Historia de una mujer fácil - Completa (18)
Clara siempre tuvo el control: su cuerpo era su negocio y sus compañeros, sus clientes. Pero esa noche, en los baños de un bar, el juego cambió. No fue para salvar a una desconocida, sino para descubrir que su amiga Paula caminaba por el mismo abismo. Y cuando el peligro se hizo carne, Clara no ofreció ayuda, sino una propuesta que ninguna de las dos podría rechazar.
DESPEDIDA DE SOLTERA
El resto de la semana, Clara se movió por la oficina como una zombi. Rafa se daba cuenta de que algo le pasaba, pero calló con su habitual discreción. Se limitaba a ejecutar mecánicamente todo lo que le pedía y se quitaba de en medio a la menor oportunidad.
Clara sentía un enorme peso sobre su cabeza y, sabiendo que tenía que seguir buscando clientes, no conseguía animarse para lanzarse a ello. El día de la boda se aproximaba inexorablemente —solo quedaban dos meses— y antes de ese plazo ya tenía que ir pagando gastos adelantados que se iban produciendo sobre la marcha.
El jueves consiguió captar al gordo al que llevaba tiempo persiguiendo y éste quedó tan encantado del polvo que la echó en una sala de reuniones, que le dio una propina de cien euros. Lo habían hecho en total silencio a las ocho de la tarde, cuando solo quedaban en la empresa los fantasmas de última hora.
Al tomar Clara los billetes entre sus manos —el gordo era de la cuerda de Richard y pagaba en efectivo—, se preguntó si aquel dinero la serviría para arreglarse todos los huesos del cuerpo que el tipo parecía haberle roto durante el sexo. Al menos, una buena parte de aquel dinero tendría que gastarlo en el fisio, se lamentó.
Y así las cosas llegó el viernes. El fin de semana era un buen momento para ejercer su nueva profesión, aunque tuviera que salir a buscar clientes a la calle si no había más remedio. Pero para ello tenía que deshacerse de Carlos, fuera como fuera.
*
Al finalizar la jornada de trabajo, Clara fue invitada a salir a tomar copas con uno de los grupos que se formaron en la oficina. Se resistió al principio —prefería salir de caza sin testigos—, pero se había visto obligada a aceptar tras la insistencia de Lines. Su amiga era muy peleona cuando se lo proponía. Su resistencia se debía a que en el grupo irían dos de los compañeros que ya habían pagado por sus servicios —Richard y el gordo— y eso la cortaba y avergonzaba. A saber si los dos hombres no se vendrían arriba con el alcohol y se irían de la lengua. Estaba aterrorizada.
Aun así, aceptó al saber que Paula también se iba a unir al grupo. Desde hacía días no la dejaba ni a sol ni a sombra. Su amiga estaba cayendo en la vorágine del sexo, con el riesgo de ponerle los cuernos a su novio en cuanto tuviera ocasión. Se temía que lo de Rafa en el almacenillo de la quinta hubiera sido solo el pistoletazo de salida.
Lo que le pasaba a su amiga la dolía sobremanera. Saber que estaba siguiendo su camino de degradación lenta pero inexorable, aunque por razones distintas, la entristecía sobremanera. Paula sí que quería a su novio, al contrario que ella, y ambos habían hecho planes de una vida familiar en común.
Clara la insistió para que llamara a Rodrigo, y que él la acompañara al bar en el que habían quedado. Pero, al negarse su amiga en redondo, se había visto obligada a cambiar de opinión y se había unido a la fiesta para tenerla controlada.
Rafa, por su parte, se había descolgado de la quedada al final. Un marrón de última hora le había retenido en la oficina, y luego se iría a casa para preparar uno de los exámenes que tendría a corto plazo.
