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Larga batalla por una esposa. 35

El correo electrónico llegó sin previo aviso, cargado de una vergüenza ajena que quemaba la pantalla. No era solo humillación lo que contenía, sino una llave maestra para un secreto que María no quería que desapareciera. ¿Qué se esconde detrás de la 'suerte' de que ella esté limpia?

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Larga batalla por una esposa. Capítulo 35

Por desgracia, o gracia, no había cambiado mi dirección e-mail. Llegué a pensarlo, pero en mi inocencia descarté que aquella pareja del infierno volviera a enviarme nada, siquiera intentara algún tipo de contacto conmigo. Me equivoqué una vez más.

Una mañana vi el mensaje en el cajetín de entrada. Procedí a bajar el pesado archivo desde el drive, pero me detuve después sin saber qué hacer, arrojarlo directamente a la papelera o visualizarlo. Afortunadamente tomé, quizás, la mejor decisión. Lo abriría, pero estando María a mi lado, y dejando a Beatriz ignorante y tranquila. Aprovecharíamos mientras ella se dedicaba a las plantas y sus pinturas en la terraza, donde podía estar ocupada y abstraída horas, toda la tarde o más aún.

Nuestra amiga íntima no se lo tomó tampoco nada bien, dobló el gesto y su mirada habría fulminado a la interfecta, de tenerla delante. Pero estuvo de acuerdo. Llegado el momento, cerramos la puerta del salón y procedimos. Como siempre, lo conformaban fotografías y un largo video. Editado, comenzaba con una frase titular: “Te quedas con los despojos de una puta…”. Reconocí al instante los escenarios, Santo Domingo y Haití…

Tampoco lo esperaba así, la verdad, porque resulta que ahora no aparecía en absoluto Rubén (seguramente no llegó a ir), muy poco la pareja Omar y Louise en tanto que mucho, casi siempre, Joana con ese macarra oscuro, siniestro donde los haya, llamado Peterson. El sujeto siempre se viste y mueve como lo que es, un rufián que vive de las prostitutas. Bigote fino, marcas de viruela en mejillas y frente, conjuntos histriónicos de colores chillones, siempre gafas de sol (aunque esté nublado) y zapatos puntiagudos como lanzas romanas. Las estampas son de este espécimen bailando enlazado a Beatriz, cuya mirada lo dice todo, inquietud. En otras están sentados en alguna terraza, mi ex-mujer con falda extremadamente corta que deja ver sus rotundos muslos, y un escote incompatible con el decoro elemental. El susodicho mostrando una sonrisa descarada, donde sin complejo alguno se evidencia una desdentación total en áreas molares y resto de dientes en un estado lamentable. Ella incómoda, casi rígida y sin levantar la cabeza de la mesa. Dentro de esa serie, la más dolorosa para mi, era una donde se veía a Peterson cogiendo la barbilla de Beatriz, para obligarla a enfrentar los ojos, mientras un grupo de hombres y mujeres que les rodean no se pierden detalle.

El video tenía dos partes, pero cada una de ellas alcanzaba sobradamente las mayores cotas de indecencia que yo podía esperar. El primero entiendo que se graba todavía en la parte de la isla de habla española. Es un amplio espacio, al fondo una especie de barra de bar y por aquí y allá sillas de mimbre y tresillos desvencijados. Espatarrado con sus pantalones de pata ancha, en una especie de gran sillón, aparecía Peterson, con una expresión similar a la que un sultán otomano debía tener en sus visitas al harem. Joana está a su lado en otro asiento, sólo un poco menos ostentoso, vestida a su habitual modo, denotando diversión y relajo. Beatriz está delante de ellos, de pie, con esa misma vestimenta descrita, ciertamente escasa en tela pero sudando copiosamente, en lógica manera para una mujer no acostumbrada a esas temperaturas y humedad ambiente. La rodean otras tres mujeres, todas negras, una muy joven y delgadísima, las otras dos más bien maduras, con esas carnes que se empeñan en comprimir grotescamente las mujeres latinas, marcando unos glúteos horribles y simiescos, carentes de todo gusto y proporción.

La voz de Peterson sonó ronca, como suele ser la de los hombres de color:

— Bueno, vas a ser una de mis cueros, y hoy te voy a estrenar para comprobar la mercancía. Pórtate bien, porque si eres buena sólo te voy a entregar a gente de pasta, que suelen ser más flojos. ¡Música!

Comenzó entonces a sonar ese horripilante run-run que llaman “bachata”, levantándose el proxeneta para “perrear” con una de las golfas orondas. Tras unos minutos agarró por la cintura a la infeliz Beatriz, que por supuesto fue incapaz de seguirle en semejante ejercicio de “baile basura”, tan al gusto de las masas aborregadas del Caribe y Sudamérica. Cansado, la empujó al suelo mientras daba la primera orden (hago “traducción” a nuestra forma de hablar español):

— Desnudarla, la voy a enseñar lo que es un hombre!

