plan que me permitiera contar con el apoyo de la policía. Monseñor Espada era un tipo muy influyente, no podía presentarme en su casa y levantarle la tapa de los sesos—con capelo y todo—, saliéndome de rositas. Tenía que hablar con la máxima autoridad policial y convencerle de que actuara con su fuerza por delante, de lo contrario, no habría forma.

Mandé a «Fettuchini» de avanzadilla para informar a Donovan de los sucesos de la noche anterior. Para eso, y para que viera que su pipiolo estaba de una pieza. Lo único que me faltaba ya era tener a ese escocés papista persiguiéndome con una soga. De Kovack saqué la promesa de que usaría su influencia para que me recibieran. Era lo menos que podía hacer, ya que de las cintas, de los dos deleznables prohombres y del alemán cabrón, nunca más se sabría. Ese fue otro otro motivo de disputa, pero me calmé cuando encontré el lado bueno que todo tiene: nadie lo sabría nunca, el comisario, tampoco.

Quedó claro que mis habilidades de picapleitos dejaban mucho que desear frente al agente especial, pero muy tonto tampoco tengo que ser porque ya me olí que esto podía pasar cuando estábamos en la sala camuflada de la sauna. Como abogado no tengo futuro, vale. Pero, como carterista…pude escamotear un par de aquellas latas donde figuraban nombres relevantes de la sociedad norteamericana. Esa era mi baza, y estaba preparado para usarla.

La otra concesión que obtuve, fue que se permitiera a Hernando asistir a Molly y a sus compañeras. No me fiaba un pelo de lo que ese alemán hubiera hecho mientras yo besaba el suelo del cuartucho, por mucho que Kovack me insistió que no le quitó ojo de encima. No la había visto consciente ni un momento durante el traslado, y, eso, me preocupaba. Tras esquivar con estilo todas las pegas que me puso el agente, finalmente me llevó hasta un teléfono desde donde llamé al médico. Lo saqué de la cama, blasfemó en un español castizamente quijotesco, pero, después de explicarle la situación, le faltó tiempo para aceptar en encargo. Un buen tipo el compatriota de Cervantes.

Del instituto de estudio de culturas indígenas californianas, cogí un taxi y le dí la dirección de la casa de Lana, en los acantilados. Por la hora, esperaba encontrarla allí antes de que tuviera tiempo de ir hacia el rodaje. Durante el camino, amorfinado como estaba, me costaba hilar pensamientos coherentes, por lo que hice parar al conductor un par de veces para enchufarme un par de cafés de a litro. «Llamar a esto café—divagaba—es como confundir a un gato con un tigre siberiano».

Toqué a su puerta empapado por la humedad fría de la mañana y los sudores de las fiebres narcóticas aderezadas con cafeína. Tenía identificado al malo de la película y a sus secuaces, estaba eufórico. Ya me veía como Poirot en la escena final de una novela de Agatha Christie, rodeado de estirados personajes y dándome coba para ponerlos nerviosos a la espera de revelar el nombre del asesino cuando la puerta se abrió.

Lana, en batín, con el pelo revuelto y la cara de no haber dormido en cien años, se quedó mirándome. Perpleja primero; preocupada después de ver el aparotoso vendaje que cubría mi brazo y hombro derecho. Algo pareció romperse dentro de ella y se abrazó a mí como un portero de esos europeos atajando un balón que está apunto de entrar por la escuadra.

Ella lloró.

Yo grité.

—Sé quien te está chantajeando.

Solté la bomba una vez nos acomodamos en la salita frente a la chimenea que Lana tenía encendida y que me supo a gloria cuando empecé a notar el calorcito en mi cuerpo vapuleado. Teníamos una bandeja con café decente delante, al que me apliqué con fruicción y lamentando no tener unos churros para mojar en él. Hacía que no me llevaba nada al estómago desde…Era incapaz de recordarlo.

Lana me miró de una forma la mar de extraña. Yo esperaba alegría por su parte, pero, en cambio, me encontré con una cara de culpable que ni en los mejores manuales de convictos en Alcatraz. ¿Qué demonios estaba pasando?

—Espada—se limitó a decir, bajando la voz hasta convertirla en un susurro.

—¿Lo sabías?—me levanté, casi perdiendo el equilibrio, y poniéndome frente a ella—. ¿Cómo?

Lana escondió la cara entre las manos. Un llanto silencioso tenía lugar en aquella intimidad, solo delatable por los temblores arrítmicos de sus hombros.

