Xtories

Hospital comarcal 2

Clara sabe exactamente cómo jugar con la mente de Julio, usando cada mirada y cada susurro para mantenerlo al borde del control. Mientras tanto, Virginia decide que esta noche no será como las demás, y el 'buen chico' de su grupo de amigos se convierte en el objeto de su deseo más inesperado.

Ricardo Lomas7.2K vistas9.7· 12 votos
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Recomiendo leer la primera parte para disfrutar más de este relato: https://www.todorelatos.com/relato/232047/

3

Las primeras semanas en la planta están siendo agotadoras. Estoy aprendiendo a marchas forzadas, intentando no hacer el ridículo, pasar desapercibido y que no me tomen por un inútil. He hecho prácticas clínicas antes, sí, pero esto es otra liga. La responsabilidad ahora recae sobre mí y la noto. Joder si la noto. Me muevo callado, al margen, como quien no quiere molestar y, de momento, parece que funciona. Esther está contenta con mi trabajo y me deja entrever que confía en mí.

Últimamente estoy agotado, pero cuando llego a casa siempre tengo tiempo de hacerme una paja. Los días en el hospital son intensos, pero hay que reconocer que mis compañeras de planta están buenísimas y uno no puede controlar sus impulsos todo el tiempo, por algún lado tiene que salir. La que más me pone es Clara con esa sonrisa perfecta y las panorámicas del culo que me regala cada vez que nos cruzamos en el pasillo —y eso que lleva el pantalón feo de las enfermeras—. La muy cabrona está jugando conmigo y yo no dejo de imaginarla en el cuarto de curas empotrada contra la pared. Por supuesto que todo esto lo disimulo —hay que jugar bien las cartas—, pero no pienso desperdiciar la oportunidad si se pone a tiro. Y parece que ella lo sabe.

Hoy ha sido un día duro y, para empeorarlo, Esther me ha pedido que esta noche haga la guardia porque una de las enfermeras del turno ha fallado. Cuando eres el novato conviene no negarse porque después te pueden hacer la vida imposible, además, me cae bien Esther y la he visto agobiada. Pero justo hoy estoy reventado, ayer por la noche casi no pude dormir recordando el encuentro que tuve con Clara en esta misma sala. La muy zorra sabe muy bien cómo calentar a un tío y me dejó con la polla dura el resto del día.

Entró mirándome de reojo, comprobando que no había miradas indiscretas en la zona. Ver a Clara es un espectáculo siempre, pero ayer se había hecho una coleta de caballo que bajaba por su espalda apuntando hacia su perfecto culo. Estaba espectacular y mira que es difícil destacar con el pijama del hospital, pero Clara era puto fuego. Estoy seguro de que muchos de sus pacientes acaban empalmados después de cualquier intervención.

—¿Tú siempre estás tan serio, o solo cuando estoy yo delante? —me suelta, jugando con la cucharilla del yogur como si fuera actriz de una película francesa.

—Estoy concentrado —le digo, sin levantar mucho la mirada, que segundos antes había clavado en su trasero mientras recogía el yogurt de la nevera.

—¿Concentrado… en qué? —pregunta con una sonrisa burlona bajando la voz —¿En mi culo?

Se acerca lentamente y le da un sorbo a mi café mientras yo intento disimular el bulto incipiente que se levanta en mi pantalón. No contesto, ¿qué coño voy a decir? Ella ríe bajito, como si acabara de ganar una ronda del juego. Después se levanta, se estira con descaro, y pasa detrás de mí. Y me susurra al oído:

—No lo mires tanto que te queda mucho turno para andar con esa tienda de campaña por todo el hospital —dice mientras mira descaradamente la erección que me ha provocado.

