Xtories

Hospital comarcal (3)

Ella sabe que él la desea, pero prefiere torturarlo con la espera. Él, por su parte, ha dejado de ser el novato tímido y ahora solo quiere probar si puede dominar a la mujer que siempre lo tiene al borde del abismo. Esta noche, las reglas del juego cambian, y la línea entre el placer y la crueldad se desdibuja.

Ricardo Lomas7.8K vistas9.7· 12 votos

6

La música suena baja en el piso de Mario, pero en este momento no me importa mucho qué canción está sonando. No tengo ni idea de cómo he acabado aquí. Bueno, sí. El jugueteo se me ha ido de las manos. Le he ido calentado con frases y miradas, con roces que podrían haberse disfrazado de accidente si no fueran tan jodidamente intencionados. Y claro, cuando he soltado que mi casa quedaba lejos, él ha respondido con ese tono dulce de siempre: “Si quieres, quédate”. Pobrecito. Aún no sabe si esto es un sí o un simple juego.

Estoy en su sofá, apurando el último trago de vino. El cristal frío contrasta con el calor que sube desde mis piernas. Inés se ha ido con su presa y Aitana se esfumó hace rato, como buena novia formal. Así que solo quedamos él y yo, en mitad de esta sala donde me empieza a sobrar cada centímetro de tela. Estoy caliente, pero de verdad. No es lo típico de “estoy pedo y me vengo arriba”. Es una cosa que me está apretando desde el vientre, un picor que se enrosca en la base de mi espalda y me hace querer follar. Peor aún: querer follarme a Mario.

Si no fuera él, ya estaría desnuda. Si no fuera él, estaría cabalgándolo como si el mañana me diera completamente igual. Pero es Mario. Y quería dejar atrás a esa Virginia que usaba los cuerpos como calmante. Además, él es… buena persona. No se merece que jueguen con él, tampoco yo. Se sienta a mi lado, tan cerca que noto el calor de su pierna junto a la mía. Huele a colonia barata y deseo contenido. Me ofrece más vino. Niego con la cabeza.

—Estoy bien. Lo justo de alegre — digo, con la lengua un poco más suelta de lo que debería.

Él asiente en silencio, sin atreverse a decir nada. Si tuviera un poco más de picardía, ya me estaría comiendo la boca, y desde luego que no sería yo quien lo frenara. Pero claro… es un buen tipo. Sabe que voy borracha. Tan decente que da rabia. ¿ Por qué los tíos caballerosos son tan tontos? Me estiro despacio, como quien no quiere la cosa, dejando que el top se suba apenas lo justo: lo suficiente para que asome el comienzo de mis pechos, como por accidente. Sé que me mira. Se nota en el silencio, en cómo traga saliva con torpeza. Y eso me calienta más de lo que debería: que me desee y no se atreva, que contenga las ganas —aunque su pantalón empiece a delatarlo—. Que me vea como algo prohibido. Joder… eso también me pone. Y mucho.

—¿Quieres dormir aquí? —pregunta, intentando mantener la compostura, aunque se le nota que está a punto de perder el control y mandar a paseo su fachada de niño bueno.

—¿En tu cama? —respondo con una falsa indignación que suena tan creíble como provocadora.

—Tengo sofá cama —añade, con ese tono torpe que intenta sonar casual y no lo consigue.

—Qué caballeroso… —murmuro, ladeando una sonrisa mientras lo miro con una mezcla de ternura y deseo. Ambos sabemos que en este momento estamos pensando en todo menos en dormir.

Me levanto con calma, dejando que cada movimiento cuente. El top negro de tirantes se ajusta a mi pecho sin dejar demasiado a la imaginación, y la falda vaquera —corta, ajustada, con una pequeña abertura en el muslo— sube apenas lo justo mientras camino hacia el baño. Siento su mirada clavada en mi culo y no hago nada por evitarlo. De hecho, camino más lento, con intención. Como si el pasillo fuese una pasarela improvisada.

En el baño, el agua fría me despierta un poco. Me miro al espejo, me recojo el pelo y no me engaño: sé lo que estoy haciendo. Me encanta este juego. Me calienta el poder. Me excita saber que estoy en su cabeza, que se está imaginando lo que no se atreve a hacer. Pero hay una parte de mí, más profunda, que ya no está segura de si esto es solo un juego.

Me vuelvo a mirar al espejo. El top se me ha pegado al cuerpo por el calor y la copa de más, y mis mejillas tienen ese color sonrosado que sé perfectamente cómo utilizar. Me observo un segundo más, indecisa, y entonces se me ocurre la idea.

Abro la puerta del baño con gesto suave, apoyándome en el marco.

—Mario… —su voz sale como un suspiro ahogado desde el salón— ¿sí?

—¿Tienes alguna camiseta para dormir? No sé si lo has notado, pero con lo que llevo puesto me voy a congelar… —le lanzo una mirada ladeada mientras dejo que mis dedos jueguen distraídamente con el borde de la falda.

Mario se levanta como si le hubieran dado un susto. Se tropieza con una esquina de la alfombra antes de desaparecer por el pasillo.

—Sí, sí, claro, espera, creo que tengo una limpia… —grita desde su habitación, revolviendo algún cajón.

—No hace falta que esté limpia, ¿eh? Si huele a ti mejor —añado en voz alta, lo justo para que me escuche.

Silencio. Solo el leve sonido de una puerta de armario que se cierra con disimulo. Aparece con una camiseta gris de algún grupo de música, un poco grande y arrugada. Me la tiende sin atreverse a mirarme directamente.

—Aquí… toma.

Le mantengo la mirada, acercándome un poco más de lo necesario para cogerla. Nuestras manos se rozan, y se le eriza la piel. Me inclino un poco más, bajando la voz.

—¿Seguro que no te importa que duerma con algo tuyo? Dicen que eso crea vínculos…

Mario traga saliva y fuerza una sonrisa.