—¿Lana? Respóndeme—la comminé.

Ella, sentada en el sofá, tuvo que levantar la vista hacia mí. Las lágrimas hacían que sus ojos atravesaran una gama cromática tan intensa como la de los ópalos. ¿Cómo puede ser tan bello algo que sufre? Desarmado por aquello, me arrodillé ante ella. Lana volvió a prenderse de mi cuello. Notaba la humedad de sus lágrimas resbalar por mi mejilla. Me estaba matando.

—Lo siento—balbuceó—. Yo no sabía si…

—Si qué, Lana.

No llegó a responderme. Separándose con esfuerzo de mí, se levantó, dejándome allí como si estuviera declamando el «No es verdad ángel de amor…». Caminando con la cabeza inclinada, se dirigió hacia un mueble. De uno de sus cajones extrajo lo que enseguida reconocí como una fotografía. Otra. Volvió sobre sus pasos y me la puso delante. Alternaba mi mirada entre la imagen y sus ojos esquivos. Su expresión mortificada lo decía todo. Dí la vuelta a la foto para encontrarme con el mensaje cuya letra, ya conocía. Ese cabrón estaba tan seguro de su victoria que no había tenido reparos en exigir el encuentro en su residencia de la propia sede arzobispal. Volví a imaginarme el capelo sinople relleno con los podridos sesos de aquel cerdo alejándose de lo que quedara de su cabeza.

Entonces, entendí.

—¿Cuándo la recibiste?

—Anteanoche.

—Entonces, te espera hoy, ¿no?

—…

—No me lo ibas a contar, ¿verdad?

La expresión de Lana se contrajo en un puchero. Gruesas lágrimas decendían por sus mejillas pálidas. Me levanté de mi ridícula posición y la enfrenté.

—¿Lana?

—Es…es lo que tenía decidido…hasta…

—¿Hasta?

—Hasta anoche—sollozó…bueno, hasta…hasta hace una hora. No podía hacerte eso. No quería. Nunca me lo hubiera perdonado…Perderte…no podría, Archie. Te quiero. No sé cómo ha pasado. No lo entiendo. Pero es así. No podía dejar de pensar en ti. Te llamé pero no contestaste, estaba desesperada. La noche anterior rezaba porque no aparecieras, para no tener que ocultártelo a la cara. Pero, esta madrugada, cuando lo he visto claro, no podía esperar para verte. Y, entonces, cuando ya tenía decidido ir a buscarte…, has aparecido en mi puerta como un deseo hecho realidad.

—Pero, ¿por qué?¿Por qué estabas dispuesta a pasar por todo esto tú sola?

—Por vergüenza, Archie—se abrazó a mí—. Porque no quería que pensaras…—puse expresión de hastío, creí que teníamos esa fase superada, pero ella cambió el tono—Porque pensé que podría recuperar las fotos…

No terminó la frase. Un silencio viscoso ocupó el lugar donde tenían que haber continuado las palabras. Entendí, una vez más. ¡Estaba en racha! Aún así, pregunté.

—¿Cómo, Lana?¿Cómo pensabas matar a ese hijo de puta?

Me miró sorprendida.

—¿Tan evidente soy?

—Te conozco, Lana. No sé cómo. No sé desde cuando, pero te conozco. Eres una mujer fuerte. La más fuerte que he conocido nunca. Estoy seguro de que nunca te hubieras rebajado ante él. No serías tú.

Los ópalos de Lana me miraron de una forma que hasta ese momento hubiera jurado que no existía más quen en la idealizada mente del mejor poeta. Luego, me besó; y yo a ella.

Podría llenar un par de páginas describiendo el momento, pero no, me lo guardaré para mí y lo legaré en mi testamento.

Cuando nos tranquilizamos, relaté a Lana la aventura de la iglesia. Podía haberla aderazado con más Pinkertons, con más malos malísimos, con el jodido minotauro y nuestra aguerrida lucha a muerte con hachas…pero, ¿para qué? La realidad ya era suficientemente increíble como para encima darle algo de veracidad y poner a un bicho mitológico con cabeza de toro.

—¿Cómo está ella?—preguntó, tímida, al acabar yo el relato—.…

Noté que quería preguntar algo más. Pero la pregunta sólo resonó en su cabeza. Quería responderle con sinceridad a la pregunta no formulada, pero para eso, antes tenía que hablar con Molly. Contesté, pues, a la pregunta que sí había conseguido salir de sus labios.