Una vez en el bar —el mismo en el que Paula había comenzado su segunda aventura con Ramiro— Clara llamó a Carlos y le dijo dónde estaba y que no la esperara despierto. Él se ofreció a acompañarla y ella le convenció de que no lo hiciera, a sabiendas de que al día siguiente iba a viajar por trabajo y tendría que madrugar. Ni loca quería que Carlos estuviera por allí mientras ella se follaba a algún tipejo para alcanzar la cuota del día.
Afortunadamente, el nuevo viaje de su novio —esta vez a Londres— le resultaba providencial. Un fin de semana sola y libre. La aprendiz de escort había aprovechado para quedar el sábado en casa de uno de sus clientes potenciales, un tipo feo y solterón del departamento de sistemas que no le había discutido el precio.
Éste no estaba casado ni tenía hijos, pero se movía en un círculo eclesiástico que consideraba la prostitución poco menos que la reencarnación de Belcebú. Ni loco el feo iba a chivarse de su aventura con ella. Pensaba sacarle una pasta —el hombre quería que Clara la acompañase toda una noche— y eso la llenaba de felicidad. Si todo iba bien, el mismo lunes podría pagar una parte sustancial del regalo de bodas de Elena.
*
El jolgorio en el bar de copas era tremendo. A la clientela habitual de un viernes se había unido un grupo de chicas celebrando la despedida de soltera de una de ellas. Por sí solas armaban más bullicio que el resto de los presentes todos juntos. De cuando en cuando, formaban una «conga» a la que se unían todos los que querían. La mayoría de ellos, hombres con ganas de pescar entre aquel grupo de amigas, medio borrachas y tal vez fáciles en tan especial noche de chicas.
La velada del grupo de Clara iba bien, con cervezas, chupitos y cócteles exóticos circulando sobre la barra y terminando en los estómagos de los colegas de la oficina. Sus dos clientes la miraban con morbo, pero no hablaban nada que tuviera que ver con ella. Eso la relajó y se decidió a disfrutar echando algún baile con Paula. Varios salidos se les pegaban a las faldas en cuanto entraban en la pista y tenían que espantarlos como a moscas.
No habrían dado las dos de la mañana, cuando un alboroto llamó la atención de Clara. En medio del jolgorio de una nueva conga, casi nadie había observado lo que pasaba. Pero ella, con su ojo clínico, había detectado la extraña situación y no quiso perdérsela.
Se acercó hacia el lugar de la pista donde algunos reían mirando el espectáculo, y allí se topó con Paula. Le preguntó si sabía lo que ocurría, y su amiga entre hipidos de alcohol, le contó lo que había visto.
—Oh, no es nada… —le dijo con ojos borrachos—. Es esa novia… la de la despedida… que parece que ha ligado… jajaja…
—Ah, ¿sí?
—Sí, eso parece… Resulta que sus amigas la han rifado entre ese grupo de ejecutivos de medio pelo, y los dos que se la llevan son los afortunados.
—¡Joder, serán gilipollas…! Menudas amigas…
—Bah… Clara mía… —las palabras de Paula salían a trompicones y escupía al hablar—. Al menos esa chica ha ligado. Cuando suba al altar el domingo, va a llevar el coño tan escocido que se va a acordar con gusto de la noche que le han dado esos golfillos.
Los «golfillos» eran dos hombres de mediana edad —entre los cuarenta y los cincuenta—, uno de ellos gordo y seboso y el otro calvo y con ojos de besugo.
—Sí, menuda noche de placer… —se dijo Clara—. Con esos dos tíos asquerosos se lo va a pasar de puta madre, no te jode...
Miraba alucinada al trío que se dirigía a los lavabos. El gordo agarraba a la novia por la cintura y el pelo. El calvo era más atrevido y la sujetaba por un brazo con una mano mientras la sobaba el culo con la otra, propinándole un azote de vez en cuando.
—¡Vamos allá! —decía el gordo—. A foooollar….
—¡Toma, guapa! —replicaba el calvo con un azote en el trasero—. Te lo vas a pasar en grande, guarrilla…
El grupo de ejecutivos al que pertenecían los afortunados por la rifa, reían y vitoreaban entre aplausos.