Sale de la sala contoneando el trasero, sabiendo perfectamente que mi mirada se clava justo donde quiere: en el centro de ese culo de escándalo que se mueve de un lado a otro sabiéndose el protagonista de la escena. Clara está jugando conmigo, y no tengo del todo claro cómo manejarlo. Por un lado, es de tercer año: si meto la pata, puede hacerme la vida imposible. Por otro, mi pasividad le está dando más control del que me gustaría admitir. Y ese es el problema, disfruta del juego, sí, pero es de las que, si te ve solo como un juguete, nunca te va a dejar más que un calentón y una tienda de campaña bajo el uniforme. Clara es fuego, sin duda, pero también sabe cómo controlarlo. Empiezo a sospechar que lo que quiere no es quemarse conmigo, sino quemarme a mí, poco a poco, a su ritmo. Lo peor es que, ahora mismo, soy yo quien está medio empalmado en una sala de descanso vacía, bebiendo un café de mierda y pensando en cómo disimular cuando vuelva al control. Voy un paso por detrás, y eso no me gusta nada.

Y aquí estoy otra vez, en la misma sala, con otro turno por delante y la cabeza hecha un lío. Anoche no pegué ojo, lo primero que hice al llegar a casa fue meterme bajo la ducha, con el cuerpo rendido y la polla dura como una piedra. Cerré los ojos y volví a la escena en bucle: su boca robándome un sorbo de café, su voz susurrándome al oído, y ese culo alejándose como una tentación que se te escapa de las manos. Me dejó empalmado, confundido y con la sensación de que soy yo el que está bailando a su ritmo.

Comencé a acariciarme sin prisa, recorriendo la extensión de mi pene centímetro a centímetro, dejando que la imagen de su coleta y la curva que se intuía debajo de su pantalón se apoderaran de todo. Llevo dos años sin follar, pero las pajas… han evolucionado. Ya no es solo cuestión de cascármela a lo bestia y correrme para soltar tensión. Es otra cosa: un ritual, una mezcla entre el recuerdo, la fantasía y el deseo.

Deslicé la mano con calma, de arriba hacia abajo, dejando que el calor subiera lentamente mientras sentía la sangre empujar con fuerza, endureciéndome más con cada imagen que aparecía en mi mente. Cuando la presión empezó a acumularse, me centré en el glande, acariciándolo con la yema de los dedos, justo lo necesario. Nada más. Solo el roce preciso para alargar el orgasmo hasta sentir cómo el cuerpo se tensa, y se queda al borde, justo donde el placer se vuelve castigo.

Y entonces la vi con su culo desnudo apoyado sobre la mesa de la sala de descanso. Perfectamente estirado, esperándo para recibir mi polla. Sin darme cuenta, mi mano empezó a moverse más rápido, acelerando el ritmo al tempo de la imagen de Clara gimiendo, con las manos apoyadas en esa mesa, mientras la penetraba con fuerza. Una y otra vez, una y otra vez, sintiendo cómo el calor subía desde mi estómago, abrasándome por dentro, hasta llenar a Clara con mi simiente.

Abrí los ojos justo en el instante en el que estallé. El primer chorro salió disparado hacia el desagüe, acompañado de un gemido que no pude contener. Luego vinieron cinco más, menos potentes, pero igual de necesarios. Cada espasmo arrastraba un poco de la tensión que llevaba días acumulando en mis huevos. Me apoyé contra la pared, con el agua corriendo por mi espalda, el pecho agitado y la mano aún manchada de blanco.

Recuerdo todo mientras camino hacia el control y nada más cruzar la puerta me topo con Esther, plantada de pie como una general en medio del cuartel. Está hablando con Clara, que tiene el codo apoyado en el mostrador y juega con un mechón de su pelo como si no tuviera ni una sola preocupación.

—...si es que estoy hasta el chichi, Clara —suelta Esther, cruzando los brazos—. ¿Tú sabes cuántas putas veces me han dejado tirada este mes? Tres. Y siempre con la misma excusa: fiebre, gastroenteritis o la puta regla. Voy a empezar a pedir parte ginecológico a cada una que falte en un festivo.

Clara ríe por lo bajo, como quien escucha a su madre despotricar por enésima vez. Cualquiera diría que se la resbala todo, pero escucha a Esther con atención. Hasta este momento no me había fijado, parece que las dos tienen una relación bastante cercana.

—¿Y tú qué? ¿Te ha convencido la jefa para quedarte de guardia o te has ofrecido voluntario para hacerte el bueno? —me pregunta Clara mirando de reojo la ligera erección que se me ha levantado durante el paseo hacia el control.

