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Salvando a Livia #33 epílogo

Bajo la lluvia y las cenizas de un funeral que nunca debió ser real, Jorge Soto decide que es hora de matar a su antigua versión. No hay lágrimas por la muerte, sino por el nacimiento de quien será mañana, mientras un padre condenado firma su propia sentencia moral y entrega el destino de sus hijos a la oscuridad de otros.

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33. EPÍLOGO

«IN MEMORIAM»

SEMANAS ATRÁS…

EZEQUIEL VÁSQUEZ

Madrugada del domingo 4 de junio

El funeral de Jorge Soto fue digno de él.

Se llevó a cabo serenamente; íntimo, privado, sólo con los amigos de su entorno y yo, quien por azares del destino estaba allí esa noche, pues Renata Valadez me había hecho parte de él.

Fue un funeral atípico, en la madrugada de ese domingo veraniego, entre briznas frescas de lluvia que apenas si se anidaban en nuestros cabellos como pequeños fragmentos de cristales.

Todas las lámparas de nuestros teléfonos móviles permanecían alrededor del pequeño cofre de madera donde se guardaban las cenizas. Y entre las penumbras de ese espeso bosque colocado en la montaña más alta de Monterrey, con los vehículos en derredor, haciendo una fortaleza, la refulgencia de los celulares daban a la atmósfera un instante místico.

Entre pinos altos y mojados y el olor de la madera iban a esparcirse aquellas cenizas, para que se incorporaran a tierra fértil, y en lugar de podredumbre, brotara maleza renovadora.

Yo estaba recargado lejos de ellos, cerca de una camioneta blanca propiedad de un enorme muchacho con barba de chivo al que llamaban «El Gera». Quise darles intimidad y vivenciar la ceremonia sin perturbarles.

Renata Valadez, Federico Robles, Gerardo Guzmán, Patricio Bernal y su novia Valeria, respiraban hondo, y entre lágrimas por la despedida, cantaban las partituras de Soda Stereo, cuyas resonancias escapaban de las bocinas de la camioneta donde yo participaba, intentando fumarme un cigarrillo.

«De aquél amor… de música ligera…» Entonaban todos al unísono, con el cofre que albergaba las cenizas en el centro de los amigos, en tanto ellos giraban, cara al cielo lluvioso, saltando llenos de paz con sus brazos extendidos hacia los lados «Nada nos libra… Nada más queda…»

En un momento dado, cuando los muchachos se tumbaron en los charcos de agua que se habían formado entre el pasto, yo procedí a levantar las botellas de tequila y de cervezas modelo que se iban quedando vacías a su rededor, mientras ellos recordaban.

Mientras los vestigios se convertían en presentes que los jóvenes ansiaban eternizar.

—Aún recuerdo cuando dejamos enterrado a Jorge en una playa de Cancún —recordó Pato carcajeándose con nostalgia—. El muy tonto se quedó dormido y Fede, el Gera y yo nos fuimos a nadar. Cuando tuvimos hambre, primero nos metimos a unas duchas públicas para quitarnos la arena de los huevos. Luego, cuando pretendíamos ir por nuestro pelirrojo, nos dimos cuenta que nuestra ropa había desaparecido del sitio donde la habíamos dejado. ¡Tras dos horas de agarrar valor, hambreados, sedientos, y ya que nadie se dignó en ayudarnos, finalmente tuvimos que pasar la vergüenza de volver desnudos al hotel, corriendo por todo el largo tramo, intentando cubrir nuestras partes nobles con las manos ante la burla de la gente!

»Lo mejor fue cuando llegamos el lobby y descubrimos que el muy cabrón del pelirrojo, que estaba sentado en una mecedora cagándose de risa, con un coco en una mano y unas frituras en la otra, le dijo a un security que pasaba por ahí, que le parecía muy irresponsable de su parte que permitiese que tres muchachos (y nos señaló) anduvieran desnudos por el hotel sin recibir un apercibimiento.

Esa anécdota incluso a mí me arrancó carcajadas, y eso que yo no era tan expresivo con mis emociones.

—¡Pobrecito de mi pecosito! —dijo Renata, que era la única que no había tomado una sola gota de alcohol durante la madrugada—, ¡lo dejaron enterrado, montón de malvados!