—¡Duro con ella! —decían unos.
—¡No la dejéis escapar viva! —exclamaban otros.
—¡Dedicadme una mamada! —reía un tercero.
La futura novia era arrastrada fuera de la pista de baile y caminaba dando tumbos. Si no caía al suelo era porque los dos tipejos la sujetaban. Justo antes de entrar a los lavabos masculinos, la chica giró la cabeza y abrió la boca sin llegar a decir nada. Pero Clara leyó el mensaje en sus ojos. Y el mensaje no era otro que: «¡Socorro!».
*
Clara no tuvo duda de que aquello no era la broma que parecía. Los tipos, bebidos como estaban, se lo habían tomado en serio. Si nadie le ponía remedio, la chica iba a terminar con todos los orificios de su cuerpo escocidos a manos de aquellos cerdos.
No pudo resistirlo y echó a correr tras ellos. Si no pasaba nada, pues mejor. Se reirían todos un rato y cada uno a su casa con sus historias. Pero, si los tipos se sobrepasaban, alguien tenía que echarle una mano a la pobre chica. Y no parecía que sus amigas, en medio de una nueva conga, fueran a ayudarla si las cosas se torcían.
Clara entro en el lavabo de chicos y no encontró al trío por ningún lado. Aquella ausencia le causó desasosiego. Por fuerza tenían que estar en alguno de los cubículos y todos se hallaban cerrados. Si los tipos querían propasarse, al sentirse seguros tras una puerta se podían envalentonar y la cosa acabaría peor que mal.
Dos chavales —seguramente menores de edad— fumaban un porro apoyados en un lavabo y la sonrieron al verla llegar al baño equivocado. Clara les preguntó por los que acababan de entrar y ellos señalaron el cubículo de minusválidos.
—Se han metido ahí —dijo uno de ellos—. Se ve que necesitan espacio para follar a gusto.
—Jajaja… —apuntó el otro—. Esa novia va a disfrutar de la noche de ídem antes de tiempo…
Clara se sintió ofendida en primera persona, aunque la fiesta no fuera con ella. Sin más palabras, pasó entre los dos porretas que se quejaron de su efusividad, y empujó la puerta del cubículo. Ésta se encontraba atrancada por dentro, pero por suerte la cerradura se hallaba en mal estado y la puerta cedió al segundo intento.
Los dos chicos se acercaron a fisgonear, pero Clara, al ver la escena del interior, les cerró la puerta en las narices y echó el pestillo de nuevo. La dichosa escena no era para congratularse, ni mucho menos. Los dos tipejos, como se había temido, se lo estaban tomando en serio con la futura novia.
—¿Qué coño estáis haciendo con esa chica?
La pregunta era retórica, porque era obvio lo que allí se fraguaba, pero a Clara no se le ocurrió otra cosa que decir.
La chica se hallaba sentada sobre la tapa del inodoro. Los brazos le caían a sus costados, inertes. El tipo gordo estaba arrodillado ante ella y le estaba quitando las bragas. El calvo se había bajado los pantalones y, de pie ante la joven, la sujetaba por el pelo e intentaba que abriera la boca para meterle su mini polla.
—Pues que vamos a hacer… —dijo el calvo con tono beodo—. Follárnosla… Es nuestra y podemos hacer lo que queramos…
—Nos ha tocado en una rifa, ¿sabes? —apuntó el gordo.
Clara se dio cuenta de que la chica, por borrachera o por haber tomado alguna droga, no era dueña de su voluntad y se dejaba hacer sin defenderse. Solo sus ojos mostraban vida y en ellos detectó una señal de petición de ayuda, como hacía unos momentos en el exterior de los lavabos.
—¿Y tú quien coño eres? —dijo el calvo girándose hacia ella con la mini polla en la mano derecha.
Antes de decir nada, Clara se lo pensó un instante. Por la fuerza no iba a conseguir nada y, gritando, posiblemente menos. Tenía que utilizar la astucia, aquellos dos gilipollas parecían inofensivos y tal vez podría aprovecharse de ellos.
