Iris, la mujer que me cambió (3/6)
Jorge creía que su vida con Iris era normal hasta que una cena se convirtió en una pesadilla de traición y veneno. Ahora, paralizado por el miedo y el chantaje, debe decidir si acepta ser el cómplice silencioso de su propia humillación o si arriesga todo para descubrir la verdad.
20 de mayo de 2024
«Bien, soy Jorge Torres y seré vuestro mentor del plan Erasmus de la universidad. Seguramente algunos me conoceréis, pues imparto docencia también. Mi tarea con ustedes como mentor es la de facilitaros la vida en la universidad: acompañaros en vuestros estudios, gestionaros las becas, organizar actividades. En fin, cualquier cosa que os suceda me la comentáis y así acabamos más rápido.»
Mientras intento quitarme de la cabeza la escena de Iris pajeando a Rober me presento ante mis mentorizados. Son una decena de personas procedentes de diferentes países. Hay tres que conozco: Antonio (italiano), Karina (ucraniana) y Nicoleta (rumana). Antonio es el típico italiano que en las fiestas tiene que hacer una buena matanza de folladas. Guapo, viste bien y tiene palique. Karina, una chica normalita, aunque con unos ojos que te dejan helado y un cuerpo muy bien definido. Y luego está Nicoleta, delgadita, muy atractiva y con un culo y tetas muy bien formados. Mucho más atractiva que Iris. No sé qué ocurre con las europeas del este que, o te encuentras pibones u orcos. Nicoleta encajaba en el grupo de los pibones. Cara redonda y con ojos azules como cenicientos, pelirroja natural y su figura era como un reloj de arena: tetazas, culazo y cinturita. Lo que hace tener 20 años. No sé si existe mujer que no esté buena con esa edad. Quién poseyera semejante mujer. Lástima que yo no forme parte de su mercado. Casi quince años de diferencia son muchos.
Cuando acaba la reunión todos se van excepto un alumno polaco, dos búlgaras y Nicoleta. Cuando despacho a los tres primeros se me acerca Nicoleta. Joder, está mejor al natural, sin duda. Tanto verla por sesiones de videotutorías y con los píxeles no me fijaba en esta modelo de los Cárpatos.
«Hola, Profesor. ¿Podríamos hablar en privado?» Me pregunta Nicoleta, con un castellano muy bien hablado, sin nada de acento.
«Por supuesto. Dime.»
«Verá, quería que me explicase cómo funcionan lo de las becas, porque no acabo de aclararme. Como usted ha dicho que nos puede ayudar.»
«Claro. Sin problema. ¿Qué sucede?»
«Ahora estamos acabando el segundo cuatrimestre y el primero lo tuve muy mal. Entre que me incorporé tarde y estaba con trámites en la embajada… suspendí muchas asignaturas. Esperaba que este segundo cuatrimestre me fuese mejor pero las asignaturas son muy difíciles.»
«Bueno, con la mía no creo que tengas queja.» Dije sonriendo.
«Ya, no sé, querría asegurarme. Le he reenviado un correo. ¿Podemos leerlo en su despacho?»
«Sin problema.» Dije continuando la sonrisa. No sé qué me provocaba Nicoleta pero era una mezcla entre lujuria, amor fraternal y simpatía.
Al llegar a mi despacho hacía un calor de mil demonios y, como lo comparto con otro compañero que se echa cada día medio bote de colonia, tuve que abrir para ventilar.
Ella tomó asiento a y se quitó lo poco de abrigo que llevaba, dejando mostrar un escotazo que quitaba el hipo.
Encendí el ordenador mientras la miraba de reojo. Menudo pibón tenía enfrente.
Y leí el correo.
«Vale, según leo estás a 6 créditos de perder la beca. ¿Cómo llevas el resto de las asignaturas?»
«No muy bien. Este cuatrimestre me matriculé en tres, incluida la suya, y aprobándolas todas no llegaría al mínimo.»
«No creo. Tendrías créditos de sobra si las apruebas.»
