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Bajo el Sol de la Traición - Capítulo 13 ☀️🔥

El collar de aguamarina brillaba como una promesa rota, pero la verdadera traición no estaba en el regalo, sino en el precio que Samuel estaba dispuesto a pagar. En el silencio de un pasillo de hotel, una empleada le ofreció lo que su esposa ya no le daba: una sumisión carnal que boraba la línea entre el placer y el castigo.

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CAPÍTULO 13

La pequeña caja envuelta en papel de regalo con tiras de terciopelo azul pesaba en mi bolsillo como un ancla de culpa. Mientras caminaba de regreso a la habitación, cada paso hacía que el regalo golpeara contra mi muslo, un recordatorio rítmico de todas las promesas que se habían roto. El pasillo del hotel parecía extenderse infinitamente, con cada puerta cerrada que seguramente guardaban secretos tan oscuros como los de mi esposa.

Cuando abrí la puerta, Esperanza seguía allí, sentada en el borde de la cama como una estatua de dolor. La luz del atardecer que se filtraba por las ventanas teñía su rostro de tonos dorados y sombras violetas, haciendo que sus lágrimas brillaran como diamantes.

—Tengo algo para ti —mi voz sonó extraña, distante, como si perteneciera a otro hombre en otro tiempo, cuando las cosas eran más simples.

Saqué la caja de mi bolsillo. El terciopelo azul capturó la luz del ocaso, recordándome el color del mar que se extendía más allá de nuestra ventana. Ese mismo mar que debería haber sido testigo de nuestro renacimiento como pareja, no de nuestra destrucción.

Esperanza miró la caja con una mezcla de curiosidad y aprensión. Sus ojos, aún húmedos, se fijaron en el objeto como si fuera una bomba a punto de explotar.

—Ábrelo —dije suavemente.

Sus dedos temblaron ligeramente al tomar la caja. La abrió con cuidado, como si temiera lo que pudiera encontrar dentro. Cuando vio el collar, su respiración se cortó. La aguamarina en el centro brillaba con la misma intensidad del mar de Cancún en un día perfecto, rodeada de pequeños diamantes que parecían gotas de rocío sobre cristal.

Las lágrimas comenzaron a caer sobre sus mejillas, pero estas eran diferentes. No eran las lágrimas amargas de nuestra discusión anterior, sino lágrimas que brillaban con una especie de felicidad dolida, una alegría manchada por el conocimiento de lo que habíamos perdido.

—¿Por qué? —susurró, su voz quebrándose—. ¿Por qué me das esto ahora?

—Lo compré hace semanas, antes de venir aquí —respondí, y cada palabra me pesaba como plomo—. La aguamarina... dicen que ayuda a tranquilizar el alma y el carácter. Que genera empatía y sensibilidad. En ese entonces me pareció perfecta para ti, para nosotros.

Sus dedos acariciaron la piedra con reverencia.

—¿Cómo puedes decir que no te amo? —pregunté, y mi voz era apenas un susurro—. Sabes, ¡Nunca has dejado de estar en mis pensamientos!

Esperanza levantó la mirada, sus ojos brillaban por las lágrimas.

—Tal vez... tal vez me equivoqué —dijo suavemente—. Quizás lo de Alice y Sophie... fueron solo malentendidos. Podemos...

—Puedes quedarte con el collar —la interrumpí, dando un paso hacia la puerta.

La ironía era cruel: el regalo que debería haber simbolizado nuestro amor se había convertido en un epitafio.

—¡Samuel! —su voz se quebró en un sollozo—. ¡Por favor, no te vayas! ¡Podemos arreglarlo!

Cada paso hacia la puerta fue una batalla. Sus sollozos me seguían como fantasmas, cada "¡Quédate!" era un puñal en mi espalda, aun la amaba, pero la decepción era más grande. Así que seguí caminando.

Porque a veces el amor no es suficiente. Porque hay traiciones que son como cristales rotos: aunque intentes pegarlos, las grietas siempre serán visibles. Y porque, como la aguamarina en ese collar, algunas cosas son más hermosas cuando las recordamos que cuando las vivimos.

La puerta se cerró tras de mí, ahogando sus súplicas. En el pasillo, el aire acondicionado zumbaba con indiferencia, mientras el sol de Cancún seguía poniéndose sobre un mar que, como nuestro amor, parecía infinito, pero resultó ser solo un espejismo en el horizonte.