—Ahora, espero que bien. Un buen amigo está cuidando de ella y de las otras dos actrices.

—Mundo de mierda—comentó, cansada.

—No, Lana, el mundo no es el problema. Es la gente que lo habita la que se empeña en que sea así; los malvados y los tontos. Y, de esos últimos, hay muchos más. Pero no les vamos a dejar. Hoy no.

—¿Y qué vamos a hacer?

—¿Vamos?

Me miró, seria.

—No me vas a dejar fuera de esto. Quiero ver como ese cabrón paga, con mis propios ojos.

—No creo que sea lo más sensato. Puede ser muy peligroso que…

Lana se despegó de mí como si hubiera encontrado una cobra reptando por mi rostro.

—¿Peligroso? No me jodas, Archie—espetó—. Acabas de recibir un balazo, ya sé que es peligroso. Te lo repito, y que te quede bien claro. Voy a ir contigo, así que, explícame cómo vamos a hacerlo o estoy dispuesta a hacerlo sola. A seguir mi mierda de plan.

Nos sonreímos. Era una mujer excepcional. Excepcional y cabezota. Dicutir con ella hubiera sido como intentar hacer surcos en el mar y, no estábamos como para perder el tiempo. No ahora que el final estaba tan cerca. Claudiqué y le conté mi plan, con la esperanza velada, de que en algún momento se me ocurriera algo para impedirle ir a lo que fuera que aguardara en la boca del lobo. Algo como…¿partirle las piernas? La decisión en sus ojos no me dejaba muchas más opciones. Ea.

Así pues le conté el plan que había medio urdido en mi cabeza, así como los obstáculos de llevarlo a cabo.

—Lo complicado será que la policía colabore. Eso, y entrar en la casa.

—Entrar en la casa no es un problema—dijo ella, tras escucharme, con una sonrisa maquiavélica dibujada en el rostro—. Estoy invitada, ¿recuerdas?

—¡Y un cuerno!—me escandalicé al entender sus intenciones—¡De eso nada! Antes…

Me puso un dedo en los labios.

—Eso está decidido, cariño—añadió, acaramelada, la muy hija de…su mamá—. Centrémonos en cómo convencer a la policía.

***

Después de comer como un peregrino que llega a su destino tras cruzar el desierto, me presenté en el City Hall, sede de todos los estamentos del orden en la ciudad y donde, por supuesto, tenía su despacho el Comisario Jefe Blackbourn. El fálico edificio me recibió con la agresividad de toda la testosterona que allí se almacenaba. Ellos mandaban, y no perdían ocasión de demostrarlo, aunque fuera a fuerza de 138 metros de hormigón, cristal y acero. ¡Que ego, dioses, que ego!

Con Lana había estado ultimando los detalles de su actuación, saltando de la admiración a la ira—y viceversa—a cada detalle que salía de su cabecita. Qué jodía y qué terca era, coño.

Me encantaba.

Aún con la esperanza de que mi entrevista con Blackbourn se fuera a tomar por culo y solo me restara mi plan inicial de entrar en la casa de monseñor como Wyatt Earp en un saloon de Tombstone, esperé en la antecámara del despacho del comisario hasta que su secretaria tuvo a bien comunicarme que era mi turno. Una hora me había hecho esperar para hacerlo, dejando, bien claro, quien tenía la sartén por el mango.

Entré en el despacho con mi mejor cara de tahúr que encontré en mi repertorio. El comisario Sebastian Blackbourn me esperaba detrás de su enorme escritorio de roble con la cara de pocos amigos cincelada en su rostro mostachudo. Pese a su uniforme planchado y cuajado de «chapas», me recordó el aspecto de un leñador de secuoyas o a la de un pescador de bacalao de Terranova. Las paredes estaban repletas de panoplias con armas de todas las épocas. Con punta, sin punta, con balas o sin ellas, no había un rincón que no tuviera alguna colgada. Todo en aquella habitación amenazaba. Con todo aquel arsenal, su hubiera podido retomar el jodido fuerte de el Álamo de las pérfidas manos del general Santa Anna

—Sea breve, mayor—dijo, a guisa de saludo, el comisario—. Como puede ver, estoy muy ocupado.

No sé que me sorprendió más, si que me llamara por mi antiguo rango, o que tuviera la cara de decirme que estaba muy ocupado cuando en su mesa brillaba la ausencia de cualquier cosa pareciada a «trabajo».

