Larga batalla por una esposa. 25
El video llega sin previo aviso, cargado de una angustia que se vuelve carne. Lo que empieza como una duda se transforma en la imagen nítida de su exesposa, despojada de todo orgullo, entregada a manos ajenas en la soledad del río. Él solo puede mirar.
Larga batalla por una esposa. Capítulo 25. Seguimos de derrota en desastre.
Le pregunté a María si sabía algo de esa tal Louise y de Omar. Y sí, efectivamente, los conocía. Eran dos haitianos residentes en Toulouse desde hacía muchísimos años. Él había trabajado antes de jubilarse como mecánico en algunas de las máquinas láser y dermatoscopios de luz polarizada que diseñaba Rubén. Le recordaba de pocas palabras, más bien tosco, primario incluso hasta bordear el descaro. En no pocas ocasiones le había descubierto lanzando miradas libidinosas a cualquier mujer, creía que en particular a las rubias. Ella posiblemente era ama de casa, al menos desconocía su eventual profesión, y juzgaba muy posible que compartiera con Joana un gusto por el sado, no estaba segura pero lo intuía. En varias ocasiones le constaba que se visitaban, bien aquí o allí, conservando una excelente relación.
Los comentarios de María no me tranquilizaron en absoluto. Le pregunté abiertamente si valoraba la posibilidad de que entregaran a Beatriz en manos de esa otra pareja, y no lo tuvo claro. Estaba convencida, yo también, de que Rubén no deseaba que ningún otro varón usara a su juguete. Cosa distinta era Joana, quien aunque bebía los vientos por su marido, y jamás le engañaría o contravendría una orden de él, posiblemente disfrutaría viendo como esos dos personajes, grandes y brutos, reventaban a Beatriz, y más aún si eso me lo hacía llegar a mí.
No me sorprendió nada (y era prueba de que ya conocía a mis enemigos) que apenas un par de días tardara en llegar otro video. La víbora quería echar más sal en la herida, alimentar la angustia, y ahora con el añadido de duda, que a menudo es peor que la certidumbre. También estaba muy bien editado. El título y párrafo inicial venía a decir que era un “Crucero por el Canal de Midi”, un recorrido de cuatro días por esa vía fluvial francesa en un barquito alquilado, que no necesita permiso especial y puede conducir cualquiera. En principio no sugería nada inquietante, lo que distaba bastante de ser correcto.
La primera secuencia mostraba las características de esa gran lancha, realmente bien provista, con un par de camarotes abajo y una terraza arriba, donde poder comer y tomar el sol. No me costó mucho entender que allí solo iban cuatro personas, la pareja haitiana, Joana y Beatriz… Rubén, por lo que oía en off mientras la arpía grababa las estancias, se quedaba en la ciudad para presentar un nuevo proyecto a la dirección de la empresa. Mi pulso aumentó en consonancia a la preocupación. Seguían imágenes del río, de las orillas con álamos y mil pájaros, de alguna esclusa, de bucólicos pueblecitos en la lejanía, y del barquito rompiendo suavemente la superficie del agua, apenas levantando ruido alguno. Conducía Omar, totalmente calvo, en bermudas y camiseta de tirantes, mostrando unos brazos como troncos de árbol, piel negra coriácea azabache y una barriga inmensa. En sendas tumbonas, paralelas, estaban Louise y Beatriz. La negra, pelo a lo afro ensortijado y gafas de sol, ceñía un bañador florido que era incapaz de recoger sus pliegues de grasa, a juego con unos muslos casi elefantiásicos. La rubia, con su pelo ligeramente ondulado y especialmente brillante al sol, mantenía los ojos cerrados, provista de un bikini en color verde y un pareado que pretendía cubrir sus caderas y piernas. Joana no aparecía, porque era la camarógrafa, sin privarse de algún comentario singular, como cuando dijo que “esta noche va a ser difícil”. Esa frase me retumbó en los oídos.
