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Larga batalla por una esposa. 36

La venganza no es solo un sentimiento, es una sesión programada. Javier sabe que lo que espera en ese sótano de Barcelona no es sexo, sino justicia servida con látigo y dolor. ¿Podrá mirar a los ojos a quienes destruyeron a su esposa mientras la destruye a su vez?

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Larga batalla por una esposa. Capítulo 36

“Hay actos que no pueden quedar sin castigo”… fue la frase lapidaria que María me dijo una mañana (no mucho tiempo después de ver juntos aquel último archivo de Joana) mientras se preparaba para salir a la compra con Beatriz. No la entendí bien, pero pronto alcanzaría el genuino significado que ella le quería dar.

Era ya primavera cuando tomamos el AVE hacia Barcelona. Nos alojamos en el Arts y, sin atreverme yo a expresar el gran temor que me embargaba, al día siguiente me dejaron sólo en la terraza, mientras ellas se desplazaban al centro urbano. Aseguraron que recibiría su llamada pasado cierto rato, para darme una dirección a la que deseaban que acudiera, sin prisa pero sin pausa. Confieso que me sentí bastante mal. Esa ciudad me daba, por así decir, miedo. Allí vivían los inefables, al menos la víbora entre semana y con su consorte los fines de semana… Y era sábado…

Pasaron dos horas largas, tremendamente largas. Cuando sonó el móvil y escuché la voz de María, se liberó una tensión que estaba creciendo ya peligrosamente. Como acostumbraba a la sazón, fue muy concisa, me dio el nombre de una calle y un número, que respondía a un chalet, en la periferia. El taxi tardó lo suyo, pero cuando llegué ya estaba Beatriz esperándome a la puerta. Me recibió con un beso y me hizo pasar, atravesando después un salón para bajar unas escaleras a lo que parecía ser un sótano o garaje. Jamás podría haber imaginado lo que me esperaba en esa sala subterránea, acolchada para aislarla de todo ruido, entrante o saliente…

La reconocí al cabo de unos segundos, sobre todo porque allí estaba Joana, desnuda y atada en idéntica postura y lugar donde había visto en un video a Beatriz. Me miraba con ojos incrédulos y llenos de pavor, tan estirados como separados los brazos y las piernas, delgados como palos, pechos minúsculos con pezones erectos y un sexo infantiloide, con una mata de vello púbico ralo en uve. María me invitó a que me sentara en una enorme poltrona, enfrente de la víctima, con mi ex-mujer abrazada a mi y acomodada entre mis piernas. Entonces me di cuenta de que Calina, la dulce eslava, estaba justo detrás de la víbora, con un pantalón ceñido de cuero negro y el látigo, ese mismo que recordaba, en su mano. Me lanzó un guiño y dibujó el signo de silencio, pidiéndome evidentemente que no dijera nada. Salió el primer golpe, con esa sequedad punzante, en dirección horizontal y muy próximo a los lumbares, que provocó un chillido brutal de la arpía, que hubiera retumbado en muchos metros alrededor. La voz cantante la tuvo María:

— Vaya, ¿Te gusta azotar pero no te gusta que te azoten?

Joana no contestó, se la veía presa del pánico, incrédula y desconcertada. Vinieron entonces no menos de una decena de trallazos, que la hicieron contorsionarse, gritar y finalmente sollozar. Sólo hubo un respiro muy leve, porque a una señal de María sobrevino otra tanda, ahora despacio, con cadencia de viejo reloj, y me dio la sensación de que la rusa solo se detuvo cuando Joana dejó de emitir sonidos perceptibles, limitándose a quejidos.

En la siguiente pausa, mientras Calina se tomaba una cerveza y reponía fuerzas, pude observar alrededor y darme cuenta de que allí había más gente. Apenas a unos metros, sobre un potro, atado también de pies y manos, igualmente sin ropa alguna y pudiendo ver el espectáculo, se encontraba Rubén… y a los lados, dos gigantes rubios, con cara de pocos amigos y aspecto de compartir patria con Calina, de brazos como mazos, cruzados delante del pecho inabarcable, pectorales como albardas, ambos esbozando una leve mueca de sonrisa.

