Xtories

Hospital Comarcal (6)

Clara creía tener el control, pero esa noche el residente decidió que no. La empujó contra la encimera, le marcó la piel y le exigió sumisión a gritos. No fue amor, fue una guerra de egos donde solo uno podía quedar de pie.

Ricardo Lomas20K vistas9.4· 18 votos

29

Me desperté con la luz colándose tímida por las rendijas de la persiana. La casa estaba en silencio, salvo por algún coche que rompía la calma de la calle. Me incorporé poco a poco, y entonces la vi. Dormía de lado, en el sofá cama que compartimos anoche entre bromas y empujones. Estaba destapada, el edredón medio resbalado hasta la cadera, dejando a la vista su espalda y parte de las piernas. Llevaba una camiseta gris clarita, suave y algo caída por un hombro, que dejaba asomar una tira fina de encaje negro. Debajo, un short de tela ligera, apenas un suspiro sobre sus muslos. Nada escandaloso. Pero era imposible no mirarla.

Había algo en su manera de dormir, indefensa, con la boca entreabierta y el pelo enredado sobre la almohada, que te dejaba sin aire por un segundo. Y no era solo el físico. Era la tranquilidad que desprendía, como si por fin pudiera dejarse caer del todo. Me obligué a apartar la vista. No quería que esto seguir con esa línea de pensamiento. Me levanté despacio, estirándome, y fui hacia la cocina para preparar café.

Abrí la ventana un poco para ventilar y puse la cafetera en marcha, moviéndome con cuidado para no hacer ruido. Mientras el agua empezaba a hervir, volví a pensar en lo de anoche. En su risa, en su consejos, en la manera tan tierna de mirarme.

Apoyado contra la encimera, esperé a que el café empezara a burbujear.

Volví al salón con las dos tazas. Ella seguía dormida, envuelta entre la sábana y su propio calor. Me senté al borde del sofá cama y le rocé el brazo suavemente.

—Virginia —murmuré, con voz baja.

Se removió un poco, con una queja perezosa, pero no abrió los ojos.

—Venga dormilona. Tenemos que ir al hospital. Y te he hecho café. De los buenos.

Eso la despertó. Parpadeó y, al ver la taza en mi mano, sonrió medio dormida.

—Eres un santo —susurró.

Se incorporó lentamente, dejando que la camiseta se deslizara un poco más por su hombro. Tuve que mirar hacia otro lado. Bebió un sorbo, cerrando los ojos. Y entonces me salió sin pensarlo.

—Voy a ir —dije, sin más.

Ella me miró, aún medio entre sueños.

—¿A dónde?

—A lo de Clara. Esta noche. Pero esta vez no voy a dejar que me maneje.

Virginia me miró un segundo largo. Y luego, sin decir nada, se acercó y me abrazó. Así, sin más.

Un abrazo lento, con las manos calientes todavía por el café y el cuerpo medio dormido. Yo no sabía bien qué hacer con las manos. Así que la rodeé con cuidado, como si tuviera miedo de que se rompiese el momento.

—Me alegro —me dijo al oído—. Pero acuérdate: juega tú también.

Asentí contra su hombro. Nos quedamos así unos segundos. Sin palabras. Solo el ruido del tráfico creciendo poco a poco y nuestras respiraciones, sincronizadas como si el mundo fuera eso: una pausa compartida antes del turno.

Después empezamos a movernos con la parsimonia de quienes saben que tienen turno, pero aún no están del todo despiertos. Virginia fue la primera en levantarse del todo. Se recogió el pelo con una coleta alta improvisada mientras caminaba descalza hacia su mochila. Se agachó a buscar algo de ropa entre sus cosas y yo, sin querer —o queriendo, no sé—, me quedé mirándola. Había algo hipnótico en su forma de moverse. Sin artificios. Sin buscar llamar la atención. Simplemente era ella, con esa energía despreocupada que me hacía sentir en casa.

