Xtories

Historia de una mujer fácil - Completa (19)

Clara no solo negocia el cuerpo de su amiga como si fuera una mercancía, sino que también prepara la trampa perfecta para el hombre que cree tenerla bajo control. En una oficina donde el poder se compra y se vende, ella es la única que escribe las reglas del juego.

Abel Santos4.2K vistas8.6· 10 votos

RAMIRO Y PAULA HACEN MIGAS

El lunes siguiente por la mañana, Clara sentía aún la resaca del fin de semana. Había sido un finde provechoso y había sumado una importante cantidad a sus ahorros. No le llegaban, sin embargo al monto que debía desembolsar en breve a las damas de honor de Elena.

A la hora del café, Paula se las apañó para hacer la parada de media mañana a solas con su amiga. Tenía que hablar con ella de asuntos personales y no quería que Rafa las rondara alrededor. Invitó a Clara a un té y fueron a un bar a dos manzanas de la empresa.

—¿Cómo va lo de Ramiro? —le dijo tras ser servidas por la camarera—. ¿Has podido hablar con él?

Un dolor en el lado izquierdo de la cabeza le sobrevino a Clara. Lo único que le faltaba. Si tenía pocos problemas con las damas de honor, tenía que lidiar también con los líos «amorosos» de su amiga.

—Joder, lo siento, Paula —se disculpó—. Ni me he acordado. Esta mañana tengo un dolor de cabeza que ni te imaginas.

—¿Has dormido poco este fin de semana?

—Ya te digo…

—¿Estuviste con ese tipo feo del que me hablaste?

—¿No se me notan las ojeras? —respondió Clara con un bostezo—. El tío es insaciable.

—Hostias, no me digas que te estuvo follando todo el sábado…

—No, follar, follar… no mucho, la verdad. Fue solo un polvo soso y aburrido que no duró ni diez minutos. Pero como había contratado toda la noche se empeñó en que saliéramos de juerga por ahí y no volví a casa hasta las diez de la mañana. Ay, Paula, la noche ya no es para mí… Eso fue antes de ayer y aún estoy molida…

Paula rió bajito. Su amiga Clara era una caja de sorpresas. De fiesta con un feo de libro y dejándose ver por los bares de moda de Barcelona. Menuda barbaridad.

—Pero, dime… ¿al menos pagó bien y en efectivo?

—Eso sí, es lo único bueno que tuvo el asunto… Y, además, me soltó propina el muy bobo. El muy cabrón está acostumbrado a salir con putas y dice que le gusta ser generoso para que le traten bien.

—¿Tanta pasta tiene un simple informático?

—Ya ves, no te puedes fiar… Como el tío vive solo gasta menos que nada. Todo lo ahorra para salir con chicas de mala reputación.

La risa de Paula se le contagió.

—Joder, pues es un cliente al que cultivar… —reflexionó Paula—. Siempre que no le huelan los pies o el aliento…

Volvieron a reír antes de cambiar de tema.

Cuando se despedían a las puertas del despacho de Clara, ésta le prometió que hablaría con Ramiro sin falta antes de comer.

*

No tuvo fuerzas para hablar con el tipejo ese día, ni el siguiente, ni el siguiente. Paula se lo estuvo echando en cara durante toda la semana y su respuesta era la misma: de hoy no pasa, te lo prometo.

El jueves sobre las once, la reunión que tenía agendada Clara se canceló y aprovechó para darse una vuelta por el despacho de Ramiro.

Al ver que la secretaria del subdirector general no estaba en su mesa, asomó la cabeza en el interior del despacho y, al verlo vacío, se dispuso a volver por su camino. Una voz por la espalda la retuvo.

—¿Me buscabas?

Clara disimuló la impresión que la había sobrecogido y se apartó para dejarle entrar.

—Sí, tengo algo que hablar contigo, ¿tienes un minuto?

—Para ti, siempre, querida…

Le fastidió que la llamara «querida», era el apodo preferido de Ramón y esto los igualaba en mezquindad. Aunque ya sabía que ambos eran dos pedazos de cabrones a cual mayor, no tenía por qué sorprenderse.