«No cuento su asignatura.»
«¿Por qué?»
«Porque no creo que la apruebe.»
«¿Y eso? Te veo bastante capacitada, y las cuestiones que me haces durante las tutorías son bastante pertinentes. Creo que puedes aprobar mi asignatura sin problemas.»
«Ojalá piense como usted. No sé si puede darme alguna garantía de que apruebe.»
En ese momento pensé en la cantidad de películas y escenas porno que comienzan en el despacho de un profesor. Sé cómo va la cosa: el profesor se levanta, le dice que sí que tiene un recurso para aprobar, se saca la polla y ya se ha liado. Pero esto es la vida real. Una chavala de 22 años no va a ir detrás de un alguien de más de 30, con la de criajos que hay por la uni, ni mucho menos dispuesta a acostarse conmigo para que le apruebe. Vamos, que me metería en un lío de tres pares si intentara tan siquiera propasarme o insinuarle nada. Necesito echar un polvo con mi chica, pero ya, porque me hace pensar tonterías.
«¿Profesor? ¿Profesor Torres?»
«Ah, disculpa. Estaba intentando recordar cómo iba tu expediente. A ver, no sé. Tú las actividades prácticas y las lecturas las llevas al día, me imagino. La literatura no es complicada si cuentas con un buen bagaje y que yo sepa no necesitas una nota muy alta para continuar con la beca.»
«Sí, con un 5 yo ya le haría una fiesta.» Dijo sonriendo y mirando hacia la pantalla. «Perdón. Quiero decir que estaría fenomenal. Podría continuar con mis estudios. Porque vivo sola en España y con lo que me dan de beca me puedo pagar el piso. Miento, vivo con dos compañeras de piso más. Compañeras de universidad de hecho, pero están en otro grupo y por eso no las conocerá. Pero sí, ojalá fuera verdad lo que dice y apruebe su asignatura. Si necesita que le haga algún trabajo o lo que necesite para aprobar, no tengo ningún problema.»
Joder. Porque creo aún en la inocencia humana que si no cualquier pervertido que puebla los rincones más oscuros y degenerados de internet ya pensaría en aprovecharse de ella. No obstante, soy un hombre de principios y tampoco me gustaría aprovecharme de nadie, y mucho menos de una persona que acaba de venir aquí.
«Nada. No te preocupes, verás que apruebas sin problema. Oye, me tengo que ir ya que debo hacer unos recados. Nos vemos en otra tutoría por si necesitas ayuda para mi asignatura o por la mentoría.»
Nos despedimos con un saludo cordial dándonos la mano. Nicoleta se espera a que cierre con llave mi despacho y me acompaña al ascensor.
Al salir, nos volvemos a despedir. Y recibo una llamada de teléfono de Iris, que quería que comprase papel higiénico y patatas. Mientras cuelgo el teléfono veo a Nicoleta intentando entrar al autobús sin éxito.
«¿Qué ocurre?» Le pregunto extrañado.
«Pues que no me había dado cuenta de que no tenía la tarjeta del bus ni tampoco tengo dinero para pagar. No sé cómo me iré porque vivo en la otra punta de la ciudad.»
«¿Hacia el norte?»
«¿Cómo? No entiendo lo que me dice.»
«¿En qué zona vives?»
«El parque Rosaleda.»
«Te llevo con el coche.»
«¿Está usted seguro? No hace falta que me lleve, si puedo ir andando.»
«Con esos tacones que llevas lo dudo mucho. Tranquila que me pilla de camino.»
«Pues la verdad es que me haría un favor.»
Aquella noche
«La verdad es que el pescado te ha salido cojonudo. ¿Y estas setas qué son? No me suenan.»
«Son un tipo de shiitake nuevo.» Dijo Rober mientras mezclaba su ensalada.
«Madre mía, cariño, no sé cómo puedes calzarte un plato de risotto a estas horas de la noche.»
