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Larga batalla por una esposa. 32

Una orden militar, un coche en marcha y dos desconocidas que suben al asiento trasero. No es un secuestro, es una invitación a perder el control. Cuando el motor se apaga en Toledo, el narrador descubre que la batalla no era por conquistarlas, sino por ser conquistado por ellas.

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Larga batalla por una esposa. Capítulo 32

Habían pasado justo 15 días, sin recibir noticia alguna, cuando me llegó un WatsApp de María. Conciso como orden militar: “Por favor, a las 17h del próximo miércoles, aparcado en el McDonald del Espigón del Bogatell, en Barcelona, motor en marcha y depósito de gasolina lleno. Llegaré con otra persona, nos subiremos al asiento de atrás y sin decir ni una palabra arranca camino de tu casa, en Toledo”.

¿Tenía alguna alternativa mejor? Es importante señalar que mi ignorancia era completa, pero todo lo compensaba una confianza ciega en esa mujer lesbiana que tan magníficamente carta había sabido escribir a un amigo, alguien que estaba fuera de combate, desahuciado de la felicidad. Cuando todo parece perdido, como Jiménez de Rada pensaba en las Navas, solo cabe confiar en que alguien disponga lo que ha de hacerse, aunque parezca un suicidio, como en la gran carga de los cuatro reyes.

Me alojé ya el día anterior en el Hotel Arts, que está apenas a 800 m del lugar que me habían señalado. A las 14h ya me encontraba en posición y arranqué al ralentí cuando el reloj marcaba las 16,55. Para mantenerme bien despierto y atento, había tomado un café bien cargado. Curiosamente me sentía bien, incluso cómodo. Por vez primera en muchísimo tiempo estaba haciendo algo, no sabía el qué, pero de alguna manera sentía que la iniciativa estaba de mi lado.

Pasaban ya 5 minutos de las 17 cuando las vi venir. María y Beatriz, de la mano, más que andando, corriendo. Ambas en pantalón tejano y media melena, rubia natural una y con mechas teñidas la otra, exuberancia frente a mesura en las curvas. Entraron las dos por la misma puerta, atrás, enganchándose al cinturón de seguridad. Sólo habló María y con un escueto, ¡vamos! No dije ni una palabra, aceleré y salí de allí conforme al itinerario que había previamente estudiado. No me relajé hasta que estuve ya en la A2. Después ya me atreví a mirar por el retrovisor a mis singulares pasajeras. Seguían cogidas de la mano, María me sonreía, casi con ternura, a Beatriz le brillaban los ojos de una manera especial, estaban llenos de lágrimas. Me detuve a la altura de Sigüenza en una estación de servicio, se hacía de noche y prefería recargar antes de adentrarnos en ella. Ellas no se bajaron. Continuamos el viaje en silencio y llegué a distinguir que las chicas cerraron los ojos, dormitaban o simplemente les invadía la hipotensión del sosiego. Eran las dos de la madrugada cuando entraba en el garaje de mi morada/refugio. Solo yo llevaba una bolsa ligera de viaje, así que atravesamos el patio y entramos en el salón. Apenas superado el umbral volvió a funcionar el lenguaje humano…

María llevaba la batuta, creo que a los demás nos embargaba la confusión y/o el temor. Dijo que estábamos todos cansados y que tocaba ducha e irnos a la cama. Me pidió que preparara una infusión mientras ellas procedían. Sentí el agua y zascandilear en el baño, mientras yo dejaba en la mesa sendas tilas y unas pastas. Salieron con el pelo seco y cubiertas con albornoces de mi propiedad, que evidentemente les caían grandes. Fue la primera vez que note los ojos azules y hermosos de Beatriz buscando los míos. Eran todo dulzura y placidez, por no decir agradecimiento. Notaba su respiración, ligeramente agitada, que repercutía en subir y bajar sus voluminosos senos. Acabado el ligero ágape todos a la vez nos cepillamos los dientes y después, colocando de manera natural a la rubia entre nosotros, nos echamos en la gran cama, abrazados en trío, desnudos todos como niños. No deseaba en ese momento tener sexo, solo anhelaba tenerla cerca, achucharla y besarla. Así lo hice, con lentitud y deleite, como si fuéramos novios en una primera cita romántica. María me acariciaba también a distancia, mientras lamía el cuello de su amiga con igual ternura. Poco a poco nos invadió el sueño. Me dormí como un niño y supongo que ellas también.

Por la mañana me despertaron los pájaros y la luz radiante que entraba por el ventanal, dirigido a ese sur implacable en la roca del Tajo. Estaba sólo en el lecho, pero podía escuchar a las anfitrionas manejando platos y charlando sobre detalles del desayuno. Me vestí apresuradamente con un pantalón corto y polo para salir a la terraza donde me esperaban. Habían puesto una mesa impresionante, llena de maravillas, desde porras hasta mermeladas y un número increíble de distintos panes y bollería. Zumo recién exprimido y un exquisito café me fue puesto en vaso y taza apenas me había sentado. Las dos estaban radiantes, con vestidos vaporosos que dejaban vislumbrar las formas y la intimidad, sin escatimar.

Mientras yo daba cuenta de las viandas y Beatriz las reponía o acercaba nuevas, María lanzaba una sucesión de noticias y directrices. Sintetizaría diciendo que el eje del plan consistía en no separarnos de momento bajo ningún concepto, iríamos siempre juntos, salvo cuando ellas salieran a comprar, en pareja, sin dejar a mi ex-mujer jamás sola. Urgía, además, eliminar los tatuajes… Justo entonces, con una satisfacción no exenta de picardía, abrió delante de mi una cajita de madera, sin valor, la habitual de un bazar chino, y en su interior pude ver los piercings que Beatriz había llevado en sus pezones y el capuchón del clítoris… cuando subí la cabeza para mirar a mi ex-mujer, ésta se quitó la ropa y pude verla sin esos estigmas odiosos, unas gotitas rojas denunciando que había sido una operación reciente.

María volvió a hablar, ¡creo que toca dar las gracias!... me cogió de la mano y me llevó hasta la gran poltrona donde solía yo deleitarme con la vista de los cigarrales. Beatriz se arrodilló y comenzó a darme placer bucal en mis genitales, usando también manos, lengua, labios y el rostro entero. Su/nuestra amiga nos observaba con expresión de cariño y complacencia. Justo cuando notó que me venía el orgasmo apretó la cabeza de mi dadora de placer hasta conseguir que su nariz se aplastara contra mi vientre, mientras eyaculaba al mismísimo fondo de la garganta. Se mantuvo con ella muy adentro durante un interminable minuto de oro, sin apenas moverse, rematando el gozo más intenso que una maniobra de ese tipo puede dar a un varón. Para finalizar la misma María se acercó para fundirme con ella en un largo beso, tan dulce como sorprendente para mi. Supe, con toda seguridad entonces, que mi vida (y la de ellas) no iba a parecerse en nada a lo anterior.

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