Ramiro la interrogó con la mirada cuando Clara cerró el pestillo interior.

—Lo que quiero hablar contigo no es de trabajo, sino personal.

—Ah, genial, espero que me traigas buenas noticias. ¿Un trago?

Mientras hablaba había sacado de un cajón de su escritorio una botella con un licor ambarino y servía dos vasos hasta la mitad.

—No, gracias —rechazó ella—. Además, creo que está prohibido el alcohol dentro de la oficina.

Ramiro no respondió. Vació el contenido del vaso destinado a Clara sobre el suyo propio y le dio un sorbo que lo dejó más que apurado.

—Pero, siéntate, querida. No estés ahí de pie —propuso el hombre dejándose caer sobre su butaca.

Los nervios de Clara la aconsejaban no sentarse. Sentirse por encima de la altura de él la infundía valor. Una vez sentada estaría por debajo y eso identificaría quien comandaba la conversación.

Optó por apoyarse en el borde de la mesa, a pesar que de esa manera le descubriría parte de sus muslos bajo la falda. El no perdió la ocasión para taladrarla con la mirada.

—Pues tú dirás —la invitó Ramiro a empezar—. ¿Has cambiado de opinión en cuanto a nuestro… «asuntillo»?

—Siento decepcionarte, pero no he venido a hablar de mí, sino de Paula.

—Vaya… —se burló él—. ¿Te ha contratado como abogada?

Clara sonrió.

—Algo así.

—¿Y qué es lo que quiere tu defendida?

—Mi… defendida… acepta follar contigo… pero con dos condiciones.

La sonrisa de Ramiro se ensanchó.

—¿Dos condiciones…? —preguntó—. Explícame eso, no lo pillo…

Clara se puso en pie. Tomó la botella y se sirvió el licor que antes le había rechazado. Necesitaba alcohol en sus venas para lo que iba a decir a continuación. Bebió un largo sorbo y luego continuó.

—La primera, el vídeo… por supuesto…

—Lo imaginaba… ¿Y la segunda?

—Quinientos euros, en billetes menores de cien.

La expresión de Ramiro mostró su sorpresa.

—¿Quinientos euros? —preguntó frunciendo el ceño—. ¿Y para qué quiere quinientos euros? ¿Va a cobrarme por follar?

—Más o menos…

Se echó hacia adelante y no ocultó su mal humor.

—¡Me cago en la leche! —exclamó—. ¿Y por qué tendría que pagar…? Tengo el vídeo, puedo hacerlo gratis…

Clara respiró hondo y entonces lo soltó.

—Porque si pagas quinientos euros cada vez, podrás follártela las veces que te venga en gana.

Ramiro silbó alucinado.

—Joder, ya sabía que era puta, pero tanto, tanto…

A Clara se le cambió el rictus al oír la insultante palabra.

—Y, si insultas, puede que te ganes dos hostias…

Ramiro calló un instante y pareció reflexionar.

—¿Los quinientos euros incluyen mamada…? A pelo, por supuesto.

—Ni de coña… —respondió Clara con urgencia—. Si quieres mamada sin condón será un extra de cien pavos.

—¡Joder! Además de puta, cara…

La bofetada de Clara debió de oírse en medio edificio.

—Vale, vale… —protestó Ramiro y se echó hacia atrás empujando la butaca de ruedas con los pies. Se acariciaba la enrojecida mejilla con una mano.

—No digas que no te lo advertí —replicó la joven, aunque se arrepintió de lo que había hecho al instante. «Te has pasado, Clara, tú como siempre haciendo amigos», pensó.

Ramiro no respondió nada. Volvía a reflexionar.

—¿Qué me dices? Paula está esperando tu respuesta. Si aceptas, mañana viernes te esperará a las siete y media en los lavabos de la quinta.

—La verdad es que no lo tengo claro… —habló Ramiro al fin—. Parece que el chantajeado soy yo y, sin embargo, el vídeo está en mi móvil. Y también en la nube, por supuesto. Podría utilizarlo y joderla bien, ¿has pensado en ello?

—Sí, y sé que no lo vas a utilizar, «querido» —resaltó la palabra en tono burlón.