—¡De follarse a mi chica una mierda…! —dijo con tono severo—. Si queréis follárosla tendréis que pasar por caja. Si no, a meneárosla a la calle…
—¿Tu… chica…? —preguntaron al unísono con asombro.
—Pues claro, gilipollas… —se envalentonó—. Esta chica y las otras de la despedida son de mi propiedad. Ellas follan y yo cobro. ¿Qué creíais, atontados, que era gratis?
—Joder, tío… —le dijo el gordo al calvo resbalándole las sílabas—. La loca esta es una madame… y esta novia no es una novia normal… sino una puta.
—Ya te digo… —replicó el calvo—. ¿Y cuánto cuesta follársela, si puede saberse? —le preguntó a Clara.
Parecía que a los dos ejecutivos se les había cortado la borrachera de repente. La chica miraba a Clara sin entender. Seguramente sus palabras le llegaban al cerebro, pero debía de ser incapaz de procesarlas. «¿Soy una puta?», se preguntaba la pobre sin saber responderse.
—Pues lo siento, tíos… —siguió Clara con el teatrillo—. Porque habéis elegido a la más cara. Metérsela a mi mejor chica os va a costar mil pavos… cada uno.
—¡Hostia puta! —exclamó el gordo—. Pues sí que tiene que ser de calidad esta guarra…
—¿Y no podrías hacernos una rebaja por volumen? —preguntó el calvo no muy convencido.
Clara lo repensó un segundo, era el momento de pescar en río revuelto. Había salido de fiesta para eso, tenía que lanzarse a la piscina a riesgo de que estuviera vacía.
—Lo siento, pero con ella no hay rebaja —espetó cruzándose de brazos—. Pero puedo haceros una buena oferta.
Los ejecutivos se miraron y asintieron.
—Podéis follarme a mí por solo quinientos cada uno… ¿Qué os parece? Un chollo, ¿no?
Los hombres eran de pensar lento, pero tras un paréntesis el calvo volvió a hablar.
—Por mí sí, con la calentura que llevo o me follo a alguien o me va a dar algo. —dijo mirando al gordo—. Pero yo no llevo tanta pasta. ¿Me puedes prestar?
—Yo tampoco llevo efectivo… —replicó el gordo.
—Acepto bizum —cortó Clara la discusión—. ¿Tampoco lleváis móvil?
Los ejecutivos se miraron con una sonrisa triunfal y sacaron los iPhone del bolsillo a la velocidad del rayo. Mientras tecleaban desesperados en sus pantallas, la novia reaccionó. Nadie la había hecho caso en los últimos cinco minutos y, en ese tiempo, se había levantado y se apoyaba en la pared para no derrumbarse.
—¿Y yo… que hago? —preguntó de repente.
—Tú súbete las bragas y sal afuera con tus amigas, yo te acompaño —le dijo Clara al oído—. Y, si quieres un consejo, mándalas a tomar por culo y vete a casa pronto, no sea que al final termines preñada antes de la boda.
Abrió la puerta Clara y se encontró a una de las del grupo de la despedida junto a los dos porretas.
—Toma, sujeta a tu amiga —le dijo con malos modos—. Y no la volváis a rifar, pedazo de subnormales. ¿Os habéis creído que es solo un trozo de carne?
—Yo… no… nosotras…
Clara no quiso escuchar. De un portazo cerró la puerta y revisó en su móvil que los pagos habían llegado. Luego, metiéndose los pulgares bajo la falda, se deshizo de las bragas y se acercó hacia los dos hombres que la miraban excitados y sonrientes.
*
Media hora más tarde, el gordo y el calvo abrieron la puerta del cubículo y salieron de él abrochándose los cinturones y riendo a carcajadas.
—Ahora, a presumir de follada… —dijo el gordo.
—Sí, pero de lo de pagar ni palabra— replicó el calvo.