Eligió unos vaqueros oscuros y una camiseta blanca metida por dentro que, combinada con unas zapatillas deportivas y una chaquetita vaquera que sacó doblada de la mochila, la hacían ver como salida de una película francesa.

—Voy al baño —me dijo, y desapareció tras la puerta.

Mientras ella se duchaba, yo fui preparando mi ropa. La escuchaba canturrear bajito desde dentro, el vapor saliendo poco a poco por la rendija de la puerta. Y por un momento, me pareció que esa escena… ese ruido cotidiano, ese ritmo tranquilo… era exactamente lo que me gustaría tener cada mañana.

Cuando salió, con el pelo mojado peinado hacia un lado, la cara limpia y ese conjuntito que le sentaba como un guante, tuve que contener un comentario estúpido. Algo como: “Estás guapísima”. Pero me lo guardé. No por falta de ganas. Sino por respeto al momento.

—¿Te duchas tú o vas a ir al hospital oliendo a choto? —bromeó, secándose las puntas del pelo con la toalla.

—Voy. Aunque oler a ti no me molestaría —solté sin pensar.

Ella me miró con media sonrisa, como si le gustara el comentario pero no fuera a regalarme una respuesta directa. Solo se encogió de hombros y se fue a terminar de prepararse. Yo entré al baño intentando no pensar demasiado en lo que acababa de decir.

30

Cuando salimos del piso, caminamos juntos hacia el hospital. Había algo bonito en la escena: dos personas que apenas se conocen caminando al mismo ritmo, compartiendo una ciudad que aún estaba despertando.

—¿Tú has hablado más con Sara estos días? —le pregunté al cruzar una calle tranquila.

Asintió, metiendo las manos en los bolsillos.

—Sí. Está bastante animada últimamente, aunque intenta disimularlo. Tiene ese punto de orgullo adolescente, ya sabes. Pero se le nota que está ilusionada con el chico ese… se llama Marc, creo.

—¿El de trauma?

—Exacto. Coincidieron en rehabilitación. Y desde entonces, cuando él aparece por planta, los ojos se le van. Y viceversa, ¿eh? Él pregunta por ella más de lo que debería para estar “solo en observación”.

Solté una pequeña carcajada.

—Ay, la magia del pasillo compartido.

—Me puse seria un segundo—. ¿Y los padres de Sara?

—Su madre no quiere que se le acerque nadie. Tiene miedo de que algo la altere emocionalmente, que se “despiste” de su recuperación. Pero joder… tiene 17 años. ¿De verdad vamos a hacer como si no pudiera tener una historia bonita mientras está aquí?

Me quedé en silencio un segundo. Julio hablaba con esa mezcla suya de ternura y lucidez que siempre me desmonta.

—Pues no —dije al fin—. No vamos a hacer como si no pasara. Vamos a ayudarla. Con cuidado, con respeto, pero vamos a ayudarla.

Lo miré, sonriendo de lado.

—Y, además, estoy segura de que Marc también está esperando una señal.

—Sí. Y Sara no es tonta —añadió él—. Solo le falta un pequeño empujón para acercarse un poquito.

—Un plan. —dije.

—Un buen plan —confirmó.

Nos miramos, caminando ya por la calle que rodeaba el hospital. Más que compañeros parecíamos cómplices.

—Esta tarde montamos el operativo —dije—. Vamos a conseguir que esos dos se vean fuera de la habitación. Una charlita. Una merienda. Lo que sea. Pero que vuelvan a ser adolescentes por un rato.

Julio asintió con una media sonrisa que ya empezaba a reconocer como su forma de decir “gracias por estar aquí”. Y yo, sin decirlo, pensé: Qué fácil es querer que a este chico le vaya bien.

Entramos juntos por la puerta lateral del hospital, esa que chirría y que nadie repara porque “no es prioritario”. Nos separamos un momento en el vestuario, nos cambiamos, y cuando nos reencontramos en el control de planta, ya éramos de nuevo dos residentes con cara de no haber dormido muy bien.