—Ah, ¿no? ¿Y por qué no lo haría, si puede saberse?

—Porque entonces iría a hablar con Andrés y le contaría que has intentado propasarte conmigo… Me encantaría ver la cara que pondrías cuando viniera a por ti.

—¿Andrés? —sonrió irónico?—. ¿A qué coño viene Andrés? Si te quiero seducir, cosa que he hecho a medias con Andrés para cazar a alguna chica de esta casa, el cornudo sería Carlos… Y mis noticias son que ambos primos no están a partir un piñón, precisamente. Lo más seguro es que Andrés y yo nos riéramos un rato y luego saldríamos por ahí a tomar copas.

Clara lanzó una carcajada y Ramiro la miró perplejo. Cruzó los dedos y lanzó el órdago.

—Lo mejor de que seas gilipollas es que crees enterarte de todo y en realidad vas de pardillo —le espetó acercándose hacia él—. Si tú te propasaras conmigo, de nuevo, a quien le estarías poniendo los cuernos no sería a mi amorcito Carlos, sino a tu querido jefe Andrés.

La expresión de asombro de Ramiro subió dos grados.

—¿Tú y Andrés estáis…?

—Follando como conejos, subnormal… —mintió con la mejor cara de póker que pudo simular. Se la estaba jugando a una carta y lo sabía. Todo o nada—. ¿Quieres que suba a la cuarta y le diga que me has tocado el culo?

Ramiro dio un salto y ya en pie se alejó de ella lo más que pudo. Clara sonrió para sí. El capullo se había tragado el anzuelo.

—Está bien, está bien —dijo el abusón—. Mañana a las siete y media en los lavabos de la quinta. Llevaré seiscientos euros en billetes pequeños.

—Mas te vale…

No necesitó decir una palabra más. Clara salió del despacho con un suspiro de alivio que él no pudo ver al encontrarse de espaldas. Las piernas le flojeaban por los nervios.

*

Clara y Paula se juntaron en la cantina a la hora de comer. Lines comió a la carrera, como solía hacer, y salió hacia su escritorio. Había solicitado jornada maternal reducida y disponía solo de quince minutos para almorzar.

—A esta chica le va a dar un infarto —comentó Clara—. Todo el día corriendo.

—Pobre, pero son los gajes del oficio de madre. No sé si me apetecerá serlo alguna vez, pero por ahora ni de coña.

Clara sonrió y miró a la mesa del fondo, donde Rafa acompañaba a una muchacha muy joven, tal vez de su edad o aún menor.

—¿Quién es esa chica con la que tanto se ríe Rafa? —preguntó.

—Jajaja… ¿No estarás celosa, verdad? —respondió Paula.

—Ya vale de coñas, ¿no…? —sorbió de su vaso y volvió a la carga—. ¿No te parece demasiado joven? Quizá sea una hermana o familiar que está de visita. Porque como becaria no la veo yo…

—O una novia… —soltó Paula al aire y escrutó a su amiga para ver su reacción.

—Venga ya, tía…

Clara le dio un sopapo de mentirijillas a Paula y las dos rieron.

—Venga, Clara, deja a los niños y vamos a lo que interesa. ¿Qué pasa con Ramiro?

—Pues lo que te he dicho por wasap: mañana a las siete y media en los lavabos de la quinta. Luego tu verás si te lo llevas al almacenillo o lo que haces.

—Ya, eso ya me lo has dicho. Pero, ¿así sin más? ¿No ha puesto objeciones? ¿Va a pagar por el polvo y a borrar el vídeo así como así?

—Bueno, así como así, tampoco… —confesó Clara—. He tenido que negociar a fondo con él, no te creas.

—Venga, amiga, desembucha que me tienes en ascuas.

Entonces Clara comenzó a relatarle la conversación con Ramiro en su totalidad, a lo que Paula replicaba con caras de asombro de todos los colores.

—Joder, tía… Lo has dejado fino… ¿En serio que le has arreado una hostia?

—Y tan en serio, ya le he dicho que a mis amigas no se les insulta.

De pronto, Paula cayó en la cuenta. Señaló a Rafa y bajó la voz.

