Larga batalla por una esposa. 24
Cada video que llega es una herida más profunda, pero también un hilo que lo mantiene con vida. ¿Qué pasaría si no estuviera Rubén? La pregunta acecha en cada escena, y el narrador sabe que la respuesta podría destruirlo.
Larga batalla por una esposa. Capítulo 24. Bordeando el apocalipsis.
No se si para bien o para mal, pero a partir de entonces sólo llegarían los videos (la información) directamente desde Joana… increíble pero cierto. Era tan evidente su intención que es ocioso decirlo. Y conseguía sólo en parte su propósito, me hacía mucho daño, pero en vez de alejarme exacerbaba mi vocación de plantarles cara y persistir en el empeño de recuperar a Beatriz. Por ello seguramente temía y ansiaba por igual encontrar los tremendos mensajes/imágenes en el correo. Sin otra línea de conexión, lo viví como el único débil hilo de supervivencia, a la espera de que María pudiera efectivamente hacer algo.
La siguiente entrega llegó como un mes después de aquel tan espantoso que se produjo en la malograda cita del Hotel Fénix. Y no fue ciertamente mejor, lo cual bien pensado resulta asombroso. La maldad de esa mujer/hombre superaba con creces, una y otra vez, mi capacidad de imaginar en ese campo.
El video estaba editado, era un verdadero documental. Comenzaba con un texto en el que se me informaba de “los preliminares”, y valga el concepto. Decía que el trío se había desplazado hasta Toulouse, en el sur de Francia, para pasar unos días alojados en la casa de otro matrimonio amigo, un tal Omar y una tal Louise, a los que conocían desde hacía decenios. El párrafo terminaba exhortando a reflexionar sobre el significado de lo que a renglón seguido podría ver. En efecto, había allí abundantes actos que contribuirían a mis preocupaciones, multiplicando las ya abundantes que me inundaban y sacudían el alma.
La primera toma enfocaba una gran mesa de comedor, llena de bebidas y algunos snacks, en una casa típica de clase media. Estaban sentados a un lado Rubén y Joana, con Beatriz entre ellos, y al otro una pareja en torno a la cincuentena, ambos de raza negra. Él, supongo que Omar, enorme, alto y obeso, pero fuerte como un oso, con esa nariz achatada y tremendamente ancha, amén de labios desproporcionados que les caracterizan. Ella, con parecido aspecto congoide, igualmente entrada en carnes, casi sin curvas por ello mismo, de ojos enormes y oscuros como la noche más tenebrosa. Están vestidos informalmente, mi mujer la única con falda. Parece una charla recordando viejas épocas. Hay música de fondo, que emana de un tocadiscos clásico, y no puedo entender bien, pero llegado cierto momento Joana toma a Beatriz de la mano y la saca a bailar, suelto, girándola como para que el grupo pueda admirar el cuerpo de su pupila. Al poco, mientras la arpía cambia el vinilo, escogiendo una melodía romántica, el gigante negro se levanta y con determinación toma a mi ex-mujer por la cintura y la atrae hacia sí, para comenzar un lento muy pausado. Se nota la tensión de Beatriz, incluso el desagrado, pero deja que Joana la obligue a ceñir el cuello con sus brazos y apretar los senos contra el pecho del gorila, cuyas manazas agarran entonces directa y obscenamente los glúteos femeninos. Parece que, entre tanto, le dirige palabras directamente al oído, como si no quisiera que lo oyera ningún otro. Justo cuando salta a otra canción, Joana “libera” a Beatriz, sustituyendo al negro en la tarea. Pero va más allá, y sin dejar de oscilar, siguiendo el ritmo, la despoja de la camisa, dejándola con el sujetador. Se detiene un momento para bajar la cremallera posterior de la falda y también quitársela. Beatriz queda en ropa interior, un conjunto de media, braguita y sujetador azules. Sin mediar palabra se la “devuelve” entonces al negro, que vuelve a bailar muy apretado con esa Beatriz más vulnerable todavía. Aprovecha para introducir la mano bajo la tela de encaje y palpar directamente la piel de las nalgas, hasta casi meter los dedazos en el canal donde se supone que está el ano y continúa el periné. Hay un momento en que Omar agarra con fuerza a Beatriz y la levanta, manteniéndola en el aire un rato, con las piernas abiertas de modo que el área genital de ella quedaba apretada contra su pantalón. Finalmente la deja de nuevo de pie y ambos vuelven a sentarse, en sus sitios iniciales.