—¡Pero la pasamos peor nosotros, que nos dejó desnudos por horas! —se reventaba el Gera, echándose el último trago de cerveza de su botella.

—¡Y hambreados —añadió Fede, rojo de la risa—, mientras él se comía un coco y unos chetos!

Cuando menos acordé, pusieron el cofre con cenizas en el centro del lugar, y Pato, Fede y el Gera se echaron encima del desdichado.

—¡Déjenme, cabrones, que si no morí en el incendio, ahora sí puede que me maten aplastado! —exclamó Jorge Soto, que se arrastraba debajo de los bultos intentando liberarse.

Renata lo ayudó a levantarse, y Valeria le dio a su novio Pato un manotazo amistoso para que lo dejaran en paz.

—Ya, ya, mi pelirrojo, tú nunca morirás —dijo Patricio Bernal, despeinando sus cabellos de fuego.

—Aunque por las dudas —se limpió Jorge la cara y la ropa, que estaban llenos de lodo—, quiero que de una vez por todas hagamos mi funeral.

Quiero acotar que cuando horas atrás la señorita Renata me dijera por teléfono que quería que asistiera al funeral de Jorge, sentí que todas las tripas se me contraían. Tuve que llegar a ese sitio, que de por sí se me hizo raro el lugar y la confidencialidad con que ella me pidió tratar el asunto, y verlo vivo para deducir que el funeral no era físico, sino simbólico.

Me pidieron que apagara la música, y al abrir la puerta de la camioneta, que tenía las ventanas ventiladas, dio un salto el gato de Jorge, que se fue maullando hasta él, mientras los enlodados y mojados amigos se colocaban a su alrededor.

—Vuelve adentro, Bacteria —lo reprendió Jorge—, que sólo me falta tener un gato berrinchudo y encima con catarro.

—¡Miauuuuu! —respondió el animal con un largo maullido, arañándole el pantalón.

—Dijo que no —resolvió Renata, y todos rieron.

Ella recogió el gato en sus brazos, mientras el pelirrojo abría la tapa del cofre, que almacenaba un puñado de cenizas de los restos del vestido de Livia Aldama y restos de sábanas, almohadas y diversos artículos de la ahora extinta mansión Soto y otros recuerdos.

—No sé qué habría hecho sin ustedes, amigos —murmuró compungido, con los ojos llorosos—, es posible que sí que hubiera muerto de verdad.

Había dejado de llover, y las penumbras de un cielo que reclamaba enseñar el esplendor del cuarto menguante de luna comenzaron a ceder. Pero la atmósfera seguía refrescando, y el inminente final cada vez era más próximo.

Jorge miró a sus amigos con una sonrisa queda, de uno en uno, poniendo especial atención en Renata y en su gato, que se había quedado quieto y miraba a su humano como si de verdad entendiera lo que ocurría.

Por último me miró a mí, y yo respondí a su gesto con un asentimiento.

Y luego de meditar, Jorge dijo, temblándole la voz:

—Aquí yace lo que soy y lo que fui, y lo que ya nunca quiero ser. Aquí yacen las cenizas de un amor que ya nunca será. Aquí yace mi yo antiguo, el cual he decidido matar a través del incendio de una mansión profanada por la sordidez, con la esperanza de olvidar, de absolver… de madurar. Con la esperanza de amar otra vez y de tener un nuevo propósito: ser feliz, renaciendo de nuevo.

Aquél que lanzó en el aire aquellas cenizas que se desperdigaron en el viento mientras sus amigos aplaudían emocionados ya no era el Jorge derrotado que el día anterior había visto salir llorando de La Sede, cabizbajo, decepcionado de su novia, defraudado de su cuñado y con el temor inminente al ver a su sobrina agonizar.

—No me voy por miedo ni por cobardía —nos dijo cuando dejó el cofre en el suelo—, me voy para no perderme, para no envilecerme. Para que mi alma y mi entendimiento no se obnubilen por mis ansias de venganzas. Me voy para evitar el rencor y dolor que siento justo ahora, y que no me conviertan en un hombre ruin y mezquino. Me voy porque se lo acabo de prometer a Ximena —Y al nombrar a su sobrina no pudo evitar llorar—, ¡me voy porque se lo acabo de prometer a mi querida Ximena, que ha muerto en mis brazos mientras me decía «nunca seas como él… nunca seas como él… vete lejos y nunca seas como él… no te quedes aquí ni siquiera por mí»!