—No… claro que no. Puedes dormir con lo que quieras.

—Gracias —le digo finalmente, y me acerco para darle un beso en la mejilla. Lo dejo lo suficientemente cerca de su boca como para que lo note. Y luego, sin más, cierro la puerta del baño con una sonrisa. Cuando salgo, Mario ya ha preparado el sofá. Me tiende una manta, pero no se va. Se queda ahí, en el umbral, como si le costara dar el paso de irse.

—Buenas noches, Vir.

—Buenas noches.

Me meto bajo la manta y espero a que se aleje. No lo hace enseguida. Se queda quieto, callado, observándome un segundo más de la cuenta. Luego asiente con la cabeza, casi imperceptible, y desaparece en silencio hacia su cuarto. La puerta se cierra con un leve clic. Entonces llega el silencio. Uno espeso que pesa sobre el pecho. El tipo de silencio que no incomoda… pero que tampoco acompaña.

Espero cinco minutos. El corazón me late lento, pero firme. Siento el calor del vino en la sangre y algo más —algo que palpita entre mis piernas—. Saco el móvil del bolso. Lo desbloqueo. Deslizo el dedo hasta la app del vibrador y la abro. El zumbido que se activa es apenas un susurro, casi tan íntimo como el pensamiento que lo ha provocado. Lo deslizo bajo la manta, entre mis muslos, sin quitarme las braguitas.

Cierro los ojos.

Y no pienso en él. O sí. No del todo. Quizá en cómo se ha quedado mirándome, en su forma de tragarse las ganas, en lo que podría haber pasado si se hubiese atrevido a seguirme el juego. Me excita imaginarlo despierto en su cuarto, reventándose la polla con su mano, imaginando lo que le hubiera gustado hacer conmigo. O, mejor aún, escondido en algún rincón oscuro, mirándome a través de una rendija, intuyendo cómo deslizo el vibrador dentro de mi braguita, directo hacia el secreto que siempre le he negado. Por un segundo, sopeso la idea de quitarme la manta. Que lo vea, que lo pueda disfrutar —aunque sea solo una fantasía—. Pero no.

Me acaricio con suavidad, con una calma medida que tiene más de tortura que de alivio. Como si no fuera mi mano, como si fueran otras, torpes, inseguras. Siento el calor concentrarse entre mis piernas y mis dedos bajan hasta encontrar el ritmo justo. Empiezo a gemir quedo, apenas en un susurro. Cojo un cojín y lo aprieto contra mi cara para amortiguar el sonido y aumentar un poco el volumen de mis gemidos, y mientras lo hago, aumento la velocidad de Morgan en el móvil. Estoy tan caliente que me tiemblan los muslos. Pero no me corro. Me quedo al borde mordiéndome el labio y apretando el cojín para no gritar como una loca. Y me detengo ahí. Suspendida en esta tensión deliciosa, con la piel erizada y el cuerpo en llamas. A medio camino, como todo últimamente.

7

Los siguientes días después de la guardia me tocan de descanso. Bien merecidos, la verdad, pero tampoco es que esté haciendo gran cosa con ellos. Cartagena es una ciudad preciosa, sí, pero cuando no conoces a nadie, las calles se hacen largas y el tiempo pasa lento, muy lento. He aprovechado para instalarme un poco más en el piso. Cuarenta y cinco metros cuadrados que me han costado la mitad del sueldo, pero al menos no tengo que compartir. Me encanta la soledad cuando la elijo yo… pero esta no la he elegido del todo. En Madrid siempre había ruido, un grupo de WhatsApp con tropecientos planes, alguien disponible para una caña, una charla o un partido improvisado con colegas. Aquí no. Aquí el silencio pesa, y se cuela por las rendijas como el viento en invierno. Y yo no soy de ponerme a llamar a nadie, para qué mentir.

Además me encuentro pensando en ella más de lo que me gustaría admitir. Su coleta rubia y ese culo desafiante ocupan la mayoría de mi tiempo libre. Recuerdo nuestras conversaciones y ese tonito con el que me ha dejado empalmado más de una vez sin siquiera tocarme. Joder. Me acuerdo de su voz en la sala de descanso, del calor en su mirada, de la forma en la que se acerca como si todo fuera un juego en el que solo ella conoce las reglas. Me he planteado escribirle. Invitarla a tomar algo. Una cerveza, sin pretensiones. Nada serio, solo… salir, hablar, conocerla más allá del pasillo o del control de enfermería.

Pero no lo hago. Me da miedo que me lea demasiado bien. Que intuya que no es solo una caña. Que sepa que, en el fondo, me está empezando a gustar más de lo que querría. Porque Clara es lista. Clara no se mete en líos si no es para ganarlos. Así que dejo el móvil sobre la mesa. Me sirvo otro café. Me asomo al balcón con vistas al mismo callejón de siempre. Y pienso que quizá mañana. Quizá entonces me atreva a romper el hielo. Aunque, conociéndome… igual me hace falta algo más que un par de días libres para decidirme.

8

Me despierto con la luz filtrándose tímida por las cortinas y una punzada sorda en la sien. El salón está en silencio. Me incorporo despacio, la manta medio caída por mi muslo desnudo, el top subido hasta casi la altura del sujetador. Pero lo que me llama la atención es que no hay ni rastro de Mario. El sofá está bien colocado, la cocina vacía, ni un sonido desde su cuarto. Me levanto, con el cuerpo pegajoso y la desagradable sensación de haber dormido en terreno ajeno. Recojo mis cosas a toda prisa. No quiero preguntas, ni cafés, ni esa mirada suya que mezcla ternura y desesperación. No ahora.