—Me ha tocado —respondo—. Una baja de última hora. Ya sabes, los virus selectivos.

Esther se gira y me señala con el boli.

—Eso es lo que me gusta, gente que no llora. ¿Ves, Clara? Este chico sí que vale. Es calladito y un poco soso, pero nunca se escaquea. —dice inspeccionando a Julio con su mirada.

Clara alza las cejas.

—Pues vas a tener suerte, yo también me quedo esta noche. Ya le dije a Esther que me apunto. No voy a dejar solo al novato… puede perderse por los pasillos o quedarse encerrado en la sala de materiales.

—Tengo buena orientación, pero no me importaría quedarme encerrado si estoy bien acompañado —le respondo aprovechando para meter ficha.

—Ajá, el chico va aprendiendo, Esther. Con lo calladito que parece—dice, mientras suelta una sonora carcajada que Esther acompaña sin dudarlo.

—Perfecto, pues ya que estamos los tres, vamos a organizarnos. A ver si esta noche no hay que levantar muertos ni lidiar con borrachos de madrugada. Porque como venga otro a vomitarme encima, lo mando entubar y santas pascuas.

—Qué imagen más bonita, Esther —comenta Clara, sacando un chicle del bolsillo—. Me vas a quitar las ganas de cenar.

—Tú no te ibas a comer más que el ego del celador nuevo, así que no mientas —responde Esther con media sonrisa.

Me río por dentro. Esther tiene puntería. Clara, sin perder el ritmo, se gira hacia mí justo cuando Esther se aleja por el pasillo refunfuñando.

—Bueno, parece que esta noche vamos a pasarla juntitos. ¿Te gusta el café solo o prefieres que te lo sirvan con un poco de leche?

—Yo lo prefiero solo, pero tú tienes pinta de tomarlo bien cargado… y con leche —le suelto, sin disimular la segunda intención.

Clara ladea la cabeza, se muerde el labio inferior como si acabara de saborear algo dulce, y me lanza una mirada que se clava directo en el pantalón.

—No estaría tan seguro de eso —responde—. Pero si yo fuera tú, me daba una duchita antes de empezar la guardia. Te noto… tenso.

Hace una pausa. Baja la mirada, descarada, y añade en voz baja:

—Está bastante tranquilo por aquí. Si quieres, te cubro.

4

Buscar piso en una ciudad nueva es una tortura. Y si encima cobras una mierda como residente de primer año, se convierte directamente en una odisea. Mi idea inicial era dejar de compartir, tener por fin mi espacio, una cama grande, intimidad… pero con los precios que he visto por Cartagena —ni que fuera Barcelona—, me da que voy a tener que conformarme con una habitación en un piso compartido. Parece que para tener un puto piso no basta con hacer cuatro años de carrera y haberme dejado las pestañas otro año entero preparando el EIR. En fin. Me quedan tres semanas para encontrar algo decente, pero con el cabreo que llevo encima, me cuesta hasta ser simpática.

Esta noche he quedado con mis amigos de Madrid para empezar a despedirme. Me da un poco de pena, la verdad. Nunca he sido de tener un grupo fijo, pero con ellos he compartido muchas cervezas, risas y algunas borracheras memorables. Aunque, sinceramente, la única conexión real la tengo con Inés. Fue mi compañera de piso durante tres años y, desde entonces, se ha convertido en mi persona. Inés es... Inés. Una mezcla explosiva de desparpajo y magnetismo. Lleva el pelo corto, negro azabache, aunque a veces se lo tiñe de colores cuando le da por ahí —es decir, cuando quiere olvidarse de su último ligue—. No tiene el típico cuerpo de revista: es delgada, pero con las curvas justo donde toca. Unas tetas pequeñas que a los tíos les dan mucho morbo y un culito respingón que sabe cómo aprovechar. Pero si algo la hace destacar son sus piernas: largas, tonificadas, de esas que, cuando se enfunda una falda corta, hacen que todo el mundo se gire. Y luego están sus labios: carnosos, bien dibujados, con esa manera de hablar que convierte cualquier frase tonta en una provocación.