—Ni mencionarlo, tío…
Paula escuchaba la conversación de los hombres al salir, mientras desde la puerta de los lavabos escrutaba el interior. Cuando el lugar se quedó vacío, entró a la carrera en el cubículo de donde habían salido los trajeados. Llevaba un buen rato buscando a su amiga Clara y solo le quedaba aquel lugar por investigar. El resto de los cubículos se veían desiertos y con las puertas abiertas. Si no estaba en el de los minusválidos, iba a desesperarse, porque su móvil llevaba «muerto» desde que desapareciera unos minutos antes.
El espectáculo que se encontró al entrar la dejó como una estatua de sal: Clara se hallaba sentada en el retrete. Las bragas le colgaban de uno de los tobillos. Las tetas le salían por entero fuera de la blusa. Y su amiga miraba el móvil super concentrada. Lo que no sabía Paula era que lo que miraba tan fijamente Clara en el iPhone era el estado de su cuenta bancaria. La sonrisa al repasarla era de total felicidad.
—¿Qué coños pasa aquí? —consiguió decir Paula tras un esfuerzo.
Clara levantó la cabeza y la estatua de sal ahora era ella.
—Hostia, Paula —replicó—. Esto no es lo que parece… Te lo puedo explicar…
*
Media hora más tarde las amigas tomaban té en la salita de estar de la casa de Paula. Habían decidido abandonar el alcohol por el resto de la noche, demasiada cantidad en las horas previas. El novio de la amiga de Clara había salido de marcha igualmente y aún no había vuelto.
—¿Vas a contarme ya lo que ha pasado o seguimos aquí hasta mañana? —susurró Paula por la hora que era.
—Paula, yo…
—Bueno, mejor no me cuentes lo que «ha pasado» —hablaba con malas pulgas—. Eso ya lo he visto con mis propios ojos: esos dos tipejos te han follado en los lavabos y tú les has cobrado por abrir las piernas. Mejor cuéntame cómo has llegado a esto.
—Joder, ¿cómo voy a explicártelo?
—Pues empezando por el principio, cielo —le espetó—. Me montas las que me montas porque me tiro a Ramiro y luego, vas tú, y te pones a follar con desconocidos por dinero.
—No es eso… —trató de que se calmara—. Lo que he hecho esta noche ha sido por ayudar a la pobre novia, a la que estaban a punto de violar esos dos idiotas. En realidad… —le costaba decir lo que iba a explicar, pero era hora de abrirse a alguien, y nadie mejor que su amiga Paula—. En realidad yo solo follo por dinero con «conocidos».
Paula se echó las manos a la boca y la miró con los ojos desorbitados.
—Entonces… ¿lo reconoces…? ¿Eres una puta?
—No, eso tampoco… —replicó acobardada—. O creo yo que no…
—Clara… —la tomó de las manos—. Desembucha de una vez… ¿qué coños estás haciendo?
Tras un sorbo de su taza de té, Clara comenzó su relato. Y le explicó a su amiga como había llegado a la situación actual. Su deseo de salir de la mediocridad. La ambición por disponer de dinero en abundancia y subir en la escala social. Su noviazgo con Carlos por interés. La herencia de tío Ramón que se había ido a la mierda. Cómo el patriarca de la familia los había engañado a todos con su supuesta fortuna, y en especial a las mujeres de la familia a las que se follaba a cambio de un futuro de riqueza. La primera vez que se dejó follar por dinero con unos tíos que conoció en la disco dónde también había estado ella. Su estrategia de follar con los compañeros de trabajo para no tener que «hacer la calle» con desconocidos. El haber alcanzado el resultado esperado al comprobar que sus «clientes» de la oficina no se iban de la lengua para evitar crearse sus propios problemas.
Paula creía que iba a desmayarse según su amiga avanzaba. Cuando al fin terminó, la secretaria estaba tan pálida que parecía transparente.
