La segunda vez que engañé a mi mujer
Carmen le abre la puerta sin una sola prenda de ropa. El morbo de estar en la cama de su marido, con la esposa en casa, enciende una pasión que no conoce límites ni pudor.
Hace ya casi un mes que no hablo con Sendra (para entender lo que estoy comentando, ver el relato de "Una lectora fan y yo nos encontramos"). Así que mientras deseo (espero) que volvamos a hablar algún día, voy a continuar con la historia que tuve con Carmen, que relaté en "La primera vez que engañe a mi mujer".
La cuestión es que después del encuentro que tuvimos en el coche, Carmen y yo teníamos muchas ganas de mas. Continuabamos escribiendonos, rememorando el momento pasado en el coche, buscando la oportunidad de repetirlo de alguna forma. Pero bien porque ella no podía por su familia, yo tampoco encontraba el momento, también por mi mujer o por el trabajo, que me obligaba a quedarme hasta horas intempestivas (quien iba a imaginarlo, lo que a otros les sirve como excusa, a mi me impedía continuar con el encuentro).
Entonces, llegó el día en el que las coincidencias nos permitieron tener una cita. El marido de Carmen se iba de viaje durante una semana, y yo lograba encontrar un hueco en mi apretada agenda. Así que encontrando el momento, quedamos en que podría ir a su casa el martes de la siguiente semana, si todo iba bien. Carmen vivía a la entrada de Valencia por la zona de los Anzuelos, cerca de donde habíamos tenido el encuentro del relato anterior, así que cuando llegó el día, y confirmando que teníamos via libre, me dirigí con el coche a su casa.
Estaba muy nervioso. Tanto que casi me doy un golpe con otro coche mientras buscaba aparcar. Mi mente estaba a mil, y los nervios me atacaban el estómago, haciendo que se me cerrase como un puño. Y tras dar dos vueltas por su barrio, por fin logré encontrar un sitio donde dejar el coche y acercarme andando a su casa. Si alguien ha vivido esta situación, sabrá lo lento que avanza el tiempo, y a la vez, lo rápido que transcurre. Yo quería estar follando, o jugando, o disfrutando de la piel de Carmen, y no estar caminando por la calle, buscando un sitio para aparcar o esquivando a otros coches. Si me hubieran dejado, habría frenado en su misma puerta, y hubiera subido corriendo las escaleras de dos en dos, y fue solo la pura fuerza de voluntad la que me llevó tranquilamente a su puerta, me hizo llamar al telefonillo, escuchar su voz donde me decía el piso, y entrar en el ascensor marcando el destino.
Una vez en su planta, con solo dos puertas, vi como una se abría un poco y me permitía pasar, sin nadie detrás que me recibiese. Entré, y noté como Carmen asomaba por detrás de la puerta, para evitar dejarse ver. Y entendí por qué, con los ojos abiertos como platos. Su cuerpo, totalmente desnudo, se encontraba ante mi.
Estaba preciosa. Durante el tiempo que no nos habíamos visto había ganado algo de peso, pero eso no la hacía menos deseable. Por si no lo has leído, te cuento como es su maravilloso cuerpo. Carmen mide alrededor de 1'70. El pelo, negro, le caía liso y brillante con media melena, que apartaba continuamente de sus ojos esquivos y su sonrisa pícara. A pesar de lo que habíamos hablado (o quizá precisamente por ello) la verguenza no le acababa de desaparecer, siendo acompañada del morbo de su piel desnuda. Sus, quizá, 85-90 kilo acompañaban un hermoso cuerpo voluptuoso, donde los pechos reposaban con sus grandes aureolas, son llegar a caer del todo sobre un vientre amplio, que dejaba ver unos muslos apeteciblemente mordisqueables, y los labios de un coño rasurado que daban ganas de abrir y lamer desesperadamente.
Cuando iba a dar un paso en su dirección para abrazarla, me puso la mano en el pecho, parándome. La otra mano empujó la puerta de la entrada, y al cerrarse, se arrodilló ante mi. Yo no esperaba nada. O, mejor dicho, de los nervios lo esperaba todo. Con las dos manos me desabrochó el pantalón y con calma me bajó la bragueta. Yo llevaba un boxer de los que la bragueta está sujeta por un botón, pero que si el botón no se encuentra pasado (y yo no suelo tener paciencia para pasarlo) la polla sale con total libertad. Y eso aprovechó Carmen para sacármela, y antes de llegar a tener la erección, notar como sus labios y su lengua la envuelven completamente. La saliva de su boca, la presión de los labios alrededor del tronco, que comenzaba a ponerse duro, la curiosidad de la lengua, que recorria los pliegues del glande, todo me llegó a la vez, y comencé a notar como me iba excitando mas y mas.