Y ahí estaba Esther. Con su moño más apretado que nunca y su carpeta como escudo.

—Buenos días —dijo sin mirarnos, pero su voz ya era un recordatorio de que aquí se viene a sufrir.

Yo asentí. Julio igual. Pero noté cómo, al verme, su mirada se detuvo medio segundo. Como si no esperara que me hubiera levantado tan temprano. O tan guapa, yo qué sé.

El turno empezó fuerte: pacientes demandantes, una caída tonta que casi termina en código azul, y un par de tensiones entre auxiliares que terminaron con algunos comentarios venenosos en la sala de curas.

En mitad de esa locura, apareció Clara. La vi entrar por el pasillo como si fuera una escena a cámara lenta. Pelo suelto, bata entallada, y una forma de caminar que a más de un paciente le hacía dirgir la atención a lugares poco adecuados. Y Julio... Julio la vio también. Sus ojos la siguieron sin disimulo, y aunque intentó mantenerse en lo profesional, lo vi tragar saliva con más fuerza de la necesaria.

—Buenos días —soltó Clara al pasar por nuestro lado, mirándolo solo a él.

—Buenos —respondió él, seco pero con una voz que no acababa de sonar indiferente.

Ella se giró de medio lado y le sonrió como quien lanza una bomba de humo. Yo, mientras tanto, intentaba no rodar los ojos con demasiado entusiasmo. Seguimos con la mañana. En un momento, Julio y yo coincidimos en la sala de medicación.

—¿Todo bien? —le pregunté, sabiendo perfectamente que no.

—Sí —dijo. Y después de una pausa, añadió—: Clara está… Clara.

No dije nada. Solo lo miré con una ceja arqueada.

—No me mires así —se defendió—. No he hecho nada.

—¿Todavía? —le solté.

Sonrió, resignado. Y cambiamos de tema. Tenía que ser así. Si no, no íbamos a sobrevivir al turno. A mitad de mañana, me encontré con Sara en el pasillo. Iba sola, con su carpeta de ejercicios de fisio y los auriculares colgando al cuello.

—¿Cómo vas, artista? —le pregunté, acercándome.

—Bien… —dijo, con una sonrisilla evasiva—. Me han dicho que Marc está en rayos. Por una revisión.

—Mmm, qué casualidad —dije—. Y tú paseando justo por aquí.

Ella se rio, un poco ruborizada.

—No sé si me va a decir algo alguna vez. Es tan… callado.

—¿Y tú? ¿Vas a decirle algo tú?

—Ni loca.

La miré, divertida.

—Bueno, entonces tendremos que inventarnos algo.

—¿Nosotros?

—Claro. Yo tengo contactos —le guiñé un ojo—. Y tú solo tienes que confiar.

Sara me miró con una mezcla de escepticismo y esperanza.

—¿En serio harías eso?

—En serio. Pero vas a tener que seguir mis instrucciones al pie de la letra.

Se rio otra vez. Una risa sincera que no se ve mucho en la planta.

—Hecho.

Nos despedimos con un choque de puños improvisado. Volví al control y vi a Julio escribiendo en la hoja de seguimiento, la frente arrugada, los labios fruncidos. Me acerqué por detrás y le susurré:

—Primera fase del plan en marcha.

Se giró, me miró y sonrió.

—Esto va a ser divertido.

31

Cuando salí del hospital por la tarde, tenía la cabeza llena. No por las urgencias ni por la planta saturada. Sino por todo lo demás. Por Virginia, por Clara, por mí. Habían sido días intensos. Virginia se había quedado en casa y, joder, qué fácil era convivir con ella. Tan fácil que daba miedo. Esa mañana, antes de salir, le dejé una copia de las llaves.

—Para que no sigas en ese hostal de mierda —le dije, medio en broma.

—Gracias —me contestó, sonriendo—. La semana que viene ya lo tengo todo resuelto. Prometo no robarte las plantas.