Ella estudió Comunicación Audiovisual y se podría decir que es una perroflauta, pero no os dejéis llevar por la imagen. Es una chica espectacular y se folla a todo tío que desea. Además, como está decidida a convertirse en directora —y nadie duda de que lo va a conseguir— siempre tiene a algún actor emergente dispuesto a ganarse un puesto en su corto. También le gustan las chicas; no le hace ascos a nada. Estoy segura de que, si por ella fuera, nos habríamos liado el segundo día, cuando salimos a tomar una cerveza.

Pero a mí no me van los coños. Solo me ponen las pollas, y no me sirve cualquiera: tienen que tener el tamaño justo para llegar a mi punto G cuando las monto, aunque tampoco me gustan enormes. En los últimos años he tenido muchas historias, y eso da experiencia: aprendes rápido lo que te gusta y lo que no. Y aunque nunca me he liado con una chica —ni siquiera en una noche tonta— lo tengo claro: los coños no me hacen tilín.

Así que nuestra relación siempre ha sido perfecta: cariño, complicidad y cero dramas amorosos.

Esta noche venían también Aitana y Mario, dos amigos de la carrera de Inés con los que he compartido bastantes tardes de cañas y alguna que otra resaca. Aitana es majísima, sí, pero le falta el desparpajo de Inés. Es de esas personas que siempre responden con una sonrisa educada, como si tuviera miedo de pasarse de la raya. A veces me resulta tan sosa que me dan ganas de agitarla, a ver si espabila. Lleva años saliendo con un chico de su pueblo —un tal Javi o Josu, siempre me lío— y, sinceramente, no entiendo cómo siguen juntos. Una relación a distancia, sin chispa, sin morbo... si es que ni siquiera se le ilumina la cara cuando habla de él. Pero bueno, cada una con su rollo.

Mario, por su parte, es un chico encantador. Un buenazo, de esos que te escuchan y te sujetan la puerta antes de pasar. Físicamente no destaca: tiene esa barriguita incipiente de quien lleva demasiado tiempo saltándose el gimnasio y justificándose con que “no le da la vida”. Pero es majo. Y se nota que me tiene ganas desde hace siglos. Nunca ha dicho nada, jamás ha sido grosero, pero una lo nota. Las miradas que se le escapan cuando me levanto, el silencio cuando le pregunto por sus ligues y ese tono entre tímido y frustrado que solo se usa cuando te gusta alguien que sabes que nunca va a pasar por tu cama.

Nos encontramos en el bar de siempre, una terraza en Lavapiés de esas con mesas cojas y camareros que parecen salidos de un casting para modernillos. Inés ya está allí, copa en mano y cigarro a medio consumir, con una camiseta reivindicativa y los labios pintados de un rojo sangre que dan mucho morbo. Esta noche va de caza, se le nota en el brillo de los ojos y en cómo mira por encima de su copa cada vez que alguien pasa por delante.

Me saluda con un grito y un beso sonoro en la mejilla.

—¡Qué ganas tenía de verte, coño!

—Y yo de emborracharme contigo —le respondo, dejándome caer en la silla de enfrente.

Le doy un repaso visual rápido, sonrío y suelto:

—Ya veo que hoy traes ganas de guerra. ¿Qué pasa, quieres tirarte a Mario o qué?

Inés se ríe con esa carcajada suya, ronca y sin filtros.

—Mario solo tiene ojitos para ti, perra. Pero me parece que no le vas a dar ese gusto. Además, es más tierno que un mochi de fresa. Si me lo follo es capaz de darme las gracias por carta.

—Pero es un buenazo, ¿eh? Igual te saca a cenar después y hasta te pregunta cómo estás.

—Eso está bien para otras. Yo esta noche quiero algo que me haga gritar hasta quedarme afónica y olvidarme del tonto del poeta.

—Una buena polla, vamos —le digo, bebiendo de su copa antes de que pueda quitármela.

—Y tú también necesitas que alguien te dé un buen repaso antes de irte a Cartagena, que se te está empezando a amargar el rostro.