Cuando estás con una mujer, que te acaricien la polla erecta es maravilloso. Y entrar en ella, bien en su coño o en su boca, es en muchas ocasiones tocar el cielo de las sensaciones. Pero si hay algo que es incluso mejor, es notar como la polla crece en su boca, mientras juega con ella con sus labios. Notar como entras completamente, como la lengua la aprieta contra el paladar, como empieza a responder empujando en todas direcciones, mientras notas pequeños mordisquitos, o incluso la sensación de estar en su coño en lugar de en su boca, es completamente maravilloso.
Y así comenzó la tarde, con Carmen arrodillada delante de mi, haciendome una de las mejores mamadas que me han hecho nunca, sujetándomela con la mano, mientras con la otra me apretaba el culo para que no me separase de ella. Cuando la erección ya era completa, y tras recorrerla un par de veces con la lengua, se puso de pie.
Yo quería acariciarla, besarla, apretarla contra mi, notar su cuerpo, pero ella no me dejaba. Comenzó a desnudarme, mientras recorria mi piel con sus manos a medida que me iba quitando la ropa. Primero me quitó la camiseta, tirándola al suelo, y me chupó y mordió los pezones. Luego bajó al suelo de nuevo, tropezando su frente con mi polla, mientras acompañaba a los pantalones y los boxers hasta el suelo, para quitarmelos junto a las zapatillas de deporte y los calcetines.
Ya desnudo, se puso de pié junto a mi, y me abrazó. Notaba el calor de sus pechos apretados contra los mios, y como mi polla buscando un hueco, lo encontraba en el triángulo formado por su coño y los muslos. Nos besamos. No fue un beso suave, sino apasionado. Un beso de los que le llevaron de espaldas hasta la pared, donde presione para notar mi cuerpo mas cerca del suyo. Sus manos recorrían mi cuerpo, cogiendome de la cabeza para no separar el beso que estabamos disfrutando, mientras la otra mano me agarraba del glúteo, para no separar mi barriga de la suya ni mis manos de sus pechos, que magreaba maravillado por el deseo.
Poco a poco fuimos llegando al dormitorio. Ese dormitorio donde ella convivía y dormía con su marido. La cama estaba sin colcha, solo las sabanas bajeras, y con la almohada en la cabecera. El morbo de estar con esa mujer en su cama, mientras su marido estaba en Madrid, y mi mjuer estaba en casa, hacia que todo se volviese mas potente. Yendo de espaldas, ella tropezó con el borde de la cama y se sentó. Yo aproveché para agacharme, levantarle las piernas, y comenzar a lamerle el coño. Con un pequeño gesto, Carmen avanzó un poco en el colchón para no estar tan en el borde, lo que me permitió apoyarle los pies en el colchón abriendole hacia los lados las piernas. Los labios me llamaban, y mientras le chupaba lentamente el coño, absorviendo todos sus sabores, notaba sus manos en mi cabeza, impidiendome separarme de ella. La piel de alrededor de su coño, quizá rasurada hacía un día, se frotaba contra mis mejillas, mientras mi lengua saboreaba su interior, y mi rostro se mojaba con todos sus jugos.
Tras unos minutos, en los que no quería que el tiempo pasase, Carmen me cogió de la cabeza y me arrastró hacia ella. Me subí encima, sabiendo que mi cara era un reflejo de su coño. E hizo algo que me volvió loco. Empezó a lamerme sus jugos de mi rostro, a grandes lametazos. Ese gesto me puso a cien. Tras lamerme todo el rostro, me giré y le acerqué la polla a la boca. Y ella la atacó hambrienta, lo que me permitió volver a su coño, formando un sesenta y nueve ladeado que me permitió seguir lamiendole el coño y bañandome en sus jugos, mientras ella hacía lo mismo con mi polla y mis huevos. Y ambos, poco a poco, acabamos teniendo un orgamo a la vez. O, mejor dicho, Carmen empezó a tener espasmos y a apretar los muslos aprisionando mi cabeza entre sus piernas, lo que hizo que me pusiera todavía mas caliente y comenzase a correrme en su boca y en su rostro.
Los gemidos fueron remitiendo. Y a los pocos segundos, viendo el coño de Carmen a escasos centimetros de mi rostro, y sin haber descansado, comencé de nuevo a lamerlo. El clitoris se motraba duro pero tímido, lo que hacía que cada vez que lo notaba con mi lengua, ella reaccionase con un pequeño movimiento brusco de placer. Mi erección había desaparecido, pero no sus ganas de hacerla crecer. Noté como su lengua recorria toda mi polla, y sus suspiros y murmullos me daban a entender que me estaba limpiando cualquier rastro de semen que hubiera quedado.