—¿Y qué va a pasar cuando Rafa se entere? Porque, chica, mucho «somos el trío de la muerte» y todo ese rollo, y al final el chaval va a ser el último en enterarse que de lo de Ramiro ya ni fu, ni fa.

—Bueno, en realidad falta su amenaza contra mí por lo del supuesto desfalco de Carlos.

—¿Te lo ha vuelto a recordar?

—De momento no, pero tendré que estar alerta por si vuelve… Tal vez con la amenaza de Andrés le valga para olvidarlo.

Las dos amigas se quedaron un instante en silencio.

—¿Entonces, lo de Rafa qué…?

—Tú tranquila —respondió Clara confiada—. De Rafa ya me encargaré cuando toque.

—Vale, tú misma…

De pronto, Clara sonrió con sorna.

—Ah, por cierto… Se me ha olvidado decirte… Mañana lávate bien los dientes porque te toca mamada.

—¿Qué…? —Paula puso expresión de asco.

—Lo que oyes… Ramiro ha contratado follada, pero con mamada incluida o nada… No te quejes, al menos he conseguido clavarle un plus de cien euros.

—¿Pero tú estás loca…? —se quejó amargamente Paula—. Si ya te dije que a mí lo de mamar me da mucho asco… No voy a poder…

—¿Asco? —respondió Clara—. Pues como a todas, no te jode… A ver si te crees que a mí me encanta el yogur caliente… Pero es lo que hay… El muy cabrón ha dicho que o mamada a pelo o a la mierda… Si tú puedes hacerlo mejor, ya sabes lo que te toca la próxima vez.

—Vale, vale, no te pongas así… —templó gaitas Paula—. Me haré a la idea y me llevaré chicles de menta… Que asco, por dios…

Clara observó que la jovencita abandonaba la mesa de Rafa y que éste se acercaba con su bandeja a la de ellas.

—Sssshh… —apremió a su amiga—. Calla que por ahí viene Rafa.

Una vez el becario estuvo sentado a su mesa, Paula no pudo resistirse a preguntar.

—¿Quién es esa niña tan mona? ¿Es tu novia? Muy jovencitas te gustan a ti, ¿no…?

Rafa emitió una risita forzada y luego respondió.

—No, no es mi novia… Y claro que es jovencita, como que es menor de edad.

—¿Qué…? —se extrañó Clara—. ¿Y qué hace aquí? Porque acabo de verla con la tarjeta de empleada colgada al cuello.

—A ver… —Rafa hizo una pausa para captar su interés—. Se llama Luna y es estudiante de Economía por FP2, algo parecido al ADE universitario, pero en «pequeño».

—¿Luna? —le interrumpió Paula—. ¡Qué nombre tan bonito!

—Sí, a mí también me gusta mucho. Pues bien, resulta que Luna está aquí igual que yo, haciendo prácticas por unos meses para obtener créditos. La han destinado al departamento de Ramiro.

Paula le tomó de la mandíbula y le hizo una carantoña como a un niño.

—Vale, te creemos. Pero toda esas confianzas que te traías… Porque no me negarás que estabas tonteando con ella. Confiesa, mamoncete, tú ya la conocías de antes.

Rafa volvió a sonreír con su timidez habitual.

—Está bien, está bien… —claudicó—. Sí que la conozco. Es la hermana pequeña de una antigua amiga… o novia, o lo que fuera… ya ni sé lo que éramos… Y, sí, mi amiga me pidió que enchufara a su hermana y he sido yo quien le ha conseguido la beca hablando con Recursos Humanos.

—Ah, malandrín…

Lo que Rafa no estaba dispuesto a comentarles era el plan que había diseñado para joder a Ramiro. Contaba con la ayuda de la chica, aunque ésta tendría que ser involuntaria. Conocía bien a Luna —y al cerdo de Ramiro— y estaba seguro de que la muchacha iba a ayudar a sus planes sin tener que pedírselo expresamente.

*

A media tarde del viernes, Clara había olvidado los asuntos de sus amigos y daba vueltas a sus propios problemas. Llevaba cuajando una idea y tenía que ponerla en marcha, aunque solo de pensarlo se le revolvía el estómago.