—No te falta razón, tía. Pero no estoy para gilipollas, así que de momento… me conformo con Morgan. —Le guiño un ojo mientras hago un gesto sutil hacia mi bolso, donde guardo mi fiel vibrador.

Inés se parte de risa justo cuando aparecen Aitana y Mario. Ella saluda con dos besos y su sonrisa de siempre, educada. Mario, en cambio, me lanza una mirada rápida, se pasa la mano por el pelo —como si eso fuera a colocarlo— y sonríe con ese punto de entusiasmo torpe que solo se le escapa cuando me ve. Como si se alegrara un poco más de la cuenta, qué tierno.

—Estás guapísima, Virginia —dice, bajando la voz lo justo para sonar sincero sin parecer desesperado.

—Gracias, Mario. Tú también estás muy… ¿cómo decirlo? ¿Atractivo? —respondo con una media sonrisa, usando el tono exacto entre broma y cumplido. El suficiente para no incomodar y dejarle con la duda flotando.

Todos se ríen, él también, aunque las mejillas se le encienden un poco. Está más guapo de lo habitual, no lo voy a negar. Ha venido con un rollo alternativo y ligeramente canallita que nunca le había visto. Chaqueta vaquera, camiseta negra, vaqueros ajustados, el pelo más despeinado de lo normal y una mirada más descarada.

Pedimos la primera ronda. Cervezas para todos, menos para Inés, que fiel a su papel de diva, se pide un vermut con rodaja de naranja. El camarero nos reconoce y nos lanza un “¿lo de siempre?” antes de irse sin tomar nota. Me encanta esa sensación de hogar que da lo conocido, justo cuando estás a punto de dejarlo atrás.

—Bueno, ¿y cómo vas con lo del piso? —pregunta Aitana, con genuino interés

—Fatal —respondo sin rodeos—. O comparto con alguien o me meto a escort, porque no me dan las cuentas.

—Yo tengo un colchón hinchable —salta Inés—, y una gata con ansiedad social. Si quieres, te hacemos hueco.

—¿Y volver a compartir baño contigo mientras te haces las cejas con reggaetón a todo volumen? Paso. Lo viví tres años. Suficiente trauma para una vida entera.

Inés se ríe fuerte, con esa risa que arrastra a todos. Mario sonríe en silencio y Aitana suelta un “ay, qué tonta eres” con su tono de siempre. Me siento bien con ellos. A pesar del agobio del piso, de la inminente mudanza y de las despedidas que me empiezan a doler. Así que decido pedir otra ronda.

—Brindemos por otra noche histórica —digo, apoyando primero y levantando el vaso con teatralidad.

—Por Cartagena y los nuevos comienzos —suelta Aitana, con ese punto de alegría alcoholizada que la hace parecer más suelta de lo habitual.

Las copas van cayendo una tras otra. Terminamos cantando un temazo de reguetón antiguo a grito pelado en un antro vintage y haciendo vídeos absurdos que mañana ninguna querremos ver. Al final acabamos en una discoteca. Aitana se va pronto, sobre las dos, medio tambaleándose, medio arrastrada por sus propias normas de niña bien. Mario, Inés y yo nos quedamos solos, decididos a exprimir la noche hasta la última gota. En un momento dado, Inés se separa para hablar con un chico que lleva media hora mirándola como si ya la tuviera en la cama. Ella lo sabe, claro. La muy puta —como siempre— va a conseguir lo que quiere. Se acerca a él con una seguridad que ya quisiera yo para pedir una hipoteca, y en cuestión de segundos están bailando pegados, con las bocas peligrosamente cerca.

Me quedo con Mario y seguimos bebiendo y bailando, cómodos, como quien se conoce demasiado para tener que disimular. Pero de pronto me entran ganas de jugar. Quizá son las copas. O el hecho de que, joder, esta noche Mario está más guapo que de costumbre. Tal vez sea esa chaqueta vaquera que le da un rollo más canalla, o esa forma de mirarme de reojo, como si no quisiera, pero no pudiera evitarlo. El caso es que me pica la curiosidad. Y me apetece.