Y ahí estaba, en mi casa, mientras yo caminaba por la ciudad en dirección a otro lugar. A otra casa. La de Clara. Sabía lo que hacía, que no era la mejor idea. Pero también sabía que necesitaba ver hasta dónde podía llegar todo esto. Me había prometido no dejarme manejar, no ser un objetivo tan fácil. Y sin embargo, ahí estaba, subiendo por las escaleras en lugar de esperar el ascensor. Para tener un minuto más. Con Clara siempre me podía el ansia.

Cuando Clara abrió la puerta, llevaba una camiseta vieja de Nirvana y unas braguitas negras. Nada más. Ni maquillaje, ni intención de esconder nada. Su forma de mirarme ya era una declaración.

—Has venido —dijo, apoyándose en el marco.

—Sí —respondí, con una voz que no supe si era mía.

Se hizo a un lado para dejarme pasar. Ni besos, ni saludos innecesarios, solo un silencio espeso que dejaba que el aire se llenase de tensión.

Su piso olía a vainilla y a la colonia que conocía perfectamente de sus acercamientos en la planta del hospital. Me senté en el sofá mientras ella caminaba hasta la cocina abierta. Cogió dos vasos, llenó uno de agua para ella. Nada para mí, dejando claras sus intenciones. Ella no ofrecía. Ella disponía.

—¿Sigues con la niñita esa en casa? —preguntó, sin mirarme.

—Virginia —aclaré—. Solo le dejé un sitio donde dormir.

—Claro —respondió, bebiendo un sorbo con una media sonrisa.

La vi moverse por la cocina con esa seguridad que me volvía loco. Esa mezcla de desdén y deseo que nunca sabía cómo manejar. Me levanté sin pensarlo. Fui hacia ella.

—¿Para qué me has llamado, Clara?

Me miró de frente por primera vez. Sus ojos eran una trampa perfecta.

—Para esto —susurró, dejando el vaso en la encimera.

Y entonces me besó. Sin ternura, me devoraba la boca sin compasión, como si fuese otra más de sus pertenencias. Para mí era más un castigo que una bendición. Así que la cogí de la cintura y la empujé contra la encimera. Ella se rio entre dientes, como si lo hubiera planeado. Me quité la camiseta mientras me acercaba y pegaba mi cintura a su cuerpo. Su camiseta cayó al suelo segundos después. No llevaba sujetador, por lo que podía disfrutar de esa espalda, ese cuerpo que recordaba tan bien.

Clara se giró con total calma, como si lo tuviera ensayado. Apoyó las manos en la encimera con los brazos estirados, y arqueó la espalda, ofreciéndose. Lo hizo sin mirarme, dando por hecho que me tenía en su red. En la cocina solo se escuchaban nuestras respiraciones, el zumbido lejano del frigorífico, y el ritmo creciente de mi pulso. Mi polla ya estaba completamente dura, tirando del bóxer, y esa imagen suya —el cuello girado, el pelo cayéndole sobre un hombro, la espalda desnuda con la columna marcada— rompía toda la voluntad que me pudiese quedar.

Me quité el pantalón sin dejar de mirarla. Ella no se movió. Solo apretó un poco más las caderas contra el borde, marcando la curva de su culo como si me estuviera retando.

—¿Te vas a quedar ahí parado, novato? —escupió, sin perder ese tono burlón.

Me acerqué despacio y la tomé por la cintura, deslizando las manos desde su vientre hasta la cadera, marcando territorio. Apreté su culo con fuerza, intentando recuperar algo de control.

—¿Crees que sigues mandando, Clara?

—Mmm… —se rio apenas—. Obvio que sí.

Acaricié su culo desnudo, despacio. Lo tenía firme, redondo, un culo que suplicaba ser azotado. Y eso hice.

PLAAAS

Ella gimió, pero no se quejó. Al contrario, empujó hacia mí, buscando más.

—Parece que la zorrita quiere que la pongan en su sitio —le dije, rozando su oreja con los labios.

—Me pone que lo intentes —susurró, ladeando apenas su rostro.