—No se preocupe, comisario—le contesté, de pie, pues no me había ofrecido donde sentarme—, lo seré. Vengo a que autorice una operación para detener a Monseñor Espada.

El comisario pegó un respingo en su poltrona de cuero repujado. Esa no se la esperaba. Creo que a él, tampoco le gustaban las sorpresas.

—Mire, mayor—empezó con un tono bastante despectivo—. He consentido el recibirle por hacerle un favor a un viejo amigo. Pero no le voy a permitir que me haga perder el tiempo con chorradas. Marco Espada es uno de los pilares de esta comunidad y amigo personal. Así que, puede retirarse si no tiene alguna tontería más que decir.

Ignorando su invitación a marcharme, me acerqué a la mesa y extraje las dos latas de mi bolsillo, dejándolas en su impoluta mesa. Él las miró, con las manos cruzadas sobre su pecho. En una ponía el nombre de uno de sus capitanes más laureados. En la otra, el suyo.

—¿Qué demonios es esto? ¿Una broma?¿Por qué está mi nombre en una de ellas?

—Eso, comisario, son películas en 8mm. Supongo que su amigo no le habrá puesto al corriente de que anoche, en una operación del servicio secreto de los Estados Unidos de América—más rimbombancia, más desconcierto—se incautaron unas decenas de filmaciones que atañen a unos cuantos prócederes de la sociedad. Provienen de una propiedad que pertenece a la diócesis que administra Monseñor Espada.

Sebastian Blackbourn cambió la cara. Su anterior arrogancia había desaparecido por completo. No había que estudiar en Harvard para darse cuenta que todo aquello no le sonaba del todo desconocido.

—¿Qué hay en esas grabaciones?—preguntó, mirando, ahora con terror, las latas.

—Bien lo sabe, comisario. Su nombre aparece en una de ellas.

—¡Yo nunca he estado en ese sitio!

Se levantó, haciendo que el sillón chocara con la pared que tenía detrás. Una de las armás cayó, quedándose clavada en el parqué, como una auténtica advertencia del propio Damocles.

—Pues…ahí tiene…

—¡Yo jamás participaría en una de…!

Apunto estuvo de llevarse la mano a la boca, igual que haría un niño pequeño que no quiere que se le escape un secreto. Lo tenía dónde lo quería. Jamás, y resalto el jamás, hubiera creído que aquello resultara tan sencillo.

—Pues para no haber participado, veo que sabe muy bien que pasaba allí.

—Sólo he oído rumores infundados.

—¿Infundados? Las cintas dicen lo contrario.

—¿Qué es esto? ¿Un chantaje? ¿Qué quiere?

Era el momento del «All-in». Por supuesto que su nombre no aparecía en ninguna de las latas, pero, un trozo de esparadrapo y un rotulador lo puede conseguir cualquiera, ¿no? En fin, que o salía el farol, o me iba a decerrajar tiros a la casa de Dios.

—Llámelo como quiera, comisario. Ya sabe lo que quiero. La pregunta más adecuada sería: ¿qué es lo que quiere usted?

—No le entiendo.

—Me entiende perfectamente. U ordena una operación para la detención de Espada esta misma noche, o éstas y las otras películas llegarán a manos de sus amigos de la prensa. Se postula para la alcadía en las próximas elecciones, ¿no?

—Ya le he dicho que yo no tengo que ver con nada que salga en esas cintas.

—Y yo le creo. Pero, ¿cree usted que eso a la prensa le importará? Basta con que lleguen tres o cuatro de estas pequeñas. Que ellos vean lo que contienen y una lista de los nombres que restan. ¿Cómo cree usted que lo interpretaran?

Blanco como el papel donde escribo estas líneas. Así estaba el aguerrido comisario del Departamento de policía de los Ángeles.

—Es usted un…

—Sí, comisario. Lo soy. Con todas las letras y una bala en el hombro para atestiguarlo. Le repito la pregunta: ¿qué quiere usted? ¿Quiere detener a un indecente que ha abusado de sus prevendas? ¿O prefiere caer usted solo?

—Yo no puedo detener al arzobispo. No tengo autoridad.

—Conoce a quién si puede. Si lo llama usted, tendrá que escucharle. Pídale su autorización.

—Necesitaré pruebas. Necesitaré un milagro.

—Lo tendrá. Organice esta operación, y le aseguro que lo tendrá. Él mismo confesará.