«Vida mía, porque tengo hambre. Tú, como teletrabajas, no es lo mismo que salir por ahí a estar dos horas conduciendo y seis en el trabajo.»
Iris y Rober se hicieron una ensalada de tomate que Iris había preparado.
«Nah, déjalo, Iris. ¿No ves que Jorge es un chicarrón del norte?»
«¿Qué narices del norte! Pero si es de Albacete. Ahí, como mucho, algo de rasca. Yo sí que soy del norte, de Tolosa, y una cosa es ser vasca y otra gilipollas.»
La conversación fluyó con total normalidad. Iris y Rober se llevaban bien, normal, después de la pedazo de paja que le acababa de dar, y después de lo que se habían dicho.
«¿Y qué peli has decidido poner, Rober?»
«Pues tenía pensado alguna de superhéroes de estas palomiteras, para pasar la noche.»
Cuando acabamos de cenar me dispuse a fregar los platos mientras Rober preparaba la película e Iris las palomitas. Una vez hecho todo, nos pusimos en el sofá. Era un sofá de tres plazas con cheslón y dos asientos reclinables. Iris se tumbó entre los dos.
A la media hora de película empecé a encontrarme mal. Al final tenía razón Iris i no era buena idea el risotto. No quise decir nada para no aguarles la fiesta. Aunque nos pusimos una manta para los tres, seguía teniendo frío y tiritaba. Tenía hasta miedo de peerme por si me cagaba encima. De hecho, me levanté unas cuantas veces a cagar. Al principio Rober pausaba la peli, pero después ya les dije que la continuasen, porque iba para larga la cagalera.
Cuando eché lo que creo que serían los intestinos, me tumbé en mi sitio. E Iris se acercó a mí. Creía que preguntaría si estaba bien o si necesitaba que me llevasen a urgencias, pero no.
«Cari, vamos a la habitación. Necesito polla.» Me decía al oído.
No sé por qué, pero me sentía débil y desganado. Seguramente tenía que ver que llevase 40 minutos cagando. No sé si sería la salsa, el arroz que estaba en mal estado, las setas o que se cortaría la mayonesa de los entrantes, que olían raro.
«Uf, me duele la barriga. Creo que me ha sentado mal la cena. Espera unos minutos, a ver si me pongo mejor.» Tenía miedo de vomitarle en la cara o cagarme encima mientras estuviésemos follando.
«Vale, pues te pongo a tono mientras tanto.»
E Iris puso su mano en mi polla y se dispuso a masturbarme. En ese momento tenía la polla flácida, como un chipirón. Notaba un calor frío en mi cuerpo. No me sentía bien, no estaba bien. Muchos pinchazos en la barriga. Y no paraba de quejarme. Rober estaba atento a la peli, ajeno al hecho de que Iris me estaba masturbando, o al menos intentándolo, porque mi pene no colaboraba.
«Venga, cari. Necesito tu rabo. Estoy muy cachonda. Desde lo de anoche, cuando me corrí dos veces, no he dejado de pensar en volverte a follar. Quiero otra sesión de tu pollón. Necesito tu polla gorda en mi coño.»
Se ve que de las ganas de sexo o ella con el frote, mejoré un poco. Me giré hacia ella y entonces le dije lo que Jorge le dijo mientras le masturbaba Iris: «Estás mejor que cualquier tía a la que me haya follado. Qué suerte tengo teniendo una puta como tú en mi casa. Cómo me follaría ese coño tuyo.»
Y me sacó el pene de los calzoncillos para masturbarme. Se me puso dura en seguida. Comencé a pensar en todo lo que había pasado estas semanas, sujetándole la polla a Rober para que mease, las veces que lo hizo sin yo saberlo, que no lo tenía superado, que la cagamos volviendo a vivir con él, su paja a Rober, que ella le mostrase las tetas mientras se tocaba los pezones y a él los cojones, cómo se corría mirando hacia la puerta, seguramente estaba Rober ahí, o no. Muchos pensamientos que me bajaron la excitación y me dejó la lívido más muerta que Manolete.
