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Larga batalla por una esposa. 34

Una cena que promete ser solo una charla se transforma en una noche de placer compartido. Cuando las tres mujeres se retiran a la habitación, el narrador descubre que la invitada no es solo una amiga, sino una experta en el arte de la seducción grupal. La noche promete ser inolvidable, con secretos que se revelan entre sábanas sudadas y caricias que cruzan límites.

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Larga batalla por una esposa. Capítulo 34

Calina

Una tarde, estando todos al fuego de la chimenea y yo un tanto absorto en la lectura de los Diálogos de Galileo, María rompió el silencio con una solicitud. Deseaba saber si aceptaba conocer a una íntima amiga suya, que no era pareja pero con la que había compartido desde hacía años confidencias y sexo. Una vez más, me sorprendía, en absoluto esperaba algo así, y por un momento hasta me causó inquietud. No obstante, siempre ella hábil y ágil, de inmediato me dejó claro que se trataba de una mujer en la que se podía tener plena confianza, soltera y de espíritu muy libre, con inclinación bisexual, íntegra y versada en el arte de vivir y dejar vivir, sin juzgar. Le pregunté porqué debería yo conocerla y su respuesta fue, como siempre, genial: podría ofrecerme dichas y serme/sernos de ayuda, al igual que nosotros a ella, siendo además imprescindible en algunas tareas que me iba a sugerir después, si todo marchaba como preveía. Con tales argumentos, asentí, y al mirar a Beatriz advertí que ella estaba tan intrigada como yo, pero que en igual medida confiaba en el criterio de su/nuestra amiga (o pareja, porque a esas alturas ya no sabría bien como llamarla).

La primera cita fue en el ya consensuado como nuestro preferido restaurante de Madrid, el acogedor Merci, en pleno barrio de Chueca. Se adelantó María, que había quedado con Calina (ese era/es su nombre) una hora antes. Beatriz y yo aprovechamos para dar un paseo por los alrededores. Al entrar y verlas, sentadas ya a la mesa y en animada charla, no pude menos que admirar la impresionante belleza de aquella hembra. En torno a la cincuentena, se trataba de la típica nórdica, pelirroja y pura mesofacial, ojos verdes de un brillo impactante, gran escote que dejaba sospechar unos senos firmes y de tamaño medio. Cuando se incorporó para darme los besitos de rigor, la figura esbelta (bastante más alta que yo) y unas piernas inacabables terminaron de convencerme… era la viva estampa de una escultura recién salida del taller de Fidias...

Conversamos y reímos, porque además resultó ser alguien con instrucción, ingenio y mucho talento. Su acento eslavo (nativa de San Petersburgo y con inequívoca alma rusa) remarcaba el atractivo, de lo físico a lo psíquico y vuelta. En la sobremesa ya me parecía alguien admirable, fascinante incluso. Afortunadamente, todo sugería que a ella también le habíamos gustado, tanto Beatriz como yo. Nos despedimos tras tomar un Bloody Mary en el Devil’s Cut, con la sensación por ambas partes de haber sido poco.

La siguiente vez con Calina ya fue en nuestra casa. La invitamos a comer, pero la sobremesa se prolongó y enlazó con una cena a base de diversos quesos y frutas. Y llegó el postre… que no esperaba en absoluto, con sinceridad total lo expreso. Sin casi darme cuenta, llegado un momento las tres mujeres ya no estaban a la mesa, se habían reunido en la habitación principal. Tardarían lo suyo, pero cuando retornaron conformaban un espectáculo que jamás en la vida podría yo haber soñado iba a presenciar, y ser beneficiario en exclusiva. Todas en ropa interior provocadora, medias y ligeros, encaje, distintas pero en absoluta armonía, rubia, pelirroja y morena-castaño. No pude articular palabra. No se necesitó tampoco.

Me levanté porque no sabía qué hacer. Pero ellas sí. Comenzó la invitada, Calina, que se arrodilló veloz como una gimnasta, para bajar mis pantalones y tomar entre sus labios perfectamente ovales mi pene, ya erecto por supuesto. Se tomó su tiempo, antes de ceder turno a María, quien a su vez lo pasaría a Beatriz, justo antes de que me enviara con sus dedos un beso y una resplandeciente sonrisa aprobatoria. Me manejaron como a un sultán en su harén. Una vez desnudo y ubicado boca arriba sobre la cama, se fueron insertando en mi miembro, también en el orden referido. De cada una podía admirar su cara, sus pechos y su abdomen. Cada vez que salía de una vagina otras dos bocas se hacía cargo del miembro y los testículos, que se recubrían de caricias entre saliva y los flujos lubricantes naturales. Al cabo fui entrando en ellas desde atrás, puestas como gatas en celo, pasando de una a otra, a mi capricho. Sin que llegara a saber cual de ellas era, alguna se metía entre las piernas de la receptora y se quedaba con la cabeza bajo mis genitales, aprovechando para lamer mi escroto. Cuando eyaculé, en misionero, escogiendo como primera receptora a Beatriz, Camila se arrojó sobre su vulva para sorber el semen. Me alucinó observar como se lo intercambiaban ella y María, deleitándose, dejando caer un hilo espeso de boca a boca para terminar después uniendo labios y lenguas, como enamoradas agónicas. Alcancé a orgasmar en cada una de ellas y perdí la cuenta de entre quienes volvían a compartir mi zumo de vida… sólo puedo recordar que, para terminar, los cuatro nos acogimos en un abrazo, sudorosos, pringados y con un impresionante olor a sexo y hormonas. Sin ninguna duda, jamás había tenido semejante placer y nunca dormí tan relajado, como si flotara, literalmente.

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