Le di otra nalgada, esta vez con la otra mano. Marcada. Tenía las dos nalgas enrojecidas y brillantes. La sensación de tenerla así, expuesta y empujando hacia mí, me llenaba de una rabia que me subía por la garganta. Deslicé la punta de mi polla entre sus nalgas, frotando lento, sin entrar. Estaba mojada. Mucho. La humedad se notaba incluso al contacto superficial.

—¿Vas a follarme de una vez o solo vas a restregarme la polla? —provocó, con la voz más ronca de lo normal.

Sin responder, la agarré de los muslos y la abrí apenas lo justo. Me coloqué detrás de ella y empujé. Entré de una sola vez. Todo. Hasta el fondo. Los dos gemimos. Ella por el golpe. Yo por la sensación. Su vagina apretaba como siempre: caliente, estrecha, húmeda. Era un infierno perfecto. Me detuve un segundo para disfrutar del calor de su coño. Ella se removió.

—¿Qué pasa? ¿Vas a ponerte a llorar?

Volví a empujar, esta vez más fuerte. La encimera se sacudió ligeramente. El vaso que había dejado antes vibró.

—No. Voy a enseñarte que no tienes el control.

—Eso dices siempre… —rio, pero su voz ya no sonaba tan firme.

Me aferré a sus caderas y empecé a embestir con un ritmo creciente, sin pausa. Cada golpe sonaba, profundo, húmedo, crudo. Ella se agarró al borde con fuerza, los nudillos blancos. Pero no se rendía. A cada embestida, se arqueaba más, me ofrecía más.

—Joder, Clara… —gemí—. Joder.

—¿Qué pasa? —jadeó—. ¿Vas a correrte ya, o vas a aguantar como un hombre?

La cogí del pelo, tiré de su melena hacia atrás, forzándola a incorporarse un poco. Su espalda sudada chocó contra mi pecho.

—Voy a hacerte rogar —le susurré en la oreja—. Como la puta que eres.

Ella gimió. Un gemido gutural que solo le he oído a ella, como si, por un momento, se hubiese rendido ante mí. La giré de golpe, haciéndola sentarse sobre la encimera. Me la quedé mirando un segundo. Las mejillas rojas, el pelo pegado a la cara, los pezones endurecidos. Su coño brillando en medio de sus piernas, completamente abierto para mí. Me incliné y le lamí los pezones, alternando lengua y mordiscos suaves. Ella se retorció.

—Ahhh, ahhhhhh, no me hagas gritar, jodido cabrón.

—Grita putita, que todos sepan lo que eres.

La tomé por debajo de las rodillas y la alcé con un movimiento firme. La penetré de nuevo, esta vez de frente, con su cuerpo encajando perfectamente entre mis brazos. Sus piernas se aferraron a mi cintura, como si intentara evitar que me saliese de ella. La encimera crugió levemente bajo nuestro peso, las bisagras sonaron como si protestaran por el uso indebido. El vaso resbaló del borde y estalló contra el suelo en una sinfonía de cristal roto. Nos reímos, ahogados en jadeos y sudor, sin dejar de movernos.

Ella se inclinó hacia mí y me mordió el cuello con hambre, con desesperación.

—Fóllame, cerdo, córrete dentro de mí —susurró, su voz ronca, temblando.

Me aferré a sus caderas y embestí con una cadencia creciente, profunda, casi violenta. Cada vez que me deslizaba dentro de ella, su aliento se rompía un poco más, hasta convertirse en una mezcla de gemidos ahogados y respiraciones arrítmicas. Sus uñas me arañaron la espalda, y su boca repetía mi nombre, a veces como una súplica, otras como un insulto. Cuando dijo que se corría, su cuerpo se tensó como un arco y luego se deshizo entre espasmos, gritándome con rabia y deseo. Cuando ya no pudo más, con la voz entrecortada por el cansancio, me susurró que quería que me corriera dentro.