Bajo las escaleras con los auriculares puestos y las gafas de sol mal colocadas en la cara. Ni rastro de él. Me cruzo con un vecino en la puerta que analiza mi aspecto más de lo necesario, le dedico una sonrisa mínima y salgo a la calle como si escapara de un crimen. Camino hacia casa con la sensación rara de haber hecho algo que no sé cómo explicar. Entonces suena el móvil. Inés. Perfect timing.

—Buenos días, zorra —salta su voz como una bofetada de realidad—. ¿Tú también con resaca moral o solo física?

—Solo física, creo. ¿Tú? —respondo mientras me acomodo el bolso al hombro, caminando sin rumbo por el barrio.

—Física, emocional y vaginal. Necesito desahogarme o me va a dar algo.

—Cuenta, anda. Lo necesito.

—Tía… el tío se corrió en tres minutos, literal. Tres. No me había quitado ni el tanga y ya estaba gimiendo como un perro atropellado. Y luego, para compensar, baja al pilón y se pone a comerme el coño como si fuera una sopa caliente. Casi le grito que dejara de soplar, que no era un puto cumpleaños.

Me echo a reír en mitad de la acera.

—¡Inés, por favor!

—Te lo juro. Me lo lamía como si fuera un helado derretido. Todo blandito, sin apretar, sin ritmo… Qué desastre.

—No puedo más —digo ahogándome entre carcajadas.

—Y lo peor: cuando acabó, se tumbó a mi lado, me acarició el pelo como si fuéramos novios de instituto y me dijo que le encantaba “hacer disfrutar a una mujer”. Me dieron ganas de aplaudirle con el coño, pero se me había dormido del aburrimiento.

Tengo que apoyarme en una farola para no caerme de la risa.

—¿Y tú qué? Te vi muy cerca de Mario en la terraza, perra.

Me muerdo el labio.

—No me lo tiré —respondo, casi en un susurro.

—¿Pero? —su voz se afila al instante.

—Pero le calenté. Mucho. Dormí en su casa y además usé el vibrador.

Silencio al otro lado. Puedo imaginar su cara perfectamente.

—¿Y el pobre Mario? ¿Sabe que te metiste el satisfyer en su puto salón?

—No. Estaba en su cuarto. Pero no pude evitarlo —respondo bajando la voz—. No me toqué pensando en él, ehh... o no solo en él. Pero se me está yendo de las manos, tía.

—Joder, Virginia —resopla—. Tú sabes que ese chaval lleva años soñando contigo, ¿no?

—Sí.

—¿Y sabes que si se entera que te estabas masturbando a tres metros de su cama se corre antes de tocarse?

—Ya…

—¿Y entonces qué coño haces?

—No lo sé —digo, deteniéndome en seco frente a un escaparate—. Creo que no es solo un juego. O no sé si lo es. Me pone, pero también me da ternura. Y me asusta. Porque me voy y no quiero hacerle daño, pero tampoco quiero ignorar lo que me pasa. Porque me pasa, tía.

Inés suspira al otro lado.

—Eres una zorra, pero te entiendo. Porque yo también me he follado a gente sin tener muy claro lo que sentía… Solo te pido una cosa: no le hagas mierda si no estás segura. Y si te lo tiras, cuéntame los detalles, que tengo curiosidad por saber qué herramienta se gasta —añade con una carcajada sucia.

—Hecho —respondo riendo—. Pero por ahora… solo fue Morgan. Nada más.

—Pues con eso ya has tenido mejor noche que yo, hija de puta.

Cuelgo riéndome de las ocurrencias de Inés. El sol me calienta la cara y no tengo ni idea de qué va a pasar después, pero ahora mismo tampoco me importa.

9

No soy de los que se lanzan sin pensar. Y con Clara… menos aún. Llevo días dándole vueltas. Cada vez que abro WhatsApp, me quedo en blanco, con el mensaje empezado y borrado tres, cuatro, cinco veces. No quiero parecer desesperado, ni que se note lo mucho que me apetece verla. Solo alguien que propone algo, sin importancia. Como si me diera igual.

¿Te apetece tomar algo esta tarde? Tengo el día libre y me vendría bien desconectar un poco. Sin bata ni tensiómetros JAJA

Lo releo un par de veces y lo vuelvo a borrar. Me quedo mirando la pantalla como un idiota. ¿No se te ocurre nada mejor? Silencio. Dejo el móvil en la mesa, me pongo las zapatillas y salgo a correr.

Correr nunca ha sido lo mío, pero desde que llegué a Cartagena, se ha convertido en una especie de rutina. Una excusa para no pensar demasiado: mismo recorrido, misma playlist y de paso hago algo de ejercicio. Paso por el puerto, por esas calles medio vacías del casco viejo… y por un rato dejo de hacerme preguntas. Después de correr, todavía con el cuerpo caliente y la cabeza algo más despejada, dejo caer el móvil sobre la mesa sin mirarlo. Me hago el fuerte, como si no esperara nada, pero el dispostivo vibra, y salto como un idiota. La pantalla se ilumina. Es ella.

¿Cómo van esos días libres, novato? Te apetece tomar algo por la tarde, necesito despejarme antes de volver al hospital.

Sonrío. Al final es Clara la que ha dado el paso, menos mal porque yo no era capaz de escribirla. Me quedo un momento con el móvil en la mano, paralizado, sintiendo cómo se me acelera otra vez el pulso. Es solo una copa, ¿no? Pero no, no es solo una copa, por lo menos para mí.

Paso la tarde inquieto. Me cambio dos veces de camiseta. Me peino. Me despeino. Vuelvo a peinarme. Miro el mensaje otra vez. Pienso en si hay subtexto, si va con segundas. Me echo colonia, no mucha, lo justo para oler bien sin parecer un desesperado. Me miro al espejo y no sé si parezco relajado o a punto de ir a una entrevista de trabajo.