Y yo... bueno, por curiosidad, yo había dejado de lamer, y estaba acariciando de arriba a abajo los labios menores con la yema de dos dedos, como queriendo encontrar un camino secreto, un grabado solo para mi. O quizá, para aprenderme su coño. Ella acabó de limpiarme con su boca y se tumbó bocarriba, girándose solo un poco, lo que me dió algo mas de libertad y abrío sus labios permitiendome más libertad de acción. Así que, no viendo impedimento por su parte, seguí acariciando los labios menores, de arriba abajo. Recorriéndolos suavemente, notando sus suspiros y su tremenda humedad. El olor de su coño me flipaba, haciendo que me llevase los dedos a la boca y a la nariz cada pocas caricias, para lamerlos y oler su aroma.
Abrió un poco mas las piernas, dándome mas acceso. Y empecé no solo a recorrer sus labios, sino a entrar en su interior. Primero un dedo, para notar como se abría una maravillosa parte de su cuerpo que quería explorar. Luego, dos dedos, lo que me permitía llegar a su coño por dentro, notando como aparecían los suspiros. Alternaba la mirada entre su coño con mi mano en su interior y el rostro con una sonrisa de placer y su mirada, esta vez ya abandonada toda verguenza, mirándome con deseo. Entraron tres dedos, y ella comenzó a apretarse un pecho mientras la otra mano agarraba mi polla para acariciarla, mientras los gemidos comenzaban a aparecer, y sus ojos se cerraban cada cierto tiempo en respuesta a un placer interno que le llegaba de mis caricias. Cuatro dedos, solo quedando el pulgar fuera. Mi sorpresa era inmensa. La mano de su pecho comenzó a acariciar su clitoris, y mi polla volvía a estar completamente en forma.
Yo ya no acariciaba, sino que directamente realizaba el movimiento de follar con los cuatro dedos. Ella siguió frotándose el clítoris, y comenzó a gemir en voz alta, con sonidos en ocasiones guturales. Yo estaba disfrutando, pero mas por la situación que por el sexo en si, con los ojos muy abiertos, mientras ella, con una mano se frotaba el coño, con la otra los pechos, y mi mano la penetraba una y otra vez. Y tuvo su segundo orgasmo, donde el gemido llegó del fondo de su garganta, y su coño empezó a chorrear abundantemente.
Podía haber parado, pero no se que pasó. No se si fue su gemido gutural, sus espasmos, o todo el flujo de su coño. Solo se que me incorporé, y entré en ella con mi polla. Estaba a cien, cuando ella abrió las piernas separando completamente sus muslos, me cogio de ambos gluteos y presionó mi cintura hacia su coño. Entré en su interior y comencé a follármela empujando con brazos y piernas, moviendo mi cadera para que mi pubis frotase su clitoris, mientras ella seguía gritando "SII SIII OH SIIII NO PARES SIII SIGUE SIGUE" para volverse de nuevo ronca y cerrar los ojos. Así estuvimos unos minutos, alternando entre los gritos y los gemidos, mientras yo notaba como su flujo resbalaba desde mi polla por mis piernas.
Carmen ya estaba mas calmada de su orgasmo, pero sus ojos no dejaban de mirarme a los mios, y sus labios me decían en voz baja "correteeee correteeee" sin dejar de observarme. Yo entraba y salia de su interior, notando su coño alrededor de mi polla, notando como mis huevos golpeaban su ano, notando mi pubis y el suyo se frotaban gracias al vello. Y comencé a notar que el orgasmo venía. Ahora fui yo el que aumentaba mis movimientos, notaba la fricción con mas intensidad. Y el calor de mi interior explotó. Salí de su interior, y casi sin cogerme la polla, a pesar de haberme corrido, comencé a expulsar el semen desde su coño, donde estaba la punta de mi capullo, hasta sus pechos, su boca e incluso el cabecero de la cama. Dos, tres, cuatro chorretones de semen acabaron manchándolo todo.
Carmen rió de felicidad. Suspiramos. Con picardía, recogió con los dedos el semen de su pecho y de su rostro, y se lo llevó a la boca. Yo me tumbé a su lado y nos besamos. Recuerdo que hacía muchísimo calor tras el esfuerzo. Y estuvimos hablando en la cama durante un buen rato. Y tras ese momento, nos fuimos a la ducha. Es verdad que en la ducha podríamos haber follado de nuevo, pero realmente no lo hicimos. Solo nos lavamos el uno al otro, con agua y jabón, recorriendo nuestros cuerpos mientras el sudor se iba por el desague. Nos vestimos. Y nos asegurarmos de querer repetir esto otro día.
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