La segunda toma es en un gran sofá, del mismo salón. Beatriz, que continua en ropa interior, está entre Omar y Louise. En sendos butacones, enfrente, se hayan Rubén y Joana. Hay risas, parecen divertidos, salvo mi ex-mujer, que no sabe donde fijar la vista y se la nota algo incómoda. Incluso me parece verla temblar sutilmente, como cuando se siente frío. No sin sorpresa, observo que la negra, directa y con soltura, le quita el sostén a Beatriz y comienza a revisar los piercings de los pezones, mientras apunta decirle algo a su propio marido, tal vez describiendo la tersura o características de aquellas mamas. El negro, sin duda muy excitado, también lanza sus manos hacia las protuberancias, pero Joana actúa con rapidez de gacela, extrae literalmente del acoso a Beatriz y se la acerca a Rubén. La hace poner de rodillas y mi ex-mujer ya sabe lo que debe hacer. Abre la bragueta de su amante y extrae el pene, semiflácido, que engulle, quedando con él en la boca sin moverse. Tras un par de minutos, ese hombre calvo y fuerte se incorpora, para que las dos mujeres blancas le quiten los pantalones y el bóxer. Se funde a renglón seguido en un larguísimo beso con Beatriz, a la que veo estremecerse y buscar ávida los ojos del macho, quien parece responder con una mirada tranquilizante, benevolente. Después, ya cómodo, Rubén se vuelve a apoltronar y continua la felación, suave, dulce, con besos al glande y el escroto. La pareja de color se ha acercado y contemplan de muy cerca el espectáculo, ella divertida, él con una excitación imposible de disimular. Cuando siente que ya le viene, Rubén se pone de pie, agarra la cabeza de Beatriz, quien a su vez acaricia con extrema dulzura los testículos, y comienza la descarga, como siempre procurando que entre en el fondo de la garganta. Quedan como petrificados, adheridos el uno al otro, mi ex-mujer agarrada a sus caderas, el miembro totalmente engullido dentro de la boca, él acariciando sus cabellos rubios, ambos con los párpados cerrados. Joana, súbitamente aplaude con ambas manos mientras sonríe triunfante, pareciendo invitar a que los testigos valoren el espectáculo
La tercera toma es en el mismo escenario. Pero ahora mi ex-mujer, aún semidesnuda, está cobijada en la misma poltrona que Rubén, impecable y cubierto con un batín, quien la arropa con sus brazos y juega distraídamente con la arandela de un pezón. Joana está de pie, hablando a todos. Los negros en el sofá asienten de vez en cuando y lanzan vistazos al cuerpo de Beatriz, la que por otro lado no aparta los ojos de Rubén. No obstante, a una indicación de Joana, mi ex-mujer se incorpora y procede a quitarse las bragas. Luego es ligeramente empujada por la arpía contra la mesita baja del centro, donde acababa de colocar un voluminoso cojín. El resultado es el de Beatriz boca abajo, ofreciendo su trasero hacia arriba, sólo provista de esas medias que le daban un toque erótico de película clásica. Era el turno de Rubén, que se desprende del atuendo y procede. Apuntó a la vagina, tal y como una segunda cámara móvil dejaba claro, penetrando hasta el fondo para ofrecer el consabido concierto de esgrima con su miembro viril. Joana levantó la cabeza de Beatriz tirándola con energía del pelo, para que mirara de frente a la entusiasmada pareja anfitriona, que no se perdía detalle. En particular al negro gorila se le veía singularmente interesado, con el fondo rojizo de sus conjuntivas más encendido de lo normal. Sobrevendrían dos sonoros orgasmos de la mujer rubia, que fueron aprovechados por Joana para besarla con fuerza en los labios y estirar sus pezones. A una indicación, Beatriz llevó los brazos hacia atrás para separar lo más que pudo sus propias nalgas. Rubén entonces cambió de canal y la penetró analmente, con la misma facilidad que acababa de hacerlo en la vagina. Allí se mantuvo otro buen rato de bamboleo, con sonoros golpeteos de los testículos contra las nalgas. Ese día estaba claro que Rubén no tenía prisa por correrse. Tras un larguísimo tiempo, se separó mientras le lanzaba una seña a Joana. Ésta con una celeridad increíble, hizo que Beatriz se diera la vuelta y se apoyara ahora con la espalda contra el cojín y la mesita, quedando su cabeza casi en el aire. Le levantó y separó las piernas, y sólo entonces Rubén volvió a meter su pene en la vagina totalmente ofrecida para él, al estilo misionero. Entonces ambos, negro y negra, prefirieron estar erguidos, para disfrutar mejor del espectáculo. Rubén retomó su martilleo para tras otro buen intervalo comenzar sus gruñidos delatando el inmenso placer que estaba sintiendo al eyacular. El minuto que siguió con ella dentro de mi ex-mujer sirvió para que Joana le acariciara dulcemente el escroto, con la intención de que sus glándulas seminales se vaciaran completamente allí dentro. Después se salió y sentó, visiblemente agotado. Joana, viva como siempre, no permitió que Beatriz cambiara de posición. Llamando a los otros les indicó que miraran a la entrada, a esa intimidad de hembra recién impregnada. Separando los labios mayores y menores, el negro y la negra debieron admirar el cuadro, un esmegma que se escurría y llegaba a manchar la tela bajo ella. En ese momento Omar, aquel gordo pero a la vez fornido, enorme en verdad, no pudo reprimirse y agarró los dos pechos de esa mujer recostada en una postura un tanto incómoda, y seguramente hubiera ido a más si no lo llega a impedir Joana, que tirando de improviso puso a Beatriz en pie para, de inmediato, empujarla hacia Rubén, quien la recibió en su regazo otra vez. Me sorprendió ver como ella buscaba los labios de él, aunque Rubén con habilidad y decisión la hizo bajar hacia el miembro babeante, para que procediera a esa limpieza post-eyaculación que tanto le agradaba. Sólo cumplida esa tarea, la alzó para abrazarla, incluso tapando con su mano la cara congestionada de Beatriz. Podía ver los ojos azules de mi ex-esposa, fijos en Rubén, y me pareció que suplicaba amparo, protección y amor. Ese hombre calvo, impasible y flemático de ordinario, respondió en ese preciso instante con maestría. Mientras con una mano atrapaba su vulva empapada de flujos y semen, con la otra hacía lo propio con la nuca y se fundía en un beso inacabable.
La película, porque no puede denominarse de otra manera, terminaba con otro párrafo sobre fondo negro, tan sencillo y alarmante como esto:
¿Te imaginas lo que habría pasado si no hubiera estado Rubén?... Esto es el principio y mucho depende de ti. Olvídate de ella y deja de molestar.
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- Relato #232065— title-regex: contiguous parts (23 -> 24)
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