Llego al bar cinco minutos antes. Pido dos cervezas solo para tener algo en las manos y preparar su llegada. Elijo una mesa cerca de la ventana, por si quiere fumar —espero que no fume, en realidad—. Intento no mirar el reloj cada dos por tres. Pero cuando la veo aparecer, el tiempo se detiene.

La veo acercarse desde el final de la calle y tengo que hacer un esfuerzo para no quedarme embobado. Clara camina con una seguridad que se tiene o no se tiene, y vaya si la tiene. No va especialmente arreglada —tampoco lo necesita—, pero consigue que cualquier prenda parezca hecha a su medida. Lleva unos vaqueros oscuros, ceñidos, que le recogen el culo como si hubieran nacido pegados a él. Y ese culo... joder, ese culo es una obra de arte: redondo, firme, desafiante. Me acuerdo de la bata del hospital y sonrío. ¿Quién diría que debajo de ese uniforme de celulosa se esconde semejante bomba? Y eso que aún no lo he visto desde atrás. Cuando me ve, me lanza una sonrisa. Blanca. Perfecta.

La blusa blanca que lleva hoy tiene un escote discreto, lo justo para dejar volar la imaginación. Se le adivina la curva suave del pecho, firme, natural, sin exageraciones. Clara no es de tetas grandes, pero tiene ese algo —una mezcla de actitud y seguridad— que hace que cualquier mirada se detenga. Incluso en la forma en la que cruza los brazos hay intención, como si supiera que un gesto bien medido puede excitar más que un desnudo. La blusa se abre apenas por los botones superiores, dejando entrever el principio de su clavícula. A través de esa mínima abertura, se intuye un encaje blanco. Sutil, elegante, justo en el borde del sujetador. No puedo evitar preguntarme si lo ha elegido pensando en mí, si ha dudado delante del cajón de la ropa interior y ha optado por ese conjunto solo por si acaso. Por si se daba la ocasión, por si yo daba el paso, de solo pensarlo me palpita la polla.

Y su pelo… lleva el rubio algo más oscuro hoy, como si la luz de la calle lo hubiera apagado un poco. Suelto, desordenado de forma estudiada. Le cae por los hombros con esa textura que parece gritar “tócame”, aunque sabes que, si lo haces, vas a salir quemado. Cuando llega a la mesa me sonríe otra vez con una sonrisa que no llega a enseñar los dientes. Me fijo en sus labios los tiene ligeramente pintados, el tono justo para que parezcan más carnosos, aunque no lo necesita: son carnosos. Lo sé porque en el hospital los he observado desde la distancia.

—Vaya, pensaba que ibas a esperarme con un tensiómetro en la mano —dice Clara, dejándose caer en la silla con esa soltura suya que parece medida al milímetro. Se desabrocha la chaqueta lentamente, como si supiera que la estoy analizando.

—He venido pronto para mentalizarme. No todos los días queda uno con la reina del hospital.

—¿Reina del hospital? Reina de otras cosas, tal vez —responde con una sonrisa pícara—. Pero reconozco que me halaga.

—¿De otras cosas? —pregunto, tanteando, como quien lanza un globo sonda.

—No sé… ¿qué otras cosas te imaginas? —alza una ceja mientras se acomoda el pelo detrás de la oreja. El escote de su blusa se abre sutilmente cuando lo hace, y tengo que hacer un esfuerzo por no clavar los ojos ahí.

—Te he pedido una cerveza. Eso da puntos, ¿no? —me arrepiento de esta frase mientras la estoy pronunciando.

—Mmm... uno, como mucho. Soy una paciente exigente —da un trago y me observa desde el borde del vaso—. A mí hay que saber tratarme. No basta con pinchar bien.

—¿Y qué más se necesita?

—Eso lo tienes que descubrir tú, novato. Pero me gusta cómo me miras.

—¿Y cómo te miro?

—Como si no tuviese nada de ropa.

Nos reímos, pero un silencio eléctrico queda suspendido entre los dos. Clara se remueve un poco, cruza las piernas —y el vaquero se le pega justo donde no debe—. Yo bajo la mirada solo un segundo, porque soy humano. Y ella lo nota.

—¿Siempre tan formal fuera del hospital o es solo esta noche que te has puesto en modo "enfermero del mes"? —me pregunta, girando la cerveza entre las manos, sin dejar de mirarme.

Sonrío, consciente de que ha estado analizándome desde que ha llegado. La verdad es que me lo he currado, me he puesto unos vaqueros ajustados —de esos que no disimulan nada si me empalmo— y una camiseta negra lisa, de algodón fino, que se pega a mi cuerpo dejando entrever un poco mis pectorales, que sin ser de gimnasio destacan lo suficiente. Encima, una sobrecamisa abierta, en azul oscuro. Casual, pero cuidado.

—Solo me lo curro así cuando alguien me interesa —le contesto, con media sonrisa.

—Qué directo. ¿Te entrenan así en prácticas?

—Mi entrenamiento es contigo y, de momento, está siendo más difícil que el del hospital.

Ella sonríe y me escanea de arriba abajo, sin ningún pudor. Le gusta que le devuelvan el juego.

—Mmm… Pues has afinado. Esa camiseta te queda de escándalo.

—Tú con esa blusa blanca tampoco vas mal. Pero me interesa más lo de debajo, diría que ese sujetador de encaje no lo elegiste por comodidad.

—¿Crees que me he vestido para ti?

—Creo que sabías exactamente lo que hacías cuando te lo pusiste.

—Igual sí, igual no... —murmura, inclinándose apenas hacia delante—. Mmm... ¿te está costando mantener la mirada en mi cara?

Me pilla. Y lo sabe.

—Un poco —admito, bajando la voz—. Pero créeme, lo intento. Es solo que... tu cara compite con demasiadas cosas esta noche.

Clara se ríe con la cabeza ligeramente echada hacia atrás, como si el comentario le hubiera pillado por sorpresa, pero le gustara.