«No sé si me atreveré», pensaba en círculos, sin poder detener su cerebro.

Pero en realidad, el plan que bullía en su mente ya había arrancado cinco minutos antes. Hacía justo ese tiempo que había realizado el pedido a Amazon de los útiles que necesitaba para echarlo a andar. Estos llegarían al día siguiente a un cajero de Amazon en el centro comercial en el que solía comprar y tenía que recogerlos el sábado por la mañana a más tardar.

Solo faltaban dos puntos no menos importantes: chatear con tío Ramón a través de wasap y librarse de Carlos para el sábado al completo, por lo menos. Contaba con que el viejo utilizara sus influencias para no tener que improvisar un plan ella misma con su novio.

Con un temblor de manos más que evidente, empuñó el iPhone y tecleó el primer mensaje.

CLARA: Hola, Ramón, estás por ahí?

Tuvo que esperar diez minutos hasta que los dos ticks se pintaron de azul. En cuanto cambiaron de color, la respuesta no se hizo esperar.

RAMÓN: Aquí estoy, querida, estás bien?

Clara se pensó las palabras que escribiría a continuación, tenía que sonar convincente… y sumisa.

CLARA: Siento todo lo que ha pasado, tío, estoy muy triste. No sé si creerme lo que dicen todos de ti, los muy cerdos.

La respuesta de su tío político se retrasó un poco. La joven se lo imaginó soltando una lagrimita por el mensaje de amor que acababa de llegarle de su última conquista.

RAMÓN: Ya ves, cariño, son unos cabrones. Yo les he dado todo lo que tienen. Sin mí no serían nadie. Y así me lo pagan.

CLARA: Y tú cómo estás? Imagino que muy decepcionado.

RAMÓN: Te lo puedes imaginar, cielo. A punto de llorar, necesito alguien que me consuele.

Clara lanzó un grito de victoria, aunque tuvo que tragárselo para que nadie la escuchara. Había llegado al punto donde quería tenerle antes de lo esperado.

CLARA: Ya sé que quieres más a las otras, pero yo me muero por poder abrazarte y dejarte mi regazo para que llores.

Un nuevo retraso le provocó en la mente la imagen del tipejo besándose a sí mismo en las mejillas con un gesto de triunfo. «¡Qué macho soy!», debía de estar pensando el muy cerdo.

RAMÓN: No digas eso, cariño. Tú eres mi preferida. De hecho eres la única a la que quiero. Si tú te mueres por consolarme, yo me muero por acariciarte. Podríamos quedar otra vez, si te apetece.

Respondió a la velocidad de la luz.

CLARA: Claro que quiero, tío! O puedo llamarte «amor»?

RAMÓN: Jajaja. Puedes llamarme como quieras, mi cielo, puedes venir a la casona este finde? El sábado, por ejemplo?

Un nuevo «¡bravo!» a punto estuvo de escaparse de sus labios. No se lo podía creer, le estaba resultando más fácil de lo que esperaba. Imaginaba al viejo escondido en algún remoto lugar, oculto a las miradas no solo de sus familiares, si no del mundo en su totalidad. Pero era tan alta su adicción al sexo con mujeres jóvenes, que su mente se había obnubilado en pocos segundos al entrever que podría acostarse de nuevo con ella.

CLARA: Qué más quisiera, mi amor. Pero este finde tengo un compromiso con Carlos.

No era exactamente cierto, pero tenía que ponérselo crudo a tío Ramón para que éste se empleara a fondo.

RAMÓN: De Carlos no te preocupes, cielito, de él me encargo yo. El sábado nos vemos en la buhardilla a las ocho, ¿vale?

CLARA: Genial! Voy a contar los minutos que nos faltan para vernos. Gracias, tío, eres mi sol.

RAMÓN: Ponte guapa, cariño. Y trae condones, me he quedado sin suministros.

Clara lanzó una carcajada. Puñetero viejo, genio y figura el tiparraco. Hasta los condones tendría que ponerlos ella. Si sería cabronazo…

Miró su reloj y eran solo las cuatro y media. Olvidó a tío Ramón y se concentró en el trabajo. Tres horas más tarde tenía cita con Paula y Ramiro en la quinta planta.