En el pasillo, Marisol seguía de pie, su uniforme impecable contrastaba con la turbulencia en sus ojos oscuros. La luz fluorescente parpadeaba sutilmente, como si el hotel mismo estuviera nervioso por lo que estaba a punto de suceder.

—Necesito entrar al área VIP —las palabras salieron abruptamente de mi boca­—. Y necesito saber qué sucedió allí.

Marisol se mordió el labio inferior, en un gesto que traicionaba su inquietud.

—Es muy restringido, señor Samuel —susurró, mirando nerviosamente a ambos lados del pasillo—. Solo personal autorizado y huéspedes premium tienen acceso.

—No me importa cómo, pero necesito entrar —insistí, con mi voz quebrándose ligeramente—. Por favor, Marisol. Tú ves todo lo que pasa en este hotel.

Se quedó en silencio un momento, como sopesando algo en su mente.

—Hay una manera —dijo finalmente—. Durante la limpieza, tengo acceso a las llaves de las cajuelas de servicio. Podría... podría conseguirle entrada.

—¿Lo harías? —la expectación se filtró en mi voz—. Te estaría infinitamente agradecido.

Una sonrisa calculadora apareció en su rostro, transformando completamente sus facciones.

—Todo tiene un precio, señor Samuel —su voz bajó a un susurro—. Y este es un riesgo muy grande. Podría perder mi trabajo.

Mi estómago se contrajo. Por supuesto que habría un precio. En este hotel, todo tenía uno.

—¿Qué quieres a cambio? —pregunté, aunque algo en su mirada me decía que ya sabía la respuesta.

Marisol dio un paso hacia mí, enseguida sentí su perfume barato mezclándose con el aroma a productos de limpieza.

—Usted sabe lo que quiero —murmuró manteniendo su vista en mis ojos—. Me ha gustado desde que llegó al hotel, eres el hombre más interesante de aquí.

El aire se volvió denso, cargado de promesas peligrosas y consecuencias inevitables. Mi mente viajó a Esperanza, al collar de aguamarina, a todas las decisiones que nos habían llevado a este punto.

Después de un momento que pareció eterno, asentí.

—De acuerdo —las palabras supieron amargas en mi boca.

—Mañana durante el cambio de turno —indicó Marisol, su profesionalismo regresaba como una máscara—. Vendré a buscarlo.

Pero si lo peor sucedía el día de hoy, el día siguiente sería muy incierto ya que, si lo execrable salía a la luz, tal vez tenga que tomar una difícil decisión respecto a mi esposa.

—No —dije con algo de fuerza—. Mañana no sé que pasará, tiene que ser hoy.

—Está bien, entonces sígueme, mantente alejado de mí unos metros, iremos a un aparatado secreto que tengo.

Se alejó por el pasillo, con sus pasos resonando contra el mármol, dejándome solo con el peso de otra traición más sobre mis hombros. El espejo al final del corredor me devolvió la imagen de un hombre que ya no reconocía, un hombre dispuesto a cruzar todas las líneas por una verdad que tal vez no quería conocer. Pero aún así mis pies se separaron para seguir su camino.

El hotel dormía a mi alrededor, sus secretos guardados tras puertas cerradas y sonrisas profesionales. Mañana, pensé, todos esos secretos saldrían a la luz. Y yo no estaba seguro de estar preparado para enfrentarlos.

Marisol me condujo por pasillos secundarios del hotel, alejándonos del bullicio turístico hacia las entrañas del edificio. El aire se volvía más denso con cada paso, cargado del aroma a productos de limpieza y humedad. Finalmente, se detuvo frente a una puerta sin número ni distintivo.

—Este lugar solía ser un almacén —explicó mientras insertaba una llave en la cerradura—. Ahora casi nadie viene por aquí.

La habitación era pequeña, con paredes desnudas y una camilla plegable apoyada contra la pared. Una bombilla solitaria parpadeaba en el techo, proyectando sombras inquietas sobre las superficies.

—Ayúdeme a desplegar la camilla —pidió Marisol.

Mientras acomodábamos el equipamiento, mi mente era un torbellino de pensamientos contradictorios. Cada acción parecía alejarme más de quien creía ser, como si estuviera traduciendo mi propia vida a un idioma que no terminaba de comprender.