Y yo tragué saliva. No estaba preparado para una declaración tan cierta como esa.

No todo el mundo tiene el valor de asumir el miedo a corromperse. Pero él lo hizo, decidió marcharse para no envilecerse y por eso lo admiré.

—Vas a volver, mi pelirrojo —le decía Pato, quien se descubrió como el más afectado, limpiándose las lágrimas—, vas a volver porque esto no puede terminar así. Vas a volver porque mereces ser feliz, y esa felicidad mereces vivirla aquí, donde estamos quienes más te amamos. Vas a volver, hermanito, porque aquí te estaré esperando yo, que soy como tu hermano mayor, y porque aquí está este séquito de amigos que siempre abogará por ti y te defenderá, aun si decidimos enterrarte mil veces en la playa y tú nos robes toda nuestra ropa.

»Vas a volver, mi querido pecoso, porque tenemos que ir de nuevo a Cancún donde te tomarás con nosotros muchas aguas de coco y muchas bolsas con chetos, y porque me has hecho la promesa de tomarte mi especialidad, una bebida ahumada con tequila que yo mismo me inventaré para ti cuando pises Fermenta, ese local derruido que tú, con tu generosidad, estás volviendo a levantar.

Jorge apenas podía distinguir a sus amigos, porque sus ojos grises, casi azules, estaban mojados e inundados hasta los cuencos. A lo mejor apenas era consciente de lo querido que era entre todos. Y quizá por eso, a su vez, llevaba una sonrisa discreta.

El enorme gato negro llamado Bacteria saltó de Renata a él y relamió su barbilla, como si limpiara las lágrimas que allí se le acumulaban. Luego maulló, reclamando su atención, esperando a que éste le acariciara el pelaje del lomo, para luego volver a maullar.

Sin duda Bacteria era un gato caprichoso, pero fiel.

Livia le había robado a Jorge su tranquilidad y su estabilidad emocional, y ahora él le robaba su gato. Porque, hasta donde entendía, el enorme felino era de ella, pero cuando la mujer cayó en desgracia, el animal la rechazó por completo, renunciando a sus mimos, y ahora refugiándose en su nuevo dueño.

También el gato merecía una vida mejor. Una recompensa por su admirable heroísmo. Después de todo había sido él quien, de alguna u otra manera, le había sembrado la espinita a Renata, cuando sacó de debajo de la cama las bragas de Livia, allá en la mansión Soto, deduciendo en ipso facto que ese era el sitio clandestino donde ella y Aníbal se encontraban para dar rienda suelta a su tóxica y prohibida pasión.

—¡Los quiero, cabrones! —exclamó Jorge.

Todos sus amigos le dieron la vuelta con un abrazo muy sentido. Fue una despedida íntima, cómplice, sentida, muy de ellos, en la que yo los miraba desde lejos, conmovido, comenzando a tener fe en la humanidad de nuevo.

—Gracias por todo, Ezequiel —me dijo con un asentimiento rato después—, sin saberlo, siempre tuve en ti un gran aliado. Ahora, sólo me resta recordarte que las venganzas consumen la buena voluntad del ser humano, y lo convierten en rehén de su propia vida y de su destino.

—Lo tomaré en cuenta, señor Soto —le dije, sintiendo un gran respeto por él—. Que a donde quiera que vaya encuentre paz y bien. Y lo mismo deseo para usted, señorita Valadez. Ambos serán una gran compañía.

La señorita Renata, que en ningún momento lo soltó, me agradeció enternecida, asintiendo. Después de todo, ella había recurrido a mí, y juntos habíamos montado las cámaras con las que los perversos amantes fueron descubiertos.

—Paz y bien para usted, Ezequiel —me deseó ella—. Que encuentre paz y que goce de buena salud, para hallarlo sano a nuestro regreso. Mis padres están al tanto de su diabetes mellitus mal cuidada, y en delante le entregarán mes con mes todo el medicamento que necesite para su tratamiento.