—¡Jo-der! —alcanzó a decir—. Yo solo me he follado a Ramiro y ya parece…
—Dos veces, querida… —le recordó Clara—. Y Ramiro no es cualquiera, sino el mayor hijo de puta de la empresa. Y nuestro enemigo, te lo recuerdo.
—Pues con la inquina que le tienes, y con razón… —musitó Paula casi sin fuerza—, casi que no te cuento la última.
—¿Qué…? —se sobresaltó Clara—. ¿Hay una última con Ramiro? ¿Por qué no me lo has dicho?
—Lo siento, Paula, sé que tenía que haberlo hecho, pero estoy tan cabreada conmigo misma, que me tiro de los pelos yo sola…
—A ver, cálmate y cuéntame que ha pasado —la instó Clara.
Paula dio un sorbo a su té y bajó la mirada.
—Me volvió a grabar… en el coche… Y esta vez con imagen, no solo sonido… —soltó de sopetón—. Y quiere volver a follarme a cambio del video…
—¡No… me… jodas…!
—Sí, el muy cabrón… Pero te juro que no sé cómo lo hizo. Yo no le vi colocar el móvil para grabar ni nada de eso. Imagino que sería esa cámara que lleva colgada del parabrisas, que dice que es para grabar la carretera y tener pruebas en caso de accidente.
Paula hablaba mirando al infinito.
—Menudo hijo de puta… —corroboró Clara.
—Pero eso no es lo peor…
No era fácil abrir más los ojos de lo que Clara ya los tenía, pero lo consiguió sin mucho esfuerzo.
—¿Qué…? ¿Hay algo peor…?
—Sí, hay algo peor…
—¡Joder, Paula, ve al grano…! —se quejó Clara—. ¿Qué coño es lo peor?
—Pues que me lo voy a follar sin remedio… —Paula cerró los ojos—. Cuando pienso en él me pongo tan cachonda que me muero porque me la meta… Joder, Clara… —comenzó a sollozar—. Dime que no estoy loca…
*
Clara abrazó a su amiga.
—No, no estás loca… —le dijo con cariño—. Lo tuyo es otra cosa.
—¿Otra cosa? —preguntó Paula extrañada.
—Sí… Lo tuyo es furor uterino…
Paula se echó hacia atrás y deshizo el abrazo.
—¿Me está llamando ninfómana?
—No jodas, Paula… —espetó Clara con malhumor—. Esa palabra es un insulto machirulo y patriarcal. Ahora se le llama uso de la «libertad sexual».
—¿Qué…?
Clara tomó aire y se explayó:
—Si, Paula… Lo que a ti te pasa es que estabas con tu novio y el sexo que tenías con él era «lo normal». Y tú tan feliz, no necesitabas más. Ahora, después de probar a otros hombres, tíos que follan mejor que tu chico, pues sientes la necesidad de repetir. Quieres sentirte bien follada, bien chupada… Quieres orgasmos de los que te vuelvan loca… Es algo normal, no estás enferma ni pirada ni nada de eso. Estás caliente… Como una mujer joven y sana.
—Joven, sana y… muy puta… ¿no?
—Que no, Paula, que no, que no lo pillas…
—Si tú lo dices… —replicó no muy convencida—. ¿Pero por qué me hablas de «hombres», en plural? Te recuerdo que yo solo he follado con Ramiro y no estoy para nada colgada de él. Me apetece su polla y nada más… A quien quiero es a mi novio, mi chico bonito… —hizo un puchero.
—Te hablo de «hombres», en plural, porque hay algo que yo sé y no porque tú me lo hayas contado.
—¿De qué hablas…?
—Pues de Rafa, bonita…
Paula se ruborizó hasta la raíz del cabello.
—Joder, Clara, lo siento… —volvió a los pucheros—. La cagué con él. ¿Qué te ha contado?
—La verdad, Paula, me ha contado la verdad. Que lo llevaste al almacén de la quinta y que intentaste tirártelo.