La culpa se mezclaba con la anticipación en mi estómago mientras me recostaba. El aire acondicionado zumbaba como un testigo silencioso de mi caída moral. Cerré los ojos, intentando no pensar en Esperanza, en el collar de aguamarina, en todas las promesas que ella había roto.

Las manos de Marisol comenzaron su trabajo, y con cada movimiento, sentía que una parte de mi alma se desprendía, flotando hacia un techo que parecía alejarse cada vez más.

¿Son sus tetas?", pensé, mientras sentía como dos esponjas con algo duro en punta recorría mi espalda, Luego sus manos llegaron a mi entrepierna y empezaron a masajear mis testículos.

—Uff… ese lugar —dije sintiendo un temblor recorrerme.

—Sé que te apetece, a todos les gusta —me dijo susurrándome al oído—. Ahora voltéate.

El tiempo perdió su significado en aquella habitación sin ventanas. Las manos de Marisol se movían con precisión profesional, tocando mis pectorales, recorriendo mis músculos abdominales, pero había algo más en sus movimientos, una intención que iba más allá del simple masaje terapéutico. Cada toque parecía arrastrar consigo fragmentos de mi dignidad.

—Relájese —susurró ella mientras tocaba el tronco de mi pene, y continuó echando saliva con el fin de facilitar sus movimientos—. Deje que sus pensamientos se disuelvan.

Pero mis pensamientos eran un torbellino imposible de calmar. Las imágenes de ella mostrándome sus senos al aire libre mientras masturbaba mi pene precipitaban mi calentura. Ya no me importaba nada y por un momento creí pagar con la misma moneda a mi esposa la infiel.

Recordé a Esperanza mirando el collar de aguamarina mientras seguramente pensaba en una excusa para tapar sus fechorías, Marco en el elevador sonriendo mientras me indicaba el lugar donde tenía el lunar mi esposa, Alice follando con Luis Miguel mientras Sophie hacía lo mismo con el Dj. Cada pensamiento era una punzada de venganza que solo las manos expertas de Marisol podían borrar.

—¡Qué rico! —dije después de sentir una punzada de placer.

—Si mi rey, esta es una verga que siempre quise tocar.

—¿Tiene algo de especial?

—Creo que no, no es tan grande pero tampoco muy pequeña —dijo parando un rato como reflexionando sobre lo que iba a decir—. Simplemente es normal, tal vez es porque eres tu o no lo sé.

—Pues si tanto te gusta, quiero…

—¿Quieres qué?

—Quiero que hagas algo más —le dije con la necesidad imperante de eyacular—. ¡Vamos Marisol! Por favor.

—Podría follar contigo ahora mismo —me respondió para continuar con una pausa—. Pero tienes que pensar que tu aún estas casado.

—Cierto, dije, sería un traidor y tal vez estaría al nivel de mi esposa —dije con fastidio—. Entonces solo chúpamela como si se tratase de un helado.

—No lo sé…

—Vamos, a ti también te apetece, no puedes negarlo.

—Me lo pones difícil, y si seguimos así…

—No importa, solo chúpamela.

—Está bien —dijo para continuar con una rusa, usando sus senos para apretar mi pene—. Así te gusta, mi rey.

—Usa la lengua, recuerda que me la tienes que chupar.

—Si mi amor, te haré la mejor mamada que hayas recibido.

El aire acondicionado seguía zumbando, un recordatorio constante del mundo exterior parecía cada vez más lejano mientras la venezolana me daba una mamada de campeonato, usando su lengua para acariciar el prepucio, y retorciéndola para acariciar todo el tronco de un lado a otro, mi mente fluía de placer.

Alcé la vista y las sombras danzaban en las paredes como jueces silenciosos de nuestras acciones, en el punto culmen agarré con fuerza su cabeza y en una rápida acción estrellé la punta de pene al interior de su garganta, la agarró desprevenida, pero supo cómo aguantar esa embestida. Después de unos segundos, cuando descargué toda mi esencia en ella, por fin la solté.

Ella respondió con sonidos de respiraciones fuertes, recuperándose del ahogamiento, un poco de semen se escapó por la comisura de sus labios.

—¿Crees que vale la pena? —pregunté, más para mí mismo que para ella—. ¿Vale la pena perderlo todo por conocer la verdad?

Marisol no respondió inmediatamente. Sus manos se detuvieron un momento.

—A veces, señor Samuel —dijo finalmente—, la verdad es solo otra forma de mentira.