Le propongo salir a la terraza a tomar aire. Y allí, entre el humo de los cigarros ajenos y el frescor de la madrugada, me acerco un poco más de lo normal.

—¿Sabes que hoy estás especialmente guapo? —le suelto, con una media sonrisa.

Mario se ríe, nervioso, sin saber si voy en serio o de coña.

—¿Sí? Será por la birra…

—No, la birra te la estás bebiendo. La pinta de canalla la traías de casa —respondo, dándole un sorbo a mi copa y mirándolo por encima del borde.

Baja la mirada, se rasca la nuca, incómodo. Lo tengo en mis manos. Siempre lo he sabido, pero nunca he hecho nada. Esta noche, sin embargo, no pienso portarme tan bien.

5

Al final, hice caso a Clara. Me metí en la ducha del vestuario antes de empezar el turno, más por ella que por necesidad real. Su frase me venía rebotando en la cabeza desde que me la soltó con ese tonito: “Yo que tú me daría una ducha para relajarte antes de empezar la guardia.” No era una recomendación, era una invitación a pensar en ella. Y, cómo no, lo hice. El agua tibia apenas conseguía despejarme, pero me ayudó a bajar un poco el pulso —y el bulto— antes de vestirme de nuevo. Me sequé sin prisa, concentrado en vestirme de nuevo como si eso pudiera distraerme de mis fantasías. No funcionó del todo. La noche en el hospital se me está haciendo eterna. El cansancio acumulado empieza a pasar factura y, para colmo, el ritmo de trabajo no ha dado tregua desde que empezó la guardia; no hemos parado ni un segundo.

Empezamos con un procedimiento delicado: el mantenimiento de un catéter venoso central tunelizado. Esther me pidió que lo realizara yo, con ella supervisando todos los pasos. No era la primera vez que lo veía, pero sí la primera que me ponía al frente. Me temblaban un poco las manos al preparar el campo estéril y comprobar el sistema de fijación, pero me centré en los pasos como si fueran un mantra: lavado de manos, guantes estériles, desinfección de la zona con clorhexidina, cambio del apósito transparente, revisión del punto de entrada. Todo sin cometer errores, todo bajo la mirada crítica —pero paciente— de Esther. La verdad es que se está portando como una madre conmigo, es muy exigente pero no espero menos de una enfermera como ella. Cuando terminamos, me dio una palmadita en el hombro y soltó un “vas cogiendo manos” que, viniendo de ella, vale oro.

Más tarde, mientras revisaba las constantes de los pacientes en el control de enfermería, me tocó el box 3: un chico de unos 20 años ingresado tras un accidente de tráfico. Politraumatismo, fractura de cadera y contusión pulmonar. Le estaban monitorizando constantes cada hora, y al tomarle la tensión vi algo raro: 82/50, cuando en la última toma estaba en 110/70. Revisé el manguito, lo recolqué y repetí la toma. 79/48. El chico seguía consciente, algo somnoliento, sudoroso. Pulsaciones por encima de 110. Me saltaron todas las alarmas.

Avisé de inmediato al doctor García, que estaba en planta. Cuando llegó y lo valoró, ordenó una analítica urgente, control de hemoglobina, de líquidos y bolus de suero fisiológico. Al parecer estaba comenzando una hipotensión secundaria a un posible sangrado interno no detectado. Tuvimos que colocar una vía venosa periférica de calibre grueso para reposición rápida de volumen y preparar al paciente por si era necesario subirlo a la UCI. Todo eso en cuestión de minutos. La planta se activó como un engranaje perfectamente engrasado, y aunque por dentro iba cagado de miedo, por fuera aguanté. Actué rápido, avisé, canalicé e informé. Esa es mi función. Al final, el chico se estabilizó con la carga de líquidos y quedó en observación. Pero aún tengo el pulso acelerado.

Después del susto con el chico, la planta se ha quedado tranquila y aprovecho para pasar por la sala de descanso a tomar un café —si es que a esa agua marrón se le puede seguir llamando café—. Clara está allí, sentada sobre la encimera con las piernas cruzadas, leyendo un parte médico. Levanta la vista cuando entro, y sonríe.