Pero yo le dije que no, que esta vez tenía que ganárselo, y me salí de ella. Entonces bajó la mirada con una sonrisa pícara, me cogió la polla aún dura y palpitante, y se la llevó a la boca. Su lengua empezó a recorrerla con lentitud, desde la base hasta el glande, como si la estuviera saboreando. Se detuvo en la punta, jugando con el capullo, girando la lengua en círculos mientras me miraba a los ojos. Era una jodida experta.

Luego bajó más, chupándome los huevos con una delicadeza sucia, mientras su mano no dejaba de masturbarme con ritmo firme. Y como si pudiera leerme la mente, deslizó un dedo entre mis nalgas, acariciándome el culo con la misma destreza con la que usaba la boca.

Gemí. No pude evitarlo. Ese toque, preciso, justo donde me enciende. Me encanta que me acaricien ahí mientras me la chupan, y ella lo supo. O lo intuyó. Siguió chupándomela con entrega, profunda y rítmica, mientras su dedo jugaba a abrirme, lento, suave, lleno de intención. Y yo ya no aguanté más. El placer me envolvió como una ola caliente y me corrí, con fuerza, sobre mi vientre, jadeando su nombre mientras ella sonreía con los labios aún húmedos de mí.

Quedamos inmóviles, pegados el uno al otro, como si el movimiento siguiente pudiera romper algo más que el momento. Sudábamos. Temblábamos. Mi rostro descansaba en su cuello, donde aún latía el pulso acelerado de la pasión. Ella se rio, pero fue una risa baja, contenida, extraña. Una de esas risas que no sabes si esconden placer o desprecio, o ambas cosas.

Me retiré despacio, sintiendo cómo salía de su cuerpo. Ella descendió de la encimera con dificultad, las piernas todavía temblorosas. Sin decir una palabra, se dirigió al baño. Su silueta desapareció tras la puerta.

Yo me quedé allí, en la cocina, con la polla flácida y pegajosa, el corazón golpeándome el pecho como si acabara de correr diez kilómetros. Miré los restos de la escena: el vaso roto, la encimera húmeda, el aire cargado de sexo. Y no pude evitar sentirlo, otra vez: habíamos follado como si fuera el fin del mundo… pero, por algún motivo, yo sabía que había vuelto a perder.

Mientras escuchaba la ducha decidí que era el momento de tomar el control. Todavía manchado de mi propia corrida y con la polla flácida me dirigí con decisión hasta la ducha. Abrí la puerta con cautela no quería que se diese cuenta de que había entrado.

Entonces la vi detrás de la mampara de cristal, de espaldas a mí, su cabello rubio y mojado caía por la espalda. Su culo redondo y duro me volvió a empalmar casi al instante y, entonces, me dirigí con decisión hacia la ducha con mi arma apuntando hacia su objetivo. Con cautela me metí y la agarré del cuello tapándole la boca, ella se estremeció, pero no dijo nada, simplemente se dejó hacer. Apoyé mi miembro contra sus nalgas y empecé a besarla por el cuello mientras me restregaba en ella.

—Eres una zorra, Clara. Su mirada me desafió por un segundo, pero el rubor en sus mejillas la traicionaba. Le encantaba que la llamara así.

—No sé lo que crees que soy, pero hoy vas a aprender lo que es que te follen de verdad. Su voz era baja, cargada de deseo, como si estuviera rindiéndose a lo inevitable.

Ella solo gemía y acompañaba mis movimientos. Sus uñas se clavaban en mis hombros mientras sus caderas buscaban las mías. Podía notar su humedad en mis huevos, empapándome, reclamando más.

—¿Quieres polla? Le agarré del cuello con suavidad, manteniendo el control, sin apretar demasiado, solo lo justo para que supiera quién mandaba.

—Mmm. Su cuerpo temblaba bajo el mío.

—Dime, ¿quieres polla? Me detuve un instante, rozándola apenas con la punta, negándole lo que más deseaba.

—Sí —susurrando. El sonido fue apenas audible, pero me hizo hervir por dentro.