Me vestí con movimientos mecánicos, cada prenda un recordatorio de la línea que acababa de cruzar. El aire de la habitación se había vuelto denso, cargado de culpa y promesas peligrosas.

—La llave estará en el carrito de limpieza junto a la puerta de servicio del área VIP —murmuró Marisol mientras se ajustaba el uniforme—. Luis Miguel comienza su show a las nueve. Todo el personal estará distraído, incluso seguridad.

Me pasé la mano por el rostro, intentando borrar las huellas invisibles de lo que acababa de suceder.

—¿Estás segura que funcionará? —pregunté, mi voz era ronca.

Ella sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—El lujo tiene sus puntos ciegos, mi rey. Y yo conozco cada uno de ellos —se acercó para susurrarme al oído—. Cuando escuche 'Por Debajo de la Mesa', ese será el momento. La seguridad estará cambiando de turno y todos estarán hipnotizados por el show.

Me dirigí hacia la puerta, pero su voz me detuvo.

—Una cosa más —dijo, con su tono profesional nuevamente en su lugar—. Si lo atrapan, yo no sé nada. Esta conversación nunca existió.

Asentí, entendiendo el peso de nuestro pacto secreto.

En el pasillo, las luces fluorescentes zumbaban con normalidad, ajenas a las conspiraciones que acababan de tejerse bajo ellas. A lo lejos, podía escuchar el murmullo creciente de la expectación por el show que se aproximaba. El hotel entero vibraba con una energía eléctrica.

Me detuve frente a un espejo decorativo. El hombre que me devolvió la mirada era un extraño: cabello ligeramente despeinado, ojos oscurecidos por la determinación y la culpa. Ya no era el turista incauto que llegó a este hotel semanas atrás. Me había convertido en un conspirador, un hombre dispuesto a todo por descubrir una verdad que tal vez me destruiría.

El reloj en la pared marcaba las 7 de la noche. Ciento veinte minutos para que comenzara el show. Ciento veinte minutos para prepararme y poder infiltrarme en esa área VIP, donde los secretos más oscuros se escondían tras cortinas de terciopelo y copas de champán.

"Por Debajo de la Mesa", pensé. La canción que marcaría el inicio de mi descenso final al infierno.

Y mientras caminaba por los pasillos del hotel, la imagen de Esperanza se coló en mi mente como una fotografía borrosa. La imaginé sentada en nuestra habitación, el collar de aguamarina seguramente brillaría con crueldad sobre la cómoda y sus lágrimas caerían silenciosamente sobre las sábanas que una vez compartimos.

Una sonrisa amarga se dibujó en mis labios. "Que llore", pensé, la voz en mi cabeza sonaba extrañamente ajena. "Que sienta lo que yo sentí cuando Marco mencionó su lunar". El pensamiento me sorprendió por su crueldad, pero lo dejé fluir, alimentándome de una rabia que justificaba mis acciones recientes.

El collar que había comprado con tanta ilusión ahora parecía una broma cruel del destino. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que lo elegí, soñando con este viaje, imaginando cómo brillaría contra su piel morena? Ahora era solo era otro símbolo de promesas rotas.

"Le servirá de lección", me dije, mientras el recuerdo de las manos de Marisol sobre mi piel amenazaba con ahogarme en culpa. "Así aprenderá a no jugar con fuego, a no dejarse seducir por coordinadores de eventos con conexiones VIP".

Pero en el fondo, una voz más honesta susurraba: "¿Y qué hay de tus propias traiciones? ¿De Alice, de Sophie, de… Marisol?"

Sacudí la cabeza, intentando alejar esos pensamientos. No era momento para la introspección. El show de Luis Miguel comenzaría pronto, y con él, mi oportunidad de descubrir la verdad que se escondía en esa área VIP. O tal vez, me dije con amarga ironía, solo encontraría más mentiras que añadir a nuestra colección.

El reloj seguía su marcha implacable. Y en algún lugar de este laberinto de lujo y decepciones, mi esposa lloraba por mí. Y yo, en lugar de consolarla o enfrentarla, me preparaba para sumergirme más profundo en nuestra espiral de traiciones mutuas.

¿Quién era el verdadero villano en esta historia? ¿Ella por sus coqueteos con Marco? ¿Yo por mis vacilantes traiciones? ¿O tal vez el villano era este hotel, este palacio de cristal y mentiras que nos había mostrado las grietas en nuestro matrimonio que siempre estuvieron ahí?

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