—¿Todo bien, novato? —pregunta, mientras gira ligeramente la cabeza, dejando caer su coleta rubia sobre el hombro.

—Lo justo para no irme corriendo —respondo, sirviéndome lo que queda en la cafetera—. Acabo de salvarle la vida a un chaval y ni siquiera me han dado una galleta.

—Pues si sigues así, te la doy yo. Pero de chocolate, no de las que estás imaginando —añade con una sonrisa ladeada.

Nos reímos, aunque flota cierta electricidad entre nuestros cuerpos. Clara sabe exactamente a qué está jugando, y yo todavía tengo muy presente lo que pasó la otra tarde en esta misma sala. No se ha repetido… aún. Pero hay algo. Algo que se intuye en nuestras miradas y que se prende con cada frase con doble sentido. Y lo sabemos los dos. Solo que ninguno está dispuesto a ser el primero en mover ficha.

Me despido de ella y vuelvo al control, no sin antes echar un último vistazo a ese culazo que se aleja marcando el paso como si supiera que lo estoy mirando. Esther me espera con otra tarea: una paciente con EPOC descompensada necesita una gasometría arterial urgente. No lo he hecho muchas veces, pero no me tiemblan las manos. Me lanzo. Localizo la arteria radial, coloco el manguito para tensar un poco el vaso, limpio con clorhexidina, palpo el pulso con firmeza, y entonces sí: introduzco la aguja con la inclinación justa, a unos 45 grados. La sangre brota pulsátil, brillante, directa a la jeringa. Mantengo la calma, tapo con gasas y comprimo bien el punto de punción. Todo en silencio, con los ojos fijos y la concentración fijada en la yema de los dedos.

—Muy bien —me dice Esther al terminar—. A este paso me jubilo tranquila.

No puedo evitar sonreír.

Pasadas las cuatro de la mañana, la mayoría de los pacientes duermen. Los que no, se quejan con voz baja desde sus habitaciones. Clara y yo compartimos turno de control mientras Esther baja a urgencias para revisar una transferencia. La tensión entre nosotros vuelve, poco a poco, como una corriente subterránea.

—¿Tú siempre has sido tan aplicado o es cosa de querer impresionarme? —pregunta Clara mientras revisamos los registros de medicación.

—Estoy aquí para trabajar. Lo de impresionarte es solo un daño colateral.

Ella se muerde el labio con disimulo, intentando contener una sonrisa peligrosa. Estoy a punto de soltar alguna frase más cuando la puerta del ascensor se abre de golpe. Una auxiliar entra empujando una silla de ruedas a toda prisa.

—Se ha desmayado en la habitación 208. No responde —dice, algo agitada.

Nos miramos apenas un segundo y nos repartimos tareas sin necesidad de hablar: yo me adelanto a empujar la camilla hacia la sala de curas, Clara se pone los guantes al vuelo. Conectamos el pulsioxímetro, tomamos constantes, y Clara lanza la orden con seguridad:

—Trae el glucómetro, rápido.

Saco el equipo de control de glucemia y mientras lo preparo, Clara le toma la presión. La glucemia da 38. Mierda.

—Hipoglucemia severa —dice, mirándome muy seria—. Voy avisando al médico.

Asiente y coge el walkie.

—Doce para el doctor García. Paciente en sala de curas con pérdida de conciencia. Glucemia 38. Se inicia protocolo de hipoglucemia.

Mientras tanto, yo ya estoy preparando todo para canalizar una vía periférica. Encuentro una buena vena en la flexura del brazo. Coloco torniquete, desinfecto E inserto la vía con pulso firme. Clara ya vuelve con el suero glucosado al 50% y una jeringa cargada, siguiendo el protocolo del hospital.

—Lo dejamos registrado y se lo comunicamos cuando llegue —me dice mientras conecta el bolo.

Administramos lentamente la glucosa IV y en menos de cinco minutos, la mujer comienza a mover las manos. Parpadea. Emite un pequeño quejido. Clara le acaricia el brazo con una ternura que nunca le había visto.

—¿Se encuentra mejor? —le pregunta, con la voz suave pero firme.