«¿Qué te pasa?»
«¿Cómo quieres que esté? Si ya te he dicho que no me encuentro bien. Déjame un rato y luego si eso te como el coño, pero ahora quiero tumbarme un rato en el sofá.»
«Vale, guapo. Descansa. En un rato me iré a la cama.»
Intentaba dormir, pero la cabeza me dolía muchísimo, y la barriga. Estaba a punto de volverme a levantar para irme a cagar, pero me esperé. No sé si era por la excitación interrumpida abruptamente o por el dolor de barriga. Me giré dando la espalda a mi novia y a Rober.
No sé cuánto tiempo pasó, pero sentí movimiento entre las sábanas y un ruido raro pero familiar.
No me lo podía creer, mi novia estaba volviendo a masturbar a Rober. Pero esta vez era debajo de la manta del sofá, a escasos centímetros de mí.
Un sonido acompañado del tintineo de la muñequera de Iris.
«Joder, Iris. Cómo me estás poniendo.»
«Calla, que nos puede oír Jorge.»
«No te hagas la santa, sé que te gusta.»
«Sí, pero, no sé. Podríamos irnos a otro sitio, a tu habitación, y así estamos más cómodos.»
«No te hagas la digna que has empezado tú y quiero ver la peli.»
«Venga, y te dejo verme las tetas otra vez.»
«Es que tengo frío. Mira, si te portas bien, te masturbo yo también con mi mano.»
Noté un movimiento cerca de mí que me hizo notar un peso. Mi novia se estaba abriendo de piernas para recibir su mano.
«Ufff, qué braguitas que tienes.»
«Sí, ahí, ahí, frótame el clítoris.»
«Necesitas descargar, ¿eh?»
«Sí, necesito tu mano aquí. Qué mano tienes. ¿No decías que no podías moverla?»
«Sí, para ti siempre estoy disponible. No te dejo a medias, como otros.»
«Me gusta. Todos los días necesito que me toquen.»
«Pues Jorge dice que hay veces que no lo hacéis.»
«Porque me masturbo yo solita. Tengo el satisfyer siempre a punto.»
«Joder, qué guarra que eres.»
«Mucho, y ahora calla que Jorge nos puede oír.»
Rober apagó el televisor y reinó la oscuridad en el salón. No sé por qué no me podía mover. Lo intentaba, pero no podía. Quería correrlos a hostias, matara Rober y que mi novia lo viese. Mil y una cosas pensaba, pero no podía hacer nada.
«Así mejor. Así Jorge no nos puede ver.» Dijo Rober mientras aumentaba el ritmo de la masturbación a Iris.
«Sí. Sigue. Necesito correrme.» Decía Iris como loca.
Yo los veía de reojo, aunque con suficiente detalle como para ver sus caras de excitación.
«¿Por qué me la sueltas?» Dijo Rober.
«Porque quiero concentrarme para correrme con tu mano. Tranquilo, tío bueno, que luego te lo compenso.»
¿Qué quería decir con “luego te lo compenso”?
A los poco minutos Iris se corrió, aunque en silencio, gimiendo bajo. No gritó, ni gruñó. Nada, porque Rober la estaba besando para que no se oyese cómo mi novia se corría mientras él la masturbaba.
«Hmmmm, mmmmhhhhh, hhhhhmmmmmmmmmmmmmmmm, hmmmm, mmhhhhh.» Sonidos inaudibles que se podían intuir a la perfección y que vinieron acompasados de las típicas convulsiones que hacía mi novia mientras se corría.
Sonó el chasquido fuerte y seco de un beso. Le acompañaron los suaves y densos suspiros de mi novia tras correrse. Más otros besitos discretos y cariñosos.
Pasaron un par de minutos.
«¿No dijiste que me ibas a compensar?»
«Se me olvidaba.» Iris se ocultó bajo la manta y seguidamente se oían sonidos apagados y guturales. Se la estaba chupando.