Asentí con la cabeza, totalmente agradecido.

Ella lo amaba, y él por ella tenía unos sentimientos genuinos muy acordes a la personalidad de la muchacha que se notaban cada vez que la miraba, y que yo esperaba que se acrecentaran y se fortalecieran.

Todos los muchachos lo abrazaron fuerte, conmovidos, y luego, cuando llegó la hora de despedirse, Jorge les dijo:

—Yo amé tan intensa y abruptamente que el fuego se extinguió muy pronto, y ni siquiera tuve tiempo de atizarlo. Por eso ahora me atrevo a decirles que hay que amar a fuego lento, para que no se apague. Siempre, aunque cueste, para saborear los placeres de la vida, hay que amar a fuego lento.

—¡A fuego lento! —gritó Pato.

—¡A fuego lento! —secundó Fede.

—¡A fuego Lento! —añadió Gerardo.

—¡A FUEGO LENTO! —lloraron todos.

Y entre exclamaciones de aliento, los amigos de Jorge y yo vimos cómo él, su gato y Renata abordaban el auto blanco de la chica, que en breve desapareció ante nosotros descendiendo la montaña.

Primero irían a cambiarse la ropa mojada y enlodada, y luego se dirigían al aeropuerto de Monterrey, cuyo avión los llevaría a un pueblito escocés llamado Inveraray, donde ya lo esperaban los parientes vivos por parte de su madre, los Galvin McGregor.

Y seguramente algún día volverían a estas tierras cálidas, y lo harían renovados, sin hostilidades y sin esas asperezas que ensombrecen los buenos sentimientos de los hombres.

Y Jorge volvería a reclamar lo que le correspondía, y para enfrentarse al destino que merecía de verdad.

Pero ahora no.

Ahora era tiempo de amar a fuego lento.

Ahora era tiempo de volar.

Y volaron.

De Aníbal Augusto Abascal y Bárcenas

Para Jorge Enrique Soto Galvin

17 de agosto de 2017

Querido Jorge;

En pleno uso de mis facultades mentales, que a últimas fechas han ido a menos, te informo que bajo notario público (documento que adjunto en este folder) he traspasado a tu nombre el Grupo Corporativo Soto, que tu padre dejó a mi cargo días antes de morir.

No hay nadie más en quien pueda confiarle estas acciones sino a ti, su hijo legítimo, y que por sentido filial y sentimental te pertenece. Enrique cometió muchos errores, pero de lo que sí estoy seguro es que te amaba verdad, igual que Minerva, tu madre.

Estoy por caer, hijo, y considero que es importante preservar tu patrimonio antes de que las autoridades se hagan con ellas, expropiándomelas por mis faltas.

No voy a extenderme mucho, porque sabes que me cuesta expresar mis sentimientos, ya que me avergüenza mi debilidad.

Te pido perdón, Jorge, porque la pasión que sentí por ella me obnubiló el entendimiento hasta el grado de perderme y hacerte un daño irreparable.

¿Te digo algo? En el fondo siempre te admiré; en el fondo siempre me hiciste sentir orgulloso, porque a pesar de todo lo que sufriste desde niño, siempre sonreías, siempre tuviste esperanza y mucho amor para repartir aunque muchos no lo mereciéramos.

Por eso te confieso, y te juro por Ximena y Vanesa que es verdad, que yo siempre te quise, y que si hubiera tenido un hijo varón me habría gustado que fuese como tú, ¿y cómo no iba a desear eso?, si eres noble, luchador y honrado.

Yo supe que te quería más de lo que yo mismo admitía el día que me informaron que Valentino había atentado contra tu vida. La posibilidad de saberte muerto me cimbró por dentro. Y por eso hice lo que hice con él. O lo que creí haber hecho. Te vi crecer, te vi madurar. Te vi hacerte hombre. Te he visto triunfar.

Mi error fue que quise transformarte en una réplica de mí, y tú no te dejaste, por fortuna. Tú siempre fuiste mejor que yo. Eso propició que me sacaras de quicio, que te llamara «pusilánime y mediocre» aun sabiendo que no lo eras, y sólo porque no sabía de qué otra manera sacar mis frustraciones.