La tercera tanda de azotes dejó a Joana como un guiñapo, cayendo al suelo al soltarla, sin fuerzas. Calina y María la levantaron para ponerla sobre un enorme rodillo aparentemente de caucho, cabeza abajo y culo en alto. Me invitaron a que la penetrara, sin decirlo. Beatriz me despojó del pantalón/calzoncillo y comenzó una dulce caricia bucal, con el objetivo de que consiguiera ponerme en erección. Dudé, pero el rencor despejó toda duda. Me coloqué por detrás y entré sin miramientos, de un solo golpe en la vagina de aquella víbora humana, que emitió un gemido lastimoso. No estuve mucho rato, algo me empujó a cambiar de orificio. Tampoco tuve cuidado alguno, apunté y empujé, luchando con una resistencia tenaz hasta que cedió y noté como mi glande había superado el esfínter interno. Joana, atravesada por el dolor, volvió a emitir un alarido y a llorar, manteniéndose así mientras yo iba y venía, salía y volvía a entrar. Beatriz empezó a besarme en la boca, mientras con una mano acariciaba mis testículos, evidentemente quería que me corriera en aquel culo de la que había sido su verduga. Lo hice, metiéndome hasta el fondo mayor que pude.

Antes de que pudiera hacer otra cosa, María me tomó de la mano y le presentó a Joana, en su cara, mi pene babeante. Cuando la escuché, yo mismo no dejé de impresionarme:

— Si se lo limpias bien, no te golpearé más. Si haces algo mal, te reviento a palos. Tu decides.

Aquella mujer/hombre, que tantas muestras me había dado de ordullo desmedido y falta de piedad, asintió con la cabeza y le acerqué el miembro. Sentí satisfacción, tal vez deba avergonzarme de ello, pero es la verdad. La bruja lamió todo, lo chupó y yo me abandoné hasta que entendí que la tarea estaba completa.

Volví a mi poltrona, con Beatriz siempre abrazada a mi. Y empezó el turno de Rubén. Me percaté que Calina estaba lista con un cinturón/pene. También de modo expedito, sin ninguna sutileza, comenzó a sodomizar al que había sido amante de mi mujer, al mismo que la había desvirgado analmente… El daño que debía sentir ese hombre era tremendo, porque comenzó a gritar como un perturbado y pedir clemencia… La rusa disfrutaba, fue el momento en el que me di cuenta de su afición al sadismo… y entendí las palabras de María cuando me dijo que seguramente necesitaríamos a Calina para una tarea importante…

No menos de diez minutos estuvo torturando el extremo rectal masculino aquella tremenda eslava, mientras sus colegas seguían impertérritos al lado. Pero se cansó, claro está, liberando momentáneamente al maromo de su vaivén. En efecto, Rubén no pudo recobrar el aliento, de inmediato tomó el relevo María, con idéntico instrumento. Era evidente que sabían manejar muy bien el artificio, era un juguete que habían usado, usaban y a buen seguro usarían con suma frecuencia. El varón, antaño “señor” de mi esposa estaba sobrepasado, ya no se agitaba, era como un pelele. El ultimo empujón de María casi provoca el vuelco de ese conjunto hombre/potro, de la fuerza que imprimió, entrando un aparato que no debía medir menos de 25 cm hasta el fondo.

Miré a Beatriz, por si quería ella castigar también a Rubén y se manifestó entonces como ella es.. Se acercó a su antiguo amante, por llamarlo de alguna manera, para hablarle en estos términos, que tengo grabados en mi mente:

— Rubén, yo no soy violenta, soy incapaz de agredir o de forzar, como vosotros. Tuve mucho miedo a tu mujer, y a ti también, aunque quería agarrarme a la idea de que tu me protegerías de ella. Fui una verdadera imbécil, porque a la persona que amaba, la que amaré hasta el último de mis días, no supe pedirle ayuda. Te di placer, Rubén, para que me libraras de la violencia y el dominio de Joana, nunca te lo di porque te quisiera. Tu conocías mi debilidad, soy una mujer multiorgásmica que cualquiera, cualquiera, puede llevarme a muchos orgasmos y creerse, equivocadamente, que soy suya. Nunca fui tuya, aunque lo dijera por desidia y temor, lo mismo que tu ahora has callado cuando vejaban a Joana. Casi has destrozado mi vida, pero ahora estoy libre y feliz, y lo que me quede de vida se lo voy a dedicar a mi amor, a mi esposo, todo será para él y el hará lo que desee, y yo estaré para darle lo mejor en todo.

No pude más y me levanté para abrazar a Beatriz. Nos fundimos, un enlace total, en un beso apasionado donde mi lengua debió llegar hasta su faringe y viceversa. Pero María, suavemente, nos apartó. Tenía otros planes.