—Ya... —susurra, relamiéndose el labio inferior con lentitud—. Y eso que aún no me he levantado a por la segunda ronda.

—Cuidado, novato. Que como sigas así te voy a tener que llevar a casa para evaluarte a fondo, a ver si realmente te mereces la matrícula

—Yo pensaba que ya la estaba sacando —le lanzo, sin disimulo.

—Uf... No te vengas arriba tan pronto —dice, pero los ojos le brillan—. Que la evaluación todavía no ha terminado.

Nos miramos sin decir nada durante unos segundos. Solo el ruido del bar, los vasos que chocan y las conversaciones ajenas; interrumpen nuestra mirada. Aunque todo eso parece muy lejos, muy fuera de esta mesa.

—¿Otra ronda? —pregunta ella, inclinándose hacia mí con esa media sonrisa que me ha tenido empalmado media guardia.

10

Los días siguen pasando y yo sigo igual: con la cabeza hecha un lío, medio enganchada a alguien a quien no debería ni mirar. Mario. El buenazo de Mario. El que no se entera de la mitad, pero me mira buscando todas las respuestas. Desde aquella noche no hemos vuelto a hablar de lo que no pasó. Y no sé si eso me alivia o me enreda más.

Esta mañana me ha llegado un correo del hospital con mis primeros turnos. Antes de abrirlo siento una punzada de emoción, de nervios. De vértigo, más bien. Abro el PDF y repaso los nombres que, de pronto, formarán parte de mi rutina: Clara, Esther, Julio, García. Aún no sé quiénes son, pero me intriga. Me pregunto cuál de ellos me caerá bien. Cuál me sacará de quicio. Cuál se convertirá, sin quererlo, en alguien importante. A veces pienso en eso: cómo gente completamente desconocida puede llegar a removerte la vida simplemente por compartir el mismo maldito turno.

Cierro el correo y vuelvo a lo que me tiene estancada desde hace días: el puto piso. Comienzo la semana que viene y tengo preparado todo, menos el lugar donde caerme muerta. De momento tengo tres opciones, y cada una tiene algo que me hace querer y no querer firmar ya.

Opción uno: compartir piso con tres estudiantes de medicina. Es un piso grande, cerca del hospital, con zonas comunes amplias y todos los gastos incluidos. Y además, al ser cuatro habitaciones, seguramente no se note demasiado la convivencia. Pero seguro que huele a piso de estudiantes que echa para atrás: colchas feas, nevera compartida y un cartel en la cocina que pone "limpia tu mierda". Qué pereza.

Opción dos: un piso monísimo en pleno centro. Decoración cuidada, suelos hidráulicos, y hasta balcón con macetas (que probablemente mataré en tres días). Pero está lejos del hospital, es más caro, y la habitación que queda tiene una cama individual que parece pensada para no pecar. ¿Yo durmiendo sin poder estirarme? Imposible.

Y la última opción, que he encontrado esta misma mañana: un loft de 35 metros, todo en uno. Cocina, habitación y salón en el mismo espacio. Cocina americana —pero sin tabique— y el baño, eso sí, separado. La ducha es tan justa que para enjabonarte tienes que planear bien los movimientos, pero sería mi espacio. Mío. Nadie que deje sus pelos en el desagüe ni que me intente sacar conversación cuando no quiero hablar. Además está justo a medio camino entre el centro y el hospital.

No sé qué haré. Creo que los primeros días cogeré algún hotelito e iré a ver las opciones para decidirme, vaya lío. De momento quiero disfrutar de esta última semana en Madrid.

11

Cuando salimos del bar, nos recibe un agradable aire fresco. Pero a mí lo único que me refresca de verdad es su risa, su voz, la forma en que camina a mi lado. Vamos muy pegados, nuestros brazos se rozan y estamos los dos callados como si ya no tuviésemos nada que decir. En un semáforo, se gira con una sonrisa, la miro a los ojos recordando todas las pajas que me hecho pensando en esa carita y soy incapaz de contenerme. Demasiadas noches imaginando esa sonrisa blanca antes de besarla. Así que me acerco lentamente, le rozo la boca, suave, pidiendo permiso para empezar. Ella no se aparta, solo me agarra de la chaqueta y me dice:

—Vamos a mi casa.

El camino es corto, pero se me hace una eternidad. Todo en mí va acelerándose: el pulso, la respiración, las ganas de Clara. Cuando por fin llegamos a su portal, no espero ni un segundo, apenas se cierra la puerta detrás de nosotros, la empujo contra la pared y nuestras bocas se funden en un beso húmedo en el que nos deleitamos varios minutos. Jugamos con las lenguas, con las manos, con la urgencia de conocer cada cuerpo, pero sin apurarnos. En el ascensor me agarra del cuello, mientras yo le acaricio la cintura, y nuestros cuerpos se pegan.

—De esta inyección no te salvas, rubia. —le digo mientras la giro y pego mi miembro duro sobre su culo anticipando mi intención.

Cuando llegamos al dormitorio, me decido a tomar el control, siento que necesito saborearla con calma. La tumbo sobre la cama despacio, como si fuera una princesa, y voy quitándole la blusa que tanto me había cautivado en el bar. Como había intuido, debajo lleva un sujetador blanco de encaje que le queda como anillo al dedo; mi polla palpita en el pantalón sabiendo lo que le espera. Me detengo un segundo por el simple placer de observar esta imagen: la enfermera más guapa del hospital, tumbada frente a mí, jadeando por sentirme dentro. Por fin se acaba mi sequía sexual y de qué forma.