Rober ponía cara de alivio, de placer, como si estuviese en el cielo. Y luego vinieron las muecas, los ojos cerrados, la respiración acelerada, temblores… y el silencio. Mi amigo se había corrido en la boca de mi novia.
«¿Te lo has tragado?»
«Claro, no quería que manchases estas mantas.»
Se besaron apasionadamente y al rato se fueron.
Pasado ese rato, en el cuarto de baño
Estaba en el retrete cagando, deshaciéndome como un azucarillo mientras intentaba no desmayarme. En eso que entró Rober.
«¿Estás bien?»
«Estoy fatal, ¿no lo ves?»
«Parece ser que las setas no te sentaron bien. Veamos: Psilocybe cubensis, una seta alucinógena que produce un aumento en la presión arterial y la frecuencia cardíaca, lo que puede ser peligroso para las personas con afecciones cardíacas. Las personas también pueden experimentar efectos secundarios como agitación, confusión, vómitos o náuseas, que pueden ser graves y requerir atención médica.»
«¿Qué mierdas dices? ¿Qué me has echado?»
«Setas alucinógenas, mi rey, para que flotes un poco. Por eso no te podías mover tan apenas mientras ponías cara de idiota. Tu novia estaba más pendiente se saciar su furor vaginal que de si estabas bien. Menudo putón tienes en casa, chaval.»
«¿Por qué haces esto? ¿Qué quieres de mí?»
«Veamos, es bastante complicado, y largo, como la polla que se va a meter tu novia. Digamos que tienes unos pecados que tienes que emendar. Vamos, cómo crees que soy tan idiota de olvidar lo que le hiciste a Enrique. Sé que fue hace casi diez años, pero te digo que el hecho de que algunos hayáis querido pasar página no quiere decir que el resto pase también. Lo dicho, tienes unos pecados que tienes que emendar.»
«Mira, no sé qué es lo que quieres de mí, pero lo único que te puedo decir es que lo de Enrique no tuvo nada que ver conmigo. Fue un accidente. Mi coche estaba muy viejo. Y en cuanto a lo tuyo con mi novia… te la dejo para ti. Que te aproveche, solo quiero que sepas que, si conmigo ha sido así de puta, contigo lo será más.»
«Venga, no te enfades tanto. Sabes que lo de Enrique no fue un accidente. Un conductor con todos los puntos del carné, sin ninguna multa de tráfico que se supiese, jamás probaba una gota de alcohol si le tocaba conducir… Vamos, no me jodas. Tú hiciste el gilipollas con el coche y te lo cargaste. Menudo cantazo que solo tuvieras daños leves y él se desangrase.»
«El perito dijo que los frenos se rompieron de manera fortuita. No fue culpa ni mía ni de nadie. Esas cosas, por desgracia, pasan.»
«Esas cosas pasan, eh. Muy bien. Eso es lo que era Enrique para ti, una cosa que pasa, un fallo. Puede que tú, al ser un pijo de mierda, no tuvieras tan apenas relación con él, pero nos criamos juntos Enrique y yo. Era como mi hermano.»
«Lo sé, y lamento mucho lo que le pasó, de verdad. Pero joderme a mí no hará que Enrique resucite…»
A Rober se le escapaba una lagrimilla. Después de su sucesión de monólogos tenía los ojos vidriosos y rojos. Nunca lo había visto así. Supe que lo estuvo pasando mal tras el accidente de Enrique, pues ni vino al velatorio ni al entierro. Lo excusé ante el resto de la cuadrilla porque sabía que lo estaba pasando mal de verdad. Pero ¿qué tenía que ver yo con todo esto, mi novia, mi vida, todo? ¿A qué respondía su venganza?
«Rober, de verdad, no tuve la culpa.»
Y Rober empezó a reírse.