Las tres negras se arrojaron sobre ella y en menos de un minuto ya estaba sin ropa alguna y de rodillas, esperando al macho. Peterson se quitó pantalón y un oscuro calzón para de pie aproximar el miembro, de tamaño más que respetable, ante la boca de mi ex-mujer. Ciertamente lo tomó y fue tragándolo, lamiéndolo y besándolo según recibía las indicaciones pertinentes por parte de Joana. Al prieto le costaba retener el orgasmo, probablemente estaba ante el mejor momento de su vida sexual. Pienso que no quería parecer “débil” ante sus furcias, pero el placer que recibía era impresionante (acentuado por el carácter de rubia y europea de aquella hembra sumisa). No pudo soportarlo y agarrando muy fuerte la cabeza de Beatriz empujó todo lo que pudo, soltando chorros de semen que obligaba a ingerir, pues la presión de sus manos impedía evitarlo. Se quedó un buen rato, ojos cerrados, contraído, casi “aplastando” las sienes de la mujer que estaba sometiendo. Después se apartó de ella y la dejó en la incómoda postura de genuflexión, con lágrimas y cabeza flexionada, como si estuviera orando ante un dios.

Peterson se dirigió entonces a Joana:

— Cuanto quieres por ella. Te pagaré muy bien. No me importa el precio.

No puedo decir que me sorprendiera la respuesta del ser más abyecto que he tenido la desgracia de conocer:

— Calma, amigo mío. Primero tienes que demostrarme que eres el mejor, que la vas a domar y convertir en una puta de primera… Además de la venta, quiero una comisión de cada trabajo. Va a ser una mina.

El macarra no tenía mente ni ojos más que para Beatriz, asintió a todo sin pestañear. Tal era su excitación que ya estaba, pasados apenas unos minutos, en plena forma. Ordenó que se la prepararan en una nueva postura:

— Tumbarla, la voy a montar como mi yegua favorita.

La penetró vaginalmente en misionero, buscando una y otra vez su boca, para mordisquear los labios y meter su enorme lengua en las fauces de ella, que no osaba interponer resistencia alguna. Más aún, mi ex-mujer empezó a gemir, no podía evitarlo, como bien sabía ya. Llegó rápido a su habitual orgasmo, doblando los lumbares, abriéndose aún más y casi gritando. El prieto no daba crédito, pensó que todo era mérito suyo y miró alrededor para recibir el aplauso virtual de sus pupilas, que observaban la escena sin perder detalle.

No pudo resistir ni un minuto de prórroga, embistiendo como un verraco clavó a tope su cipote para hacer la descarga de semen, desplomándose después sobre su indefensa presa. Le costó separarse de ella, pero al hacerlo comenzó a jugar con sus enormes dedos en la enrojecida vulva de Beatriz, de donde debía salir parte de lo que acababa de depositar.

Abruptamente se pasaba al segundo video, que enseguida reconocí se correspondía a la casa frente a la que había estado agazapado con Roberto, aquel detective español-dominicano, en mi frustrada aventura caribeña. Se trataba de otra especie de gran sala, con un grupo de colchones, uno al lado del otro, extendidos en el suelo, sobre ellos unas sábanas de diversos colores y aspecto de estar ya muy desgastadas. Allí estaba Beatriz, otra vez de rodillas y desnuda, en una pose que, desgraciadamente, me era familiar. Temor no es palabra suficiente para definir su expresión. Habría que sumar resignación, desesperanza, desconsuelo y abandono. Un grupo de personas se mantenían alrededor, la mayoría hombres pero también había algunas mujeres, de pie y en sillas, todos de caracteres negroides aunque con un variado plantel de distintos rasgos étnicos y grados de melanina.

Peterson, con una sonrisa mezquina, se acercó para situarse junto a la rubia sometida, y comenzó una perorata en su jerga haitiana, imposible para mi de seguir. Intuyo que venía a reivindicarse como jefe del clan, mostrando su “capacidad de liderazgo” al ser el “dueño” de esa “pieza”, dentro de su cohorte de prostitutas y “ayudantes” o deudos. Señalando con el dedo parece que invitaba a ciertos privilegiados para que se acercaran a recibir una felación por parte de Beatriz. Uno detrás de otro gozaron de ese placer y privilegio hasta cuatro individuos, que apuntan ser sus más estrechos colaboradores, todos con una pinta horrible, hampones de película clásica. A todos ellos les dio la mujer sometida satisfacción, aunque ciertamente recibiendo en su cara el semen, quedando una escena dantesca, cubierta desde el pelo y las cejas hasta los pechos de pasta grumosa, lo cual la cámara quiso recoger en primer plano, con la boca entreabierta, fatigada y los ojos azules muy tristes mirando al objetivo.

María me habló con firmeza:

— Sabía que esto había pasado, Beatriz me lo ha contado. Javier, ¿Significa esto algún cambio para la nueva vida que has empezado?

Respondí con ese automatismo que sólo se manifiesta al exponer una verdad medular, interiorizada y reverenciada:

— En absoluto, todo esto es basura y al deposito de estiércol se va. Voy a destruirlo, todos los videos que esta gentuza ha grabado…

María no me dio tiempo a terminar:

— Ni se te ocurra. De momento los necesitamos, porque con esta miseria que te acaban de remitir se acaban mis vacilaciones. Pronto me vas a entender.

Sin aguardar respuesta desapareció, para volver de inmediato con un sobre, que no podría saber de donde había sacado. Lo abrió y me enseñó el contenido. Eran analíticas de ETS, con fecha de un día anterior a nuestra “captación” de Beatriz en Barcelona. Allí se decía que no tenía ninguna de esas enfermedades…

María sentenció entonces:

— Ha habido suerte, y eso es lo que importa, Beatriz está limpia. De momento, vamos a sacarla ahora mismo de su hobby y vámonos a cenar unas carcamusas. Y a disfrutar, que es lo que toca.

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