Me inclino sobre ella, acariciando con los dedos el encaje del sujetador mientras lanzo besos cortos sobre su cuello y sus hombros calentándolo poco a poco. Clara empieza a soltar pequeños suspiros que apenas puedo intuir. Deslizo los dedos bajo la tela, deleitándome con sus pezones que notó durísimos y no puedo resistirme a pellizcarlos y arrancarla el primer gemido. Clara me grita con la mirada que siga, así que sigo. Pellizco suavemente sus pezones mientras los valoro: duros y pequeñitos, como sus pechos, que aprovecho para abarcar fácilmente con mi mano y apretarlos confirmando lo que mi polla ya sabe; están para comérselos. Me recreo en el momento, sin prisa hasta que decido quitarle el sujetador que tan cachondo me ha puesto. Veo sus tetitas desnudas por primera vez y no puedo sino disfrutar del contrase entre la cara de guarra que me pone y su tren superior destapado.

—Estás buenísima —susurro mientras me incorporo y empiezo a desabrocharme la sobrecamisa con calma, sin dejar de mirarla. Me deshago de ella y de la camiseta hasta igualar nuestro nivel de desnudez.

—Tú no tanto, novato —me lanza, con una sonrisa ladeada.

Entonces me inclino sobre sus pechos y empiezo a lamerle los pezones, despacio, saboreándolos con la lengua como si fueran un manjar. Rosados, duros y muy sensibles, ya que el más mínimo roce la hace estremecer. Me concentro en uno, jugueteando con la punta de la lengua hasta que la noto temblar ligeramente. Entonces, sin previo aviso, le lanzo un mordisco suave. Su reacción es inmediata: un gemido ronco y profundo escapa de su garganta.

—Pues para no estar bueno bien que gimes, puta —la insulto por primera vez tanteando el tipo de lenguaje que debo usar.

—¿Qué me has llamado?

—Puta —contesto para acto seguido morder su otro pezón.

—Ahhh, cabrón. —gruñe, con una mirada desafiante.

—Yo seré un cabrón, pero tú una puta —bajo la voz, acariciándole el muslo lentamente— Mi putita.

Me doy cuenta de que le gusta ese lenguaje mientras sigo trabajando en sus pezones, lamiéndolos con ritmos cambiantes, lentos y luego rápidos. Cada caricia de mi lengua los endurece y su boca demuestra su excitación con esos gemiditos que no logra contener. Clara se arquea levemente hacia mí, entregada, como si cada movimiento de mi boca encendiera algo más dentro de ella.

—¿Vas a estar así toda la noche? —pregunta con la voz entrecortada, desesperada por la excitación.

—Lo que haga falta —respondo.

Pero capto el mensaje. Me incorporo despacio, disfrutando del roce de su piel contra la mía. La levanto conmigo, acariciándola desde los muslos hasta sus caderas, dejando que mis manos exploren el contorno de su culo por primera vez. Lo palpo con deleite, saboreando el momento como si fuese un regalo. Su respiración se acelera. La mía también.

—El mejor culo que he tocado en mi vida —le susurro al oído para acto seguido dar una nalgada que amortigua su pantalón vaquero.

—Joderrr

—¿Te pone que te azoten, putita? —digo mientras lanzo otro azote sobre su otra nalga.

—Síííí, azótame cabrón.

Entonces se da la vuelta para dejarme una vista perfecta de su culo y empieza a desabrocharse el vaquero con calma, mientras me sostiene la mirada y muerde con suavidad su labio inferior.

—Pero me sobra este pantalón —afirma con su mayor pose porno llevando las manos al botón de su vaquero mientras mantiene mis ojos atrapados en los suyos.

Empieza a bajárselo despacio, con una lentitud medida que me enciende. Cuando por fin lo desliza por sus caderas, descubro dos nalgas redondas, firmes, apenas cubiertas por un tanga blanco que deja muy poco a la imaginación. La imagen es de escándalo. Me quedo mudo, hipnotizado por el vaivén de su cuerpo.

—Serás puta, ¿y esta lencería? —pregunto, sin poder apartar la mirada— ¿También la llevas en las guardias?

Niega con la cabeza dejando adivinar una sonrisa malévola y me dice:

—No, esta es especial —susurra—. Solo me la he puesto para ti.

En ese momento pierdo el control y me abalanzo sobre ella. Inclino su cuerpo sobre la cama para dejarla justo en la posición que quiero: con el culo en pompa. Y lo empiezo a azotar con rabia.

—Así que te gustan los azotes… —le susurro al oído, mientras mi mano encuentra su destino con un golpe seco y firme.

—Ahhh… sí —gime Clara, con un tono que mezcla placer y desafío.

—¿Cuánto te gusta? —pregunto, acercando los labios a su cuello, dejándole sentir mi aliento mientras acaricio el contorno de su otra cadera.

—Mucho… —responde, entre jadeos, moviendo las caderas como si buscara la próxima embestida de mi mano.

No la hago esperar. Otro golpe resuena en la habitación, más intenso, más lleno de intención.

—Ahhh… más fuerte —suplica, arqueando la espalda, ofreciéndose por completo.

PLAAAAS

—Más fuerteee

PLAAAAAAS

Su culo tiene marcada mi mano en la nalga, pero sigue pidiendo más. Pienso por un momento usar un cinturón, pero ya habrá tiempo para eso. Es nuestra primera vez, así que dirijo mis manos hacia su cuerpo cogiendo sus pequeñas tetas desde atrás, sus pechos caben sin esfuerzo entre mis manos, pequeños y firmes, perfectos. Comienzo a bajar en busca de la última prenda que le queda. Voy bajando poco a poco, rozando su piel con la yema de los dedos, hasta llegar a ese tanga diminuto que, al acariciarlo, descubro húmedo.

Me tomo mi tiempo, deslizo el tanga por las piernas con suavidad hasta lanzarlo a algún lugar del cuarto. Vuelvo a mirar el culo de Clara enrojecido con la forma de la palma de mi mano y, acto seguido, la giro y se deja caer sobre el colchón. Descubro entonces una fina línea de vello rubio sobre su pubis —¿puede ser más caliente esta chica? —, casi imperceptible, como una invitación a su jardín. Clara me mira con esos ojitos que me vuelven loco pidiendo que siga así que me inclino entre sus piernas. Observo por primera vez ese coño, mínimo, tan cerradito que por un momento me pregunto si será virgen; pero estoy seguro de que no —una pena— y comienzo a acercar mi lengua hacia la parte inferior de su vagina.

