Xtories

Hospital comarcal 1

Él la mira sin disimulo, sabiendo que ella lo sabe. Ella llega al hospital con la piel sensible y el corazón cerrado, buscando algo más que un polvo rápido. En los pasillos del hospital, el silencio es la única confesión permitida.

Ricardo Lomas13K vistas8.5· 12 votos

¡Hola! Antes de empezar me quería presentar. Soy Ricardo, nunca he escrito relatos eróticos pero llevo bastante tiempo leyendo muchas de las historias que se cuelgan por aquí y me he animado a publicar la mía. Os aviso de que me gustan las historias con desarrollo que se van cociendo a fuego lento, así que si no es vuestro estilo, podéis dejarlo aquí. Me encantará saber qué opináis de estos primeros capítulos, ¡os leo!

1

La luz de otoño empieza a colarse con timidez por los ventanales del hospital. No sé qué tiene esta luz, pero siempre da la sensación de que el día va a ir lento y jodido. Llevo una semana como residente EIR en la unidad de hospitalización general. El ritmo no me pilla por sorpresa —ya he hecho prácticas clínicas durante la carrera—, pero esta vez es distinto, más serio, más definitivo. De momento me muevo con cautela. Callado y atento, siempre he sido de los que observan primero y actúan después; de los que escuchan y después hablan. A la gente le suele gustar, sobre todo en estos ambientes, algunas auxiliares ya me dedican sonrisas de más y la supervisora de planta —Esther, una veterana con más experiencia que paciencia— me encarga tareas cada vez más complejas: canalizar, regular medicación, vigilar constantes, esas cosas que uno no termina de creerse que le dejen hacer sin supervisión al principio de su residencia.

Aun así, hay noches en las que me pregunto si estoy en el sitio correcto. La enfermería me gusta, sí. Me gusta lo humano, el contacto, sentir que haces algo útil. Pero también, para qué mentir, me gusta estar rodeado de chicas. Porque sí, una de las ventajas de estudiar enfermería siendo tío es que estás rodeado de mujeres, y muchas de ellas están buenísimas. No es políticamente correcto decirlo, pero es lo que hay. Sin embargo, me había costado llegar hasta aquí. Un par de años dándole al EIR, oposición dura, plazas contadas, conseguir la plaza fue una victoria para mí. Pero ahora que estoy dentro… joder, qué vértigo.

El otro viernes, mientras preparaba una bandeja con material estéril para una cura de úlcera en la 207, escuché al tutor cuchichear con una compañera:

—A finales de octubre se incorpora otra EIR. A ver si se complementan.

No me lo dijo directamente, pero sabía que iba para mí. Alcé la vista un momento y volví a lo mío. El hospital es un comarcal, de Cartagena, no muy grande. Por una historia rara con las adjudicaciones, me han metido a mí solo en la planta cuando lo normal es que coincidamos dos o tres residentes, pero esta vez, nada. Yo solo, el novato, rodeado de enfermeras de segundo y tercer año. Perfecto para que me hagan la vida imposible si quieren. Clara es una de las de tercer año, que en realidad ya no es residente. Una rubia de ojos azules y sonrisa blanca de anuncio. No tiene mucho pecho, pero su culo es de otro nivel. Duro, prominente, se nota que se machaca a hacer sentadillas en el gimnasio —o sobre la polla de algún afortunado—. Me pilla muchas veces embobado mirándola cuando pienso que nadie me se da cuenta, pero no le importa, Clara lo sabe y se deja mirar. No es tonta, va siempre queriendo demostrar que no necesita nada más que unos pasos para dejar a los tíos con un bulto sobre el pantalón.

La verdad, no pienso demasiado en mi vida sentimental. En el insti tuve una relación larga que supuso casi todas mis primeras veces: primer beso, primer polvo... Fue una buena época, pero cuando me fui a Madrid a empezar la carrera, lo nuestro se fue al carajo. Durante la carrera, rodeado de chicas por todas partes, las oportunidades estaban ahí. Pero muchas tenían novio, y yo nunca he sido de meterme donde no me llaman. Me considero un tío normal, pero algo debo tener, porque las miradas llegan: tengo un cuerpo atlético pero no demasiado musculado, y una actitud tranquila que me da el mismo atractivo que me quita. A veces hacía que pareciera más parado de lo que era, lo cierto es que no me faltaron opciones para hincharme a follar, pero nunca he sido de meterla por meterla. Y eso, curiosamente, espanta a más gente de la que pensaba.

La única relación intensa que tuve fue en tercero. Se llamaba Raffaella, una italiana que vino de Erasmus. La vi el primer día en clase y supe que la quería en mi cama. Y así fue. Poco a poco, fui ganándome su confianza… hasta que una noche acabó en mi cuarto a cuatro patas, y ahí empezó lo bueno. Con ella descubrí otro nivel de sexo. Tuve mi primer polvo en una biblioteca, mi primera mamada en un baño de discoteca, y fue la primera vez que me follé un culo. Y vaya culo. Raffaella era una guarra de campeonato y me enseñó muchas de las habilidades de las que hoy presumo.

Después de eso llegó el EIR, dos años de estudio puro. Simulacros, bibliografía, dormir poco, follar menos. Ni bares, ni Tinder, ni hostias. Y no porque no quisiera, sino porque sabía que iba a perder más de lo que ganaba. No me gusta el sexo vacío, me gusta el que se cocina lento, el que se gana. Así que, sí: llevo dos años sin follar. Dos años y ni un puto polvo, solo el placer que me da mi mano cuando no estoy demasiado cansado.