Y aunque no hay forma de remediar el pasado, sí existe la posibilidad, al menos para ti, de seguir siendo mejor persona en el futuro. Continúa siendo quien eres, Jorge Soto, el hombre recto y con valores que debe continuar amando y luchando por lo que quiere hasta el último suspiro.

Y no, Jorge: nunca he considerado que hayas sido el responsable de la pérdida de Ximena, porque a estas alturas sé que el causante he sido yo, y te juro que este cargo de conciencia será un tormento que padeceré hasta mi muerte.

Cuídate mucho, campeón, y de nuevo; perdón, perdón y perdón.

No sabes lo que le pido a Dios que si día vuelvo a renacer, si un día vuelvo a surgir; si un día volvemos a coincidir en otra vida, me permita no ser tu padre, sino tu hijo, para aprender a ser un hombre recto como tú.

Tuyo:

Aníbal Abascal.

De: Aníbal Augusto Abascal y Bárcenas

Para: Domenico Ricci

17 de agosto de 2017

Querido amigo, que la dicha sea placentera en Sicilia para ti y para los tuyos.

Me dirijo a ti por la amistad que nos ha unido desde siempre; me dirijo a ti porque no podría recurrir a otro amigo a quien confíe la salvaguarda de mi amada hija.

Y no me refiero a Vanesa, pues ella ya tiene la riqueza y la protección de su madre, quien es próspera y fuerte: sino a mi otra hija; Livia Aldama, que por derecho de sangre debería llamarse Livia Abascal.

El día de hoy he cedido todas mis acciones, empresas, y la totalidad del Grupo Corporativo Abascal, (que incluyen mis negocios con la mafia italiana que tú representas) a ella, como podrás leer en un documento adjunto a este folder.

Si estás recibiendo esta nota es porque yo ya estaré muerto, en la cárcel o en un psiquiatra donde yaceré pudriéndome con mi locura.

Livia, al ser dueña y señora de todo lo que queda de mi imperio, también quedará expuesta a mis propios enemigos naturales, el peor de todos actualmente; Víktor Nazarít, alias el Tártaro, el líder de Los Rojos.

Protégela, amigo mío, por aquella cuenta pendiente que tenemos, y que dijiste que un día podría cobrar. Ese día ha llegado, Dominico, y por eso deseo que a través de esta amistad tan duradera, busques a mi hija, le entregues la carta que te anexo en este envío y que la tomes bajo tu protección hasta que pueda valerse por sí sola.

Te he dejado toda la información adjunta en estos documentos.

Enséñala, instrúyela, protégela. Y, sobre todo, ayúdala a que siga siendo una niña buena. El poder enloquece, y para prueba ¡heme aquí!

Sin otro particular por el momento, y esperando que atiendas a mi súplica, me despido.

Tu amigo, que lo ha perdido todo por amor;

Aníbal Abascal.

CONTINUARÁ

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NOTA DE AUTOR

Querido lector; como es costumbre cuando se trata de escribir sobre pasiones, amores y venganzas, nuevamente se me fueron las páginas en abundancia, por cuya amplitud he tenido que dividir en dos, con el propósito de que cada uno tenga su propia relevancia.

Considero que, como prometí, aquí ya he dado el final de la trama principal, resolviéndose los conflictos base que sostenían el argumento.

Por eso, será tu elección si deseas o no leer más adelante lo que yo he considerado que será «un epílogo largo», a través de un 4to libro que transcurrirá 5 años después a los presentes acontecimientos.

Agradecer a Luis Daniel Rubalcaba, Alexa Zúñiga, Roberto Estrada, Jos Lira, Daiana Alfaro, Santiago De Vinzenzi, a mis fieles lectores de Amazon Kindle y a toda la comunidad de Todo Relatos, Pajilleros y demás plataformas que me han brindado el honor de leerme, y que han hecho que la serie de Livia haya sobresalido.

Sobre todo, agradezco a mi amada y hermosísima esposa, que me alienta y me inspira cada vez que quiero tirar la toalla.

Tu amigo;

C. Velarde

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13 DE MAYO DE 2022, CON ESTA ENTREGA LLEGO AL RELATO #100