Empiezo por los bordes de su sexo, saboreando el calor que mana de ella. Paseo la lengua, explorando esta nueva conquista, sin prisa; evitando su clítoris a propósito, como una venganza por todas las veces que me calentó en el hospital. Ella arquea las caderas desesperada buscando el contacto de mi lengua con su pequeño botón. Pero marco yo el ritmo, quiero disfrutar del momento, memorizar los labios de su coñito antes de dejar paso al éxtasis.

—Eres un hijo de putaa —grita pidiéndome piedad.

Pero la ignoro y sigo jugando con sus labios vaginales evitando el contacto con su clítoris mientras comienzo a tensar la lengua para penetrarla por primera vez. Noto su coño caliente y empapado por dentro y mi pene, cada vez más aprisionado, me recuerda que todavía tengo el pantalón puesto. Así que me levanto dejando a Clara al borde del orgasmo.

—¡¿Qué haces?! —pregunta sin entender por qué me detengo.

La ignoro y me bajo el pantalón liberándome de parte de la tensión de mi polla, decido no quitarme todavía el boxer para que, luego, el placer sea mayor. Y vuelvo a abalanzarme sobre el chochito de la rubia. Esta vez quiero que se corra, empiezo con movimientos circulares sobre su clítoris, primero amplios y después cada vez más cerrados.

—Por finnn, cabrón.

Clara empieza a gemir de forma descontrolada, cada vez más alto —seguro que el vecino se estaba llevando un buen espectáculo—.

—Sí, sí, sí, sigue, sigue —grita mientras voy acelerando la rotación de mi lengua con movimientos cada vez más cortos y precisos. Entonces, sabiendo lo mojada que está, introduzco hasta el fondo cuatro de los dedos de mi mano y la escucho chillar.

—ME CORROOOOO. AHHHHH

Mientras convulsiona, mantengo los movimientos de mi lengua sobre su clítoris aumentando la circunferencia para incrementar su placer y empiezo a penetrar con rapidez su vagina buscando que se corra otra vez.

—AHHHH. AHHHHH. PARAAA. CABRÓN. PARAAA. ME CORRO.

En ese momento se deja llevar y comienza a soltar chorros y chorros de líquidos vaginales. Sé que no todas las tías lo hacen, pero me encanta intentar llevarlas hasta este punto siempre que puedo. Los chorros golpean mi cara dejándome pringado de los fluidos de Clara, pero sigo estimulándola hasta que termina el orgasmo y se desploma sobre el colchón espatarrada por completo. Me levanto y voy a por un poco de papel para limpiarme antes de tumbarme a su lado y empezar a acariciar su cabeza.

—Oh dios, Julio. Te he dejado pringado. Nunca me había corrido así, lo siento —dice, con una mezcla de vergüenza y asombro en la voz. Aún jadea ligeramente, con los labios entreabiertos y las mejillas encendidas.

—¿Has disfrutado? —pregunto sin moverme, sin necesidad de más.

—Muchísimo —admite bajito.

—Pues entonces no hay nada de lo que disculparse —le susurro al oído, acariciándole el pelo con una mano mientras la otra juguetea con su culo.

Me acerco despacio y la beso. Un beso lento, profundo, que sabe a complicidad y a deseo satisfecho. Su boca se abre apenas y nuestras lenguas se encuentran en un beso lento. Clara detiene el beso y me muerde el labio inferior con rabia.

—Todavía no he terminado contigo.

Clara se había corrido un par de veces ya, y ahora quería volver a tomar el control, yo la dejo hacer porque es imposible oponerse a esos ojitos azules. Sigo tumbado en la cama mientras ella se incorpora para empezar con su faena, aprovecho cuando deja su culito expuesto para darle una buena cachetada y una vez de pie me indica con el dedo que la siga.

—Ven.

Me levanto como un resorte y cuando me acerco se lanza directa a mi cuello, comenzando a darme besitos mientras me susurra guarradas al oído.

—Mmm… eres un puto cerdo… —susurra entre besito y mordisco suave.

—¿Te crees que por comerme bien el coño vas a catar este culo? —me dice al oído, ronca de deseo.

—No soy tuya… —jadea, dejando un beso húmedo justo bajo la mandíbula

— No soy tu puta.

—Tú… tú eres mi juguete… —añade con una sonrisa peligrosa, mordisqueando el lóbulo de la oreja.

—Y voy a hacer contigo lo que me dé la gana… —gime entre caricias lentas por su nuca.

—Cuando… me dé… la gana… —marca cada palabra con un roce, una provocación.

—Novato… —termina con una risa ronca, mientras su lengua roza mi cuello una última vez.

Había empezado dominante pero Clara ha tomado el control y no sé si podré recuperarlo. Sus labios juegan en mi cuello con una lentitud que me vuelve loco. Cada beso parece calculado, cada roce, una amenaza, una duda de que igual no me puedo controlar. Me tiene al borde, como si fuese un adolescente otra vez, aguantando la corrida como puedo. Mis manos están tensas sobre sus caderas, intentando aferrarme a algo antes de perder el control. Y entonces, sin apartarse ni un milímetro de mi piel, susurra:

—Mmm… ¿Qué pasa, machote? —susurra con una sonrisa traviesa, rozando mis labios sin llegar a besarme— ¿Vas a correrte antes de que empiece lo bueno?

La frase me atraviesa, me dan ganas de morderle el labio, empujarla contra la pared y demostrarle que no, que aún tengo margen. Pero la verdad es que no estoy tan seguro. Respirar es cada vez más complicado. Pensar, imposible. Y esa sonrisa traviesa y peligrosa, me dice que lo sabe. Que le encanta tenerme así.