La señora asiente levemente. Me quedo observando cómo le toma la glucemia de control, que ya ha subido a 72. Todo está bajo control.

Justo en ese momento, entra el doctor García.

—¿Qué ha pasado?

Clara responde con claridad: glucemia capilar inicial de 38, pérdida de conciencia y recuperación tras administración de glucosa IV según protocolo. Yo añado los detalles técnicos: canalización sin incidencias, control postinfusión correcto.

El doctor nos mira unos segundos, evalúa la situación con rapidez y asiente.

—Muy bien hecho, los dos. Buen trabajo.

Y se larga a atender a otro paciente. Me quedo ahí, al lado de la camilla, con las manos aún enguantadas y la adrenalina bajando poco a poco; por primera vez esta noche, siento que estoy exactamente donde tengo que estar.

—Está bien. Qué susto —suspira Clara, aún con el tensiómetro colgando de la muñeca.

—No me digas que ya no te pone la adrenalina —le digo.

—Solo si me acompañan unos brazos fuertes—responde, y me lanza una mirada rápida antes de girarse.

El turno se acerca a su fin. He sudado, me he agobiado, me he reído. Es lo que esperaba… y más. Estoy rellenando el último informe cuando siento una mano en el hombro.

—Julio, ¿puedes venir un momento? —es el doctor García, se dirige a mí con cara seria y tono relajado.

Me levanto y lo sigo.

—Quería darte la enhorabuena. Has estado muy bien esta noche. Lo del chico del accidente fue rápido, preciso, y eso marca la diferencia, Julio. Sigue así.

García me da una palmada seca en la espalda, sin detenerse. Luego se marcha por el pasillo con su bata ondeando detrás, como si no acabara de lanzarme uno de los mayores halagos de mi vida. Me quedo ahí, parado en mitad del control, con el cuerpo roto, la cabeza embotada… y una sonrisa tonta en los labios que no me puedo quitar. Me cuesta procesar lo que acaba de pasar. No todos los días un médico de su experiencia te felicita delante del equipo. Y mucho menos cuando eres el novato.

Respiro hondo, dejo escapar el aire por la nariz y, arrastrando los pies, me dirijo hacia los vestuarios para hacer el cambio de turno. Me lo he ganado a pulso. Estoy agotado, pero satisfecho. Justo cuando estoy a punto de doblar la esquina me cruzo con Clara, con su coleta alta y su uniforme ligeramente arrugado, me mira fijamente.

—Enhorabuena, novato —me suelta imitando la voz seca del doctor García—. Si mi vida estuviese en peligro, querría un enfermero tan bueno y guapo. Aunque no precisamente por tu cara bonita, ¿eh?

Pone cara de seria, pero los ojos le bailan de risa.

—Déjalo ya, Clara… Solo he hecho mi trabajo —le respondo, medio sonriendo, medio harto de que me vacile.

—Ya lo sé, tonto —me dice, bajando un poco el tono—. Y lo estás haciendo de lujo. Esther no deja que cualquiera le saque una gasometría arterial a una paciente con EPOC. Eso dice mucho, creéme.

Me lo dice mientras camina a mi lado, sin mirarme demasiado, como si no quisiera que notara que me estaba soltando un cumplido de verdad.

—Y eso que llevas una cara… que cualquiera diría que te han dado un buen repaso anoche —añade, guiñándome un ojo con descaro.

—No seas cabrona —respondo, riéndome. Porque lo cierto es que esta noche ha sido un torbellino: estrés, tensión, orgullo… y sí, en mi cabeza, le había dado un buen repaso anoche, pero a ella.

Nos detenemos justo delante de la puerta del vestuario masculino.

—Venga, vete a dormir, que te lo has ganado —dice, dándose la vuelta.

Pero antes de irse, me lanza una última mirada por encima del hombro.

—Y no sueñes conmigo, ¿eh? Que luego te despiertas empalmado y me echas la culpa.

No contesto, solo sonrío mientras abro la puerta de la taquilla. Lo que ella no sabe es que ya me he despertado empalmado por su culpa. Y más de una vez.

Continúa en