Yo seguía con mis genitales al aire y las dos mujeres me llevaron de nuevo hasta Joana. Ahora estaba en el suelo, con la cabeza apoyada sobre un almohadón, temblorosa. La voz de Calina fue determinante entonces:

— Dime, Joana, flacucha, ¿quieres que este “maridito” de Beatriz te llene el coño de leche?

La interfecta miró confundida, pero la rusa volvió a repetir la pregunta, mientras levantaba el látigo para mostrárselo a la bruja. Joana asintió…

— Dile que quieres su leche en tu coño, así, con esas palabras, queremos oírlo, dilo!

Joana habló, y me dejó estupefacto el sonido de sus palabras.

— Javier, quiero tu leche en mi coño.

Beatriz, y sentí alivio cuando la vi hacerlo, levantó las piernas de su antigua ama y las separó, para que yo entrara con facilidad. Me costó correrme, pero las caricias de mi chica rubia, en el escroto, y sus miradas cariñosas estimulándome, consiguieron que finalmente descargara semen en el cuello del útero, en el mismísimo fondo de aquella vagina estrecha, signo de que Rubén no hacía uso de ella, ni nadie.

Casi no había terminado de volverme a acomodar en la poltrona y Beatriz comenzado a limpiarme el pene con su boca, cuando escuché un tremendo golpe. Era Calina estampando una especie de pala contra los glúteos de Rubén. Debió tener una intensidad increíble, porque el susodicho no pudo reprimir un grito desgarrador. Siguieron muchos más, de diversas intensidades. Los glúteos se volvieron de un color rojo intensísimo y me dio la sensación incluso de que se inflamaban. Aquella piltrafa humana, antes tan seguro de si mismo, solicitaba piedad y pedía perdón. Se me hizo largo hasta a mi. Y tampoco terminaría ahí su calvario. Desmadejado, inerme, los gorilas rusos lo soltaron para atarlo ahora boca arriba. Su pene flácido, de buen tamaño aún así, se ladeaba en la ingle. Calina, con guantes de látex, y con una maestría que imponía respeto, lo tomó para insertarle una arandela que entraba por la uretra y salía por el glande. Rubén rugía de dolor y sollozaba, pero era inútil. En la convexidad de la base impuso otro muy similar y una pareja más en cada escroto. Aquello parecía un sexo/joyero al final. Apenas 15 minutos de tormento había sido todo lo necesario.

Si pude llegar a creer que terminaba la sesión, estaba equivocado. Solo se cambió la protagonista. A Joana no fue necesario inmovilizarla. Calina le colocó el piercing en el clítoris con un único gesto y luego en cada pezón. Hubo gemidos y temblores, pero no verdadera resistencia. Y entonces, cuando la víbora estaba más inerme, con la cabeza extendida, María le gritó al oído que abriera la boca… cosa sin más… de inmediato me pidió que me acercara, cogió mi pene flácido y me pidió que orinara allí, al interior de aquella monstrua… Lo hice, sin pudor, debo admitir que incluso disfrutando de ver como le entraba en la garganta una parte, mientras otra salía para escurrir por su cuello, espalda y pecho, o chocaba en los dientes y salpicaba el suelo.

No, tampoco era el fin, levante la vista y entonces me di cuenta de que los rusos estaban haciendo lo propio en las fauces de Rubén, dos chorros brutales que le ahogaban y hacían toser…

El resto fue rápido. Beatriz me llevó al baño y me limpió con sumo cuidado. Luego salimos ella y yo solos de esa casa infernal. Nos fuimos a pasear, cogidos de la mano, por el Tibidabo. Sin hablar una palabra de lo que acababa de suceder. Un par de horas después, estábamos con María ya en el tren de vuelta a Madrid. Llegados a casa, no pude resistir preguntarle a nuestra amiga:

— ¿Cómo has conseguido esto?

Su respuesta no fue larga, pero si suficiente:

— Eso es cosa mía… o mejor, nuestra. Esta víbora ha caído en la trapa de creer que todavía dominaba a Beatriz, y nos ha abierto las puertas de su casa amablemente. Ha recibido lo mismo que ella ha dado. Y no se va a revolver o denunciar, tenemos videos para que calle su bocaza de por vida. Ceo que el infierno va a cerrar sus puertas. Y sabes… lo he disfrutado, mucho. Te lo dije, Javi, tienes una mujer maravillosa y te va a hacer muy feliz. Y a mi me gusta contribuir a ello… te lo mereces.

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