«Madre mía, con lo que tú has sido, que nos enseñaste a tragar el humo cuando fumábamos, y por unas setitas de nada estás aquí arrojando hasta los higadillos. Sí que has perdido fuelle. Bueno, tu novia. Veamos, seré breve. Este mediodía te he pillado yendo con una pelirroja, muy mona, por cierto, en el coche. No sé lo que haríais ahí, pero te hice fotos dándoos unos besos. No sé qué opinará Iris. Puede que sea muy puta pero no creo que quiera compartirte con otra.»
«A mí Iris me la suda. Como te he dicho, a partir de esta noche como si te la metes por el culo. Seguro que eres de los que les gusta las cosas raras.»
«Hahahahahaha, qué cachondo. Bueno, lo de Iris lo entiendo. No permitiría jamás que alguna pareja mía hubiera hecho lo que Iris me ha hecho. Pero ¿qué te crees que pensarán en la universidad? Está claro que no es menor de edad, aunque tan apenas acabas de empezar a trabajar allí, quieres labrarte un futuro y ¿tirarte a una alumna? Tampoco pasaría nada si acompañas a la chica a su casa, ¿o sí? Si quieres probamos a ver qué dice el rectorado. Sería una mancha muy grande en tu expediente. Basta con que hayas hecho algún que otro comentario a alguna alumna, que hayas mirado más de la cuenta algún escote o alguna minifalda y en seguida tendrás una horda de víctimas acusándote de violador o de pervertido. No te la jugarás por tan poco. Con los años de experiencia que tienes ahí ¿de verdad te ves trabajando en otro sitio? No. Tú tragarás con lo que se te ordene. Ahora mismo, cuando acabemos la conversación, irás a tu habitación y te acostarás con tu novia como si nada. Y cuando me canse de joderte como tú jodiste a Enrique, entonces cada uno irá por su lado. Puedes quedártela si quieres, no sé si te van esos rollos de cornudo consentidor, porque para mí está demasiado usada.»
No pude hacer nada salvo asentir. El corazón me iba a mil. No sé cómo había pasado esta situación, cómo Rober orquestó todo y, lo más importante de todo, ¿por qué? Necesitaba tiempo para ordenar mis pensamientos, tiempo para saber qué hacer en la siguiente jugada, no conocía esa faceta de Rober, la verdad. Le seguiré el juego y…
«Por cierto, lo de las manos… ¿De verdad fuiste tan gilipollas de creértelo?» Se retiró el vendaje y el cabestrillo, mostrando dos manos bien sanas, perfectas y móviles. «Mañana le diré a tu novia que me he curado y tú te alegrarás mucho. Y por lo que hace a tu piso, un pajarito me ha dicho que mañana lo tendréis, así que ya le puedes soltar alguna milonga a Iris para que os quedéis un poco más. Tengo ganas de follármela por todos los agujeros a ver cómo chilla.»
No dije nada más, me quedé inmóvil. Mis sentimientos eran una mezcla que odio, ira, desilusión, frustración, náuseas… Sobre todo, dudas, ¿por qué? ¿Cómo sabía que estaba con mi alumna por ahí? ¿cómo averiguó que iba a ir a ese sitio donde me hizo la fotografía? Era cerca de donde vive Nicoleta, en el parque Rosaleda. Lo conozco, recuerdo ese sitio.
En cuanto se fue me limpié y salí del baño. Fui a nuestra habitación y me acerqué a la cama. Iris estaba allí, con el móvil, ajena a todo lo que había pasado en el baño.
«Joder, sí que has tardado. Parece ser que te ha sentado mal la cena.»
«Sí, un poco, pero ya estoy bien.»
«Me alegro. Oye, disculpa por lo de antes. No sé por qué, pero me he puesto cachondísima. Cuando te has dormido nos hemos esperado a que acabase la peli y te hemos dejado en el sofá por si querías estar ahí.»
«Sí. Aunque me he despertado al rato y vi que no estabais.»
«Ya. Tranquilo, si no quieres follar no te preocupes, de todas formas, se me ha bajado el calentón ya.» ¡QUÉ PUTA!
Se me acercó y me dio un beso con lengua, que yo correspondí tímidamente.
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