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Larga batalla por una esposa. 33

Una semana de abstinencia en Madrid no pudo con la pasión que estalló al regresar al hotel. Tres bocas, tres cuerpos y una sola voluntad: consolidar un vínculo que desafía las convenciones. ¿Qué pasa cuando el deseo se convierte en un pacto eterno?

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Larga batalla por una esposa. Capítulo 33

Tardé meses en preguntarle a María sobre los pormenores de esa singular y hasta enigmática maniobra en la Ciudad Condal, la que me había permitido directa y “simplemente” recuperar a Beatriz. Podía prescindir de saberlo, sólo deseaba disfrutar el momento y mirar hacia delante. Se quedaban algunas cosas (tal vez muchas) en el tintero, pero creía más urgente conseguir un equilibrio para nuestras existencias, que evidentemente volvían a confluir, por más que fuera en un marco muy, pero muy diferente. Me sentía dichoso, simplemente así.

Lo cierto es que me dejé llevar, y ambas lo pusieron muy fácil, todo giraba en torno a mi voluntad, yo era el centro de aquel pequeño universo encerrado en mi casa toledana, que parecía un castillo medieval, a resguardo de todo peligro. Sin embargo, no menos verdad es que yo sólo asentía a lo que aquella amiga común iba formulando. Y mereció la pena, como cuando un general tiene un buen estado mayor, que le entrega los planes perfectamente hilvanados para alcanzar el pleno éxito, con toda la información y los medios en la mano.

Justo es reconocer también que me adapté muy pronto, y extraordinariamente para mejor, a convivir con dos “esposas”. Ellas lo hacían todo en lo culinario y el hogar, sobremanera Beatriz, que siempre fue su pasión genuina. De repente tuve mucho más tiempo para mis aficiones, que se limitaban cada vez más a la lectura y escritura. Pasaba tiempo en la biblioteca del viejo Alcazar y al llegar a casa el recibimiento era apoteósico, cada día con un menú más sabroso al anterior. Por mi parte mantuve la costumbre del paseo perimétrico vespertino, al que ellas se sumaban ocasionalmente.

Apenas una semana después, María consideró que era necesario que nos fuéramos a Madrid. Por supuesto mi respuesta fue afirmativa, huérfana de recelos. Nos alojamos en el Villa Magna, porque según me decían iba a merecer la pena, una habitación triple (Grand Premier). El precio sería que durante una semana no podría tocar ni ver el cuerpo de Beatriz… mientras yo aprovechaba para visitar algunos museos pendientes, ellas irían a un estudio de tatuajes… Pasé ganas, pero cumplí. De hecho no hubo sexo, ninguno de esos días. El viernes, recién llegado yo a la magnífica habitación, con vistas a la Castellana, ambas me pidieron que me sentara en una de las cómodas sillas y observara. A renglón seguido Beatriz se desnudó completamente… Me sorprendió, mucho. Donde antes había un corazón y las iniciales de esa gentuza habían dejado una línea de flores, no sin cierto alarde artístico. En los nombres que ensuciaban sus ingles o parte alta de los muslos habían conseguido algo similar, pero de un grosor más liviano. Nada podía, al final, poderse vislumbrar de lo que previamente allí había estado… Me preguntaron si deseaba que mis propias iniciales ahora se tatuaran… dije resuelto que no… pero tampoco pude argumentar o terminar mi negativa… Beatriz se puso de rodillas delante de mi, para decirme mirándome a los ojos: ¡por favor, mi amor, deja que lleve tu nombre en mi intimidad, para siempre! Lo deseo tanto..., me sentiré verdaderamente limpia de toda la suciedad que hasta hoy me ha invadido…

No fueron ciertamente solo sus palabras, fue también la intensa expresión de su rostro, ponía de manifiesto una verdad profunda, indispensable, trascendente. Me impactó como un proyectil de artillería y no pude negarme, la verdad. Lo harían, poco tiempo después, en letras muy reducidas, mi nombre y primer apellido, justo en la parte más alta del monte de venus, allí donde dejaba de nacer vello púbico (que ella siempre mantenía depilado estrictamente en estos últimos años).

Pero de momento, y para festejarlo, decidimos ir a cenar los tres al Merçi y después a bailar al Studio 11. Me empezó a gustar verlas girar y enrocarse al son de la música, mientras yo degustaba un coctel sin alcohol. La temperatura erótica que entre ellas podían llegar a generar era pasmosa. Sin duda María había modificado un tanto su aspecto, volcándose definitivamente hacia una feminidad que al menos yo antes no percibía. Y virtud a ello me estaba dando cuenta que era en verdad escultural, atractiva. A mayores, el juego que desarrollaban, evidentemente para que yo me regocijara en ello, rompía las barreras de la lascivia. No eran pocos los varones, y mujeres, que las observaban, a veces con muy poco disimulo. Lo haríamos muchas veces más, pero esa fue la primera que nos retiramos al hotel en el culmen de la fiebre sexual, ciegos en la pasión. El ascensor sería testigo de un frenesí convulso, besándonos sin saber a quien, tres bocas que enlazaban lenguas, manos que no sabías a quien pertenecían. Esa noche, además, terminó cobrando un valor muy especial, desde luego, y por otra razón, nueva, también. Cuando ya estaba en la cama, esperándolas, aparecieron ambas con unos conjuntos de lencería de estreno espectaculares. Una en blanco y la otra en azul. Para mi sorpresa, no fue Beatriz la que se dirigió a darme placer, entonces solo se limitó a situarse detrás de su amiga y agarrarla por las caderas mientras ésta me hablaba en estos términos:

— Javi, ningún varón, jamás, ha entrado en mi vagina. Por supuesto tampoco he recibido semen de varón alguno en cavidad alguna de mi cuerpo. He decidido que tu seas el primero… y el único. Vas a poseerme ahora mismo, quiero que disfrutes y eyacules pensando que soy tuya, como lo es igualmente Beatriz. Somos las dos para ti, para siempre si tu quieres.

No supe qué decir. Una mezcla entre emoción, deseo, pasión y gratitud me envolvió. Aunque no me dieron tiempo a pensar mucho más, actuaron con una determinación que, de nuevo y para maravilla, no dejó margen a titubeo alguno. Sólo pude alcanzar, una y otra vez, como si de un afrodisiaco mágico se tratara, un orgasmo tras otro hasta alcanzar cuatro, como si un joven fuera, hasta vaciarme como creo que nunca lo había hecho. Y sin ayuda de sildenafilo alguno.

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