—Pídemelo, putita. Le sujeté el pelo con fuerza, inclinando su rostro hacia mí.

—Mmmmm. Se mordió el labio, los ojos cerrados, disfrutando de la humillación.

—Que me lo pidas —y le di un fuerte azote. El golpe resonó en la habitación, dejando la piel enrojecida. Ella gimió con un estremecimiento que le recorrió todo el cuerpo.

Yo estaba que me subía por las paredes, con las venas latiendo en el cuello, deseando reventarla. Pero esta vez quería demostrar que tenía el poder sobre ella. Mi polla palpitaba, dura, contenida, marcando el ritmo de su rendición. Le di otro azote, más contundente, y ella sacó un grito orgásmico. A Clara le ponía que fuese duro con ella. Lo sabía, lo sentía en la forma en que se abría para mí.

Entonces le dije:

—Chúpamela.

La solté, y ella se arrodilló con rapidez, como si lo hubiera estado esperando desde el primer momento. Sus ojos brillaban con una mezcla de deseo, sumisión y ansiedad. Sin perder el tiempo, deslicé mi polla directamente en su boca; ella, obediente, la abrió con gusto y recibió una embestida que la hizo atragantarse al instante.

No tenía intención de detenerme. Sujetándola de la cabeza, comencé a follarle la boca con una cadencia frenética, cada vez más profunda, forzando mi carne hasta el fondo de esa boquita caliente. Su garganta vibraba contra mí, sus jadeos entrecortados convertidos en gemidos asfixiados.

—Esto es lo que querías, zorra.

Le agarré la cabeza con fuerza y se la metí hasta el fondo. Gemía entre arcadas, con la cara llena de baba y los ojos rojos. Le encantaba.

—Conmigo no vas a jugar más. Te voy a dar polla hasta que entiendas quién manda.

No paré ni un segundo. Le follaba la boca con rabia, marcando cada palabra con una embestida. Ella lloraba, pero no se apartaba. Sus lágrimas bajaban por sus mejillas, mezclándose con la saliva que le resbalaba por el mentón, mientras yo seguía bombeando con fuerza, chocando una y otra vez contra su rostro. Sus manos se apoyaban en mis muslos, temblorosas, sin intentar detenerme. Su entrega era total.

Sentí el orgasmo acercarse, gemí con los dientes apretados, la saqué bruscamente y descargué una corrida espesa sobre su cara. No fue tan abundante como la anterior, pero esta vez la dirigí con precisión, marcando sus ojitos azules, empapándola con intención. Cuando terminé, Clara seguía de rodillas, jadeando por la nariz, con la boca entreabierta y los labios hinchados y brillantes de saliva. El semen le chorreaba por una mejilla, caliente, pegajoso, mientras otra línea le cruzaba el párpado y se deslizaba hacia la comisura del ojo. Tenía los ojos rojos por las arcadas y las lágrimas, pero en su expresión no había dolor: solo una mezcla obscena de rendición, y placer. Su lengua asomó, lenta, recogiendo lo que podía, mientras me miraba desde abajo, sucia y satisfecha. Ella parpadeó bajo la lluvia caliente, jadeante, con la respiración agitada. La miré fijamente, con la polla aún latiendo, y le dije con voz baja:

—Límpialo.

Sin rechistar, se inclinó hacia adelante y lamió cada gota con su lengua, lenta y obedientemente, como una buena perra entrenada. Cuando terminó, quedó agachada, inmóvil, con la piel perlada de sudor y restos de agua aún cayendo por su espalda. La dejé ahí agachada con el agua todavía cayendo por su espalda, me vesti y me fui de su casa. Por fin había entendido cómo comportarme con Clara. Esto es lo que le ponía quería que la tratase como una zorra y eso es lo que le iba a dar.

32

Julio se había ido a follar con Clarita. Así, tal cual. Se lo había dicho con esa media sonrisa suya, como si no fuera la gran cosa. Y yo, sentada en su sofá, con las piernas cruzadas y la cabeza dando vueltas, no podía evitar imaginar qué estarían haciendo en ese momento. ¿Cómo sería Julio en la cama? ¿Dulce? ¿Bruto? ¿Atento? ¿Callado y metódico o de esos que gemían sin vergüenza?