—No te pases —le digo, medio en serio, medio entregado.

—¿O qué? —contesta, rozando su nariz con la mía—. ¿Vas a castigarme?

Deja los besos y los mordiscos para atacar mi boca otra vez. Empieza un beso lento y húmedo, lengua con lengua y aprovecha para arañar mi espalda y empezar un lento descenso hacia el calzoncillo. Besa cada parte de mi torso, poco a poco, deleitándose; dándome margen para recuperarme. Se detiene levemente en mis abdominales para palparlos y finalmente llega al esperado bulto.

—Vaya, parece que la tiene grande el novato.

Mi polla está a punto de reventar, nunca la había visto así. De normal diría que me gasto una buena herramienta, pero hoy parece monstruosa en comparación, unos 20 centímetros de pura sangre con un grosor considerable. Me baja el calzoncillo y salta rebotando directamente contra su cara; casi me corro con la imagen de la cara de Clara, tapada por mi polla, dejando solo sus preciosos ojos azules y su melena rubia visibles.

Deseo que lo haga, deseo que me la chupe hasta vaciarme, pero veo en su mirada que no lo piensa hacer; tampoco se lo pido, sería como rendirme ante ella. Se levanta y se da la vuelta delante de mí. Sé lo que quiere. Me acerco por detrás y por primera vez su culo y mi polla contactan sin ninguna prenda de por medio. Lo noto duro, carnoso, listo para amortiguar lo que se viene. Empiezo a besar su cuello imitando los besos que me daba hace un rato mientras coloco mi miembro en la entrada de su cueva.

—Fóllame, Julio. —me dice mientras arquea ligeramente la espalda para terminar de abrirse.

No lo dudo ni un momento y me abro paso dentro de Clara disfrutando de cada milímetro de penetración hasta que mi pelvis golpea su culo por primera vez. Soltamos los dos un grito ahogado. A su coño le cuesta recibir el tamaño de mi carne y su conducto me aprieta como si no estuviese preparado para este tamaño, con esta presión no creo que aguante mucho dentro de ella.

—Toma, puta, lo que llevabas esperando desde hace dos semanas —suelto mientras me acerco a la pared con mi polla dentro de ella y comienzo a percutir su coñito sin piedad.

Noto cómo se va abriendo a medida que la perforo una y otra vez y noto la excitación subir desde mis huevos. De repente recuerdo que no estoy usando condón y ralentizo el ritmo.

—Clara, no tengo un condón puesto.

—Da igual, estoy tomando la píldora. Tú sigue. No pares.

Así que vuelvo a acelerar el ritmo recreándome en el sonido de mi cuerpo chocando contra su precioso culo. Por fin me la estoy follando. Enredo su melena en mi mano y empiezo a tirar de su pelo mientras la penetró con fuerza.

—Joder… cómo me pones, putita…

—¿Sí? —su voz es un suspiro caliente contra mi oído.

—He querido follarte desde que te vi la primera vez —le confieso entre jadeos.

—Ya lo sé, novato —responde, con una sonrisa que puedo sentir incluso sin verle la cara

—Ahhh… me voy a correr… —gimo, con la respiración desbocada.

—Sí, córrete dentro. Lléname de lechita —me anima, con un tono que me lleva al borde del orgasmo

—¿Quieres lechita? —pregunto, con la voz rota, al borde.

—Síííí —grita, aferrándose a mí.

—AHHHHHH. AHHHHHHHH. ME CORRO, PUTA. TOMA MI LECHE. AHHHHHH JODER

Descargo con fuerza, enterrando mi polla por completo, sintiendo las contracciones de su vagina mientras recibe la corrida. Me quedo dentro unos segundos más, intentando prolongar esta sensación indescriptible. Después, le doy una nalgada suave, casi tierna, antes de salir despacio, dejando escapar toda la carga que he dejado en su interior. Me quedo unos segundos contemplándola: su espalda aún arqueada, la piel perlada por el esfuerzo, el vaivén lento de su respiración y ese trasero que me tiene completamente loco. La imagen de su cuerpo goteando mi leche, se me queda grabada. Sé que no voy a olvidarla.

Entonces se incorpora de golpe y camina hacia el baño.

—Vete —dice sin mirarme, con voz seca.

La puerta se cierra tras ella. Y, desde dentro, me lanza un último grito sin emoción:

—Ya nos veremos.

Me quedo en silencio, con la polla flácida pero repleta de sus flujos. Siento el pulso latiéndome en las sienes, el eco del deseo aun vibrando en mi piel… pero no entiendo nada. Su reacción me desconcierta. ¿He dicho algo que no debía? ¿He ido demasiado lejos? Juraría que había disfrutado, que se había dejado llevar, que sus gemidos no mentían. Pero ahora se encierra en el baño como si quisiera borrar lo que acabamos de hacer.

El aire sigue denso, cargado de ese olor inconfundible a piel, sudor y sexo. Me visto despacio, intentando encontrar algo de claridad. Recojo mis cosas sin hacer ruido, aún con la sensació sus uñas en mi espalda y el sonido de su orgasmo resonando en mi memoria. Miro una última vez hacia la puerta cerrada. Me tienta llamar, preguntar, pedir una explicación... pero no lo hago. Suspiro, me paso la mano por el pelo y salgo de su casa con más vacío que satisfacción.

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Hasta aquí el relato, queria agradecer todos los comentarios que han recibido los anteriores. Intento ir mejorando mi escritura poco a poco y vuestros comentarios me animan y me ayudan a seguir trabajando. A partir de ahora intentaré publicar los domingos, porque no tengo mucho tiempo y no puedo seguir este ritmo de publicación.

¡Muchas gracias a todos, nos vemos pronto!

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