—Lo siento, cariño, lo siento tanto… —Paula se tiraba de los pelos—. Es que fue el día que Ramiro me enseñó el vídeo y me puse tan cachonda que me empapé las bragas. Luego me encontré a Rafa en la máquina del café y una cosa llevó a la otra…
En ese momento Clara comprendió las palabras de Rafa: «algo tuvo que pasarle y por ello se puso tan cachonda que quiso apagar sus ansias con el primero que se encontró». Lo que nunca hubiera imaginado era el origen de su calentura. «¿Ramiro? Vamos, no me jodas…», pensaba.
Sin embargo, no era momento de recriminaciones, aunque ya le valía…
—¿Lo ves? Es lo que yo te digo —replicó—. Tu furor uterino no se conforma con un solo hombre. Te habrías tirado a Rafa o a cualquier otro que pasara por allí…
—Uy, no… quita, quita… qué vergüenza. Si me atreví con Rafa es porque hay confianza…
—Hostias, Paula, que es un niño a tu lado. Si le sacas diez años…
—Bueno, vale, ya lo sé… Pero el chaval me pone a cien… Y todavía me gusta, aunque no aceptara follarme. Si tú me dejaras lo volvería a intentar. Estoy segura de que al final caería.
—¿Cómo que si yo te dejo? —Clara frunció el ceño—. ¿De qué coño hablas…?
—Pues de tu coño, querida… Es obvio que ese chico lo quieres solo para ti.
—¿Estás loca? —Clara hizo un desprecio con la mirada—. ¿Rafa? Anda ya… Rafa y yo somos amigos… Y no tan amigos, aunque lo parezca, lo que pasa es que lo han asignado a mi departamento y tenemos que trabajar juntos todo el tiempo.
—Venga, Clara, que ya somos mayorcitas… Que cuando hablas del chico te brillan las pupilas. Y tú no le sacas tantos años como yo, seguro que haríais una pareja estupenda.
Clara se quedó callada. ¿Tendría razón su amiga? No, qué va, menuda tontería. Ella había jurado no colgarse de nadie, y menos de un compañero de trabajo. Su relación con Carlos y su entorno social aún la convenían, a pesar de que su novio estuviera en la ruina y no fuera probable que saliera de ella a corto plazo.
—Por cierto, ahora que hablamos de Rafa… —aprovechó Clara para cambiar de tema—. Hace días me pidió una nueva quedada para hablar de Ramiro.
—No sé, me lo tengo que pensar. Que se entere de mi debilidad por ese cabronazo no me hace mucha gracia.
Unos minutos después, Paula declaró que estaba muerta de sueño y le pidió a su amiga que se quedara a dormir con ella.
—¿Qué dirá Rodrigo cuando vuelva? —se extrañó Clara.
—Bah, de Rodrigo no te preocupes… Cuando nos vea juntas se vendrá al sillón y aquí dormirá la cogorza estupendamente. ¿Te quedas entonces…?
Clara aceptó y, ya en la cama, aún estuvieron charlando un rato antes de apagar la lamparita de noche.
No habían pasado más de diez minutos desde que la habitación se quedara a oscuras, cuando Clara volvió a encender la luz.
—Paula…
—Dime…
—¿De verdad te apetecería acostarte con Ramiro y sacarle provecho al polvo de paso? Incluso todas las veces que te apetezca…
—No sé… supongo… —replicó somnolienta—. ¿Mi novio se enteraría?
—Ni de coña… Tu novio no tiene por qué saberlo, te lo prometo…
—Entonces vale… —suspiró—. ¿Tienes algún plan?
—Sí, tengo uno inmejorable… Ya te contaré… Ahora duerme.
El silencio se apoderó de la habitación y las dos se dejaron llevar por el sueño.
Continuará...
Este relato será publicado completamente en todorelatos.com, a razón de 1 o 2 capítulos por semana. También podréis leerlo de un tirón en Amazon los que queráis (GRATIS para los abonados a Kindle Unlimited). Feliz lectura!!!
...
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