La segunda secuencia era al atardecer. La barca está detenida en una especie de puertecillo que daba a una gran pradería, sin casa alguna próxima, un entorno rural, donde evidentemente no hay nadie en varios kilómetros a la redonda. Ahora la grabación es con trípode. El grupo está sentado a la mesa, terminando de cenar o tomando ya el licor final. Las mujeres llevan todas vestidos ligeros y largos, propios del verano. Omar sigue igual que a la mañana, pero se le nota muy animado. Joana pone en marcha un pequeño aparato de música y las tres salen a bailar, suelto, observadas por el gorila, que se apoya en el respaldo para recrearse en el espectáculo. Al cabo de unos pocos minutos, la víbora blanca hace ya algo que le corresponde. Quiero decir que, sin preámbulos, agarra a Beatriz y la despoja del atuendo, dejándola sólo con la ropa interior, braga y sujetador lisos y blancos. Y la danza sigue, aunque ahora con mi ex-mujer expuesta a los ojos libidinosos del único varón presente. Suena “Brother Louie” mientras la luz vespertina se va atenuando. No pasa mucho tiempo cuando Joana cambia la melodía, hacia una canción romántica francesa bien conocida, “Je t’aime… moi non plus”. A renglón seguido despoja a Beatriz de sus remanentes prendas, con decisión y sin que ella ofrezca resistencia. Fue la señal, Omar se levanta y literalmente abraza a esa mujer ahora totalmente desnuda y confundida, la abarca entre sus brazos, la aplasta contra él y comienza lo que simula un “lento” de pareja. Joana y Louise sonríen y se ponen a su vez a bailar también ellas “emparejadas”. Se suceden otras canciones del mismo estilo y el negro se vuelve más atrevido. Con sus enormes manazas agarra la cabeza de Beatriz y la obliga literalmente a un beso, que se prolonga un buen rato. Sin dejar el contacto de labios, una manaza baja a buscar la vulva, entrando en ella a fondo con un par de esos dedazos anchos como palos. Manejando los tiempos a su modo, el propio de un ser diabólico, Joana rompe esa dinámica, que amenaza con una posesión inmediata y completa, separándolos con habilidad, “entregando” Beatriz a Louise y “frenando” a Omar colgándose ella misma de su cuello. Para mi ex-mujer dudo que representara una sustancial mejora. La negra aprovecha para masajearla los pechos y también la vulva, con rudeza, aprovechando su mayor envergadura y fortaleza. Beatriz se tensa hacia atrás, y seguramente habría caído de espaldas si no fuera porque aquella obesa paticorta (aunque grande también en consonancia a su marido) la engancha al vuelo y atrae de nuevo hacia ella. Joana, sin duda muy atenta a lo que pasa, vuelve y se queda entonces con Beatriz, quien responde pegándose a ella como una lapa, apoyando la cabeza en el pecho casi plano de esa mujer/hombre. La pareja de color se queda mirando, pero tampoco pasa mucho rato cuando él se adhiere a la espalda/culo de Beatriz y ella a los correspondientes de Joana, un baile a cuatro, dos a dos, por así decir. Tampoco dura esto mucho, la cadena se rompe, mi ex-mujer de nuevo en brazos del negro, la negra con la mujer/varón. Puedo advertir como Omar ya directamente deja de simular que está bailando, se ocupa en manejar a Beatriz como un pelele y la besa en los pezones, a la par que estruja con cada mano una de las nalgas de aquella fémina absolutamente indefensa. Veo con alarma como la suelta un momento para despojarse de su propio calzón floreado y dejar ver un miembro erecto oscuro y brillante, que simula en verdad macizo y extraordinariamente grueso aunque no tan largo como cabía esperar. Me quedo sin saber qué ocurre después. Joana se viene hacia la cámara y, con una ultima mueca indescifrable que dirige al objetivo, la apaga.
La tercera secuencia corresponde a la mañana siguiente. Todo refulge con el sol de primera hora. Hay puesto un desayuno, abundante, cuatro tazones con diversas y sabrosas viandas, dulces y saladas. Joana, con bañador y una especie de sarong, lo está terminando de presentar, añadiendo las servilletas y utensilios. Está contenta, se le nota en la expresión. Louis y Beatriz salen de abajo, de la zona de habitaciones y me llama mucho la atención cómo lo hacen. La negra viste uno de esos trajes multicolor que tanto les gustan a esa gente y agarra de la mano a la rubia, que viene con su bikini y el pelo mojado, evidentemente recién salida de la ducha. No pude percibir la expresión que traía. Todas toman sitio para iniciar el festín. Finalmente aparece el negro, también desde los camarotes, con la misma ropa que el día anterior. Me pareció feo, en el pleno sentido de la palabra, con esa piel granulosa y seborreica que a veces les caracteriza. Pero traía una generosa sonrisa, resaltando los dientes que no por amarillos parecían más blancos a tenor del contraste. Va dando besos, en la mejilla a Joana, un pico a Louise y un choque largo (casi “aspiración” de labios con muy probable juego de lenguas) en el caso de Beatriz. Aprovecha para decirle algo al oído.
El video termina cuando precisamente mi ex-mujer se encarga de recoger todo, mientras Omar pone en marcha la barca y las otras dos se instalan en las hamacas, para tomar el sol y disfrutar del paisaje.
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