*

A las siete y media comenzó a sonar una melodía en el móvil de Clara. Era la alarma que había programado para que no se le pasara la hora. Y menos mal. Se había enfrascado tanto en su trabajo que podrían haberle dado las diez sin darse cuenta.

Saltó de la butaca y se movió con rapidez hacia los ascensores. Por el camino echó un vistazo a la mesa de Paula. Ella, como era de esperar, no estaba por allí. Pensó en pasarse por el despacho de Ramiro, pero imaginó que sería perder el tiempo. Los amantes estarían empezando a entrar en calor. Teniendo en cuenta las ganas que se tenían el uno al otro, ambos debían de estar ya en la quinta haciendo de las suyas.

Al llegar al descansillo de los ascensores, detectó que todos estaban ocupados y subió a pie. Al fin y al cabo eran solo dos pisos.

Entró en los lavabos y notó el silencio en el ambiente. Prueba suficiente de que se hallaban vacíos, por lo que ni entró en ellos. Cruzó la silenciosa planta, tan tétrica a esas horas como la había descrito Rafa, y se detuvo ante la puerta del almacenillo. La franja de luz que se veía por debajo de ella se apagó de repente.

Extrajo una llave de un bolsillo, la introdujo en la cerradura y entró sin avisar.

—Buenas tardes —dijo encendiendo de nuevo la luz.

Los amantes la miraron desconcertados. Paula estaba sentada en el borde de la mesa. Se había quitado la ropa superior y sus pechos se mostraban tersos y ufanos, con los pezones hinchados como canicas.

Ramiro le apretaba uno de ellos con una mano, mientras el otro lo tenía parcialmente dentro de la boca. La mano libre se perdía por debajo de la falda y la expresión de placer de Paula no daba lugar a duda de donde estaba tocando.

Por su parte, la amiga de Clara había metido la mano dentro del pantalón del hombre y acariciaba su polla por debajo de la ropa. Jadeos ahogados escapaban de su garganta.

El golpe de la puerta, al cerrarse por acción del muelle automático, fue atronador. El resplandor de la luz al encenderse había convertido la escena en una imagen fotográfica, con el rostro de los protagonistas mirando al objetivo. Clara sintió ganas de reír. Parecían dos adolescentes pillados en falta por los padres de la chica.

—¿Te importaría llamar antes de entrar? —protestó Ramiro—. Podrías habernos matado del susto.

—Si, querido —se burló Clara—. Ya sé que a tú edad el corazón empieza a flojear —la expresión de cabreo de Ramiro era difícil de disimular—. Pero antes de que entierres tu verga en el coño de mi amiga, necesito que pases por caja.

Paula no decía nada, simplemente se tapaba los pechos con los brazos y se mordía una uña como una colegiala. Ramiro se separó de ella y rebuscó en su chaqueta, abandonada sobre una silla. Extrajo el iPhone de un bolsillo y le mostró el vídeo a la joven. Después presionó el botón de borrar y el archivo se esfumó.

—Vacía la papelera, por favor, y lo mismo con el archivo de la nube.

Ramiro bufó, pero obedeció. El bulto entre sus piernas era razón suficiente como para darse prisa. Luego se volvió hacia Paula y le murmuró bajito.

—¿Por dónde íbamos?

Clara dio dos pasos más hacia él.

—Eh, para, para… —todavía falta algo. Y estiró una mano.

Un nuevo bufido del hombre resonó en la sala. De nuevo echó mano a la chaqueta y un sobre alargado salió de otro bolsillo. Al tomarlo entre las manos, Clara contó los billetes.

—¿Te importaría contarlos fuera? —se quejó Ramiro de nuevo—. Aquí hay gente que tiene cosas que hacer.

Clara estuvo conforme con el recuento y, sin decir nada más, se dirigió a la salida. Antes de cerrar por fuera apagó la luz para que los dos tortolitos fornicaran sin distracciones.

—¿Pero quién coños se cree esa tipa qué es? —fue lo último que Clara escuchó decir a Ramiro—. ¿Tu chula?

Paula rió con risa nerviosa y metió su lengua en la boca de Ramiro.

Continuará...

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