Me reí sola. Menudo panorama. Me levanté y abrí la nevera. Había una botella de vino blanco medio empezada. Frío, por suerte. Me serví una copa y me senté en el alféizar de la ventana, la vista dando al edificio de enfrente, donde no pasaba nada.

—A tu salud, campeón —murmuré, alzando la copa.

Después de todo, hoy había triunfado. Aunque conociendo a Clara, igual el pobre Julio solo conseguía liarse más. Ella era de las que te levantaban la falda y luego te dejaban con el corazón roto. Y Julio… bueno, Julio parece de los que se dejan llevar, pero luego piensan demasiado.

Yo igual también debería buscarme algún rollete en Cartagena. Ya me había cansado de esperar. A veces parece que todo el mundo está follando menos yo. Tenía ganas. Ganas de verdad. No de algo épico, no de alguien perfecto. Solo piel, calor, una lengua curiosa y unas manos decididas.

Entonces me acordé de Inés. Saqué el móvil y la llamé sin pensarlo. Tardó dos tonos en responder.

—¿Qué pasa, zorra? ¿Qué tal por Cartagena?

—Pues muy bien, tía. En el hospital va todo guachi y me he hecho amiga de un enfermero residente que está cañón. Estoy en su casa ahora mismo.

—Pero serás zorrón… ¿Ya te lo has tirado? ¿No decías que querías algo serio? Que no más gilipollas…

—Julio no es gilipollas, todo lo contrario. Y no, no me lo he tirado. De hecho, estoy en su casa sola mientras él se está tirando a la enfermera buenorra. Clara se llama. La verdad, se lo está montando mejor que yo este chico. JAJAJA

—Tíaaa, pero ¡qué fuerte! ¿Qué me cuentas? ¿Entonces solo es tu amigo? ¡¿Ni un piquito ni nada?!

—Nada, tía. En serio. Me cae de puta madre, pero no quiero líos en el curro. Eso sí, tengo ganas de conocer la noche cartaginesa.

—JAJAJA, pues ¿a qué esperas?

—No tengo con quién salir. Igual lío a Julio para eso.

—Como si te hiciese falta compañía para ligar JAJAJA

—No, tía. Pero no me gusta salir sola de caza. Es menos divertido. Además, creo que este chico da bastante juego.

—Bueno, zorra. Te dejo, que he quedado. Yo sí que me voy a dar una alegría.

—Pues que te cunda, puta. Ya me contarás. ¡Un besito!

—Un besito, amor.

Colgué y me quedé con el móvil en la mano, mirando a la nada. Una sensación rara se me instaló en el pecho. La echaba de menos. A ella. A Aitana. A Mario. A esa versión de mí que existía con ellos, en la seguridad de lo cotidiano, de los planes improvisados y las borracheras con confidencias.

Pero al mismo tiempo… aquí empezaba a estar bien. Cartagena tenía algo. O quizás era solo la posibilidad de empezar de cero. Julio, con su forma discreta de ser y de habitar este lugar, su casa, con las plantas medio muertas y el sofá mullido. Este ambiente de pausa. De espacio para respirar. Para ser.

Entonces oí pasos en el rellano, pausados. Después, un golpe suave contra la puerta, como si alguien se apoyara antes de abrirla. ¿Tanto había hablado con Inés? ¿Julio había terminado ya? Miré el reloj, no eran ni las once. Me levanté, copa en mano, y me acerqué al pasillo. Me quedé ahí, descalza, el vino blanco en los labios y el corazón un poco acelerado.

-------------------

Muchas gracias a los que dejáis comentarios, de corazón, la verdad que apetece seguir escribiendo después de leeros. Disculpad la tardanza, pero últimamente tengo poquito tiempo para escribir. ¡Os leo!