2

Tengo los pies encima del escritorio, el portátil sobre las piernas y una taza de café frío a medio terminar. La puta página del Ministerio no termina de cargar. Siempre es igual el día de las adjudicaciones: saturada, lenta, como si supiera el peso que tiene lo que está a punto de mostrar. Hacía ya cuatro meses que había aprobado el examen y seguían sin darme un destino definitivo, al parecer estaba habiendo problemas en todo el sistema así que me ha tocado esperar más de lo normal.

Cuando por fin aparece el resultado, ni pestañeo.

Hospital Universitario Santa Lucía. Unidad de Hospitalización General. EIR de Enfermería Familiar y Comunitaria.

Lo leo dos veces. No es mi primera opción, pero tampoco la última. Y, sobre todo, es una plaza. Mi plaza. Después de meses de encierro, de simulacros, de querer tirar el portátil por la ventana, por fin tengo destino. Apoyo la cabeza en el respaldo, cierro los ojos y respiro hondo. No por emoción más bien por agotamiento y por el vértigo que aparece justo antes de empezar algo nuevo, cuando aún no sabes si lo que viene va a valer la pena o va a ser otro escenario cutre con distinta decoración. Lo que sí sabía era lo que no quería.

Llevo años saltando de historia en historia, de cama en cama, con la soltura de quien ha aprendido a disfrutar sin esperar demasiado. Follar está bien —sobre todo cuando tienen una buena polla y saben usarla—, pero después todo es igual: conversaciones vacías, mensajes con menos emoción que un parte de incidencias, promesas que nunca me creo y el puto silencio de después. Yo ya estoy harta de eso, no lo digo mucho en voz alta, pero algo en mí está cambiando. Ya no me basta con las noches de caza, con liarme con el primero que tenga abdominales marcados. Me encanta el tonteo, esa mirada de “si me invitas a una copa igual te llevas un premio”, y esa cara de guarra que pongo antes de dejarlos con el calentón o de llevarlos a mi cama.

Nunca me ha costado ligar. Soy bajita, uno sesenta pelado, melena morena hasta los hombros y una cara angelical que les vuelve locos. Pero detrás de esta carita hay dos tetas perfectas —ni grandes ni pequeñas, justo en su sitio—, listas para que me las chupen como si les fuera la vida en ello. Y mi culo… bueno, nunca estuvo mal, pero desde que me he puesto seria con el gym está como para partir nueces. Cierro el portátil y dejo la taza en la mesilla. El móvil vibra. Inés. Sonrío al ver su nombre. Siempre aparece cuando más lo necesito.

Respondo sin pensarlo.

—¿Qué pasa, no puedes vivir contarme tu último polvo?

Su voz entra como siempre: directa, sin filtro.

—Tía, no sé qué hacer. Me pone como una perra, pero luego abre la boca y me entran ganas de colgarle.

Me río y me dejo caer sobre la cama. El portátil sigue encendido, con la página del Ministerio congelada de fondo.

—¿Seguimos con el poeta?

—Más bien con el analfabeto emocional, pero sí. El cuerpo, un diez, eh. Pero luego abre la boca y me dan ganas de ahorcarle yo a él. Ayer me soltó que la luna “tenía como un brillo muy redondo”.

—¿Muy redondo? —me reí fuerte—. No me jodas. Y luego se preguntan por qué fingimos orgasmos.

—Yo no finjo nada, ya lo sabes. Si no me follas bien te mando a la mierda rápidamente que pollas hay muchas para conformarte con un soso.

—¡Qué guarra eres!

—No lo sabes bien, pero este tío... uf. Folla que flipas. Ayer me dejó de vuelta y media y eso que no la tiene precisamente grande.

No puedo evitar reírme a carcajadas. Con Inés todo es así: sincero, brutal, terapéutico. Es de las pocas personas con las que no tengo que disfrazarme de nada. Ella lo dice todo sin miedo, y eso me da espacio para hacer lo mismo.

—¿Y tú qué? —me preguntó al cabo de un rato—. ¿Te han metido en un hospital con goteras o has tenido suerte?

—Cartagena, tía. Tengo que buscar piso pronto porque empiezo el mes que viene. —comento con preocupación.

—Pues búscate uno con una cama cómoda, que ya es hora de que celebres esa plaza, cerda.

Suspiro.

—Hace meses que no follo.

Al otro lado hubo un silencio breve.

—No me digas… Si es que estás de un soso. Si la Virginia de la carrera levantase la cabeza…

—Y lo echo de menos, tía. Me hacen falta unos buenos pollazos, pero es que no me apetece otro gilipollas. Así que de momento tengo que tirar de Morgan. —miro el cajón donde reposa mi vibrador favorito.

—Uff… estás en la etapa crítica.

—¿Crítica?

—Esa en la que estás tan seca que cualquier frase te moja, pero en cuanto ves una bandera roja te cierras como una ostra.

—Literal. No quiero más tíos que me digan que soy “diferente” para luego no saber ni dónde tengo el clítoris. O, peor aún, que follen genial y querer arrancarles la cabeza cada vez que abren la boca.

Inés se ríe a carcajadas.

—Vas a acabar tirándote al primero que te mire bonito y sepa decir una frase con sujeto y predicado, so cerda, a mí no me engañas. Lo que pasa es que los útlimos meses del EIR te han dejado tocada.

—Pues como sea guapo y me mire bonito, me lo follo seguro. Pero esta vez, si no hay algo más… le mando a la mierda rapidito.

—Estás mayor, tía.

—Estoy harta.

Silencio.

—¿Y si aparece uno que no sea gilipollas?

Miro el techo y dejo escapar el aire.